
Encontré un mechón de mi propio cabello atado con hilo rojo dentro del cajón de los cubiertos. Lo primero que pensé fue que alguien había entrado a mi casa. Había ido a la cocina por una cuchara. Abrí el cajón y vi el mechón debajo de unas servilletas. Lo tomé con cuidado y enseguida reconocí el color y el largo. Dos días antes había notado una zona más corta detrás de la oreja, pero no le di importancia. Al tener ese cabello en la mano, entendí que alguien me lo
había cortado y después lo había dejado ahí. Lo puse sobre la mesa y revisé la casa. Las puertas estaban cerradas, las ventanas también y nada estaba fuera de lugar. Miré dentro de los armarios, debajo de la cama. en el baño y en el patio, pero no encontré a nadie, ni vi señales de que hubieran forzado una entrada. Cuando regresé a la cocina, levanté la vista hacia la ventana. Frente a mi casa vivía la señora Marta, una mujer de unos 80 años a la que todos conocían
en el barrio. Cuidaba sus flores, saludaba a quienes pasaban y algunas tardes cruzaba la calle para llevarme galletas. siempre había sido amable conmigo. La luz de su sala estaba encendida y me quedé mirando unos segundos. Entonces se apagó. En ese mismo momento escuché una risa debajo de la cocina. Fue breve y baja. Me aparté de la mesa y guardé silencio esperando escucharla otra vez, pero no se repitió. Me agaché, revisé el suelo y luego volví a mirar hacia la casa de Marta. Pero todo estaba oscuro.
Guardé el mechón en una bolsa y dejé varias luces encendidas. Y esa noche dormí poco. A la mañana siguiente vi a Marta regando sus plantas. Cuando me vio, levantó la mano y me sonrió. Le respondí por costumbre y entonces noté sus guantes de tela. Nunca les había prestado atención. Intenté recordar alguna ocasión en que hubiera visto sus manos descubiertas y no pude. La había visto cargar bolsas, arreglar sus plantas, barrer la entrada y entregarme comida, incluso en días de mucho calor, pero siempre llevaba los guantes
puestos. Durante el resto del día pensé en el mechón y busqué una explicación que tuviera sentido. Tal vez alguien había entrado por una ventana que yo creía cerrada. O quizá alguien cercano quería asustarme, pero ninguna opción explicaba cómo habían conseguido cortarme el cabello sin despertarme. Tampoco sabía qué significaba el hilo rojo ni de dónde había salido aquella risa. Esa noche cerré la puerta de mi habitación y traté de dormir. Más tarde me despertó un ruido en el pasillo. Primero pensé que era la madera de la
casa, pero volvió a escucharse con claridad. Algo duro rozaba la pared, avanzaba, se detenía y continuaba. Me incorporé en la cama y presté atención. El sonido se acercaba hacia mi puerta y cuando estuvo cerca reconocí lo que producía aquel rose. Uñas largas arrastrándose sobre el yeso. El ruido llegó hasta la entrada de mi habitación y se detuvo. Después el picaporte bajó despacio y la puerta se abrió unos centímetros. Desde la cama alcancé a ver parte del pasillo. Había poca luz, pero distinguí una figura inclinada junto
al marco. Pensé en Marta. Tenía una altura similar y la forma de la cabeza me resultaba familiar, aunque sus brazos le llegaban casi hasta las rodillas. La figura se quedó inmóvil frente a mí y yo no pude moverme. Tenía la garganta seca y respiraba con dificultad. Entonces escuché la misma risa de la cocina y venía del pasillo. Duró unos segundos, luego cesó y la figura comenzó a retroceder. Volví a oír las uñas contra la pared mientras se alejaba. Esperé antes de levantarme. Encendí todas las luces
y recorrí la casa completa, pero no encontré a nadie. Cerca de mi habitación, vi cuatro marcas largas sobre la pared, todas en la misma dirección. Seguí el rastro hasta el pasillo y comprobé que terminaba cerca de la cocina. Pasé el resto de la noche despierto. Por la mañana observé la casa de Marta desde mi ventana. La vi salir con una bolsa y caminar hasta desaparecer al final de la calle. Esperé un poco más. Necesitaba saber si tenía algo mío y si las marcas estaban relacionadas con
ella. Crucé la calle, rodeé su casa y llegué a la puerta trasera. Forcé la cerradura y entré. El interior estaba en silencio y olía a humedad y cera. No me detuve a revisar cada habitación. Subí al segundo piso, entré en el dormitorio y encontré un armario cerrado con candado. Busqué algo para abrirlo. Encontré un martillo y golpeé el seguro hasta romperlo. Abrí las puertas y me quedé quieto. Dentro no había ropa, había velas negras, fotografías y objetos. personales acomodados en varios espacios. Reconocí a varios vecinos
del barrio. Vi cepillos de dientes, prendas, uñas cortadas y mechones de cabello. En el centro estaba una fotografía mía tomada desde la calle pocos días antes. Debajo encontré un cepillo de dientes que llevaba semanas buscando y varios cabellos atados con hilo rojo. Ya no tenía dudas. Marta había entrado a mi casa, había tomado mis cosas y se había acercado a mí mientras dormía. No sabía para qué guardaba todo aquello, pero mi fotografía ocupaba un lugar central entre los demás objetos. Entonces escuché abrirse la puerta principal
y desde abajo llegó la voz de Marta. dijo que había olvidado su bolsa y que iba a entrar un momento. Hablaba con el mismo tono tranquilo que usaba siempre conmigo. Miré el armario abierto, el candado roto en el suelo y mi fotografía frente a mí. Después escuché sus pasos acercándose a la escalera. No tenía tiempo para salir por la puerta trasera, así que busqué con la mirada algún lugar donde esconderme. Mientras los pasos comenzaban a subir, había un closet pequeño junto a la pared. Entré, cerré
las puertas casi por completo y dejé una abertura suficiente para ver la habitación. Escuché a Marta subir las escaleras y sus primeros pasos fueron lentos, pero el ritmo cambió al llegar al segundo piso y subió los últimos escalones con una rapidez que nunca le había visto. Entró en el dormitorio, miró el candado roto y después el armario abierto. No dijo nada ni buscó a nadie. Cerró la puerta, dejó la bolsa sobre la cama y caminó hacia el altar. Durante el día siempre la veía inclinada y
moviéndose con calma, pero ahí mantenía la espalda recta y avanzaba sin dificultad. Se quitó el guante derecho y vi su mano por primera vez. Sus dedos eran delgados, las uñas largas, gruesas y oscuras, con puntas afiladas, y después se quitó el otro guante. Al ver ambas manos, entendí de dónde venían los sonidos que había escuchado en mi casa y las marcas que había encontrado en la pared. Marta tomó mi fotografía y la sostuvo frente a su cara. sonró y volvió a soltar aquella risa que había
escuchado debajo del piso de mi cocina y luego en el pasillo. Me cubrí la boca con una mano para controlar la respiración y procuré no moverme. Apoyó una uña sobre el ojo izquierdo de mi fotografía y presionó. El dolor apareció de inmediato en mi propio ojo. Fue tan fuerte que tuve que apoyar el hombro contra la pared del closet para mantenerme en pie. No tuve tiempo de pensar en una explicación. Marta movió la uña hasta el otro ojo de la imagen y volvió a hundirla. El
dolor pasó al lado derecho y esta vez grité. Ella dejó de reír, giró la cabeza y miró directamente hacia la abertura entre las puertas. No revisó la habitación ni dudó un segundo. Ya sabía en dónde estaba. Marta comenzó a acercarse. Desde el closet vi sus dientes con claridad. Varios eran estrechos y terminaban en punta. Esperé hasta que estuvo cerca y empujé las puertas con toda mi fuerza. Una de ellas la golpeó en el hombro y la hizo caer contra el armario. Fotografías y objetos terminaron en
el suelo. Salí, crucé la habitación y bajé las escaleras mientras el dolor me obligaba a mantener los ojos casi cerrados. Detrás de mí escuché a Marta levantarse y después oí sus uñas contra el piso cada vez más cerca. Pero no miré atrás. Llegué a la planta baja, fui hasta la puerta trasera e intenté abrirla. Me temblaban las manos y fallé varias veces antes de conseguirlo. Los ruidos ya venían por el pasillo cuando logré salir. Crucé el patio y corrí hacia la calle. La vista se me
nublaba y cada vez me costaba más distinguir lo que tenía enfrente. Alcancé a avanzar unos metros, perdí el equilibrio y caí. Lo siguiente que recuerdo es haber despertado mientras me atendían. Un vecino me había encontrado tirado en la calle. Tenía los ojos inflamados y varias lesiones alrededor de los párpados. Durante los días siguientes veía manchas oscuras y apenas podía mantenerlos abiertos. Los médicos encontraron una inflamación severa y heridas cuyo origen no pudieron determinar con claridad. Me hicieron estudios, trataron las lesiones y consiguieron salvarme la vista,
aunque quedaron cicatrices que todavía conservo. Cuando pude regresar al barrio, fui directamente a mi casa. No quise acercarme a la de Marta. Desde mi ventana vi las cortinas abiertas y durante horas no observé movimiento. Pregunté por ella y supe que había desaparecido. Nadie sabía cuándo se había marchado ni en dónde estaba. No necesitaba saber más para decidir que tampoco iba a quedarme. Empaqué lo necesario y me fui poco después. Durante el viaje recordé el armario, las fotografías, los objetos de los vecinos, mi cepillo de dientes,
mis cabellos y aquella imagen mía que Marta había tenido entre las manos. También recordé todas las veces que había hablado con ella sin sentir miedo. La había visto cuidar sus flores, saludar desde la entrada y cruzar la calle para llevarme galletas. Incluso la había dejado entrar en mi casa varias veces después de lo ocurrido. Ese detalle era el que más me costaba aceptar. Durante las primeras semanas en mi nuevo lugar dormí poco, pues cualquier ruido me despertaba. Revisaba las puertas antes de acostarme y volvía a
comprobarlas, aunque supiera que estaban cerradas. Cuando intentaba dormir, volvía a ver sus manos descubiertas y mi fotografía atravesada por sus uñas. Con el tiempo recuperé parte de mi rutina. Volví al trabajo. El dolor disminuyó y las heridas cerraron. Las manchas en mi visión siguieron ahí, aunque se hicieron menos intensas. Dejé de revisar las ventanas a cada momento y conseguí pasar noches completas sin levantarme. Durante varios meses no ocurrió nada y empecé a creer que cambiar de ciudad había sido suficiente y que Marta ya no podía
acercarse a mí. Una noche me despertó un ruido en la pared del pasillo. Me quedé acostado y escuché. Era un rose lento y firme, el mismo sonido de uñas sobre la pared que había oído en mi antigua casa. Encendí la luz y el ruido se detuvo. Así que revisé el pasillo y no encontré a nadie. Por la mañana vi cuatro marcas junto a la entrada de mi habitación. Eran largas, paralelas y estaban a la misma altura que las de la otra casa. Me quedé frente a
ella sin tocarlas. Nadie en esa ciudad conocía a Marta. Nadie sabía lo que había ocurrido en su casa y yo nunca había contado cómo eran aquellas marcas. Hasta ese momento había pensado que alejarme del barrio podía cerrar todo aquello, pero al ver la pared entendí que no había terminado. Después de encontrar aquellas marcas volví a dormir mal. El ruido no aparecía todas las noches, a veces pasaban semanas sin que ocurriera nada y yo empezaba a recuperar la calma hasta que regresaba sin aviso. Casi siempre comenzaba
igual. Escuchaba uñas rozando alguna pared. Esperaba en silencio y al cabo de unos segundos todo se detenía. Algunas mañanas encontraba marcas cerca de la puerta o en el pasillo. Otras veces no quedaba nada. Nunca volví a ver a Marta y tampoco encontré señales claras de que alguien hubiera entrado. Pero cada vez que aquel rose regresaba, yo sabía exactamente en dónde lo había escuchado por primera vez. Durante un tiempo pensé que cambiar de ciudad otra vez podía resolverlo y terminé haciéndolo. Encontré otro lugar para vivir. Retomé
el trabajo y traté de recuperar una rutina normal. Durante varios meses funcionó. Dejé de revisar cada habitación antes de acostarme. Conseguí dormir con las luces apagadas y pasé días enteros sin pensar en Marta. Las cicatrices de mis ojos seguían ahí. Los médicos me habían advertido que probablemente serían permanentes. Y aunque podía ver bien, cuando estaba cansado, aparecían pequeñas manchas oscuras que nunca desaparecieron por completo. Nunca les conté todo lo que había ocurrido en aquella casa. Les expliqué lo necesario para que entendieran las lesiones, pero me
guardé el resto. Con el paso del tiempo empecé a cuestionar algunos recuerdos. Me preguntaba si las uñas de Marta habían sido tan largas como las recordaba, si sus dientes realmente tenían aquella forma o si el miedo había alterado parte de lo que vi. Había hechos que no podía discutir conmigo mismo. El mechón estaba en mi cocina. Mi cepillo de dientes apareció dentro de su armario. Había fotografías de los vecinos junto a objetos que les pertenecían y sentí el dolor en los ojos justo cuando ella perforó
mi foto. Las cicatrices también seguían ahí. Podía dudar de ciertos detalles, pero no de eso. La tranquilidad terminó una noche mientras me preparaba para dormir. Escuché el rose en la pared del pasillo y me quedé quieto. El sonido avanzó unos segundos, se detuvo y volvió a aparecer más cerca de mi habitación. Encendí la luz y desapareció. Esa vez no salí a revisar. Esperé hasta la mañana y entonces encontré nuevas marcas junto a la puerta. Después de eso, dejé de buscar una explicación para cada ruido y
también dejé de mudarme cada vez que aparecía. Había pasado demasiado tiempo cambiando de casa, revisando cerraduras y pensando que el siguiente lugar sería distinto, pero tarde o temprano el mismo sonido terminaba regresando. Con los años adopté una rutina sencilla. Antes de acostarme reviso las puertas una vez, apago las luces y me meto en la cama. Si escucho las uñas, no salgo al pasillo ni intento seguirlas. Me quedo donde estoy y espero hasta que se detengan. Algunas noches dura pocos segundos, otras veces desaparece y vuelve más
tarde. Nunca he vuelto a escuchar aquella risa desde el día que escapé de la casa de Marta y tampoco he oído su voz. Eso es lo único que cambió. El sonido permanece, aunque ya no necesito comprobar cada vez que aparece si dejó marcas, porque sé que algunas mañanas estarán ahí y otras no. Hace algunos meses ocurrió algo que todavía recuerdo. Me estaba lavando la cara, levanté la vista hacia el espejo y durante un instante vi una figura detrás de mí. Me giré de inmediato, pero el
baño estaba vacío y cuando volví a mirar ya no había nada. No puedo afirmar que fuera Marta. Podía haber sido una sombra o una de las manchas de mi visión, así que no intenté convertirlo en algo que no podía comprobar. Aún así, desde aquella noche, evito quedarme mirando los espejos cuando la casa está oscura. No los cubro ni los he quitado, simplemente termino lo que estoy haciendo y salgo del cuarto. Mi vida continuó. trabajo, salgo, hablo con otras personas y durante el día puedo pasar horas
sin pensar en lo que ocurrió. El problema empieza cuando regreso a casa y escucho un rose parecido al de aquellas uñas. Entonces recuerdo sus guantes, mi fotografía entre sus manos y el ruido acercándose por el piso mientras yo intentaba salir. Con el tiempo aprendí a distinguir los sonidos normales de una casa. Sé reconocer una tubería, una puerta moviéndose, algo que cae en otra habitación o una rama contra una ventana. Ese rose es distinto para mí. Cuando aparece, lo reconozco de inmediato y ya no necesito acercarme
a la pared para comprobarlo. Hace poco volvió a ocurrir. Estaba acostado cuando escuché uñas rozando la pared del pasillo. Llevaba bastante tiempo sin oírlas y durante unos segundos pensé que podía tratarse de otra cosa. Me quedé en silencio. El sonido avanzó lentamente hacia mi habitación y se detuvo junto a la puerta. No me levanté, no encendí la luz y tampoco intenté abrir. Solo esperé. Pasaron varios minutos sin que ocurriera nada más y al final el resto de la noche quedó en silencio. A la mañana siguiente
revisé la pared y encontré cuatro marcas nuevas. No eran profundas, apenas habían levantado la pintura. Las miré un momento, preparé mis cosas y salí a trabajar. Hace años habría empacado ese mismo día. Ahora sé que no serviría. Marta desapareció después de aquella tarde y nunca volví a verla. No sé en dónde está, qué ocurrió con ella, ni cómo hacía lo que vi dentro de su casa. Tampoco sé por qué esos sonidos siguen apareciendo después de tanto tiempo. Solo sé que comenzaron con ella y nunca desaparecieron
del todo. Por eso duermo con la puerta cerrada y cuando vuelvo a escuchar uñas sobre la pared, permanezco en la cama hasta que todo queda en silencio. Después intento dormir. Algunas noches lo consigo, otras me quedo mirando la puerta hasta que amanece. Porque recuerdo con claridad la última vez que escuché ese rose al otro lado de una puerta y Marta estaba ahí. Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver. Mi vecina se convertía en bruja por las noches y también mi familia fue víctima
de la brujería de una vecina.