
Hola familia, este es mi juego llamado Ecolook y quiero llegar al nivel 20, así que les estaré subiendo como intento lograrlo, ya que es un nivel imposible. Mi hijo llevaba menos de un minuto de nacido. Cuando mi madre salió del cuarto, cerró la puerta por fuera y echó el cerrojo. Yo seguía acostada con él sobre el pecho. Todavía sangraba y apenas podía mover las piernas. Lo primero que pensé fue que iba a buscar algo, pero enseguida escuché su voz al otro lado de la puerta y
la de mi abuela junto a ella. No estaban hablando conmigo, estaban rezando en un idioma que nunca había oído. Durante el embarazo, mi madre había insistido en que tuviera al bebé en la casa de campo de la familia. Decía que varias mujeres de nuestra familia habían dado a luz ahí y que quería mantener esa costumbre. Yo no le vi nada extraño. El embarazo había ido bien y confiaba en las dos, así que acepté. Mi madre y mi abuela estuvieron conmigo durante todo el parto, prepararon lo
necesario y me ayudaron hasta el final. Nada cambió hasta que mi abuela sostuvo al bebé por primera vez. Lo limpió, lo revisó y se quedó mirándolo en silencio. Mi madre le preguntó si era niño o niña. Cuando escuchó que era varón, dejó de sonreír y mi abuela tampoco dijo nada. Se miraron durante unos segundos, luego me lo entregaron y salieron juntas. Después escuché el cerrojo. Llamé a mi madre pensando que había cerrado por error, pero no respondió. Volví a llamarla y entonces empezaron los rezos. Una
decía unas palabras, la otra contestaba y luego repetían la misma frase. No reconocía ese idioma ni entendía por qué estaban haciendo aquello, mientras yo seguía encerrada con un recién nacido. El bebé comenzó a llorar. Intenté levantarme y tuve que apoyarme en la cama porque las piernas me temblaban. Llegué hasta la puerta, golpeé varias veces y les pedí que abrieran. Mi abuela se acercó y me dijo desde el otro lado que regresara a la cama. Le pregunté por qué me habían encerrado y me contestó que no
intentara salir. Después volvió con mi madre y continuaron rezando. Ahí entendí que aquello tenía relación con mi hijo. Regresé por él, lo envolví y busqué otra salida. Había una ventana que daba al jardín. Intenté abrirla, pero estaba atorada. empujé varias veces mientras lo sostenía contra mí. Entonces escuché que quitaban el cerrojo, me detuve y miré hacia la puerta. Mi madre entró primero. Su rostro ya no era el mismo. Tenía una sonrisa demasiado abierta. Los dientes eran más largos y las uñas se habían vuelto negras y
afiladas. Mi abuela apareció detrás de ella con el mismo aspecto. Me alejé sin soltar al niño y les pregunté qué les había pasado. Mi madre respondió que nada les había pasado, que yo solo estaba viendo lo que realmente eran. Mi abuela cerró la puerta otra vez. Entonces, mi madre señaló al bebé y me dijo que había llegado el momento de contarme la verdad. Habló de un acuerdo que llevaba generaciones dentro de nuestra familia. Según ella, las mujeres de nuestra sangre habían recibido dinero, propiedades y una
vida cómoda a cambio de cumplir una sola condición. El primer hijo varón de cada generación debía ser entregado la noche de su nacimiento. Le pregunté qué quería decir con entregarlo. No evitó la respuesta y me dijo que el niño tenía que quedarse ahí y que yo debía dárselo. Lo abracé con más fuerza. Mi abuela añadió que otras mujeres antes que yo habían pasado por lo mismo y que todas habían cumplido. Le pregunté qué había ocurrido con aquellos niños. Respondió que ninguno había salido de esa casa.
En ese momento recordé las fotografías familiares que había visto toda mi vida. Había madres, hijas, hermanas, tías y abuelas, pero no recordaba a ningún niño varón entre ellas. Hasta esa noche nunca me había detenido a pensar en eso. Mi madre volvió a extender los brazos y me pidió al bebé, pero me negué. Entonces me dijo que el ritual tenía que completarse esa misma noche y también aseguró que sacar al niño de la casa no rompería el acuerdo, solo dejaría la deuda pendiente. Creí que trataba de
asustarme para que obedeciera. No llegué a responder porque escuché un ruido detrás de ellas. Las dos guardaron silencio y se apartaron. Una figura enorme apareció al fondo del cuarto. Tenía cuernos y unos ojos rojos fijos en mi hijo. Mi abuela bajó la cabeza. Mi madre permaneció a un lado y volvió a pedirme que se lo entregara. Ninguna de las dos mostró miedo. El bebé dejó de llorar justo cuando aquella figura avanzó hacia nosotros. Yo seguía junto a la ventana con el niño pegado al pecho intentando
decidir qué hacer. tenía el cuerpo débil, la puerta estaba cerrada y las dos mujeres que me habían criado estaban esperando que le entregara mi hijo a esa cosa. Hasta ese momento había intentado encontrar una explicación para lo que estaba viendo. Pensé que podían estar enfermas, que yo estaba demasiado débil por el parto o que algo no estaba funcionando bien en mi cabeza. Todo terminó cuando la figura volvió a avanzar y mi madre me dijo que ya era hora. Ahí entendí por qué habían insistido tanto en
que el parto fuera en esa casa, porque cerraron la puerta apenas supieron que había nacido un varón y por qué llevaban tanto tiempo ocultándome lo que ocurría en nuestra familia. No me habían llevado ahí para mantener una tradición, me habían llevado para entregar a mi hijo y si quería sacarlo con vida, tenía que hacerlo antes de que terminaran el ritual. La figura seguía detrás de mi madre y de mi abuela. Yo escuchaba su respiración lenta y pesada mientras mi madre volvía a pedirme al niño. Esta
vez ya no habló con calma. Le pregunté qué iba a pasar si se lo entregaba y respondió que no necesitaba saberlo, que después podría seguir con mi vida y algún día entendería por qué las mujeres de nuestra familia habían cumplido durante tanto tiempo. Mi abuela añadió que resistirme solo iba a empeorar las cosas. Las dos hablaban sin mostrar miedo. Miré alrededor buscando una salida y vi las tijeras que habían usado durante el parto sobre una mesa cerca de la cama. Yo seguía débil, tenía las piernas
temblando y sentía el cuerpo cada vez más pesado, pero ninguna de las dos me había atacado. Me habían encerrado, habían llamado a aquella figura y todavía esperaban que entregara al bebé con mis propias manos. Esa demora me daba una oportunidad. Acomodé a mi hijo en un brazo y bajé la mirada. Mi madre se acercó, extendió las manos y dijo que todo terminaría en cuanto se lo entregara. Moví al bebé hacia ella y dejé que avanzara un poco más. Cuando estuvo cerca, agarré las tijeras con la
mano libre y se las clavé en un ojo. El grito llenó el cuarto. Mi madre cayó de lado y se cubrió la cara mientras mi hijo comenzaba a llorar. Mi abuela se lanzó sobre mí. Alcanzó a agarrarme de la ropa, pero tiré con fuerza y conseguí soltarme antes de que pudiera sujetarme del brazo. Fui directo hacia la ventana, la empujé una vez y no se dio. Así que volví a hacerlo con el hombro y esta vez se abrió. Subí con dificultad. Pasé una pierna y luego
la otra sin separar al niño de mi pecho. Caí en el jardín y el golpe me dejó sin aire. Me quedé en el suelo unos segundos, revisé al bebé y vi que seguía llorando, pero estaba bien. Desde el cuarto escuché a mi abuela gritar mi nombre y me levanté. Conocí un camino que cruzaba el terreno y llevaba hasta la carretera. Así que avancé todo lo rápido que mi cuerpo me permitía. Acababa de dar a luz, seguía sangrando y cada paso me dolía. Escuché a mi abuela
salir de la casa y volver a llamarme, pero no volteé. Entré al monte con el bebé pegado al pecho. Perdí primero un zapato y después el otro, así que continué descalza. Las ramas me golpeaban las piernas y en varias partes tuve que sujetarme de los árboles para no caer. Al ratos escuchaba a mi abuela detrás de mí. Otras veces solo oía movimiento entre las ramas. Mi madre no venía con ella y tampoco veía a la figura que había aparecido en el cuarto. Seguí avanzando hasta que
mi hijo dejó de llorar. Bajé la mirada y vi que tenía los ojos abiertos, pero no me miraba a mí. Tenía la vista fija por encima de mi hombro. Giré de inmediato, pero no vi a nadie. Continué sin detenerme y poco después escuché otra vez la voz de mi abuela mucho más cerca. Me pidió que regresara y dijo que solo estaba haciendo las cosas más difíciles. Luego repitió que salir de la casa no iba a borrar la deuda. Yo no respondí. Seguí caminando hasta dejar de
oírla. El dolor en el abdomen aumentaba y las piernas empezaban a fallarme. Pero entonces escuché el motor de un vehículo en la carretera. Cambié de dirección y avancé hacia ese sonido. Cuando salí del monte, vi un vehículo acercándose. Me puse junto al camino y levanté un brazo. El conductor redujo la velocidad y se detuvo al verme descalza, cubierta de sangre y con un recién nacido en brazos. Le dije que acababa de dar a luz y que necesitaba salir de ahí. No expliqué nada más. Antes de
subir, miré hacia los árboles y vi a mi abuela detenida entre ellos. Su rostro había vuelto a la normalidad. No avanzó, no gritó y tampoco intentó acercarse. El conductor me preguntó si ella venía conmigo. Le dije que no y subí con el bebé y le pedí que siguiera adelante. Me senté con el niño en brazos y no lo solté durante el trayecto. El conductor hizo algunas preguntas, pero solo repetí que necesitaba atención médica y alejarme de esa casa. Miré hacia atrás, pero mi abuela se quedó
donde estaba hasta que la distancia me impidió distinguirla. El niño seguía conmigo y nadie venía detrás. Por primera vez desde el parto pude respirar sin escuchar pasos ni voces cerca. El hombre me llevó a una clínica. Me atendieron por la pérdida de sangre y revisaron al bebé. Estaba sano. Cuando pude hablar con más calma, llamé a un familiar de confianza y le dije que había tenido un problema grave con mi madre. y mi abuela. No conté lo que había visto, solo le pedí que fuera a
la casa acompañado y revisara si seguían ahí. Cuando llegaron, las dos habían desaparecido. Faltaban ropa, documentos y algunas pertenencias. En el cuarto donde había nacido mi hijo encontraron sangre, pero nada más. Intentaron comunicarse con ellas durante los días siguientes y nunca respondieron. Yo tampoco volví a saber de ninguna de las dos. Durante esos días recordé varias veces la frase que mi abuela había gritado mientras me perseguía. No había cambiado una sola palabra. Salir de aquella casa no borraba la deuda. Cuando pude volver a moverme con
normalidad, empecé a hacer preguntas sobre mi familia. No quería escuchar historias de brujería ni explicaciones antiguas. Solo necesitaba saber si antes de mi hijo habían nacido otros varones. Pregunté por hermanos de mi madre, por hijos de mis tías y por niños de generaciones anteriores, pero nadie me dio una respuesta clara. Algunos aseguraban que en nuestra familia casi siempre nacían mujeres, otros cambiaban de tema y una tía mayor dejó de contestarme después de que insistí demasiado. Entonces busqué las fotografías familiares que todavía conservaba. Había imágenes de
varias generaciones, muchas de personas que apenas conocía por nombre. Revisé cumpleaños, reuniones y retratos antiguos. Encontré mujeres embarazadas, niñas pequeñas, hermanas, madres y abuelas. Pero no vi un solo hijo varón. Miré cada foto más de una vez para asegurarme de no haber pasado alguno por alto. No encontré ninguno. Mi madre había dicho que el primer varón de cada generación era entregado y aquellas fotografías no mostraban una sola excepción. Poco después me fui de la ciudad, cambié de número, corté contacto con casi toda mi familia y
dejé de decir en dónde vivía. No sabía si mi madre o mi abuela seguían cerca. Tampoco quería averiguarlo. Lo único que me importaba era mantener al niño lejos de ellas. Guardé nuestros documentos y algunas cosas básicas en una bolsa por si tenía que salir de nuevo sin aviso. Durante los meses siguientes no ocurrió nada extraño. Mi hijo creció sano, comía bien, dormía sin problemas y avanzaba con normalidad. Yo seguía alerta, pero cada semana sin noticias me ayudaba a bajar la guardia. Con el tiempo dejé de
revisar las ventanas cada vez que escuchaba un ruido. También dejé de levantarme durante la noche, solo para comprobar que seguía en su cuna. Nunca olvidé lo sucedido, pero empecé a aceptar que haber salido de aquella casa podía haber detenido el ritual. Mi abuela había dicho que la deuda seguía pendiente, aunque durante meses no apareció ninguna señal que confirmara sus palabras. Quise creer que solo había intentado hacerme regresar. Yo lo bañaba todos los días y conocía bien la piel de su pecho. Nunca había tenido manchas oscuras,
heridas, ni una marca parecida. La noche anterior a su cumpleaños lo había cambiado de ropa antes de acostarlo y tampoco vi nada. Por eso, cuando apareció supe que no llevaba semanas ahí sin que yo lo notara. Mi hijo cumplió un año y esa noche todo siguió normal. Lo acosté, ordené algunas cosas y me fui a dormir. Más tarde escuché sonidos en su habitación. No lloraba, estaba despierto y hacía pequeños ruidos. Así que fui a verlo. Lo encontré sentado en la cuna mirando fijamente hacia una esquina.
Le hablé desde la puerta y no volteó. Me acerqué, repetí su nombre y pasé una mano frente a sus ojos, pero siguió mirando el mismo punto. Encendí la luz y revisé la esquina, pero no había nada. Cuando volví hacia él, noté que la parte superior de su pijama estaba levantada y vi una mancha oscura en su pecho. Pensé que se había ensuciado, así que pasé los dedos sobre la piel, pero la marca no salió. Le quité la pijama para verla mejor y encontré tres líneas negras
que nacían juntas y bajaban hacia el centro del pecho. No había heridas, inflamación ni sangre. Busqué una toalla húmeda y traté de limpiarlas, pero no cambiaron. Pasé los dedos otra vez y comprobé que estaban en la piel. Mientras yo revisaba la marca, mi hijo seguía mirando hacia la esquina. Le hablé, intenté distraerlo y lo levanté de la cuna. Solo entonces giró la cabeza hacia mí y sonríó. Esperé que balbuceara o hiciera alguno de los sonidos que ya conocía, pero en lugar de eso soltó una carcajada
grave y ronca. El sonido salió de su boca con una fuerza que nunca le había escuchado. Me quedé quieta sosteniéndolo frente a mí. volvió a reír y después giró lentamente hacia la misma esquina, pero no había nada ahí. Lo acerqué a mi pecho e intenté calmarlo. La risa se detuvo, pero sus ojos siguieron fijos en ese punto. Entonces levantó una mano y señaló. Yo miré otra vez y seguía sin ver nada, pero mantuvo el brazo extendido durante unos segundos y volvió a sonreír. Recordé de inmediato
lo que mi abuela había dicho sobre la deuda. Durante un año pensé que mi madre y ella habían desaparecido porque ya no podían terminar el ritual. Ahora sabía por qué no habían regresado. Yo había impedido que entregaran al niño aquella noche, pero el acuerdo seguía ligado a nuestra familia. Había sacado a mi hijo de la casa, había conseguido mantenerlo conmigo y durante meses creí que eso bastaba, pero miré las tres marcas negras de su pecho y supe que no. Mi hijo seguía señalando la esquina. Después
bajó la mano, apoyó la cabeza sobre mi hombro y se quedó tranquilo. Yo permanecí de pie con él entre los brazos. La marca había aparecido sin ninguna herida. Acababa de escuchar una voz que nunca le había oído y había pasado varios minutos mirando un lugar vacío. Todo ocurrió la primera noche después de cumplir un año. Entonces recordé otra cosa. Mi abuela se había quedado quieta cuando llegué a la carretera. No intentó alcanzarme y mi madre tampoco volvió a buscarme. Yo había escapado con el niño antes
de que completaran la entrega, pero nunca había roto el acuerdo que llevaba generaciones dentro de nuestra familia. Solo había [ __ ] lo que ellas esperaban que ocurriera. Mi hijo seguía vivo y estaba conmigo, pero la marca continuaba en su pecho. El pacto seguía vigente y el [ __ ] ya lo había reclamado. Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver el pacto que solo podía apagarse con sangre de mi familia y también la vecina que nunca debió tocar la cuna.