El Pueblo De La bruja Historia De Terror 2024

El Pueblo De La bruja Historia De Terror 2024

El Pueblo De La bruja, Historia De Terror… Durante mis primeros años, viví una infancia feliz junto a mis padres y hermanos. O al menos eso es lo que puedo recordar, crecí en un pueblo rural donde todos en el pueblo nos conocíamos. Éramos una pequeña comunidad unida por nuestras tradiciones y costumbres. Sin embargo, todo cambió en una noche que aún me atormenta.

La noche fría de octubre envolvía el pequeño y remoto pueblo rural de México donde crecí. Era un lugar apartado, casi olvidado por el mundo exterior. No había electricidad ni comodidades que se encontraran en los pueblos cercanos. Estaba alejado de la civilización, pero para mí, era mi hogar el cual aún recuerdo con cariño.

Recuerdo que se acercaba el Día de los Muertos. Mi hermana mayor estaba embarazada y a punto de dar a luz. Todos estábamos emocionados por conocer al nuevo miembro de la familia. Yo, en particular, me sentía dichoso de convertirme en tío. Pero la alegría pronto se convirtió en desesperación y tristeza.

Fue una noche oscura y silenciosa cuando mi hermana comenzó a tener contracciones. Estaba sola en casa, ya que su esposo se encontraba trabajando en el campo, al igual que muchos otros. Intentó ir en busca de la partera del pueblo, pero el dolor no le permitió dar ni un paso fuera de la casa. Sin más remedio, se vio obligada a enfrentar el parto ella misma.

Años después me contó que fue una experiencia dolorosa y aterradora. Cuando finalmente tuvo a su bebé en brazos, pensó que todo el tormento había valido la pena. Estaba agotada, apenas tenía fuerzas para ponerse en pie. Se recostó en la cama con su pequeña niña a su lado y, después de un tiempo, se quedó dormida.

De repente, un fuerte sonido resonó afuera de su hogar. Despertó de golpe, confundida. Pensó que se trataba de un ave posada en el techo de lámina. Pero pronto, ese sonido fue acompañado por risas y susurros incomprensibles. Era como si alguien estuviera reproduciendo una cinta a gran velocidad, pero en reversa. El sonido penetraba sus oídos, provocándole un miedo indescriptible.

Mi hermana intentó ignorar los escalofriantes sonidos, pero se volvieron cada vez más intensos y persistentes. El aire se volvió denso y cargado, como si una presencia maligna se hubiera apoderado del lugar. Las sombras se movían de manera inusual, danzando en las paredes y formando figuras grotescas que parecían acecharla.

La pequeña niña, que había estado durmiendo pacíficamente, comenzó a llorar desconsoladamente. Sus llantos se mezclaban con los extraños sonidos que llenaban la casa. Mi hermana, ahora en estado de pánico, trató de calmar a su bebé, pero sus esfuerzos parecían inútiles. La habitación se llenó de una atmósfera opresiva, como si algo estuviera intentando asfixiarlas.

Los pasos comenzaron a sonar sobre la lámina, pero mientras más los escuchaba más le parecían que estos se asemejaban más a pasos humanos. La criatura parecía descender del tejado, y mi hermana, aterrorizada, se aferraba a su bebé. Fue entonces cuando una anciana misteriosa y horrorosa apareció en la puerta.

Vestía una capucha negra que ocultaba su rostro deformado y arrugado. Solo tenía un ojo y su aspecto era repulsivo. La anciana avanzó hacia mi hermana, cuyos ojos reflejaban el horror absoluto.  El niño que yo era en ese momento no estaba preparado para encontrar a mi hermana en ese estado.

Había ido a buscarla porque su esposo le había mandado decir que llegaría muy tarde del trabajo y mis padres pensaron que debido a sus estado de embarazo lo mejor sería que pasara la noche con nosotros.

Cuando llegué a su casa, encontré la puerta abierta. Me adentré y allí estaba mi hermana, en estado de shock, sosteniendo una cobija empapada de sangre. Sus ojos vacíos me encontraron y su rostro mostraba el terror más profundo que jamás había visto.

Mis piernas temblaban mientras contemplaba la escena en la habitación. Cada detalle de aquel momento quedó grabado en mi mente como un recuerdo inolvidable de horror. La expresión de mi hermana era de absoluto terror, sus ojos desorbitados reflejaban el pánico más profundo que jamás había presenciado.

Su voz, quebrada por la histeria, me gritaba desesperadamente que no me acercara ni le hiciera daño a su bebé, mientras apretaba con fuerza aquella cobija ensangrentada que en un momento cubrió a la recién nacida.

Me sentí impotente, sin saber qué hacer para ayudar a mi hermana. Cada intento de acercarme solo aumentaba su miedo y angustia, mientras repetía una y otra vez que me alejara y no lastimara a su bebé. Su voz era un eco desgarrador en medio de la oscuridad que nos rodeaba.

En medio de la confusión y el miedo, mis ojos se desviaron hacia una de las ventanas de la habitación. En un instante, creí vislumbrar el horrible rostro de la anciana encapuchada, que parecía espiar desde la oscuridad. Su mirada era perversa y su presencia llenaba el aire de un malestar insuperable. Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, se desvaneció en la negrura de la noche, dejándome con una sensación de intranquilidad y escalofríos recorriendo mi espina dorsal.

Pasaron largos minutos, que parecieron una eternidad, hasta que finalmente mi hermana logró calmarse lo suficiente para que pudiera llevarla con nuestros padres. Recuerdo que aún en mi incredulidad revisé la cobija que mi hermana sostenía solo para rectificar que en ésta no había nada más que sangre. Salimos de aquella casa, atravesando el pueblo envuelto en una atmósfera de inquietud y temor.

El camino hacia la casa de mis padres fue como un trayecto sombrío y silencioso. El viento soplaba con un aullido siniestro, como si estuviera cargado con la presencia malévola que había acechado a mi hermana. Cada sombra que se alzaba en el camino parecía cobrar vida, y mis oídos permanecían alerta a cualquier sonido inusual.

Finalmente llegamos a casa de nuestros padres, mi padre estaba dormido pero al escuchar el alboroto de mi madre, este despertó, ambos le cuestionaron lo que había sucedido, fue cuando supe exactamente lo que había sucedido antes de encontrarla. Todo aquello lo contaba mientras abrazaba fuertemente aquella cobija ensangrentada en la cual no se hallaba ningún rastro de su bebé. Sin embargo en el estado de shock de mi hermana esta creía que está sostenía a su bebé.

La noticia de lo sucedido se propagó rápidamente por el pueblo, y una sensación de desesperación y paranoia se apoderó de sus habitantes. Las noches se volvieron aún más tenebrosas, con un silencio opresivo que solo era interrumpido por los murmullos y suspiros de aquellos que temían por su seguridad y la de sus seres queridos.

Las casas se mantuvieron cerradas con llave durante todo el día, mientras que por las noches las familias se reunían alrededor de fogatas para tratar de ahuyentar los espíritus malignos. Las calles estaban desiertas y las tiendas permanecían cerradas, sumiendo al pueblo en un estado de aislamiento y miedo constante.

Las autoridades locales se vieron abrumadas por los reportes de avistamientos de la bruja y por los testimonios de aquellos que aseguraban haber sido testigos de sus terribles actos. Pero poco pudieron hacer, ya que la superstición y el temor habían nublado el juicio de muchos, y la desconfianza se había vuelto parte de la cotidianidad.

Las desapariciones de recién nacidos se convirtieron en algo cotidiano, sumergiéndonos en un miedo abrumador. El terror se aferró a cada rincón, y el pueblo comenzó a vaciarse lentamente, convirtiéndose en un lugar desolado que parecía un pueblo fantasma.

Mi hermana y mi cuñado también tomaron la decisión de abandonar el pueblo. Mi hermana estaba tan afectada que no podían quedarse más tiempo. Sin embargo, mi padre se negaba a abandonar su hogar, aferrado a sus raíces. Había vivido allí toda su vida y ninguna bruja podría separarlo de su tierra.

Poco a poco, las personas fueron abandonando el pueblo, hasta que llegué a ser la persona más joven que quedaba. Pero entre los pocos habitantes restantes, se encontraba una joven llamada Guadalupe, quien había dado a luz recientemente.

Ella anhelaba irse del pueblo, pero sus recursos eran tan precarios que no tenía a dónde ir. No quería que su bebé corriera la misma suerte que los demás, así que usaba sus conocimientos de brujería y santería para protegerlo. Siempre mantenía a su bebé dentro de un círculo de sal, lo cual, hasta ese momento, había funcionado.

Una noche, cuando la luna estaba oculta entre nubes densas, Guadalupe escuchó un crujido en el exterior de su casa. Los perros del pueblo aullaban lastimeramente, presintiendo la llegada de la malévola presencia. Temiendo por la seguridad de su bebé, Guadalupe agarró un rosario con fuerza y comenzó a rezar en voz alta, invocando la protección de la Virgen María y de todos los santos que conocía.

La oscuridad se hizo más intensa y las sombras se retorcieron en el suelo, danzando con cada palabra que pronunciaba. Un hedor nauseabundo llenó el aire, impregnándolo con el aroma del mal. La casa temblaba como si estuviera siendo sacudida por una fuerza sobrenatural.

De repente, la puerta comenzó a crujir violentamente, como si algo intentara abrirla desde afuera. Guadalupe se aferró a su bebé, protegiéndolo con su cuerpo, mientras continuaba rezando con una fe inquebrantable. El sonido del crujido se volvió más fuerte y la puerta parecía estar cediendo bajo la presión.

La bruja, con su capucha negra y su ojo penetrante, se asomaba por la rendija que había logrado abrir en la puerta. Su risa siniestra llenó la habitación, enviando escalofríos por la espalda de Guadalupe. Pero ella no se detuvo, sus oraciones eran su escudo y su espada en medio de la oscuridad.

Con cada palabra pronunciada, la luz del rosario brillaba más intensamente, envolviendo a Guadalupe y su bebé en una cálida y sagrada protección. La bruja parecía cada vez más frustrada, y sus intentos de entrar a la casa se volvían más desesperados.

Guadalupe pudo ver cómo las garras de la bruja intentaban alcanzarla, extendiéndose desde la rendija de la puerta como tentáculos oscuros y retorcidos. Pero su fe era más fuerte, y con voz temblorosa pero decidida, continuó rezando sin descanso.

Los minutos se hicieron eternos mientras Guadalupe hacía todo lo posible para que está no entrará. Finalmente, cuando los primeros rayos del sol comenzaron a asomarse en el horizonte, la presencia maligna se desvaneció en una humareda oscura, como si la luz del día la rechazara.

Guadalupe cayó de rodillas, agotada pero aliviada de que la pesadilla hubiera terminado. Abrazó a su bebé con ternura, agradecida de que estuviera a salvo. La habitación estaba en silencio, el aire ahora era puro y la paz había regresado al pequeño hogar. Después de aquella experiencia, los avistamientos de la bruja cesaron por un par de días, inclusive llegamos a pensar que finalmente aquella pesadilla había concluido.

Un atardecer, mientras pastoreaba mis ovejas, sentí que el ambiente se volvía pesado y opresivo. El miedo se apoderó de mí, pero no quería dejar a las ovejas debido al temor a la reprimenda de mi padre. Apresuré el paso para reunirlas, pero de repente, escuché aquella horrible voz distorsionada a lo lejos, proveniente del campo donde pastaban las ovejas.

El Pueblo De La Bruja Historia De Terror

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Me detuve y observé una figura femenina que me miraba fijamente. Mi visión se volvió borrosa, y cada parpadeo parecía acercarla más. Luché por aclarar mi visión, pero la mujer continuaba aproximándose sin pausa. El miedo se aferraba a mí, y aquel fue el último recuerdo claro que conservo de ese día.

El tiempo había transcurrido de manera extraña. Lo que para el resto de los habitantes del pueblo parecían días enteros, para mí habían sido solo un par de horas en un estado de confusión y desorientación. Mis padres estaban desesperados por encontrarme, y habían organizado grupos de búsqueda que recorrían el pueblo y sus alrededores en busca de alguna pista sobre mi paradero.

Una noche, mientras la luna se ocultaba entre las nubes, desperté en medio del campo donde solía pastorear las ovejas. El frío de la noche me caló hasta los huesos, y la sensación de desorientación era abrumadora. No recordaba cómo había llegado allí, como dije antes para mí solo habían pasado unas horas.

Me sentía como si hubiera sido arrastrado a un mundo de pesadilla y estuviera luchando por regresar a la realidad.

Busqué a las ovejas a mi alrededor, pero no había rastro de ellas. Me sentí culpable y preocupado, pero estaba demasiado aturdido para entender qué había pasado. Caminé un poco, tratando de encontrar alguna señal que me indicara cómo regresar a casa, pero me sentía como un sonámbulo, sin control sobre mis propios pasos.

Mi cabeza latía con dolor, y mi corazón latía con fuerza en mi pecho. Las imágenes de aquella figura femenina y la voz distorsionada regresaron a mi mente, pero no sabía si habían sido reales o producto de mi imaginación atormentada. Me llevé las manos a la cabeza, tratando de calmar el torbellino de pensamientos.

El silencio de la noche era interrumpido por el sonido de mis propios pasos, el cual se mezclaba con el susurro del viento entre los árboles cercanos. La oscuridad del campo se tornaba cada vez más densa, haciéndome sentir como si estuviera sumergido en un mar de sombras. La paranoia y la sensación de ser observado me invadían, y cada pequeño ruido me hacía saltar de miedo.

Aunque no recuerdo por completo lo que sucedió después de aquel día, mis padres se encargaron de contarme los acontecimientos una vez que recuperé la conciencia, una semana después. Desperté en la cama, esposado, acusado de estar involucrado en el rapto de un menor.

Intenté recordar, pero más allá de la figura en el campo, solo tenía breves destellos de estar en una especie de cueva. Recordaba un olor horrible y, a continuación, la imagen de aquella anciana levantando mi cabeza y luego ella obligándome a beber un brebaje de sabor repugnante mientras recitaba palabras en latín.

Estos son los recuerdos más vívidos que tengo además de cuando desperté en el campo, pero los siguientes son simplemente imágenes borrosas del monte y partes del pueblo. Mis padres se encargaron de ponerme al tanto de lo ocurrido.

Resulta que entré a la casa de Guadalupe, quien tenía una buena relación conmigo y no me vio como una amenaza para ella ni para su bebé. Aprovechando un descuido de Guadalupe, tomé al bebé de su cuna y salí corriendo de la casa.

Guadalupe se percató y comenzó a perseguirme, alertando a las pocas personas que aún permanecían en el pueblo. Me exigían que me detuviera, ya que me dirigía directamente hacia el cerro donde se decía que se encontraba la bruja.

A pesar de mi corta edad, corría con una velocidad sorprendente, lo que hacía imposible que me alcanzaran. Llegué al pie del cerro, donde aquella anciana se encontraba de pie en silencio. Los habitantes del pueblo, desde la distancia, observaron cómo le entregaba el bebé a la anciana. Esta, con el bebé en brazos, corrió adentrándose en el cerro, desapareciendo entre la espesura antes de que los habitantes pudieran llegar.

Los lugareños se quedaron boquiabiertos, incapaces de comprender lo que acababan de presenciar. Las lágrimas de Guadalupe se mezclaban con gritos de desesperación mientras imploraba por la vida de su bebé. Me quedé de pie, inmóvil, mientras Guadalupe me empujaba y me reclamaba entre sollozos, preguntándome por qué lo había hecho. Pero antes de que pudiera responder, caí al suelo, sufriendo un ataque de epilepsia.

Los pocos habitantes del pueblo se aferraron a la esperanza de que aún había tiempo para salvar al niño y se prepararon para adentrarse en el oscuro cerro en busca de la anciana y su terrible guarida. Sin embargo, sin importar lo mucho que buscaron, nadie jamás volvió a saber del bebé de Guadalupe.

Mis padres intentaron convencer a las autoridades de que yo no tenía ninguna participación en los crímenes, pero el temor y la paranoia en el pueblo habían alcanzado su punto máximo. Las acusaciones sin pruebas concretas se multiplicaron, y fui señalado como el chivo expiatorio de los horrores que habían acechado al pueblo durante tanto tiempo.

Mi juicio fue rápido y poco justo. Las pruebas en mi contra eran escasas y circunstanciales. Me condenaron a la correccional de menores hasta cumplir la mayoría de edad por crímenes que nunca cometí.

Durante los años que pasé en prisión, el pueblo se hundió aún más en la oscuridad. La bruja había dejado su marca indeleble, y el terror se arraigó en el corazón de cada habitante.

A pesar de no poder recordar nada con claridad y saber que actué impulsado por aquella bruja, siempre me he sentido culpable por haber entregado al bebé de Guadalupe a aquella mujer. El peso de la culpa me acompaña, y el recuerdo de aquel incidente persigue cada uno de mis pensamientos.

Continuaron ocurriendo desgracias en el pueblo de la bruja, y la leyenda de su maldición se esparció más allá de los límites del pequeño lugar. Aquel lugar se convirtió en un sitio olvidado y temido por los viajeros, quienes evitaban pasar cerca de sus tierras. Los rumores de la bruja malvada que robaba bebés y sembraba el terror se propagaron incluso en otros pueblos y ciudades cercanas.

Mi familia se vio estigmatizada por mi culpa y se convirtió en el blanco de las miradas acusadoras y los murmullos maliciosos. Abandonaron el pueblo en busca de un nuevo comienzo, lejos de los recuerdos dolorosos que lo habían consumido.

Después de aquel fatídico suceso, las pocas personas que aún se habían quedado en el pueblo también lo abandonaron. El lugar se convirtió en un auténtico pueblo fantasma, donde solo quedaban los ecos del pasado y el vacío de lo que una vez fue una próspera comunidad.

Con el tiempo, algunos valientes intentaron enfrentar a la bruja, organizando expediciones para adentrarse en el cerro donde se decía que vivía. Algunos aseguraban haber visto luces extrañas y escuchado risas diabólicas en las noches más oscuras. Sin embargo, nadie regresó con pruebas concretas sobre su existencia, y la leyenda se mantuvo como eso, una leyenda.

Autor: Aurora Escalante.

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