Brujas Pelonas

Brujas Pelonas

Brujas Pelonas

Esto sucedió hace mucho tiempo, cuando mi madre estuvo a punto de perder su alma por culpa de la ignorancia de mi abuela.

En esos años las mujeres acostumbraban a dormir a los bebés recién nacidos con un espejo frente a ellos, y unas tijeras de metal en forma de cruz.

Pero mi abuela iba en contra de la corriente, así que se burlaba de estas cosas, porque le parecían mitos nada más, pero la vida más tarde le enseñaría que el mal está presente, y principalmente cuando hay almas inocentes, y puras en casa.

En aquel lugar era común escuchar a cerca de Nahuales y brujas que iban en la luz de la luna a las casas e intentaban robarse a los más niños, también se decía que eran las mismas mujeres del pueblo, que al llegar la noche, se convertían en guajolotes para robar pertenencias y pasar desapercibidas.

Ahí la mayoría de los niños no llegaban a su primer año y sufrían de la muerte de cuna, pero se decía que esto era culpa de las mamás que no los bautizaban a tiempo, como mi abuela que había hecho caso omiso, y aunque mi madre estaba a punto de cumplir un año, no la había bautizado.

Una noche muy fría, mi abuela se acostó a lado de mi madre que aún era muy pequeña, siempre dormían solas, porque mi abuelo era velador de una hacienda cerca de ahí.

Como siempre no usaba tijeras en forma de cruz, ni un espejo frente a la bebé, y está alma inocente, era un festín para cualquier bestia que se pudiera acercar en ese momento.

Las brujas se aprovecharon de la nula protección de la menor y se presentaron dejando en aquel hogar un olor nauseabundo como de pudrición.

La extrañada madre despertó por aquel asqueroso olor y encontró a la niña con rasguños en los pies, después de eso empezó a enfermarse y no se sabía de qué. Tenía la mirada perdida, no quería comer y en cuanto llegaba la noche comenzaba a llorar hasta quedarse dormida.

Mis abuelos ya estaban muy preocupados, porque mi madre ya había adelgazado mucho, así que la llevaron al hospital, pero los médicos no sabían cuál era la razón de aquellos síntomas, únicamente le dieron medicamentos y les pidieron regresar en 5 días para ver si había mejorado.

Ya no sabían que hacer, además por las noches no podían dormir, porque aparte de la preocupación, tenían terribles pesadillas con extraños seres, e incluso varias veces escucharon en la cocina como si alguien estuviera cocinando algo en un caldero.

Un día después de la cita con el médico, una de las ancianas del pueblo los saludó fervientemente, y cuando vio a la bebé les dijo que eso no era normal, que seguramente las brujas habían ido a verla durante las noches, que le estaban quitando el alma poco a poco, porque la niña se veía ya muy mal.

Les contó que eso le había pasado a su nieto por no cuidarlo lo suficiente, y que, lamentablemente, él había muerto.

Les dijo que una curandera había dicho que una bruja iba todas las noches a ver al bebé, inducía a la madre en un sueño profundo, y poco a poco robaba el alma del niño, hasta que sin darse cuenta ya no se podía hacer nada.

La madre, a pesar de que no creía en esto, cayó presa del pánico y le preguntó que si existía alguna manera de evitar eso.

La señora le dijo que debía colocar un espejo, el más grande que tuviera frente a la bebé y unas tijeras de acero inoxidable bajo la almohada, también le dijo tratara de no quedarse dormida por lo menos por una noche, para velar por su hija y así no tuvieran oportunidad de hacerle daño.

Cuando llegó la noche mi abuela tomó mucho café para que el sueño no le ganara, prendió el radio y se colocó en la mecedora con la bebé en los brazos.

Trató de no cerrar los ojos y por varios minutos esto no fue un problema, hasta que un sueño profundo comenzó a invadirla, intentaba que no la venciera, pero falló, sus ojos se cerraron completamente.

Y cuando los abrió se dio cuenta de que la niña no estaba, y que la ventana estaba abierta de par en par, se asomó y pudo ver una silueta muy grande volando con su hija en los brazos.

Se asustó muchísimo y decidió seguir a ese ser lo más rápido que pudo, saliendo por la misma ventana, llevando un espejo y después de correr por varias cuadras, vio que ese monstruo se metió por el monte a una casa de madera, así que fue hacia allá sin hacer ruido.

Cuando llegó vio por la ventana que las brujas eran dos ancianas con demasiado sobrepeso, no tenían cabello y una de ellas no tenía una pierna, esta mezclaba algo que parecía hervir en una enorme olla, mientras la otra sostenía a la niña.

Le dio un vuelco en el corazón cuando notó que la llevaba hacia aquel caldero.

Tocó la ventana para impedirlo, y cuando la vieron, su rostro se llenó de coraje, y se acercaron a ella rápidamente, pero sin caminar, sus pies flotaban en el suelo.

Una de las brujas rompió el vidrio con su puño con mucha fuerza y tomó a mi abuela de la blusa a la altura del cuello, queriendo hacerle daño, pero ella sacó el espejo y lo puso frente a las señoras.

Soltaron un grito y varias maldiciones, se taparon la cara, en ese momento la angustiada madre tomó a su hija y corrió sin ver atrás.

La niña se veía aún más enferma, lo que preocupó demasiado, y en cuanto llegó a casa le dio su medicamento, la bañó, y rezó para que su salud mejorara.

Estaba muy nerviosa, tenía miedo de que llegaran de nuevo aquellos seres asquerosos por su indefensa hija, y se arrepintió por no creer lo que le aconsejaban otras madres para protegerse.

Puso las tijeras abajo de la almohada.

Se quedó dormida, y agradeció que al despertar su bebé siguiera con ella.

Cuando llegó su esposo le contó lo que había pasado y este no daba crédito a sus palabras, dijo que quería buscar a aquellas mujeres y quemarlas frente a todo el mundo para que dejaran de causar daños.

Pero mi abuela le dijo que era muy peligroso, y que lo mejor era ir con la curandera, y preguntarle qué hacer esa noche.

Fueron en su camioneta y le platicaron lo sucedido a la señora, ella les dijo que debían poner un espejo frente al bebé esa noche, salir a media noche y decir unas palabras que había escrito en un papel, era un versículo de la Biblia escrito al revés, para que las brujas cayeran.

La oscuridad llegó y mi abuelo tenía que ir a trabajar, le pidió a mi abuela que tuviera cuidado con la niña, y también cuando saliera a leer el versículo. Le dio un beso en la frente y se fue.

Cuando llegó la media noche, ella sacó un espejo, y lo puso frente a la bebé mientras dormía, y su sorpresa fue enorme, cuando se dio cuenta de que unos segundos después el semblante de dolor le había cambiado a su hija.

Ahora se veía mejor, respiraba más tranquila y el color había regresado a sus mejillas.

Estaba muy feliz.

Eso le dio valor para salir a leer lo que había en aquella hoja, y aunque le costó mucho, cuando terminó escuchó gritos ahogados en el cielo, y se alegró porque su corazón le decía que aquellos seres ya no los molestarían.

Ella tenía razón.

Gracias a esta experiencia mi abuela comprendió que la gente no mentía, y estuvo a nada de perder a su bebé por su escepticismo.

El espejo aún está guardado en la casa de mi abuela y lo mantienen tapado.

La experiencia lamentablemente no quedó ahí, se decía que cada año las brujas llegaban de otros lugares a buscar carne fresca e inocente para comer, y la abuela cuenta que después de varios años de aquel suceso iba a ser el festival de Santo Tomás en el pueblo, y todos se habían puesto de acuerdo para adornar y preparar la cena de esa noche, incluso habría baile y feria para los niños.

Todos estaban muy entusiasmados, pero empezó a llegar el rumor de que alguien había visto a unas mujeres flotar por el campo y que después las habían visto convertirse en bolas de fuego.

Se recomendaba cuidar a los niños, y más a los que no estaban bautizados, porque eran mucho más vulnerables.

Su vecina tenía un hijo pequeño, más o menos de la edad de su hija, y habían ido a su casa para preparar los tamales que les había tocado llevar en esa ocasión.

Los niños jugaban felices, y cuando llegó la hora de ir al festival lo estaban aún más.

Cuenta mi abuela que su amiga, la vecina, le contó que después de subir a varios juegos, llevó a su hijo a bailar, había demasiada gente, y se le soltó por un segundo de su mano, pero que la volvió a sentir poco después, caminó sin fijarse, pero de repente sintió que su mano se quemaba y al voltear a ver a su hijo se dio cuenta de que este ya no estaba.

Mirando hacia todos lados, vio un lugar donde una mujer sin pelo y con un vestido enorme llevaba a su pequeño.

No dudó un solo instante y corrió para alcanzarlos, pero fue inútil, se perdieron entre la multitud y jamás volvió a ver a su pequeño.

Por eso mi abuela siempre le decía a mi madre que nos cuidara cuando éramos pequeños, pues no quería sufrir el que una bruja malvada nos llevara.

 
 
Autor: Anónimo
Derechos Reservados

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