Olvidado En El Panteón Historia de Terror

Olvidado En El Panteón Historia de Terror

Mi nombre es Mateo. La historia que quiero contar me ocurrió hace más de 50 años. En ese entonces yo vivía en la ciudad de Acuña Olvidado En El Panteón Historia de Terror.

Yo tenía dos mejores amigos: Sebastián y Leonardo. Todas las noches nos reuníamos para hacer aquello que más horas de diversión nos dejaba: ponernos retos. Siempre fuimos amantes de los retos, y mientras más tontos mejor.
Caminar por encima de una superficie delgada, entrar en algún sitio y robar algo, fingir que éramos ciegos, caminar desnudos por algún lugar, subirse a algún lugar bastante alto. No importaba qué, lo único que importaba eran las risas.
Recuerdo que yo era el más gandaya de los 3, jamás fallé un solo reto y siempre le ponía a mis amigos unos retos bastante subidos de tono. Una vez reté a Sebastián a ir con un niño para quitarle sus lentes y arrojarlos al suelo para luego romperlos de un pisotón. A Leonardo lo reté una vez a asustar a una monja, la pobre terminó cayendo de unas escaleras, no pasó a mayores.
Nos estábamos volviendo problemáticos y causábamos incomodidad a muchas personas, por lo cual era normal que alguna vez nos tocara recibir algunos golpes. En una ocasión a Leonardo le dieron la paliza de su vida luego de que se colara a la cocina de una familia e hiciera un espectáculo en la mesa.
A los tres nos corrieron de nuestras casas después que nos atraparon robando la limosna de la iglesia. Pero la verdad es que eso no nos importó, entre los 3 conseguimos un lugar para quedarnos, a las afueras de la ciudad, no teníamos trabajo, pero de lo que conseguíamos robar cada quién por separado nos alcanzaba para vivir.

Sebastián era el menos atrevido de los 3, si bien, nunca se había negado a realizar un reto, alguna vez ya estando a punto se retractó.

Un día conocimos a una chica de un nombre extraño, empezaba con K, era rubia, de baja estatura, tenía poco más de 20. Ella llamaba mucho la atención, por alguna razón no encajaba con el resto de mujeres de la ciudad, era como si no perteneciera al lugar.
Ella comenzó a unirse a nuestros retos, pero los que ella les ponía era un tanto extraños. Cosas como oler o comer cosas asquerosas, desde animales muertos o desperdicios que no siempre eran de animal.
Leonardo y yo siempre podíamos cumplir sin problemas, pero Sebastián vomitó muchas veces. Entonces la chica a él comenzó a ponerle otra clase de retos, bastante peculiares. Pararse frente a un espejo durante equis cantidad de tiempo, matar palomas, ratones y gallinas. Las cosas se estaban poniendo extrañas, pero ni Leonardo ni yo prestábamos atención, ya que cada vez que la rubia llevaba sus retos al siguiente nivel y nosotros los completábamos sin quejarnos ella se portaba bien con nosotros.
Sebastián, al no estar hipnotizado por los encantos de la chaparra, sí se daba cuenta de que ella nos estaba llevando por un lugar oscuro, pero cada vez que él nos hacía algún comentario lo ignorábamos y le decíamos que él decía eso porque nunca había estado con la chica y que por eso, según nosotros, él quería alejarla del grupo. Inclusive alguna vez le dijimos que si ya no se sentía cómodo podía irse. Claro que Sebastián no iba a irse, su familia no lo recibiría de regreso y nosotros ahora éramos su única familia.
Algunas semanas después la chica nos propuso, como reto, jugar a las escondidas dentro del panteón, pero tenía que ser después de la media noche. Sebastián fue el primero en negarse, y en esa ocasión Leonardo y yo también dijimos que quizá eso ya era demasiado. La rubia nos dijo que llevaría a 2 amigas a jugar, nos dijo que ambas eran bastante atractivas y que el juego era que cada uno tendría que encontrar a una de ellas, sabíamos lo que eso significaba. Esto fue suficiente para convencernos a Leonardo y a mí. Sebastián siguió negándose. La chaparra nos dijo que si no aceptábamos los 3 no habría juego. Así que presionamos a Sebastián hasta que aceptó.
Esa madrugada llegamos al panteón para encontrarnos con la rubia y con sus 2 supuestas amigas, las chicas, una muy morena y otra aperlada, claramente estaban bajo la influencia de alguna sustancia.

Nuestra amiga eligió a Sebastián para que la buscara, Leonardo y yo nos pusimos de acuerdo para que él fuera por la morena y yo por la aperlada.

Ya estando todo decidido, los seis entramos al panteón.

Todo el terreno era pura tierra, una oscuridad eterna abrazaba al cementerio, la única fuente de luz era la escasa iluminación de la Luna llena. Eran pocas las tumbas de material, la mayoría eran solo un montículo de tierra, y algunos descansos estaban tan olvidados que ni siquiera tenían ni una triste flor.

El cementerio era inmenso, había algunos pozos abiertos, preparados para que en la mañana llevaran más cuerpos.

El viento, al golpear contra las tumbas, parecía que se lamentaba, que se quejaba, que lloraba como si sintiera todo el dolor de las familias que habían ido a enterrar un familiar a ese panteón.

Los árboles que estaban en la periferia del panteón, cuando se movían con el viento, parecían espíritus que nos estaban acechando.

Por lo que tengo entendido Leonardo fue el primero en encontrar la muchacha, la terminó alcanzando cerca de un pozo abierto en medio de varias tumbas. La chica pegó un brinco de miedo cuando Leonardo la sujetó por detrás.
Después fui yo. Llegué a la muchacha cuando ella estaba escondiendo detrás de una tumba con una gran cruz de madera, posiblemente la más grande del cementerio.
Leonardo, las 2 chicas y yo nos encontraron a medio camino cuando ya íbamos a la salir del panteón. No había señal alguna de Sebastián ni de la rubia, así que decidimos esperar ahí por si los veíamos.
De pronto escuchamos como Sebastián pegó un grito aterrador, provenía de lo más profundo del cementerio. Leonardo y yo no lo pensamos ni un segundo y fuimos en busca de nuestro amigo. Las chicas se negaron a acompañarnos y mejor se fueron corriendo del lugar.
Mientras nos adentrábamos más y más en el panteón sentíamos como si de las tumbas se asomaran ojos que nos iban siguiendo. Entonces Leonardo pisó algo que se rompió. Entre tanto silencio ese ruido nos asustó. Al ver que era lo que se había roto notamos que se trataba de una muñeca de porcelana, Leonardo le había pisado la cabeza. El rostro había quedado destrozado, pero el cabello había quedado intacto, el cabello de la muñeca era muy rubio, lo curioso era, que, a pesar de estar tirada a mitad del panteón, la cabellera no tenía ningún rastro de polvo, parecía nuevo.
Mientras observábamos la muñeca, Leonardo notó algo por el rabillo del ojo. Inmediatamente, se giró pensando que era nuestro amigo, pero no había nada. Entonces yo me giré para el lado contrario al que estaba mirando Leonardo y vi un niño parado, mirándonos. Le di un codazo a Leonardo para que volteara y asegurarme que no era mi imaginación. Pero cuando Leonardo volteó también pudo ver al niño.
Estábamos congelados sabiendo que lo que estábamos viendo era un fantasma. De pronto Sebastián dio otro grito, con la misma intensidad, pero en un tono diferente, parecía como si estuviera agonizando.
Ambos corrimos en la dirección de la que creímos que provenía la voz de nuestro amigo. A los pocos metros caí al suelo de golpe. Leonardo no se percató hasta que le grité por ayuda. Yo sentía como si alguien me estuviera jalando de las piernas, estaba muy desesperado y me encontraba al borde del llanto. Leonardo se regresó para ayudarme a ponerme de pie, mi pantalón se había atorado con una pequeña cruz que estaba sobre la tumba de un niño, yo no me había dado cuenta.
Los 2 nos reincorporaron, estábamos asustados y desorientados, volteamos y el niño fantasma ya no estaba, miramos en todas direcciones para asegurarnos que estábamos solos. Entonces vimos que la rubia ya venía en nuestra dirección, sabíamos que era nuestra compañera, era la misma altura y la misma ropa. Le gritamos preguntando por Sebastián, pero ella se mantenía en silencio.
Cuando estaba lo suficientemente cerca nos dieron cuenta que aquella joven con la que habíamos estado tantas veces era en realidad una anciana, pero tan anciana que estaba prácticamente en huesos, aunque su rubio cabello brillaba como el de una adolescente.
Aterrados, corrimos para largarnos del panteón, corrimos sin parar, cuando estábamos cerca de la salida escuchamos, una vez más, un grito de nuestro amigo, quisimos regresar, pero teníamos tanto miedo que mejor nos largamos del cementerio.
En cuanto el primer rayo de luz cayó sobre la ciudad volvimos al panteón, ya sin miedo, buscamos a nuestro amigo hasta que lo encontramos. Estaba colgado de un árbol, con muchas heridas hechas como con pedazos de vidrio. Desconcertados y desconsolados lo bajamos del árbol, nos aseguramos que nadie nos viera y lo metimos a uno de los pozos que estaba abierto. Con nuestras propias manos echamos la tierra que estaba junto al pozo para tapar el cuerpo de nuestro amigo. Cuando ya casi terminábamos, entre toda esa tierra, encontramos una muñeca rubia de porcelana….
 
Autor: Ramiro Contreras
Derechos Reservados

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