Siempre he pensado que mi mamá era la última persona en caer en un susto provocado por alguien desconocido. No le gustaban las supersticiones, tampoco las historias que parecían invento, y cada vez que algún vecino mencionaba limpias o brujerías ella respondía que esas cosas servían solo para sacarle dinero a la gente.

historia de terror
Esa forma de ser se mantuvo igual cuando yo crecí y hasta la fecha me cuesta trabajo verla con miedo a algo que no entiende. Por eso cuando recuerdo lo que pasó ese día me queda claro que nada de lo que vivimos empezó por un pensamiento exagerado de ella, sino por un hecho que cualquiera habría visto y que no dejaba espacio para interpretaciones extrañas.
En este relato, historia de terror se menciona como el lugar y el motivo del miedo de los personajes.
Lo que se cuenta sobre historia de terror se repite en el pueblo como si fuera un aviso.
Todo comenzó una tarde común cuando mi mamá regresó del centro. Había ido al mercado a comprar verduras y carne, como cada semana, y salió temprano para aprovechar que aún había buena luz. Yo estaba en la casa arreglando unas cosas del patio mientras mi papá dormía una siesta.
Mi mamá siempre ha sido observadora, pero también es práctica cuando va de compras y ese día venía revisando los precios en un papel donde anotaba cuánto le había costado cada cosa. Caminó por la calle principal que a esa hora se llenaba de gente saliendo de las tiendas.
El sol pegaba fuerte y varios se movían buscando sombra mientras otros avanzaban rápido para llegar a sus casas. Hasta ese momento todo parecía igual que cualquier tarde. Ella contó que iba distraída con la bolsa colgada del brazo cuando una mujer mayor se le acercó de forma repentina.
Dijo que no había visto a esa mujer antes y que la forma en que avanzó hacia ella fue tan directa que la obligó a detenerse. La mujer tenía el cabello desordenado, ropa vieja y una expresión tensa. Antes de que mi mamá pudiera reaccionar, la mujer tomó su mano sin pedir permiso y colocó en la palma un objeto pequeño, redondo, oscuro y del tamaño de una moneda gruesa.
En el momento en que ese objeto tocó su piel, mi mamá sintió un calor fuerte que le subió por la mano como si le hubieran puesto una brasa. Soltó la moneda de inmediato porque el ardor fue tan intenso que la hizo mover los dedos de manera brusca. El objeto cayó al piso y rodó un poco hasta detenerse en una grieta del pavimento.
Mi mamá se molestó y le reclamó a la mujer qué le había puesto en la mano y por qué la había tocado sin avisar. Contó que la mujer no respondió nada, solo mantuvo la mirada fija con una expresión rígida que no cambiaba aunque mi mamá hablara cada vez más fuerte.
Varias personas voltearon hacia ellas por la forma en que mi mamá elevó el tono, pero nadie intervino ni se acercó a preguntar. Ella admitió que llegó a insultarla porque el ardor continuaba y no entendía por qué alguien haría algo así en plena calle. La mujer dio un paso hacia atrás sin dejar de verla y después se giró.
Caminó con torpeza hacia una calle lateral sin voltear a revisar si mi mamá seguía ahí. Mi mamá regresó a la casa todavía con la palma enrojecida. Escuché cuando abrió la puerta con más fuerza de la necesaria y entró hablando desde el corredor diciendo que una vieja loca le había quemado la mano.
Cuando la vi acercarse al comedor noté que tenía el rostro tenso y que respiraba más rápido de lo normal. Tiró las bolsas sobre la mesa y extendió la mano para que yo pudiera ver la marca que le había quedado.
La piel estaba roja y en el centro se alcanzaba a notar un círculo tenue que no parecía una quemadura profunda pero sí un área irritada que contrastaba con el resto de la palma. Ella intentó explicar el tipo de dolor y dijo que el ardor apareció desde el primer segundo, como si la moneda hubiera estado caliente por dentro y no solo en la superficie.
No habló de nada raro ni dijo que la mujer hiciera algún gesto extraño. Solo repetía que el calor fue inmediato y que le siguió doliendo durante el camino de regreso. Yo me acerqué para revisarle la mano y aunque no se veía una lesión seria, sí tenía una textura distinta que se notaba al pasar el dedo por la zona.
Mi papá salió de su cuarto al escuchar los reclamos y también revisó la mano. Él dijo que tal vez la señora traía alguna sustancia y que pudo haber sido eso lo que provocó la reacción. Yo pensé algo parecido. Se me ocurrió que tal vez la mujer usaba alguna crema irritante, o algún truco para llamar la atención o pedir dinero.
Mi mamá se molestó más cuando mencioné la posibilidad de que hubiera sido algo así, porque para ella no tenía sentido que una persona se acercara con tanto apuro solo para hacer una broma o causar daño sin motivo. Insistió en que el ardor había sido demasiado fuerte para ser algo común. El resto de la tarde se mantuvo inquieta.
Se cambiaba la bolsa de hielo de un lado a otro mientras caminaba por la casa con mal humor. Cada cierto tiempo revisaba su palma y decía que el dolor iba y venía como si alguien le estuviera presionando el mismo punto. Ninguno de nosotros pensó que esto fuera más que un susto provocado por una desconocida.
Conversamos un rato sobre si era posible que la mujer sufriera de algún problema mental o si de verdad cargaba algo peligroso. Después de eso cada quien siguió con sus actividades sin considerar que ese episodio podía tener consecuencias. Al terminar la noche, mientras mi mamá se preparaba para dormir, yo seguía preguntándome por qué alguien haría algo así en plena calle.
Hoy me doy cuenta de que en ese momento ninguno de nosotros imaginaba que ese encuentro iba a convertirse en el inicio de algo grave. En ese primer día solo hablábamos del ardor, del enojo que cargaba mi mamá y del susto por la manera en que esa mujer se le había acercado, pero nadie lo tomó como algo que pudiera afectar más que un par de horas.
No sospechábamos que todo lo que vino después tuvo su origen exacto en esa moneda oscura que cayó en la calle y que nadie volvió a tocar. Dos noches después del encuentro mi mamá empezó a decir que no había dormido bien. Esa mañana se levantó más tarde de lo normal y caminó hacia la cocina con el cabello pegado a la frente por el sudor.
Cuando se sentó comentó que sintió el cuerpo pesado toda la madrugada y que en un momento despertó empapada como si hubiera estado en un cuarto cerrado sin ventilación. Me dijo que no recordaba haber soñado algo raro, solo que abrió los ojos y tenía la ropa húmeda y la almohada mojada.
Yo pensé en varias causas comunes porque en esos días había hecho más calor de lo normal y muchos ya andaban con malestar. Le dije que podía ser la temperatura de la temporada, alguna infección ligera o incluso cansancio acumulado. Ella no discutió pero se quedó callada un momento como si no supiera bien cómo describir lo que había sentido.
Más tarde volvió a mencionar lo de la madrugada. Dijo que en un momento despertó completamente consciente pero sin poder mover los brazos ni las piernas. Aseguró que la respiración se le aceleró y que trató de levantarse sin éxito durante varios segundos. Pensé de inmediato en la parálisis de sueño porque yo la había vivido un par de veces y sabía que podía sentirse así.
Pero antes de que yo dijera algo, añadió que mientras estaba en ese estado vio algo en la esquina del cuarto, pegado a la pared donde guardaba una caja con ropa. Explicó que era un animal pequeño, oscuro, sentado en el suelo, con los ojos abiertos y mirando hacia la cama. Insistió en que no se movía y que no hizo ningún sonido.
Dijo que cuando logró mover los dedos y parpadear un par de veces el animal ya no estaba. Le comenté que quizá esa imagen podía haber sido producto de la misma parálisis porque el cerebro a veces mezcla sueños con lo que uno cree estar viendo, pero ella negó eso de inmediato y dijo que lo vio con claridad.
Contó que lo miró fijo durante varios segundos y que incluso tuvo tiempo de notar que tenía el cuerpo muy quieto, como si estuviera esperando a que ella reaccionara. No lo dijo con miedo, sino con molestia, como si la idea de haber visto algo así le irritara más de lo que le asustara.
Mi papá escuchó parte de la conversación y también trató de darle una explicación común, pero ella no quiso seguir discutiendo y solo dijo que se había sentido observada toda la noche. Las noches siguientes no fueron mejores. Cada mañana se levantaba diciendo que había sentido un calor interno tan fuerte que se veía obligada a quitarse las cobijas y abrir las ventanas.
A veces el ventilador estaba encendido y aun así decía que tenía la sensación de que el aire no le refrescaba. La sudoración se volvió más evidente y la almohada amanecía húmeda casi todos los días. Nosotros pensábamos que podía ser un malestar o alguna infección que la estuviera afectando porque no había otra explicación lógica para esa reacción tan constante.
Pero cada día ella repetía lo mismo: el calor no venía de afuera, venía de su cuerpo. La parálisis también se volvió más frecuente. Varias veces contó que despertaba sin poder mover las manos o las piernas y que tardaba en recuperar el control.
Una mañana me dijo que mientras estaba inmóvil volvió a ver al mismo animal en la esquina, siempre en el mismo punto del cuarto, completamente quieto. Describió que tenía los ojos abiertos y que su forma era tan nítida que no podía considerarlo una ilusión.
Nosotros tratábamos de tranquilizarla y le decíamos que podía ser parte del trastorno del sueño, pero ella mantenía su postura de que eso no era producto de la imaginación. Con los días comenzó a mostrar un humor distinto. Estaba cansada y se irritaba con facilidad. No quería que la tocáramos, ni que le preguntáramos cosas que ella ya había respondido.
Cada vez que hablábamos del tema se tensaba porque decía que no quería pensar en la mujer del centro. La palma donde cayó la moneda seguía roja y en ciertos momentos ella mencionaba que sentía pequeñas pulsaciones, como si algo le latiera ahí. Yo revisaba su mano y se veía igual, con ese círculo tenue que se formó desde el primer día.
Nunca apareció una herida nueva, pero ella insistía en que esa zona no se le aliviaba. También empezó a evitar salir sola. Dijo que prefería ir acompañada por si se encontraba con la misma mujer, porque según ella la sensación que le provocó ese contacto fue demasiado fuerte para arriesgarse a otro encuentro.
Una noche se acercó a mí y me contó que mientras estaba acostada sintió que alguien le sostenía los tobillos. Aseguró que no pudo moverlos durante varios segundos y que esa presión le provocó más desesperación que el calor o la sudoración. Yo la escuché sin interrumpirla y traté de mantener la calma, pero no pude evitar pensar que todo eso podía tener un origen médico.
Consideré que podía tratarse de un trastorno del sueño, algún tipo de fiebre que la estuviera afectando internamente o incluso un cuadro de estrés provocado por el mismo susto que vivió en el centro. Mientras los días avanzaban ella dormía cada vez menos. Comía poco y pasaba la mayor parte del tiempo inquieta.
A veces se levantaba de la cama diciendo que el calor la despertaba de golpe y que sentía el cuerpo ardiendo por dentro. Aunque usara ventilador o abriera todas las ventanas, decía que eso no servía. Su aspecto comenzó a cambiar porque tenía ojeras más marcadas y el cansancio se le notaba al caminar.
Mi papá seguía pensando que todo podía resolverse con descanso, pero yo empezaba a ver un deterioro que no encajaba del todo con un simple malestar físico. Al cerrar esa semana, la situación ya no parecía un episodio pasajero. Aunque todavía buscábamos explicaciones racionales, era evidente que algo en su comportamiento se estaba volviendo demasiado extraño para ignorarlo.
Yo seguía insistiendo en que debía revisarse con un médico, pero ella se negaba una y otra vez, diciendo que todo esto había empezado exactamente el día en que esa mujer le puso la moneda en la mano. No lográbamos avanzar más allá de esa afirmación y la tensión en la casa aumentaba porque cada noche traía un síntoma nuevo o una repetición más intensa de lo que ya había vivido.
En ese punto nadie lo decía en voz alta, pero todos empezábamos a sentir que ese calor interno, esas parálisis y ese animal en la esquina no se iban a detener por sí solos. Con el paso de los días mi mamá comenzó a pasar más tiempo acostada.
Al principio decía que solo estaba cansada y que necesitaba dormir un rato más para recuperar energía, pero después se volvió costumbre verla recostada desde temprano, incluso cuando había descansado varias horas. Yo notaba que se levantaba sin fuerzas, caminaba un poco por la casa y buscaba otra vez la cama o el sillón.
Decía que su cuerpo se sentía pesado y que cualquier movimiento la agotaba como si hubiera pasado una noche entera sin dormir. Esa falta de energía se volvió tan constante que ya no podía ignorarse y todos empezamos a entender que su malestar estaba avanzando más de lo que pensábamos. Su temperatura corporal también parecía distinta.
Cada vez que yo le tocaba la frente o los brazos notaba la piel caliente, pero cuando le tomábamos la temperatura no marcaba fiebre. Era un calor extraño que se mantenía incluso cuando la casa estaba fresca. Ella decía que sentía el cuerpo ardiendo desde dentro y que ninguna bebida fría ni ventilador le quitaba esa sensación.
Yo trataba de explicarlo con alguna alteración en su circulación o algún desequilibrio que no se estuviera manifestando de manera normal, pero en cada revisión el termómetro seguía dando valores regulares que no coincidían con lo que nosotros percibíamos físicamente. La sudoración empeoró tanto que ya no ocurría solo en las noches.
Si se quedaba dormida un rato en la sala, despertaba empapada. A veces se acostaba después de comer y en pocos minutos la ropa se le pegaba al cuerpo y la sábana quedaba húmeda. Mi papá cambió las fundas y abrió las ventanas para que entrara más aire, pero nada parecía ayudar. Yo empezaba a preocuparme porque la pérdida constante de líquidos podía debilitarla más.
Cada día se veía más pálida y con ojeras más profundas. Su postura era lenta y caminaba con menos estabilidad. También comenzaron episodios extraños mientras dormía. En varias ocasiones parecía profundamente dormida pero respondía con palabras cortas que no tenían sentido. No abría los ojos y movía los labios como si estuviera hablando con alguien.
Cuando la despertábamos no recordaba haber dicho nada y se molestaba si insistíamos en preguntarle. Esto pasó varias veces a lo largo de la semana y cada vez resultaba más inquietante porque no era algo que ella hubiera hecho antes. Una madrugada escuché un golpe dentro de su cuarto. Mi papá y yo nos levantamos al mismo tiempo porque el sonido había sido bastante claro.
Entramos de inmediato y la encontramos en el piso, sentada contra la pared con la respiración acelerada y los ojos desorientados. La habitación estaba en silencio y ella intentaba levantarse sin poder hacerlo. Cuando la ayudamos noté que la mano donde había caído la moneda estaba muy inflamada, mucho más que en días anteriores.
Tenía la piel roja y estirada, como si la zona estuviera reteniendo líquido o reaccionando de una forma anormal. Ella decía que sintió un mareo fuerte y que después todo se le nubló. Ese fue el primer momento en el que consideré seriamente que ya no podíamos seguir esperando a ver si se mejoraba sola. La llevamos a la clínica esa misma mañana.
En el trayecto iba recostada en el asiento trasero, respirando con esfuerzo y manteniendo los ojos cerrados. No se quejó, no habló, solo apretaba los dedos de la mano buena mientras mantenía la otra estirada para no tocarla demasiado. Cuando llegamos, la revisaron de inmediato. El médico notó la inflamación de la mano, el cansancio extremo y la sudoración constante.
Le tomaron la presión y la encontraron baja. También presentaba deshidratación y dificultad para mantener la estabilidad al ponerse de pie. La internaron para hacer análisis y descartar cualquier infección grave. En cuanto quedó hospitalizada, su estado se volvió más inestable. Pasó las primeras horas respondiendo de manera lenta y con la mirada perdida.
Los médicos comentaron que necesitaba observación porque su presión seguía bajando y su pulso estaba débil. Le colocaron suero y la conectaron a varios monitoreos. Yo me quedé en la sala de espera mientras mi papá firmaba documentos. Estuvimos toda la tarde ahí sin entender qué estaba provocando su deterioro tan rápido.
Nadie mencionó síntomas infecciosos claros ni encontraron fiebre. Solo repetían que su cuerpo parecía agotado y que había señales de un colapso físico que necesitaba atención urgente. Durante la noche su estado empeoró más. Empezó a perder el reconocimiento de quién estaba cerca. Abría los ojos y miraba sin enfocar, como si no entendiera dónde se encontraba.
A veces movía los labios sin emitir sonido y otras veces respiraba tan lentamente que los enfermeros se acercaban para revisarla. En un momento dejó de responder por completo. El médico explicó que estaba entrando en un estado de compromiso neurológico que podía evolucionar a coma y que harían lo posible por mantenerla estable mientras analizaban las causas.
A la mañana siguiente ya no abrió los ojos. Su respiración seguía pero no reaccionaba a los estímulos. Estaba en coma. Yo la observaba y veía un cuerpo que se consumía sin que nadie pudiera explicar por qué. La mano donde cayó la moneda seguía inflamada, aunque los médicos decían que eso podía deberse al estrés del cuerpo y a la reacción de los tejidos por el colapso.
Intentaban hallar una causa pero los análisis no mostraban algo contundente. Era como si todo estuviera fallando al mismo tiempo sin una razón clara. Después de dos días en ese estado su corazón no resistió. Estábamos junto a la cama cuando los monitores empezaron a fallar y los enfermeros entraron corriendo.
Nos pidieron salir mientras intentaban reanimarla pero no lograron estabilizarla. Cuando nos dijeron que había fallecido mi papá se quedó sentado sin hablar y yo no pude pensar en nada más que en esa moneda oscura que empezó todo. Hasta ese momento nosotros seguíamos pensando que cualquier médico podría explicar lo ocurrido, pero esa explicación nunca llegó.
Y aunque nadie quiso relacionar todo con el encuentro en el centro, yo sabía que su deterioro comenzó exactamente después de ese día y que ningún análisis logró decirnos otra cosa.
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Preguntas frecuentes sobre historia de terror
¿Qué ocurrió con la moneda oscura en mano?
La moneda provocó un ardor inmediato y desencadenó noches de sudor, parálisis y visiones en la protagonista.
¿Es peligroso lo descrito en moneda oscura en mano?
En la historia la moneda oscura en mano fue el origen de síntomas persistentes, por lo que resultó peligroso para la salud y la tranquilidad.
¿Puede haber una explicación médica para moneda oscura en mano?
Podría investigarse una causa médica, pero la coincidencia con la moneda hizo que la familia también sospechara algo sobrenatural.





