Nunca Debimos Leer Esas Notas

Mis padres murieron hace dos semanas. Después del entierro, mi hermana Irene y yo regresamos a la casa donde crecimos para ordenar sus cosas. Esa primera noche, a las 2:17 de la madrugada escuchamos tres golpes detrás de una pared que mi padre nos había prohibido tocar desde que éramos niños. Esperamos unos segundos y volvieron a escucharse otros tres. Irene salió de su habitación al mismo tiempo que yo y ninguno tuvo que preguntar nada porque los dos estábamos mirando hacia la despensa. Ahí había un armario que siempre

había estado pegado a la pared, pero esa noche estaba separado unos centímetros. Nos acercamos y antes de tocarlo escuchamos un raspado detrás de la madera. Hasta entonces pensábamos que nuestros padres habían llevado una vida normal en aquella casa. Al día siguiente descubrimos que durante años habían hecho algo para mantener controlado lo que había detrás de esa pared y que murieron sin enseñarnos cómo continuar. Mis padres, Ramón y Rosa, compraron la casa poco después de casarse. Llevaba varios años vacía y necesitaba reparaciones. Las primeras semanas transcurrieron

sin problemas. Hasta que una tarde mi madre volvió a la cocina y encontró todos los platos sobre el suelo, pero ninguno estaba roto. Formaban una línea que terminaba frente a la despensa. Pensó que mi padre le había hecho una broma, pero él estaba trabajando. Días después encontró huellas de pies descalzos en uno de los cuartos. Empezaban junto a una pared y terminaban frente a la cama. Mi padre revisó puertas, ventanas y posibles entradas. Pero no encontró nada. Poco después comenzaron los golpes dentro de las paredes.

Siempre eran tres. Seguía una pausa y luego otros tres. Mi padre abrió parte de una pared, pero no encontró nada que explicara el ruido. La cerró y esa misma noche los golpes regresaron. Mi padre despertó en el suelo junto a la cama con sangre en la nariz y un pequeño corte detrás de una oreja. le contó a mi madre que había sentido una mano en el tobillo y que algo lo había jalado. Ella encendió la luz, revisaron la habitación y no encontraron a nadie. Pocos días

después aparecieron cuatro líneas profundas en la puerta de la despensa. Mi padre las lijó y volvió a pintar la madera. A la mañana siguiente, las cuatro líneas estaban otra vez en el mismo lugar. Fue entonces cuando una mujer del pueblo les habló de Remedios Villar. Mis padres fueron a verla, le contaron lo ocurrido y Remedios pidió conocer la casa. Cuando llegó, recorrió las habitaciones y entró en la despensa. Señaló un mueble contra la pared y le pidió a mi padre que lo retirara. Detrás encontraron una

puerta pequeña cubierta por varias capas de pintura. Mi padre la abrió y descubrieron un cuarto que ninguno conocía. remedios. Les pidió que no tocara nada y según escribió mi madre, les dijo que los incidentes estaban relacionados con ese lugar. No explicó qué había sucedido ahí antes. Solo advirtió que abrir la puerta había empeorado el problema. Esa misma noche realizó un ritual. Mis padres nunca dejaron instrucciones completas, solo anotaron lo que presenciaron. Durante el procedimiento, los golpes comenzaron dentro de las paredes y después se escucharon en

otras partes de la casa. Uno de los objetos de remedios salió despedido y golpeó una pared. Mi padre quiso acercarse, pero ella le ordenó permanecer donde estaba. Poco después, la puerta del cuarto se cerró sola y algo comenzó a empujar desde dentro. Mi padre escribió que la madera se movía con cada golpe. Remedios continuó hasta que todo se detuvo. Al terminar hizo que mi padre cerrara el cuarto y colocara otra vez el mueble frente a la entrada. Durante meses no ocurrió nada. Los golpes desaparecieron y

las marcas dejaron de aparecer. Más tarde, Remedios les explicó que el ritual no había eliminado lo que estaba ahí, solo lo mantenía contenido. También les advirtió que un cambio importante dentro de la familia podía alterar lo que habían hecho. Mis padres decidieron quedarse. 5 años después de ese primer ritual nací yo. Durante casi 3 años la casa siguió tranquila hasta que nació Irene. La primera noche que mi madre regresó con ella, encontró cuatro líneas nuevas en la puerta de la despensa. Esa noche, cuando entraron al

cuarto de Irene, escucharon tres golpes debajo de la cuna. Mi padre la levantó, mi madre encendió las luces y revisaron el cuarto. A la mañana siguiente decidieron dormir en casa de unos familiares, convencidos de que salir podía protegernos. Esa noche Irene volvió a llorar. Mi madre se acercó a la cuna y encontró las mismas cuatro marcas sobre uno de los costados de madera. Regresaron al pueblo al día siguiente y mi padre fue a buscar a remedios. Ella revisó la cuna y les dijo que el primer

ritual ya no era suficiente. Según las notas de mi madre, aquello no estaba unido solamente a la casa, ahora también estaba unido a nuestra familia. Mi padre preguntó si podían marcharse para siempre. Remedios le recordó que ya habían pasado una noche fuera y el problema había aparecido en otro lugar. Entonces decidió realizar un segundo ritual. Yo tenía casi 3 años y no recuerdo esa noche. Irene era un bebé y todo lo que sé salió de las libretas que encontramos después de la muerte de nuestros padres.

Durante el segundo ritual, Irene comenzó a llorar y los golpes regresaron. Mi padre escribió que el mueble frente al cuarto empezó a moverse. Intentó sujetarlo, pero una pata se rompió y cayó de lado. La puerta quedó expuesta y las cuatro marcas estaban otra vez sobre la madera. Después la puerta comenzó a abrirse. Remedios trató de cerrarla mientras mis padres nos mantenían alejados. Mi madre tomó a Irene, mi padre me cargó y retrocedieron. La parte siguiente ocupa pocas líneas en las notas. Remedios consiguió cerrar la puerta.

Terminó con un corte en una mano y los incidentes se detuvieron otra vez. Después, mi padre cubrió la entrada con madera y yeso, colocó un armario frente a la pared y el cuarto desapareció de nuestra vida. Crecimos sin saber que estaba ahí. Solo conocíamos las reglas, no mover el armario, no perforar esa pared y no entrar a la despensa de madrugada si escuchábamos ruidos. Cuando preguntábamos, mi padre decía que detrás había instalaciones viejas y que era peligroso tocar. Nosotros le creíamos. Nunca supimos que cada vez

que algo extraño ocurría, nuestros padres revisaban esa pared y buscaban aredios. intentaban evitar que supiéramos hasta qué punto ya formábamos parte de aquello. Cuando yo tenía 9 años, una noche desperté por tres golpes en la pared de mi habitación. Esperé en silencio y escuché otros tres. Llamé a mi padre, entró casi de inmediato, apoyó una mano sobre la pared y se quedó ahí unos minutos. Los golpes no volvieron. A la mañana siguiente revisó mi cuarto y luego pasó bastante tiempo en la despensa. Esa tarde llegó

remedios. Para Irene y para mí era una conocida de nuestros padres nada más. Mi madre nos mandó a casa de unos vecinos y regresamos varias horas después, pero nadie nos explicó qué había ocurrido. Años más tarde, una mañana, encontramos las sillas del comedor colocadas en fila frente a la cocina. Mi madre preguntó si habíamos sido nosotros, pero le dijimos que no. Mi padre las acomodó y esa noche permaneció despierto en la sala. Remedios volvió poco después. Durante nuestra infancia, cada vez que sucedía algo fuera de

lo normal, ella aparecía y luego la casa quedaba tranquila. Cuando yo tenía 19 años, Remedios murió. Mis padres fueron a su funeral y durante los días siguientes mi padre trabajó varias veces en la despensa. En ese momento pensé que estaba haciendo una reparación. Años después entendí que había abierto parte del muro y había intentado continuar por su cuenta lo que remedios hacía. Encontramos algunos de esos materiales después de la muerte de mis padres guardados bajo el piso del taller. No había instrucciones, solo objetos. mencionados en

las notas del primer ritual. Después de la muerte de remedios, la casa permaneció tranquila. Yo me fui primero e Irene se marchó unos años después. Visitábamos a nuestros padres con frecuencia, pero nunca volvimos a escuchar golpes, ni vimos marcas. Ellos tampoco nos dijeron que siguieran haciendo algo para mantener aquello controlado, pues pensábamos que la casa ya no tenía nada extraño. Todo cambió después del accidente de nuestros padres. Cuando regresamos a ordenar sus cosas y los golpes volvieron, esperamos hasta el amanecer antes de tocar nada. Empezamos

por su habitación. Luego seguimos con el taller y con los cajones donde mi madre guardaba papeles antiguos. Encontramos tres libretas. Una pertenecía a mi padre y dos a mi madre. Las leímos durante horas. Ahí estaban las fechas de las visitas de remedios, referencias al cuarto oculto y anotaciones sobre los rituales. También había una advertencia escrita por mi madre. Si el procedimiento dejaba de funcionar después de la muerte de ambos, tendría que repetirse. No dejó instrucciones. Esa noche decidimos dormir fuera. Irene se quedó con una amiga

y yo fui a casa de un primo. De madrugada me despertaron tres golpes en la pared junto a la cama y mi primo también los escuchó. Revisamos el cuarto y no encontramos nada. A la mañana siguiente, Irene me llamó. A ella le había ocurrido lo mismo y había encontrado cuatro marcas sobre una mesa. Regresamos a la casa ese mismo día. Si aquello podía seguirnos, no queríamos llevarlo a otros lugares. Empezamos a revisar todo con más cuidado y encontramos hojas sueltas, dibujos de la pared de la

despensa y fechas que coincidían con algunos recuerdos de nuestra infancia. Pero las instrucciones seguían incompletas. Varias páginas habían sido arrancadas y otras tenían frases que solo tenían sentido para quienes habían participado en los rituales. Mientras buscábamos, los incidentes aumentaron. Aparecieron cajones abiertos, objetos fuera de lugar y ruidos dentro de la despensa cuando los dos estábamos en otra habitación. Luego los golpes empezaron también durante el día. Una mañana, Irene despertó con cuatro cortes superficiales en el antebrazo. Yo estaba en el cuarto de al lado y la

puerta de su habitación seguía cerrada. Hasta ese momento, los golpes y los objetos movidos podían mantenernos en duda, pero los cortes cambiaron eso. Ese mismo día quitamos el armario de la despensa, retiramos parte del yeso y encontramos las tablas que mi padre había colocado años atrás. Entre dos de ellas había una bolsa de tela. Dentro encontramos fotografías, una pulsera de mi madre, dos piezas pequeñas de hierro y una hoja doblada con la letra de mi padre. La nota decía que Remedios les había enseñado el procedimiento

por partes. Mi padre conocía una parte y mi madre conocía otra y ambos tenían que hacerlo juntos. Al final dejó una indicación para nosotros. Si alguna vez encontrábamos esa hoja, debíamos buscar el cuaderno negro. Pero no explicaba dónde estaba. Revisamos la casa y el taller hasta encontrar una caja escondida bajo el piso. Dentro estaba el cuaderno y era de remedios. Tenía fechas, nombres y notas relacionadas con nuestra familia. También mencionaba los dos rituales. Durante unos minutos pensamos que por fin teníamos lo necesario, pero al llegar

a las últimas páginas vimos que faltaban varias. Habían sido arrancadas. Solo quedaban pequeños restos de papel junto al lomo. Irene dijo que alguien las había quitado a propósito. Yo no podía afirmarlo, pues mis padres pudieron haberlas retirado. Remedios pudo haberlas destruido o quizá nunca escribió el procedimiento completo. Lo único seguro era que las páginas que necesitábamos no estaban. Esa misma noche, mientras yo revisaba el cuaderno en la sala, escuché un golpe en la cocina. Y después el grito de Irene. Corrí hacia ella y la encontré

en el suelo con una marca roja alrededor del tobillo. Me dijo que algo la había sujetado y la había tirado hacia atrás. La ayudé a levantarse y en ese momento escuchamos un ruido en la despensa. Parte del yeso que todavía cubría la pared había caído. La puerta del cuarto estaba visible y abierta, pero no entramos. Desde la entrada vimos una fotografía en el suelo. Mi madre sostenía a Irene cuando era bebé. Mi padre estaba junto a ella y yo aparecía delante. Esa fotografía había estado guardada

en un álbum de su habitación. Sobre las caras de mis padres había cuatro cortes, pero las nuestras seguían intactas. Cerramos la puerta y colocamos otra vez el armario frente a la pared. Sabíamos que aquello no resolvía nada, pero tampoco teníamos otra medida segura. Desde ese momento dejamos de buscar una explicación distinta para cada incidente. Teníamos las notas de nuestros padres, el cuaderno de remedios, las marcas, los golpes y una fotografía que había pasado de un álbum cerrado al interior de un cuarto sellado. Lo que necesitábamos

ya no era entender qué había en la casa, sino encontrar el procedimiento completo antes de que los incidentes siguieran avanzando. Esta noche guardamos todos los papeles juntos y decidimos continuar la búsqueda al amanecer no dormimos. Permanecimos en la sala con las libretas sobre la mesa, esperando que los golpes no volvieran antes de amanecer. Al amanecer, revisamos los papeles sobre la mesa. Entre varios sobres encontramos una hoja escrita por mi padre separada de las libretas. Decía que después de la muerte de las dos personas que habían

mantenido activo el procedimiento, este debía repetirse con los descendientes presentes en el segundo ritual. Eso nos incluía a Irene y a mí. Más abajo había otra condición. tenía que participar una tercera persona que hubiera estado aquella noche y dirigido el procedimiento. El nombre no aparecía y la hoja estaba rota debajo de esa frase. Revisamos otra vez las libretas, pero yo tenía casi 3 años cuando hicieron ese ritual e Irene era un bebé y ninguno podía recordar quién más había estado ahí. Mientras buscábamos, los incidentes dentro

de la casa aumentaron. Los golpes dejaron de concentrarse en la despensa y comenzaron a escucharse en otras habitaciones. Una puerta se cerró mientras estábamos en la cocina y al día siguiente encontramos ropa de mi madre sobre el suelo en una línea que terminaba en el pasillo. Decidimos dormir en la misma habitación porque los incidentes graves ocurrían cuando estábamos separados. Durante dos noches no pasó nada. La tercera, Irene despertó porque la cobija se movía hacia el pie de la cama. Yo estaba despierto y vi como la

tela avanzó varios centímetros. Encendimos la luz, revisamos el cuarto y salimos. Al día siguiente encontramos otra nota de mi padre dentro de una caja de herramientas. La nota decía que nunca debíamos iniciar el procedimiento con información incompleta. No explicaba qué podía ocurrir, pero había repetido la advertencia dos veces. Eso nos dejó sin una opción segura. Conocíamos algunas partes del ritual, pero no el orden. No sabíamos qué objetos debían utilizarse y tampoco entendíamos qué tenía que hacer la tercera persona. Decidimos buscar a la familia de remedios.

Una sobrina suya conservaba varias cajas con documentos. Le dijimos que nuestros padres habían sido amigos y que buscábamos notas antiguas. Nos permitió revisarlas. Encontramos nuestro apellido en dos hojas. Una hablaba del primer ritual y otra mencionaba el nacimiento de Irene. En esa segunda hoja, Remedios había escrito que el nuevo procedimiento había sido necesario porque el vínculo ya incluía a nuestra familia. Más abajo encontramos la frase que necesitábamos. Para repetir el procedimiento debían estar presentes quienes habían quedado vinculados durante el segundo ritual y la misma persona

que había actuado como guía. Volvimos a casa y buscamos esa palabra en las libretas. Mi madre la había usado una vez. Escribió que Remedios dirigió el segundo ritual y que nadie podía moverse hasta que ella lo indicara. La tercera persona era remedios, pero había muerto 13 años antes. Seguimos revisando papeles por si podían sustituirla, pero no encontramos ninguna. Mis padres habían aprendido partes del procedimiento y después de la muerte de remedios habían conseguido mantenerlo activo, aunque nunca dominaron todo lo que ella hacía. Esa noche nos

quedamos en la sala, escuchamos un golpe en la cocina y no fuimos a revisar. Poco después, la puerta de la despensa comenzó a abrirse. Podíamos verla. se abrió por completo y entonces escuchamos madera rompiéndose detrás del armario. Irene me pidió que saliéramos, tomamos las llaves y fuimos hacia la puerta principal. Pero antes de llegar, el armario cayó dentro de la despensa y las tablas que todavía cubrían parte de la entrada se dieron. La puerta del cuarto volvió a quedar abierta, así que salimos de la casa

y regresamos al amanecer. El cuarto seguía abierto. Nos acercamos a la entrada y vimos una hoja en el suelo. Era del mismo papel que el cuaderno negro. La llevamos a la cocina. Era una de las páginas arrancadas. Remedios había escrito que quien dirigía el procedimiento debía permanecer frente al cuarto hasta terminar y que quienes estaban vinculados no podían abandonar el lugar una vez iniciado. La última advertencia decía que si el ritual se interrumpía, aquello que estaba contenido podía quedar libre. La página terminaba ahí. Seguía faltando

la hoja que explicaba cómo cerrar el procedimiento. Revisamos los demás documentos, pero no apareció. Esa tarde encontramos un sobre dentro de una caja de mi madre. Tenía nuestros nombres y dentro había una fotografía tomada después del segundo ritual y una hoja de mi padre. En la fotografía aparecíamos mis padres, Irene, Remedios y yo. La nota de mi padre decía que si alguna vez encontrábamos ese sobre, significaba que él y mi madre ya no podían mantener el procedimiento. Explicaba que después de la muerte de remedios había

intentado aprender lo suficiente para sustituirla, pero nunca lo consiguió. Al final dejó una advertencia directa. Si remedios ya no estaba y nosotros no teníamos las instrucciones completas, no debíamos entrar al cuarto ni intentar terminar el ritual. Para entonces, la puerta ya estaba abierta. Nosotros no la habíamos abierto, pero tampoco sabíamos cómo volver a cerrarla. Esa noche dejamos todo sobre la mesa y nos mantuvimos lejos de la despensa. Durante varias horas no pasó nada, pero después escuchamos tres golpes en el pasillo. Permanecimos juntos. Los golpes se

detuvieron y poco después escuchamos un ruido en nuestra habitación. Fuimos hasta la puerta y el armario estaba abierto. Dentro estaban las dos piezas de hierro que habíamos encontrado detrás de la pared y la página arrancada del cuaderno. Pero nosotros habíamos dejado las tres cosas en la cocina, así que retrocedimos sin entrar. Entonces volvieron los golpes, esta vez desde la despensa. La puerta del cuarto seguía abierta. Decidimos salir, pero cuando llegamos a la entrada, la puerta principal se cerró de golpe. Conseguimos abrirla y pasamos el resto

de la noche fuera. A la mañana siguiente, entramos solo para recoger las libretas, el cuaderno y la nota de nuestros padres. Desde entonces no hemos intentado el ritual. Los golpes siguen apareciendo donde dormimos y las piezas de hierro cambian de lugar, aunque las guardemos. Hace dos días aparecieron cuatro marcas. nuevas en la puerta de nuestra habitación. Irene piensa que tendremos que usar las instrucciones que tenemos, pero yo sigo pensando en la advertencia de mi padre. No sabemos cuánto tiempo podemos esperar y tampoco sabemos qué ocurrirá

si empezamos el ritual sin la parte que falta. La puerta del cuarto sigue abierta y cada día ocurre algo nuevo. Mis padres pasaron años evitando que supiéramos lo que había detrás de aquella pared y ahora entiendo por qué. No estaban protegiendo la casa, estaban intentando mantenernos fuera de ese cuarto. Ahora ellos están muertos. Remedios también. E Irene y yo somos los únicos que seguimos ligados al procedimiento. Tenemos que decidir si seguimos esperando a que aquello avance. o si empezamos un ritual que ninguno de los dos

sabe terminar. Lo único que sabemos con certeza es que nuestros padres tenían una forma de mantenerlo encerrado. Ellos murieron, remedios también, y desde que la puerta volvió a abrirse, cada noche ocurre algo más cerca de nosotros. Si te gustó esta historia, te recomiendo ir a ver. La bruja que protegía a mi familia murió y algo regresó. Y también mi madre le pagaba a una bruja cada mes y descubrí por qué.

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