Como Venderle El Alma Al Diablo Historia de Terror

Como Venderle El Alma Al Diablo Historia de Terror

Satanás existe, de eso no debe quedarles ninguna duda Como Venderle El Alma Al Diablo Historia de Terror. No me lo contaron, no lo escuché en un bar, me consta que Satanás existe porque forma parte de mi vida día con día.

Sé que hay más de uno que se ha preguntado al menos una vez si acaso es posible hacer un pacto con el Diablo, por supuesto que es posible, yo lo hice, y contaré mi experiencia precisamente para que no les queden ganas de pactar con el Diablo, es el peor error que pueden cometer.
Para comprender mi historia es necesario que sepan quienes fueron mis progenitores.
Mi madre fue la tercera de cinco hermanas. Las dos mayores y las dos menores tenían algo en su personalidad que las hacía resaltar, pero mi madre nunca resaltó en nada, no era fuerte, no era inteligente, no era popular y tampoco destacaba por su belleza.

Sabiendo que le sería difícil conseguir un buen trabajo, optó por hacer algo que le dejara dinero y que de paso le daba la satisfacción de lastimar personas.

Ella buscaba hombres de dinero, casados y con hijos, los enredaba, se embarazaba de ellos y llegado el momento los amenazaba con contar todo si no recibía una cantidad increíblemente generosa de dinero.
Como resultado de eso, fui el menor de 4 hermanos, todos de padres diferentes. Eso es todo lo que puedo decir sobre mi madre.

En cuanto a mi padre, jamás lo conocí, ni siquiera por fotografía, nada.

Mi madre dijo que mi padre era satanista, y dijo que yo nací del único encuentro que ellos tuvieron.

Soy el fruto de un encuentro no consensuado. Mi madre siempre se encargó de recordarme que yo no debería haber nacido, nunca me quiso, en repetidas ocasiones me repetía que debió haberme abortado.
Ella siempre hablaba de cómo perdió un muy buen pretendiente porque resultó embarazada de mí. No tienen idea de lo horrible que se siente que tu propia madre te diga que se arrepiente de haberte traído al mundo.

Así llegué al mundo, indeseado, repudiado por quien me dio la vida, condenado a sufrir, condenado a mendigar una gota de afecto cada día de mi maldita y miserable existencia, viviría en el infierno.

Mi madre siempre me trató diferente que a mis hermanos mayores, ella nunca fue amorosa con ellos, pero mientras más dinero enviaran sus padres menos mal los trataba. Así que claramente yo siempre recibía lo peor, los golpes, los gritos y los insultos.
Mi madre siempre tuvo solvencia económica, recibía mucho dinero por su silencio, y aun así siempre intentaba ahorrarse todo lo que se pudiera cuando se trataba de comprar cosas para mí.
No hablo de juguetes, me refiero a que a mí me tocaba siempre ropa mala, a veces hasta rota, incluyendo zapatos y calcetines, hasta mi comida era diferente a la de mis hermanos.
Entiendo que hay personas que no tienen comida, estoy consciente que hay niños que jamás tuvieron nada, esa no es mi molestia, lo que me llenaba de cólera es que mientras mis hermanos traían tenis con luces y playeras nuevas, yo andaba descalzo y con ropa interior vieja y desgastada.
Lo único valioso que poseí fue un dije de cuarzo negro que un día amaneció bajo mi almohada. Yo me lo puse en cuanto lo encontré. A mi madre casi le da un infarto cuando me vio con el dije puesto, mientras tartamudeaba de nerviosismo me confesó que esa cosa la traía puesta la noche que yo fui concebido.
Me di cuenta de que ella sintió miedo, inclusive dejó de golpearme por unos meses. Después se le pasó el miedo y las palizas volvieron. Aún conservo el dije.

Siempre detesté a mis hermanos, los odiaba con todas mis fuerzas, ellos todo el tiempo fueron crueles conmigo porque sabían que mi madre jamás iba a hacer nada para defenderme.

Me arrastraban por la casa jalando mi cabello, me encerraban en lugares pequeños, me golpeaban, me escupían, me insultaban, me torturaban, eran unos desgraciados, y estoy seguro de que están ardiendo en el infierno.
En una ocasión me subieron a un árbol y me empujaron, me rompí un brazo y algunas costillas. Esa fue la única ocasión que mi madre me llevó a un hospital. Recuerdo que en su cara pude alcanzar a notar una pizca de preocupación, ese es el mejor recuerdo que tengo de mi madre.
Mi vida era una basura, no había absolutamente nada bueno en mi vida, así que me refugié en la planta verde, me ayudaba a escapar de mis problemas.

Funcionó un tiempo, pero mi vida empeoraba cada día, así que cuando tenía 13 me inicié en algunas sustancias más potentes y adictivas.

Toda mi estancia en secundaria fue horrible y asquerosa, siempre fui muy delgado, eso me convirtió en un blanco fácil, fui golpeado al menos una vez por semana. Nunca fue una pelea de uno contra uno, así que no tenía ninguna oportunidad de defenderme.

Por si mi vida no fuera lo suficientemente miserable, en una ocasión tuve la terrible idea de declararme a la chica que me gustaba, ella se burló de mí frente a todos, me humilló hasta que se cansó.

Eso fue la gota que derramó el vaso, yo no estaba dispuesto a soportar ni una burla más. Entonces, con lágrimas en los ojos, y lleno de impotencia, tomé a la chica por el cuello y le di un golpe en la cara, fue la primera vez que yo soltaba un golpe.

Entonces, todos los que se estaban riendo de mí guardaron silencio, sus expresiones burlonas cambiaron, estaban sorprendidos.
Me expulsaron de la secundaria, por supuesto. Sinceramente, eso me dio igual. El problema fue que tuve que decirle a mi madre, se puso furiosa, y, mientras me daba la paliza de mi vida con un cinto mojado, aprovechó para recordarme que mi existencia había sido un error.
Después de que mi madre se cansara de golpearme y después de que mis odiosos hermanos fueran a reírse de mí, salí de la casa y me llevé un arete de oro que se le había caído a mi madre mientras me pegaba. Ese arete lo llevé al punto y lo cambié por un momento de paz y tranquilidad.
De pronto hubo un fuerte ruido, algunos vecinos comenzaron a gritar. Resulta que algo ocurrió en la casa, supongo que fue un descuido de mi madre, o quizá fue la estupidez de mis hermanos, pero algo ocurrió y los dos tanques de gas reventaron.
Los bomberos pudieron de la casa aún con vida a mi madre y a mis tres hermanos, los cuatro llegaron al hospital, pero estaban heridos muy gravemente, mi madre ya no logró salir del hospital para seguir golpeándome y mis hermanos tampoco lograron recuperarse para seguir burlándose de mí.
Júzguenme si quieren, pero la verdad es que cuando supe que me había quedado solo, sentí que me habían quitado un gran peso de encima.

Nadie quiso hacerse cargo de mí pues mi madre jamás se llevó bien con sus hermanas, así que terminé en un orfanato que era administrado por la iglesia católica, yo tenía ya 15 años.

No sabría decir cómo son todos los orfanatos, pero les puedo hablar de aquel en el que yo estuve, y les puedo asegurar que definitivamente no es un lugar agradable para vivir.
Muchos de los niños y adolescentes que fuimos supuestamente rescatados sufríamos malos tratos.
En aquel orfanato de me hice de un amigo, él tenía serías alteraciones cerebrales, era divertido, se reía de mis chistes, me trataba bien, pero tenía algo oscuro, una vez me contó que en una ocasión unas personas lo habían utilizado para un ritual satánico, sus pupilas se dilataron mucho cuando me contó su traumática experiencia.

Cuando me lo contó por segunda vez cambió algunos detalles así que nunca supe si lo que me contaba era del todo real.

En fin, a algunos nos mandaban a las calles a trabajar. Nos daban cosas para vender o nos vestían de forma que diéramos lástima y así conseguir dinero.

Yo me iba a los cruceros a lavar vidrios. Aprovechaba para distraerme, y así podía ir a fumar algo.

Ese orfanato era raro, a veces por las noches, cuando se supone que ya todos deberíamos estar dormidos, llegaban personas extrañas, se reunían en el patio y hacían cosas raras, algunas veces incluso se desnudaban, era muy extraño.
Recuerdo que la monja que administraba el orfanato era una vieja miserable y despreciable. Nos aplicaba castigos totalmente fuera de lugar. No tenía sentido su crueldad, pues una monja se supone que profesa el amor de dios.
Los castigos que aplicaba esta mujer iban desde dormir en el piso hasta estar un día sin comer.
Un buen día llegó al orfanato un matrimonio extraño, se pasearon por el edificio, cuando pasaban frente a una de las monjas ellas les hacían reverencia, es más, la vieja monja que administraba el orfanato les besó la mano.
Yo estaba observando todo desde el segundo piso. De pronto el matrimonio se percató que yo los estaba observando y me hicieron una señal para que me acercara.
Mientras yo caminaba hacia ellos, una de las monjas me miró mal y algo les dijo, el hombre se giró hacia ella con una cara de molestia y la abofeteó con mucha fuerza. Yo sonreí al ver eso, la esposa del hombre se dio cuenta y ella me sonrió.

En cuanto llegué hasta donde estaba el matrimonio, el hombre, mientras sujetaba mi dije de cuarzo negro, me preguntó si las monjas me trataban mal.

Inmediatamente, supe que ese hombre sabía algo sobre el dije, me sentí en confianza así que le conté sobre todos los malos tratos.

El hombre giró su cuello dando a notar que estaba molesto, las venas se le saltaban. La mujer me acarició el cabello y me dijo que ya se había acabado toda esa basura, que me llevarían con ellos.

El matrimonio y yo fuimos a la oficina de la madre superiora. El hombre me dijo que me quedaría afuera con su esposa mientras él entraba a hablar con la monja, también me pidió mi dije y se lo presté.
No sé qué fue exactamente lo que ocurrió ahí dentro, pero hubo ruido. Luego de unos 5 minutos el hombre salió, yo por curiosidad me asomé a ver a la vieja y antes de que el hombre cerrara la puerta alcancé a notar que la monja tenía un golpe y estaba sangrando de la boca.
En cuanto vi el vehículo en el que venía el matrimonio me quedó claro que tenían mucho más dinero que el que había tenido mi madre.

Su casa era gigantesca, tenía dos pisos y ocupaba el espacio de 4 casas normales. Tenía palmeras en la entrada. Era de color gris claro, con contrastes en un gris más oscuro.

En la cochera tenían 3 vehículos más. Entramos a la casa, era espectacular por dentro. Estaba pintada completamente de blanco, el barandal de la escalera que llevaba al segundo piso era de color crema. Había macetas con plantas raras por todos lados.
Me llevaron al segundo piso y fuimos a un cuarto, era grande, tenía una cama, un ropero, televisión y un estante con varios libros, y tenía su propio baño y regadera.
La mujer me dijo que dentro del ropero había algo de ropa que era de su difunto hijo, me dijo que me la probara y que separara la ropa que me había quedado y la que no.

Les agradecí y me dijeron que regresaban en un rato. Me bañé, me probé la ropa, la mayoría me quedaba un poco grande, pero estaba bien, así que decidí conservarla toda.

Toda la ropa que estaba en el ropero era de color negro, camisas y playeras, todo era de color negro, algunas eran completamente lisas y otras tenían algunas estampas con diseños curiosos, me gustó la ropa.
La mujer volvió al cuarto, abrí la puerta, ella me miró con los ojos muy abiertos y brillantes, pues resulta que en ese momento traía puesta una sudadera que era de las favoritas del difunto hijo del matrimonio.
Me dijo que la comida estaba lista y bajamos al comedor. La mesa era ovalada, de cristal, con siete sillas blancas, y todo era iluminado por un enorme candelabro. La silla principal, donde se sentó el hombre, era muy extraña, en los descansa brazos tenía cráneos. La mujer notó que esa silla me había sorprendido, entonces río un poco y me dijo que los cráneos no eran reales.

La muchacha, muy joven, que tenían trabajando en la casa sirvió la comida y aguas de sabor.

Esa comida fue lo mejor que había probado hasta ese momento, no tenía comparación, era pasta, puré de papa, y pechuga de pollo rellena de carnes frías, delicioso. Lo que más me gustó fue que por primera vez desde hace meses estaba comiendo comida caliente.
El hombre me preguntó si yo había probado alcohol y le dije que sí. Entonces sacó una botella de vino y sirvió para los tres, brindamos porque a partir de ese momento seríamos una nueva familia. Ellos habían recuperado al hijo que habían perdido, y yo había ganado a los padres que jamás había tenido.
Pasaron los meses, ellos en realidad me trataban como un hijo, nunca se limitaron para hablar del que ellos habían perdido, pero en ningún momento hacían comparaciones entre él y yo.
Yo les tenía tanta confianza me sentía tan cómodo con ellos que una vez me atreví a preguntarles qué era lo que había pasado con su hijo, me respondieron que su hijo había tomado una decisión importante en su vida, las cosas salieron mal, él no supo manejar la situación y murió.
Algo a lo que yo me estaba acostumbrando era al humor tan pesado que ellos tenían, era un humor tan negro que incluso luego de contarme lo que había pasado con su hijo, el hombre me dio una palmada en la espalda y me dijo: tranquilo, no era celoso, no vendrá a atormentarte por las noches.

Me quedé desconcertado, el hombre comenzó a reír, luego la mujer, y finalmente yo también reí, me estaba adaptando a su forma de vivir, y eso me gustaba.

Cuando cumplí 16 años, el hombre, al que ya le decía padre, me llevó a un lugar extraño, era una cabaña alejada de la ciudad, dentro había cuadros de pinturas curiosas, había paisajes desoladores, cementerios, locaciones infernales, pero la gran mayoría de los cuadros tenían pintados demonios grotescos.
Hubo uno que llamó mucho mi atención, era una criatura delgada, con 6 brazos largos y sin piernas. La criatura estaba sosteniendo 4 cabezas humanas, tres de hombre y una de mujer. No pude evitar acordarme de mi difunta familia, yo estaba seguro de que ellos estaban pudriéndose en el infierno así que ese cuadro era perfecto para mí. Mi padre me lo compró y lo puse en mi cuarto.
Mi nuevo padre también era mi mejor amigo. Él trabajaba prácticamente todos los días, por lo general descansaba de uno a 4 días por mes. Siempre, antes de irse a trabajar, me despertaba para que desayunáramos juntos, a veces incluso me llevaba a su trabajo, era directivo de una empresa de muebles para el hogar.
Cuando me quedaba en casa, me la pasaba todo el día haciendo actividades con mi nueva madre, veíamos películas, poníamos discos de música, jugábamos a juegos de apuestas.

Algunas veces, no muy seguido, mi madre salía y me dejaba en casa con la chica que ayudaba con la casa, nos dejaba solos, ya saben para qué.

Por las tardes, cuando mi padre regresaba del trabajo, por lo general nos llevaba a cenar o al cine. Yo me sentía feliz, como nunca me había sentido. Debo aclarar que mis padres nunca me dijeron que me amaban, pero no era necesario, me lo demostraban día con día.

Durante todo este tiempo estuve recibiendo clases de maestros privados, y para cuando cumplí los 17 ya estaba listo para entrar a la universidad. También había aprendido a conducir.

Una tarde, mientras mi padre y yo tomábamos un whisky, le pregunté sobre la primera ocasión que nos vimos, en aquel orfanato, cuando sujetó mi dije, yo quería saber si él sabía algo sobre el dije.
Mi padre me respondió que mi dije era mucho más valioso de lo que yo podía imaginarme, me dijo que tenía un significado grandioso, pero que aún no había llegado el momento de hablar de eso, dijo que primero debía cumplir la mayoría de edad y entonces sí podía contarme todo.
Pasaron los meses, entré a la universidad, habían pasado años desde que yo había estado en una escuela, y la última vez fue en aquella ocasión que me habían dado la humillada de mi vida, cuando me expulsaron. Así que yo iba algo nervioso a mi primer día en la universidad. Afortunadamente, el ambiente era completamente diferente al de la secundaria.
Pasó el tiempo y cumplí 18 años, finalmente había llegado la hora de la gran revelación.

Durante la cena, mis padres y yo nos sentamos en el comedor. De un momento a otro mi padre me miró y me dijo: tu madre y yo somos parte de una comunidad satanista.

Yo me quedé helado en ese momento. Entonces mi madre me reveló que el dije que yo tenía era el boleto de entrada a la comunidad de Satanás.
Mi padre me tomó del hombro y me dijo que había algunas personas que querían conocerme. Dijo que había llegado el momento de unirme al culto, que había llegado el momento de servirle a Satanás.

Yo estaba completamente en shock, no sabía que decir, inclusive sentí algo de miedo.

Mi madre se dio cuenta de que yo estaba asustado, entonces tomó mi mano y me dijo: tu vida antes de llegar con nosotros era una mala vida, aquí tienes todo, eres feliz, y todo lo que tu padre y yo te hemos ofrecido nos ha sido regalado por Satanás, él solo quiere lo mejor para ti.
Yo me estremecí cuando dijo eso, era realmente escalofriante, pero al mismo tiempo sentía la calidez de una madre que me amaba, yo estaba convencido de que ella jamás me haría daño, así que dije que estaba bien.

Nos levantamos de la mesa, subimos al auto de mi padre y él condujo durante horas hasta llegar a un viejo rancho a mitad de la nada.

Ese rancho era bastante sombrío, no había ninguna iluminación y la maleza invadía el lugar. Había bastantes vehículos ahí, la mayoría de lujo o deportivos, también había camionetas y motocicletas. Hasta había un helicóptero.

Me quedó claro que las personas que estaban debían ser gente de mucho dinero y poder, de los altos círculos de la sociedad.

Dentro del rancho había varias casas dispersas. Mi padre estacionó su vehículo cerca de una de las casas, bajamos y entramos.

Dentro todo parecía normal, abandonado, pero normal. Había unas escaleras que llevaban al sótano, bajamos, yo iba al frente, escoltado por mis padres.

Abajo se estaba llevando a cabo una misa negra. Todos estaban vestidos de negro, no iban de túnicas, las personas portaban ropa normal, pero todo era de color negro.
En el centro había un cadáver, y de él se desprendía un pentagrama dibujado con su sangre. El siniestro pentagrama, que medía al menos 3 metros, estaba rodeado de velas.
Detrás del pentagrama había una jaula que contenía un cuervo. Y justo detrás de la jaula había un altar con varios libros, ahí estaba el sumo sacerdote, rezando, él sí portaba una túnica, también usaba máscara.

En ambos lados del altar había cabezas de chivos empaladas.

Mis padres y yo caminamos entra la multitud hasta quedar frente al pentagrama.

Entonces el sumo sacerdote me miró y dijo un discurso de bienvenida, fue un discurso extenso. En cuanto terminó el discurso todos los asistentes comenzaron a rezar con voz muy baja, como si fueran susurros, era escalofriante, más porque los que estaban a mi derecha rezaban una cosa y los de la izquierda rezaban otra.
Mi madre me dijo al oído que tenía que desnudarme, que no iba a pasarme nada, que todo era parte de la iniciación. No quise cuestionar a mi madre así que simplemente hice lo que me pidió.

Entonces mi padre, con ayuda de otros dos hombres, retiraron el cadáver que estaba en el centro del pentagrama. Luego mi madre me llevó para que yo tomara el lugar del cadáver.

Me quedé ahí recostado sobre un pentagrama de sangre, era pegajoso, se sentía asqueroso, además olía mal. Me estaba comenzando a marear, la gente comenzó a rezar cada vez más fuerte y más rápido. Mis latidos comenzaron a acelerarse, creí que me iba a dar un infarto.
Entonces escuché que abrieron la jaula. El sumo sacerdote tomó al cuervo. Se paró de forma que sus pies quedaron al lado de mi cabeza. Entonces todos se callaron. El silencio cubrió toda la habitación. El sumo sacerdote, con voz fuerte, dijo algunas palabras en un idioma extraño y luego con una daga abrió al cuervo, los órganos y toda la sangre del animal cayeron sobre mi cara.
Aquello fue demasiado así que me desmayé. No supe de mí hasta el día siguiente. Estaba en mi cuarto. Me sentía limpio y fresco, como si me hubiera bañado. Sabía que algo dentro de mí había cambiado.

Salí de mi cuarto y fui al comedor, ahí estaban mis padres, almorzando. Me senté con ellos y platicamos sobre lo que había ocurrido en el ritual y también hice muchísimas preguntas sobre la secta satánica a la que ahora yo pertenecía.

A diferencia de lo que muchos puedan pensar, el satanismo no es una gran organización a nivel mundial con células por todas partes. Sí, hay sectas satánicas en cada ciudad, pero no necesariamente están relacionadas. Me explico, el satanismo se divide en dos grandes corrientes: El Satanismo Teísta y el Satanismo Ateísta.
El Satanismo Ateísta puede ser Avellano o No Avellano. Y el Satanismo Teísta tiene tantas variaciones como las religiones Judeo-Cristianas. Además, amas corrientes satánicas pueden ser Luciferinas o No Luciferinas. Creo que esa ligera explicación es suficiente para entender que el satanismo no es algo tan fácil de comprender.
Entonces, cada secta satánica es única, pues cada una adopta rituales y enseñanzas de cualquier variante del satanismo y las fusiona como quiera, no hay límites.
En fin. A partir de que me uní a la secta satánica comencé a mejorar en todas las materias de la universidad, pues ser pertenecer a una comunidad satanista no solo se trata de adorar al Diablo, también hay que adquirir mucho conocimiento para poder tener debates intelectuales que enriquezcan nuestra mente.

Así que, además de las clases de la universidad, yo tenía clases de satanismo. Durante casi 8 meses tuve lecciones sobre aquel pasaje bíblico donde Eva convence a Adán de tomar el fruto prohibido en el paraíso.

El sumo sacerdote explica que ahí, en el paraíso nace el primer mandamiento satánico, es decir, la anarquía.
Mientras más tiempo pasaba en la secta, mi personalidad iba cambiando, me convertí en una persona con mucha seguridad, egocéntrica, demasiado culto, y adquirí una muy buena facilidad de palabra y de liderazgo. Todo eso me volvió muy popular. Todos querían estar en mi círculo de amigos y tenía una amplia variedad de chicas para escoger, salí con una diferente cada fin de semana durante toda mi estancia en la universidad. Me sentía poderoso y superior.
Nadie en la universidad se enteró jamás que yo era satánico, ni siquiera hubo una ligera sospecha, pues, aunque siempre me vestí de negro, jamás llevé collares ni anillos con calaveras ni nada por el estilo, tampoco escuché música rock ni metal, nunca fueron de mi agrado sinceramente.

Me gradué como el mejor de la carrera.

Estaba claro que yo no tenía la necesidad de buscar trabajo, pues para empezar mis padres me daban todo, pero en caso de querer trabajar era tan fácil como decirle a mi padre y él me acomodaría en la empresa de muebles.
Decidí dedicarme 100% al culto. En ese tiempo mi conocimiento se incrementó demasiado. Aprendí a realizar rituales complejos y peligrosos. Inclusive comencé a desarrollar ciertas habilidades que van más allá de lo humano.

Por respeto al culto no puedo soltar demasiado la lengua, pero les puedo confirmar lo que sé que muchos están pensando. Sí, hay sacrificios humanos, no son muy frecuentes, pero sí los hay. También llegué a beber sangre tanto humana como de animal.

La gente cuenta que las sectas satánicas toman niños y bebés para hacer rituales. Lo único que les diré es que jamás deben descuidar a sus hijos y tampoco deben dejar que se les acerquen los extraños, hay que tener mucho cuidado.
En determinado momento, el sumo sacerdote dijo que había llegado la hora de demostrar que entendía el satanismo y que tenía la capacidad de transmitirlo, así que yo debía llevar a una persona para que se uniera a la secta.
Fue entonces que me puse en contacto con una excompañera de la universidad, una chica tímida, callada, discreta. Ella jamás se mostró interesada en mi persona así que para mí era un desafío, estaba decidido a llevarla para que se uniera a la comunidad satanista.
Me reuní con ella para comer. Me contó que no había tenido mucha suerte luego de la universidad, que estaba trabajando en una biblioteca.

Le dije que sin problemas podría acomodarla en la empresa donde trabajaba mi padre, ella se negó al principio, pero le insistí y dijo que estaba bien.

Esa noche, durante la cena, lo platiqué con mi padre, y dijo que al día siguiente despediría a su secretaria para que esta chica ocupara el puesto inmediatamente.
Antes de dormir le llamé a mi excompañera y le dije que ya le había conseguido el trabajo, se mostró un poco indecisa, pero en cuanto le dije que el sueldo era cuatro veces más de lo que ella ganaba en la biblioteca aceptó.

Mi padre le daba muchas facilidades en el trabajo, yo me volví su mejor amigo, es más, mi madre la invitaba a pasear de vez en cuando, le cambiamos la vida por completo.

Finalmente, le confesé que mis padres y yo pertenecíamos a una secta satánica y le ofrecí unirse, le aseguré que todo lo que tenía se iba a multiplicar, aceptó.
Yo la llevé a aquel viejo rancho, justo como mis padres me habían llevado a mí, bajé con ella al sótano, caminamos juntos hasta el pentagrama de sangre, le ayudé a desvestirse y estuve ahí a su lado cuando el sumo sacerdote dejó caer la sangre de cuervo sobre su cara.
Había cumplido la encomienda. El sumo sacerdote me felicito, mis padres estaban orgullosos y yo me sentía de maravilla, me sentí mucho mejor cuando mi padre, a sugerencia del sumo sacerdote, me regaló un coche como recompensa.

Pasó el tiempo, y una noche, mientras cenábamos, mi padre se puso muy serio y me dijo que había llegado la hora de tomar una decisión. Yo estaba un poco desconcertado.

Me aclaró que sin importar lo que decidiera ellos me apoyarían y nada cambiaría entre nosotros. Me quedé helado cuando mi padre me dijo que debía decidir, en ese preciso momento, si quería ofrecerle mi alma a Satanás a cambio de poder.
No sabía qué contestar, una cosa es ser satanista, otra cosa muy diferente es ceder tu alma al Diablo.
Mi madre me tomó de la mano y me dijo que ninguno de ellos dos había hecho el intercambio con Lucifer, que no era necesario, pero que mi padre era directivo de la empresa de muebles porque no había hecho el trato, de haberlo hecho sería el dueño. Pero también me advirtió que su hijo fallecido sí había aceptado hacer el trato con Satanás, el problema fue que no sobrevivió al proceso.
Sentí mucho miedo en ese momento. Pero al mismo tiempo un fuego dentro de mí me estaba consumiendo, tenía la oportunidad de conseguir todo lo que me propusiera.

Acepté.

Mi padre me dio palmadas en la espalda y mi madre me abrazó mientras ambos me decían que todo iba a estar bien.

La noche siguiente mis padres me llevaron al Cerro de la Estrella en Iztapalapa. Nos adentramos en las cuevas durante horas. Tanto que creí que ya no podríamos salir de ahí. Finalmente, llegamos a un sitio extraño. Había huesos en el suelo, en las rocas había líneas hechas con sangre, pero lo más extraño era el pozo, un pozo tan oscuro y tan profundo que ni con mi linterna podía ver nada en su interior, había una cuerda por la cual se podía bajar.
Mis padres me dijeron que lo único que tenía que hacer era entrar al pozo, no era necesario bajar hasta lo más profundo, solo hasta donde yo pudiera y luego volver a subir. Me aclararon que mientras más bajara obtendría más poder. Pero también me advirtieron que si soltaba la cuerda y caía estaba muerto.
Quise retractarme, me estaba arrepintiendo, juro que estuve a nada de salir corriendo de ahí, pero entonces recordé la asquerosa vida que había tenido antes de que llegar con mis nuevos padres, Satanás me había rescatado de la miseria, entonces me decidí, entré al pozo.
Nunca he sido muy atlético así que no me arriesgué a bajar demasiado. Estando ahí, en completa oscuridad comencé a escuchar cosas tan horribles que a cualquiera le causarían pesadillas de por vida. Podía oír dientes crujiendo, huesos quebrarse, podía escuchar lamentos, llantos y súplicas, podía escuchar fuego y un río.

Cuando comencé a sentir que mis fuerzas disminuían inmediatamente salí de ahí. Estaba completamente en shock.

En cuanto salí del pozo mi padre tomó mi mano y pinchó uno de mis dedos para que sangrara, luego hizo que dibujara una línea con mi sangre en una roca.

Yo estaba completamente ido, ni siquiera recuerdo cómo salimos de ahí.

Desde ese momento comencé a tener pesadillas muy vívidas en las que me visitaban los demonios. Eso me generó ansiedad. Tanta que me despertaba en las madrugadas para comer y comer sin saciarme.
Comencé a notar cambios en mi cuerpo, pues en lugar de engordar, mientras más comía iba agarrando músculo, inclusive aumentó mi estatura, cada día me sentía más fuerte.

Podía tomar y tomar sin embriagarme, me tomaba botellas completas de cualquier cosa y nada me afectaba.

Podía tener a la mujer que yo quisiera, no era que todas quisieran estar conmigo, lo que ocurría es que cuando me les acercaba encontraba la fórmula exacta para poder tenerlas.

Comencé a apostar, siempre ganaba, eso me generó enemigos, nunca fue difícil quitarlos del camino.

En verdad me sentía poderoso, ganaba dinero fácil, comía y bebía de todo sin problemas, cada día podía tener una mujer diferente.

Me creía el rey del mundo pues nada me faltaba. Entonces un día mi madre murió. Le dio un infarto fulminante. Satanás fue bueno con ella, murió mientras dormía, no sufrió.

Me sentía terriblemente mal, pero creí que podría superarlo, el problema fue que a los dos días mi padre se ahorcó en su cuarto.

Una vez más, había perdido a mi familia, me quedé, de nuevo, completamente solo. Lleno de dinero, lleno de mujeres, lleno de todo, y aun así me sentía completamente solo.

Tenía tanta tristeza que me sumí en una fuerte depresión. El sumo sacerdote me ayudó a salir de mi crisis. Todos los de la secta me cobijaron, pero nada llenaba ese vacío en mi corazón.

Lentamente, la tristeza se fue convirtiendo en ira. Mi coraje era tanto que me sobrepasaba. Una noche, en un bar, un tipo derramó su copa en mi ropa, eso fue suficiente para que lo moliera a golpes hasta que mis manos sangraran, no lo maté, pero les aseguro que ese tipo no volvió a derramar la bebida en la ropa de nadie más.

Estaba tan cegado por el rencor hacia la vida y tenía tanta soberbia que un día despotriqué contra la chica que ayudaba en la casa, renunció en ese momento.

Ahora no solo debía cargar con mi existencia, sino que debía mantener una casa grande. Claramente, no podía con semejante tarea así que contraté a alguien, pero también renunció por mis malos tratos. Luego contraté a alguien más y luego a alguien más, siempre renunciaban. Finalmente, decidí vender la casa.

Desde ese momento comencé a vivir en hoteles. La venta de la casa y el seguro de vida que me había dejado mi madre era suficiente para vivir bien por muchos años.

Con el paso de los años yo ya no disfrutaba de la compañía de las mujeres. La comida no me sabía a nada, y debido a que no podía emborracharme no podía olvidar mis problemas ni por un segundo. Las drogas tampoco me hacían efecto.
Terminé por alejarme de la secta. Mi vida se volvió una completa miseria. Cuando salía a las calles y veía a las personas sonreír me llenaba de envidia. Me daba coraje que la gente fuera feliz porque yo no podía serlo.
Intenté quitarme la vida, pero nunca pude, las balas se atascaban, las cuerdas se rompían, el auto no encendía, no podía hacer nada, no tenía el control ni de mi propia muerte.
A día de hoy todavía tengo pesadillas, cada noche me visita algún demonio para atormentarme. Aún me despierto en la madrugada a comer sin poder saciarme.

Soy infeliz y no puedo hacer nada al respecto. Estoy condenado a vivir hasta que llegue la hora de que el Diablo venga a recoger mi alma.

Un día tuve todo. Hoy vivo en un hotel, amargado, completamente solo y sin una sola persona en el mundo que se preocupe por mí.
Espero que conocer mi experiencia sea suficiente para que entiendan que no deben venderle el alma al Diablo, con esas cosas no se juega, es algo muy delicado y estarían arruinando su vida si lo hicieran.

No pretendo redimirme contando mi historia, la verdad no me interesa ir al cielo. Pero en verdad no le deseo a nadie que termine viviendo de la forma en que vivo yo.

Lo único que a veces me consuela es que estoy seguro de que cuando muera podré reunirme con mis padres adoptivos, pues los tres estaremos en el infierno.

 
Autor: Ramiro Contreras
Derechos Reservados

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