El Globo De Mi Hijo Historia de Terror

El Globo De Mi Hijo Historia de Terror

De primera mano sé que los niños son los más sensibles a los fenómenos paranormales. Mi nombre es Braulio, soy papá soltero, pues enviudé cuando mi hijo Rubén tenía tres años, cuando su madre, que se llamaba Lorena, enfermó de cáncer y no me volví a casar. En la semana mi madre me ayudaba a criar a mi hijo, hasta que la pandemia me obligó a hacer home office, lo cual me permitió encargarme de Rubén en estos años tan conflictivos El Globo De Mi Hijo Historia de Terror.
Hace un mes, aproximadamente, decidimos aprovechar que los contagios estaban a la baja para dar un paseo en el parque de la Alameda Sur, en la Ciudad de México. Rubén siempre ha sido un niño muy alegre, a pesar de que le hizo falta su madre, sin embargo, se volvió muy taciturno por el aislamiento. Es por eso que pensé que sería una buena idea aprovechar las amplias áreas verdes del parque para que pudiéramos despejarnos y cambiar nuestro entorno de encierro. Al principio mi pequeño estaba algo reacio a correr conmigo, pues traía la inercia de su conducta en el interior de la casa, pero poco a poco se alegró gracias a las distintas tonalidades de verde que había en el parque, al sonido de la risa de algunos niños que jugaban en un prado a lo lejos, a los dulces sonidos de un organillero, a un paseo en un trenecillo que pedía que nos subiéramos a él, incluso de unas pocas personas que caminaban con sus perros, los cuales movían alegres el rabo. Lo que hizo que Rubén fuera en definitiva el mismo de antes de la pandemia fue ver a un hombre que vendía globos de variados colores, cerca del kiosco que se encuentra en el corazón del parque. Rubén me pidió que le comprara uno, muy emocionado, como hace mucho que no lo veía, razón por la cual accedí a su pedido. Nos acercamos al hombre y mi pequeño eligió de entre algunos que tenía en su mano izquierda uno de color rojo, que tenía plasmada una cara sonriente con la boca mostrando unos dientes perfectamente cuadrados. Al principio no me pareció peculiar su mueca, pero cuando llegamos a casa ya me parecía algo chocante. No sucedió lo mismo con Rubén, pues contento lo llevaba de un lado a otro de la casa, incluso se lo ató a un tobillo para evitar que se le fuera en algún descuido por el patio. Después de un rato le pedí que mejor jugara en su habitación para no tener que amarrárselo, a lo que accedió después de un rato.
Al anochecer, después de un pequeño juego de Uno y una rica cena, nos fuimos a la cama. Mientras le contaba un cuento a Rubén para que se durmiera, detrás de mí estaba el globo, con su cara sonriente hacia nosotros. La forma en que lo sus ojos se dirigían a nosotros me incomodó de sobremanera, así que decidí interrumpir el cuento y girarlo hacia el otro lado, unos minutos después, Rubén se quedó dormido. Aproveché para irme a dormir yo también, no sin antes apagar la luz de la recámara y encender la luz tenue para evitar que se despertara asustado por la oscuridad, como le ocurre en general a los niños en su infancia temprana. Mientras hacía ese movimiento, me pareció ver que el globo se volteaba solo hacia la cama de Rubén, por lo que miré fijamente al objeto durante unos segundos… no se movió. Me pareció que fue producto de mi imaginación y me encaminé a mi habitación para ver un poco de televisión antes de quedarme profundamente dormido.
A la mañana siguiente, tenía que preparar el desayuno para que después Rubén se incorporara a sus clases virtuales, cuando fui a despertarlo me recibió la sonrisa del globo en la puerta de su habitación. Entre extrañado y molesto le di un golpe para retirarlo de mi vista. Desperté a Rubén y lo preparé para sus clases. El día transcurrió con normalidad, hasta que a la hora de la comida mi hijo me dijo que se sentía mal. Me dijo que se sentía mareado y de la nada comenzó a vomitar. Por la impresión rompió en llanto y me imploró ayuda. Ante eso decidí llamar a mi madre, pues ella sabía muy bien cómo tratar cualquier malestar con remedios naturales, ya que por cuestiones de la pandemia desconfiaba para llevar a Rubencito al médico. Después de un breve interrogatorio, mi mamá me recomendó hacerle un té de hierbabuena y que descansara, ya que es probable que en el desayuno haya preparado algo de forma incorrecta o que un alimento ya estuviera echado a perder sin que yo me diera cuenta. Después de acostarlo en mi cama y de darle el remedio, Rubén me pidió que le alcanzara al Señor Globo, como lo llamaba cariñosamente, a lo cual al principio me negué, pero fue tanta su insistencia que tuve que ceder a su petición. Entré a su cuarto y, de manera de lo más extraña, estaba otra vez ese maldito globo enfrente de mí. Reaccioné de la misma manera que esa mañana, aunque después lo agarré del cordel y lo llevé ante mi pequeño, quien estiró los brazos, gustoso.
Esa noche nos quedamos en mi habitación, pues Rubén aún se sentía algo débil por el malestar estomacal. Para mi disgusto, eso incluyó contar con la presencia del Señor Globo, pues mi hijo no se quería despegar de él. Debido a que tenía una ventana que daba al exterior, se colaba un poco de luz proveniente de una lámpara de calle, eso me permitía ver lo que había en mi habitación sin necesidad de encender las luces del interior. Preocupado por Rubén, vigilaba su sueño; él dormía con el globo flotándole al lado debido a que la cantidad de helio que le permitía suspenderse en el aire disminuyó al cabo de un día. También su tamaño se alteró, pues en algunas partes ya se veía arrugado, incluso la cara sonriente se veía diferente, empezaba a parecer un semblante serio. Si antes me molestaba su mueca, la nueva lo hacía más, al punto de inquietarme. Aun así, poco a poco me quedé dormido.
“¡Braulio!” Escuché de pronto. Era la voz de Lorena, tan nítida como la última vez que la escuché. Abrí los ojos y vi que el globo iba de arriba hacia abajo y giraba sobre su propio eje, justo enfrente de mi cama. Sus “ojos” me miraban, lo sabía por la tenue luz que entraba por la ventana de mi habitación, y solo podía pensar: “¡tonto globo!” Atribuí esos movimientos a que se le acababa el gas del interior, así que no le di mayor importancia. Después de algunas vueltas en la cama volví a quedarme dormido. Sin embargo, algo me despertó, era un golpeteo que me daba en la cara repetidas ocasiones. Abrí los ojos y la habitación estaba algo más iluminada: estaba por amanecer. Cuando reaccioné, vi horrorizado que Rubencito era el que me daba con su manita, pidiéndome con su rostro azulado que lo ayudara, ya que el globo tenía el cordel enredado alrededor de su cuello. No tuve tiempo de preguntarme cómo había llegado a ese punto, simplemente lo desenredé a gran velocidad, incluso me parecía que la cuerda estaba apretando conforme trataba de ayudar a mi hijo. Una vez libre, Rubén me abrazó y lloró; cuando terminó de desahogarse, le pregunté cómo llegó a su cuello el cordel del Señor Globo. Él me dijo que no estaba seguro, sin embargo, me dijo con una lucidez excesiva para sus cinco años que recuerda que tuvo una pesadilla: iba caminando por un sendero en un bosque, cuando de pronto vio detrás de él un enano con ojos amarillos. Por más que intentó huir de él, lo alcanzó y lo empezó a ahorcar: fue entonces que escuchó una voz de mujer que estaba seguro, era de su mamá, que le decía que despertara, lo cual hizo de inmediato. Al abrir los ojos tenía el cordel en su cuello, así que me empezó a golpear para que lo auxiliara.
Al principio no podía, mejor dicho, no quería creer su historia. Incluso me autoengañé con que era una simple coincidencia, cuando en la pesadilla el enano atrapó a Rubén, seguramente se enredó solo con el cordel del globo y por eso sintió la asfixia mientras dormía. ¿Pero cómo fue que escuchó la voz de su madre? La duda me dejó perplejo.
Después de un ligero desayuno, debido a que Rubencito no tenía hambre y que yo no tenía la mayor disposición para cocinar, volví a acostarme, mientras mi hijo veía la televisión en la sala. En mi cama me quedé mirando el globo, que estaba aún en la habitación. Este giraba solo y se detuvo justo con su mueca mirándome. De pronto vi con claridad que sus ojos parpadearon, lo cual me asustó en demasía. He de ser sincero, hasta ese momento duró mi autoengaño, pues por muy cansado que estuviera, jamás alucinaría con algo así como un globo guiñándome el ojo. Por tal motivo decidí sacar el globo de mi habitación y lo llevé al baño. Cerré la puerta y volví a acostarme, pero no podía conciliar el sueño. En eso, Rubén se acercó a mí y me preguntó por el señor Globo. Se le oía cierta preocupación en su forma de hablar, lo cual se lo atribuí a que quería tenerlo cerca.

“Está en tu cuarto, hijo, ¿quieres que te lo traiga?”

Él sacudió la cabeza con un dejo de horror. Ahí fue que, ya sea por la pesadilla o por el incidente con el cordel, mi hijo no quería ya al señor Globo. Fue entonces que me decidí a darle fin al que al inicio era su juguete favorito. Entré a su habitación, ahí estaba, girando sobre sí mismo, con esa mueca entre seria y risueña, mi desprecio por ella se hizo mucho más grande, al punto que fui a la cocina, tomé un tenedor y regresé a la habitación, me abalancé sobre el señor Globo y le asesté un golpe con el tenedor. El globo se reventó en varios pedazos, aunque la parte en la que se hallaba el rostro estaba entera… ¡Qué extraño!, pensé, aunque no le di mayor importancia, así que junté los trozos del plástico, enredé el cordel y lo tiré todo en el bote de basura que teníamos afuera. Pensaba que, para nuestra fortuna, el camión pasaría al día siguiente, así que podríamos librarnos en definitiva del señor Globo.
¡Qué equivocados estábamos! Si bien la tarde de ese día, al igual que la noche transcurrieron con total normalidad, a la hora de dormir escuché un sonido similar al de pasos de un ser pequeño que provenían de la cocina. Afortunadamente, Rubén ya estaba dormido en mi habitación, ya que aún sentía dolor en el estómago. Decidí ir a ver qué era lo que provocaba esos sonidos, al encender la luz, no vi nada extraño, revisé debajo de la cama, en el armario, incluso en el juguetero… era el único ser vivo en la habitación de Rubén. Concluí entonces que tal vez era un roedor que ya se había ido, o algo así, por lo que me fui a dormir. Cuando me acosté en mi cama, quise mirar cómo dormía Rubén. Respiraba tranquilo, incluso esbozaba una leve sonrisa, a lo que después me pareció escucharle murmurar: “mami”. Supuse que soñaba con ella, lo cual me dio una mezcla de sentimientos, y con lágrimas en los ojos me dispuse a dormir. Justo en el punto entre la vigilia y el sueño, escuché con total claridad la voz de mi esposa:

“Braulio, es Rubén… ¡Despierta!”

En eso, escuché una tos algo apagada. Al abrir los ojos, con la poca iluminación que entraba a mi habitación vi a Rubencito que levantaba su mano, como si se estuviera ahogando. Encendí la luz y me quedé helado: de la boca de Rubén salía una burbuja roja, como de plástico. Corrí hacia la cocina, tomé un tenedor, como hice en la tarde, y al regresar reventé la burbuja. Con unos reflejos que aún no me puedo explicar, alcancé a atrapar una pequeña parte, la cual jalé y pude sacar el plástico entero de su boca. Una vez más se repitió la escena de la noche anterior, Rubén llorando y yo desconcertado. Sin embargo, esta vez tenía un pedazo de plástico en la mano, el cual, al examinarlo, me di cuenta de que era el señor Globo, ya que estaba impresa su cara de color amarillo, con su semblante entre serio y risueño. Corrí con el pedazo de plástico en mis manos hacia el bote de basura: este se encontraba tirado, como si algo hubiera salido de él. De inmediato tomé a Rubén en mis brazos y me fui corriendo a casa de mi mamá, sin importar que había una pandemia allí afuera. Al ver mi alteración, después de la desinfección de rigor me dejó quedarme en la sala con Rubén.
A la mañana siguiente, el teléfono sonó, mi mamá contestó y con una expresión de sorpresa se dirigió a mí:

“Es para ti. Tu suegra”.

Extrañado, tomé el teléfono. No había vuelto a hablar con ella desde que Lorena falleció. Desde el auricular sonó una voz firme, pero suave y amable. Me dijo que había llegado el día en el que necesitaría su ayuda, ya que Lorena le había hablado de ello antes de morir. Me dijo que me vería en mi casa en una hora, que dejara a Rubén con mi mamá. Así lo hice, y en cuanto volví a mi casa, esperé a mi suegra. Llegó a la hora pactada, con un frasco, algunas hierbas y un rosario.
“Hay algo que tú no supiste de Lorena”. Me dijo ella. “Hace tres años creíste que murió por el cáncer, sin embargo, no fue del todo cierto. Esa vez un espíritu maligno quería llevarse el alma de mi nieto, ya que gracias a él podría volver a este plano. No habías sabido de mí desde el funeral de mi Lore, porque me sentía culpable. El espíritu maligno residía en un muñeco de porcelana que yo le había regalado a Rubencito en su cumpleaños. Ella percibió la presencia maligna y trató de atraparlo con este frasco y el rosario. Sin embargo, el rosario se rompió por la fuerza del espíritu, así que no fue suficiente para detenerlo. Mi Lore quitó a Rubencito del camino, así que como resultado contrajo la enfermedad que se la llevó. El espíritu se debilitó lo suficiente para dormir durante estos tres años, sin embargo, vio su oportunidad cuando tú le compraste el globo, pues la única forma en la que podía volver a amenazar a mi nieto era a través de un juguete que un familiar cercano le diera. Es por eso que han vivido tan terribles momentos. Para fortuna suya, mi Lore no los ha abandonado del todo, ya que a través de los sueños les ha ayudado a sobrevivir los ataques de este ser maligno…”

En ese momento la interrumpí, pues quería saber cómo supo que Lorena se manifestaba en mis sueños y los de Rubén. Ella me contestó que al igual que con nosotros, a ella también la visitaba en sueños.

“Justo por ello es que me pudo enseñar el ritual para encerrar a ese espíritu en este frasco. Necesitaremos de tu fuerza para lograrlo, sin embargo, vamos a necesitar que traigas aquí a Rubén para que haga de carnada. Es algo muy arriesgado, pero es nuestra única opción. Antes de hacer nada, quería preguntarte primero si estás dispuesto a jugarte todo por la tranquilidad de tu hijo.”
Esa mirada era muy seria. Si me hubiera dicho eso hace tres días no habría dudado en correr a mi suegra de mi casa, sin embargo, lo que vivimos las últimas dos noches me bastaron para aceptar lo que fuera con tal de sacudirnos esa entidad extraña, así que sin chistar acepté. Más tarde fui a recoger a Rubén con mi madre, se sentía algo débil y estaba reacio a regresar a casa. Le prometí por su madre que todo terminaría esa noche si ambos cooperábamos, lo miré con el amor que un padre de verdad le tiene a su vástago, lo cual pudo percibir, por lo que aceptó. Lo abracé, lo besé y le prometí que vería la forma de realizar un viaje a la playa cuando todo esto terminara.
Al caer la noche, nos fuimos a acostar Rubén en su cama, yo en la sala y mi suegra en mi habitación. De acuerdo a ella, Lorena nos avisaría cuando fuera el momento exacto para encerrar al espíritu, así que nos restaba esperar la señal. A pesar de toda la ansiedad que sentía, el cansancio por la falta de sueño me venció casi de inmediato. De repente me encontraba en un camino que daba a una cabaña, atrás de mí había un bosque muy espeso, tanto que la luz solar no atravesaba los árboles. De pronto escuché la voz de Lorena, que me llamaba, desde la cabaña. Cuando entré, ahí estaba ella, sentada, vestida con una túnica blanca, era hermosísima. Tenía en su regazo a Rubén, quien no quería separarse de ella, sollozante. A un lado de ellos estaba mi suegra con los artilugios que utilizaría para encerrar a nuestro enemigo.
“Ya casi es hora, Braulio, entra, por favor”. Me pidió ella.
Obedecí, y después me pidió que nos formáramos un círculo tomados de las manos. Afuera empezaba a oscurecer, tan rápido como un parpadeo, de pronto unos ojos amarillos aparecieron frente a nosotros, junto a una boca que esbozaba una sonrisa siniestra, la cual se abrió mostrando unos dientes afilados, de pronto escuchamos una risa macabra y vimos cómo esa cara se acercaba a nosotros.
Lorena nos entregó a mí, mi suegra y a Rubén, unas pulseras hechas con las hierbas que su madre tenía consigo. Sin soltarse de Rubén las repartió y ordenó que nos las pusiéramos. Después de hacerlo, Lorena le pidió el rosario a su mamá, el cual pidió lo tomáramos todos con fuerza. Mientras tanto, los ojos se hacían cada vez más grandes, incluso me parecía que sentía frente a mí un pestilente aliento. Rubén empezó a llorar, pero con toda la serenidad del mundo, su madre le dijo que pronto acabaría todo, solamente un esfuerzo más… Lorena nos pidió que nos concentráramos en el rosario, que mandáramos toda nuestra energía positiva al rosario.

“¡No puedo, Lorena!” Grité, asustado.

“¡Yo tampoco!” Gritó mi suegra.

“Mamá, recuerda que no fue tu culpa, tú no sabías de la maldición que nos dabas, no tengo rencores contra ti. Braulio, tienes la capacidad de mandar buenas energías a este rosario, ¡piensa en lo bueno que has hecho educando a Braulio por los dos!”

Con esos ánimos, mi suegra y yo transmitimos nuestra energía de una forma que no puedo describir. Por imitación, Rubén hizo lo mismo, mientras su madre afirmaba sonriente. De pronto, la oscuridad se hizo luz, y el ser se convirtió en una flama amarilla, la cual Lorena atrapó con el rosario que ahora envolvía el frasco. De inmediato lo cerró con su tapa y finalmente dijo: “Está hecho”. La luz se hizo tan fuerte que cerré los ojos. Cuando volví a abrirlos estaba en la sala de mi casa; ya era de día. Cuando me incorporé, vi a mi suegra salir de mi habitación y a Rubén de la suya. Le pregunté cómo se sentía, a lo que respondió que mejor, incluso sintió alegría de poder ver a su mamá. Mi suegra cargaba con el frasco, el cual se había tornado oscuro. Me dijo que se lo llevaría a la iglesia que estaba en su casa, para evitar que haga más daño. Después de despedirnos de ella y de prometer que seguiríamos en contacto, Rubén y yo fuimos invadidos de un ataque de hambre. Cociné unos deliciosos huevos con jamón, los favoritos de Rubén, cuando me dijo que recuerda que también le encantaban a su mamá.
“¿Crees que esté bien mamá, papi?” Me preguntó.

Yo respondí que sí, además de que tenía la certeza de que seguiría cuidándonos desde donde está. Ya ha pasado un mes y cada semana mi suegra nos habla cada sábado; Rubén y yo tenemos una vida que puede considerarse normal, aunque a veces nos parece que en sueños, oímos la voz de Lorena, quien le canta a su pequeño y a mí me dice un “gracias” y un “te amo” justo antes de quedarme dormido.

Autor: Efrén Herrera

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