Los Enviados: El Llamado De La Medianoche

La primera noche pensé que era un hombre parado detrás del corral. La segunda, entendí que estaba vigilando nuestra casa y la tercera lo vi apoyar las manos en el suelo y ahí empezó todo. Yo tenía 19 años y vivía con mis padres, mi hermana menor, mi abuela y un tío en un pueblo rural donde después de cierta hora casi nadie caminaba por los alrededores. Cualquier persona que se acercara a la propiedad llamaba la atención, sobre todo porque nuestra familia conocía a casi todos los vecinos. El

problema comenzó por una discusión entre mi abuela y una mujer llamada Teodora. En el pueblo la conocían porque hacía limpias y otros trabajos. Además corrían historias sobre personas que habían terminado mal después de tener problemas con ella. Pero yo nunca había visto nada que demostrara esas historias y no les daba importancia. Mi abuela sí las conocía y evitaba hablar del tema. Ella y Teodora tenían un pleito por un terreno que había pertenecido a la familia. Una tarde Teodora llegó a nuestra casa y empezó a discutir

con mi abuela desde la entrada. Mi padre salió cuando comenzaron los insultos, se colocó entre las dos y le pidió que se fuera. Teodora no siguió discutiendo, solo miró a mi abuela y le dijo que pronto se cansaría de vivir ahí y después se marchó. En ese momento lo tomamos por una amenaza hecha durante una pelea y nada más. Pero días después encontramos una gallina muerta dentro del corral y a la mañana siguiente apareció otra. Ninguna estaba comida y tampoco faltaban partes del cuerpo, y las

dos tenían el cuello lastimado. Mi padre revisó el cercado, aseguró la entrada y dejó al perro en el patio durante la noche. Cuando despertamos, el perro había desaparecido. Mi tío salió a buscarlo y terminó encontrándolo lejos de la casa, escondido entre unos árboles. tenía varios rasguños largos en el lomo y se resistió desde el momento en que intentaron traerlo de regreso. Al llegar a la propiedad comenzó a revolverse con fuerza hasta que mi padre tuvo que cargarlo. Mi abuela mencionó a Teodora y mi madre le

pidió que no relacionara todo con aquella discusión. Yo estaba de acuerdo con mi madre. pensaba que algún animal había entrado al corral y que el perro se había alejado después de enfrentarlo. Esa explicación me bastó hasta esa misma noche, cuando estaba cerrando una ventana y vi a un hombre cerca del corral. No pude verle bien la cara, pero distinguí su cuerpo y la dirección en la que estaba mirando. Tenía la vista puesta en la casa. Llamé a mi padre y salimos con mi tío. Mi padre

le preguntó qué quería, pero el hombre permaneció quieto y no respondió. Avanzamos unos pasos hacia él y entonces dio media vuelta, caminó hasta los árboles y desapareció entre ellos. Mi padre quiso seguirlo, pero mi tío le dijo que no tenía sentido meterse en el terreno oscuro detrás de un desconocido. A la mañana siguiente encontramos varias huellas cerca del corral. Algunas tenían la forma de un pie descalzo y otras eran más anchas con marcas irregulares en la parte delantera. Mi padre atribuyó la diferencia a la tierra

húmeda y no quiso discutirlo más. Mi abuela se quedó observándolas. Luego entró a la casa sin decir nada. La noche siguiente el hombre regresó. Esta vez mi hermana fue quien lo vio y nos llamó desde su cuarto. Cuando llegamos estaba otra vez cerca del corral. Mi padre decidió que nadie saldría y nos pidió mantenernos dentro. Lo observamos durante un rato hasta que desapareció de nuestra vista. Creímos que se había ido, pero poco después escuchamos tres raspaduras largas sobre la puerta trasera. Mi madre encendió la luz

de la cocina y el ruido se cortó. Mi padre revisó desde una ventana y no encontró a nadie. Al amanecer vimos tres marcas nuevas en la madera. Mi abuela dijo que debíamos mantener puertas y ventanas cerradas desde antes de que oscureciera. Mi padre le preguntó por qué estaba tan segura de que aquello iba a continuar. Entonces ella contó algo que nunca nos había mencionado. Una hermana suya había tenido un problema con Teodora muchos años antes. Primero comenzó a encontrar animales muertos. Después veía una presencia cerca

de la casa y más adelante un hombre empezó a aparecer por las noches. Su hermana terminó yéndose del pueblo durante varios meses. Mi padre no quiso aceptar que ambas situaciones estuvieran relacionadas y dijo que nosotros no abandonaríamos nuestra casa por una historia vieja. mientras mi abuela insistía en que ya había visto aquella secuencia antes, pero la discusión terminó sin acuerdo. La tercera noche dejamos al perro dentro de la casa y nadie salió al patio. Yo estaba cerca de la cocina cuando vi nuevamente al hombre. Esta

vez se había acercado más y la luz exterior alcanzaba parte de su rostro. Ahí pude verlo con claridad suficiente. Estaba sonriendo. Tenía la boca abierta y mostraba todos los dientes, pero no movía las mejillas ni los ojos. Llamé a mi padre y cuando llegó a la ventana, el hombre se agachó. Apoyó una mano en el suelo y después la otra. Sus dedos eran largos y las uñas sobresalían varios centímetros. Mi padre abrió la puerta solo lo necesario para ordenarle que se fuera, pero el desconocido levantó

la cabeza. mantuvo la sonrisa y empezó a avanzar apoyándose en manos y pies. Mi padre cerró de inmediato. Mi madre llevó a mi hermana con mi abuela y mi tío empujó un mueble contra la entrada. Yo seguí mirando por la ventana. El hombre llegó al patio, se detuvo y fijó la vista en mí. Después corrió hacia un costado de la casa. Escuchamos golpes contra la pared y al perro llorando en una de las habitaciones. Los ruidos avanzaron alrededor de la vivienda hasta detenerse frente a la

entrada principal. Entonces alguien tocó tres veces. Mi padre preguntó quién estaba afuera y la respuesta llegó de inmediato. Era la voz de mi abuela con el mismo tono que usaba todos los días. pronunció el nombre de mi padre y pidió que le abriéramos, pero nadie se acercó a la puerta, pues mi abuela estaba sentada a pocos metros de nosotros. La voz volvió a insistir desde afuera, repitió el nombre de mi padre y pidió entrar. Mi hermana empezó a llorar, mi madre la sujetó y mi tío

permaneció junto al mueble que bloqueaba la entrada. Yo miré a mi abuela y ella no dijo nada. Hasta esa noche yo podía explicar las gallinas, las huellas, el perro herido y hasta al desconocido junto al corral. Pero lo que escuchamos detrás de aquella puerta ya no tenía una explicación que pudiéramos comprobar. El hombre llevaba tres noches observándonos. Había escuchado nuestras voces y acababa de usar una de ellas para pedirnos que lo dejáramos entrar. Nos reunimos en la sala sin alejarnos unos de otros. Mi padre sostenía

una herramienta. Mi tío llevaba el machete. Mi madre mantenía a mi hermana junto a ella y mi abuela no apartaba la vista de la entrada. Poco después escuchamos pasos sobre el techo. Iban de un extremo al otro, se detenían encima de nosotros y volvían a moverse. El perro empezó a ladrar desde el cuarto donde lo habíamos dejado y mi padre pidió que nadie saliera. Los pasos avanzaron hasta quedar sobre la habitación de mi hermana y luego comenzaron varios golpes secos. Ella se cubrió los oídos y

mi tío dijo que debíamos revisar, pero mi padre se negó y le advirtió que salir era exactamente lo que podían estar buscando. En ese momento escuchamos un golpe fuerte en el patio. El perro ladró con más fuerza y después soltó un chillido. Mi padre abrió la puerta trasera. Mi tío salió detrás de él y yo lo seguí. Encontramos al animal dentro del cuarto, pegado contra una esquina, respirando rápido y mirando hacia arriba. La puerta seguía cerrada y sobre el techo había varias marcas largas que no

estaban ahí cuando lo dejamos. Regresamos a la casa de inmediato. Mi madre estaba frente a una ventana y no se movía. Cuando miré hacia donde tenía la vista, vi al hombre del otro lado del vidrio. Tenía la cara muy cerca de la ventana y seguía sonriendo. Esta vez pude observar mejor sus manos. Las uñas eran oscuras, gruesas y largas. Sobresalían varios centímetros de los dedos. Mi padre levantó la herramienta y el hombre abrió todavía más la boca. Mi hermana gritó y la cara desapareció de la

ventana. Mi tío avanzó hacia la puerta, pero mi padre lo sujetó antes de que pudiera abrir. Entonces escuchamos pasos dentro de la casa. Venían del pasillo y todos los oímos con claridad. Mi padre entró primero y nosotros fuimos detrás. Revisamos las habitaciones sin encontrar a nadie. Cuando llegamos al cuarto de mi abuela, vimos tierra junto a la cama y un pequeño paquete envuelto en tela. Mi padre lo llevó a la cocina y lo abrió sobre la mesa. Dentro había una fotografía vieja de mi abuela, un

poco de cabello y varios huesos pequeños. Mi abuela tomó la fotografía y dijo que conocía esa imagen. Había sido tomada muchos años atrás y una copia había quedado entre pertenencias de la familia, así que Teodora podía haber tenido acceso a ella. Mi padre quiso ir a buscarla en ese momento, pero mi madre lo convenció de esperar hasta que amaneciera. Nadie sabía que contenía realmente aquel paquete, ni quién lo había dejado debajo de la cama. Mi tío lo puso dentro de un recipiente y lo dejó fuera

de la casa. Pensábamos llevarlo con nosotros al día siguiente. Al amanecer, el recipiente estaba tirado y el paquete había desaparecido. En la tierra quedaron varias marcas que salían desde ese punto y terminaban cerca del patio. Mi padre ya no intentó buscar otra explicación. Después de comer algo, fuimos a casa de Teodora. Mi abuela insistió en acompañarnos porque quería hablar con ella directamente. Teodora estaba afuera cuando llegamos. Mi padre le mostró la fotografía y le preguntó si sabía por qué había aparecido dentro de nuestra casa. Ella

la miró unos segundos y después fijó la vista en mi abuela. Dijo que algunas cosas comenzaban porque alguien las llamaba. Mi padre le preguntó si ella había mandado al hombre que llevaba varias noches rondando la propiedad. Teodora guardó silencio y mi abuela le pidió que terminara lo que había empezado. La mujer sonrió y respondió que ya no dependía de ella. No agregó nada más. Mi padre insistió, pero Teodora entró a su casa y cerró la puerta. Regresamos sin una explicación clara, aunque esa respuesta bastó para

que mi padre cambiara de opinión. dijo que nos iríamos a casa de unos familiares y que volveríamos por nuestras cosas cuando todo se calmara. Esta vez mi abuela no discutió. Empezamos a preparar ropa y documentos para salir ese mismo día, pero no alcanzamos a hacerlo. El perro comenzó a gruñir mientras miraba hacia el patio. Me acerqué a una ventana y vi tres figuras afuera. Una estaba cerca del corral, otra se movía por la parte trasera y la tercera avanzaba hacia nosotros. Reconocí al hombre de las

noches anteriores, pero cuando llegó frente a la ventana levantó la cara y sus rasgos habían cambiado. Los ojos, la boca y la forma de la expresión eran los mismos que yo había visto en Teodora unas horas antes. Mi padre también lo notó y pronunció su nombre. El hombre sonrió. levantó una mano y apoyó las uñas contra el vidrio. Mi madre tomó a mi hermana y la llevó hacia el centro de la casa. Mi tío cerró el acceso a la cocina mientras mi abuela fue por una

caja en donde guardaba documentos y fotografías. Al abrirla descubrió que faltaban varias imágenes familiares. Mi madre recordó que días antes había encontrado una ventana abierta después de regresar a casa. Hasta ese momento, nadie le había dado importancia. Ahí entendimos que alguien había entrado antes de las primeras apariciones y que el paquete podía haber sido colocado durante esa visita. Los golpes comenzaron en la puerta trasera mientras algo corría sobre el techo. Mi padre y mi tío empujaron los muebles contra las entradas. Yo regresé a la ventana

y el hombre seguía frente a nosotros, pero su rostro ya había vuelto a cambiar. Otra vez tenía la cara que vimos durante las primeras noches. Dejó de sonreír y miró hacia el interior, y sus ojos se detuvieron en mi hermana. Ella estaba detrás de mi madre, así que mi madre se movió hacia un lado y la llevó con ella. La mirada del hombre siguió exactamente el mismo recorrido. Mi padre también lo vio. Nadie tuvo que decir nada. Mi madre agarró a mi hermana del brazo y

la llevó al cuarto más alejado mientras nosotros manteníamos las entradas cerradas, el hombre permaneció frente a la ventana unos segundos más y después desapareció del patio. La discusión con Teodora había iniciado todo, pero esa noche quedó claro que la presencia ya no estaba pendiente de mi abuela. Había fijado la atención en mi hermana y desde ese momento nuestro único objetivo fue sacarla de aquella casa. Mi padre decidió que saldríamos en cuanto pudiéramos hacerlo sin separarnos. Las figuras seguían alrededor de la casa. Escuchábamos pasos cerca del

corral, golpes en la parte trasera y movimientos sobre el techo. Mi tío propuso salir por la entrada principal para distraerlas mientras nosotros usábamos la puerta de atrás. Pero mi padre se negó. No quería que nadie se quedara solo. Seguimos esperando hasta que de pronto todo quedó en silencio. Me acerqué a la ventana y el hombre ya no estaba ahí. Mi padre revisó el patio desde la puerta trasera y dijo que no veía a nadie. Entonces nos pidió tomar solo lo necesario para salir de una vez.

Mi madre fue por mi hermana y regresó de inmediato, pero el cuarto estaba vacío. Primero pensamos que se había escondido, así que revisamos debajo de la cama, el baño y las otras habitaciones. Mi madre empezó a llamarla mientras mi padre revisaba las ventanas. La del cuarto estaba abierta. Salimos al patio y encontramos una de sus sandalias cerca del corral. Mi padre y mi tío siguieron hacia el camino. Mi madre se quedó con mi abuela y yo fui hacia el terreno de atrás. Después de avanzar un

poco, escuché un llanto, seguí el sonido y encontré a mi hermana agachada junto a un árbol, descalza y con varios rasguños en los brazos. Corrí hacia ella y le pregunté qué había ocurrido. Le costaba hablar, pero logró decirme que nuestra abuela había entrado al cuarto y le había pedido que la acompañara. Mi hermana obedeció, abrió la ventana y salió detrás de ella. Al llegar al patio, vio las manos de esa persona, pero tenía las uñas largas y oscuras. intentó regresar a la casa, pero la sujetaron

por un brazo. Mi hermana mordió la mano que la sostenía, logró soltarse y corrió sin mirar atrás. También dijo que escuchó pasos detrás de ella durante parte del camino y que dejaron de seguirla cuando comenzaron nuestros gritos. La llevé de regreso. Mi abuela seguía dentro de la casa y nunca había entrado al cuarto. Nos fuimos esa misma mañana durante varios días. Nos quedamos con unos familiares en otro pueblo y mi padre regresó acompañado de mi tío para recoger ropa, documentos y algunas cosas que habíamos dejado.

En uno de esos viajes decidió ir a la casa de Teodora. Yo los acompañé porque queríamos recuperar las fotografías que faltaban. La puerta estaba abierta y no encontramos a nadie. Revisamos solo las habitaciones principales y en una mesa vimos varias fotografías junto a una libreta. Entre las imágenes estaban las nuestras. Mi padre abrió la libreta y encontró el nombre de mi abuela, la fecha de la discusión y una frase escrita debajo, "Que se vaya." Más abajo había otro nombre que ninguno de nosotros conocía. Junto a

él aparecía una sola palabra: visita. Mi padre guardó la libreta y las fotografías. Luego seguimos revisando hasta escuchar un ruido detrás de la casa. Mi tío y yo salimos. Encontramos una camisa tirada cerca del terreno. Era similar a la que llevaba el hombre que aparecía junto al corral. También había manchas de sangre en una de las mangas. Mi hermana había contado que mordió una mano antes de escapar. Seguimos varias marcas hasta un camino, pero ahí terminaban. Teodora tampoco apareció durante los días siguientes. Nosotros dejamos el

pueblo poco después y mi abuela nunca quiso regresar. Mi padre conservó la libreta porque era lo único que relacionaba a Teodora con lo que había pasado. Durante años no supimos quién era el hombre cuyo nombre aparecía debajo del de mi abuela. Mi hermana dejó de hablar del tema, creció, formó su propia familia y tuvo una hija. El asunto quedó guardado entre nosotros y nadie volvió a buscar respuestas. Pasó mucho tiempo hasta que mi hermana me llamó una madrugada. estaba alterada porque su hija se había despertado

diciendo que había un hombre frente a la casa. Ella miró por la ventana y alcanzó a verlo del otro lado de la calle, quieto, con la vista puesta en la vivienda, pero cuando encendió la luz exterior, se alejó. Al día siguiente me llamó de nuevo. Su hija le había contado que no era la primera vez que lo veía. Había aparecido otras dos noches y en una de ellas se quedó frente a la casa sonriendo. Fui con mi padre y sacamos la libreta que llevaba años guardada.

Buscamos otra vez el nombre escrito debajo del de mi abuela. Esta vez mi padre reconoció el apellido y recordó a una familia que había vivido cerca de Teodora. Llamó a un conocido del pueblo y le preguntó por ese hombre. Le dijeron que había trabajado temporadas fuera. regresaba durante algunas semanas y murió años después de que nosotros dejamos aquella casa. Ese dato confirmó que el hombre había existido, pero no resolvía lo demás. Nosotros habíamos escuchado la voz de mi abuela mientras ella estaba dentro de la casa.

Mi hermana había seguido a alguien con su mismo rostro y frente a la ventana yo había visto cambiar las facciones de aquel hombre. Mi hermana decidió irse durante un tiempo con su hija. Pasaron varias semanas sin incidentes y después volvió a su casa. Poco tiempo más tarde me llamó para decirme que su hija había encontrado una fotografía en el patio. Mostraba a mi hermana cuando era niña. Yo reconocí la imagen porque era una de las que recuperamos de la casa de Teodora. Fui a casa de

mi padre y revisamos la caja en donde guardaba esas fotografías. La imagen faltaba. Él vivía solo y mantenía la caja dentro de un armario que casi nunca abría. Nadie de la familia había pedido esa foto ni tenía motivo para sacarla. Mi hermana me envió una imagen del reverso. Había dos palabras escritas con tinta oscura. Ahora sí. Esa misma semana volvió a irse de su casa. Mi padre, cansado de guardar todo aquello, decidió quemar las fotografías y la libreta. No quedó nada de lo que habíamos sacado

de la casa de Teodora. Dos semanas después encontró tres marcas largas en la puerta trasera de su casa. No había daños en otras partes ni señales de que alguien hubiera entrado. Mi padre cambió la cerradura y dejó de hablar del tema. Yo tampoco volví a decir que aquello había terminado. La última vez que hablé con mi sobrina me hizo una pregunta que nadie de nuestra familia le había explicado. Quería saber por qué el hombre que se paraba frente a su ventana sonreía sin cerrar la boca

y después agregó algo más. Me dijo que la criatura le había dicho que vendría por toda la familia para llevarlos con ella. Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver la bruja naual que maldecía un pueblo y también el nahual que dejó marcado a mi abuelo para siempre.

Ver el video en YouTube

    ¿Te gustó esta historia?
    Califícala para que suban las mejores. Es rapidísimo.
    0.0
    /5 · 0 votos
    Si lo dejas vacío, saldrás como Anónimo.
    ★★★★★
    Toca una estrella (1–5).

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    error: Content is protected !!