Doña Serapia

Doña Serapia
En el pueblo en el que vivo, hay una casona grande y vieja en la que vive doña Serapia. Ella es la solterona del pueblo. Cuando era joven mis padres decían que era esbelta y alta con una gran belleza, en un principio, era pretendida por muchos de los jóvenes del pueblo, sin embargo, ella decidió quedarse sola. Después que se murieron sus padres, se quedó sin ninguna compañía, pero al parecer a ella no le importaba en absoluto, continuó rechazando a sus pretendientes hasta que, con el tiempo, ella se hizo vieja y amargada.
Mis padres me decían que si salía a jugar no lo hiciera afuera de la casa de doña Serapia, porque aparte de externar una serie de maldiciones nos mojaba con agua sucia. No sé por qué me encantaba ir a jugar a ese lado de la calle. La casa de doña Serapia tenía un enorme jardín al frente de la casa, la reja que lo rodeaba era pequeña y la podía brincar fácilmente. Las ventanas eran altas y profundas, como si me invitaran a ver al interior de la misma.
En una ocasión que me encontraba jugando junto con mis demás amigos, la pelota se nos fue al jardín.
Estaba dispuesto a entrar por la pelota, o sonar la campana de la casa para pedir permiso para ingresar. José no dudó mucho, y de un salto de inmediato se puso al interior del jardín, parecía que doña Serapia tenía una especie de radar que de inmediato se daba cuenta de que alguien había ingresado a su finca.
José no acababa de recoger la pelota cuando doña Serapia salió con un balde de agua y lo mojó. A mí me tomó desprevenido, y aunque me encontraba al exterior, también me mojó con agua pintada de azul.
Doña Serapia era una mujer de costumbres de convento, desafiaba a la soledad y aprendió a vivir con ella. Por las mañanas a diario acudía a misa de siete a la segunda llamada de la campana. Siempre llevaba su cabeza cubierta con una tela de encaje negro y un cirio que encendía durante la misa. Al salir se santiguaba tres veces y se dirigía al mercado a comprar los insumos para su comida, a las doce del mediodía se sentaba a rezar el rosario con el pequeño libro del novenario. Parecía autómata en la manera que repetía las oraciones para ella misma. En su cuello colgaba un escapulario que según ella estaba bendito y la protegía de cualquier maldición.
Por las tardes se sentaba en su silla de bejuco a enrollar y desenrollar estambres, se pasaba largas horas con su tejido. Más tarde se iba a las ocho de la noche a rezar el rosario, cuando regresaba se sentaba a escuchar un poco de música antigua y se iba a dormir. Todos los días era la misma rutina. No le gustaba saludar a nadie, y con mal gesto, volteaba a ver a quien la saludaba.
En una ocasión, ella dejó de hacer sus rutinas cotidianas. No salió a la llamada de misa de siete, no fue al mercado a comprar sus insumos, tampoco rezó el rosario. Al principio, pensé que estaba enferma, y que era cosa de un día o dos para poder verla de nuevo.
Ese día comenzamos a jugar afuera de su casa.
Aventé la pelota al interior del jardín apropósito. Ingresé en él sin el menor cuidado de no hacer ruido. Nada, ella no apareció, ni siquiera se movió la cortina. Eso era muy extraño. ¿Cómo era posible que en esta ocasión no saliera con la escoba o con agua sucia? Me asomé por la ventana para ver si alcanzaba a ver algo anormal. Por la ventana pude ver hacia el interior, todo se encontraba normal.
Le dije a mis padres lo que había sucedido con doña Serapia, más no me hicieron caso. También acudí con el señor de la tienda para saber si ella le había comentado sobre su ausencia. Fui con el párroco de la iglesia para preguntarle si sabía algo sobre doña Serapia. Él lo negó, y extrañado se rascó la cabeza para intentar pensar qué había sucedido con ella. Me dijo que me mantuviera atento y si en otros dos días más no la veía, fuera con el comisario del pueblo.
Por la noche, con el pretexto de llevarle un libro a José, me salí para ir a la casa de doña Serapia. No había rastros de su presencia.
La vivienda se encontraba en completa penumbra, me quedé por varios minutos detrás de la barda del jardín y no vi nada. Comencé a caminar a pasos lentos, pensando que todo era producto de mi imaginación y que doña Serapia se encontraba bien. Además, ¿por qué me importaba tanto esa señora? Si solo piensa en corrernos con piedras o agua mugrosa.
Metido en estos pensamientos, no percibí que la cortina de la ventana se había recorrido, y que alguien se encontraba al interior.
Con las actividades dentro de la escuela me olvidé del asunto. Solo hasta que salimos de la escuela, José me preguntó por ella. Me encogí de hombros para demostrarle que no me importaba mucho, pero en realidad en ese momento comprendí que sí quería saber qué le había ocurrido. Me desvié hacia su casa. Estaba decidido a ingresar a la vivienda y averiguar de una vez por todas qué le sucedía a la señora.
Por la puerta principal fue imposible ingresar. Me interné en el jardín y rodeé la casa para llegar a la parte trasera. También tenía otra puerta que tampoco pude abrir, pero vi una ventana pequeña, a través de la cual me pude introducir. Con dificultad penetré por ese diminuto espacio y en pocos minutos ya me encontraba al interior de la casa.
La mayor parte de los objetos son antiguos. Un gran sonido se escuchó de repente. Era un majestuoso reloj de pie que daba una campanada. Suspiré tratando de calmarme. Las paredes estaban llenas de cuadros de fotografías de sus familiares, una de ellas llamó mi atención en particular. Es el cuadro más grande de todos, tiene un marco dorado muy fino, el cual se encuentra en la parte central de la sala.
Era doña Serapia cuando era joven, tenía una mirada profunda con una sonrisa, me quedé pensando en qué le pasó para convertirse en una persona tan amargada.
No salía de mis pensamientos cuando llamó mi atención un guardapelo dorado que colgaba de su cuello en el cuadro. En ese momento se escuchó que alguien bajó de las escaleras. Mi primer impulso fue esconderme detrás del sillón. Desde esa perspectiva podía ver de quién se trataba. Solo era un gato.
En ese momento recordé que doña Serapia odia a los animales. Por un instante quise pensar que el gato se había colado por algún agujero, pero recordé que para mí fue muy difícil ingresar.
Para el gato parecía que el lugar le era muy familiar porque se desenvolvió con mucha naturalidad, luego vi que se metió a una habitación. Lo seguí. En el pasillo había una mesa con un espejo. En la mesa estaba el mismo guardapelo que vi en la fotografía. Lo abrí, y al interior de este se encontraba una fotografía con el gato y otra de ella, al igual que un mechón de cabello oscuro y otro del mismo color del gato.
En realidad, me sentía confundido sin entender qué sucedía. Puse el guardapelo en el bolso de mi pantalón y busqué al gato. Escuché un maullido apagado que provenía del sótano. Prendí una luz que solo emitía una luz débil y pálida que apenas alcanzaba a iluminar las escaleras. El fondo del sótano casi quedaba en la absoluta oscuridad. Era casi imposible ver hacia el interior, aunque sí alcancé a escuchar el sonido al fondo del mismo.
Busqué al gato sin poder encontrarlo, estaba convencido de que lo había escuchado ahí. Ya no quise quedarme por más tiempo. Salí por el mismo lugar por el que entré sin acordarme de que conmigo iba el guardapelo de doña Serapia.
Esa noche tuve una serie de pesadillas; en todas aparecía ella haciéndome una señal con la mano, invitándome a acompañarla. Desperté con un sudor helado que me recorría la frente. De golpe recordé el objeto que traje de la casa de doña Serapia.
Lo busqué, y en efecto, ahí estaba, tenía que regresar de nuevo para devolverlo.
Al día siguiente recogí mi mochila para irme a la escuela. No lo hice, me dirigí a la casa de doña Serapia, al fin que ya sabía cómo ingresar. Sin la menor duda entré a ella. Esta vez ya no sentía tanto miedo. Busqué por diversos lugares al gato, pero esta vez no lo encontré por ningún lugar.
Entré a la habitación principal. Parecía que entraba en otra época del tiempo por los muebles y la decoración tan antiguos.
Y me sobresalté cuando vi una silla mecedora que estaba en movimiento, esta se encontraba frente a la ventana.
Era Doña Serapia, estaba muerta, ya en un estado de descomposición, y en su regazo se encontraba su gato.
Me quedé completamente frío, lo único que pasó por mi mente era salir de ese lugar.
Salí corriendo lo más rápido que pude, y me fui a mi casa.
Mis padres se extrañaron de que llegara tan temprano de la escuela. No quise contarles nada, estaba muy asustado por lo que había presenciado.
Solo pasaron los días, yo no dije nada de doña Serapia.
No fue hasta una tarde después de llegar de la escuela, mi madre me dijo que habían encontrado a doña Serapia muerta en su habitación.
autor: Adriana Cuevas
Derechos Reservados

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