La Bruja De Abajo Historia de Terror

La Bruja De Abajo Historia de Terror

La noche de un sábado íbamos con mi hermano de regreso a nuestro apartamento La Bruja De Abajo Historia de Terror. Vivíamos en un modesto edificio en el centro de la ciudad de Buenos Aires, a unas pocas cuadras del obelisco. Había sido una noche de copas entre amigos, nada fuera de lo normal. Ni yo ni mi hermano Joel estábamos tan ebrios como para cometer alguna imprudencia; aunque él siempre fue el hermano travieso de la familia, se comportaba bien. Solo estábamos algo alegres, por así decirlo. Apenas ingresamos al edificio notamos que el segundo apartamento de la planta baja tenía la puerta entreabierta. Mi hermano me preguntó, mientras señalaba la puerta, quién vivía ahí, aunque por culpa del alcohol no había tenido prudencia en el volumen de su voz. “La bruja de abajo” fue lo que le contesté a mi hermano. Ese era el apodo que le pusimos en él edificio, nadie se dirigía a ella directamente de esa manera, era solo la forma que teníamos entre los vecinos de referirnos a ella, ya que nadie sabía su nombre.

La señora asomó la cabeza por la puerta, mirándonos fijamente. Una anciana desarreglada, con sus cabellos grises enredados, de notoria mala higiene.

Mi hermano soltó una pequeña risa que luego contuvo, como si fuera un niño de 6 años luego de cometer una travesura. Por otro lado, yo me asusté, al punto de que el poco efecto del alcohol que tenía se me pasó. Mi susto fue por vergüenza, había sido grosero con ella. La anciana no nos quitaba su mirada penetrante de encima, sin decirlo, me estaba dando una señal de que nos oyó y se ofendió, me había dejado en claro que también me había escuchado a mí.

Mi hermano saludó con su mano, yo dije un simple “buenas noches”.

“Veo que no tienes pelos en la lengua” —me dijo la señora, era la primera vez que la escuchaba hablar en 3 años. Ignoré completamente lo que dijo, ya que no había entendido qué quiso decir.

Seguimos rumbo a nuestro apartamento como si nada hubiera pasado. Al llegar al ascensor le expliqué a mi hermano lo mal que se había comportado. Él me acusaba a mí, puesto que fui quien usó el apodo, pero ambos sabíamos que quien se había reído fue él. Me había puesto rojo como un tomate de la ira, él siempre era así. Él no paraba de reír a carcajadas por lo que había pasado, luego pareció atorarse y empezó a toser. Yo noté una molestia entre mis dientes, y al jugar con mi lengua logré retirar un cabello de color oscuro. En ese momento entendí que sería de la pizza que comimos en el bar, cosas que pueden pasar. Pero mi hermano no paraba de toser. Poco a poco su tos se volvió convulsa. Metió la mano dentro de su boca, noté cómo su rostro se enrojecía como si se estuviera ahogando. Al instante golpeé su espalda para ayudarlo, luego comenzó a quitar un mechón de cabello. No eran 3 o 4 cabellos sueltos, era un perfecto mechón de cabello, no era muy grueso, pero sí lo suficiente como para ahogarlo. Cuando lo retiró por completo tenía casi el tamaño de su mano de largo. Luego de ver el cabello todo ensalivado y hasta con una flema, vomitó dentro del ascensor justo cuando llegamos a nuestro piso. Ni bien entramos al apartamento busqué con qué limpiar el ascensor, o de lo contrario tendríamos problemas con la administración. Pocos minutos después había acabado de limpiar, fui a buscar a mi hermano para hablar seriamente de lo que sucedió, quería que fuéramos a visitar un doctor por lo del cabello. Envié un mensaje a nuestros amigos, con lo que salimos, para que estén al tanto por si también les sucedía. Mi hermano no salía del baño. Golpeé la puerta preguntándole si estaba bien. Noté algunos cabellos largos pegados en la puerta del baño. Pensé que mi hermano era un maldito cerdo, pero cuando él salió me llevé el susto de mi vida. Estaba cubierto de cabello por su rostro, salían cabellos largos de los orificios de su nariz. Me dijo con nerviosismo que no entendía nada, que volvió a escupir cabello, que le había salido también dentro de sus parpados y en las orejas, pero se lo había quitado. No era una situación normal, era algo totalmente descabellado. Luego recordé a la anciana, a la bruja de abajo. Le dije a mi hermano que esperara y salí a toda prisa del apartamento. No solía ser un sujeto supersticioso, pero el hecho de que la señora me dijera que no tenía pelos en la lengua, y solo sacara un leve cabello de mi boca mientras que mi hermano parecía un hombre lobo me dio a entender que ella lo había maldecido. De verdad la bruja de abajo era una bruja.
Llamé el ascensor, pero no respondía, bajé los 8 pisos corriendo por la escalera de emergencia. Una vez en planta baja llegué a su apartamento, la puerta estaba cerrada. Era muy tarde, sabía que podría molestarse aún más si tocaba la puerta, pero no podía dejar a mi hermano en ese estado. Golpeé la puerta de manera frenética, la puerta se abrió lentamente acompañada de un rechinido tétrico, pero no veía a la anciana. Comencé a saludar para llamarla antes de entrar. No recibí respuesta, grité “permiso” y entré con sutileza. Apenas di unos pasos dentro y ya podía sentir el olor a encierro y humedad. Me quedé en ese lugar mientras seguía llamando a la anciana, no quería adentrarme más en la casa. Una tos me obligó a voltear, ella estaba detrás de mi. No dijo una sola palabra, esperó a que yo hablara. Le dije que me disculpara por la hora, que venía a pedirle perdón por lo sucedido. Ella caminó hacia el interior del hogar sin decir aún nada. Yo no avancé, me quedé en el sitio hasta que ella me pidió que pasara dándome una señal. La seguí hasta la cocina, ella preparaba algo en una olla, no sabía de qué se trataba el contenido, era un líquido negro de olor nauseabundo. Ella se quedó revolviendo la olla por algunos minutos sin decir nada. Yo estaba impaciente, tenía que salvar a mi hermano, pero no sabía cómo decirle a una bruja que retirara su hechizo. De nuevo me disculpé por cómo me referí a ella y por cómo se rió mi hermano. Me sinceré con ella, le expliqué cómo en el edificio la habían apodado porque nadie sabía su nombre. Ella dejó de revolver por unos segundos y me asesinó con la mirada. Luego siguió con total normalidad. La anciana me preguntó qué quería. Antes de lograr contestarle me quedé perplejo al ver una rata caminar por la mesada de la cocina, ella la vio, pero no le dio importancia. La anciana me dijo que la rata se llamaba Trini, que era su mascota. Finalmente, le conté todo lo que pasó con mi hermano, sobre el mechón de cabello que escupió y como le salía por todas partes.
Ella rió, y luego me explicó que yo fui a su casa en la noche a pedirle disculpas por decirle bruja, pero que ahora la acusaba de bruja por lo que le sucedía a su hermano. Cerré los ojos y suspiré, ella tenía razón, primero le dije bruja, luego la traté de bruja. Aun así, ella me explicó que me veía arrepentido, que notaba claramente la clase de persona honesta que era. En cuanto a mi hermano, dijo que no podía hacer nada, que debía de arrepentirse si quería salvarse, que todo dependía de él. Intenté seguir dialogando con ella, pero con un gesto de su mano, algo arrogante, me invitó a retirarme. No podía discutir con ella, así que regresé cuanto antes a mi apartamento. Creo que habían pasado unos 15 minutos, busqué a mi hermano, pero lo que encontré fue una masa de pelos enorme en un rincón. Llamé a Joel por su nombre, escuchaba balbuceos y gemidos. Al acercarme lentamente pude sentir su respiración agitada, sus bronquios emitían un sonido como un gato antes de escupir una bola de pelo. Con asco metí la mano entre los cabellos, mi hermano se escondía dentro, con la respiración cortada dijo que tenía cabello por todas partes, hasta entre sus dientes y bajo sus uñas. Le conté con la mayor calma del mundo lo que hablé con la anciana. Me costaba verlo así, era un montón de pelo donde él se escondía. Comenzó a llorar desconsolado, dijo que lo sentía, que lo lamentaba. Luego comenzó a ahogarse, tras algunos segundos vomitaría gran cantidad de pelo con sangre. Poco a poco su respiración se oía mejor. Me sentí aliviado, entendí que estaba regresando a la normalidad. Ayudé a mi hermano a quitarse el pelo de encima, se le desprendía como si nada, hasta perdió su cabello natural esa noche. Luego de terminar quedó una montaña de pelo húmedo por sudor y sangre en un rincón del departamento. Él me contó que sentía cabello hasta dentro de sus pulmones. Estuvo varios días con tos, expulsando cabello con las flemas, habíamos quitado pequeños mechones dentro de su oreja. Juntamos todo el montón de cabello esa noche, los metimos en varias bolsas de basura y nos deshicimos de él. Nunca más tocamos el tema, tampoco hemos visto a la anciana. De todas maneras, mi hermano se mudó de ese apartamento algunos meses después. Desde ese día mi hermano comenzó a sufrir de caetofobia, miedo irracional a cualquier tipo de cabello o vello corporal, así que usa la cabeza rapada y siempre está totalmente afeitado.
 
Autor: Pablo Rojas
Derechos Reservados

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