
La primera vez que escuchamos llorar a una niña debajo de la cocina, mis dos hijas estaban dormidas arriba. Llevábamos menos de una semana en la casa y hasta entonces lo más extraño que habíamos encontrado era una habitación oculta bajo el piso. Cuando aquel llanto empezó, ya sabíamos que detrás de la puerta de hierro no debía haber nadie. Compramos la casa porque necesitaba algunas reparaciones y el precio nos convenía. Mi esposa Laura y yo nos mudamos con Elisa, de 8 años y Camila, de cinco. Los primeros
días transcurrieron sin problemas hasta que los trabajadores levantaron parte del piso de la cocina y encontraron una zona cubierta con cemento. Al romperla apareció una argolla de hierro y debajo había una trampilla. La abrimos y vimos una escalera que bajaba a una habitación pequeña, sin ventanas, con una cama infantil, una silla y varios dibujos clavados en las paredes. Casi todos mostraban a una niña y en algunos aparecía también una figura alta con los brazos largos y los ojos pintados de rojo. Al fondo encontramos una puerta
de hierro cerrada con seis candados. Uno de los trabajadores preguntó si queríamos abrirla, pero Laura pidió que esperáramos. Antes queríamos saber qué era ese lugar, así que esa misma tarde hablé con algunos vecinos. Ofelia, una mujer mayor que vivía cerca, se quedó callada unos segundos cuando le conté lo que habíamos encontrado y preguntó enseguida si la puerta de hierro seguía cerrada. Le dije que sí. Ella respondió que no debíamos tocarla. Recordaba a la familia que había vivido en la casa muchos años atrás y sobre todo
a una niña llamada Nora. Ofelia era pequeña entonces y algunas veces había jugado con ella en la calle. Un día, Nora dejó de salir. Sus padres dijeron que se había ido con unos familiares y tiempo después la familia abandonó la casa. Antes de marcharse, mandaron cubrir con cemento la entrada de la habitación. Le pregunté por qué habían hecho eso. Ofelia dijo que nunca recibió una explicación, pero su madre le había repetido durante años que nadie debía abrir aquel cuarto y mucho menos la puerta de hierro.
Yo pensé que la advertencia venía de alguna historia vieja del vecindario y no le di más importancia. Al día siguiente continuaron las reparaciones. La trampilla se mantenía cerrada cuando los trabajadores no la usaban. Pero por la tarde encontré a Camila sentada en la cama de la habitación. Había bajado mientras uno de los hombres entraba por herramientas. La saqué de ahí y le dije que no podía volver. Entonces me preguntó por qué la niña estaba encerrada detrás de la puerta. Le pedí que me dijera de quién
hablaba. Camila señaló hacia el fondo y aseguró que una niña la había mirado desde el otro lado. Le respondí que eso no podía haber ocurrido porque la puerta seguía cerrada y nadie sabía qué había detrás. Ella insistió un poco más y luego dejó el tema. Dos noches después me despertó un llanto que venía de la cocina. Subí a revisar a Elisa y a Camila y las dos estaban dormidas. Volví abajo, desperté a Laura y nos quedamos junto a la trampilla escuchando. El sonido se detuvo por
unos segundos, luego regresó. Era la voz de una niña y venía claramente de abajo. Abrimos y bajamos con una linterna. La habitación estaba vacía. Entonces escuchamos tres golpes en la puerta de hierro. Nos quedamos mirando los candados y poco después una niña empezó a llorar detrás de ellos. Laura dijo que podía existir otro espacio oculto y que si alguien estaba atrapado no podíamos dejarlo así. Llamamos a la policía, llegaron dos agentes, revisaron la habitación, golpearon la puerta y llamaron varias veces, pero nadie respondió. Mientras examinaban
las paredes, el llanto volvió a escucharse y uno de ellos decidió romper los candados. Cuando cayó el último, abrió la puerta. Detrás había un hueco estrecho sin salida. No había una niña, tampoco muebles ni otra entrada. Solo había un espejo antiguo apoyado contra la pared. Uno de los agentes dirigió la linterna hacia el cristal y todos miramos. En el reflejo aparecíamos Laura, los dos policías y yo, pero detrás de nosotros había una niña. Me giré de inmediato, pero no había nadie. Volví a mirar el espejo
y seguía ahí, inmóvil observándonos. Tenía el cabello a los hombros. Uno de los agentes también la vio porque retrocedió y preguntó quién era. En ese momento, la imagen desapareció. El otro policía tomó una fotografía del espejo, pero en la foto solo aparecíamos nosotros cuatro. Revisaron el hueco otra vez, buscaron una entrada oculta y examinaron las paredes, pero no encontraron nada que explicara el llanto ni aquella figura. Los candados estaban rotos y esa noche decidimos sacar el espejo de la habitación. Lo llevamos al garaje mientras pensábamos
qué hacer con él. A la mañana siguiente encontré a Camila frente al espejo del baño hablando en voz baja. Le pregunté con quién conversaba y respondió que con Nora, pero Laura y yo nunca habíamos dicho ese nombre delante de ella. Le pregunté quién era Nora. Camila señaló el espejo y dijo que era la niña de abajo. Después añadió que estaba contenta porque habíamos abierto la puerta. Ese mismo día cubrimos los espejos de los baños y de las habitaciones. No sabíamos qué ocurría, pero ya no queríamos
que Camila se acercara a ninguno. Por la noche la escuchamos reírse en su cuarto y cuando entramos estaba sentada frente al televisor apagado. En la pantalla aparecía su reflejo y a su lado había otra niña. Me acerqué y la imagen desapareció. Saqué el televisor del cuarto y Camila empezó a llorar y dijo que Nora se iba a enojar porque no quería quedarse sola otra vez. Le pregunté qué quería decir. Camila miró hacia el pasillo y respondió que Nora no era la única que había salido y
dijo que él también estaba afuera. A la mañana siguiente regresé con Ofelia y le pregunté si recordaba algo más sobre Nora. No le conté lo que había pasado en nuestra casa. Solo necesitaba saber quién había sido aquella niña. Ofelia pensó un momento y dijo que Nora tenía un hermano mayor llamado Fernando y que quizás seguía vivo. También conservaba una fotografía de una reunión del vecindario. Me la enseñó. Nora aparecía junto a sus padres. Le tomé una foto con el teléfono y regresé a casa. Cuando llegué,
se la mostré a Camila sin decirle quién era cada persona. Ella señaló a Nora de inmediato y dijo que era su amiga. Después marcó un espacio vacío detrás de la niña y preguntó por qué él no aparecía en la foto. Guardé el teléfono y no le hice más preguntas. Laura y yo decidimos sacar el espejo de la propiedad. Mi hermano tenía una bodega y aceptó ayudarnos, así que lo envolvimos y lo llevamos hasta allá. Esa noche me llamó. Había vuelto por unas herramientas cuando escuchó llorar
a una niña dentro. Entró pensando que alguien se había metido, revisó el lugar y no encontró a nadie. Al salir vio una figura reflejada en la ventana de su camioneta y estaba detrás de él. dijo que era alta y que tenía los ojos completamente rojos, pero se giró y no había nadie. Le pedí que se fuera. A la mañana siguiente, regresamos juntos. La tela que cubría el espejo estaba en el suelo y sobre el cristal había cinco marcas largas. Mi hermano tomó un martillo y trató
de romperlo. Lo golpeó varias veces hasta que el mango se quebró. El vidrio no tenía una sola grieta, así que lo dejamos ahí. No iba a llevarlo otra vez cerca de mi familia. Cuando volvimos a casa, Laura estaba buscando a Camila. La puerta principal había permanecido cerrada y Elisa aseguró que su hermana no había salido. Revisamos los cuartos, el patio y los baños. Después entré en la cocina y vi la trampilla abierta. Yo mismo la había cerrado antes de salir. Bajé y encontré a Camila sentada
en la cama infantil mirando la puerta de hierro. La llamé y no respondió. Me acerqué, la tomé del brazo y entonces dijo que Nora quería que devolviéramos el espejo. Le pregunté por qué y contestó que Nora no podía detenerlo mientras estuviera lejos. Quise saber a quién se refería y señaló uno de los dibujos de la pared, el que mostraba a la niña con la figura alta detrás. Ahora tenía cuatro personas más a un lado, dos adultos y dos niñas. Éramos nosotros. Yo había fotografiado aquella pared
cuando descubrimos la habitación, pero revisé las imágenes y confirmé que esas figuras no estaban antes. Saqué a mi hija de ahí y cerré la trampilla. Ofelia consiguió un número que podía pertenecer a Fernando. Llamé varias veces y no respondió, así que dejé un mensaje con mi nombre, la dirección de la casa y una explicación breve sobre Nora y la habitación. Mientras esperábamos respuesta, cubrimos todo aquello donde Camila decía verla. Ya no hablaba solo de espejos, también la encontraba en pantallas apagadas, cristales y objetos metálicos. Durante
la cena se quedó mirando mi cuchara y sonró. Le pregunté qué veía y dijo que Nora estaba ahí. Laura le quitó la cuchara y Camila se molestó porque quería seguir hablando con ella. Eso cambió mi forma de ver lo que ocurría. Nora ya tenía la atención de mi hija. Elisa también sabía que algo iba mal. Nos preguntó por qué su hermana hablaba sola y por qué cubríamos tantas superficies dentro de la casa. Decidimos irnos unos días con los padres de Laura. Esa noche empezamos a guardar
ropa y documentos, pero durante los preparativos se fue la luz. Encendí la linterna del teléfono y escuché pasos en el pasillo de arriba. Laura reunió a las niñas en nuestra habitación mientras yo revisaba el resto de la planta, pero no encontré a nadie. Cuando regresé, Elisa estaba mirando el espejo del armario y la tela que lo cubría estaba en el suelo. En el reflejo vi a Laura, a mis hijas y a mí. Después distinguí una mano apoyada sobre el hombro de Camila. Los dedos eran demasiado
largos y las uñas alcanzaban la parte delantera de su camisa. Levanté la mirada dentro del cristal y detrás de ella había una figura alta. No alcancé a verle el rostro, solo distinguí los ojos rojos. Me giré y no había nada junto a Camila. Volví a mirar y la figura estaba más cerca. Mi hija seguía de espaldas al espejo con los ojos cerrados. Entonces empezó a reír, pero la voz que salió de su boca era más grave que la suya. Laura la tomó y la apartó mientras
yo cubría el cristal. El espejo vibró dentro del marco durante unos segundos y después se quedó quieto. Camila abrió los ojos y nos miró sin entender qué hacíamos. Preguntó por qué Elisa estaba llorando. No recordaba haberse reído ni haber cerrado los ojos. Salimos de la casa esa misma noche y nos fuimos con los padres de Laura. Yo todavía creía que alejarnos de la habitación nos daría tiempo y que el espejo antiguo seguía siendo el origen de todo. Al día siguiente, Fernando devolvió mi llamada. No preguntó
cómo había conseguido su número. Lo primero que quiso saber fue si habíamos abierto la puerta de hierro. Le dije que sí. Se quedó callado unos segundos y luego preguntó si alguna de mis hijas había visto a Nora dentro de un reflejo. Le respondí que sí. Entonces quiso saber si detrás de ella habíamos visto unos ojos rojos. Cuando confirmé que también había ocurrido, me dijo que no regresáramos a la casa y que mantuviéramos a las niñas lejos de cualquier superficie donde pudieran verse. Después me pidió que
escuchara con atención, porque lo que iba a contarme era la razón por la que su familia había sellado aquella habitación. Fernando me contó que Nora tenía 6 años. cuando empezó a hablar de una niña que aparecía en los espejos. Al principio, sus padres pensaron que era un juego hasta que Nora comenzó a señalar a otra figura detrás de ella. Decía que era alta, que nunca hablaba y que cada día estaba más cerca. La familia retiró los espejos de la casa, pero la niña siguió viéndola en
ventanas, cubiertos y otras superficies donde podía distinguirse. Una noche salió de su cuarto y la encontraron frente a un espejo antiguo que su padre guardaba. Nora hablaba mirando el cristal. Cuando su madre intentó apartarla, la atacó y tuvieron que sujetarla entre varios. Mientras la retenían, empezó a reír con una voz que Fernando todavía recordaba. Su padre buscó ayuda y días después llegó un hombre que examinó el espejo. Les dijo que aquella presencia estaba unida a ese objeto y que Nora le había servido para alcanzar otros
reflejos. El hombre les dio una forma de contenerla. Debían llevar el espejo a una habitación sin ventanas, mantener a Nora cerca para atraer la presencia de regreso y cuando quedara dentro del cristal cerrar el hueco con una puerta de hierro. Por eso construyeron el cuarto bajo la cocina y colocaron ahí la cama y los dibujos de la niña. No era una prisión para Nora, era una trampa para aquello que la seguía. Una noche escucharon golpes y una risa debajo del piso. Los padres bajaron y encontraron
la cama vacía. Nora había desaparecido, pero no había salida y nadie había entrado. El espejo permanecía en el hueco del fondo. El padre se acercó y vio a su hija reflejada detrás de él, pero se giró y no encontró a nadie. Volvió a mirar y Nora seguía dentro del cristal con la figura alta a unos pasos. El hombre les ordenó cerrar de inmediato la puerta de hierro y no volver a abrirla. No podía asegurar que la niña siguiera viva ahí, pero sí que la presencia había
quedado ligada otra vez al espejo. Pusieron los candados y dejaron de escuchar voces. Años después cubrieron la trampilla con cemento. Antes de terminar la llamada, Fernando me explicó que mientras el espejo permaneciera aislado y nadie se reflejara en él, aquello no podía alcanzar a otra persona. Nosotros habíamos abierto la puerta, habíamos mirado el cristal y después lo sacamos de la habitación. Desde entonces ya no necesitaba quedarse en ese objeto. Podía aparecer donde hubiera un reflejo y usar la imagen de Nora para acercarse a otra niña.
Por eso nos pidió mantener a Camila y a Elisa lejos de espejos, ventanas y pantallas. Nos quedamos con los padres de Laura y durante dos días no ocurrió nada. Luego encontré a Camila frente a una ventana hablando en voz baja. Me acerqué y vi a Nora en el vidrio y detrás estaba la figura. Esta vez pude verla completa. Era alta. Tenía los brazos demasiado largos. Los dedos terminaban en uñas oscuras y sus ojos eran completamente rojos con una forma en su rostro que no puedo describir.
Nora levantó una mano y Camila repitió el movimiento. La criatura apoyó los dedos sobre la cabeza de Nora y mi hija abrió la boca. De ella salió la misma risa grave. Rompí la ventana con una silla. Camila cayó al suelo y cuando Laura la tomó, dijo que Nora le había pedido que fuera con ella. Esa noche nos fuimos a un hotel. Queríamos cámaras en los pasillos y gente cerca. Dormimos los cuatro en una habitación con la puerta asegurada y la ventana cerrada. Cuando despertamos, Camila ya
no estaba. La puerta seguía cerrada por dentro y la ventana no podía abrirse. La buscamos en el edificio y después llamamos a la policía. Revisaron cuartos, escaleras, pasillos y grabaciones, pero ninguna cámara mostró a mi hija saliendo. Solo encontraron una falla breve en la cámara situada frente a nuestra puerta y las demás siguieron grabando. Camila nunca apareció. Después, mi hermano y yo fuimos a la bodega y el espejo también había desaparecido. La puerta seguía cerrada y no había señales de entrada. Semanas más tarde regresé a
la casa con dos agentes. La trampilla estaba abierta, así que bajamos y encontramos un dibujo nuevo clavado en la pared. Laura, Elisa y yo aparecíamos afuera. Camila estaba detrás de una ventana junto a Nora y detrás de las dos se veía el lente de ojos rojos. En la parte inferior alguien había escrito falta uno. Los agentes fotografiaron el dibujo. Durante meses pensé que la frase se refería a Elisa, así que Laura se marchó con ella y dejamos de vivir juntos. Hace tres noches entendí mi error.
Entré al baño y vi a Camila en el espejo con la misma ropa que llevaba cuando desapareció. Me giré y no había nadie. Volví a mirar y seguía ahí llorando en silencio. Levantó una mano y señaló detrás de mí. Nora apareció a su lado y el lente se colocó detrás de las dos. Entonces levantó un brazo y me señaló. Ahí entendí el dibujo. No faltaba Elisa, faltaba yo. Desde entonces retiré los espejos y cubrí las ventanas, pero ya no sirve. Lo he visto en la pantalla
apagada del televisor, en el vidrio del horno y en mi teléfono cuando queda negro. Mientras escribía esto, escuché a Camila llorar dentro del baño. La puerta sigue cerrada y no voy a abrirla. El llanto se detuvo y ahora escucho la risa. Miré el teléfono y en la pantalla estaban Nora y Camila, una a cada lado de aquello. Vi su rostro completo, los ojos rojos, la boca abierta y los dientes mientras se reía. Una mano descansaba sobre mi hombro. Aparté el teléfono, pero la presión seguía ahí.
Intenté quitármela y toqué unos dedos largos, duros, con uñas que me rozaron el cuello. Ya no necesito mirar ningún reflejo para saber dónde está. Acaba de acercar la cara a mi oído y está usando la voz de Camila para decir mi nombre y decirme que pronto estaré con ellas. Encontramos un ataúd enterrado exactamente debajo de nuestra cama. En la tapa habían grabado una advertencia. No despierten al que no murió. Lo abrimos pensando que encontraríamos restos humanos, pero dentro solo había ropa vieja, tierra húmeda y seis
fotografías de Carolina y de mí mientras dormíamos. La última había sido tomada esa misma mañana. Todo empezó por una fuga de agua. Carolina y yo llevábamos casi 4 años viviendo en aquella casa y hasta entonces no habíamos tenido ningún problema serio. Una mañana vimos humedad cerca del baño. Llamamos a un plomero y después de revisar la tubería nos explicó que necesitaba abrir parte del piso del dormitorio para encontrar el daño. Movimos la cama, entraron dos trabajadores y comenzaron a excavar. Después de retirar tierra durante un
rato, uno de ellos golpeó madera con la herramienta. Al principio pensaron que era una caja enterrada, pero limpiaron los bordes y descubrieron la forma completa. Era un ataúd colocado justo debajo del lugar donde dormíamos. Carolina empezó a tomar fotografías mientras yo llamaba a la policía. Nadie quiso moverlo. Uno de los trabajadores continuó retirando tierra alrededor de la tapa. hasta que quedaron visibles unas letras talladas en la madera. Cuando las leímos, los dos hombres dejaron de trabajar. La frase decía: "No despierten al que no murió." Uno
salió del dormitorio y el otro dejó las herramientas en el suelo, decidido a no tocar nada más hasta que llegaran las autoridades. La policía apareció poco después, revisó la excavación y nos preguntó cuánto tiempo llevábamos viviendo ahí y si conocíamos a los propietarios anteriores, pero no conocíamos a ninguno. Los agentes inspeccionaron la madera y decidieron abrir el ataúd para comprobar si había restos humanos. Carolina y yo nos quedamos en la entrada del dormitorio mientras levantaban la tapa. No había huesos ni un cuerpo, solo una camisa,
un pantalón, tierra y varias fotografías. Una gente tomó la primera y me la mostró. Salíamos Carolina y yo dormidos. Ella reconoció las sábanas porque las habíamos comprado pocas semanas antes. En otra imagen aparecía mi lado de la cama. En la siguiente estaba ella sola y una más había sido tomada desde los pies. La quinta nos mostraba a los dos. La sexta era distinta. El dormitorio aparecía sin la cama, tal como lo habíamos dejado para comenzar la reparación. En una esquina se veía una bolsa de herramientas
que el plomero había llevado esa mañana. Esa imagen había sido tomada pocas horas antes de que encontráramos el ataúd. A partir de ahí, los agentes revisaron toda la casa, buscaron cámaras, comprobaron ventanas, cerraduras, armarios y cualquier punto por donde alguien pudiera haber entrado, pero no encontraron señales de acceso forzado ni dispositivos visibles. Carolina preguntó quién había tomado aquellas imágenes y nadie pudo responderle. Sacaron la ropa y las copias para analizarlas. Después inspeccionaron el interior de la caja y encontraron tierra húmeda en el fondo. Uno de
los agentes presionó una esquina de la madera y notó que seía. Pensó que podía estar dañada, así que dejó de tocarla hasta terminar de documentar el hallazgo. Nos recomendaron pasar la noche en otro lugar y fuimos a casa de mi hermano. Durante horas intentamos encontrar una explicación. Pensamos en una copia de las llaves, en alguien relacionado con los antiguos propietarios o en una persona que hubiera entrado sin dejar señales, pero ninguna posibilidad resolvía lo principal. Aquellas imágenes recientes estaban dentro de una caja enterrada bajo nuestro
dormitorio. No encontramos una respuesta en toda la noche. Al día siguiente, regresamos y el ataúd seguía dentro de la excavación, mientras los agentes terminaban de revisarlo. Más tarde descubrieron algo que no habían visto al principio. El fondo no era una sola pieza, tenía un panel independiente y las orillas estaban cubiertas de tierra. por eso se confundía con el resto de la madera. Cuando retiraron el barro y levantaron esa sección, apareció una abertura. Los agentes iluminaron el hueco y encontraron un conducto vertical. El ataúd no descansaba
directamente sobre tierra firme, estaba colocado encima de ese acceso. El panel podía abrirse desde abajo, lo que permitía llegar hasta el interior sin levantar la tapa superior. Alguien podía meter fotografías, retirar objetos y volver a cerrar el fondo desde el mismo conducto. Así entendimos cómo habían llegado las imágenes hasta ahí. Debajo del ataúd espacio por el que una persona podía subir. El conducto descendía más de lo que alcanzaban a ver, así que la policía suspendió la inspección hasta tener equipo adecuado. Cubrieron la zona y nos
pidieron salir otra vez de la casa. Antes de irnos, entré al dormitorio para recoger una mochila. Mientras la levantaba, escuché un golpe debajo del piso. Me quedé quieto y esperé. Sonó otro. Luego un tercero con unos segundos entre cada uno. Llamé a un agente y entró conmigo. Los dos guardamos silencio. Volvimos a escucharlos y el último sonido vino de la zona del armario. El agente nos pidió salir del dormitorio. Carolina estaba juntando sus cosas cuando vi algo blanco junto a la pared cerca del armario. Me
agaché y recogí una fotografía, pero no estaba ahí cuando había entrado por la mochila. La imagen mostraba a Carolina, a la gente y a mí dentro de la habitación, los tres de espaldas, en la misma posición en la que habíamos estado unos minutos antes. Revisé el ángulo desde el que habían tomado la foto y dirigí la vista hacia el único punto posible. Habían fotografiado a los tres desde el interior del armario. La policía vació el armario y retiró la ropa, las cajas y las tablas del
fondo. Detrás encontraron un panel añadido durante una remodelación antigua y al desmontarlo apareció una abertura cerca del suelo. Era demasiado estrecha para que pasara una persona, pero tenía espacio suficiente para introducir una cámara pequeña o deslizar una fotografía. Uno de los agentes metió una cámara de inspección y vimos el recorrido en una pantalla. El hueco descendía por dentro del muro, giraba hacia el piso y continuaba fuera del alcance del cable. Cuando compararon la posición con la imagen que acabábamos de encontrar, el ángulo coincidía. La fotografía
había salido de ese punto. Alguien podía observar el dormitorio desde dentro de la pared y mientras nosotros descubríamos el ataúd, había estado a pocos metros escuchando todo. Nos hicieron salir de la casa y continuaron revisando sin nosotros. Al día siguiente nos explicaron que habían encontrado otros conductos conectados con la misma zona. Ninguno permitía el paso de una persona adulta. Eran espacios estrechos que llegaban al baño, a la cocina y a distintos puntos de las paredes. Algunas aberturas estaban cubiertas por muebles o reparaciones hechas años atrás.
Otras terminaban detrás de paneles que nunca habíamos movido. Eso explicaba desde dónde habían tomado varias de las fotografías, pero todavía quedaba lo principal, quién utilizaba esos huecos y dónde estaba en ese momento? La revisión siguió por el conducto descubierto debajo del ataúd. Retiraron la caja de madera y encontraron una cubierta escondida bajo la tierra. Al levantarla apareció una escalera que descendía hasta un espacio construido bajo la casa. Desde ese momento ya no nos permitieron acercarnos. Carolina y yo esperamos afuera mientras entraban agentes con cámaras y
equipo de protección. Horas después nos mostraron parte de lo que habían grabado y todavía recuerdo la primera imagen con claridad. Debajo de nuestro dormitorio había una habitación que nosotros nunca habíamos sabido que existía. En la habitación encontraron un colchón, ropa de distintas épocas, recipientes, herramientas, una conexión al agua y cables tomados de la instalación eléctrica. Había latas recientes junto a envases muy antiguos, pero lo que detuvo la inspección fue una pared cubierta de fotografías. Eran cientos y estaban agrupadas por familias. Reconocimos nuestras habitaciones y nuestros
muebles en las más nuevas, mientras que las anteriores mostraban a otros residentes de la casa. Entre ese material había también fotografías familiares sacadas de cajones y álbumes. En varias aparecía el mismo hombre, alto, muy delgado, con el cabello oscuro y una cicatriz debajo del ojo izquierdo. A veces estaba al fondo de un pasillo, otras junto a una puerta o reflejado en un espejo. Al principio pensé que todas pertenecían a una misma época hasta que uno de los agentes empezó a revisar las fechas escritas detrás. Había
décadas entre unas y otras. Una fotografía era de 1956, otra de 1978 y varias correspondían a los años 90. Después aparecieron imágenes tomadas durante nuestra estancia en la casa. El hombre tenía el mismo rostro en todas sin cambios visibles de edad. La policía localizó antiguos propietarios y uno de ellos lo reconoció. Había vivido ahí cuando era niño y recordó haberlo visto una noche dentro de su dormitorio. Su padre revisó la casa, encontró una abertura en el piso y la cerró pocos días después. También recordaba que
desde entonces había un ataúd bajo esa zona, aunque nunca supo quién lo puso ni qué contenía. Otro propietario identificó al mismo hombre en una fotografía familiar tomada muchos años más tarde. También encontraron cuadernos con nombres. fechas y movimientos de las familias que habían vivido arriba. Los primeros registros eran antiguos y los últimos llegaban hasta nosotros. La escritura se mantenía casi idéntica durante todo el conjunto. Un perito fotografió varias páginas y comparó trazos separados por décadas. No nos dio una conclusión en ese momento, pero confirmó que
los cuadernos no habían sido escritos recientemente para fingir antigüedad. Había papel deteriorado, tintas distintas y hojas afectadas por humedad antigua. Entre las últimas notas estaban nuestros horarios, las visitas que recibíamos y la fecha en que llamamos al plomero. En la última línea solo había cuatro palabras. Ya abrieron el piso. Los agentes revisaron los conductos y confirmaron que ninguno permitía el paso de una persona adulta. La única salida de la habitación subterránea el acceso vertical que terminaba debajo del ataú. Entonces, la advertencia dejó de ser una
frase extraña. La caja cubría la entrada. El fondo móvil permitía llegar hasta su interior y la tapa, la tierra y el piso mantenían cerrado el paso hacia la casa. No encontraron un cuerpo, una tumba, ni un registro funerario relacionado con aquel objeto. Lo que estaba debajo no necesitaba el ataúd para descansar, quienes lo habían colocado ahí. Lo necesitaban para mantener cerrado el acceso. Mientras seguían inspeccionando, apareció otra fotografía junto a la escalera. Había sido tomada ese mismo día y mostraba a Carolina hablando con una gente
en el patio. La copia estaba limpia. sin tierra ni humedad. Nadie supo quién la había dejado ahí. registraron la casa completa, cerraron las salidas y revisaron cada habitación, pero no encontraron al hombre de las imágenes. Yo volví a pensar en los golpes bajo el suelo. Primero los escuchamos lejos, después debajo del dormitorio y el último había llegado desde el armario. Esa noche entendí que no se estaba moviendo sin rumbo. Había estado subiendo hacia la abertura que nosotros dejamos libre. Nos llevaron a casa de un familiar
esa misma noche y la propiedad quedó cerrada. Durante los días siguientes nos llamaron varias veces para identificar objetos y revisar fotografías. Cada inspección sacaba algo nuevo. Los agentes encontraron más imágenes del mismo hombre en cajas antiguas, álbumes familiares y sobres que habían permanecido guardados durante años. En algunas estaba dentro de la casa, en otras aparecía detrás de una ventana o al fondo de un pasillo. Las fechas cambiaban, pero su rostro no. La cicatriz debajo del ojo izquierdo seguía en el mismo lugar y sus facciones permanecían
intactas. Nadie encontró un nombre, una identificación o un registro que explicara quién era. Carolina dejó claro que no quería volver. Yo regresé una sola vez acompañado por dos agentes para recoger documentos y algo de ropa. El dormitorio seguía cerrado y la abertura estaba cubierta y el ataúdo. Como evidencia. Pregunté si habían encontrado a alguien dentro de la casa o en los terrenos cercanos. La respuesta fue no. También pregunté si podían asegurar que el hombre había salido por el acceso del dormitorio, pero tampoco podían. Los conductos
secundarios seguían siendo demasiado estrechos y no encontraron otra salida en la habitación subterránea. Salí con dos bolsas y no regresé. Alquilamos un departamento y dimos la dirección solo a nuestros familiares más cercanos. Instalé cámaras en la entrada, el pasillo y la sala. Durante varias semanas no ocurrió nada. Dormíamos mal, pero no encontramos nuevas imágenes. No faltaron objetos y las grabaciones no mostraron a nadie entrando. La investigación continuó y cuando terminaron de revisar parte de nuestras pertenencias, nos devolvieron varias cajas que habían retirado de la casa.
Una tarde Carolina y yo empezamos a abrirlas. Había documentos, ropa, pequeños objetos y un sobre con fotografías recuperadas de la habitación subterránea. Reconocimos muchas. Nosotros dormidos, comiendo, viendo televisión o entrando por la puerta principal. Las fuimos separando hasta que Carolina tomó una y dejó de hablar. Me la pasó. La imagen mostraba la entrada del edificio donde vivíamos. Entonces nosotros aparecíamos descargando cajas del coche el día de la mudanza. Reconocí una lámpara que había comprado después de abandonar la casa y una chamarra nueva de Carolina. Esa
fotografía no podía haber estado debajo de nuestro antiguo dormitorio antes de que nos fuéramos. Llamamos a la policía. Dos agentes recogieron la imagen, revisaron las cámaras del edificio y preguntaron quién había tenido acceso a las cajas. No encontraron una explicación. Las grabaciones disponibles no mostraban a nadie siguiéndonos durante la mudanza y el sobre había permanecido sellado desde que salió del almacén de evidencias. A partir de ese día, revisé las cámaras todas las mañanas y todas las noches. También marqué por dentro las puertas y las ventanas
para saber si alguien las movía. Dos noches después encontramos otra fotografía. estaba sobre la mesa de la cocina cuando nos levantamos. Yo había limpiado esa superficie antes de acostarme y no había nada encima. Las cerraduras seguían puestas, las marcas de las ventanas no se habían movido y las cámaras no registraron ninguna entrada. En la imagen estábamos Carolina y yo dormidos. La fotografía había sido tomada desde la puerta del dormitorio. Junto al armario aparecía el mismo hombre de las fotos antiguas mirando hacia la cama. Se distinguía
la cicatriz debajo del ojo y tenía la cabeza inclinada hacia mi lado. Entregamos también esa imagen y nos fuimos del departamento. Revisaron el lugar, abrieron armarios, comprobaron paredes y examinaron las grabaciones completas. Nadie apareció entrando o saliendo durante la noche. Nos mudamos otra vez y dejamos atrás casi todo lo que había venido de la casa original. Solo llevamos documentos, ropa nueva y lo necesario para empezar de nuevo. Durante meses no pasó nada. La investigación terminó sin una identificación. Uno de los agentes me llamó por última
vez para avisarme que no habían encontrado registros del hombre ni una explicación para las fotografías antiguas. También confirmó algo que ya sabíamos antes de la reparación, el acceso bajo el ataúd llevaba décadas cubierto. La tierra no mostraba excavaciones recientes y ninguna persona adulta podía atravesar los conductos laterales. No me dio una teoría y yo tampoco se la pedí. Con el tiempo dejamos de hablar del tema. Carolina seguía revisando las cerraduras y yo conservé una cámara frente al dormitorio. Pero nuestras noches empezaron a ser normales. Pasaron
varios meses así hasta que una madrugada me despertaron tres golpes debajo de la cama. Carolina abrió los ojos después del segundo y escuchó el tercero conmigo. Encendí la luz, bajé los pies y vi tierra húmeda junto al armario. Había una línea delgada que salía desde debajo del mueble y cruzaba parte del piso. No abría el armario. Salimos del departamento y llamamos a la policía desde el coche. Dos agentes entraron primero y después nos permitieron volver. No encontraron a nadie. Movieron el mueble. revisaron la pared y
levantaron parte del recubrimiento del suelo. No había una habitación debajo, ni un conducto, ni un espacio por donde pudiera pasar una persona. Solo encontraron tierra. Antes de irnos, uno de los agentes me entregó algo que había aparecido detrás del armario. Era una fotografía reciente. Mostraba a Carolina y a mí de pie junto al ataúd el día que lo encontramos. Yo estaba mirando la advertencia de la tapa y ella tenía el teléfono en la mano. En el borde inferior de la imagen se veía una mano saliendo
desde abajo. Nunca habíamos visto esa fotografía. La guardaron como evidencia y nosotros nos marchamos esa misma mañana. Desde entonces no he vuelto a vivir en una planta baja y no conservo nada de aquella casa. Todavía recuerdo la frase de la tapa con exactitud: "No despierten al que no murió. Durante mucho tiempo pensé que la advertencia se refería a abrir el ataúd. Ahora sé que se refería a dejarle una salida, aquello que hasta ese momento nos acechó. La última cinta tenía la fecha de ese mismo día.
Al reproducirla, escuché mi propia voz, después la de mis hermanos, pero ninguno de nosotros había dicho todavía lo que estaba grabado. Unos minutos más tarde, repetimos esas mismas frases palabra por palabra, sin notarlo al principio. Mis hermanos y yo regresamos a la casa de nuestro padre después de su entierro. Ignacio, Rosa y yo habíamos sido para sacar documentos, guardar algunas cosas de la familia y dejar la propiedad lista para venderla. Ninguno quería quedarse más de lo necesario. Nuestra relación con él llevaba años desgastada y la
casa seguía ligada a la desaparición de nuestra madre Elena, ocurrida 20 años antes. Nunca encontraron su cuerpo. Papá sostuvo hasta el final que ella se había marchado por voluntad propia, aunque dejó sus pertenencias y jamás volvió a ponerse en contacto con nosotros. Durante años le preguntamos qué había pasado, pero siempre respondía lo mismo y cortaba la conversación en cuanto mencionábamos a mamá. Con el tiempo dejamos de insistir. Mientras limpiábamos el sótano, movimos una estantería y descubrimos una tapa metálica en el piso. Sobre ella había una
frase escrita con la letra de nuestro padre. Por favor, déjenla cerrada. Rosa pidió que la dejáramos ahí, pero Ignacio se negó. dijo que papá ya nos había ocultado demasiadas cosas y que no pensaba marcharse sin saber qué había enterrado debajo de la casa. Yo prefería no tocarla, pero terminé ayudándolo. Forzamos la tapa y debajo encontramos una caja metálica cerrada con varios seguros. Dentro había 27 cintas de cassette, un reproductor y una nota doblada. Cada cassette tenía una fecha escrita a mano. Reconocimos la letra enseguida. Era
la de mamá. La nota pertenecía a nuestro padre. Decía que si habíamos abierto la caja, ya habíamos cometido el mismo error que él. y nos daba tres instrucciones. No sacar ninguna cinta, no responder a ninguna voz si no podíamos ver a la persona que hablaba y cerrar todo de inmediato. Ignacio leyó la nota dos veces y dijo que papá había terminado perdiendo la razón. Rosa no respondió. Yo tomé la primera cinta. La fecha era de tres días después de la desaparición de nuestra madre. La puse
en el reproductor y escuchamos su voz. La reconocí desde la primera frase. Era su manera de pronunciar nuestros nombres, de detenerse antes de una palabra y de respirar cuando hablaba rápido. En la grabación, mamá decía que seguía dentro de la casa y que nuestro padre sabía lo ocurrido. Contaba que durante varios días había escuchado nuestras voces en habitaciones vacías. Una noche oyó a Rosa llorando desde el sótano. Bajó creyendo que se había lastimado y encontró la caja. La abrió. Después empezó a escuchar su propia voz
dentro de la casa. Ignacio detuvo el reproductor y Rosa nos contó algo que nunca había mencionado. Durante la semana en que mamá desapareció. Se despertó dos noches porque la oyó hablando en el pasillo. La primera vez salió de su habitación y no encontró a nadie y en la segunda no abrió la puerta. Se quedó acostada escuchando hasta que la voz dejó de oírse. Nunca se lo contó a nuestro padre. Seguimos con la cinta. Mamá explicaba que después de oír su propia voz varias veces, vio a
otra mujer dentro de la cocina. Era idéntica a ella. Llevaba su ropa, tenía la misma cicatriz en una mano y conocía cosas que solo ella podía saber. Mamá le habló y la mujer contestó con su misma voz y la grabación terminaba ahí. Ignacio quiso escuchar otra. Elegimos una fechada años antes de un accidente que él había sufrido. En la grabación, mamá decía que Ignacio perdería el control de un vehículo durante una tormenta y terminaría en el hospital con dos costillas fracturadas. Eso había ocurrido. Nadie de
nuestra familia podía haberlo sabido en 2006 porque el accidente sucedió mucho después. Busqué otra cinta y en esa mamá hablaba de mí. Decía que tendría una hija y que se llamaría Emilia. Cuando esa grabación fue hecha, yo todavía no conocía a la mujer con la que años después tuve a mi hija, que se llama Emilia. Después de escuchar eso, ninguno volvió a hablar de una broma, un montaje o una explicación preparada por nuestro padre. Revisamos todas las fechas, varias correspondían a años posteriores a la desaparición
de mamá. La última tenía escrita la fecha de ese día. Rosa pidió que no la reprodujéramos. Ignacio respondió que después de lo que ya habíamos escuchado, no tenía sentido dejar precisamente esa cerrada. Antes de que yo pudiera detenerlo, la colocó en el aparato. Primero se oyó ruido, después apareció mi voz diciendo que la caja debía quedarse dentro de la casa. Luego escuchamos a Ignacio decir que teníamos que llevar las cintas a la policía y la voz de Rosa respondió que antes necesitábamos saber qué había hecho
nuestro padre. Nadie se movió, pues ninguno de nosotros había pronunciado esas frases. La cinta siguió, se escucharon pasos y después una voz que cambió varias veces. Primero utilizó la de mamá, luego la de nuestro padre y al final una voz que no reconocimos. dijo, "Ya me abrieron otra vez." Ignacio apagó el reproductor y en ese momento escuchamos a mamá llamando a Rosa desde la planta de arriba. La voz repitió su nombre y usó el apodo que solo ella utilizaba cuando Rosa era niña. Después mencionó una
pulsera que Rosa había escondido el día anterior a la desaparición de mamá y dijo exactamente dónde la había dejado. Rosa nos aseguró que nunca se lo había contado a papá. Ninguno subió. La voz volvió a hablar desde arriba y esta vez nos pidió que no cerráramos la caja. Subimos juntos. Ignacio iba primero, Rosa detrás de él y yo cerraba el paso. Revisamos la casa sin separarnos, abrimos cada habitación y comprobamos las puertas, pero no encontramos a nadie. Cuando regresamos al sótano, Ignacio dijo que teníamos que
llevar las cintas a la policía. Rosa respondió que antes necesitábamos saber qué había hecho nuestro padre y yo dije que la caja debía quedarse dentro de la casa. Apenas terminé la frase, los tres nos quedamos callados. Eran las mismas palabras que habíamos escuchado en la cinta, dichas en el mismo orden. Ninguno necesitó señalarlo. Rosa quiso irse de inmediato. Yo también quería salir, pero antes volví a revisar la nota de papá y encontré varias hojas dobladas debajo. Eran registros y advertencias escritas durante años. Ahí supimos que
nuestro padre no había grabado las cintas ni las había reunido poco a poco. Las 27 aparecieron juntas después de la desaparición de mamá, incluidas las que llevaban fechas de años que todavía no habían llegado. Papá escribió que regresó al sótano y encontró la caja abierta con los cassetes dentro. Reprodujo varios. En unos escuchó a mamá, en otros oyó voces distintas, entre ellas la de Ignacio y la mía, aunque por entonces ninguno tenía la edad que se escuchaba en esas grabaciones. También dejó escrito que dejó de
buscar una explicación cuando empezaron a cumplirse hechos mencionados en las cintas. Nunca pudo determinar si las grabaciones anticipaban lo que iba a pasar o si escucharlas influía en los acontecimientos. por eso dejó de reproducirlas. En otra hoja anotó que una vez sacó un cassette y lo dejó fuera de la caja. Ese mismo día empezó a oír la voz de mamá en habitaciones vacías. Lo devolvió, cerró los seguros y las voces cesaron. Después intentó destruir una cinta, la quemó fuera de la casa y cuando revisó la
caja encontró otra igual en su lugar. A partir de ese momento no volvió a sacar ninguna. Las últimas hojas explicaban lo ocurrido con nuestra madre. Elena había encontrado la caja después de escuchar a Rosa llorando en el sótano. La abrió y durante los días siguientes comenzó a oír nuestras voces cuando nosotros no estábamos cerca. Después empezó a vernos dentro de la casa. Primero vio a Ignacio cuando él se encontraba en otro sitio. Más tarde me vio a mí y al final encontró a una mujer idéntica
a ella. Nuestro padre regresó una noche y las encontró a las dos. Las dos decían ser su esposa, conocían nuestra historia familiar y recordaban conversaciones que solo él y mamá habían tenido. Papá las separó, les hizo preguntas distintas y recibió las mismas respuestas. no encontró una diferencia para saber cuál era su esposa. Esa noche hubo una pelea. Una de las dos mujeres murió y la otra ayudó a nuestro padre a cerrar la caja. Dos días después, la que había sobrevivido desapareció. Debajo del relato, papá dejó
una frase subrayada. Nunca supe cuál de las dos murió. Entendí por qué había sostenido durante 20 años que mamá simplemente se había marchado. No sabía cuál había sobrevivido. Tampoco podía asegurar que la mujer que desapareció después fuera Elena. Ignacio dejó las hojas sobre la mesa y antes de que alguno dijera algo, escuchamos la voz de Rosa detrás de nosotros, dijo mi nombre. Pero Rosa estaba a menos de un metro de mí. Giramos y no vimos a nadie. La voz volvió a hablar, pronunció el nombre completo
de Ignacio y después recordó algo que había ocurrido cuando éramos niños, un hecho que solo nosotros tres conocíamos. Rosa dijo que ella no estaba hablando desde el otro lado del sótano, la misma voz respondió que tampoco estaba hablando. Ignacio cerró la caja y aseguró los seguros, y la voz se cortó en ese instante. Durante unos segundos no pasó nada. Luego alguien golpeó desde dentro. La tapa comenzó a moverse. Ignacio apoyó las manos encima y yo lo ayudé hasta que volvió a quedar quieta. Entonces escuchamos a
nuestro padre desde el interior y nos dijo que no dejáramos salir a Rosa. Ella seguía frente a nosotros. La voz mencionó una discusión que Rosa había tenido con papá años atrás y dio detalles que Ignacio y yo nunca habíamos oído. Rosa confirmó que todo era cierto. Después la voz cambió y utilizó la mía. dijo que uno de nosotros ya había sido copiado. Oímos movimiento junto a la caldera. Ignacio agarró una herramienta y yo dirigí la linterna hacia ese lado. Una mujer salió desde el fondo del
sótano. Era rosa. Llevaba la misma ropa, tenía el mismo cabello y la misma marca junto a la ceja. La rosa, que estaba con nosotros, gritó al verla. La otra también gritó. Y ambas empezaron a decir que la otra no era real. Ignacio les pidió que se callaran y comenzó a hacer preguntas sobre nuestra infancia, pero las dos respondieron bien. Cambió de tema, preguntó por cosas recientes y obtuvo las mismas respuestas. Entonces intervine. Le pregunté a cada una por algo que había ocurrido entre Rosa y yo
cuando estábamos solos, un episodio que nunca contamos a Ignacio ni a nuestro padre. Las dos dijeron lo mismo, recordaron el lugar y repitieron una frase que Rosa había pronunciado aquel día. No había diferencia en sus respuestas. Las dos estaban llorando y ambas sabían por qué dudábamos. Ahí entendí el problema que nuestro padre había enfrentado con nuestra madre. Si esa cosa tenía acceso a los recuerdos de una persona, ninguna pregunta privada servía para identificar al original. Ignacio dejó de interrogarlas. No podíamos dejar a una encerrada sin
saber si era nuestra hermana, pero tampoco podíamos sacar a ambas sin saber qué llevábamos con nosotros. Una de las rosas miró hacia la escalera, la otra siguió su mirada y las dos se quedaron quietas. Desde arriba llegaron dos golpes. Ambas voltearon hacia nosotros y dijeron al mismo tiempo que teníamos que salir de la casa. Las dos rosas insistieron en salir, pero Ignacio se negó a elegir entre ellas. Si dejábamos a una en el sótano, podíamos estar abandonando a nuestra hermana, pero si sacábamos a las dos,
también podíamos llevarnos aquello que nuestro padre había intentado mantener encerrado durante 20 años. Volví a las notas y busqué cualquier detalle que permitiera distinguir una copia. encontré una observación repetida. Mientras la caja permaneciera cerrada, las imitaciones no podían mantenerse lejos de ella durante mucho tiempo. Papá no explicaba cuánto duraba ese límite ni qué ocurría después de una apertura prolongada. Nosotros ya habíamos dejado la caja abierta más de lo que él recomendaba. Una de las rosas empezó a sangrar por la nariz. Ignacio señaló a la otra
y dijo que quizá esa era la diferencia que necesitábamos, pero ella respondió que el sangrado podía ser parte de la copia. Antes de decidir algo, también le salió sangre a la segunda. Las dos se limpiaron y volvieron a pedirnos que saliéramos. Dejamos de buscar señales físicas. En ese momento sonó mi teléfono en la planta de arriba. Lo había dejado sobre una mesa antes de bajar. Después escuché mi propia voz hablando en algún punto de la casa. No distinguí las palabras, pero reconocí el tono y cómo
pronunciaba el nombre de Ignacio. Una de las rosas preguntó si había dejado alguna grabación reproduciéndose. Le dije que no. Mi voz volvió a escucharse arriba, más cerca de la escalera. Ignacio aseguró la caja y nos ordenó subir juntos. Las dos rosas avanzaron al mismo tiempo. Una intentó adelantarse y la otra la sujetó del brazo. Luego empezaron a forcejear. Ignacio trató de separarlas y yo me acerqué para ayudarlo. Una cayó detrás de la escalera, la otra tropezó conmigo y durante unos segundos perdí de vista a las
dos. Cuando logramos incorporarnos, solo una seguía ahí. La buscamos en el sótano. Revisamos detrás de la caldera, debajo de la escalera y el espacio junto a la pared donde había aparecido. Pero no encontramos a la otra, no había una segunda salida. La rosa que permanecía con nosotros aseguró que la otra había corrido hacia el fondo durante el forcejeo. Ignacio le preguntó cuál de las dos era y ella respondió que era nuestra hermana. no intentó convencernos con recuerdos, solo pidió que no la dejáramos ahí. Subimos con
ella. Mi teléfono estaba en el piso con una llamada activa y sin número visible en la pantalla. Lo acerqué al oído. Escuché una respiración igual a la mía. Después, mi propia voz dijo que no regresara al sótano. La llamada terminó. Salimos de la casa sin llevar ninguna cinta. La caja quedó cerrada y ninguno quiso volver a tocarla. Decidimos mantenernos juntos hasta hablar con la policía y evitar a nuestras familias mientras no supiéramos quién había salido con nosotros. Rosa entendió nuestra desconfianza y dijo que tampoco podía
demostrarnos que era ella y que cualquier recuerdo que mencionara podía conocerlo la copia. Nos detuvimos en un lugar con gente e Ignacio llamó a la policía. explicó que habíamos encontrado documentos relacionados con la desaparición de nuestra madre y pidió que enviaran a alguien a la casa. No habló de las voces ni de las dos rosas. Mientras seguía en la llamada, revisé mi teléfono. Tenía varios mensajes de mi esposa. Uno preguntaba en dónde había dejado unas llaves y otro decía que Emilia quería enseñarme algo. Eran recientes.
Le escribí preguntando por qué me mandaba eso y respondió que dejara de hacer bromas. Después envió una fotografía. Mi esposa estaba en la sala, Emilia junto a ella y sentado al otro lado. Aparecía yo. Miré la imagen varias veces antes de enseñársela a Ignacio y Rosa también la vio. La fotografía era reciente y yo estaba a horas de mi casa. Llamé a mi esposa, pero no contestó. Volví a marcar y recibí otro mensaje. Decía que no podía hablar porque yo estaba sentado frente a ella y
le estaba pidiendo que ignorara las llamadas. Ignacio me pidió que no respondiera. Un momento después llegó otra fotografía. Esta vez mi rostro se veía de frente. El hombre tenía mi ropa, mi barba y la cicatriz debajo de la barbilla. Mi esposa escribió que había llegado con mis llaves. Conocía la contraseña del teléfono que guardábamos en casa y recordaba detalles de nuestra relación que nadie más sabía. Emilia lo había reconocido desde que entró. Le escribí que tomara a nuestra hija y saliera de la casa, pero no
respondió. Recibí un audio y lo reprodujimos juntos. Primero se oyó la voz de mi esposa preguntando qué estaba pasando. Después habló el hombre que estaba con ella. Tenía mi voz. Le pidió que mantuviera la calma. nombró a Ignacio y a Rosa y aseguró que la persona que estaba escribiendo desde mi teléfono no era Sergio. Dijo que el verdadero Sergio seguía en casa y que lo que había salido del sótano había copiado mis recuerdos hasta terminar convencido de ser yo. Cuando terminó el audio, Ignacio me miró
y Rosa retrocedió un paso. Les dije que yo era Sergio, pero ninguno respondió. Pensé en contarles algo que solo nosotros tres conocíamos y me detuve. Ya habíamos probado ese método con las dos rosas y los recuerdos no demostraban nada. Volví a abrir la fotografía. El hombre sentado junto a mi hija miraba directamente a la cámara. Estaba en mi casa con mi familia usando mis llaves y mis recuerdos. Yo estaba lejos con un hermano que empezaba a dudar de mí y una mujer que podía ser rosa
o una copia perfecta. Desde la casa de nuestro padre salimos tres personas. Eso es lo único que todavía puedo afirmar. Ya no puedo demostrar que los tres que salimos seamos los mismos que entramos. Y después de escuchar mi propia voz desde la casa donde vive mi hija, tampoco puedo demostrar algo más básico. No puedo demostrar que yo sea el Sergio original. Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver La niña de los espejos y también la habitación del [ __ ] No.