
Cualquier soldado veteranos sabe que si el bosque se queda en silencio absoluto a las 2 de la mañana, no debes recargar tu arma, debes prepararte para correr por tu vida. Yo aprendí eso en el cañón seco y todavía recuerdo el momento exacto en que entendí que algo estaba mal. Éramos cinco hombres. Habíamos entrado por el fondo del cañón con una tarea simple, revisar dos pasos entre las montañas, comprobar si alguien estaba usando aquella ruta y salir antes del amanecer. Llevábamos rifles, munición, radios, agua, botiquines y
chalecos. El equipo normal para una operación corta. El terreno obligaba a avanzar despacio. Había piedra suelta, zonas estrechas y árboles que cerraban la vista a pocos metros. Ribas iba al frente. Era el más experimentado y conocía mejor que cualquiera de nosotros la forma de moverse en terreno difícil. Uno de los compañeros caminaba detrás de él. Yo iba en medio. Molina venía a mi espalda y el quinto hombre cerraba la formación. Habíamos avanzado bastante cuando Rivas levantó el puño y todos nos detuvimos. Al principio pensé que
había visto movimiento, pero no estaba mirando hacia ningún punto concreto, estaba escuchando. Entonces, yo también lo noté. El bosque se había quedado en silencio. Hasta unos segundos antes oíamos insectos, ramas movidas por el aire y animales pequeños entre la maleza, pero de pronto no se escuchaba nada. Miré hacia atrás y Molina ya tenía la vista fija en la ladera. Ribas hizo una señal para que nadie se moviera y los cinco permanecimos quietos, atentos a cualquier sonido, pero no llegó ninguno. Uno de los hombres levantó la
mano y señaló la cresta. Alc la vista y entre los árboles, recortada contra el cielo, había una figura parada en lo alto del cerro. Durante el primer segundo pensé que era una persona, pero su tamaño no correspondía con el de un hombre. tenía los brazos demasiado largos y se mantenía erguida sobre dos piernas. Rivas tomó los binoculares y yo levanté el rifle. La figura dio un paso y escuchamos un raspado sobre la piedra. Ribas bajó los binoculares sin decir nada. Luego nos indicó que cubriéramos los
alrededores. La figura avanzó fuera de la sombra y pudimos verla mejor. Tenía el cuerpo cubierto de pelaje negro, hombros anchos y una cabeza con rasgos de lobo. Los brazos colgaban a los lados y las manos terminaban en uñas largas. Cuando apoyó una de ellas sobre una roca, volvió a escucharse el mismo raspado. Nadie disparó y la criatura permaneció arriba mirándonos. Giró la cabeza despacio. Primero fijó la vista en Rivas, después en el hombre que estaba junto a él, luego en Molina. en el compañero de retaguardia
y al final en mí. No apartó los ojos de inmediato, después abrió la boca y mostró dientes largos y regulares, demasiado grandes para un animal que caminaba erguido. Los labios se levantaron hasta dejar la dentadura expuesta. Aquello se veía como una sonrisa, pero yo no necesitaba ponerle un nombre. Bastaba con verla. El hombre de retaguardia retiró el seguro de su arma. El click fue leve, pero la criatura giró la cabeza hacia él en el mismo instante. Ribas ordenó en voz baja que nadie disparara. El compañero
respiraba rápido y yo sentía mi propia respiración dentro del chaleco. Ninguno hablaba. Rivas intentó comunicarse por radio con el equipo que debía esperarnos fuera de la zona, pero recibió interferencia. Molina probó con la suya y tampoco obtuvo respuesta clara. Rivas decidió que retrocederíamos por la misma ruta. Nos indicó que lo hiciéramos despacio y sin darle la espalda a la cresta del cerro. Empezamos a movernos primero un paso, luego otro, manteniendo las armas arriba. La criatura seguía inmóvil. Avanzamos unos metros y entonces cambió de postura. Bajó
el cuerpo, apoyó las manos sobre el suelo y flexionó las piernas. Ribas nos ordenó preparar las armas. La criatura saltó y cayó más abajo sobre la pendiente. Levantó piedra suelta y volvió a impulsarse antes de detenerse por completo. Dio otro salto, luego uno más. Cada movimiento recortaba la distancia con una rapidez que ninguno de nosotros esperaba. Rivas nos abrió sobre el terreno para formar una línea de fuego. Dos hombres cubrieron un lado, los otros dos el contrario y yo quedé cerca de Molina. Uno de los
compañeros llevaba la ametralladora, la apoyó y buscó un ángulo limpio mientras la criatura seguía bajando. El nahual dejó de saltar y empezó a correr sobre cuatro extremidades y bajaba entre las piedras sin perder velocidad. Rivas esperó y nadie abrió fuego antes de tiempo. Yo tenía el punto de mira sobre el pecho de la criatura y trataba de mantenerlo ahí, pero cada cambio de dirección me obligaba a corregir. Entonces volvió a levantarse sobre dos piernas y siguió avanzando sin frenar. Ribas dio la orden y los cinco
abrimos fuego. El cañón se llenó de disparos. El ruido golpeó las paredes y volvió sobre nosotros. Vi los primeros impactos en el cuerpo de la criatura. Uno arrancó pelo negro del hombro, otro abrió el costado y varios golpearon el pecho. El nahual perdió el equilibrio y cayó sobre una rodilla. Molina gritó que le habíamos dado y Ribas ordenó mantener el fuego. Seguimos disparando mientras la criatura bajaba la cabeza durante un instante. Pensé que iba a caer por completo, pero apoyó una mano en el suelo y
volvió a levantarse. La sangre ya le bajaba por el hombro y el costado. Le apunté otra vez al pecho. Rivas seguía dando órdenes y la ametralladora continuaba disparando, pero el nahual levantó la cabeza y volvió a correr hacia nosotros. El hombre de la ametralladora corrigió la posición y soltó otra ráfaga. Rivas y yo seguimos disparando desde el lado contrario mientras Molina cubría el centro. El nahual quedó dentro de nuestro fuego. Recibió varios impactos en el hombro, el pecho y el costado, pero siguió avanzando. Vi sangre
caer sobre las piedras mientras trataba de mantener la mira sobre él. Cada vez que una bala lo hacía perder el equilibrio, apoyaba una mano en el suelo, recuperaba la posición y continuaba bajando. Ribas ordenó retroceder sin romper la línea. Apenas empezamos a movernos, la criatura cambió de dirección y se lanzó hacia el hombre de la ametralladora. El compañero intentó girar el arma, pero el nahual llegó antes, cayó sobre él y ambos golpearon el suelo. El hombre alcanzó a sujetar la ametralladora, aunque solo durante un instante.
La criatura se la arrancó de las manos, lo sujetó por el chaleco y hundió las garras en la protección. La tela y las correas se dieron. Después vino un segundo golpe y el compañero quedó inmóvil. Otro hombre abrió fuego desde nuestra izquierda. El nahual recibió los disparos en la espalda, se giró y saltó hacia él. El compañero levantó el rifle para cubrirse. La criatura golpeó el arma y lo lanzó contra unas piedras. Cayó detrás de ellas y dejamos de verlo. Rivas gritó que nos separáramos. Yo
corrí hacia una roca. Molina quedó unos metros más atrás y tratamos de recuperar una línea de tiro limpia. El nahual volvió hacia nosotros. Tenía sangre en el pecho, el hombro y uno de los costados, además de varias zonas sin pelaje en donde habían entrado los disparos. Abrió la boca y lanzó un rugido grave. Ribas ordenó apuntar a la cabeza y al torso, así que disparamos al mismo tiempo. La criatura recibió varios impactos y se metió entre los árboles, donde desapareció de nuestra vista. Rivas cambió el
cargador. Molina hizo lo mismo y yo mantuve el rifle apuntando hacia el lugar donde había desaparecido. Nadie habló. Durante unos segundos solo escuché nuestra respiración y el movimiento de los cargadores. Entonces algo salió de entre los árboles. Era el nahual y venía directo hacia Molina. Alcanzó a levantar el rifle y disparó una vez, pero la criatura golpeó el arma antes de que pudiera corregir la mira. Molina cayó de espaldas, trató de sacar la pistola y el nahual lo agarró por el chaleco, lo levantó del suelo
y lo arrojó contra una piedra. Escuché el impacto. Molina cayó de lado, intentó mover un brazo y después quedó quieto. Ribas abrió fuego y yo disparé detrás de él. Varias balas golpearon al nahual en el cuello y el torso. La criatura se giró hacia nosotros, avanzó unos pasos y volvió a buscar cobertura entre los árboles. Ribas levantó una mano y dejamos de disparar. Y el cañón quedó otra vez en silencio. Yo respiraba con la boca abierta y tenía sangre en la cara. Había llegado hasta mí
cuando Molina cayó. Riva se acercó sin bajar el arma y los dos empezamos a buscar movimiento entre las sombras. Escuchamos piedras desplazándose a nuestra izquierda y giramos al mismo tiempo. El compañero que había sido derribado antes salió de detrás de unas rocas. Seguía vivo. Tenía un brazo pegado al cuerpo y caminaba con dificultad. Ribas le hizo una señal para que se acercara. El hombre dio unos pasos hacia nosotros y el nahual apareció detrás de él. No escuchamos de dónde había salido. El compañero alcanzó a girarse,
pero la criatura ya estaba encima y lo derribó de un golpe. Rivas disparó y yo abrí fuego junto con él. El nahual soltó al hombre, bajó el cuerpo y se lanzó hacia nuestra posición. Ribas me empujó hacia un lado y sentí el golpe en el pecho antes de ver la garra. Caí sobre la espalda. Y durante unos segundos no entendí pasado. Traté de levantarme. El brazo derecho respondió, pero la pierna izquierda apenas tenía fuerza. Miré hacia abajo y vi tres cortes largos atravesando el chaleco. La
tela estaba abierta y la sangre comenzaba a salir por debajo y el dolor llegó después. Levanté la cabeza. Ribas estaba a pocos metros y el nahual ya iba hacia él. Rivas disparó varias veces mientras retrocedía y los impactos entraron en el cuerpo de la criatura, pero no consiguieron frenarla. El cargador se vació y Rivas buscó otro con la mano izquierda, aunque no llegó a colocarlo. El Nahual lo alcanzó, lo golpeó en el pecho y lo lanzó contra una piedra. Rivas intentó incorporarse, pero la criatura volvió
a golpearlo y después dejó de moverse. Yo seguía tendido en el suelo. Miré alrededor y entendí mi situación. Molina estaba inmóvil. El hombre de la ametralladora seguía donde había caído. El compañero que había intentado llegar hasta nosotros tampoco reaccionaba y Ribas no se levantaba. Mi rifle había quedado cerca. Extendí la mano, pues la correa estaba a pocos centímetros. Moví el cuerpo y conseguí tocarla con la punta de los dedos. El movimiento me abrió más las heridas y sentí sangre bajar por el costado, pero seguí intentando
acercar el arma. Entonces escuché pasos y levanté la vista. El nahual venía hacia mí. Caminaba erguido y más despacio que antes. El cuerpo estaba cubierto de sangre. Tenía heridas abiertas en el torso y uno de los hombros colgaba más bajo. Respiraba con fuerza, pero seguía avanzando. Volvía a estirar la mano hacia el rifle. La criatura se detuvo, miró el arma y después me miró a mí. Puso una pata sobre el rifle y lo empujó hasta dejarlo fuera de mi alcance. No aparté la vista y el
nahua levantó la cabeza y abrió la boca. Los dientes quedaron expuestos otra vez y la sonrisa seguía ahí. Yo tenía tres heridas abiertas en el pecho, el rifle lejos de la mano y cuatro hombres inmóviles alrededor. La criatura dio otro paso hacia mí, así que retrocedí usando los codos porque la pierna izquierda apenas me respondía y el pecho me ardía cada vez que intentaba moverme. El nahual avanzó hacia mí despacio. Ya no corría y tampoco necesitaba hacerlo. A esa distancia pude verlo mejor que en cualquier
otro momento de la noche. Cuando estaba erguido superaba los 2 m. Tenía sangre en el cuello, varias heridas abiertas en el torso y uno de los hombros colgaba más bajo. Había recibido suficientes disparos para caer varias veces. Aún así, seguía delante de mí, respirando con fuerza y acercándose. La criatura bajó la cabeza. Le vi los dientes y la sangre que le cubría parte de la boca. Busqué con la mano derecha hasta encontrar la pistola todavía en la funda. El movimiento me dolió en el pecho, pero
conseguí sacarla antes de que el nahual terminara de levantar una garra. Disparé sin esperar más. El primer tiro entró debajo de la mandíbula. El segundo golpeó cerca de la boca y la criatura retrocedió un paso. Seguía apretando el gatillo tres disparos más hasta que el arma quedó vacía. El nahual levantó un brazo y lanzó un rugido. La parte inferior de la boca estaba dañada y la sangre le bajaba por el cuello. Intenté incorporarme, pero el cuerpo no me respondió. Miré alrededor buscando cualquier cosa que todavía
pudiera usar y vi otro rifle junto a una piedra. Estaba lo bastante cerca para alcanzarlos y conseguía moverme. Me lancé de costado, sentí abrirse otra vez las heridas del pecho y por un momento me faltó el aire. Aún así, estiré el brazo, agarré la correa y tiré con todas mis fuerzas hasta traer el arma hacia mí. La sujeté con las dos manos. No sabía cuánta munición quedaba y tampoco tenía tiempo para comprobarlo, pues el nahual ya venía otra vez. La mandíbula no cerraba bien y aquella
expresión que había mantenido desde la cresta había desaparecido. Apoyé la culata contra el suelo para estabilizarla y levanté el cañón hacia su cara. La criatura avanzó varios pasos, después bajó el cuerpo y flexionó las piernas. Reconocí la postura de inmediato. Era la misma que había usado antes de lanzarse desde la ladera. Esperé hasta que estuvo cerca. El nahual saltó y disparé. La ráfaga le entró de frente en la mandíbula. La cabeza giró hacia un lado y el cuerpo cayó a pocos metros de mí. Seguí disparando
hasta que el rifle dejó de responder. La criatura rodó por el suelo, golpeó la tierra con las manos y trató de incorporarse. Cayó una vez. Luego volvió a empujarse con los brazos hasta quedar sobre cuatro patas. La mandíbula estaba destrozada, faltaban varios dientes y la sangre caía directamente sobre las piedras. Pensé que ya no conseguiría levantarse, pero apoyó primero una pierna, después la otra y terminó poniéndose de pie. Tambaleó unos segundos, respiró con dificultad y levantó la cabeza hacia mí. Yo seguía apuntándole con el rifle
vacío, aunque sabía que ya no podía disparar. El nahual se quedó quieto unos instantes, después giró hacia la pendiente, dio varios pasos, tomó impulso y saltó. aterrizó más arriba, volvió a impulsarse y siguió subiendo. Antes de llegar a los árboles, se detuvo, giró la cabeza y me miró desde la ladera, pero no hizo ningún sonido. Después entró entre los troncos y desapareció. Escuché ramas romperse mientras se alejaba. El ruido duró unos segundos y luego el cañón volvió a quedar en silencio. Me quedé tendido donde estaba
y no sé cuánto tiempo pasó. Presioné las heridas con parte del uniforme y traté de mantenerme despierto. Cada vez que cambiaba de posición sentía que el pecho volvía a sangrar. Al rato se escuchaba movimiento arriba entre los árboles, pero dejé de buscar el origen. No tenía fuerzas para levantarme ni munición para defenderme. Cuando empezó a aclarar, escuché voces a lo lejos y después pasos. Agarré la pistola vacía por reflejo y esperé. Las voces se acercaron hasta que reconocí a los hombres del equipo de apoyo. Me
encontraron junto a los cuerpos de mis compañeros y me sacaron del cañón. Desperté después en un hospital y pasé por varias cirugías. Tres heridas del pecho necesitaron reconstrucción muscular. Una de las garras había pasado muy cerca de una arteria y otra lesión dejó limitado parte del movimiento de mi brazo derecho. Los médicos me preguntaron qué había ocurrido. Les conté lo que podía recordar y describí al animal que nos había atacado. En los documentos quedó registrado como una agresión de fauna de gran tamaño durante una operación
en terreno difícil. Nunca me dieron otro nombre y yo tampoco insistí. Con el tiempo recibí la baja médica y una pensión completa. Las heridas cerraron, pero las marcas quedaron. Todavía tengo tres cicatrices gruesas atravesando el pecho y puedo sentir con los dedos el punto exacto donde entraron las garras. Hay días en que el brazo derecho responde bien y otros en que se endurece, sobre todo después de cargar peso. Nunca regresé al cañón seco y no tengo intención de hacerlo. Lo que más recuerdo no son los
disparos ni el ruido de la ametralladora. Tampoco recuerdo primero los gritos. Lo primero que vuelve es la imagen de la criatura deteniéndose antes de entrar entre los árboles. Tenía la mandíbula rota, la boca ya no cerraba y la sangre le cubría el cuello. Aún así, se detuvo y giró la cabeza hacia mí. Yo fui el hombre que le destrozó la mandíbula. Él salió vivo del cañón y yo también. Desde entonces, cada vez que despierto de madrugada y todo está demasiado callado, vuelvo a recordar esos últimos
segundos. No pienso en lo que era, pienso en lo que hizo y recuerdo su cara antes de desaparecer. Porque una criatura con esa inteligencia no necesita volver a verte para reconocerte, solo necesita recordarte. En el ejército te enseñan a enfrentarte a hombres armados, a responder una emboscada y a seguir disparando aunque tengas miedo. Pero nadie te prepara para ver cómo las balas de un fusil golpean el pecho de una bestia y no consiguen detenerla. Eso me pasó en 2024 durante un patrullaje nocturno en una brecha
desértica de Chihuahua. éramos cinco elementos y hasta esa noche yo estaba convencido de que cualquier amenaza tenía una explicación. Un vehículo detenido podía esconder gente armada, un ruido entre los arbustos podía delatar a un vigilante y una luz a lo lejos podía indicar movimiento. Aquello fue distinto porque los cinco vimos lo mismo al mismo tiempo y ninguno supo que tenía enfrente. Nuestro jefe de patrulla era el sargento Herrera, un hombre con años de experiencia en esa región. Salgado conducía el camión. Los otros dos compañeros cubrían
los costados y yo llevaba 6 años en servicio. La orden era sencilla, recorrer varias brechas, revisar puntos usados para mover vehículos y reportar cualquier actividad fuera de lo normal. Salimos de noche y durante un buen tramo no ocurrió nada. El camino estaba vacío. No vimos camionetas, campamentos ni luces hasta que entramos en una brecha estrecha que algunos habitantes de la zona conocían como la brecha del [ __ ] El nombre no nos preocupó. En esos lugares cada camino tiene alguna historia y nosotros estábamos ahí para
cumplir una orden. Después de un rato, el motor comenzó a fallar. Salgado intentó mantenerlo en marcha, pero perdió fuerza y terminó apagándose. Así que quedamos detenidos en medio de la brecha. Herrera le preguntó qué pasaba y Salgado respondió que no sabía. Intentó encenderlo varias veces sin resultado mientras el sargento nos ordenaba bajar y asegurar el perímetro. Encendimos las linternas tácticas y tomamos posiciones alrededor del vehículo. Había matorrales secos a ambos lados y la oscuridad empezaba justo donde terminaba el alcance de las lámparas. Pasaron unos minutos
hasta que uno de mis compañeros dijo que había escuchado algo. Herrera preguntó hacia dónde y él señaló los arbustos del lado derecho. Todos dirigimos las luces hacia ese punto, pero no vimos nada. Salgado siguió revisando el motor y poco después también lo escuché. Eran ramas secas quebrándose una tras otra, cada vez más cerca. Herrera levantó el fusil y nosotros hicimos lo mismo. El ruido continuó hasta que vi movimiento entre los matorrales. Al principio solo distinguí una figura oscura parcialmente cubierta por las ramas. Entonces salió. Tenía
el cuerpo de un lobo enorme cubierto de pelaje negro, pero avanzaba erguido sobre las patas traseras. Era del tamaño de un hombre grande con las extremidades delanteras largas y unas uñas que sobresalían varios centímetros. Ninguno habló. La criatura salió por completo al camino y se detuvo frente a nosotros. Herrera preguntó, "¿Qué demonios era aquello?" Pero nadie respondió. Las luces de los fusiles quedaron sobre su rostro. Tenía el hocico largo, las orejas levantadas y una mandíbula ancha. Mostraba todos los dientes con la boca abierta hacia los
lados en una mueca fija. No apartaba la mirada, nos observaba uno por uno y permanecía quieta sin buscar refugio ni intentar escapar. Herrera le gritó para que se detuviera, pero la criatura movió la cabeza y dio un paso hacia nosotros. El sargento ordenó mantener la posición. La criatura avanzó otro paso. Uno de mis compañeros dijo que podía ser un oso enfermo, pero la forma del cuerpo descartabatura siguió acercándose. Entonces le disparó. El primer impacto dio en el pecho. El cuerpo de la bestia se movió hacia
atrás, pero no cayó. Herrera disparó otra vez y el segundo tiro golpeó cerca del hombro. La criatura soltó un gruñido grave. bajó un poco la cabeza y continuó avanzando. El sargento dio la orden de abrir fuego y los cuatro disparamos. El estruendo llenó la brecha y las balas golpeaban el pecho, los hombros y el abdomen. Yo veía cada impacto. Veía el cuerpo reaccionar, pero no caía. Seguía acercándose mientras disparábamos paso a paso, soportando las ráfagas. No entendía estaba viendo. Un blanco de ese tamaño tenía que
haber caído mucho antes. Seguimos disparando y la distancia se redujo hasta que Herrera nos ordenó retroceder hacia el camión. Fue entonces cuando la criatura corrió. Pasó de avanzar despacio a lanzarse directamente contra nosotros y apenas tuvimos tiempo de movernos. Llegó al vehículo antes de que pudiéramos subir. Golpeó una de las puertas con la mano y la lámina se dobló. Dio otro golpe y parte del marco se dio. Herrera estaba junto al costado del camión. Giró el fusil hacia ella, pero no alcanzó a disparar. La criatura
levantó el brazo derecho y le lanzó un zarpazo. Las uñas entraron desde el hombro hasta el abdomen. Herrera golpeó el costado del vehículo y cayó al suelo. Vi la herida y supe de inmediato que no iba a levantarse. Pero todo ocurrió tan rápido que ninguno alcanzó a reaccionar antes del segundo ataque. Salgado abrió fuego desde la parte delantera y los demás hicimos lo mismo. La criatura giró hacia nosotros con sangre en una de las manos y volvió a mostrar los dientes. Disparamos otra vez tratando de
mantenerla lejos del cuerpo del sargento. Algunos impactos dieron en el torso y otros en los brazos, pero la bestia no retrocedió lo suficiente. Se movía entre los disparos, buscaba el espacio para acercarse y mantenía la vista fija en nosotros. Ahí entendí que el problema ya no era sacarla del camino. El sargento estaba muerto. El camión seguía averiado y teníamos enfrente algo que había recibido una cantidad de disparos suficiente para derribar a cualquier hombre o animal que yo hubiera visto. Salgado gritó que siguiéramos disparando y lo
hicimos. Pero la criatura volvió a avanzar. Para ese momento, ninguno pensaba ya en la patrulla, en el recorrido ni en el reporte que tendríamos que entregar después. Solo queríamos salir vivos de esa brecha. Salgado disparó hasta vaciar el cargador. Estaba cerca y la mayoría de los tiros dieron en el cuerpo, pero la criatura no cayó. Cuando intentó cambiar de cargador, la bestia se lanzó sobre él y lo golpeó en el pecho, tirándolo contra el suelo. Uno de mis compañeros abrió fuego desde un costado y yo
hice lo mismo. Los impactos la obligaron a retroceder unos pasos y enseguida desapareció detrás del camión. Salgado seguía consciente. Tenía varios cortes en el torso, pero el chaleco había detenido parte del golpe. Intentó levantarse y no pudo, así que me gritó que encendiera el vehículo. Le dejé un cargador, corrí a la cabina y giré la llave varias veces. El motor respondía, pero no arrancaba. Mientras insistía, escuché disparos en la parte trasera. Salí de la cabina y vi a uno de los soldados en el suelo y
el otro retrocedía mientras disparaba hacia la parte trasera del camión. La criatura había reaparecido detrás de ellos, golpeó al hombre que estaba caído y lo dejó inmóvil. Levanté el fusil y disparé desde la puerta. Uno de los impactos dio cerca del cuello y otro en la parte superior del pecho. Salgado también abrió fuego desde el suelo. La bestia giró hacia nosotros. recibió varios tiros más y se apartó hacia los matorrales. No intentamos seguirla. Quedábamos tres y ya sabíamos que alejarnos del vehículo era lo peor que
podíamos hacer. El otro soldado dijo que debíamos correr hacia el cerro, pero le respondí que no. Habíamos visto la velocidad de esa cosa y a pie no teníamos ninguna oportunidad. La única salida era conseguir que el camión arrancara. Volví a la cabina mientras Salgado se acomodaba detrás de una llanta y el otro compañero cubría el lado izquierdo. Giré la llave otra vez y el motor hizo un intento más fuerte, pero volvió a apagarse. Golpeé el tablero y probé de nuevo, pero nada. Entonces escuchamos piedras moverse
en la ladera. El compañero levantó la linterna y la encontró arriba sobre una zona de roca. Tenía sangre en el pecho y varias heridas abiertas, pero se mantenía firme. Seguía pendiente de nosotros. El soldado disparó antes de que yo pudiera decirle que esperara. La criatura se lanzó desde la ladera y cayó detrás del vehículo. Salgado gritó y salí de la cabina. Lo vi en el suelo arrastrado por una pierna. La bestia tiraba de él hacia los matorrales mientras Salgado disparaba desde abajo sin apuntar bien. Levanté
el fusil. y abrí fuego. Y el otro compañero hizo lo mismo. La criatura soltó la pierna y retrocedió. Salgado trató de alejarse arrastrándose, pero no alcanzó a ponerse a cubierto. La bestia volvió sobre él y lo golpeó por debajo del chaleco. Entonces Salgado quedó inmóvil. El otro soldado retrocedió mientras disparaba. La criatura levantó la cabeza, giró hacia él y corrió. Él trató de llegar al vehículo, pero no alcanzó. El primer golpe lo tiró al suelo y el segundo acabó con él. Todo pasó en pocos segundos
y cuando levanté el fusil para ayudarlo, ya no había nada que hacer y yo era el único que seguía de pie. Corrí hacia la cabina, entré y giré la llave, pero de nuevo el motor no encendió. Escuché las uñas arrastrarse sobre la carrocería y volví a intentarlo. La criatura estaba rodeando el camión y un golpe sacudió la puerta. Giré otra vez la llave y esta vez el motor respondió. Pisé el acelerador de inmediato y el vehículo comenzó a moverse lento al principio mientras yo intentaba mantenerlo
en la parte firme del camino. Entonces la bestia apareció frente a los faros en medio de la brecha con sangre en el pecho, los brazos y el hocico. Parte era suya y parte pertenecía a mis compañeros. La vi agacharse y correr hacia el camión. Aceleré y moví el volante para evitar el choque directo, pero una de las llantas golpeó una piedra y el vehículo perdió velocidad. La criatura alcanzó el costado antes de que pudiera recuperar el control y una de sus uñas entró por la abertura
de la puerta dañada y jaló hacia afuera. Sujeté el volante con una mano y seguí acelerando, pero el camión apenas avanzaba. Tomé el fusil con la otra mano y disparé hacia el brazo. La criatura soltó la puerta y retrocedió. Aproveché esos segundos, abrí más la puerta y me apoyé sobre el escalón porque necesitaba tener espacio para apuntar. La bestia estaba a pocos metros, bajó el cuerpo, tomó impulso y volvió a levantarse. Yo sabía que si conseguía llegar otra vez hasta la cabina, no tendría una segunda
oportunidad. Así que levanté el fusil, apunté al rostro y esperé hasta tenerla cerca. Entonces apreté el gatillo y no lo solté. Los primeros disparos dieron en el hocico y la parte alta de la cabeza. La criatura siguió avanzando, pero mantuve el arma firme y continué disparando. Vi impactos en la frente y la mandíbula. Uno de los proyectiles dio directamente en el ojo derecho. La herida se abrió de inmediato y salió sangre muy oscura. La bestia retrocedió con un alarido grave y llevó una de las manos
al rostro. Y yo seguí disparando hasta vaciar el cargador. Cuando el arma dejó de responder, la criatura seguía viva, pero había perdido orientación. dio varios pasos hacia atrás, tropezó y giró hacia el borde del camino. Durante un momento pensé que volvería a lanzarse contra mí, pero no lo hizo. Saltó hacia los matorrales y corrió en dirección a los cerros. Todavía escuché ramas quebrándose durante varios segundos y después dejó de oírse. No me quedé a comprobar si regresaba. Volví a meterme en la cabina, puse el camión
en línea y aceleré. Pasé junto al cuerpo del sargento, después junto a Salgado y los otros dos compañeros, pero no podía detenerme. No sabía cuánto aguantaría el motor y tampoco sabía si aquella cosa podía alcanzarme otra vez. Seguí avanzando por la brecha con el fusil vacío sobre el asiento y las manos cubiertas de sangre. Cada pocos segundos miraba los espejos esperando verla salir detrás del vehículo, pero no apareció. Eso fue lo único que me permitió seguir conduciendo, aunque nunca pensé que estuviera muerta. Yo había visto
suficiente para saber que seguía viva. La había herido, le había destruido un ojo y la última vez que la vi todavía tenía fuerza suficiente para escapar por su cuenta hacia los cerros. Conduje durante varios kilómetros sin saber si la criatura venía detrás. Miraba los espejos cada pocos segundos, pero no veía nada. El motor seguía fallando y aún así no reduje la velocidad. Tenía sangre en el uniforme, en las manos y sobre el asiento. Parte había quedado en mí cuando intenté ayudar a Salgado. Otra estaba en
la puerta dañada. No sabía cuánto tiempo había pasado desde el primer ataque, ni cuánto más aguantaría el camión. Solo quería encontrar otra unidad antes de que el motor volviera a detenerse. Después de un buen tramo, vi luces a la distancia. Era un punto militar. Llegué con el vehículo dañado, parte de la carrocería doblada y la puerta lateral destrozada. Los soldados levantaron las armas cuando me vieron acercarme. Detuve el camión, bajé y les dije que nuestro grupo había sido atacado, que había cuatro muertos y que los
cuerpos seguían en la brecha. Me preguntaron quién nos había atacado. Respondí que no sabía qué era. Esa misma noche me trasladaron a una instalación militar, me quitaron el arma, revisaron que no tuviera heridas graves y después me dejaron solo varias horas. Más tarde entraron dos oficiales, uno llevaba una carpeta y el otro se sentó frente a mí y me pidieron que relatara todo desde el principio. Les hablé de la falla del motor, del ruido entre los arbustos y de la criatura que salió al camino. Describí
su tamaño, el pelaje negro, la forma de caminar erguida y las uñas largas. También expliqué que recibió múltiples disparos sin caer. Uno de los oficiales me preguntó si estaba seguro de lo que había visto y le respondí que sí, que los cinco lo habíamos visto. No estaba hablando de algo que solo hubiera aparecido frente a mí durante unos segundos. Mis compañeros dispararon contra esa misma criatura y cuatro de ellos murieron. Ahí seguí con la muerte de Herrera, el ataque contra Salgado y lo que pasó con
los otros dos soldados. Cuando mencioné que había conseguido herirle el ojo, el oficial que estaba escribiendo levantó la mirada y me pidió repetir esa parte. Le expliqué que disparé directamente contra su rostro hasta vaciar el cargador. Uno de los tiros dio en el ojo derecho y la criatura escapó hacia los cerros. No agregué nada más. Les conté lo que había visto y lo que había hecho. Los dos salieron de la habitación y me dejaron esperando. Regresaron después con un documento. El reporte decía que el camión
había sufrido una falla mecánica y que nuestra patrulla había sido atacada por integrantes de un grupo criminal. Mencionaba armas largas y una emboscada. Leí esa parte varias veces antes de decirles que era falso. Uno de los oficiales respondió que esa sería la versión oficial. Le expliqué que las heridas de mis compañeros no correspondían a disparos y que cualquiera que revisara los cuerpos iba a darse cuenta. No discutió ese punto, solo señaló el lugar donde debía firmar. Me negué. Y el otro oficial dijo que la investigación
ya estaba en curso y que toda la información relacionada con la operación quedaría bajo control militar. También dejó claro que contar una versión diferente podía traerme problemas. Insistí en que no había existido ninguna emboscada, pero ninguno cambió de postura. Más tarde volvieron a poner el reporte frente a mí y terminé firmándolo. No lo hice porque creyera lo que decía. Firmé porque entendí que el documento ya estaba decidido y mi declaración no iba a modificarlo. Un grupo regresó a la brecha para recuperar los cuerpos. No me
permitieron acompañarlos ni me dijeron qué encontraron en el lugar. Herrera, Salgado y los otros dos compañeros fueron entregados a sus familias en ataúdes sellados con la indicación de que no debían abrirlos. También pregunté por el camión. Me dijeron que había sido retirado y nunca volví a verlo. Durante las semanas siguientes me sacaron de patrullajes y me asignaron otras tareas. Nadie volvió a interrogarme de manera oficial y ningún superior volvió a mencionar la brecha del [ __ ] Yo sí seguía recordándola. Recordaba las uñas golpeando la
carrocería a Herrera cayendo junto al vehículo, a Salgado disparando desde el suelo y el momento en que uno de mis tiros alcanzó el ojo de aquella cosa, nunca tuve dudas de que había sobrevivido. La vi retroceder, después correr hacia los matorrales y perderse entre los cerros por sus propios medios. Estaba herida, pero seguía teniendo fuerza suficiente para escapar. Meses después me ofrecieron la baja y acepté. Me fui de Chihuahua y terminé viviendo solo en una casa a las afueras. Desde entonces, mantengo un arma cerca, la
limpio con frecuencia, reviso los cargadores y compruebo que funcione. No he vuelto a ver a la criatura. Tampoco he recibido ninguna señal de que me haya seguido. Pero eso no cambia lo que ocurrió aquella noche. Aquello no atacó sin pensar. Nos observó antes de acercarse. Cambió de posición cuando comenzamos a disparar. aprovechó cada momento en que alguno quedaba separado y volvió sobre nosotros varias veces. También me vio cuando le disparé al rostro. Durante los últimos segundos, antes de escapar me miró con el único ojo que
le quedaba. Yo fui quien le destruyó el otro y por eso nunca he considerado que todo terminara cuando conseguí salir de aquella brecha. Mis superiores pudieron cambiar el reporte, limpiar la zona, retirar el camión y entregar cuatro ataúdes cerrados, diciendo que todo había ocurrido en una emboscada de sicarios. Eso puede cerrar un expediente, pero no cambia los hechos. Éramos cinco militares cuando el vehículo se detuvo y solo uno salió de ahí. Yo sobreviví porque conseguí herir a esa criatura antes de que volviera a alcanzarme. Han
pasado años y sigo viviendo solo. Cada noche reviso las puertas, limpio el arma, compruebo el cargador y después me siento frente a la ventana durante un rato. No sé dónde está el nahual, no sé si continúa en Chihuahua ni cuánto tiempo puede vivir. Tampoco sé si recuerda de la misma manera que nosotros. Lo único que sé es que aquella criatura entendía lo que hacíamos y sabía quién la había herido. Por eso sigo preparado. Si conserva la misma inteligencia que mostró la noche en que mató a
mis compañeros, también sabe exactamente quién le quitó un ojo. Y una criatura capaz de recordar algo así puede esperar mucho tiempo antes de regresar. No sé si será mañana, dentro de un año o nunca, pero si algún día decide venir por mí, voy a estar solo. Por eso, cada noche limpio mi arma, reviso el cargador y me siento frente a la ventana esperando. recuerdo esa entrada a la sierra porque desde el principio traía algo raro, aunque en ese momento ninguno quiso decirlo así. Íbamos tres, el
sargento Miguel Luna, el cabo Ernesto Ríos y yo, Arturo Ortiz. Éramos personal de fuerzas especiales y la orden era sencilla. Subir, revisar tres puntos de siembra, confirmar un campamento señalado por un informante, destruir lo que se encontrara y salir antes de que el clima cerrara el paso. El tramo estaba entre Sinaloa y Durango, en una parte alta, lejos de camino abierto. Llevábamos radio, visión nocturna, armamento de servicio y una cámara corporal. En esa zona había gente armada, sembradíos escondidos y rutas que conocían mejor que cualquier
mapa. Antes de subir, un hombre de un rancho cercano nos pidió que no pasáramos la noche arriba. No nos habló de sicarios ni de halcones, nos habló de nahuales. Lo dijo con la cara seria y señaló hacia la parte alta. Yo escuché, le agradecí la información y seguí con la orden. En este trabajo uno aprende a no burlarse de la gente, pero también a no cambiar un operativo por una advertencia sin comprobación. Durante el día localizamos dos plantillos. También encontramos un campamento abandonado con comida, cobijas,
agua y ropa vieja. No había armas a la vista, no había personas y no había movimiento reciente. Luna fue el primero que mencionó el silencio. Me dijo que algo no cuadraba, porque en la sierra siempre se oye vida, aunque sea poca. Me quedé quieto unos segundos y entendí lo que decía. No se escuchaban perros, aves ni insectos cerca del campamento. Decidimos quedarnos hasta confirmar si alguien regresaba. Nos colocamos en una parte alta con vista a la entrada principal y a una vereda lateral. Yo quedé al
centro, Luna a mi derecha y ríos a mi izquierda. Mantuvimos distancia corta para vernos por señas. Cuando cayó la luz, apagamos todo. No usamos lámparas y trabajamos con visión nocturna y con el oído puesto en el campamento. Ya de noche, Ríos me avisó del movimiento con una seña. Miré hacia abajo y vi un animal entrando por la parte baja. Tenía cuerpo de perro, pero era demasiado grande. Caminaba con la cabeza baja, revisando el suelo, se movía con calma. Luna también lo vio, pero nadie disparó. Al
principio pensamos en un perro de rancho, un animal usado para cuidar el campamento. El animal rodeó las cobijas, olió los recipientes y se detuvo frente a la vereda. No comió, no escarvó y no buscó entre la basura. Levantó la cabeza hacia nuestra posición. Ya no revisaba el campamento. Nos estaba ubicando. Le ordené a Luna que mantuviera el arma lista y a Ríos que cubriera el lado izquierdo. El animal empezó a subir hacia nosotros. en línea recta, sin tomar la vereda. Le marqué el alto. Di la
orden fuerte, clara, con identificación militar. Nadie respondió. El animal se detuvo un momento, luego siguió subiendo. Le repetí la orden y avisé que íbamos a disparar. Todavía contemplaba una distracción. Pudo haber alguien escondido detrás esperando que bajáramos el arma o cambiáramos de posición. Entonces el animal se levantó sobre las patas traseras, apoyó las extremidades delanteras contra un tronco, levantó el pecho y quedó derecho unos segundos. La cabeza quedó a la altura de un hombre. Luna apuntó al centro del cuerpo. Ríos no habló, pero lo escuché
respirar más fuerte por el radio interno. Vi las patas delanteras largas, vi el lomo alto y vi que no reaccionaba con miedo a las armas. Ordené disparar. Luna tiró primero, después Ríos y después yo. Fueron disparos controlados a corta distancia para el terreno. Uno pegó en el cuerpo. Lo vi por el golpe que recibió. El animal bajó de golpe a cuatro patas, se movió hacia un lado y entró a la maleza. No cayó, no gritó y no dejó un rastro claro. Dejamos de disparar cuando perdimos
blanco. Pasaron unos segundos y escuchamos la risa. No fue aullido, no fue gruñido, no fue un animal quejándose, fue una risa humana, grave, corta, salida del mismo punto donde el animal había entrado. Ríos giró la cabeza hacia mí. Luna mantuvo el arma arriba y nadie habló. La risa se movió hacia la derecha entre los árboles y luego se apagó. Ordené mantener posición. No quería que bajáramos al campamento ni que persiguiéramos algo sin saber cuántos eran. Luna revisó con el visor y me dijo que había otra
figura más arriba. Giré y la vi entre los troncos. Era baja, ancha y estaba quieta. Ríos preguntó si era el mismo animal. Le ordené cubrir su sector y no seguir hablando. La figura se retiró sin ruido, pero por el tamaño que tenía, debía mover ramas y no movió nada. Intenté comunicarme con la base, pero el radio entró con interferencia. Solo recibí ruido, guardé el equipo y decidí movernos a una zona más abierta. La posición alta ya no nos servía. Teníamos actividad abajo, movimiento arriba y un
flanco lateral que no podíamos ver completo. Luna estuvo de acuerdo y Ríos no dijo nada. Antes de movernos, escuchamos un aleteo fuerte sobre los árboles. Los tres levantamos la vista. Algo cruzó encima de nosotros y cubrió parte del cielo. Tenía alas grandes y pasó bajo, pero no alcancé a identificarlo. Luna dijo que eso no era un ave normal. Yo no contesté porque necesitaba que siguieran obedeciendo. El aleteo se fue hacia el campamento, después volvió la risa, pero ahora salió de arriba. Ríos bajó el arma un
segundo y dijo que eso no era un animal. Le ordené que levantara el fusil y mantuviera la línea. Luna pidió retirarnos antes de que nos cerraran la salida. Acepté. Les marqué la ruta con la mano y empezamos a movernos despacio hacia un costado, sin encender luces y sin darle la espalda al campamento. En ese momento entendí que la advertencia del hombre del rancho ya no era una historia de la zona, era parte del operativo, aunque no hubiera forma correcta de ponerlo en un informe. Bajamos por
el costado de la loma en columna corta. Luna iba adelante, yo iba en medio y Río cerraba. No corrimos porque el suelo estaba suelto y una caída nos podía dejar sin movilidad. Íbamos despacio, con las armas listas y sin encender las luces. Cada tramo nos deteníamos para escuchar. Ríos avisó dos veces que traíamos algo detrás. Yo miré hacia la parte alta, pero no vi cuerpo ni movimiento claro y ordené seguir. Más abajo encontramos huellas en una parte húmeda del suelo. Luna las vio primero y levantó
la mano para detenernos. Eran marcas grandes, alargadas, con dedos definidos y presión profunda. Algunas bajaban en nuestra misma dirección, otras cruzaban hacia arriba. Tomé registro con la cámara corporal de ríos, sin luz directa y sin perder tiempo. No nos quedamos a medirlas. El ruido volvió a escucharse a la derecha, cerca entre los arbustos. El ataque llegó de golpe. Un cuerpo oscuro salió del monte y golpeó a ríos por el costado. El cabo cayó de espaldas con el fusil atorado contra el pecho. Luna apuntó, pero no
tiró al centro porque Ríos estaba pegado al animal. Avancé dos pasos y golpeé con la culata hacia el lomo. La criatura soltó a ríos y retrocedió, no mucho, pero lo suficiente para verla de frente. Tenía cuerpo de perro grande, pecho ancho, cabeza pesada y las patas delanteras demasiado largas. La piel se veía oscura bajo el visor. No traía collar, cuerda ni marcas de rancho. Apoyaba las extremidades delanteras con fuerza, cargando el peso en ellas. Ríos trató de levantarse y cayó de rodillas. Tenía el brazo derecho
abierto, la manga rota y una marca fuerte en el chaleco cerca del cuello. Sangraba, pero seguía consciente. Lo jalé hacia atrás por el correaje. Luna cubrió el frente y le gritó al animal que se alejara. La criatura no se movió, se quedó con la cabeza baja mirándonos. Volví a marcarle el alto, apunté al pecho y esperé respuesta. Entonces escuchamos una voz. Salió de la criatura o de la maleza pegada a ella. Dijo algo corto con tono de hombre viejo. Luna oyó que nos ordenaba irnos. Yo
escuché una voz humana clara cerca de nosotros. Luna disparó primero, una ráfaga corta al suelo frente a la figura. Yo disparé después, directo al centro del cuerpo. La criatura se movió hacia un lado, subió a una piedra y se levantó en dos patas sin tocar ningún tronco. Tire otra vez y Luna también. El cuerpo cayó hacia atrás, luego se arrastró con rapidez y entró en una zanja. Desde nuestra posición vimos tierra removida y hojas rotas, pero no vimos cuerpo. Ríos estaba perdiendo fuerza. Le revisé el
cuello y el hombro. El chaleco le había detenido parte del golpe, pero el brazo necesitaba presión. Luna sacó una venda y la apretó sobre la herida. Yo intenté comunicarme por radio. La señal entró cortada, pero alcancé a informar que teníamos un herido y que saldríamos por ruta lateral. Después entró ruido y se perdió la comunicación. Le pregunté a Río su nombre, su unidad y la fecha. contestó bien al principio. Luego me preguntó por qué el animal había hablado con la voz de su hermano. Luna le
dijo que se concentrara en caminar y que no escuchara nada que viniera del monte. Ríos insistió en que era la misma voz, pero le ordené callar y mantenerse pegado a mí. Lo levantamos entre los dos y seguimos bajando. Avanzamos poco y Luna se detuvo al escuchar movimiento arriba. Levanté el arma. Un cuerpo cayó desde un árbol o desde la parte alta y golpeó a Luna en la pierna izquierda. El sargento cayó de lado y perdió el fusil unos segundos. Disparé hacia la figura, pero se metió
entre ramas antes de que pudiera fijarla. Ríos desde el suelo tiró una vez con la pistola. La pierna de Luna quedó abierta y no podía apoyar el peso. El pantalón estaba roto y la sangre le bajaba hasta la bota. Le vendé la herida con lo que teníamos y le acerqué el fusil a la mano. Seguía consciente, seguía obedeciendo y podía cubrir un sector, pero ya no podía bajar por su cuenta. En ese momento supe que tenía dos hombres heridos y una salida cada vez más lenta.
Buscamos una parte con piedras para cubrirnos. Senté a Ríos contra una roca y dejé a Luna a mi derecha. Yo quedé de pie, moviéndome entre los dos. Desde ahí veíamos poco al frente y casi nada arriba. La risa volvió desde la maleza y después escuchamos mi propia voz repetida con el mismo tono que había usado por radio. Repetía pedazos de frases sin orden con pausas equivocadas. Luna pidió permiso para disparar hacia la voz. Le dije que no porque no había blanco fijo. Ríos empezó a moverse
y decía que alguien lo llamaba. Lo sujeté del chaleco y le ordené quedarse quieto. No me miraba y tenía los ojos fijos en los árboles. La voz cambió y tomó el tono de un hombre joven. Le decía a Ríos que se acercara, que ya podían irse, que soltara el arma. Luna le gritó que no hiciera caso. Yo mantuve una mano en el chaleco del cabo y la otra en la pistola. El aleteo regresó poco después, pasó bajo encima de nosotros y movió las ramas. Alcancé a
ver unas alas grandes entre los árboles, pero nada más. No disparé hacia arriba, pues hubiera gastado munición sin blanco limpio y habría marcado nuestra posición. La voz siguió hablando desde otro punto, más lejos, luego más cerca, siempre con palabras cortas. Ríos empezó a llorar en silencio. Luna respiraba fuerte y mantenía el fusil listo. Yo dejé de pensar en capturar o confirmar algo, pues la prioridad era sacarlos vivos. Les dije que nos moveríamos cuando la maleza quedara quieta, aunque solo ganáramos unos metros. La pausa llegó después
de un rato. El aleteo se alejó, la voz se apagó y el monte quedó inmóvil. Decidí mover primero a Ríos, dejarlo en un punto visible y regresar por Luna. Le expliqué la maniobra a Ríos porque no había tiempo para repetirla. Él tenía que caminar pegado a mí. Luna se quedaba en la roca cubriendo el frente y yo regresaba por el sargento en cuanto dejara al cabo en un punto visible. Ríos no quería dejarlo. Me lo dijo con la voz baja. Le ordené obedecer. Luna también le
dijo que se moviera, que podía cubrir unos minutos. Ríos aceptó, pero traía la mirada fija en los árboles y apretaba la pistola con la mano izquierda. Lo levanté por el correaje y avanzamos sin lámparas. Su peso iba cargado sobre mi hombro y mi fusil apuntaba al frente. A los pocos metros volvió la voz, esta vez desde abajo entre la maleza. Decía el nombre completo de ríos y le pedía que soltara el arma. Río se detuvo, pero lo jalé y le ordené seguir. Dio dos pasos más.
Luego giró la cabeza hacia el monte. La figura apareció frente a nosotros. Era el mismo animal grande o uno del mismo tamaño. Estaba cerca, con el cuerpo bajo y la cabeza levantada. No gruñó y no enseñó los dientes. Solo se colocó en medio del paso. Levanté el fusil y apunté al pecho. Ríos levantó la pistola, pero no disparó. La voz siguió hablándole desde la maleza y le decía que ya había terminado, que podía descansar, que bajara la mano. Disparé al suelo cerca de sus botas para
sacarlo de esa voz. Ríos reaccionó y volteó hacia mí. En ese momento, la figura se lanzó, lo golpeó en el pecho y lo tiró hacia atrás. Disparé al cuerpo del animal y Luna tiró desde la roca apoyado sobre un codo. La criatura soltó a Ríos un instante, pero otra sombra salió desde el costado y lo jaló hacia los árboles. Alcancé a ver el brazo del cabo entre las ramas y después se perdió. Avancé hasta el borde de la maleza, vi movimiento entre los troncos. Había dos
cuerpos bajos y una figura más alta junto a un árbol. Grité el apellido de ríos. y le ordené responder, pero no hubo respuesta clara. Escuché ramas quebrándose, respiración fuerte y una risa que bajó hacia la parte onda. Quise entrar, pero Luna estaba herido y solo. Si me metía, lo dejaba sin defensa y si me quedaba, río se iba. Esa fue la decisión más dura de mi carrera. Regresé a la roca y Luna intentó levantarse y la pierna le falló. cayó sentado y me gritó que fuéramos
por ríos. Le acomodé el fusil en las manos y le ordené cubrir el frente y después avancé otra vez unos metros. La voz de Río se escuchó desde abajo pidiendo ayuda. Me detuve. Sonaba igual, pero la distancia cambiaba demasiado rápido. Primero estaba cerca, luego lejos, luego a mi izquierda. No seguí esa voz, pues nadie herido se mueve así en ese terreno. La criatura con alas bajó de nuevo. Sentí el golpe en el hombro y caí de rodillas. El chaleco recibió la mayor parte, pero algo me
abrió la piel debajo de la oreja. Saqué la pistola y disparé casi pegado al cuerpo. Vi alas oscuras, un pecho pesado y una cabeza que no pude identificar. La figura subió entre las ramas y Luna le disparó desde la roca y me gritó que regresara. Me arrastré hasta su posición. Quedamos juntos con la espalda contra la piedra. Luna tenía poca munición. Yo todavía traía cargadores, pero no iba a gastar sin blanco limpio. Las voces siguieron durante un rato. Algunas repetían frases mías, otras usaban la voz
de Ríos y una tomó la voz de Luna y pidió agua desde arriba. Luna la escuchó y apretó los dientes. Le ordené no contestar nada que no tuviera frente a los ojos. La noche se hizo larga. Mantuve presión en la pierna de Luna y revisé mi cuello cuando sentía la sangre bajar. Él se mantuvo despierto por el dolor. Entre los árboles se veían ojos bajos y luego desaparecían. También escuchamos pasos pesados, ramas rompiéndose y aleteos cortos. Las criaturas no entraron otra vez de lleno. Nos rodearon,
hablaron y esperaron. Antes del amanecer, el ruido empezó a bajar. La maleza dejó de moverse y las voces se alejaron. Esperé hasta tener luz suficiente para distinguir el suelo. Ayudé a Luna a ponerse de pie y cargué parte de su peso. Me pidió volver por Ríos una última vez, pero le dije que no podíamos entrar así porque íbamos a quedar los dos en el monte. No volvió a discutir y avanzamos despacio sin hablar. Tardamos horas en llegar a una zona donde el radio volvió a entrar.
Reporté un elemento desaparecido y un herido grave. Cuando nos sacaron, me atendieron el cuello y el hombro. A Luna lo evacuaron por la pierna y la pérdida de sangre. En el primer informe escribí ataque de fauna no identificada. No escribí nawal, pues en un documento oficial no hay espacio para esa palabra. La búsqueda empezó ese mismo día. encontraron la pistola de ríos, parte de su manga y el radio colgado en una rama alta. No apareció su fusil, ni una ruta clara de arrastre. El cuerpo apareció
tres días después en una barranca ya revisada, sin botas, sin arma y sin identificaciones. Tenía mordidas profundas, golpes, fracturas y señales de arrastre. El reporte forense cerró la causa como ataque de fauna mayor y caída desde altura. La cámara corporal quedó dañada, pero la tarjeta guardó audio. Se escuchaban mis órdenes, disparos, respiración agitada y la voz de ríos antes de perderse. También quedó grabada una risa que no era de nosotros. El expediente cerró sin detenidos y sin explicación adicional. Luna fue reasignado después de recuperarse. Yo
seguí en servicio, pero pedí no volver a operar en ese tramo. Cuando me preguntaron si mantenía la frase fauna no identificada, respondí que sí. era la única aceptada en un informe. Lo que escuchamos arriba tenía otro nombre y el hombre del rancho nos lo dijo antes de subir. Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver militares contra un nahual en la sierra de Nayarit y también Nawal ataca a militares de México. Oh.