Las Muñecas Del Mal

Las Muñecas Del Mal

Mi nombre es Andrés, tengo cincuenta años, soy casado y tengo dos hijas, una de cuatro y la más grande de seis.

Soy Agente aduanal aquí en Nuevo Laredo, Tamaulipas. En aquel entonces mis funciones eran estar en el kilómetro 26 durante la noche haciendo revisiones aleatorias a ciertas cargas.

Revisaba que la papelería estuviera en orden para que no pasaran contrabando, que es muy común en las fronteras.
Otra cosa que también ocurre con mucha frecuencia es encontrar migrantes que vienen de todas partes, adultos y niños, que los traileros esconden en las cabinas o dentro de la caja, entre la mercancía que transportan.

Esta historia comienza una noche cercana a la Navidad, detuve un tráiler para hacer una revisión rutinaria, pero el conductor comenzó a ponerse muy nervioso, eso era una muy evidente mala señal.

Yo tenía un compañero esa noche, Óscar, no tenía ni un año de haber entrado, pero él tenía la costumbre de tomar cosas de los embarques a los que les encontrábamos irregularidades. Como la hoja de carga no coincidía con la mercancía no habría forma de saber si en realidad faltaba algo o no.

El chofer abrió la caja, y llevaba y cajas de juguetes, la hoja decía que debía llevar comida enlatada.

El conductor intentó darnos un dinero para dejarlo ir, pero Óscar inmediatamente se negó, ya que él ganaba más tomando mercancía que aceptando el dinero.

Mi compañero le dijo al conductor que nos quedaríamos con algunas cosas y que si nos acusaba él diría que aparte de los juguetes traía ciertas sustancias ilegales.

El conductor, enojado y frustrado, simplemente se puso a fumar en lo que llegaban nuestros superiores a darle seguimiento al embarque.

Óscar subió a la caja y encontró dos cajas grandes que traían dentro dos muñecas cada caja, las muñecas debían armarse. Óscar me preguntó si no quería una, yo sinceramente nunca había agarrado nada de ningún embarque, pero como dije, se acercaba Navidad, y yo andaba algo gastado, así que le dije que sí, que me diera una caja.

Minutos después llegó mi jefe y él se hizo cargo, el resto de la noche transcurrió normal.

Esa noche llegué tarde a casa y mi esposa estaba preocupada esperándome, le platiqué que había tenido mucho trabajo y que por eso se me hizo tarde.

Le conté lo de las cajas que traía conmigo, y, a pesar de que no estaba contenta, entendió la situación.

Las muñecas, ya armadas, eran como de un metro cada una y estaban muy bien hechas, eran modernas, de esas que hablaban, lo cual no era común todavía.

Una muñeca, la que era rubia, la dejamos para mi hija pequeña, y la pelirroja para mi hija mayor.

Cuando llegó la navidad se las regalamos y las recibieron con gran alegría, nos dieron las gracias y después de cenar se fueron a dormir.
Esa madrugada mi hija menor despertó llorando, era raro en ella, fue mi esposa a verla y de rato regresó y dijo que solo era una pesadilla, ese día todavía dormimos tranquilos.
Pero a partir de ahí era muy seguido que llorara mi hija pequeña todas las noches. Al paso de una semana mi otra hija también comenzó a llorar durante las noches.
Yo me ausentaba dos o tres días por semana, cuando al fin estuve en casa fui a su cuarto y hablé con ellas, les pregunté qué pasaba y me platicaron que tenían pesadillas con las muñecas, cada una soñaba que las muñecas las ahorcaba y les decían cosas horribles.
Traté de tranquilizarlas un poco y les dije que tal vez estaban cenando mucho y por eso tenían las pesadillas.

Ya las vi un poco más tranquilas, antes de retirarme volteé a ver a las muñecas, al verlas me parecieron diferentes, como con otro aspecto, pero no le presté mucha atención.

Esa noche me pareció oír algunos ruidos, pero pensé que eran afuera de la casa.

Cualquier ruido que escuchara le buscaba una explicación porque no quería aceptar que algo malo pasaba.

Después ya no solo eran las pesadillas ahora se quejaban mis hijas que las muñecas movían los ojos o movían la cabeza para otra parte, la verdad no les creímos.

Y hasta un día las quise castigar porque mi hija más pequeña me dijo que la muñeca le había hablado y le había dicho que tenía que portarse mal.

Empezaron a empeorar las cosas cuando mis hijas amanecían llorando, estaban rasguñadas y otras veces mordidas. Todavía fui enojado a preguntar por qué se peleaban, pero me dijeron que habían sido esas muñecas, que las castigaron por no portarse mal.

Eso ya era mucho, demasiado, muy molesto le dije a mi esposa que tiráramos esas muñecas, pero me dijo que ya se lo había propuesto a nuestras hijas, pero que no quisieron.

Ya había pasado como un mes cuando una noche tocaron la puerta de nuestro cuarto, desperté, abrí y no había nadie, se me hizo raro.

Me acosté otra vez pensando que tal vez escuché mal, pero otra vez escuché los golpes, luego claramente escuché que corrieron, abrí la puerta y nada, no había nadie, estaba todo obscuro.

Alcanzaba a escuchar unas risas, un poco molesto fui al cuarto de mis hijas, pero para mi sorpresa estaban dormidas, salí de ahí y cuando cerré la puerta claramente se escuchó un golpe, como si hubieran aventado algo, en cuestión de segundos abrí la puerta, pero mis hijas seguían dormidas.
Lo único que había cambiado era que un oso de peluche estaba tirado, confieso que se me puso la piel de gallina, miré las muñecas y parecía que me miraban, me fui a mi cuarto y desperté a mi esposa, le dije que ya había sido suficiente, que al día siguiente tiraríamos a esas malditas muñecas.

Durante la noche se escucharon un sinfín de ruidos, en la cocina y en la sala. Por debajo de la rendija de la puerta de mi cuarto veía que se prendía la luz y luego se apagaba.

Escuchábamos que pegado a nuestra puerta alguien se reía, murmuraba algo, y luego lloraba.

Por alguna razón no habíamos caído en cuenta que las niñas seguían en su cuarto, así que fuimos corriendo.

Se escuchaba el llanto de mis hijas, se me hizo eterno para llegar a su cuarto, cuando por fin llegamos, la puerta estaba atrancada por dentro, mis hijas gritaban, se oían voces y se escuchaban golpes.
Claramente, se escuchaba que se caían las cosas, nosotros les gritábamos que abrieran, pero solo gritaban para que les ayudáramos y lloraban mucho.

Hasta que de un golpe abrí la puerta, no lo podía creer, les juro que miramos pasar a las muñecas corriendo de un lado al otro del cuarto.

Agarramos a nuestras hijas y las sacamos de ahí, en medio de gritos y risas de esas muñecas.

Cerramos la puerta por fuera para que no se salieran esas malditas cosas endemoniadas.

Fui corriendo a buscar cualquier cosa que me sirviera para atrancar la puerta mientras mi mujer hacía todo lo posible para evitar que la puerta se abriera y las muñecas escaparan.

Ni siquiera me acuerdo con qué bloqueé la puerta, el punto es que pude hacerlo.

Esa noche fue macabra, se escucharon ruidos y carcajadas en el cuarto de mis hijas toda la noche.

Nos encerramos en nuestro cuarto y abrazamos a nuestras hijas.

Se me figuraba que se movía la perilla de la puerta de nuestra recámara y entraba algo espantoso y nos hacía daño, pero era solo el miedo que teníamos, ya no salimos para nada, solo nos pusimos a rezar mucho, hasta que por fin amaneció.
Eran como las siete de la mañana cuando mis hijas, mi esposa y yo estábamos afuera de la Iglesia para hablar con el Sacerdote.
Cuando nos recibió le contamos lo que había sucedido, primero nos preguntó si era una broma, le dije que no, que no jugaríamos con eso.
Un tanto incrédulo accedió a acompañarnos y lo llevamos a nuestra casa, cuando llegamos, todo parecía normal, en plena calma.

Llegamos al cuarto de mis hijas, no se escuchaba nada, casi tuve que tumbar la puerta para poder abrirla, la había atrancado demasiado bien.

Cuando abrimos el cuarto, con suma sorpresa miramos que todo estaba en completo desorden, el cuarto estaba rasguñado y con unas letras escritas por todas las paredes.

Palabras que no entendíamos y muchos signos extraños.

Además, había un olor muy extraño que nosotros nunca habíamos olido.
Pero increíblemente las muñecas no se veían por ningún lado, el Padre, al ver como estaba la situación, se nos quedó mirando, pero nosotros no supimos qué decir.
Después de rezar muchos Padres Nuestros y muchas Aves Marías, el Padre se retiró.
Solo le dimos las gracias, no sé si nos habría creído, porque como dije las muñecas esas ya no las alcanzó a mirar.

No supe de donde, pero de pronto esas muñecas aparecieron frente a mí. Se soltaron a reír de una forma aterradora, y salimos corriendo de ahí.

Decidimos irnos para siempre, algunos vecinos nos ayudaron a recoger algunas cosas y nos fuimos para no volver jamás.

Cuando entramos por última vez a la casa, por extraño que parezca, ya no la sentimos nuestra, era como si esas muñecas se hubieran apoderado de ella.

Lo más importante es que estábamos todos bien y podíamos seguir adelante.

Tuvimos que tomar terapia toda la familia por mucho tiempo.

Ahora vivimos muy lejos de ahí, pero todavía no nos reponemos de lo que nos tocó vivir.

La casa con el tiempo la vendimos, nos dolió mucho porque ya teníamos mucho tiempo viviendo ahí, pero jamás nos volvimos a parar por ese lugar.

Cuentan los vecinos que hasta el día de hoy se escuchan ruidos por las noches y una que otra carcajada.
 
Autor: El Gato Negro
Derechos Reservados

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