
Entramos a ese pueblo abandonado buscando un laboratorio de drogas sintéticas y terminamos encontrando a los hombres que debíamos capturar, muertos y con heridas que jamás habíamos visto. Había camionetas con las puertas abiertas, fusiles tirados en las calles y grandes cantidades de dinero que nadie había recogido. Algunos cadáveres todavía tenían las armas en las manos, pero ni siquiera habían conseguido detener a lo que los atacó. Recuerdo especialmente a una anciana que encontramos sentada frente a su casa con sangre seca alrededor de la boca. Ortiz intentó interrogarla
y ella comenzó a reírse. Después se puso a cuatro patas y su cuerpo empezó a transformarse delante de nosotros. En aquel tiempo yo era cabo de fuerzas especiales y participaba en operaciones contra grupos criminales en distintas regiones de la sierra. Mi apellido Mendoza y formaba parte de un equipo de seis elementos bajo el mando del cabo primero Ortiz. nos habían enviado a localizar un laboratorio clandestino donde se fabricaban drogas sintéticas, asegurar las instalaciones y detener a los responsables. Los informes indicaban que varias camionetas transportaban materiales
hasta un poblado que llevaba años deshabitado, pero aquellos movimientos se habían interrumpido repentinamente. Un informante aseguró que los hombres habían abandonado el lugar sin llevarse sus pertenencias y nuestros superiores nos ordenaron investigar qué había sucedido. Ortiz tenía bastante experiencia en ese tipo de operaciones y conocía los riesgos de entrar en territorios controlados por organizaciones criminales. Nos acompañaban Salgado, Rivas, Cárdenas y Robles, todos equipados para enfrentar la resistencia armada. Durante el recorrido encontramos una camioneta detenida junto al camino con las puertas abiertas y las llaves todavía
puestas. Ortiz ordenó revisarla antes de continuar y descubrimos dos fusiles, varios cargadores y una mochila llena de dinero. En el terreno había huellas que se alejaban hacia el monte, aunque no encontramos sangre ni señales de un enfrentamiento. Dejamos constancia del hallazgo y seguimos avanzando. Al llegar al pueblo encontramos otros vehículos abandonados, uno de ellos estrellado contra una vivienda y varios atravesados en las calles. Había cajas abiertas, ropa tirada y pertenencias dispersas entre las casas. Revisamos los alrededores desde nuestra posición, pero nadie respondió a nuestras llamadas.
Ortiz decidió que continuaríamos a pie y dejó a Robles asegurando los vehículos y la ruta de salida. Salgado, Rivas y Cárdenas recibieron instrucciones de revisar un sector cercano, mientras nosotros avanzaríamos hacia la plaza manteniendo comunicación por radio y evitando separarnos demasiado. Entramos a la primera casa y encontramos comida sobre una mesa, varias mochilas abiertas y ropa abandonada. En otra vivienda descubrimos manchas de sangre que atravesaban una habitación y continuaban hasta el patio. Seguimos el rastro y encontramos cinco cortes profundos sobre una pared. Ortiz se acercó
para examinarlos y me pidió fotografías porque las marcas tenían una separación uniforme y habían arrancado bastante material. Todavía no sabíamos que las había provocado, así que revisamos la puerta de salida y descubrimos daños similares. La madera estaba atravesada por cortes largos que también habían alcanzado el marco. Ortiz me indicó que mantuviera el fusil preparado y llamó a Salgado para comunicarle el hallazgo. Nuestro compañero respondió que habían localizado armas abandonadas y sangre dentro de varias viviendas, pero hasta ese momento no habían encontrado sobrevivientes. Continuamos avanzando hacia
la plaza, atentos a las entradas de las casas. Había casquillos en el suelo y algunos muros presentaban impactos de bala. Al principio creímos que los criminales se habían enfrentado entre ellos, aunque las marcas de las paredes y las pertenencias abandonadas seguían sin tener una explicación. Encontramos el primer cadáver junto a una camioneta. Era un hombre que llevaba chaleco táctico y varios cargadores con cuatro heridas profundas que comenzaban en el hombro y continuaban hasta el abdomen. Tenía su fusil debajo del brazo y varios casquillos estaban esparcidos
alrededor. Ortiz revisó el cuerpo mientras yo vigilaba las casas cercanas. Más adelante descubrimos a otro hombre detrás de un puesto con la espalda abierta por varios cortes. Había perdido mucha sangre y todavía sujetaba una pistola. Continuamos revisando la plaza y encontramos otros tres cadáveres con lesiones semejantes. Uno estaba debajo de un vehículo, otro había quedado junto a la entrada de una vivienda y el último tenía el arma apuntando hacia una pared llena de impactos. En el suelo encontramos cargadores vacíos y manchas de sangre que continuaban
hacia distintas direcciones. Me acerqué a Ortiz y revisamos nuevamente las heridas, pero ninguno de aquellos hombres presentaba impactos de bala que explicaran su muerte. Los cortes eran profundos y coincidían con las marcas encontradas en las casas. Mi compañero decidió que debíamos reunir al equipo antes de continuar investigando. Mientras Ortiz hablaba por radio, escuché el movimiento de una mecedora frente a la plaza. Miré hacia una vivienda y descubrí una anciana sentada junto a la entrada. tenía la cabeza inclinada, las manos apoyadas sobre las piernas y permanecía
inmóvil entre cada movimiento de la silla. Le indiqué su posición a Ortiz y nos acercamos manteniendo las armas preparadas. Mi compañero se identificó como militar y le ordenó levantar las manos. La mujer obedeció lentamente, dejando ver unas uñas largas y oscuras, además de manchas de sangre seca en los dedos. Ortiz le preguntó si estaba herida y en dónde estaban las demás personas. La anciana levantó el rostro y vimos que también tenía sangre alrededor de la boca. Nos observó durante varios segundos sin responder y después comenzó
a reírse con una voz grave. Mi compañero volvió a ordenarle que permaneciera quieta mientras yo mantenía el fusil dirigido hacia ella. La mujer dejó de mover la silla, se inclinó hacia delante y apoyó las manos sobre el suelo. Entonces escuchamos varios crujidos que salían de su espalda. Los brazos comenzaron a alargarse y el vestido se rompió cuando su columna se estiró. La anciana dobló las piernas hasta quedar a cuatro patas mientras sus dedos se deformaban y las uñas se hundían en la madera. Retrocedimos sin bajar
las armas. Su cabeza comenzó a cambiar. La mandíbula se proyectó hacia delante y los primeros mechones de pelo negro aparecieron sobre sus brazos. Ortiz levantó la escopeta y apuntó directamente hacia ella. La anciana abrió la boca, dejó escapar un gruñido y continuó transformándose frente a nosotros. La transformación continuó frente a nosotros. La espalda de la anciana terminó de estirarse. El vestido cayó hecho pedazos. y sus extremidades adquirieron una forma completamente distinta. El pelo negro le cubrió el pecho, los brazos y la cabeza, mientras la mandíbula
se alargaba hasta formar un hocico lleno de dientes afilados. Sus ojos adquirieron un color rojo intenso y las manos terminaron convertidas en enormes garras. Ortiz y yo retrocedimos sin bajar las armas, observando aquella criatura que ahora ocupaba casi todo el porche. Cuando levantó la cabeza, abrió la boca y soltó un gruñido que escuchamos claramente desde la calle. Ortiz mantuvo la escopeta apuntando hacia ella y le ordenó que permaneciera donde estaba. La bestia avanzó sobre cuatro patas, apoyándose con fuerza contra el suelo y de pronto saltó
hacia nosotros. Mi compañero le disparó antes de que consiguiera alcanzarnos y el impacto destrozó parte de una de sus patas delanteras. El animal cayó contra un soporte del porche, pero consiguió incorporarse y recibió un segundo disparo en el costado. Vi la sangre salir de ambas heridas, aunque continuó avanzando hasta en vestir a Ortiz, que salió despedido contra la entrada de la vivienda. La puerta se dio con el golpe y mi compañero cayó dentro de la casa. La criatura entró detrás de él antes de que pudiera
recuperar el equilibrio. Escuché sus gritos y corrí hacia la entrada con el fusil preparado. Ortiz estaba tirado contra una pared con una de las patas del animal presionándole el pecho mientras las mandíbulas intentaban alcanzarle el cuello. Me coloqué junto al marco y esperé a que la cabeza quedara separada de mi compañero para disparar una ráfaga. Varios impactos alcanzaron la espalda de la bestia que soltó a Ortiz y giró inmediatamente hacia mí. Volví a disparar mientras retrocedía, pero la criatura se lanzó hacia un costado y después
me atacó con las garras. Conseguí apartarme del primer golpe que arrancó parte de la pared, aunque el siguiente me obligó a retroceder hasta chocar con una mesa. Perdí el equilibrio y caí encima de ella, rompiéndola con mi peso. Antes de incorporarme, el animal me lanzó otro zarpazo que alcanzó mi chaleco, me cortó las correas laterales y desplazó parte de la protección. rodé hacia la pared para evitar que me mordiera y conseguí levantar el fusil nuevamente. Disparé contra su hombro y logré hacerlo retroceder, pero al intentar
levantarme, descubrí que tenía varios cortes profundos en el muslo derecho. La sangre comenzaba a empaparme el pantalón y cada movimiento me provocaba un dolor intenso. Ortiz había conseguido sentarse y buscaba su escopeta que permanecía cerca de la entrada. Le indiqué que intentara salir mientras yo mantenía al animal ocupado. Mi compañero comenzó a arrastrarse utilizando el brazo izquierdo porque el derecho se había quedado lesionado durante la embestida. La criatura escuchó sus movimientos y se volvió hacia él. Intenté detenerla con otra ráfaga, pero el fusil presentó una
falla de alimentación y dejó de disparar. Antes de que pudiera corregirla, la bestia alcanzó a Ortiz, lo derribó nuevamente y le sujetó la pierna con las mandíbulas. Mi compañero gritó mientras trataba de liberarse, golpeando al animal con el brazo sano. Dejé el arma, recogí una tabla de la mesa destrozada y le golpeé la cabeza con todas mis fuerzas. La madera se partió, pero conseguí que soltara a Ortiz. Entonces giró hacia mí y me lanzó violentamente contra una pared. El impacto me dejó sin aire y tardé
varios segundos en recuperar el control del cuerpo. Cuando conseguí levantar la cabeza, vi que Ortiz había sacado su pistola y estaba disparando con la mano izquierda. Alcancé a distinguir dos impactos cerca del cuello del animal, pero este continuó avanzando hasta golpearle el brazo y hacer que perdiera el arma. Mi compañero quedó atrapado junto a una esquina con la pierna herida y dificultades para incorporarse. Intenté buscar mi radio, pero la encontré debajo de unos muebles con la carcasa rota y sin poder comunicarme. Desde el exterior escuché
a Salgado llamándonos. Los demás habían oído los disparos y estaban acercándose a la plaza, aunque todavía no podían vernos desde la calle. Intenté gritar nuestra ubicación, pero la criatura volvió la cabeza hacia mí y tuve que detenerme. Seguía de pie sobre tres patas con la extremidad delantera herida y tenía sangre en el hocico. Ortiz golpeó el suelo para distraerla y consiguió atraer nuevamente su atención. Vi que la bestia avanzaba hacia él mientras mi compañero intentaba alejarse utilizando el brazo que todavía podía mover. Busqué algo que
pudiera utilizar y descubrí mi mochila junto a la entrada. Había caído ahí durante el primer ataque y todavía contenía parte de mi equipo de rapel. Me arrastré hasta alcanzarla y saqué un cable de acero flexible que llevaba enrollado. Tenía las manos lastimadas, pero conseguí sujetarlo por ambos extremos y levantarme apoyándome contra la pared. La criatura permanecía inclinada sobre Ortiz, intentando alcanzarle el rostro con los dientes. Avancé lentamente por detrás, arrastrando la pierna herida para evitar perder el equilibrio. Cuando estuve suficientemente cerca, vi que Ortiz ya
no conseguía apartar las mandíbulas de su cuello. La bestia bajó la cabeza para morderlo y aproveché ese movimiento para pasarle el cable alrededor de la garganta. Crucé los extremos detrás de su nuca y tiré con todas mis fuerzas, apoyando el peso del cuerpo hacia atrás. El animal levantó violentamente la cabeza, soltó a mi compañero y comenzó a sacudirse para liberarse. Intenté mantener los pies firmes, pero su primer tirón me arrastró varios pasos y terminé golpeándome contra la pared sin soltar el acero. El golpe contra la
pared me dejó un dolor intenso en el hombro izquierdo, pero conseguí mantener el cable sujeto alrededor del cuello de la criatura. El animal comenzó a sacudirse con tanta fuerza que apenas podía conservar el equilibrio. Intentó girar la cabeza para morderme y tuve que echar el cuerpo hacia atrás, utilizando todo mi peso para impedir que se liberara. Tenía las manos lastimadas y el acero se comenzaba a resbalar entre mis dedos. Aún así, seguía apretando mientras la bestia retrocedía y golpeaba los muebles, tratando de alcanzarme con sus
enormes garras. Una de sus patas delanteras consiguió alcanzarme la pierna izquierda y me abrió varios cortes cerca de la rodilla. Intenté apartarla, pero volvió a golpearme y esta vez me hirió el muslo derecho donde ya estaba sangrando. El dolor me hizo perder fuerza durante un instante y el cable comenzó a aflojarse. Conseguí recuperar el agarre antes de que pudiera girarse completamente. Ortiz permanecía junto a la pared con el brazo derecho inmóvil y la pierna ensangrentada. Alcancé a escucharlo cuando me pidió que resistiera, aunque él mismo
apenas podía mantenerse consciente. La criatura se levantó sobre las patas traseras y me obligó a incorporarme con ella. Intenté apoyar los pies, pero las heridas me impedían sostener el peso y terminé arrastrado hacia un mueble. Recibí otro golpe en el hombro y sentí que la mano izquierda comenzaba a fallarme. El animal aprovechó para girar parcialmente la cabeza y sus dientes quedaron muy cerca de mi brazo. Tiré nuevamente del cable, retrocedí cuanto pude y conseguí hacerle perder el equilibrio. Caímos juntos sobre el suelo, donde mantuve la
presión mientras buscaba una posición que me permitiera resistir. quedé detrás de su espalda con una pierna apoyada contra el suelo y la otra extendida para mantenerla lejos de sus garras. El animal intentó levantarse varias veces, pero cada movimiento me permitía tensar nuevamente el acero. Sus gruñidos empezaron a debilitarse y la respiración se volvió más difícil. Todavía conseguía golpear el piso y arrastrarme algunos centímetros, por lo que mantuve el agarre sin acercar el rostro a sus mandíbulas. Tenía sangre en los guantes, los brazos completamente agotados y
un dolor constante en ambas piernas. Sabía que soltarlo significaba dejar nuevamente a Ortiz a su alcance. Continué sujetándolo hasta que sus movimientos comenzaron a perder fuerza. La criatura golpeó varias veces el suelo con las patas traseras, arqueó el cuerpo e intentó levantar la cabeza por última vez. Apreté cuanto pude y sentí que dejaba de resistirse. Sus extremidades comenzaron a contraerse, los gruñidos desaparecieron y finalmente quedó inmóvil. Permanecí detrás de ella sin aflojar el cable hasta comprobar que había dejado de respirar. Entonces noté que su cuerpo
estaba cambiando de tamaño y me aparté lentamente, manteniendo la vista sobre su cabeza. El pelo negro comenzó a desprenderse y las extremidades recuperaron su forma humana. El hocico se acortó, los dientes cambiaron y la espalda volvió a encogerse hasta que tuve delante el cuerpo de la anciana que habíamos encontrado en el porche. Conservaba las heridas de bala en el torso, tenía el brazo destrozado y una marca profunda alrededor del cuello. Me acerqué para comprobar sus signos vitales y confirmé que estaba muerta. Ortiz me preguntó si
la criatura había dejado de moverse y le respondí que sí. Permanecimos vigilando el cadáver mientras esperábamos que llegaran nuestros compañeros. Salgado, Ribas y Cárdenas entraron poco después, alertados por los disparos y nuestros gritos. Nos encontraron heridos con la habitación destruida y el cuerpo de la mujer tendido cerca de nosotros. Salgado comenzó a atender la pierna de Ortiz mientras Ribas revisaba mis heridas. Les conté lo sucedido y les señalé los cortes que había dejado el animal en las paredes. Cárdenas mantuvo su arma preparada mientras revisaban el
cadáver. Ortiz insistió en que debíamos quemarlo antes de abandonar el lugar, porque ninguno podía asegurar que aquella transformación fuera definitiva. Yo apoyé su decisión y pedí que primero documentaran el hallazgo. Después de tomar fotografías, nuestros compañeros sacaron el cuerpo hasta un terreno despejado y reunieron madera para preparar una pira. Robles llevó combustible recuperado de uno de los vehículos abandonados y ayudó a encenderla. Ortiz y yo observamos desde donde nos habían dejado sentados mientras las llamas envolvían el cadáver. Permanecimos ahí hasta comprobar que el fuego continuaba
consumiéndolo, pero tuvimos que retirarnos antes de que terminara de arder. Mi compañero estaba perdiendo sangre y yo necesitaba atención médica urgente. Los demás nos ayudaron a llegar hasta los vehículos y abandonamos el pueblo sin encontrar el laboratorio. Durante el traslado, Ortiz perdió el conocimiento y Salgado tuvo que seguir atendiendo sus heridas. Ambos terminamos hospitalizados. Mi compañero necesitó una operación en la pierna y pasó varios meses recuperándose mientras yo recibí tratamiento por los cortes y la lesión del hombro. Entregamos las fotografías y un informe donde quedaron
registrados los cadáveres, las armas abandonadas y nuestro enfrentamiento con una criatura que no pudimos identificar. Nunca recibimos una explicación oficial de lo sucedido. Tiempo después hablé nuevamente con Ortiz. y acordamos que jamás regresaríamos a aquella zona de la sierra. Todavía recuerdo la cantidad de armas y dinero que encontramos abandonados, además de los hombres que murieron intentando defenderse. Aquellos criminales dispararon, buscaron refugio y dejaron atrás todo lo que tenían para escapar. Nosotros vimos sus cadáveres y continuamos avanzando hasta encontrar a la responsable sentada frente a su
casa. Ortiz y yo conseguimos sobrevivir, pero estuvimos a punto de terminar junto a los demás. Nunca olvidaré que aquella anciana comenzó a reírse cuando le apuntamos con nuestras armas. Había matado a los hombres que ocupaban el pueblo y permaneció ahí esperando a los siguientes. Y esa vez llegamos nosotros. Esto ocurrió en la Sierra de Guerrero durante una operación de reconocimiento en la que participé como sargento segundo de infantería. Estaba agregado a un equipo de cuatro elementos de fuerzas especiales. El jefe era el teniente Montelongo. Ugalde
era nuestro tirador designado. Alcázar llevaba comunicaciones y material médico y yo cerraba el grupo durante los desplazamientos. La orden oficial era localizar un posible campamento de cultivo ilícito cerca de San Miguel de la Cruz, un poblado abandonado. Antes de salir, Montelongo recibió un sobre separado del resto de la documentación, lo leyó y nos explicó que también debíamos revisar el pueblo, buscar señales de ocupación reciente y recuperar documentos, radios, teléfonos o cualquier muestra de interés para inteligencia. Alcázar preguntó qué tipo de muestras buscábamos. Montelongo respondió que
la orden no lo especificaba. El documento venía de una sección del Estado Mayor que ninguno de nosotros reconoció, pero el teniente lo guardó y nos dijo que trabajaríamos con el procedimiento normal. Nos dejaron a varios kilómetros del objetivo porque el vehículo ya no podía seguir. Avanzamos a pie con distancia entre cada hombre y revisando los lados del sendero. Vimos rastros viejos de ganado y caminos usados tiempo atrás. Encontramos la primera re cerca de un arroyo seco. Estaba muerta con el abdomen abierto y varios órganos ausentes.
Había crecido entre ganado y conocía las marcas que dejan perros, coyotes y otros animales. Nos dijo que no veía mordidas ni desgarros alrededor de la herida y señaló el corte limpio y continuo. Al cázar tomó fotografías. Montelongo ordenó no mover el cuerpo y seguimos. Más adelante encontramos otra red con lesiones parecidas, esta vez con parte del pecho abierto. Tampoco había mordidas ni restos dispersos. El teniente cambió la formación y nos hizo avanzar con más atención. Llegamos a San Miguel durante la tarde. Era un poblado pequeño
con casas vacías y una escuela. No encontramos personas ni vehículos. Tampoco había sembradíos cerca. Registramos el pueblo por parejas. En una casa encontramos restos de una fogata y basura reciente. En otra sangre seca sobre una mesa, pelo de ganado y varios cuchillos. No había documentos ni objetos personales que permitieran saber quién había usado el lugar. Cerca de un corral encontramos un becerro muerto con el abdomen abierto de la misma forma que los animales del camino. Ugalde dijo que quien hubiera hecho esos cortes sabía manejar animales
y herramientas. Montelongo le ordenó no sacar conclusiones y terminar el registro antes de oscurecer. La extracción estaba prevista para la mañana siguiente, así que decidimos pasar la noche en la escuela. Alcázar consiguió comunicación y reportó que San Miguel estaba vacío, que no habíamos localizado el campamento y que habíamos encontrado tres animales muertos. El operador nos ordenó permanecer en el lugar y continuar el reconocimiento. Al amanecer, Montelongo preguntó si debíamos tomar muestras de los cuerpos. La respuesta fue que no los tocáramos y que confirmáramos si las
heridas estaban en abdomen y pecho. Recuerdo que los cuatro volteamos a ver a Alcázar. Él todavía no había mencionado por radio dónde estaban los cortes. Montelongo tomó el equipo, preguntó cómo conocían ese detalle y pidió la identificación del operador. La señal se perdió antes de que recibiera una respuesta. Alcázar intentó restablecer el enlace, pero solo consiguió fragmentos de transmisión. Con la noche encima organizamos la guardia. Ugalde y yo cubrimos primero el lado del bosque mientras Montelongo y Alcázar permanecían dentro. Después escuchamos movimiento entre los árboles,
primero a nuestra izquierda y luego más al frente. Ugalde levantó el fusil y miró por la mira de visión nocturna. Le pregunté qué tenía. no contestó de inmediato. Siguió algo con el arma y entonces me dijo que veía a un hombre sin ropa. Le pregunté si llevaba algo en las manos y dijo que no podía verlo bien. Unos segundos después movió el fusil hacia otro punto y dijo que el hombre había bajado el cuerpo, apoyado las manos en el suelo y seguido avanzando entre los árboles.
Llamé a Montelongo. El teniente tomó el visor y alcanzó a ver la figura cuando cruzó una zona descubierta, luego la perdió detrás de la pendiente. Ugalde insistió en que era el mismo hombre y señaló dos puntos separados por una distancia considerable. Montelongo ordenó despertar a Alcázar y mantener las cuatro armas cubriendo sectores distintos. Yo seguí observando el borde del bosque. No veía nada, pero escuchaba ramas y hojas secas a intervalos. Unos minutos después, una piedra golpeó la pared de la escuela y casi enseguida cayó otra
desde el lado contrario. Nadie salió. Montelongo ordenó esperar una identificación clara antes de disparar. Alcázar consiguió informar que había una persona moviéndose alrededor del pueblo y pidió adelantar la extracción. Desde el puesto de mando respondieron que revisarían la solicitud. La actividad alrededor de la escuela continuó. Ugalde reportó movimiento dos veces más cerca de los límites del pueblo, pero no tuvo un blanco claro. Después escuchamos un animal bramar detrás de las casas. El sonido duró unos segundos y terminó de golpe. Montelongo dijo que nadie saldría a
revisar hasta que hubiera luz. Poco después oímos pasos sobre tierra junto a uno de los costados de la escuela. Avanzaron varios metros, se detuvieron y volvieron a escucharse más lejos. Ugalde intentó seguirlos con la mira. Yo revisé el lado del camino y Alcázar cubrió la parte trasera. Los pasos regresaron desde otra dirección. La persona que estaba afuera se mantenía en movimiento, usaba las casas, los árboles y las pendientes para quedar fuera de nuestra vista. Y cada vez que creíamos tener una dirección definida, aparecía ruido desde
otro punto. Hasta ese momento podíamos explicar cada cosa por separado. Un hombre escondido en la sierra, alguien acostumbrado a moverse de noche, una persona que conocía el pueblo mejor que nosotros. Lo que ya no podíamos ignorar era que alguien había seguido nuestros movimientos desde la llegada y conocía la posición que habíamos elegido. Montelongo decidió sacar al equipo de la escuela porque nuestra posición ya estaba expuesta. Habíamos entrado al pueblo por una sola ruta, registrado varias casas a plena luz y terminado la tarde dentro del edificio
más visible de la zona. Si alguien llevaba tiempo observándonos, sabía dónde estábamos y desde qué puntos podía acercarse. La orden fue movernos hacia una elevación al sur y mantenernos ahí hasta tener suficiente luz para continuar. Salimos juntos con Ugalde al frente, Montelongo detrás, Alcázar en tercer lugar y yo cerrando la formación. Avanzamos sin lámparas y usamos visión nocturna cuando fue necesario, procurando no abrir demasiado la distancia entre nosotros. Durante los primeros minutos no vimos nada. A mitad del recorrido escuchamos movimiento a nuestra izquierda. Ugalde se
detuvo y apuntó hacia los árboles. Alcázar y yo cubrimos los otros sectores. Y Montelongo observó durante varios segundos antes de ordenar que siguiéramos. No había una silueta clara. Un poco más adelante encontramos una piedra grande en medio del sendero. Ninguno recordaba haberla visto durante el día. Ugalde dijo que alguien la había colocado para marcar nuestra ruta. Montelongo respondió que no teníamos forma de saberlo y ordenó continuar. Llegamos a la elevación y establecimos una posición temporal. Colocamos avisos simples en los pasos más accesibles usando material que
hiciera ruido si alguien cruzaba. Uno sonó poco después. Ugalde cubrió ese lado y Montelongo utilizó el visor térmico. Detectó una figura agachada a cierta distancia, la siguió unos segundos y la perdió detrás de unas piedras. Casi enseguida escuchamos ruido en el sector contrario. Ugalde dijo que tenían que ser dos personas. Montelongo señaló que el terreno bajaba alrededor de nuestra posición y que había pasos que nosotros no conocíamos. Mientras seguíamos cubriendo los accesos, una piedra golpeó el casco de Alcázar. El impacto lo hizo agachar la cabeza
y todos giramos hacia la pendiente. Ugalte detectó movimiento cuesta abajo y dijo que era el mismo hombre que había visto cerca de la escuela. Esta vez yo también lo alcancé a observar con visión nocturna. Era una figura humana, delgada, sin ropa, moviéndose muy baja sobre el terreno. En algunos tramos apoyaba las manos para bajar con más rapidez. No pude distinguir la cara ni calcular su edad. Vi que entraba y salía de nuestra vista usando árboles, desniveles y piedra. Montelongo ordenó un disparo hacia tierra como advertencia.
Ugalde disparó y la figura desapareció. Nos quedamos atentos a ese sector, pero el siguiente movimiento llegó por detrás. Alcázar giró primero y recibió un golpe que lo hizo caer. Ugalde disparó hacia una silueta que pasó entre las piedras. Yo fui hacia Alcázar y le revisé la pierna. tenía una herida profunda en la parte posterior del muslo. El corte había atravesado el uniforme y sangraba bastante, pero podía mover la pierna y no encontramos señales claras de una lesión arterial. Le hicimos un vendaje y volvimos a intentar
comunicación. La radio seguía entrando por momentos y después se perdía. Montelongo decidió regresar al pueblo con Alcázar herido, avanzar hasta el punto de extracción por terreno abierto, podía tomarnos varias horas. Ugalde se opuso y dijo que volver era meternos otra vez en un lugar que el atacante ya conocía. El teniente mantuvo la orden. Empezamos el regreso despacio con Alcázar apoyándose en mí. Cada ruido nos obligaba a detenernos, revisar y volver a movernos. Ugalde miraba con frecuencia hacia atrás y en dos ocasiones dijo haber visto al
hombre entre los árboles. Yo no lo vi y Montelongo tampoco confirmó movimiento. Cuando ya estábamos cerca del pueblo, Ugalte se separó varios pasos de la formación. dijo que había visto algo junto a una casa y que podía buscar un mejor ángulo desde un costado. Montelongo le ordenó regresar. Ugalde obedeció, aunque insistió en que seguir juntos nos hacía fáciles de seguir. El teniente respondió que dividirnos le daba al atacante una oportunidad mejor. Continuamos hasta la escuela. Dentro atendimos otra vez la pierna de Alcázar. El sangrado estaba
controlado, pero ya caminaba con dificultad. Montelongo trató de establecer comunicación desde otro punto del edificio. Yo me quedé con Alcázar y Ugalde cubrió el exterior. Entonces Ugalde volvió a detectar movimiento detrás de una casa. Salió unos metros para mejorar el ángulo. Montelongo le ordenó regresar, pero Ugalde respondió que tenía al sujeto cerca y siguió avanzando. Escuchamos un disparo y después otro. Montelongo y yo salimos hacia su última posición. Alcázar se quedó en la escuela porque no podía seguirnos al mismo paso. Encontramos un cargador de Ugalde
en el suelo y una marca de sangre cerca del camino. Seguimos las huellas de sus botas hasta el límite del pueblo. Continuaban varios metros y después se perdían entre piedra y vegetación. Montelongo quería avanzar, pero le recordé que Alcázar estaba solo y nos detuvimos. Ugalde podía estar herido a poca distancia, pero seguirlo significaba dejar nuevamente a otro hombre aislado. El teniente decidió volver. Alcázar seguía dentro. Le contamos que habíamos encontrado sangre y que no sabíamos si era de Ugalde. Permanecimos ahí durante el resto de la
noche mientras continuaban los ruidos alrededor de la escuela. Escuchábamos pasos, ramas moviéndose y piedras desplazadas en distintos puntos, pero nunca hubo un intento directo de entrar. Cada vez que dirigíamos la atención hacia un sector, el siguiente ruido aparecía desde otro lado. Montelongo mantuvo a cada uno cubriendo un acceso y dejó claro que nadie volvería a salir solo. Recuerdo que Alcázar dijo que podía tratarse de un hombre que llevaba años viviendo en la zona y conocía cada paso de la sierra. Montelongo respondió que también podían ser
varios. Yo no tenía una respuesta. Seguía pensando en los animales encontrados durante el día, en los cortes limpios y en la forma en que Ugalde había descrito al hombre desde el primer avistamiento. Ahora Ualde estaba fuera, herido o perdido, y nosotros teníamos que esperar hasta que hubiera luz, sin saber desde qué punto volvería a acercarse, quien seguía moviéndose alrededor del pueblo. Antes de amanecer, Montelongo decidió que saldríamos de San Miguel. Alcázar estaba herido. Ugalde seguía desaparecido y la radio no nos daba una comunicación estable. Así
que bajamos por una ruta secundaria que aparecía en el mapa y llevaba hacia una pista más abierta. Salimos con poca luz. Al cazar caminaba apoyado en mí. Montelongo cubría la retaguardia y avanzábamos despacio, atentos a los lados del sendero. Durante un buen tramo no escuchamos nada. Después de tantas horas oyendo pasos, ramas y piedras alrededor del pueblo, aquel silencio nos obligaba a seguir mirando igual. Fue entonces cuando encontramos a Ugalde sentado junto a un árbol fuera del camino. Conservaba el fusil, tenía sangre en las manos,
una lesión en el hombro y le faltaba parte del equipo. Estaba consciente, aunque tardó unos segundos en reaccionar, cuando Montelongo lo llamó por su apellido. El teniente se acercó a revisarlo mientras yo me quedaba con Alcázar. Ugalde contó que había seguido al hombre después de verlo pasar detrás de una casa. Al llegar al límite del pueblo, perdió contacto visual, escuchó movimiento a su derecha y disparó. Poco después recibió un golpe en el hombro y cayó por una pendiente. Cuando intentó regresar, volvió a escuchar movimiento delante
de él. Cambió de dirección y el ruido apareció otra vez más arriba en un paso distinto. Montelongo le preguntó si había vuelto a verlo de cerca. Ugalde respondió que solo había alcanzado a distinguir partes del cuerpo entre árboles y piedras. Cada vez que trataba de subir hacia el pueblo, el hombre utilizaba otro sendero y le cerraba el paso. No desaparecía frente a él ni surgía de la nada. Simplemente conocía rutas que nosotros no habíamos visto durante el reconocimiento. Ugalde terminó perdiendo la orientación y decidió quedarse
quieto hasta que hubiera más luz. No sabía si alguno de sus disparos había alcanzado al hombre. Revisamos su hombro, controlamos la herida y seguimos avanzando. Ya estábamos otra vez los cuatro, pero Alcázar caminaba con dificultad y Ugalde estaba agotado. Montelongo mantuvo la formación cerrada y ordenó que nadie se separara por ningún motivo. Más adelante llegamos a una zona estrecha del descenso con poca visibilidad hacia los costados. Escuchamos movimiento al frente y nos detuvimos. Ugalde levantó el fusil. Yo miré hacia la izquierda y vi una figura
cruzar detrás de un árbol. Esta vez estaba más cerca. Pude confirmar que era un hombre desnudo, muy delgado, con uñas largas y mucho pelo en su cuerpo, con el cuerpo inclinado hacia delante. Bajaba por una parte pronunciada del terreno y apoyaba las manos para mantener velocidad. No distinguí bien la cara. Ugalde sí logró seguirlo con la mira y disparó. La figura cayó detrás de la vegetación y esperamos varios segundos antes de avanzar. Montelongo y yo fuimos hacia ese punto mientras Ugalde permanecía con Alcázar. Encontramos sangre
sobre unas hojas y una marca de impacto en un árbol. El rastro continuaba cuesta abajo durante varios metros y terminaba en una pendiente donde la vegetación se cerraba. No encontramos el cuerpo. Montelongo revisó hacia abajo y pensó en continuar, pero Ugalde le pidió que no bajáramos. Teníamos dos heridos. Seguíamos lejos de la pista y no sabíamos si el hombre estaba solo. El teniente aceptó, así que retomamos la marcha sin seguir el rastro. Durante el resto del descenso, escuchamos movimiento detrás de nosotros varias veces. No volvimos
a tener una figura completa a la vista. Cuando nos deteníamos, el ruido desaparecía y cuando retomábamos el paso, regresaba después de unos minutos. Nadie volvió a disparar. Montelongo prefería conservar munición y evitar que uno de nosotros saliera detrás de un movimiento que podía alejarnos del grupo. Con la llegada de la luz, los ruidos terminaron. Seguimos hasta la pista y desde ahí Alcazar consiguió establecer comunicación. La respuesta llegó rápido porque la extracción estaba prevista para esa mañana. Montelongo informó que teníamos dos hombres heridos, contacto con un
agresor y rastros de sangre que podían pertenecerle. Solicitó evacuación y pidió que otro equipo regresara a San Miguel para revisar el pueblo. Le confirmaron la extracción, pero rechazaron el envío de otro grupo. Preguntó quién había dado esa orden y no recibió una respuesta concreta. El helicóptero llegó y nos sacaron de la zona. Alzaar recibió tratamiento por la herida del muslo. A Ugal atendieron el hombro, varios golpes y la deshidratación. Después nos separaron para tomar declaración. El hombre que me interrogó empezó con preguntas sobre la ruta,
el pueblo y el contacto que habíamos tenido. Luego preguntó de qué forma se desplazaba el individuo cuando bajaba por terreno inclinado y quiso saber si a los animales encontrados durante el avance les faltaban órganos del abdomen y del pecho. Yo todavía no había redactado mi informe y esos detalles tampoco habían salido completos por radio. Le pregunté de dónde los había obtenido. me dijo que respondiera únicamente lo que había visto. Al terminar, encontré a Montelongo fuera del área de entrevistas. Me preguntó si también me habían hablado
de los animales y de la forma de desplazarse del hombre. Le dije que sí. Al recibió preguntas similares y Ugalde no quiso comentar su interrogatorio. Ese mismo día redactamos nuestras declaraciones por separado. Incluimos los animales muertos, el hombre sin ropa, la lesión de Alcázar, la desaparición temporal de Ugalde, los disparos y la sangre encontrada durante el descenso. Dos días después nos entregaron una versión resumida para firmar. Ahí la misión figuraba como reconocimiento en una zona con posible actividad delictiva y nuestras lesiones quedaban relacionadas con un
agresor no identificado. Habían eliminado la descripción del hombre, su forma de desplazarse y cualquier referencia a las preguntas que nos hicieron después de la extracción. Montelongo se negó a firmar al principio y pidió saber quién había modificado el documento. Un superior le respondió que parte de la información había pasado a otra investigación y que no debía permanecer en nuestro informe operativo. No nos dieron acceso a esa investigación. Con el tiempo nos mandaron a unidades distintas. Alcázar siguió en servicio varios años. Ugalde dejó de hablar del
tema y terminó sosteniendo que habíamos enfrentado a un hombre acostumbrado a vivir en esa sierra, alguien que conocía senderos que nosotros no conocíamos y sabía utilizar la oscuridad y el terreno para acercarse. Montelongo nunca quedó conforme con esa explicación. Antes de que el helicóptero abandonara la zona, vi una persona cerca de la línea de árboles. Estaba lejos, de pie y sin movimiento. No pude distinguir la cara. Le indiqué el punto a Ugalde. Pero cuando miró, la persona ya había entrado entre los árboles. Informamos lo que
había visto y la orden fue continuar la extracción. Nunca regresamos a San Miguel. La versión que terminamos firmando dice que encontramos indicios de actividad ilícita. Tuvimos contacto con un agresor no identificado y salimos de la zona por razones médicas. Eso fue lo que quedó en el informe, pero no fue lo que pasó. Todavía recuerdo esa tarde con claridad porque desde que llegamos el pozo quedó ahí a un lado del terreno donde montamos la base quieto, abierto y sin uso. Mientras nosotros levantábamos las tiendas, bajábamos el
equipo y revisábamos lo necesario para pasar la noche. Nadie habló de él al principio, nadie se acercó tampoco. una parte más del lugar hasta que llegaron unos hombres del pueblo con material y uno de ellos, ya mayor, lo señaló sin rodeos y nos dejó una advertencia muy precisa. De día se podía sacar agua, después de medianoche no. El sargento le preguntó cuál era el problema y el hombre respondió de frente. Dijo que una bruja bebía primero, que después de esa hora el agua ya no era
para nadie, que no lo tomáramos a juego. El sargento quiso que hablara claro, le pidió una razón concreta, contaminación, un animal muerto, cualquier cosa que se pudiera revisar, pero el hombre repitió lo mismo. dijo que ya habían avisado antes, que el que no hacía caso terminaba mal y se fue. Luna oyó todo y desde ese momento empezó con las bromas. era de esos hombres que siempre buscaban quedar por encima del resto, delante del mando y delante de la tropa. Así que tomó la advertencia como una
oportunidad para lucirse. Mientras trabajábamos, repitió varias veces que en cada pueblo salía alguien con historias viejas para meter miedo, que seguro el pozo tenía basura, lodo o un animal en el fondo nada más. Lo dijo una vez, luego otra, hasta que dejó de tener gracia. Nosotros lo escuchábamos a medias, no porque creyéramos lo del pueblo, sino porque seguíamos ocupados, cada quien en lo suyo, con ganas de terminar y sentarnos un rato. Ya de noche cenamos rápido, hubo una falla de luz y nos quedamos con lámparas,
así que la parte del pozo quedó fuera de vista, apenas marcada por la oscuridad. Estábamos guardando unas cosas cuando Luna volvió al tema, esta vez con más ganas de hacerse notar. Dijo que iba a sacar agua en cuanto pasara la medianoche, que así se iba a acabar el cuento de una vez y todos veríamos que no había nada. El sargento le ordenó que lo dejara, que nadie necesitaba probar nada, pero Luna siguió, se rió, tomó una lámpara y caminó hacia el pozo sin esperar permiso. El
sargento soltó una maldición y fue detrás de él. Yo fui también con otros dos porque dejarlo solo era peor y porque ya sabíamos que después iba a decir otra versión si nadie lo veía. Cuando llegamos, Luna ya tenía una mano en el lazo. Se inclinó un poco, miró hacia abajo y gritó que le iba a invitar un trago a la bruja, que saliera de una vez y que dejara de esconderse. El sargento le ordenó que cerrara la boca y se apartara. Luna no hizo caso, soltó
el cubo y dejó que bajara. El lazo corrió bastante antes de que se oyera el golpe en el agua. Ahí se volvió a reír y dijo que ya estaba. que puro cuento y empezó a jalar. Al principio subió sin problema, luego se puso pesado de golpe. Luna cambió el apoyo de los pies, apretó las manos y siguió jalando. Uno de los compañeros se acercó para ayudarle y entre los dos terminaron de subirlo. En cuanto el cubo pasó el borde, se acabó la risa. El agua venía
negra, cerrada, sin transparencia y encima flotaban mechones de cabello largo. El sargento reaccionó al momento, le ordenó a Luna que soltara el lazo y se apartara. Luna intentó hablar, dijo que eso podía venir del fondo, que podía ser basura arrastrada por el agua, pero ya lo dijo sin la misma seguridad. Se inclinó para mirar mejor y entonces el cubo dio un tirón corto hacia su pierna. No fue un balanceo suave ni un movimiento del lazo. Fue un tirón seco suficiente para que el sargento lo jalara
del brazo y lo empujara hacia atrás. A nosotros también nos mandó a apartarnos. Uno de los compañeros dijo que había que vaciar el cubo lejos del campamento. El sargento respondió que nadie tocara nada. Llamamos al teniente y esperamos junto al pozo en silencio, mirando esa agua y esos mechones sin acercarnos más. Cuando llegó el teniente, Luna ya estaba tratando de componer lo que había hecho. Dijo que todo debía tener una explicación, que no había motivo para armar un problema. Por eso el teniente no discutió, miró
el cubo, miró el contenido y ordenó cubrir el pozo, dejarlo fuera de uso y prohibir que alguien volviera a acercarse. En ese momento todavía podía tomarse como una imprudencia de luna y un problema de lugar, pero al mover el cubo, vimos un mechón atorado en el borde. El teniente se agachó, lo levantó con cuidado y lo dejó sobre un costal para verlo mejor bajo la lámpara. Era cabello humano. Eso se notaba al instante. Nadie dijo nada cuando lo vio de cerca. Ni el sargento, ni nosotros,
ni Luna, que por fin se quedó callado. El teniente mandó guardar el cubo aparte, cubrir el pozo y dejar guardia cerca hasta el amanecer. Luego le dijo a Luna que en cuanto se pudiera lo revisaría sanidad por si había tocado agua contaminada. Yo pensé que ahí terminaba todo, que lo siguiente sería el reporte, una regañiza y el pozo clausurado. Eso pensé hasta que regresamos al área de radio y Luna pidió su cantimplora. dijo que tenía la boca seca, la abrió delante de nosotros y bebió un
trago. Apenas lo pasó, se llevó una mano al cuello, tosió y se dobló hacia adelante. El sargento creyó que se estaba atragantando y dio un paso para sostenerlo. Pero Luna abrió la boca y escupió al suelo. Lo que cayó no fue agua, ni comida, ni flema. Fueron gusanos finos, vivos, moviéndose en la tierra bajo la luz de la lámpara. Yo vi varios, los otros también, pero nadie reaccionó en ese primer segundo. Nadie habló porque nadie entendía lo que tenía enfrente. Luna retrocedió, miró el suelo y
preguntó qué era eso. Tenía la voz trabada, se tocaba la garganta, tragaba saliva y volvía a escupir. El sargento le quitó la cantimplora y ordenó que no bebiera más. Uno de los compañeros fue por el cabo de sanidad y otro por el teniente. Mientras llegaban, Luna siguió revisándose la boca con los dedos. Decía que él no tenía nada antes, que eso acababa de salir, que alguien tenía que haberle puesto algo. Y nosotros seguíamos mirando el suelo porque los gusanos seguían vivos. Cuando llegaron el teniente y
el cabo vieron lo mismo que nosotros. El cabo le revisó la boca con una lámpara. dijo que no veía heridas ni sangre y le preguntó si había tragado agua del pozo. Y Luna respondió que no, que solo había jalado el cubo. El teniente ordenó que nadie se moviera de ahí, que nadie tocara nada y trató de comunicarse por radio mientras el cabo guardaba dos de los gusanos en una bolsa limpia y luego le tomaba el pulso a Luna. Estaba acelerado, pero seguía consciente y hablaba claro.
Luna pidió agua para enjuagarse la boca. El cabo se negó, revisó primero la cantimplora, la abrió, la olió, vació el contenido en un recipiente limpio y no encontró nada raro. El teniente dudó un momento y autorizó una prueba con agua de garrafón servida delante de todos. Le dieron un zorbo pequeño. Luna apenas intentó tragar cuando volvió la arcada y escupió otra vez. Cayeron más gusanos, finos y vivos, iguales a los primeros, y uno quedó pegado un instante en su labio antes de caer. Ahí ya nadie
habló de agua sucia ni de bromas. El teniente ordenó sacar a la mayoría de la tienda, dejar solo al cabo, al sargento y a dos testigos, cerrar el paso al pozo y mantener a Luna sentado en la camilla hasta decidir el traslado. Yo me quedé dentro, lo vi temblar, lo vi mirarnos uno por uno y preguntar qué le estaba pasando, pero nadie tuvo respuesta. Después de eso, la base cambió de inmediato. Nadie volvió a hablar fuerte. Nadie siguió con bromas y el teniente tuvo que poner
orden entre hombres que unos minutos antes estaban trabajando normal y ahora miraban el suelo, las cantimploras y la oscuridad del pozo con la misma desconfianza. La primera orden fue cerrar el paso. Nadie se acercaba al pozo, nadie tocaba el cubo, nadie abría agua sin hacerlo delante del sargento o del cabo, porque varios empezaron a revisar hasta sus propias cosas. Y eso yo lo entiendo. Todos habíamos visto salir gusanos de la boca de Luna después de un trago. Todos lo vimos bajo la misma lámpara, en el
mismo suelo, y nadie tenía una explicación útil para sostenerse. Yo me quedé dentro de la tienda con el sargento, el cabo y el teniente, porque me habían dejado como testigo desde la prueba del garrafón y desde ahí vi a Luna sentado en la camilla, inclinado hacia delante, con una cubeta entre las piernas, escupiendo saliva a ratos y tragando con trabajo. El cabo le tomó la presión, le revisó la garganta, le alumbró los ojos, le preguntó su nombre, dónde estaba, qué había hecho en el pozo. Y
Luna respondió bien a todo, pues no estaba confundido, no deliraba y no decía cosas sueltas. Sabía perfectamente en dónde estaba y lo que había hecho. Lo único que no podía controlar era la boca. Decía que sentía algo subirle desde adentro. Cada vez que intentaba pasar saliva. Decía que le raspaba la garganta, que le daba asco cerrar la boca. Por eso escupía a cada rato en la cubeta. Y en cada pausa nos miraba con una vergüenza clara, porque entendía que todo había empezado por querer hacerse el
valiente delante de todos. La radio seguía fallando por momentos, así que el teniente ordenó preparar el traslado. Aún sin respuesta formal, nadie quería esperar más tiempo con Luna en ese estado. Mientras afuera movían el vehículo y despejaban el paso, el cabo pidió confirmar una sola cosa. Quería saber si la reacción se daba con cualquier líquido o solo con el agua que había tomado primero. El teniente lo pensó un momento y aceptó. Le acercaron un poco de café frío en una tapa, apenas una cantidad mínima. Y
Luna dijo que ya no quería probar nada, que sentía la garganta cerrada y que no quería volver a pasar por lo mismo. Pero al final obedeció porque el teniente se lo ordenó y porque todavía pensábamos que hacía falta una explicación médica, algo que pudiera entenderse y atenderse rápido. La reacción fue inmediata. Luna apenas mojó la boca, se tensó de golpe, apoyó una mano en la camilla, soltó una arcada seca y escupió otra tanda de gusanos vivos dentro de la cubeta. Yo estaba lo bastante cerca para
verlos caer finos, blancos, moviéndose igual que los primeros. El cabo se apartó un paso, luego volvió, miró la cubeta, levantó la vista y dijo que ya no hacía falta ninguna prueba más. El teniente ordenó que no le diera nada por la boca hasta que lo viera un médico. Ni agua, ni café, ni enjuague, nada. Ahí Luna empezó a preguntar si se iba a morir. Lo dijo más de una vez, primero bajo, luego más fuerte. Y el sargento le respondió que se calmara, que lo iban a
sacar de ahí, que se sentara derecho y respirara. Pero yo le vi la cara al sargento y supe que tampoco tenía respuesta. El vehículo de apoyo llegó poco después con un médico militar. entró a la tienda mientras el teniente le resumía lo ocurrido. El cubo de agua, el cabello que estaba en él, la prueba del garrafón, el café y las muestras guardadas por el cabo. El médico no perdió tiempo, revisó a Luna con calma, le abrió la boca, le palpó el cuello y le hizo preguntas
directas si había tragado agua del pozo, si había metido las manos, si se había llevado los dedos a la boca, si tenía antecedentes de parásitos o si alguien podía haberle puesto algo en la cantimplora. Luna contestó que no a todo, con enojo al principio y luego con cansancio, porque a esa altura ya estaba agotado, con la garganta irritada y la cara empapada en sudor. El médico pidió ver las muestras, las revisó sin hacer comentarios y luego dijo que lo importante era moverlo de inmediato y mantenerlo
sin líquidos por vía oral. También ordenó guardar más muestras, aislar el cubo y dejar el pozo cerrado hasta nueva revisión. Antes de subirlo al vehículo, Luna volvió a pedir agua. Tenía los labios resecos, hablaba con trabajo y cada palabra le salía arrastrada por la saliva que no quería tragar. El médico se negó. le dijo que en cuanto llegaran al hospital lo hidratarían por otra vía, que no iba a darle nada por la boca porque ya estaba claro lo que pasaba cada vez que intentaba beber. Luna
insistió una vez más, nadie respondió y entre el sargento y yo lo ayudamos a levantarse y a caminar hasta la parte trasera. Yo subí con ellos porque el teniente quería otro testigo para el informe, además de alguien que ayudara si Luna volvía a doblarse. En el trayecto casi no habló. Iba inclinado con una bolsa en la mano para escupir saliva, respirando por la nariz y apretando los dientes. Dos veces se llevó la mano al cuello, dos veces cerró los ojos y aguantó la arcada sin beber
nada. Y yo ahí entendí que el problema ya no dependía solo del líquido, dependía también del miedo que le había quedado en el cuerpo. En el hospital se lo llevaron directo. A mí me dejaron afuera, me tomaron los datos y después me llamaron para declarar. Desde el pasillo vi entrar al médico con las muestras y al cabo con la bolsa donde habían guardado lo que salió en la base. Nadie hacía comentarios, nadie improvisaba respuestas. Todos se movían con la misma seriedad con la que se trata
un caso que no encaja. Más tarde me dejaron verlo desde la puerta. Ya tenía una vía puesta en el brazo y seguía bajo observación. Lo primero que me dijo el enfermero fue que no podían darle agua, que iban a mantenerlo hidratado por la avena mientras intentaban entender el resto. Luna estaba despierto, pero no quiso hablarme en ese momento. Tenía la vista fija en la sábana, una cubeta al lado y la mandíbula tensa. Yo regresé a la base más tarde. El pozo seguía cubierto y acordonado, con
guardia fija y el cubo apartado para revisión. El suelo ya estaba limpio. El cabo había levantado todo lo que pudo y había desinfectado la zona. Pero eso no cambió nada porque el ambiente ya estaba roto y todos lo sabíamos. Cada hombre que pasaba cerca giraba la vista hacia otro lado. Nadie quería mirar de frente, el lugar donde habían sacado el cubo y donde Luna había escupido por primera vez. A la mañana siguiente llegó personal de sanidad. Revisaron el pozo, tomaron muestras y nos mantuvieron lejos. Nunca
nos explicaron qué encontraron. Solo dijeron que la base se movería y que ese pozo quedaba restringido. Nosotros desmontamos sin hacer preguntas en silencio, con una sola idea en la cabeza, salir de ahí. Durante las semanas siguientes supe de luna por el sargento. Seguía vivo, eso fue lo primero, pero seguía igual. Habían comprobado que cada vez que intentaba beber cualquier líquido, aunque fuera un sorbo pequeño, escupía gusanos finos y vivos casi al momento. No importaba si era agua, café, leche o suero, el resultado era el mismo.
Por eso lo mantenían con hidratación por vena y por eso empezó a comer cada vez menos. No por falta de hambre, sino porque después de comer le daba sed y no había manera de calmarla. Eso lo fue desgastando. El sargento me dijo que ya no levantaba la voz, que ya no discutía, que hablaba poco y solo preguntaba si alguien había vuelto al pozo después de nosotros. Meses después me llamaron para ratificar mi declaración y aproveché para preguntar por él. Me dijeron que seguía fuera de servicio
y pedí verlo unos minutos. Cuando entré, lo vi más delgado, más quieto, con un vaso vacío sobre la mesa para escupir saliva cuando sentía que no podía tragar. Me reconoció, me preguntó si el pozo ya estaba cerrado y le dije que sí. Luego me preguntó si alguien más había salido igual que él y le dije que no. Bajó la mirada y no volvió a hablar. En ese momento entró una enfermera con una charola para una prueba controlada. traía medicamento y una cantidad mínima de agua medida.
Le explicaron que querían revisar si había algún cambio. Luna no quiso, pero luego aceptó. Tomó el agua, intentó pasarla y la escupió de inmediato dentro del vaso con una arcada seca. Los gusanos cayeron ahí mismo, vivos, moviéndose igual que la primera noche. La enfermera retiró la charola, anotó algo y salió. Luna se limpió la boca con la manga y se quedó mirando al frente. Esa fue la última vez que lo vi. Después firmé mi declaración final y puse solo lo necesario. Que nos advirtieron sobre el
pozo. Que Luna quiso lucirse, que bajó el cubo después de medianoche, que el cubo subió con agua negra y cabello y que desde entonces no pudo volver a beber sin escupir gusanos vivos. También puse que la base se movió, que el pozo fue cerrado y que Luna no regresó al servicio. No escribí una explicación porque no la tengo. Yo solo recuerdo lo que vi y lo recuerdo completo. Luna riéndose al borde del pozo, después callado frente al cubo, luego doblado sobre la tierra y luego a
Luna con una sed que no pudo volver a quitarse. Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver Biólogo. Examina el cuerpo de un nahual. Y también esto sucede cuando militares encuentranes. Yes.