Mi nombre es Ikal Hernández y quiero contar mi historia con la esperanza de que alguien, en algún lugar, sepa cómo ayudarme a liberarme de esta pesadilla.

Me ha perseguido desde que era muy joven. De hecho, podría decir que llevo más años viviendo con ella que sin ella.

Sé lo que muchos pensarán después de escucharme: que yo mismo me busqué lo que ocurrió. No los culpo. Durante mucho tiempo pensé exactamente lo mismo.

Pero será mejor comenzar desde el principio.

Los primeros años de mi vida apenas los recuerdo. Vivía en la ciudad con mi madre hasta que un incidente, del que prefiero no hablar, terminó arrebatándole la vida.

Mi padre nos había abandonado antes de que yo naciera, así que, después de la muerte de mi madre, no tuve más remedio que irme a vivir con mi abuelo a un pequeño pueblo.

No tomé bien aquella pérdida.

Mientras crecía, la tristeza terminó convirtiéndose en rabia y resentimiento. Me volví un muchacho problemático, incapaz de respetar normas o escuchar consejos. Buscaba constantemente problemas y pasaba la mayor parte del tiempo con personas que no me convenían.

Para cuando cumplí dieciséis años, ya bebía y fumaba con frecuencia. Tenía una pésima reputación en el pueblo y mi abuelo no sabía qué hacer conmigo.

Fue en esa época cuando ocurrió la primera aparición.

El encuentro con el charro

Una noche me quedé hasta la madrugada bebiendo con unos amigos en una de las reuniones clandestinas que acostumbrábamos organizar a las afueras del pueblo.

Cuando decidí regresar a casa eran aproximadamente las tres de la mañana.

Apenas podía caminar en línea recta, pero conocía bien el camino y no era la primera vez que regresaba solo a esas horas.

Sin embargo, aquella noche había algo diferente.

El campo estaba completamente silencioso.

No se escuchaban grillos, aves nocturnas ni el movimiento de los animales entre los arbustos. Ni siquiera parecía soplar el viento.

Era un silencio extraño, demasiado profundo.

Recuerdo haber acelerado el paso.

Entonces escuché unos cascos.

El sonido apareció a mis espaldas y comenzó a acercarse lentamente.

Tac.

Tac.

Tac.

Me detuve y volteé.

Desde la oscuridad apareció un caballo negro. Sobre él viajaba un hombre vestido de charro.

Su ropa era elegante, demasiado elegante para aquel camino de tierra perdido entre los campos. Llevaba sombrero de ala ancha y permanecía erguido sobre la montura con una tranquilidad que me resultó incómoda desde el primer momento.

El caballo se detuvo junto a mí.

—¿Vas al pueblo? —preguntó.

Asentí.

El hombre se ofreció a llevarme.

Al principio me negué. No sabía quién era y algo en su presencia me provocaba desconfianza. Pero insistió varias veces y, quizá por el alcohol o por las ganas de llegar pronto a casa, terminé aceptando.

Subí detrás de él.

El caballo comenzó a avanzar.

Durante los primeros minutos ninguno de los dos dijo nada.

Solo se escuchaban los cascos golpeando las piedras del camino.

La luna aparecía de vez en cuando entre las nubes y alcanzaba a iluminar parte del sendero, aunque el rostro del hombre permanecía casi siempre oculto bajo la sombra del sombrero.

No sé cuánto tiempo estuvimos avanzando cuando empecé a sentir que algo estaba mal.

El camino hasta el pueblo no era tan largo.

Aun así, parecía que no nos acercábamos.

Intenté conversar con él para tranquilizarme.

—¿Vive por aquí?

—Sí.

Su voz era grave.

—Nunca lo había visto.

No respondió.

Esperé algunos segundos.

—¿Cómo se llama?

El charro permaneció en silencio.

A partir de entonces decidí no hacer más preguntas.

Fue cuando sentí el calor.

Al principio pensé que era producto del alcohol, pero la montura comenzó a calentarse debajo de mí.

Cada segundo era peor.

Moví las piernas buscando una posición diferente, pero el calor continuó aumentando hasta resultar insoportable.

—Oiga…

El hombre no reaccionó.

Extendí una mano y le toqué el hombro.

El charro volteó lentamente.

Nunca olvidaré aquel rostro.

La piel parecía muerta, oscura y reseca. Sus facciones estaban deformadas y sus ojos tenían una profundidad imposible, como dos agujeros abiertos en un cadáver.

Salté del caballo antes de poder pensarlo.

Caí al suelo, rodé entre las piedras y me levanté como pude.

Después corrí.

Detrás de mí escuché los cascos.

El caballo venía siguiéndome.

No me atreví a mirar durante los primeros segundos, pero cuando finalmente volteé descubrí al charro cabalgando a poca distancia.

Estaba sonriendo.

Y luego comenzó a reír.

Aquella risa me dio más miedo que su rostro.

Corrí hasta que las piernas comenzaron a dolerme y sentí que los pulmones no podían soportar un paso más.

Cada vez que volteaba, seguía allí.

No importaba cuánto acelerara.

Nunca parecía quedarse atrás.

Entonces distinguí las cruces del antiguo cementerio del pueblo.

No se me ocurrió nada mejor.

Entré corriendo y me oculté detrás de una tumba.

Me agaché y traté de controlar la respiración.

Durante algunos segundos reinó nuevamente el silencio.

Pensé que se había marchado.

Entonces escuché pasos.

El charro caminaba entre las tumbas.

Ya no estaba montado en el caballo.

Lo vi avanzar bajo la luz de la luna mientras buscaba entre las lápidas.

Cuando levantó el rostro, sus ojos parecieron encontrarse directamente con los míos.

Sonrió.

Comenzó a acercarse.

Yo estaba paralizado.

No podía correr ni gritar.

Solo podía verlo aproximarse lentamente, como si supiera que no tenía escapatoria.

Entonces una luz me golpeó en el rostro.

—¡Ikal!

Era don Pancho, el velador del cementerio.

Conocía a mi abuelo desde hacía años y me había visto crecer desde mi llegada al pueblo.

—¿Qué haces aquí a estas horas?

Señalé hacia las tumbas.

—Ahí… hay un hombre.

Don Pancho alumbró con su linterna.

No había nadie.

Revisó el lugar durante unos segundos y después negó con la cabeza.

Seguramente pensó que estaba borracho.

Me dijo que regresara a casa y tuviera cuidado.

No discutí.

Salí del cementerio y continué caminando hasta el pueblo.

Cuando llegué, el cielo comenzaba a aclararse y algunos vecinos ya salían de sus casas para iniciar sus labores.

Nunca me había alegrado tanto de ver salir el sol.

La advertencia de mi abuelo

Durante los días siguientes no ocurrió nada.

La única persona a la que le conté la verdad fue mi abuelo.

Esperaba que se burlara de mí o que me castigara por haber estado bebiendo, pero hizo algo que me sorprendió.

Me escuchó en silencio.

Cuando terminé, me dijo:

—Tómalo como una advertencia.

Según él, todavía estaba a tiempo de cambiar.

Durante algunos días intenté hacerlo. Incluso llegué a creer que aquella experiencia había sido una señal.

Pero la intención duró poco.

Muy pronto regresé con mis amigos y recuperé mis antiguas costumbres.

Terminé convenciéndome de que todo había sido producto del alcohol, el cansancio y la oscuridad.

Ojalá hubiera escuchado a mi abuelo.

El cerdo del cobertizo

Una noche, mi abuelo me pidió que llevara agua a los cerdos, los contara y comprobara que el corral quedara bien cerrado.

Acepté de mala gana.

Cuando terminé de llenar los recipientes, comencé a contar a los animales.

Faltaba uno.

Miré alrededor del corral, pero no encontré rastro de él.

Pensé en avisarle a mi abuelo. Sin embargo, sabía que me enviaría a buscarlo de todas formas, así que decidí hacerlo solo.

Un cerdo no podía haberse alejado demasiado.

Seguí algunas huellas hasta llegar a un viejo cobertizo que mi abuelo utilizaba como bodega.

La puerta estaba entreabierta.

Entré.

Dentro apenas había luz.

Avancé entre herramientas viejas, muebles dañados, cajas y objetos acumulados durante años.

Entonces escuché algo al fondo.

Me detuve.

Era un gruñido.

—¿Estás ahí?

No sé por qué le hablé al animal como si pudiera responderme.

Avancé unos pasos más.

Entonces lo vi.

El cerdo estaba al fondo del cobertizo.

Pero no estaba sobre cuatro patas.

Estaba erguido.

Apoyado únicamente sobre las traseras.

Durante unos segundos mi mente se negó a comprender lo que estaba viendo.

El animal permanecía completamente inmóvil.

Luego giró lentamente la cabeza hacia mí.

Y sonrió.

No era una expresión que pudiera pertenecer a un animal.

Su hocico se retorció de una manera imposible mientras de su garganta salía una mezcla de gruñidos y algo parecido a una risa humana.

Retrocedí.

El cerdo dio un paso.

Después otro.

Salí corriendo.

Entonces escuché una voz a mis espaldas.

—Ikal…

Me detuve durante una fracción de segundo.

Aquello acababa de pronunciar mi nombre.

—Ikal… regresa.

La voz era deformada, profunda y burlona.

—La diversión apenas va a comenzar.

No miré atrás.

Corrí hacia los corrales.

Fue entonces cuando lo vi nuevamente.

A cierta distancia, montado sobre su caballo, estaba el charro.

Daba vueltas lentamente alrededor del terreno mientras me observaba.

No necesitaba ver su rostro para saber que estaba sonriendo.

Llegué a la casa casi sin aire.

Mi abuelo me encontró temblando.

Esta vez no intenté ocultarle nada.

Le conté lo que acababa de ver.

Cuando terminé, su expresión había cambiado.

Ya no parecía estar escuchando las fantasías de un muchacho borracho.

Parecía preocupado.

—Vamos a hacerte una limpia —dijo.

Durante años me había burlado de las creencias de la gente del pueblo, pero aquella noche obedecí sin discutir.

Mi abuelo pasó un huevo por mi cuerpo mientras murmuraba algunas oraciones.

Cuando terminó, lo rompió dentro de un recipiente.

El contenido estaba oscuro.

Casi negro.

Un olor desagradable, parecido al azufre, llenó la habitación.

Mi abuelo guardó silencio.

Luego me dijo que me fuera a dormir.

—Mañana veremos qué hacemos.

Pero al día siguiente las cosas no mejoraron.

La marca

A partir de entonces comencé a tener pesadillas.

Cada vez que cerraba los ojos veía al cerdo de pie en el cobertizo o al charro cabalgando detrás de mí.

Dormía poco.

Cuando lograba hacerlo, despertaba sobresaltado.

Mi abuelo realizó más limpias y buscó distintas formas de ayudarme, pero ninguna parecía funcionar durante mucho tiempo.

Con las semanas empecé a enfermar.

Había noches en las que escuchaba los cascos del caballo alrededor de la casa.

Otras veces despertaba convencido de haber oído aquella risa junto a mi ventana.

Hasta que una noche dejó de ser una simple sensación.

Estaba acostado intentando dormir cuando la habitación comenzó a enfriarse.

Al principio pensé que había entrado aire por alguna ventana.

Después pude ver mi propio aliento.

Abrí los ojos.

El charro estaba junto a mi cama.

No sé cómo había entrado.

Simplemente estaba allí.

Su figura parecía más oscura que todo lo que lo rodeaba.

Sus ojos permanecían clavados en mí.

Intenté recitar las oraciones que mi abuelo me había enseñado.

El charro no reaccionó.

Continuó acercándose.

Entonces escuché un gruñido.

Después una risa.

No venían únicamente del charro.

En algún lugar de la habitación también se escuchaba al cerdo.

Quise llamar a mi abuelo, pero no pude moverme.

El charro levantó una mano.

Acercó uno de sus dedos a mi frente.

Sentí que algo comenzaba a quemarme.

No podía ver lo que hacía, pero el dolor fue tan intenso que creí que me estaba abriendo la piel.

Con el tiempo comprendí la forma que estaba dibujando.

Una cruz invertida.

No sé cuánto tiempo permaneció allí.

Solo recuerdo el dolor.

Después perdí el conocimiento.

Desperté dos días más tarde.

La marca no podía verse, pero desde entonces siento su presencia. En ocasiones vuelve a doler como si acabaran de quemarme.

Para ese momento, los rumores ya se habían extendido por el pueblo.

Algunos vecinos aseguraban haber visto a un charro montado sobre un caballo rondando nuestros terrenos durante la madrugada.

Otros hablaban de extraños sonidos provenientes de los corrales.

Muchos pensaban que todo era una invención.

Yo habría pensado lo mismo.

El sacerdote del pueblo comenzó a visitarnos varias veces por semana para bendecir la casa.

Rezaba, rociaba agua bendita y nos recomendaba mantener la fe.

Nada parecía detener las apariciones.

Aunque yo intentaba ocultárselo, mi abuelo sabía que continuaban.

Había noches en las que escuchaba los cascos a lo lejos.

En otras ocasiones miraba por la ventana y encontraba al cerdo afuera.

Erguido.

Completamente quieto.

Observándome.

A veces sonreía.

La noche en que vino por mí

Mi salud empeoró rápidamente.

Perdí peso y casi no tenía energía. Dormía poco y vivía pendiente de cualquier ruido.

Dejé de salir.

Incluso durante el día tenía la sensación de que alguien me observaba.

Una noche me sentí algo mejor y decidí salir para respirar aire fresco.

Aproveché para llevar comida a los animales.

Estaba junto a los corrales cuando escuché el sonido que más temía.

Cascos.

Venían acercándose.

Dejé todo y corrí hacia la casa.

No alcancé a llegar.

El charro apareció delante de mí.

Su caballo bloqueaba el camino.

Levanté la mirada.

Esta vez pude ver perfectamente su rostro.

—Es hora —dijo.

No entendí.

—¿Hora de qué?

El charro sonrió.

—De que vengas conmigo.

Sentí que el cuerpo entero se me helaba.

Intenté pedir ayuda, pero apenas pude emitir sonido alguno.

El charro desmontó.

A cierta distancia apareció el cerdo.

Caminaba sobre sus patas traseras mientras soltaba aquellos extraños gruñidos que tanto había aprendido a temer.

El charro comenzó a acercarse.

No sé de dónde saqué el valor.

—No voy a ir contigo.

Su sonrisa desapareció.

Extendió una mano y me sujetó del brazo.

El dolor fue inmediato.

Sentí como si me hubiera agarrado con un hierro al rojo vivo.

Grité.

Entonces recordé el rosario de plata que mi abuelo me había pedido llevar siempre conmigo.

Lo saqué y, sin pensar demasiado, lo enrollé alrededor de la mano del charro.

La reacción fue instantánea.

Me soltó.

Retrocedió varios pasos y regresó junto al caballo.

Durante unos segundos nos observamos en silencio.

Después montó.

—Aún no ha terminado —murmuró.

El caballo se alejó lentamente hasta desaparecer en la oscuridad.

El cerdo también se había ido.

Regresé a casa.

Mi abuelo vio la quemadura de mi brazo y entendió que aquello había sido diferente.

Desde esa noche nunca volví a separarme del rosario.

No sé si realmente puede protegerme, pero las apariciones disminuyen cuando lo llevo conmigo.

Una pesadilla que todavía continúa

Mi abuelo y yo buscamos ayuda durante años.

Hablamos con sacerdotes, personas dedicadas a las limpias, curanderos, investigadores de lo paranormal y gente que decía comprender temas relacionados con el ocultismo.

Algunas cosas funcionaban durante unos días.

Otras no producían ningún efecto.

Nada consiguió terminar con aquello definitivamente.

Con el tiempo, el pueblo se llenó de rumores.

Algunos vecinos comenzaron a evitarnos por miedo a que aquello que nos perseguía pudiera seguirlos también a ellos.

Otros se acercaban únicamente por curiosidad, deseosos de escuchar nuestras historias.

Finalmente, el interés desapareció.

La gente se acostumbró a nosotros.

Y nosotros tuvimos que acostumbrarnos a vivir así.

Mi abuelo y yo terminamos aislándonos cada vez más.

Por las noches cerrábamos puertas y ventanas, colocábamos cruces y amuletos y esperábamos hasta que amaneciera.

Eso ayudaba.

Pero nunca era suficiente.

Han pasado muchos años desde aquella madrugada en la que acepté subir al caballo de un desconocido.

Todavía me pregunto qué habría sucedido si hubiera continuado caminando.

O si hubiera escuchado la advertencia de mi abuelo.

Tal vez nada de esto habría ocurrido.

Tal vez el charro habría encontrado a otra persona.

O quizá ya me había elegido mucho antes de aquella noche.

No lo sé.

Lo único que sé es que todavía no se ha ido.

Hay temporadas en las que pasan semanas enteras sin que ocurra nada.

Entonces comienzo a creer que finalmente terminó.

Pero una noche cualquiera, cuando todo está en silencio, vuelvo a escuchar el mismo sonido a lo lejos.

Tac.

Tac.

Tac.

Los cascos de un caballo avanzando por el camino.

Algunas veces también veo al cerdo junto a los corrales.

Erguido sobre dos patas.

Esperando.

Y entonces recuerdo las últimas palabras del charro.

Aún no ha terminado.

Autor: Aurora Escalante

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