Siempre he dicho que vivir en las afueras del pueblo tiene sus ventajas porque el ruido no llega tan fuerte y uno puede moverse con más libertad, y desde que me casé me acostumbré a hacer mis vueltas por el río para revisar las trampas que coloco entre las piedras y las ramas que quedan atoradas cuando baja mucha agua.

historia de terror
Ese día salí más temprano de lo habitual porque quería despejarme un rato ya que había dormido inquieto y pensé que caminar hacia el río me iba a acomodar la cabeza. El clima estaba templado, con una brisa ligera que empujaba las hojas de los mezquites y dejaba un sonido constante en la orilla, mientras el agua corría sin fuerza pero de manera pareja.
En este relato, historia de terror se menciona como el lugar y el motivo del miedo de los personajes.
Lo que se cuenta sobre historia de terror se repite en el pueblo como si fuera un aviso.
Era la misma rutina de siempre, el mismo camino por el que paso dos o tres veces por semana, y todo parecía normal mientras avanzaba por la vereda amplia que ya está marcada por tantos años de usarla.
Cuando llegué al área donde reviso las trampas me agaché para mirar entre las piedras grandes que siempre quedan en medio del cauce, y fue ahí cuando vi una piedra que no encajaba con ninguna de las otras. No estaba semienterrada ni cubierta de lodo sino recargada contra una roca plana, como si alguien la hubiera dejado ahí.
Lo primero que me llamó la atención fue la forma porque tenía el tamaño aproximado de un puño grande, y aunque las piedras del río suelen tener bordes redondeados por el desgaste, esa tenía un costado tan perfectamente curvo que parecía que la hubieran lijado durante horas.
Otro detalle fue el color porque en varias partes era negra, no gris oscuro ni café, sino negra de verdad, y eso no es común en esa zona donde todo tiende a verse igual por el tipo de tierra.
Me acerqué para verla mejor porque no entendía cómo una piedra tan extraña había terminado ahí, y cuando la moví con la punta de los dedos noté unas marcas que parecían grietas viejas, como si la piedra hubiera estado expuesta a un calor muy fuerte o hubiera sufrido un golpe hace mucho tiempo.
En la parte trasera tenía una fractura irregular que daba la impresión de que originalmente había sido una esfera completa y que en algún momento se había partido por la mitad. Eso me dejó con una sensación rara porque jamás había visto una piedra tan redonda en esa zona, y menos una que tuviera una ruptura tan definida.
La levanté para revisarla con las dos manos y el peso me sorprendió porque esperaba algo ligero por su tamaño, pero era más pesada de lo normal, como si estuviera hecha de un material distinto al de las demás.
Lo siguiente que sentí fue el frío, un frío intenso que no correspondía al clima templado de esa mañana, y que me recorrió las palmas hasta que me dieron ganas de devolverla al suelo, aunque no lo hice porque la curiosidad ya me había ganado.
Me quedé mirándola unos segundos y pensé que quizá la podía usar como adorno o como un objeto llamativo para la repisa de la entrada, ya que siempre me ha gustado guardar cosas raras del monte o del río.
La guardé en la mochila que llevaba para las trampas y emprendí el camino de regreso a casa sin mucha prisa, con el sonido del agua detrás y el viento empujando hacia los lados las ramas secas que caen a lo largo del sendero.
Al llegar, dejé la mochila en la mesa de la entrada y saqué la piedra para revisarla con calma, y en cuanto la coloqué sobre la superficie de madera escuché a mi esposa preguntarme qué era eso porque desde donde estaba alcanzó a ver el objeto oscuro.
Le dije que la había encontrado junto al río y que la había traído porque se veía diferente a las demás, pero en cuanto se acercó hizo una mueca de incomodidad y comentó que esa piedra le provocaba una tensión que no sabía explicar.
Me pareció extraño que reaccionara así porque ella siempre ha sido muy tranquila con las cosas que traigo del campo, y pensé que quizá estaba cansada o de mal humor, así que no le di importancia y seguí con las actividades del día.
Puse la piedra en una repisa del cuarto donde guardamos algunas herramientas y adornos viejos, y después salí al patio para arreglar unas tablas sueltas de la cerca, mientras mi esposa se quedó en la cocina preparando la cena. La tarde transcurrió sin nada diferente, y cuando nos fuimos a dormir ya se nos había olvidado la piedra.
Yo caí dormido rápido porque había caminado bastante, y tuve un sueño tranquilo sin interrupciones, pero mi esposa no tuvo la misma noche.
Cerca de la madrugada se incorporó sobresaltada y respirando agitada, y cuando me moví para preguntarle qué pasaba me dijo que había despertado porque creyó ver a alguien parado afuera, junto a la ventana, aunque cuando abrió los ojos ya no alcanzó a distinguir ninguna figura.
Se quedó mirando hacia la oscuridad del patio sin animarse a levantarse, y yo traté de tranquilizarla mientras intentaba entender por qué había tenido esa impresión tan fuerte cuando en la casa no se escuchaba ningún ruido y el viento apenas se sentía.
A la mañana siguiente noté que mi esposa estaba más callada de lo normal porque apenas se levantó caminó directo a la ventana y abrió la cortina como si necesitara ver algo afuera, y lo hizo varias veces durante el desayuno mientras movía la taza con la mirada fija en el patio, lo que me llamó la atención porque nunca había sido tan insistente con ese rincón de la casa.
Cuando le pregunté si había escuchado algún ruido durante la madrugada me dijo que no estaba segura, pero que tenía la impresión de que algo se había detenido frente a la ventana, y aunque no recordaba ningún detalle claro, seguía con una inquietud que le recorría el cuerpo cada vez que volteaba hacia el exterior.
Esa tensión no se había visto en ella antes y yo traté de mantener la calma pensando que quizá estaba cansada o que la interrupción de la noche anterior la había dejado nerviosa, pero conforme avanzó el día noté cómo su mirada regresaba una y otra vez al vidrio como si esperara encontrar una figura en cualquier momento.
La tarde transcurrió sin cosas fuera de lo común, aunque cada cierto tiempo escuchaba a mi esposa caminar hacia la ventana para asomarse por unos segundos y luego regresar a lo que estaba haciendo, mientras yo trataba de concentrarme en arreglar una manguera dañada detrás de la casa.
Cuando cayó la noche y nos fuimos preparando para dormir la tensión de mi esposa parecía acumularse porque hablaba menos y se movía con más cuidado, como si no quisiera hacer ruido. Ya en la cama, antes de apagar el foco, me dijo en voz baja que una mujer había pasado caminando afuera durante la tarde, cerca de la barda.
Lo dijo con una seguridad que me hizo enderezarme porque no habíamos escuchado ningún paso, ni los perros de la zona habían ladrado, y eso me pareció extraño porque en esa parte del campo cualquier cosa que se mueve suele provocar ruido o al menos alerta a los animales.
Le pedí que me explicara cómo era la mujer y ella dijo que parecía embarazada porque caminaba con las manos sobre el estómago, vestía ropa sencilla de colores opacos y llevaba el cabello recogido, y avanzó despacio junto a la barda hasta perderse detrás de un árbol grande que está cerca del corral.
Esa descripción me dejó con una sensación incómoda porque una mujer embarazada caminando sola por ese tramo no era algo común, menos a esas horas del día, así que tomé la lámpara que dejamos cerca de la puerta y salí a revisar el patio para asegurarme de que nadie se hubiera quedado rondando.
Caminé por el área del corral iluminando cada rincón mientras el viento movía las hojas de las ramas secas y hacía que la luz temblara sobre el suelo. Revisé la tierra que siempre muestra huellas cuando alguien pasa, pero no vi ninguna marca reciente.
Luego avancé por el camino que lleva al río porque a veces la gente corta camino por ahí, aunque siempre se escuchan pasos o se ve movimiento entre los mezquites, pero todo estaba completamente quieto.
También revisé detrás del árbol grande donde mi esposa dijo que la mujer desapareció, aunque no encontré señales de que alguien hubiera pasado por ahí porque la tierra seguía igual, sin marcas nuevas.
Regresé pensando que quizá mi esposa había confundido sombras por el cansancio, pero en cuanto entré ella me dijo con firmeza que lo que había visto era una mujer embarazada caminando junto a la barda, y su mirada era tan clara que no quise contradecirla. Mientras avanzaba la noche sentí que la casa estaba más silenciosa que otras veces.
Era un silencio que ya no se parecía al de siempre porque tenía una tensión que no sabía explicar, como si el aire estuviera cargado con algo que no entendía. La piedra seguía en la repisa del cuarto donde la había dejado y por primera vez pensé que quizá traerla había sido una mala idea porque desde ese día las cosas no se sentían igual.
Antes de acostarme noté que la luz del foco hacía un reflejo extraño sobre la parte negra de la piedra, un brillo que parecía moverse cuando yo cambiaba de posición, aunque traté de convencerme de que solo era la forma curva del objeto la que provocaba ese efecto.
Nos acostamos tratando de recuperar la tranquilidad, pero mi esposa volvió a incorporarse con una expresión de alarma poco después de que apagué la luz.
Me dijo que la mujer embarazada estaba afuera observando hacia la ventana, que la había visto claramente por unos segundos antes de que dejara de verse, y su respiración temblaba mientras miraba hacia el vidrio como si pensara que la figura podía aparecer de nuevo en cualquier momento.
Me levanté rápido para revisar otra vez, aunque esta vez no salí de inmediato porque quería entender si podía haber alguna explicación lógica, pero cuando me acerqué a la puerta no escuché ningún movimiento y el silencio seguía igual de firme. Ella permaneció sentada en la cama sin desviar la mirada de la ventana y con una tensión que no había visto en ella antes.
Cuando por fin logramos recostarnos de nuevo, mi esposa dijo que tenía un malestar ligero en el estómago y un mareo que apareció de repente.
Yo pensé que era el susto y traté de tranquilizarla diciéndole que era mejor descansar y ver cómo se sentía al amanecer, aunque mientras cerraba los ojos me quedó esa sensación persistente de que algo había cambiado desde que traje la piedra y no lograba identificar qué era lo que estaba alterando la calma de la casa.
Esa noche comenzó de una manera que no había vivido antes porque me desperté sobresaltado al escuchar pasos suaves dentro de la casa, pasos que se dirigían hacia la puerta del patio.
Me incorporé de inmediato pensando que quizá algún animal había empujado algo o que el viento había movido una tabla, pero cuando salí del cuarto vi a mi esposa caminando hacia la salida con la mirada fija en la oscuridad, como si algo la hubiera llamado desde afuera.
No se dio cuenta de que yo la seguía porque avanzaba con una determinación que no le había visto y porque parecía completamente concentrada en lo que escuchaba. Cuando llegó a la puerta se detuvo y apoyó la mano en el marco, y en ese momento me acerqué para preguntarle qué hacía ahí.
Ella dijo con claridad que había escuchado el llanto de un bebé en el patio, un llanto corto que venía desde el área donde colocamos la lavadora vieja y el tanque de agua. Lo dijo sin temblor en la voz y sin la duda que había mostrado otros días, y eso me preocupó porque yo no había escuchado nada.
Agarré la lámpara que siempre dejamos cerca de la mesa y salí primero para revisar cada rincón con la luz moviéndose entre las sombras de los árboles y las ramas sueltas que el viento empujaba sin fuerza. El patio estaba completamente callado. No se escuchaba agua corriendo ni grillos ni nada que pudiera confundirse con un llanto.
Caminé hacia el corral y alumbré el camino que da hacia el río por si alguien se hubiera acercado desde ahí, pero el suelo estaba intacto y no había huellas nuevas. Tampoco había señales de que un animal hubiera pasado por la zona, y cuanto más revisaba, más evidente era que no había absolutamente nada afuera.
Cuando regresé, mi esposa seguía en la misma posición, con la mano en el marco y la mirada perdida en un punto fijo. Fue hasta que dije su nombre en voz alta que se giró despacio hacia mí y de inmediato se inclinó como si el mareo le hubiera caído encima de golpe.
Apenas tuvo tiempo de sostenerse de la pared cuando comenzó a vomitar, con un esfuerzo tan repentino que la hizo doblarse por completo. Me acerqué rápido para sostenerla porque se veía pálida y con la respiración agitada.
La ayudé a entrar a la casa mientras intentaba descifrar si lo que había escuchado la había afectado o si era el malestar que venía arrastrando desde el día anterior. La senté en una silla y le pasé un trapo con agua fría para la frente porque tenía la piel helada, una frialdad que no correspondía a la temperatura de la casa.
Desde ese momento me di cuenta de que algo más profundo le estaba ocurriendo porque cuando miró hacia la repisa donde estaba la piedra, su expresión cambió de inmediato. Se llevó la mano al estómago y dijo que verla le revolvía el cuerpo, como si algo le apretara por dentro.
Yo volteé hacia la piedra y no vi ningún cambio, seguía igual, con el brillo tenue sobre la parte negra que ya había notado la noche anterior. Aun así, moví la piedra hacia una esquina de la repisa para que no quedara tan visible, aunque su reacción me dejó más preocupado que antes.
La mañana siguiente fue aún más difícil porque mi esposa despertó con el estómago revuelto, mareos constantes y una palidez marcada que no había tenido nunca. Apenas podía ponerse de pie sin sentir que iba a desmayarse y la piel le seguía extremadamente fría.
Intenté convencerla de que fuéramos al pueblo para que la revisara alguien, pero se aferró a la cama diciendo que necesitaba descansar y que en cuanto se sintiera estable podríamos salir. Yo sabía que no era un simple malestar porque su mirada estaba perdida y parecía estar haciendo un esfuerzo enorme para mantener la conciencia enfocada.
Esa noche la tensión aumentó porque, mientras intentaba dormir, mi esposa dijo que había sentido a la mujer embarazada mucho más cerca que antes. Afirmó que la figura estaba casi pegada a la pared de la casa, del lado donde tenemos la ventana de la cocina, y que por unos segundos creyó que la mujer iba a entrar.
Al escuchar eso me levanté para revisar la parte exterior con la lámpara y no encontré nada, aunque ya no esperaba ver marcas porque en las últimas noches todo lo extraño llegaba sin dejar rastro. Cuando regresé mi esposa estaba despierta con una expresión que no lograba sostener del cansancio y me dijo que había tenido sueños repetidos durante la siesta de la tarde.
En esos sueños la piedra aparecía como una esfera completa, negra, perfectamente redonda y brillante, colocada dentro de un círculo en la tierra. Veía manos acomodando la esfera con cuidado, y alrededor había figuras moviéndose despacio como si estuvieran siguiendo un orden preciso.
También escuchaba murmullos que no podía distinguir y el llanto de un bebé mezclado con voces bajas que parecían estar llamando algo desde muy lejos. Me contó los sueños con tanto detalle que me estremeció escucharlo porque su manera de describirlos se parecía más a un recuerdo que a un sueño.
Con esa preocupación decidí guardar la piedra en una caja de madera para quitarla de la vista porque pensé que quizá provocaba alguna reacción emocional fuerte en ella. La llevé al patio y la dejé sobre una mesa donde no pudiera verla desde la cama, aunque no me animé a dejarla afuera del todo.
Aun así, esa noche mi esposa volvió a soñar exactamente lo mismo, con la esfera negra y las figuras moviéndose alrededor, como si la piedra no necesitara estar cerca para producirle esas imágenes.
Al final de la noche me tomó del brazo con fuerza y me dijo con completa seguridad que la piedra tenía que ver con la presencia de la mujer embarazada y que algo se estaba acercando, algo que ella podía sentir más claramente cada vez que cerraba los ojos.
Mi esposa amaneció más débil que cualquier día anterior porque no quiso levantarse de inmediato y dijo que tenía un cansancio que no le permitía mantener los ojos abiertos por mucho tiempo. Apenas tomó un sorbo de agua y volvió a recostarse con una palidez que me preocupó más que los mareos de las noches anteriores.
Me dijo que el sueño de la esfera completa estaba empeorando porque ahora veía que la tierra se abría en cuanto las manos colocaban la esfera en el centro del círculo. Lo describió como un movimiento lento y preciso, como si la tierra respirara al recibir ese objeto.
Después de decirlo se quedó en silencio y cerró los ojos con una expresión agotada que me dejó claro que no podía seguir así. En ese momento decidí que tenía que deshacerme de la piedra porque era lo único que no pertenecía a nuestra rutina y lo único que había llegado justo antes de que comenzaran todos los malestares.
Esperé a que mi esposa se quedara profundamente dormida porque su cuerpo ya no daba para más, y cuando escuché su respiración tranquila me levanté y fui al patio para buscar la caja donde había guardado la piedra la noche anterior.
Al abrirla sentí de inmediato que la piedra estaba diferente porque conservaba el frío que ya conocía, pero esta vez ese frío era más intenso y parecía salir de adentro de la piedra como si tuviera un centro helado. La envolví en una tela gruesa para no tocarla directamente y cuando la levanté noté que pesaba más que la primera vez que la traje del río.
El peso no era normal para un objeto de ese tamaño y eso me dio una sensación incómoda porque demostraba que la piedra había cambiado desde que la encontramos.
Aun así, la sostuve con firmeza y salí del patio para tomar el camino que lleva al río, mientras el aire de la mañana se sentía más fresco que otras veces y me hacía pensar que estaba entrando en un lugar que ya no era tan familiar como antes.
Mientras avanzaba tuve la sensación de que algo me acompañaba o me observaba desde los lados del camino, aunque no vi ninguna figura entre los mezquites ni escuché pasos detrás de mí, pero aun así esa sensación de presencia me siguió durante todo el trayecto.
Cuando llegué a la orilla noté que el agua corría con más fuerza en la zona profunda donde solía nadar cuando era joven, porque esa parte del río siempre había tenido un movimiento constante, pero ahora parecía ir más rápido y chocaba contra las piedras con un sonido más marcado.
Me acerqué despacio porque el suelo estaba húmedo y resbaloso por la corriente que había subido un poco durante la madrugada. Sentí que la tierra cedía ligeramente bajo mis botas y por eso avancé con cuidado hasta llegar al punto donde la profundidad comenzaba a hundirse de manera abrupta.
Tomé la piedra entre las manos mientras la mantenía envuelta en la tela y estiré los brazos para lanzarla lo más lejos posible hacia la parte más honda. La solté con un impulso fuerte y vi cómo la piedra atravesó el aire antes de caer en una zona del río donde el agua es tan oscura que no se distinguen las piedras del fondo.
En cuanto tocó el agua se hundió de inmediato sin flotar ni rodar ni rebotar contra nada, como si el agua la absorbiera sin ofrecer resistencia, lo cual me dejó inmóvil unos segundos porque no era la forma en que normalmente se hunde una piedra, aun cuando es pesada.
En el mismo instante en que desapareció bajo la superficie sentí que el aire se aligeraba alrededor de mí y que el sonido del río recuperaba su ritmo normal. La corriente ya no llevaba ese movimiento irregular que había escuchado al llegar y todo parecía volver a ser como antes.
Me quedé un momento observando el punto donde la piedra había caído porque tenía la sensación de que algo había cambiado de manera definitiva en ese instante, y aunque no podía explicarlo, sentía que lo que fuera que había traído la piedra se había quedado en el fondo del agua.
Regresé a casa con el pensamiento fijo en ese punto profundo del río y en lo que pude haber desatado al traer la piedra en primer lugar. Cuando entré a la casa encontré a mi esposa respirando mejor y con el rostro más relajado, aunque seguía débil y no tenía fuerzas para levantarse.
Le mojé la frente con un trapo fresco y le pregunté cómo se sentía, y ella dijo que por primera vez en varios días ya no sentía la presión en el estómago ni el mareo constante, lo cual me hizo pensar que quizá habíamos tomado la decisión correcta.
Durante el resto del día se mantuvo tranquila y no mencionó a la mujer embarazada, y cuando cayó la tarde la casa se sentía más ligera, con el mismo silencio habitual de siempre. Desde ese día no volvimos a ver a la mujer embarazada rondando por la casa y las noches regresaron a la normalidad, sin la sensación de que alguien observaba desde afuera.
Aunque la calma volvió, yo no volví a pasar por la parte profunda del río porque cada vez que caminaba cerca de ahí recordaba la manera en que la piedra se hundió sin resistencia. Estoy seguro de que sigue en el fondo y de que no debe tocarse nunca más porque hay cosas que es mejor dejar donde la tierra o el agua deciden guardarlas.
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Preguntas frecuentes sobre historia de terror
¿Qué representa la piedra negra del río en la historia?
La piedra negra del río funciona como desencadenante del miedo: tras traerla la casa y sus habitantes comienzan a experimentar apariciones y sonidos extraños.
¿La mujer embarazada está vinculada a la piedra negra del río?
Sí; en el relato la figura de la mujer embarazada aparece repetidamente después de que llega la piedra negra del río, sugiriendo un vínculo entre ambos.





