Lo que viví ocurrió cuando yo tenía entre diecisiete y veinticinco años, en un pueblo pequeño del norte de México, un lugar donde todos se conocían y donde cualquier cosa extraña llamaba la atención, pero la brujería no se trataba como algo fantástico sino como una parte más de la vida diaria de ciertas mujeres que tenían reputación de arreglar asuntos que otros preferían callar.

historia de terror - Tres mujeres de brujería observan el patio mientras la joven entierra la figura de iniciación

historia de terror

En ese tiempo se hablaba de ellas con respeto y también con cuidado, porque la gente sabía que podían ayudar pero también tenían métodos que no todos querían conocer.

En este relato, historia de terror se menciona como el lugar y el motivo del miedo de los personajes.

Lo que se cuenta sobre historia de terror se repite en el pueblo como si fuera un aviso.

En aquel pueblo la mayoría de las casas eran de block sin repellar, con patios de tierra y techos bajos, y las familias vivían con lo justo, así que los problemas económicos eran constantes y terminaban empujando a muchos a buscar soluciones fuera de lo común.

La gente se acostumbraba a ver a esas mujeres moverse por el mercado, cruzar la plaza o entrar a las casas por la puerta trasera sin que nadie lo comentara abiertamente. La brujería, si así se le puede llamar, era un oficio más, como el de la partera o el del curandero que atendía dolores de estómago y empachos.

Lo que hacían era visto como una labor útil, porque resolvían cosas que ni las autoridades ni los vecinos podían o querían enfrentar de forma directa. Conocí a tres de esas mujeres cuando yo todavía trataba de entender cómo iba a sostenerme en la vida adulta.

No diré nombres porque nunca usaban sus nombres reales cuando hablaban con personas nuevas, y porque así era como ellas mismas querían ser recordadas, por la función que cumplían y no por su identidad personal.

La primera era la más alta, delgada, de piel muy clara y con cabello tan oscuro que siempre parecía húmedo, y ella se encargaba de decidir quién podía acercarse al grupo y quién debía mantenerse lejos.

La segunda era más robusta, con brazos fuertes y arrugas profundas alrededor de los ojos, y se dedicaba a preparar cosas que la gente pedía para problemas concretos como bloqueos, limpias o enfermedades que no respondían a tratamientos normales.

La tercera era la mayor de todas, muy pequeña de estatura y con la espalda algo encorvada, y aunque hablaba poco, todos la consideraban la que realmente entendía cómo mover influencias dentro del pueblo, porque siempre sabía quién había hecho un trato con ellas y qué se debía a cambio.

Por más que pareciera que eran solo tres mujeres mayores reunidas en una casa vieja al final de una calle polvorienta, en realidad su influencia era más grande de lo que cualquiera quería admitir. Yo veía cómo comerciantes, señoras de familia, jóvenes con problemas de trabajo o parejas con conflictos pasaban por su casa a distintas horas para pedir favores.

Algunos necesitaban curarse un malestar que no querían consultar con un doctor, otros buscaban ayuda para que un vecino dejara de causarles problemas, y también había quienes querían que alguien más sintiera las consecuencias de una falta.

Todo eso sucedía en silencio, con visitas rápidas que nadie comentaba en voz alta, pero era evidente que mucha gente del pueblo dependía de ellas más de lo que aceptaban frente a otros. En esa época el ambiente social era pesado por la pobreza y por la falta de oportunidades.

Las personas trabajaban en lo que encontraban, los jóvenes se iban a otras ciudades y los que se quedaban debían arreglárselas con sueldos pequeños o trabajos inestables. Las autoridades locales solo aparecían cuando había elecciones o cuando necesitaban mostrar presencia, pero en los problemas reales no ayudaban.

Esa ausencia dejaba un vacío que el grupo de estas mujeres llenaba de manera muy práctica. No se trataba de magia espectacular ni de rituales que provocaran miedo, sino de una red alternativa de poder donde ellas tenían la capacidad de intervenir en conflictos, ajustar situaciones y mantener un orden diferente al oficial.

Era una estructura funcional que se sostenía porque la comunidad la necesitaba. Yo llegué a ellas por una situación que hoy entiendo como una combinación de vulnerabilidad y desesperación. Mi familia estaba pasando por un momento complicado, sin dinero suficiente y con discusiones que se repetían cada semana.

Yo trabajaba ayudando en un puesto de comida en el mercado, y allí fue donde una de esas mujeres se fijó en mí. La que tenía el cabello oscuro me observó varias veces antes de acercarse. Una mañana pidió un plato para llevar y mientras yo atendía comenzó hacerme preguntas como si quisiera conocerme sin rodeos.

Me preguntó por mi familia, por el tipo de trabajo que buscaba, por los problemas que tenía en casa y por mi capacidad para guardar secretos. No lo dijo con amenaza, lo dijo con la tranquilidad de alguien que ya sabía la respuesta. Yo no estaba en una posición fuerte.

Tenía poca estabilidad, ningún apoyo real y una sensación constante de que estaba desperdiciando mis años jóvenes sin una salida clara, así que cuando me ofreció la posibilidad de ver cómo trabajaban, no pregunté los detalles. Me dijo que no era un compromiso, solo una invitación para conocer otro tipo de trabajo que podía ayudarme si demostraba que tenía cabeza fría.

Aunque sentí desconfianza, también sentí que no tenía muchas otras opciones. Esa noche fui a la casa donde se reunían, ubicada al final de una calle con pocas lámparas y con los perros acostados en los patios como si estuvieran acostumbrados a ver gente entrar y salir sin hacer ruido.

Crucé la puerta sin entender por completo por qué había aceptado, y más tarde descubrí que no me habían escogido al azar, porque llevaban meses observándome para saber si podía ser útil para lo que hacían. Esa fue la primera vez que entré, sin imaginar que ese paso iba a cambiar todo lo que vino después.

La casa donde se reunían no tenía nada especial por fuera, pero por dentro era distinta a cualquier otra construcción del pueblo. Era una casa antigua, con paredes gruesas y un portón de madera que crujía cuando se empujaba, y al cruzarlo se llegaba a un patio amplio con sombra porque un árbol viejo cubría casi toda la superficie.

El suelo estaba lleno de tierra compacta y piedras pequeñas, y en las orillas había macetas con plantas que yo no reconocía, algunas secas y otras con hojas muy oscuras.

Desde ese patio se podía ver que varias habitaciones permanecían cerradas casi siempre, y cuando una de las mujeres mayores me permitió asomarme por primera vez, noté que adentro guardaban hierbas colgadas del techo, frascos con líquidos espesos y herramientas de metal que no parecían de cocina ni de trabajo normal.

Todo estaba acomodado con cuidado, como si cada cosa tuviera su lugar desde hacía muchos años. La primera etapa de la iniciación era simple en apariencia, pero no lo parecía cuando se estaba ahí adentro. Consistía en observar sin hablar, y lo explicaban como una forma de medir la paciencia y la capacidad de tolerar lo que ellas hacían.

No era un encierro, pero tampoco un espacio donde una pudiera moverse con libertad. Me pedían que me quedara sentada en un banco junto al muro del patio mientras ellas hablaban entre sí, preparaban mezclas, limpiaban recipientes o acomodaban paquetes que llegaban en manos de otras mujeres que visitaban la casa.

A veces estaban en silencio largo rato y yo tenía que permanecer quieta, atenta y sin intervenir, y aunque no era difícil en términos físicos, sí resultaba incómodo porque sentía que cada movimiento era evaluado. Después de varios días así, dijeron que iba a pasar a la siguiente parte y me entregaron un pequeño costal de tela áspera que pesaba más de lo que imaginé.

Dentro había huesos secos de animales, algunos largos que parecían de ave y otros más gruesos que podrían ser de perro o de gallina, además de fragmentos de piel endurecida que tenían un olor fuerte y cuerdas hechas con fibra vegetal.

La mujer más alta habló conmigo y dijo que tenía que armar una figura que representara un cuerpo agazapado, no por motivos decorativos sino porque eso formaba parte de un ejercicio que ellas consideraban necesario para quien quisiera entrar al grupo. No me explicaron ningún significado, solo me dieron las instrucciones exactas sobre cómo acomodar cada pieza.

Yo no tenía experiencia con nada parecido, así que trabajé lento al principio, cuidando que los huesos no se rompieran y que las cuerdas sujetaran las uniones donde ellas marcaban. Las texturas eran desagradables y el olor de la piel endurecida hacía que quisiera respirar por la boca, pero sabía que si hacía algún gesto de rechazo podían dar por terminado el proceso.

Las mujeres mayores me vigilaban desde distintos puntos del patio, sin hablar entre ellas salvo por algunos murmullos que intercambiaban cuando revisaban cómo iba ensamblando la figura. Sentía sus ojos encima, no de forma agresiva sino como si quisieran confirmar que estaba atenta a cada indicación.

Me explicaron que el objetivo de ese ejercicio no era probar habilidad manual, sino medir mi obediencia y mi capacidad para seguir instrucciones sin cuestionarlas. Si alguien preguntaba por qué se hacía así o por qué esa figura debía adoptar esa postura, era descartada sin mayor discusión.

Decían que dentro del grupo no había espacio para dudas durante el trabajo, porque los favores que la gente pedía requerían precisión y discreción. Yo entendí que no tenía que intentar interpretar nada, solo debía hacer lo que me decían. Mientras trabajaba escuché que una de ellas mencionó que otras jóvenes habían fallado porque no soportaban los olores ni las texturas.

Algunas se habían retirado después de unos minutos, otras habían intentado continuar pero terminaron dejando caer los huesos cuando la respiración se les agitaba demasiado. Decían que era normal que varias no superaran esa etapa, porque no todas las personas tenían la disposición necesaria para ese tipo de tareas.

El comentario no era una burla ni un reproche, lo decían como quien describe un hecho conocido desde hace tiempo. El ambiente durante el ritual era silencioso, con las velas bajas que ellas colocaban en el suelo para iluminar el área donde yo trabajaba. La luz era amarilla y hacía que las sombras del árbol se movieran un poco cuando corría viento desde el patio.

Las mujeres mayores se mantenían alrededor, observando sin interrumpirme, aunque sus murmullos continuos me hacían pensar que estaban evaluando cada decisión que tomaba al amarrar una cuerda o acomodar un hueso. No había música ni cánticos ni nada extraordinario, solo su presencia constante y la sensación de que cada detalle importaba.

Cuando terminé la figura, la mujer más pequeña revisó cada parte con sus manos arrugadas. Asintió y llamó a otras dos para que me acompañaran. Me dijeron que debía llevar lo que había armado a un punto del monte que ellas tenían marcado desde hacía tiempo, y que ahí tendría que enterrarlo para que el proceso quedara completo.

Tomé la figura envuelta en un trapo y seguí a las dos mujeres por un camino de terracería que salía del pueblo. Caminamos varios minutos hasta llegar a un claro entre matorrales donde la tierra estaba más blanda. Ellas señalaron un punto y me dieron una pala pequeña. Cavé lo suficiente para que la figura quedara cubierta y ellas verificaron que no se asomara ninguna parte.

No dijeron palabras ceremoniales ni hicieron movimientos especiales, solo me pidieron que alisara la tierra y que recordara ese lugar porque formaba parte de mi permanencia en el grupo. Cuando regresamos a la casa, las demás mujeres me observaban con una expresión distinta. Ya no me veían como una visitante ni como alguien en observación.

Me ofrecieron asiento en otro lugar del patio y una taza de té fuerte que usaban para cerrar esa clase de ejercicios. Supe entonces que había sido aceptada, y que desde ese día empezaban a tratarme como parte de ellas.

Con el tiempo entendí que el grupo no se sostenía solo con los rituales ni con los favores que la gente pedía en secreto, porque esas actividades no daban dinero constante ni permitían mantener la estructura que ellas habían formado. Lo que realmente movía todo era una red pequeña pero bien organizada de marihuana que cultivaban en parcelas escondidas entre los cerros.

No eran plantaciones extensas, pero estaban repartidas en lugares difíciles de localizar, y las cuidaban con la misma atención con la que mantenían el resto de sus actividades.

La hierba no se vendía de forma abierta en el pueblo, sino que se usaba como forma de pago o de intercambio con personas de comunidades cercanas que sabían cómo manejar ese tipo de mercancía sin llamar la atención.

Ese movimiento generaba ingresos suficientes para que las mujeres mayores mantuvieran el control y para que todas las que participaban tuvieran asegurado su sustento. La marihuana funcionaba como moneda en muchos casos.

A veces la cambiaban por comida, animales o herramientas, y en otras ocasiones la enviaban a pueblos donde tenían contactos que les devolvían dinero en efectivo. Lo hacían con discreción, aprovechando que las autoridades casi nunca recorrían esas zonas y que las pocas veces que lo hacían solo buscaban problemas grandes.

Lo de ellas era demasiado pequeño para levantar investigaciones, pero lo bastante constante para mantenerlas activas. Sabían cómo secarla, cómo almacenarla en frascos protegidos del calor y cómo medir las cantidades exactas que entregaban a cada persona que hacía trato con ellas.

Yo veía que todo estaba registrado en libretas viejas donde anotaban nombres, fechas, lugares y compromisos que debían cumplirse. El grupo funcionaba como un pequeño cartel local, aunque ninguna de ellas lo llamaba así. Cada bruja tenía tareas definidas según su edad y experiencia.

Las de mayor edad daban las órdenes, decidían qué parcelas se cosechaban en cada temporada y quién servía como enlace entre los distintos pueblos. Las mujeres de edad media eran quienes se encargaban del cultivo, la distribución dentro del pueblo y el cobro de las deudas.

Las más jóvenes realizaban los trabajos menos visibles como limpiar las hojas, separar las semillas, vigilar los puntos de entrega o acompañar a quienes hacían recorridos largos. Algunas preparaban remedios, otras participaban en rituales y otras mantenían comunicación con mujeres de fuera que dependían de ellas para obtener productos difíciles de conseguir.

A mí me asignaron primero como mensajera. Me pedían que llevara recados cortos a casas específicas, casi siempre de noche, porque muchas personas preferían que nadie las viera recibiendo algo de parte del grupo. Después me encargaron entregar productos a personas de confianza que ya tenían tratos establecidos.

Yo debía llevarlos en una bolsa común, mezclados con verduras o con pan envuelto, para que parecieran compras del mercado. Me daban instrucciones claras sobre qué decir, qué no decir y cómo observar si alguien nos seguía. No era un trabajo peligroso, pero sí exigía discreción y disciplina.

Las mujeres mayores repetían constantemente que cualquiera que actuara con descuido ponía en riesgo a todas. Conforme fui entendiendo la estructura interna, noté que no se trataba de improvisación ni de costumbres antiguas, sino de un sistema bien definido donde cada quien sabía su lugar. Las tres mujeres mayores tomaban todas las decisiones importantes.

Las de mediana edad ejecutaban las órdenes sin discutirlas y eran las que se encargaban de mover mercancía y resolver problemas que surgían en el camino. Las jóvenes, entre las que yo estaba, hacíamos lo que llamaban trabajos menores, pero sabíamos que cualquier error podía sacarnos del grupo sin oportunidad de volver.

No había castigos físicos hacia nosotras, aunque sí había expulsiones, y eso era suficiente para entender que no había espacio para fallas. Mucha gente del pueblo les tenía miedo, pero no por magia ni apariciones. Les temían por la capacidad real que tenían de influir en la vida de cualquiera.

Si una persona no pagaba un favor o si alguien se atrevía hablar más de lo debido, ellas encontraban la manera de presionarlo, ya fuera retirándole apoyo, impidiendo que otros comerciantes trataran con él o recordándole que las deudas no se olvidaban.

Había historias de hombres que intentaron tomar mercancía sin pagar, creyendo que por ser varones no se atreverían a pedirles cuentas. Esos hombres terminaron enfrentando problemas sociales que no parecían casuales, como la pérdida de trabajo, la ruptura de acuerdos o la intervención de familiares que preferían mantenerse lejos de un conflicto con ellas.

Una vez asistí a una reunión interna, la primera en la que me permitieron estar presente desde el inicio. Las líderes estaban sentadas alrededor de una mesa baja, revisando varias libretas mientras las demás permanecíamos de pie o cerca de las paredes.

Hablaban de deudas acumuladas, de favores que no habían sido pagados y de conflictos recientes con dos hombres que habían tomado mercancía con la promesa de devolver el dinero en tres semanas. Las notas mostraban que uno de ellos ya debía varias entregas pasadas y que el otro había mentido sobre su capacidad para revender la mota en otro pueblo.

Las mujeres mayores discutían qué medidas tomar sin levantar sospechas y comentaban que no podían permitir que esos comportamientos se extendieran, porque perderían el control que habían mantenido durante tantos años. En esa reunión fue cuando escuché por primera vez que había que organizar una respuesta para recuperar lo que era suyo.

No hablaron de golpes ni de violencia directa, pero sí de acciones coordinadas para presionar a los deudores usando el conocimiento que tenían de sus familias, trabajos y movimientos cotidianos. Yo permanecí callada, observando cómo cada decisión se tomaba con calma y sin mostrar enojo, como si estuvieran revisando un inventario.

Esa reunión marcó el inicio de mi participación en algo que hasta entonces no imaginaba. Una de esas deudas llevó a un ataque organizado por varias de las mujeres, y esa sería la primera vez que me pidieron participar directamente en una operación donde el propósito no era entregar ni recibir, sino intervenir para que entendieran que las promesas con ellas no podían romperse.

El primer ataque en el que participé ocurrió por una deuda que ya llevaba meses acumulándose. Tres hombres del pueblo habían tomado mercancía con la promesa de pagar en dos semanas, pero después se escondieron, cambiaron de lugar donde dormían y evitaban pasar por el mercado o por la plaza.

Las mujeres mayores ya habían enviado recados, advertencias y recordatorios por medio de otras personas, pero ellos seguían sin presentarse. No eran hombres peligrosos, solo confiados y acostumbrados a que nadie les exigiera cumplir nada.

Cuando una de las líderes dijo que era momento de “darles un aviso”, supe que iba a presenciar algo distinto a los trabajos que había hecho hasta entonces. Ese aviso consistía en usar botellas preparadas con sustancias que ellas mezclaban desde hacía años. No eran brebajes mágicos ni líquidos imposibles de encontrar.

Eran mezclas de hierbas trituradas, cenizas finas y aceites rancios que guardaban en frascos sellados. Su efecto no era matar ni causar daño irreparable, sino provocar irritación severa en la piel, mareos y olores tan penetrantes que podían mantenerse en la ropa y en el cabello durante días.

Las botellas no eran armas, eran herramientas de presión que ellas utilizaban cuando las palabras ya no funcionaban. Ese día me dejaron ver la preparación completa. Calentaron los aceites en una olla vieja que usaban solo para eso, y cuando empezaron a soltar un olor fuerte, agregaron los ingredientes poco a poco. Una de las mujeres mayores supervisaba cada movimiento.

Las de mediana edad machacaban las hierbas con piedras lisas, mientras otra vertía ceniza tomada de una caja que guardaban en un cuarto cerrado. Después llenaron frascos pequeños que agitaban hasta que la mezcla tomaba una consistencia espesa.

Cada botella debía prepararse siguiendo reglas exactas, sin cambiar proporciones y sin improvisar, porque ellas afirmaban que cualquier desorden en la receta podía hacer la mezcla demasiado débil o demasiado agresiva. Todo se hacía con calma, sin ruidos y sin hablar más de lo necesario. Mientras observaba, entendí que para ellas esto no tenía nada de sobrenatural.

No esperaban que un espíritu actuara ni invocaban a nadie. Todo se basaba en el comportamiento de los ingredientes, en el olor que producían y en la reacción que provocaban cuando se rompían contra una superficie. Decían que lo importante era el efecto psicológico: el mareo, la sensación de asfixia, la piel irritada y el olor rancio que impregnaba todo.

Eso bastaba para que cualquiera entendiera que había sido alcanzado por el grupo y que no sería la última vez si seguían evitando el pago. La reunión para organizar el ataque fue breve. Éramos cinco mujeres, incluyendo a dos de mediana edad que ya tenían experiencia en ese tipo de acciones.

Yo formaba parte de la caminata porque necesitaban alguien que cargara una parte de las botellas y que se mantuviera alerta mientras las demás se acercaban a la casa.

El punto donde se escondían los hombres era una construcción abandonada en las afueras del pueblo, una casa sin ventanas completas y sin puertas, donde ellos se reunían a beber por las noches creyendo que nadie los encontraba. Salimos cuando ya estaba oscuro. Caminamos por caminos de tierra que bordeaban los solares vacíos, manteniéndonos siempre juntas.

Las mujeres mayores no fueron, pero dejaron instrucciones precisas sobre cómo actuar y en qué orden romper las botellas. Cuando llegamos, se escuchaban risas y el ruido de botellas chocando dentro de la casa abandonada. Una de las mujeres más experimentadas asomó la cabeza por un costado para confirmar que eran ellos y luego nos organizó alrededor de las paredes.

Cuando dieron la señal, cada una lanzó una botella contra superficies estratégicas. Yo vi cómo una mujer rompía una contra una ventana rota, mientras otra la estrellaba contra la pared cerca de la puerta. El olor salió de inmediato. Era agrio, espeso, casi pegajoso en el aire.

Las botellas no ardían ni explotaban, solo soltaron una nube de vapores que se esparció con rapidez hacia el interior. Los hombres tardaron unos segundos en reaccionar, pero cuando el olor se acumuló comenzaron a toser y a gritar. Uno salió tambaleándose, con los ojos llorosos, buscando aire.

Otro tropezó en la salida y cayó en la tierra, tratando de limpiarse la camisa porque la mezcla se le había impregnado en las mangas. El tercero salió vomitando y pidiendo agua mientras sacudía la cabeza como si eso le ayudara a despejarse. Nosotras nos mantuvimos a distancia, observando sin hablar. No necesitábamos acercarnos porque la mezcla hacía todo el trabajo.

Los hombres estaban desorientados y asustados, convencidos de que algo grave les había caído encima. No sabían qué era, pero entendían quién lo había enviado. No buscábamos hacerles daño permanente ni lastimarlos más allá del aviso. El propósito era humillarlos para que pagaran y para que recordaran que nadie podía tomar mercancía del grupo sin cumplir lo acordado.

Cuando se alejaron corriendo hacia el arroyo, nosotras regresamos por el mismo camino por el que habíamos llegado. No celebramos ni comentamos el resultado, porque para ellas era una operación más dentro de las muchas que realizaban para mantener el control del negocio y la disciplina dentro del pueblo.

Al día siguiente, antes del mediodía, los tres hombres se presentaron en la casa de una de las mujeres mayores. Tenían bolsas con dinero, la cabeza baja y la ropa todavía impregnada de olor. Pagaron sin discutir y se fueron del pueblo por varias semanas. Nadie preguntó dónde habían estado.

Ese fue el momento en que entendí que el grupo no funcionaba como un círculo de brujas tradicionales, sino como una organización completa donde cada acción tenía consecuencias y donde yo ya estaba involucrada más allá de cualquier regreso posible. Con los años entendí que seguir dentro del grupo tenía un costo que no había notado cuando era joven.

Al principio me parecía emocionante tener un lugar ahí, sentir que tenía una función clara y que podía sostenerme sin depender de nadie, pero con el tiempo todo lo que hacía giraba alrededor de ellas. Ya no veía a mi familia con frecuencia porque mis horarios estaban dominados por las entregas, las reuniones o los trabajos que me asignaban.

Cuando pasaba por la plaza o por el mercado, la gente ya no me reconocía por mi nombre, sino como una mujer del grupo, y aunque nadie lo decía abiertamente, notaba que algunos se movían para no cruzarse conmigo. No era rechazo directo, pero sí una distancia que me recordaba que mi vida se había reducido a eso.

Hubo un momento particular que cambió mi manera de ver lo que estaba haciendo. Una de las líderes me llamó para hablar a solas y me pidió que me encargara de observar a una joven que ayudaba en un puesto de comida. Quería que la evaluara igual que ellas me habían evaluado a mí cuando tenía la misma edad, y que revisara si la joven tenía disposición para trabajar con ellas.

Mientras me daba las instrucciones, sentí una incomodidad que no había sentido antes. No era miedo ni duda sobre la joven, sino un reconocimiento claro de que estaba repitiendo el ciclo que a mí me había atrapado cuando era vulnerable. Recordé cómo me habían observado durante meses sin que yo lo supiera y cómo había aceptado su invitación porque no veía alternativas.

Entendí que estaba a punto de hacer lo mismo con alguien que quizás también atravesaba un momento difícil. Ese pensamiento fue suficiente para cuestionar todo lo que había hecho en los últimos años. Me di cuenta de que ya no compartía los métodos del grupo.

No quería seguir participando en castigos ni en la distribución de mercancía, porque sabía que eso me mantenía lejos de cualquier posibilidad de una vida distinta. No me agradaba la idea de reclutar alguien solo porque tenía pocas opciones y necesitaba dinero.

Aunque el grupo decía que ayudaba a quienes entraban, también sabía que no era un lugar del que se pudiera salir fácilmente sin una transición cuidadosa. Decidí empezar alejarme, no con una confrontación directa, sino evitando ciertas tareas. Primero dejé de asistir algunas reuniones internas con la excusa de que tenía problemas familiares que debía atender.

Después rechacé encargos pequeños que implicaban recorrer otros pueblos y empecé a buscar trabajo fuera del pueblo para justificar mis ausencias. Un familiar lejano me ofreció quedarme unos días en su casa mientras buscaba ocupación, y aproveché esa oportunidad para distanciarme un poco más.

No corté contacto por completo, pero sí reduje mis visitas a la casa donde el grupo se reunía. Cada semana que pasaba me sentía menos involucrada y más decidida a no volver a las actividades que antes aceptaba sin pensar. La reacción de las brujas fue más tranquila de lo que esperaba. Ninguna me amenazó ni me cuestionó.

Sabían que yo no las había traicionado, que nunca había revelado nombres, métodos ni información delicada. Yo no era una enemiga para ellas. Solo era una mujer que había cumplido su función durante algunos años y que ahora quería seguir otro camino.

No insistieron en que me quedara porque también entendían que mantener alguien en contra de su voluntad generaba conflictos internos que podían llamar la atención del pueblo, y eso era algo que evitaban siempre. El silencio con el que aceptaron mi retiro gradual fue su manera de cerrar el asunto sin convertirlo en un problema.

El grupo prefería perder a una integrante antes que tener tensiones que complicaran su funcionamiento. Ellas decían que el poder del grupo estaba en la estabilidad, en la confianza interna y en la discreción, y yo entendía que mi salida no afectaba esas bases. Otras jóvenes tomaron mi lugar con el tiempo, y las tareas que yo hacía pasaron a manos de mujeres más nuevas.

No hubo una despedida formal ni un último encuentro. Simplemente dejé de asistir, dejé de recibir recados y dejé de participar en decisiones. Cuando regresé a vivir con mis familiares por un periodo más largo, ya no tenía ningún lazo activo con ellas. Con los años me fui alejando por completo, hasta el punto en que ya nadie me relacionaba directamente con el grupo.

El pueblo cambió, algunas de las mujeres mayores murieron y otras se fueron a vivir con hijas o sobrinas. El grupo siguió su camino sin mí, igual que yo seguí el mío sin ellas. Nunca las enfrenté ni quise juzgarlas, porque sabía que todo lo que hacían respondía a la necesidad de sobrevivir en un lugar donde el apoyo oficial era casi inexistente.

Muchas personas idealizan la brujería como si fuera un mundo lleno de misterios o la demonizan como si todo fuera maldad, pero lo que yo viví fue una mezcla de necesidad, poder, miedo y supervivencia, una estructura que funcionaba porque las condiciones del pueblo lo permitían.

Ahora que tengo sesenta años, lo cuento porque quiero que se entienda que no todo era magia ni fantasía, y que detrás de cada historia de brujas suele haber una realidad más simple y más dura de lo que la gente imagina.

Preguntas frecuentes sobre historia de terror

¿Qué significa mujeres de brujería en este relato?

Se refiere al grupo de mujeres que realizan rituales, favores y control social en el pueblo.

¿Por qué la iniciación incluye una figura enterrada?

La figura enterrada prueba la obediencia y la pertenencia requerida por las mujeres de brujería.

¿Es real el poder que muestran las mujeres de brujería?

El relato muestra cómo su poder opera socialmente: mezcla prácticas reales y creencias que influyen en el pueblo.


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