Juguetes Malditos

juguetes malditos

Juguetes Malditos

Juguetes malditos.
Hace poco murió mi abuela.
Tuvimos que descombrar su casa, deshacernos de todas sus pertenencias y repartirlas entre mi padre y sus hermanos.
A los nietos no nos dejó nada.
No le reprocho que lo haya decidido así en su testamento, realmente nunca fuimos muy allegados, somos unas de esas familias que solo se reúnen en velorios, pues cada quien a tomado su camino. Aunque no siempre fue así. De hecho, al haber estado de nuevo en su casa, me trajo recuerdos de mi infancia, cuando mis tíos y mi padre aún se llevaban bien. Los primos jugábamos en los jardines de la entrada y en raras ocasiones entrabamos a su patio, este lugar siempre nos representaba un misterio, era como una puerta del tiempo a la infancia de mis tíos y mi padre, todo, aunque envejecido, estaba intacto.
Las macetas de mi abuela seguían siendo las mismas y al fondo, un baño clausurado, escondía una montaña de juguetes antiguos. Para mis hijos o cualquier niño de esta época, les parecían aterradores, pero para mis primos y yo, eran una maravilla; había payasos de tela, muñecas de plástico y tela, robots de latón y, el que mas me gustaba, era una especie de pato con cuerpo de humano, no era el pato Donald, ni ninguno que hubiera visto en la televisión o caricaturas en el periódico.
Me gustaba ese muñeco, por sus ojos brillaban en la oscuridad, no de una forma aterradora, sino que su intención era todo lo contrario, iluminar un poco la habitación de un niño, en aquel tiempo no existía la misma tecnología que hoy en día y en el Estado de México, se vivían muchas carencias económicas.
Por la ilusión de proyectar luz desde sus ojos, el muñeco del pato era mi favorito.
Era sencillo encontrarlo en medio de la montaña de juguetes.
Recuerdo que la casa de mi abuela, aparte de darnos muchas horas de diversión, también nos brindó varios sustos. Justo a un lado del patio, estaba un cuarto con una litera, donde nos quedábamos los primos de vez en cuando. Un día el mas chico de todos, despertó llorando, gritaba que alguien le estaba jalando el cabello. Rapidamente encendimos la luz. El usaba el cabello tipo hongo, por lo que siempre lo llevaba un poco mas largo que nosotros. Juro que vi como si una mano invisible se lo levantara con fuerza.
Esa vez, una de mis tías nos puso a rezar para que soltaran a mi primo.
Otra vez, en la que yo estaba solo, en la cama de abajo de la litera. Escuché algo arrastrándose por debajo del colchón y después lo vi entrar a uno de los roperos de enfrente.
Me cubrí la cara con una sábana, pues sentía mucho miedo. A los cinco segundos escuchaba una voz que me indicaba que me acercara.
Entré en pánico, deseaba gritar y no podía.
Esa ocasión me salvó mi abuela, que desde la cocina me llamó para que le fuera a comprar algo de la tienda.

Esa vez no quise volverme a meter en ese cuarto, pues cuando regresé de la tienda, vi una muñeca entre la cama y la pared. No quise revisar el ropero, pues no me interesaba lo mas mínimo ver que era aquello que me llamaba con tanta insistencia.
Ahora que estábamos recogiendo la casa de mi difunta abuela, recordé todas esas situaciones que me sacaron un buen susto. Cuando tuvimos que salir al patio, lo hice sin mirar a esa habitación donde nos ocurrieron tantas cosas. La casa de mi abuela tenia arquitectura muy rara, todas las habitaciones estaban encimadas y el dichoso patio quedaba justo a un lado del cuarto donde nos asustaron tantas veces. No sentía miedo realmente, evitaba voltear solo por precaución.
Sacamos todos los juguetes de la habitación clausurada, yo sentí como si alguien me susurrara unas palabras incomprensibles al oído, en ese momento creí que fue mi imaginación por lo que no hice caso, mas tarde me daría cuenta, que aquel susurro era una señal de advertencia.
Mi padre y mis tíos nos pidieron que tiráramos todos los juguetes a la basura, no obstante, una prima se llevo dos muñecas a su casa, otro un mono de cuerda. Yo estuve a punto de no llevarme nada, realmente no le veía el caso a conservar un juguete tan antiguo.
Cuando salí del patio, me animé a dar un ultimo vistazo a la habitación, entonces lo encontré. Allí estaban ese par de ojos iluminando bajo un ropero derruido, era el pato con el que jugaba. Dude un par de segundos en llevarlo o no conmigo, pero termine tomándolo, pensaba en que si llegara a tener hijos, me encantaría mostrarles aquel juguete.
No me lleve el juguete de inmediato a mi casa, de hecho lo olvidé durante una semana en la cochera. De hecho, fue mi padre quien me lo entrego.
No tardé en ponerme a limpiar el muñeco y pintarlo.
Quedo tan bien, que decidí ponerlo en el escritorio que tengo frente a mi cama.
La primera noche que pasó el muñeco en la casa, tuve pesadillas horribles, en las cuales revivía todo lo que pasé en la casa de mi abuela siendo niño.

Este sueño es el mas aterrador que suelo tener. Me encuentro durmiendo en la litera y escucho de nuevo algo llamándome desde el ropero frente a la cama. Algo que no puedo ver, corre hacia abajo de la cama, de repente quiero salir corriendo por el pasillo que conducía a la cocina, pero por mas que me esfuerzo no avanzo ni un paso y lo que estaba bajo la cama me persigue hasta atraparme y meterme bajo la cama. En ese punto del sueño siempre me despierto. Y eso mismo fue lo que soñé la primera noche que tuve el juguete en mi casa.
Como fue la primera vez, no pude culpar al muñeco, aunque cuando desperté, lo primero que vi fue la luz en sus ojos, era un brillo muy diferente al que recordaba de niño. Sentí un poco de miedo de sus ojos, así que lo guardé en uno de los cajones y volví a dormir.
De nuevo tuve pesadillas. Soñé que algo arañaba el cajón donde metí al muñeco y que comenzaba abrirse y a cerrarse por si solo. Me desperté sobresaltado, encontré el cajón abierto. Me quedé confundido, según recordaba lo dejé cerrado antes de dormir.
A partir de ese día, algunos cajones en la casa comenzaron a amanecer abiertos, no solo en mi habitación sino que en el resto de la casa.
Otra cosa extraña que ocurrió, fue que seguido extraviaba el muñeco, al cual le agarré mucho aprecio; hasta la fecha no he encontrado algún muñeco parecido, ni siquiera buscando en internet, pero me encantaba el efecto de sus ojos, así que cada que se me extraviaba, me ponía a buscarlo arduamente.

Un día mientras mi madre hacia el aseo de la casa, dice que escucho un llanto de bebé justo detrás de un sillón, dice que el sonido fue tan fuerte que la obligó a brincar. Se acerco a ver que era, pero no encontró nada. Entonces se agachó a nivel del piso y miro algo brillando debajo del sillón. Eran los ojos del pato de juguete. Mi madre lo tomó y le puso en mi escritorio.
Ella me recomendó que tirara el muñeco, pues cuando lo tomó con su mano, sintió una extraña vibra que le erizo la piel. Yo me negué a tirarlo, no creía que lo que estaba ocurriendo tuviera relación con el muñeco, se veía inofensivo.
Me encontré a una de mis primas. Ella había tomado uno de los muñecos de cuerda, le pregunté sobre ese juguete. Ella se puso seria, me miro a los ojos y me preguntó que si yo creía en fantasmas, a lo que yo le respondí que si.

Entonces me contó que tuvo que deshacerse del juguete, pues desde que lo tenia en casa, comenzaron a ocurrir extraños sucesos, de los cuales, el mas aterrador, fue que escuchó al muñeco hablar con una voz infantil.
No le quise contar a mi prima acerca de lo que estaba ocurriendo en mi casa, pues aunque en ese momento me di cuenta de que, los extraños sucesos que ocurrían en mi casa estaban relacionados directamente con el muñeco, no deseaba desechar el muñeco, algo en el me obligaba a querer mantenerlo conmigo.
En lugar de tirar el muñeco o de quemarlo, lo metí dentro de una caja de herramientas que guardo debajo de mi cama. Fue lo peor que pude haber hecho.
La actividad paranormal se disparó en mi casa
Un domingo nos encontrábamos en la sala, mis padres y yo. Veíamos una película, en eso comenzamos a escuchar risas a nuestras espaldas. Mis padres y yo de manera inmediata nos giramos a ver que era lo que estaba pasando. No vimos a nadie, pero las risas siguieron sonando, esta vez venían del pasillo que daba a mi habitación. Mis padres me ordenaron que me quedara en la sala, no los obedecí, no pensaba quedarme solo en la sala, sentía miedo, así que los seguí hasta mi habitación.
Mi madre lanzó un grito de terror, mientras que mi padre comenzó a rezar.
En mi habitación, estaba un ser parecido a un niño, le brillaban los ojos igual que al muñeco. No puedo asegurar que era un niño, mas bien me parecía algo mas intentando parecer un niño, era aterrador, tenia la piel como estirada y sus ojos eran algo increíble.
No recuerdo ni como, solo me acuerdo que el ente desapareció de la misma manera en que apareció, mi madre se desvaneció a causa del susto, mi padre se agachó a levantarla.
Cuando ya estábamos tranquilos, me asome debajo de mi cama, allí estaba el maldito pato de juguete, con sus ojos brillantes.
Lo tomé y salí a la calle, después de caminar varias calles, lo dejé al pie de una puerta en una casa.
Ya no volvimos a presenciar nada extraño en la casa.
Le pregunte a mi padre, si alguna vez lo asustaron sus muñecos, pero el me dijo que no, que lo que ocurría, era que mi abuela se dedico a realizar trabajos de brujería, pues se quedo muy joven a cargo de nosotros, porque mi abuelo los abandonó cuando ellos eran muy pequeños. Creía que era posible que en uno de esos trabajos, los juguetes absorbieran algún ente maligno.
Según supe mis demás primos pasaron por lo mismo con esos muñecos malditos.
Espero que las personas que se encontraron al muñeco lo hayan tirado.

Autor: M. V. Farfan.

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