Mi abuelo siempre decía que no tomó la mejor decisión cuando se llevó a mi abuela sin permiso. Me contó que ella quería salirse de su casa, pero que él actuó sin pensar en las consecuencias, que lo hizo más por impulso.

rasguños en la puerta
El padre de mi abuela se dio cuenta casi de inmediato y los buscó por todo el pueblo, gritando que si regresaban los iba a sacar a golpes y que no quería volver a verlos cerca. Aquella amenaza no quedó como un simple arranque porque la familia de ella tuvo problemas durante semanas por lo que hizo mi abuelo, y esa tensión les pesó desde el principio.
En este relato, rasguños en la puerta se menciona como el lugar y el motivo del miedo de los personajes.
Lo que se cuenta sobre rasguños en la puerta se repite en el pueblo como si fuera un aviso.
Aun así, ambos decidieron alejarse, convencidos de que su única opción era empezar de cero en otro lugar. El padre de mi abuelo tenía un terreno lejos del pueblo, casi pegado al monte, y ahí había una casita de adobe que llevaba abandonada varios años.
Era una construcción sencilla, con un pequeño techo de lámina vieja, un cuarto amplio por dentro y un espacio que antes habían usado como cocina. Para llegar se necesitaba caminar o viajar en caballo durante bastante tiempo porque el camino era largo, de tierra suelta y con tramos donde apenas se distinguía por dónde seguía.
No había vecinos cerca y lo único que se escuchaba en esos rumbos era el viento entre los árboles y los animales que pasaban por ahí.
Cuando mi abuelo llevó a mi abuela por primera vez, ella se dio cuenta de inmediato de que ese lugar iba a ser solitario y que no habría nadie que pudiera ayudarlos si algo salía mal, pero aun así se quedó porque no tenía otra opción y porque confiaba en él.
Los primeros días fueron difíciles porque tenían pocas cosas, aprendieron a arreglar la casa como pudieron y se repartieron las tareas para mantener un orden. Mi abuelo salía muy temprano para ir a trabajar en un campo que quedaba a varios kilómetros de distancia, así que pasaba casi todo el día fuera y regresaba cuando empezaba a oscurecer.
Mi abuela se quedaba sola, lavaba, limpiaba o preparaba comida para la tarde, pero el aislamiento no tardó en afectarle porque estaba acostumbrada a la vida del pueblo, donde siempre había ruido o gente cerca. En esa casa, en medio del monte, lo único que la acompañaba era la sensación de estar lejos de todo.
Mi abuelo no lo entendió en ese momento porque tenía la mente ocupada con el trabajo, pero conforme pasaron las semanas ella empezó a sentirse más inquieta cuando él no estaba. Fue durante esos días que mi abuela comenzó a escuchar cosas alrededor de la casa.
Me contó que escuchaba pasos entre las hojas, resoplidos fuertes cerca de la ventana y piedras moviéndose como si alguien las pateara. Se lo mencionó a mi abuelo apenas pudo, pero él lo tomó como algo normal porque en el monte siempre hay animales que se acercan por comida o curiosidad.
Pensó en coyotes, en perros que se escapaban de otros ranchos, en tejones, incluso en algún burro perdido, así que no le dio importancia. Ella insistió porque decía que los pasos se detenían justo frente a la puerta y que el resoplido no sonaba como el de un animal chico, pero como nunca vio nada, terminó guardándose sus dudas y tratando de seguir con la rutina.
Ella dijo que el primer día que vio al coyote estaba doblando ropa afuera, justo antes de que el sol cayera. A unos metros, detrás de unas ramas, notó que algo la miraba desde el monte. Esperó que se fuera como pasa con cualquier animal que siente presencia humana, pero ese no se movió. No retrocedió, no corrió y tampoco desvió la mirada.
Permaneció ahí, con el cuerpo firme y la cabeza ligeramente baja, como si estuviera atento a cada movimiento que ella hacía. Mi abuela retrocedió hacia la puerta mientras lo observaba para asegurarse de que no se acercara, aunque lo que más le llamó la atención no fue que estuviera ahí, sino la manera en que se movió después.
En vez de darse la vuelta y perderse entre los árboles, avanzó unos pasos hacia un costado, lento y sin prisa, como si no le importara ser visto. Desde ese momento ella ya no pudo estar tranquila mientras mi abuelo trabajaba. Fue el primer encuentro que recordó toda su vida con miedo, y según lo que siempre nos dijo, ese animal nunca estuvo ahí por casualidad.
Fue el inicio de algo que marcaría esas tierras y que la acompañó durante muchos años. Mi abuela siempre repetía que los días se le hacían más largos que las noches porque la soledad pesaba más cuando el sol estaba alto y no había nada que ocupara la mente.
Mi abuelo salía antes de que amaneciera y regresaba cuando el cielo ya estaba anaranjado, así que durante casi doce horas ella se quedaba sin otra compañía que los ruidos del monte y el sonido del viento moviendo las ramas. Fue en esos días cuando el acoso empezó a escalar porque el coyote regresó una tarde y desde entonces no dejó de aparecer.
Ella decía que lo veía desde la ventana, caminando alrededor de la casa a una distancia que no era normal para un animal silvestre, como si estuviera cuidando un perímetro o buscando algo que no encontraba. Ese comportamiento se repitió varias veces.
Algunas mañanas mi abuela lo veía acostado a un lado del corral, tranquilo, como si esperara a que ella saliera, y cuando ella lo hacía él se levantaba y caminaba despacio en círculos. Nunca intentó comerse una gallina ni acercarse a la letrina ni meterse a la cocina que usaban afuera, algo que cualquier coyote haría si estuviera hambriento.
Ella le aventó piedras desde la puerta para que se fuera, pero él no retrocedió ni un paso, solo movió la cabeza hacia un lado como si buscara otro ángulo para verla mejor. Ese detalle siempre lo mencionaba mi abuela porque decía que no sentía que el animal actuara por instinto sino por intención, y eso la inquietaba más que cualquier amenaza física.
Con el paso de los días trató de ignorarlo, aunque la presencia del animal se volvía más pesada porque ya no solo la miraba a ella sino que parecía enfocarse en puntos específicos de la casa.
Mi abuela aseguraba que había momentos en los que el coyote movía las orejas hacia atrás, fijaba la mirada lejos de la ventana y se quedaba quieto, como si escuchara órdenes que venían de algún lugar del monte. Esa idea la atormentó porque entendió que no se trataba de un simple animal curioso sino de algo que actuaba de manera distinta.
No sabía explicarlo bien, pero esa conducta no parecía natural. El primer indicio claro de que había algo peor ocurrió una tarde mientras ella estaba lavando trastes. Escuchó pasos detrás de la casa, pasos que no correspondían al andar de un animal porque eran firmes y pesados, del tipo que hace una persona cuando pisa suelo de tierra.
Ella tomó valor para asomarse por la ventana lateral y no encontró a nadie moviéndose atrás, pero ahí estaba el coyote, parado junto a la pared, mirando fijamente hacia el punto donde ella había escuchado caminar. No se movió ni un segundo, ni levantó la cabeza cuando ella lo observó, como si estuviera atento a algo que ella no podía ver.
Ese día mi abuela sintió el impulso de cerrar todas las ventanas y quedarse dentro hasta que anocheció. Cuando mi abuelo regresó esa noche, ella le contó todo como pudo, intentando no sonar desesperada, pero aun así él notó el temblor en sus manos.
Al principio pensó que tal vez ella estaba cansada o demasiado sola, pero empezó a creerle cuando un par de días después, encontró marcas alrededor de la casa.
Decía que eran huellas poco profundas que rodeaban la construcción en una línea irregular, como si alguien hubiera estado caminando en círculos durante la madrugada, y lo que más lo alertó fue que estaban frescas, con la forma del pie marcada de manera clara.
Mi abuela ya se sentía intimidada antes de eso, pero después las noches se hicieron más difíciles porque la idea de quedarse sola mientras mi abuelo estaba lejos se volvió insoportable.
Ella trataba de no mostrarlo frente a él para que no dejara el trabajo, pero me confesó una vez que llegó a llorar en silencio mientras barría o mientras ordenaba la ropa, porque desde que el coyote empezó a aparecer no podía dejar de pensar que algo la estaba vigilando. No era una mujer fantasiosa ni débil.
Había enfrentado problemas serios cuando se fue de su casa, pero aun así ese animal la hacía sentirse vulnerable de una forma distinta. El momento más tenso ocurrió un mediodía cuando el coyote se acercó más de lo habitual y comenzó a rasgar la puerta con las patas. Mi abuela estaba adentro preparando comida y escuchó el golpe de las uñas contra la madera.
Se quedó quieta y pensó que el animal se alejaría, pero el rasguño se volvió más fuerte y desesperado, como si buscara abrir un hueco para entrar. Ella reaccionó empujando la mesa hacia la entrada para trabarla mientras seguía escuchando cómo la madera cedía de a poco. Me contó que sentía la vibración en el piso y que el ruido la hacía retroceder sin saber qué más hacer.
El coyote estuvo así durante varios minutos, arañando y empujando, hasta que de repente dejó de insistir y se alejó caminando como si nada. Cuando mi abuelo volvió esa tarde encontró los rasguños en la puerta y la mesa movida, y esa fue la primera vez que entendió que la situación se había salido del control de ambos.
Dijo que no podía dejar las cosas así y que necesitaba enfrentar lo que fuera que estuviera rondando la casa.
Mi abuelo siempre decía que nunca había tenido que lidiar con un animal grande antes de aquello, y que lo único que sabía hacer eran trampas sencillas para conejos y aves, así que cuando decidió enfrentar lo que rondaba la casa tuvo que improvisar con lo que tenía a la mano.
Me contó que pasó parte de la mañana cortando ramas resistentes, midiendo cuerdas viejas y juntando piedras que pudiera usar como peso. Su intención no era lastimar a nadie, sino detener al coyote el tiempo suficiente para entender qué estaba pasando, porque ya no podía ignorar los rasguños en la puerta ni el miedo de mi abuela.
Esa mezcla de urgencia y desconocimiento lo llevó a fabricar trampas rudimentarias que según él, no sabía si funcionarían, pero que tenía que intentar porque era la única manera de recuperar un poco de control sobre lo que ellos estaban viviendo.
Colocó tres trampas alrededor de la casa, una cerca del corral, otra detrás de la cocina de adobe y la última pegada a un árbol donde mi abuela había visto al coyote más de una vez. Las distribuyó pensando en los puntos donde el animal solía aparecer, observando las huellas, los caminos de tierra y las marcas frescas que había encontrado días antes.
Ató las cuerdas de manera que si un animal grande las pisaba, se tensaran y levantaran las piedras con fuerza suficiente para atraparlo por una pata o para detenerlo unos minutos. Me explicó que no era un sistema perfecto ni seguro, pero que era lo mejor que podía hacer en ese momento.
Esa tarde mi abuela se quedó sola otra vez, aunque esta vez sentía que algo distinto estaba pasando afuera porque escuchaba cómo el coyote rondaba la casa con más insistencia que antes. Caminaba sobre las hojas secas, golpeaba ramas y parecía acercarse más de lo que lo había hecho en días anteriores, pero ninguna de las trampas se accionaba.
Ella se asomó varias veces por las ventanas pequeñas, esperando ver alguna señal, pero el animal parecía evitar cada punto donde mi abuelo había trabajado. Eso aumentó la tensión porque sentía que el coyote sabía exactamente por dónde no debía pasar, como si pudiera distinguir el peligro de manera precisa.
Mi abuela dijo que esa tarde sintió un tipo de presión distinta, como si el animal estuviera probando los límites y observando la casa con más intención que antes. Hubo un momento que ella siempre recordaba, mientras barría el piso de la entrada, notó que el monte se había quedado completamente callado.
No escuchó pájaros ni insectos ni el movimiento del viento entre las ramas, y ese silencio la dejó al tanto porque sabía que los animales suelen callarse cuando algo los asusta. En ese momento, una piedra golpeó una de las paredes de adobe con un impacto fuerte que hizo vibrar la madera del marco de la puerta. No fue un ruido pequeño.
Sonó a piedra grande lanzada con fuerza desde una distancia corta, como si alguien hubiera apuntado directamente hacia la casa. Mi abuela se quedó quieta, respirando despacio, mientras intentaba escuchar si alguien se movía afuera, pero lo único que pudo distinguir fue el sonido de pasos ligeros alejándose entre la tierra.
No podía asegurar si era el coyote o algo más, y eso la inquietó más que el golpe mismo. Esa noche decidieron dormir juntos porque ambos sabían que el acoso estaba llegando a un punto que ya no podían ignorar. Mi abuelo colocó la lámpara de petróleo junto a la cama para tenerla lista si algo pasaba y dejó la escopeta recargada en un rincón donde pudiera alcanzarla rápido.
No era hombre de estar armado dentro de la casa, pero la situación lo obligó a tomar precauciones porque cada detalle indicaba que algo estaba avanzando hacia ellos. Mi abuela intentó dormir, aunque el cansancio y la tensión acumulada hacían que cualquier ruido la hiciera abrir los ojos. A medianoche escucharon cómo una de las trampas se activaba.
El sonido fue claro porque la cuerda tensada chocó con la piedra y produjo un golpe seco contra el suelo, seguido de un gruñido que retumbó entre los árboles. Luego escucharon arrastres, golpes repetidos y la respiración agitada del animal.
Mi abuelo se levantó de inmediato, tomó la lámpara, la encendió con una mano y le pidió a mi abuela que se quedara detrás de él mientras avanzaban hacia el origen del ruido. Ella caminó cerca, moviéndose con cuidado, observando la luz amarilla que se proyectaba sobre el monte.
Cuando llegaron al sitio donde habían colocado la trampa detrás de la cocina, iluminaron el terreno y vieron al coyote atrapado por una pata. La cuerda estaba tensa y la piedra levantada, deteniendo al animal sin dejarlo avanzar. Lo que más llamó su atención no fue que estuviera atrapado, sino la postura. El coyote no se retorcía ni intentaba huir ni forcejeaba para soltarse.
Permanecía quieto, respirando fuerte, con los ojos fijos hacia un punto oscuro del monte a pocos metros de la casa. No miraba a mi abuelo ni a mi abuela, no buscaba liberarse ni atacaba la cuerda. Solo observaba un espacio vacío entre los árboles, como si esperara algo.
Esa imagen los dejó en silencio porque entendieron que la trampa no había detenido el verdadero problema, sino que apenas les revelaba que había algo más moviéndose en la oscuridad. Mi abuelo siempre explicaba que la lámpara de petróleo no iluminaba mucho, apenas unos metros adelante, pero que esa luz tenue fue suficiente para mostrarles que no estaban solos en el monte.
Mientras él sostenía la lámpara y observaba al coyote atrapado, notó una sombra inmóvil a unos pasos de distancia. Levantó un poco la lámpara para aclarar la figura y entonces vio que era una mujer, de pie, observándolos desde el límite de la luz como si hubiera estado ahí desde hacía tiempo.
Mi abuela fue la primera en jalarlo del brazo porque se dio cuenta de un detalle que a él le costó aceptar en ese momento. La mujer no estaba sobre el suelo, sino suspendida unos centímetros por encima. El cuerpo permanecía rígido, sin agitar brazos ni piernas, sin buscar equilibrio ni mostrar esfuerzo. No respiraba de forma visible ni inclinaba la cabeza.
Solo estaba ahí, suspendida, sin reaccionar a la luz que la alcanzaba a medias. El coyote atrapado dejó de gruñir apenas la figura apareció. Su respiración se volvió irregular y comenzó a temblar como si la cuerda que lo retenía ya no fuera lo que lo mantenía quieto. No intentó soltarse ni girarse hacia mis abuelos.
Solo mantuvo la mirada fija hacia la mujer, igual que lo había hecho cuando estaba libre y observaba puntos invisibles del monte. Ese temblor del animal hizo que mi abuela retrocediera dos pasos porque entendió que lo que fuera que estuviera ahí no era una simple presencia humana. Lo que más asustó a mis abuelos ocurrió en ese instante.
La silueta de la mujer retrocedió sin caminar. No dobló rodillas ni inclinó el cuerpo hacia atrás, solo se deslizó en línea recta, como si la arrastraran suavemente sin tocar el suelo. El movimiento fue lento, constante y sin ruido. La lámpara mostraba cómo su figura se alejaba sin perder la postura rígida. No había un balanceo natural ni un cambio en los brazos.
Era un desplazamiento limpio, sin señales de esfuerzo. Mi abuela empezó a llorar en cuanto vio el movimiento. Se agarró del brazo de mi abuelo y tiró de él para que regresaran a la casa. Él no discutió ni trató de entender más. Caminó rápido sin dejar de mirar hacia donde la figura se movía entre los árboles. Los gruñidos del coyote se escuchaban cada vez más lejos.
Cuando llegaron a la entrada de la casa, mi abuelo empujó la puerta, metió a mi abuela, trabó la mesa contra la madera y apagó la lámpara. Pasaron la noche en vela, sentados en la cama, escuchando pasos en la tierra y gruñidos que volvían por momentos y luego se alejaban.
A veces parecía que los pasos eran de una persona caminando cerca de las paredes, y otras veces sonaban más pesados, como si fueran varios movimientos distintos alrededor. No tenían forma de saber qué estaba pasando afuera porque las ventanas eran pequeñas y no querían levantar la lámpara para revisar.
Solo se quedaron ahí, respirando despacio y esperando que la noche avanzara hasta el amanecer. Esa fue la noche en que mi abuelo decidió que no podían seguir viviendo en el monte. Entendió que lo que habían visto no iba a detenerse y que la casa ya no era un refugio seguro para ninguno de los dos.
A la mañana siguiente mi abuelo despertó con la misma sensación de que había tenido toda la noche. Apenas entró un poco de luz por la ventana, se levantó para revisar afuera y notó que había huellas alrededor de la casa, pero no sabía si eran del coyote o de algo más. Mi abuela estaba sentada en la cama. Tomaron la decisión de empacar lo poco que tenían sin perder tiempo.
Guardaron ropa, algunos utensilios, un par de mantas y la lámpara que les había acompañado desde que llegaron. No hablaron casi nada mientras recogían porque la tensión seguía presente y cada ruido del monte los hacía detenerse para escuchar. Salieron cuando el sol ya estaba un poco más alto, siguiendo el camino de tierra que llevaba al pueblo.
Mi abuelo iba adelante cargando una de las bolsas y mi abuela caminaba pegada a él, mirando hacia los lados con los ojos muy abiertos. No habían avanzado ni un kilómetro cuando escucharon ramas quebrarse entre los arbustos que seguían en paralelo al camino.
No era el paso de un animal pequeño, sino un movimiento constante que acompañaba su marcha, como si algo los siguiera manteniendo la misma distancia. No vieron al coyote en ningún momento, pero el sonido aparecía a ratos, cerca de una cañada o detrás de un tronco caído, y eso bastó para que apresuraran el paso sin atreverse a correr porque no querían mostrar miedo.
Cuando por fin llegaron al pueblo, mi abuelo decidió que lo mejor era ir directamente a la casa del padre de mi abuela. Sabía que enfrentarlo sería difícil y que desde la fuga todo había quedado pendiente, pero también sabía que necesitaban un lugar seguro donde descansar.
La tensión acumulada desde que se fueron del monte se mezcló con el temor de que el papá de ella los corriera a golpes o les cerrara la puerta. Caminaban directo hacia la entrada sin saber si recibirían ayuda o rechazo, con la esperanza de que la familia pudiera darles refugio por lo menos unos días. El padre de mi abuela salió enojado desde el momento en que los vio llegar.
La voz le temblaba de coraje y sus palabras eran las mismas amenazas que había lanzado el día en que mi abuelo se la llevó. Avanzó hacia ellos reclamando por la huida, por la vergüenza que habían causado y por el desorden que dejaron en casa.
Mi abuelo se mantuvo escuchando, dejando que el hombre descargara lo que sentía, mientras mi abuela se acomodaba detrás de él sin poder controlar el temblor de sus manos. La situación pudo haberse salido de control de inmediato, pero la abuela intervino antes de que la discusión subiera más de tono.
Ella empezó a llorar mientras explicaba lo que habían vivido esas semanas en el monte. Le contó al padre sobre el coyote que la seguía, las trampas que colocó mi abuelo, los rasguños en la puerta del adobe y la figura de la mujer suspendida en la oscuridad.
Su voz se quebraba cuando decía que no podía volver a quedarse sola en una casa tan alejada, que no se sentía segura y que lo único que quería era descansar. El padre se quedó en silencio al verlos tan alterados. No sabía qué creer porque las palabras sonaban imposibles. Después de unos minutos decidió no echarlos, aunque tampoco dijo que creyera en todo lo que contaon.
Les permitió quedarse en un cuarto del patio para que se calmaran y pensaran qué harían después. Solo abrió la puerta y dejó que descansaran.
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Recurso externo
Preguntas frecuentes sobre rasguños en la puerta
¿Qué representa el coyote que acecha en la historia?
El coyote que acecha simboliza la amenaza persistente y la soledad que acompaña a la abuela en la casa.
¿Cómo reaccionaron los personajes ante el coyote que acecha?
Al principio intentaron ignorarlo; luego colocaron trampas improvisadas para proteger la casa del coyote que acecha.
¿Son normales las huellas y el comportamiento del coyote que acecha?
La narración sugiere que las huellas y el comportamiento no son naturales; el coyote que acecha actúa con intención.





