El Escapulario

El Escapulario

El Escapulario

Desde que me ordené como sacerdote, lo he ejercido en diversas parroquias de la ciudad. En una ocasión me mandó llamar el señor cura de la iglesia en la que ofrecía mis servicios. Él me dijo que por orden de la arquidiócesis me iban a trasladar a un pueblo del estado de Zacatecas. Era necesario llegar a la ciudad del estado para de ahí tomar otro autobús y poder llegar al pueblo.

El cura me preguntó si tenía alguna objeción en irme a un lugar tan remoto. Le dije que la misión del sacerdocio era precisamente esa, llevar la palabra de Dios a cualquier lugar en el que fuese necesaria.

Él sonrió agradecido por no oponerme a su decisión. Para ello, me dijo que los lugareños de esa población eran personas reticentes a recibir la doctrina y los mandamientos de Dios. También añadió que ellos creían en cosas que no eran precisamente divinas, no me dijo más y se despidió de mí.

Al día siguiente, me preparé para partir a dicho pueblo. El trayecto fue complicado, porque el temporal de lluvias se había desatado con mucha fuerza. Todo el camino estuvo lloviendo sin tener un atisbo del sol, la llanta del autobús se pinchó, y fue necesario hacer una parada en un paraje que apenas nos alcanzaba a cubrir un poco.

Más adelante, hubo un accidente que hizo el trayecto más lento, en un principio quedamos detenidos por más de dos horas, después avanzaron los autos de una forma muy lenta, el camino estuvo lleno de contratiempos.

El segundo autobús que requería abordar para llegar al pueblo, retrasó su salida por las condiciones climáticas, el chofer nos explicó que el camino era sinuoso y corríamos el riesgo de tener un accidente. Dos horas más tarde anunció que saldríamos rumbo al pueblo, pero con lentitud porque la carretera era peligrosa.

De esa manera, si tenía contemplado llegar en seis horas, hice como cinco horas más de lo estipulado. La lluvia no paró, todo el trayecto nos acompañó como si fuese el presagio de lo que estaba por vivir en el pueblo.

Estábamos en la última montaña antes de llegar al poblado, cuando el chofer me señaló que en la parte de abajo se encontraba el lugar al que me dirigía. A lo lejos, como en un pozo, estaba un caserío con algunas luces que titilaban.

En eso hizo su aparición una luz que rasgó el cielo. No sé si fue producto de mi imaginación, pero el relámpago dibujó una especie de calavera entre la oscuridad.
Le comenté al chofer si él también lo había visto, y sin responder movió su cabeza afirmando. Al parecer él se encontraba muy asustado. Me dijo que tuviera mucho cuidado, que ese pueblo era conocido porque la gente no creía en Dios, sino en otras cosas que no eran precisamente religiosas.

No me asustó lo que me dijo el chofer, sin embargo, si entendí que mi trabajo apenas empezaba y sería arduo.

El pueblo es pequeño con casas sencillas y humildes que aún conservan ese aire tradicional de hogar, casas blancas con tejas rojas. El chofer me dejó en la central y de ahí caminé hasta la iglesia.

No fue fácil porque la lluvia no cesaba y el piso se encontraba lodoso y resbaladizo. Jalé la cuerda de la campana para que alguien me abriera.

Una mujer me abrió el portón, y sin emitir palabras me extendió el brazo dándome la señal de que avanzara. Al fondo se encontraba el cura del pueblo. Era un anciano que apenas podía caminar. Entendí de inmediato el porqué de mi presencia.

Me encontraba desempacando mi maleta y organizando mis pertenencias en el pequeño cuarto, cuando escuché que sonaba la campana de la puerta. En esta ocasión, sí habló la mujer que anteriormente me abrió la puerta. De repente ella comenzó a alzar la voz. No alcanzaba a distinguir cuál era el motivo de la discusión, y salí de inmediato para saber de qué se trataba tanto alboroto.

El adolescente, en cuanto me vio se le iluminó la cara, me dijo que mi presencia era urgente porque alguien requería ser confesado. Sin dudarlo le dije que me esperara un momento.

Salí con mi estola sobre los hombros, y me dispuse a seguir al muchacho. No caminamos mucho, a escasas cinco cuadras se detuvo al frente de una casa pequeña con tejas. Le pregunté si estaba seguro de que ese era el lugar correcto. Me miró fijamente y asintió con la cabeza. Antes de entrar toqué en la puerta varias veces, pero nadie me respondió. Cuando volteé para preguntarle al mancebo de quién se trataba, él ya había desaparecido.

La puerta se encontraba emparejada y decidí entrar, al parecer nadie se encontraba en ese lugar. No es posible -pensé-, acabo de llegar y ya me empiezan a jugar una broma. En eso escuché una voz que surgía del fondo de la casa.

Me encaminé hasta ese lugar, en la habitación encontré a un hombre enfermo, él agradeció mi presencia, y con urgencia se dispuso a confesarse.
El hombre se encontraba en un estado grave de enfermedad, apenas podía hablar. Me dijo que era el mayor de cinco hijos, y que desde muy joven fue inquieto y desobediente. Su madre siempre le inculcó las buenas costumbres y el amor a Dios, sin embargo, él nunca le hizo caso. A su madre no le importó que él no creyera en ese ser poderoso. A cada uno de sus hijos les colgó un escapulario desde pequeños, él era el más reticente y en ocasiones se lo quitaba.

Un día en su lecho de muerte, su madre le hizo prometer que nunca se lo quitaría, él aceptó, y cuando ella murió, decidió cumplir su promesa.

Después de contarme la historia del escapulario, el hombre enfermo me dijo que él había hecho cosas muy malas, desde muy joven salió de su casa y se unió a una banda de delincuentes.

Ellos se ocultaban entre los arbustos para esperar a los hombres que a caballo venían de vender su mercancía, a punta de pistola los bajaba del caballo y les quitaban sus pertenencias. Si en algún momento uno de ellos se resistía no dudaba en matarlo.

No sabía a cuántos hombres y mujeres había matado, pero sí eran muchos. En una ocasión en la que una familia se mudaba de población con las pertenencias más indispensables, les quitó todo lo de valor y se llevó a una joven mujer que era hija del matrimonio. Ellos le suplicaron que no se la llevara, sin embargo, hizo caso omiso. A esa joven la tuvo a la fuerza viviendo con él para que lo atendiera. Ella le suplicaba que la dejara ir, que no lo iba a denunciar. Él la retuvo a su lado hasta que se cansó de escucharla llorar todos los días. Él dejó de hacer atracos con la banda de delincuentes con la que inició, ahora lo hacía solo y se movía por diversos estados.

En una ocasión, cuando la mujer lo enfadó, le dijo que se podía ir, que era libre. Para eso, se encontraban en un terreno árido, sin ninguna población cercana. Eso a él no le importó, le dijo que no se llevaría nada. Ella no lo podía creer y se marchó. Nunca supo si la pobre muchacha logró sobrevivir, ya que se encontraban en una zona desértica y ella no llevaba ni una cantimplora de agua.

Más adelante, cuando se cansó, se estableció en un pueblo. Tenía los recursos suficientes para comprar una casa y tener criados; todo era producto de los robos que hizo. En esa hacienda se dedicó al ganado y la siembra, por supuesto él no realizaba el trabajo, para eso tenía hombres y mujeres que hacían lo necesario en ese lugar.

Un día decidió casarse una vez más, no por amor, sino para no estar solo. Buscó a una joven a la cual se la llevó a vivir a la hacienda. El trato que le daba no era el mejor, además, ella tenía que aguantar calladamente sus infidelidades con la servidumbre.

Cuando ella quedó embarazada tuvo que tener muchos cuidados porque era un embarazo delicado.

Él le recriminaba que ni para eso era buena, su madre había tenido cinco hijos y nunca tuvo que estar en cama; ella hacía de todo y no tuvo nunca ningún inconveniente, en cambio, ella no podía ni caminar porque luego empezaba con problemas.

El hombre continuó con su confesión. Al final, con tristeza me dijo que su hijo sí nació, pero cuando era adolescente, falleció por la caída de un caballo.

Me dio una descripción de su hijo. No podía creerlo, era el mismo chico que fue a buscarme a la iglesia, no comprendí lo inverosímil de esta confesión. Cuando le di la absolución, el hombre dio su último suspiro y murió. Su mano se encontraba cerrada como si no quisiera perder algo. La abrí con cuidado, en ella tenía un escapulario viejo que se hizo polvo inmediatamente y desapareció.

Me levanté de la silla asustado, en eso, miré al hombre recién fallecido, no lo podía creer, en unos instantes su cuerpo se había convertido en un esqueleto, solo quedaron los huesos. Cuando volteé alrededor de la casa, esta se encontraba sucia y polvorosa, de las paredes colgaban telarañas. Parecía que en esa casa hacía mucho tiempo que nadie la había habitado. Encendí el cirio que llevaba conmigo, ya que la luz estaba apagada.

Salí de esa casa sin reconocerla, ahora estaba diferente.

Llegué a la iglesia confundido, sin poder entender el suceso. La portera me abrió y me preguntó qué me sucedía, ya que me encontraba muy pálido. En pocas palabras le conté los hechos. Ella suspiró aliviada y me respondió que por fin ese hombre había descansado, ya hace muchos años que intentaba confesarse sin que ningún sacerdote llegase a tiempo. Eso se lo debía al escapulario bendito de su madre, si no él se hubiese ido derecho al infierno. Él y su hijo ahora estaban descansando en paz.

 
Autor: Adriana Cuevas Herrera
Derechos Reservados

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