Acompañantes-Historia De Terror 2022

Acompañantes-Historia De Terror 2022

Historia de terror, Acompañantes… Esta historia que voy a contar no solo me pasó a mí, también la vivieron dos amigas, y para mí ha sido una lección de vida de parte de todos.

Aunque ya corrió el tiempo, recuerdo casi todo como si fuera ayer, y el hecho de hacerlo, aún me pone la piel chinita, pero también recuerdo con mucho cariño a mis amigas.

Me llamo Arturo, nací cerca de Santiago Nuevo León, en una ranchería con muy pocos habitantes, pero ahora vivo en Monterrey en el cerro de las antenas, en la actualidad tengo ochenta años.

Cuando tenía nueve, todavía no tenía hermanos, ya que mi mamá era madre soltera y vivíamos muy pobres, pero la verdad en ese tiempo yo no me daba cuenta de eso y era muy feliz en la casa de madera donde habitábamos.

Tenía dos amiguitas más grandes que yo, Blanca de diez años y Tere de trece, también de escasos recursos, recuerdo que por las noches como a eso de las nueve, corríamos todavía a fuera de nuestras casas, los caminos eran de tierra y no teníamos luz.

En medio de la obscuridad perseguíamos a las luciérnagas, y mirábamos pasar a los murciélagos, andábamos con cuidado pero sin miedo alguno, ya que en ese tiempo y en ese lugar no existía la maldad o nosotros no la veíamos.

Una tarde ya casi obscureciendo mi madre llegó apresurada a la casa porque según ella la había mordido un murciélago de los muchos que abundan por ese lugar, aunque no se quejaba me daba cuenta que le dolía, pero solo se lavó con un poco de agua y dijo que no pasaba nada, aunque noté que estaba asustada.

En ese tiempo se hablaba de un murciélago muy grande que asolaba la región y que no pertenecía a esos lugares, pero nosotros éramos muy chicos y no le dábamos importancia.

Como a los dos días, mi madre ya se veía mal y visiblemente cansada, cuando miré la herida estaba infectada, ahora lo sé, eran dos puntos separados lo suficiente para saber que lo que la mordió era un animal muy grande.
Una tarde ya no se quiso levantar de su cama y me pidió que le hablara a una vecina, Doña Elida que era mamá de una de mis amigas, serían como las seis o siete ya casi llegaba la noche.

Cuando la señora miró la herida se preocupó, ya que ésta, cada vez se ponía más fea, además mi mamá le platicó lo que le había pasado, Doña Elida le dijo que se tenía que atender porque los murciélagos propagan enfermedades.

Pero el dispensario médico estaba muy lejos, allá en el pueblo de Santiago, además la gente de las rancherías está acostumbrada a curarse con remedios caseros o visitar a la curandera.


Serían como a las diez de la noche, cuando Doña Elida preocupada me dijo que tenía que ir con la curandera, como yo no sabía donde vivía.

le dijo a mis dos amigas que me acompañaran, solo teníamos que seguir una angosta vereda en medio del monte.

Esa noche en especial estaba más obscura que de costumbre, la mamá de mi amiga nos dio un pequeño quinqué de esos que se le ponen petróleo y se prende una mecha, también nos dio la bendición mientras le decía a Tere que nos cuidara de quien ella ya sabía, y así caminamos agarrados de la mano, perdiéndonos entre la obscuridad.

Mi amiga Tere la más grandecita, nos iba cuidando y era ella la que sabía donde estaba la casa de aquella curandera.

para que no tuviéramos miedo nos iba platicando algunas cosas, porque se escuchaban ruidos.
De pronto se detuvo, Y en voz baja nos dijo que no nos moviéramos, que sentía que alguien nos espiaba, recuerdo que en medio de la noche no se miraba nada, pero el ambiente se sentía muy raro, creo que lo que sentía era miedo, otros hubieran regresado, pero mis amigas sabían que mi mamá necesitaba un remedio.

Historia De Terror-Acompañantes

Cuando empezamos a caminar de nuevo, se escucho un chillido muy fuerte era como de un murciélago, los habíamos escuchado muchas veces, pero solo que este era más duradero y mucho más fuerte.


Avanzamos más de prisa en medio de la obscuridad y de los matorrales, yo me esforzaba para poder mirar más claro pero era imposible, a veces tropezábamos con algunas piedras pero estábamos acostumbrados.

De pronto una gran sombra pasó volando frente a nosotros, la sentimos y la miramos a pesar de la obscuridad, en ese momento no supe que era, ahora sé que era un murciélago gigante.

Era horrible, parecía un demonio parado en medio del camino, habría las alas enormes, como tratando de impedir que pasáramos.

Mi amiga Tere agarro un palo para defendernos, los chillidos se escuchaban muy fuerte y empezó a volar alrededor de nosotros, el ruido del aleteo me daba mucho miedo.


Pero no nos detuvimos, teníamos que llegar con la curandera para que le ayudara a mi mamá.
A veces se estremecían los árboles, como si algo muy pesado se posara sobre de ellos, mi amiga Blanca me abrazaba y me pedía que no volteara para arriba.

Como ya era muy noche, se empezó a sentir el frio y seguimos caminando por aquella vereda, que al recordarla todavía me produce escalofríos, hasta el día de hoy.

Después de un rato de caminar de prisa, alcanzamos a ver una casa al final de la vereda de tierra, estaba rodeada de arboles casi secos, a obscuras, solo se veía una leve luz que daban unas veladoras.

Cuando llegamos a la casa habían murciélagos parados por todas partes, además de los que se escuchaban que andaban volando a nuestro alrededor.

Cuando tocamos la puerta, salió una Señora que a mí me pareció muy fea, y sorprendida nos pregunto qué hacíamos a esas horas en ese lugar, que como era posible que hubiéramos podido llegar en medio de la noche, si andaba suelto el monstruo que vuela.

Entre Blanca y Tere le platicaron el motivo por el que estábamos ahí y por lo que habíamos pasado, la Señora preparó algo para mi mamá y dijo que los murciélagos de la región no eran peligrosos que tal vez alguien quería hacerle un daño a mi mamá.

O que si la había mordido el murciélago gigante estaba en peligro y debíamos apurarnos a llevarle el remedio que nos prepararía.

En la casa de esa Señora no había nadie más que nosotros, pero con la luz de las veladoras de repente me parecía ver sombras que se paseaban de un lado a otro.

Cuando salimos de esa casa, a un lado del camino y en medio de la obscuridad estaba alguien parado, parecía que nos estaba esperando, con ojos brillantes que de repente alzó en vuelo.

La Señora nos dijo que tuviéramos mucho cuidado y que no le demostráramos miedo a esa cosa que vuela, porque olería nuestro temor y nos atacaría.

Agarrados de la mano caminamos de regreso en medio de aquellos chillidos de muchos murciélagos que revoloteaban sobre nosotros, a veces nos impedían el paso, y nos deteníamos por momentos.

Como a mitad del camino aquel murciélago gigante se nos echó encima, pero mi amiga Tere no iba a permitir que nos hiciera daño y nos defendió con el palo que traía, mientras Blanca y yo corríamos en medio de todos los pequeños murciélagos.

Más adelante nos reunimos, pero estábamos ya invadidos por el miedo, Tere venía un tanto lastimada pero estaba bien y continuamos el camino, la verdad no se qué horas serían pero ya veníamos cansados.

Aunque yo era el hombre, mis amigas me cuidaban, lo que restaba del camino lo hicimos espantando y peleando con los murciélagos que nunca nos dejaron en paz, hasta que llegamos a mi casa.

Cuando nos miró Doña Elida que veníamos en medio de esos murciélagos salió a nuestro encuentro, de repente todos esos animales voladores se regresaron.


La Señora agarró lo que mandó la curandera y se fue a dárselo a mi mamá, cuando mire a mis amigas con la luz de las velas que tenía la casa, estaban rasguñadas por los matorrales y sus pies llenos de polvo y un poco de sangre.
Después de mirar y atender a mi madre, le platicamos a Doña Elida por todo lo que habíamos pasado, del murciélago gigante y de todo lo que miramos, pero sobre todo de esos murciélagos que nos siguieron todo el camino.

Nos dijo que los murciélagos no nos venían molestando si no cuidando, que de seguro la curandera que en realidad era una bruja blanca los había mandado a protegernos todo el camino del otro murciélago, que ese si era malo y el cual jamás volvimos a ver.
Mi madre, la Señora Elida, aquella curandera, mi amiga Blanca y mi querida amiga Tere ya fallecieron, yo vivo recordando todos los días lo que pasamos esa noche.

Autor: El Gato Negro.

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