El Soldado Que Regresó Antes De Irse

Apenas habían pasado 7 minutos desde que dejé entrar a mi compañero al retén cuando escuché su voz por radio. Me llamaba desde una brecha a 9 km de distancia y aseguraba que seguía trabajando con los demás. Mientras intentaba entender lo que estaba ocurriendo, vi al hombre que acababa de dejar pasar salir del dormitorio con una fotografía de la familia de mi compañero. En cuanto descubrió que lo estaba observando, guardó la imagen dentro de su uniforme y comenzó a caminar hacia mi caseta. Esto ocurrió durante un

servicio de vigilancia en una zona rural del norte de Veracruz. Yo estaba encargado de controlar el acceso mientras los demás elementos habían salido a realizar distintas actividades. Mi compañero se llamaba Héctor Salinas. Llevábamos varios meses trabajando juntos y lo conocía suficientemente bien para reconocerlo a distancia. Aquella noche había salido para ayudar a recuperar una camioneta atascada en una brecha. Antes de marcharse, me pidió que revisara una herida que tenía en la mano derecha, porque el vendaje se le estaba aflojando. Lo ayudé a cambiarlo y después

lo vi subir al vehículo con los demás. Más tarde distinguí a un hombre acercándose por la carretera. Cuando llegó a la cadena de acceso, reconocía a Héctor. Llevaba su uniforme, tenía la misma cicatriz debajo de la oreja izquierda y conservaba la venda en la mano. Le pregunté si habían conseguido sacar la camioneta y me respondió que seguían trabajando, pero necesitaban una herramienta del almacén. Quise saber por qué había regresado caminando y me explicó que lo habían dejado cerca del puesto donde pasarían a recogerlo. Después levanté

la cadena y le permití entrar. Cuando pasó junto a mí, percibí un olor desagradable, como a carne descompuesta. Le pregunté si habían encontrado algún animal muerto y contestó que había estado trabajando entre el lodo. Siguió hacia los dormitorios, así que le recordé que las herramientas estaban en el almacén. me respondió que primero necesitaba recoger unas cosas y entró en el edificio. Regresé a mi posición, anoté su llegada en el registro y continué vigilando la carretera hasta que recibí una llamada por radio. Era Héctor preguntando si

había alguna novedad. Le dije que acababa de verlo regresar y que estaba buscando una herramienta. Guardó silencio unos segundos y después quiso saber quién había entrado. Le expliqué que él mismo había pasado por la cadena. Entonces aseguró que seguía en la brecha, acompañado por los hombres que habían salido con él. Le pedí que confirmara su ubicación y escuché a otro elemento responder por el mismo equipo. Ambos estaban trabajando con la camioneta y ninguno había regresado al retén. Héctor quiso saber cómo era el desconocido. Le describí

el uniforme, la cicatriz y el vendaje de la mano derecha. Después de escucharme, me pidió que asegurara la caseta y evitara acercarme a ese hombre hasta que pudieran regresar. Fue entonces cuando miré hacia los dormitorios y lo vi salir con la fotografía. Reconocí a la esposa y al hijo de Héctor porque él guardaba aquella imagen en su casillero. El individuo examinó la parte posterior y terminó escondiéndola dentro de su ropa. Informé por radio lo que acababa de presenciar y cerré la puerta. El desconocido descubrió que

lo estaba mirando y se dirigió hacia mí. Desde la ventana le pregunté qué había hecho dentro del dormitorio. Respondió que había buscado la herramienta, aunque cuando mencioné la fotografía me aseguró que era suya. Su voz seguía siendo idéntica a la de mi compañero. Le pedí que levantara la mano derecha y obedeció. Tenía el vendaje limpio, a pesar de que el verdadero Héctor se lo había manchado de grasa antes de salir. Le ordené permanecer en donde estaba mientras verificaba su identidad. Avanzó otro paso y pude ver

una abertura junto a su mandíbula. La piel estaba separada y debajo se distinguía una superficie negra que se movía cada vez que hablaba. Al notar que observaba su mejilla, se cubrió con la mano y presionó la zona durante varios segundos. Cuando retiró los dedos, la abertura había desaparecido. Le advertí que debía quedarse ahí hasta que regresaran los demás. Dejó de responder y dirigió la mirada hacia la carretera. Después retrocedió lentamente hasta quedar a varios metros de la caseta. Lo seguí observando mientras caminaba hacia el almacén.

Se detuvo junto a una pared y comenzó a quitarse las botas. Primero dejó una en el suelo y después la otra. Sus pies tenían los dedos demasiado largos y separados, además de unas uñas oscuras que sobresalían hacia adelante. Se apoyó contra el edificio, inclinó la cabeza y comenzó a respirar con dificultad. Le pregunté si necesitaba ayuda, pero antes de responder se cayó de rodillas. Escuché varios crujidos y vi como su espalda se encorbaba. Intentó incorporarse, aunque los brazos terminaron doblándose debajo de su cuerpo. La camisa

comenzó a rasgarse por los hombros y aparecieron mechones de pelo negro entre las aberturas. Sus manos se apoyaron contra la tierra mientras los dedos cambiaban de posición. Por el radio, Héctor preguntó qué estaba haciendo aquel individuo. Intenté explicarle lo que veía, pero un gruñido procedente del patio me interrumpió. El desconocido estaba apoyado sobre cuatro extremidades y todavía conservaba parte del rostro de mi compañero. Su boca comenzó a alargarse, las encías quedaron expuestas y varios dientes crecieron hasta sobresalir de los labios. Retrocedí de la ventana y

levanté el arma. Cuando volví a mirar, su cuerpo había aumentado de tamaño y las piernas estaban doblándose hacia atrás. La ropa terminó de romperse mientras el pelo negro se extendía por su espalda. Levantó la cabeza y abrió unas mandíbulas enormes, dejando al descubierto varios colmillos largos, y después dirigió la mirada hacia mi ventana. Sus ojos habían adquirido un color rojo intenso. Permanecí detrás del escritorio apuntando hacia el patio mientras aquella criatura terminaba de incorporarse sobre sus cuatro patas. La criatura terminó de incorporarse junto al almacén.

Tenía el cuerpo cubierto de pelo negro, las patas delanteras muy gruesas y una cabeza enorme, con varios colmillos que sobresalían de sus mandíbulas. Sus ojos rojos permanecieron fijos en la ventana mientras levantaba el hocico y olfateaba el aire. Retrocedí hasta quedar detrás del escritorio. Tomé el radio y le informé a Héctor que el desconocido acababa de transformarse en un perro de tamaño descomunal. Mi compañero me pidió que asegurara la puerta y permaneciera dentro hasta que pudieran regresar. todavía tenía el radio en la mano cuando el

animal corrió hacia la caseta y golpeó la entrada con el cuerpo. La puerta se sacudió y una de las bisagras comenzó a aflojarse. Arrastré un archivero para reforzarla, pero la criatura envistió nuevamente y el mueble se desplazó varios centímetros. Después escuché sus uñas raspando el suelo mientras rodeaba la construcción. Me acerqué a la ventana lateral y alcancé a verlo detenerse junto a la pared. Levantó la cabeza, descubrió en dónde estaba y se lanzó contra el cristal. El primer impacto agrietó el vidrio. Con el siguiente golpe

terminó de romperlo y metió una pata por la abertura, arrancando los restos que seguían sujetos al marco. Sus garras alcanzaron el borde interior de la ventana y comenzaron a desprender pedazos de madera. Apunté hacia su hombro y le disparé. El animal lanzó un chillido, retiró la extremidad y se alejó hacia los dormitorios, dejando manchas de sangre sobre el suelo. Aproveché para comunicarme nuevamente con Héctor. Le expliqué que había conseguido herir a la criatura, aunque continuaba moviéndose con fuerza suficiente para destruir la caseta. Me respondió que

ya venían de regreso y me indicó que conservara la munición. Mientras hablábamos escuché varios golpes dentro del dormitorio. Algo cayó al suelo y comenzaron a arrastrarse los muebles. Después se escuchó una voz pidiendo ayuda desde el interior del edificio. Reconocí la voz de Héctor. El desconocido aseguraba que estaba herido y necesitaba que fuera a sacarlo. Y después comenzó a llamarme por mi apellido. Mantuve la vista en la puerta del dormitorio mientras escuchaba sus gritos. Por el radio le pregunté a mi verdadero compañero si continuaba en

la camioneta y me confirmó que seguía viajando con los demás. Le expliqué que aquella cosa estaba hablando con su voz. Héctor me ordenó mantenerme protegido y evitar cualquier acercamiento. Los gritos terminaron de repente. Escuché pasos rápidos dentro del edificio y poco después la puerta salió abierta de un golpe. El perro apareció en el patio, tenía sangre en el hombro izquierdo y caminaba apoyando menos peso sobre esa pata. Se dirigió hacia la ventana rota y metió el hocico por la abertura. Sus enormes dientes comenzaron a desprender

pedazos del marco mientras intentaba introducir la cabeza. Retrocedí hacia la pared contraria y le disparé cuando consiguió meter parte del cuello. La criatura se apartó con un gruñido, golpeó la pared y volvió a morder la madera. El hueco estaba aumentando y la puerta principal seguía dañada, así que decidí utilizar la salida trasera antes de quedar atrapado. Revisé el espacio entre la caseta y el almacén. Abrí con cuidado y avancé junto a la pared, intentando alcanzar la barrera de concreto que estaba cerca del acceso. Había recorrido

unos metros cuando los golpes contra la ventana se interrumpieron. Volví la cabeza y vi al perro salir al patio. En cuanto me descubrió, comenzó a correr directamente hacia mí. Intenté alcanzar la barrera, pero recibí un golpe en la espalda que me derribó sobre la tierra. El animal abrió las mandíbulas cerca de mi cabeza y levanté el brazo izquierdo para protegerme. Sus colmillos me atravesaron la manga y se hundieron en mi antebrazo. Después tiró con tanta fuerza que me arrastró varios centímetros. Mientras yo intentaba recuperar el

arma, conseguí girar el cuerpo y le disparé desde el suelo. La criatura soltó mi brazo y retrocedió gruñendo, permitiéndome arrastrarme hasta quedar detrás de la barrera, pero tenía varias heridas profundas y la sangre comenzaba a empaparme la manga. La mano izquierda había perdido fuerza, pero todavía podía sostener el arma con la derecha. El perro avanzó alrededor del concreto, siguiendo mis movimientos. mientras buscaba un espacio para alcanzarme, se acercó por un costado y levantó la cabeza. Tenía sangre alrededor del coco y respiraba con dificultad, aunque seguía

preparado para atacar. Apunté mientras retrocedía hasta quedar contra la barrera. En ese momento aparecieron unas luces sobre la carretera y escuché el motor de una camioneta. Reconocí el vehículo en el que había salido Héctor. La criatura también escuchó que se acercaban, se giró hacia la entrada y comenzó a caminar en dirección a los faros. Intenté advertirles por radio, pero el equipo había quedado tirado durante el ataque. Les grité varias veces mientras señalaba hacia el patio. La camioneta se detuvo cerca de la cadena y Héctor bajó

por el lado derecho. Le grité que regresara al vehículo, pero el perro ya había salido de detrás del dormitorio. Mi compañero levantó el arma y le ordenó detenerse, pero la criatura aceleró y Héctor le disparó dos veces, alcanzándola en el pecho. El animal cayó de costado y permaneció unos segundos sobre la tierra. Héctor avanzó con el arma preparada, pero antes de que pudiera comprobar su estado, el perro se incorporó violentamente y saltó sobre él. lo derribó junto a la camioneta y cerró las mandíbulas alrededor de

su brazo derecho. Escuché a mi compañero gritar mientras la criatura sacudía la cabeza y lo arrastraba hacia el patio. Los demás abrieron fuego hasta conseguir que lo soltara. El perro retrocedió con sangre en el pecho y una pata delantera que apenas conseguía sostenerlo. Giró hacia la parte posterior del retén, donde golpeó el alambre con todo el cuerpo. Consiguió atravesarlo y desapareció entre los árboles. Me acerqué a Héctor mientras los demás aseguraban la zona. tenía el brazo gravemente herido y una mordida profunda en el costado. Uno

de los hombres comenzó a presionar las heridas mientras preparaban su traslado. Héctor seguía consciente y me sujetó la ropa con la mano izquierda. me preguntó si el desconocido había revisado las pertenencias que guardaba en el dormitorio. Le respondí que lo había visto salir con una fotografía de su esposa y su hijo. Mi compañero intentó incorporarse, pero el dolor se lo impidió. Entonces me pidió que llamara inmediatamente a su casa y le advirtiera a su esposa que alguien podía llegar utilizando su rostro. Antes de que lo

subieran a la camioneta, insistió en que le dijera algo muy concreto. Aunque lo reconociera perfectamente, no debía abrirle la puerta. Intenté comunicarme con la esposa de Héctor mientras los demás lo preparaban para trasladarlo al hospital. El teléfono sonó varias veces, pero nadie respondió. Volví a marcar y obtuve el mismo resultado. Mi compañero estaba perdiendo mucha sangre y necesitaba atención urgente. Así que lo subieron a la camioneta mientras yo permanecía en el retén. Antes de marcharse me pidió que revisara su casillero. Quería saber qué había conseguido

llevarse aquel desconocido. Le aseguré que lo haría y regresé al dormitorio, todavía con el brazo izquierdo herido por las mordidas. Encontré varios muebles dañados y ropa esparcida sobre el suelo. El casillero de Héctor estaba abierto y alguien había vaciado los compartimentos de su mochila. Entre sus pertenencias descubrí un sobre que recordaba haber visto días antes cuando recibió unos documentos relacionados con la escuela de su hijo. Guardaba ahí su dirección y otros papeles personales, pero el sobre estaba vacío. También faltaban una camisa. un pantalón y una

chamarra que utilizaba cuando salía de permiso. Revisé el resto de sus cosas y confirmé que la fotografía de su familia tampoco estaba. Busqué el número de un familiar que vivía cerca de su casa y conseguí comunicarme. Le expliqué que Héctor había sufrido un ataque durante el servicio y necesitábamos localizar a su esposa. Le pedí que fuera personalmente a buscarla, que permaneciera atento y que me llamara en cuanto tuviera noticias. Mientras esperaba su respuesta, acompañé a otro elemento hasta la cerca por donde había escapado el animal.

Encontramos sangre sobre el alambre. y varias huellas enormes que continuaban hacia el monte. Las seguimos hasta un árbol donde las marcas terminaban y comenzaban unas pisadas humanas. Había sangre alrededor de aquellas pisadas y restos de pelo negro sobre la tierra. Cerca encontramos un pedazo de tela perteneciente al uniforme que llevaba el desconocido. Seguimos el rastro hasta una brecha, pero ahí las marcas se perdían entre las de otros vehículos. Regresamos para informar del hallazgo y solicitar que revisaran los caminos cercanos. En ese momento recibí la llamada

del familiar de Héctor. Lo primero que me preguntó fue si mi compañero estaba realmente hospitalizado. Le confirmé que había salido del retén gravemente herido y entonces me contó que acababa de verlo marcharse de su casa con su esposa y su hijo. Le pedí que me explicara lo sucedido. Había pasado frente a la vivienda y encontró a los tres preparándose para subir a una camioneta. reconoció a Héctor por su rostro y su voz. Llevaba ropa de civil, una venda limpia en la mano derecha y caminaba con

dificultad. Cuando le preguntó por qué había regresado, le respondió que había conseguido permiso para resolver un asunto familiar. Su esposa estaba junto al vehículo mientras el niño lloraba cerca de la puerta. El pequeño se resistía a subir hasta que su supuesto padre lo levantó en brazos y lo sentó atrás. Antes de marcharse, aquel hombre le pidió al familiar que guardara silencio sobre el viaje. Le explicó que quería evitar problemas con su permiso y después se fue conduciendo la camioneta. Cuando terminé de escuchar, le informé que

el verdadero Héctor había salido del retén con heridas graves y permanecía bajo atención médica. Mi interlocutor se quedó callado y después quiso saber quién acababa de llevarse a aquella familia. Le pedí una descripción del vehículo y la dirección que habían tomado. Transmitimos los datos para comenzar la búsqueda y avisamos al hospital de lo ocurrido. Durante el resto del día revisaron las carreteras y los accesos a los ranchos, pero nadie consiguió localizarlos. Al día siguiente encontraron una camioneta abandonada cerca de una brecha y me enviaron para

ayudar a identificar las pertenencias. tenía una puerta abierta, sangre sobre el asiento del conductor y una ventana rota. En la parte trasera encontramos una mochila infantil y un zapato de mujer. La tapicería estaba rasgada con marcas profundas de dientes sobre el respaldo delantero. También había pedazos de tela atrapados entre los asientos y manchas de sangre cerca de las puertas. Al revisar el terreno, descubrimos pisadas pequeñas que avanzaban hacia una zona de árboles. Junto a ellas aparecían huellas de un animal enorme, iguales a las que habíamos

encontrado detrás del retén. Seguimos aquel camino hasta localizar un pedazo de ropa infantil enganchado en una rama. Tenía sangre seca. Más adelante había marcas de arrastre que continuaban hasta una zanja, donde encontramos otras manchas sobre las piedras. Revisamos los alrededores, pero el rastro terminaba ahí. Durante los días siguientes buscaron por caminos, ranchos y terrenos cercanos sin conseguir encontrar a la mujer ni al niño. Héctor murió en el hospital dos días después del ataque. Alcanzaron a informarle que alguien con su apariencia había llegado a su casa,

pero nunca supo dónde estaban su esposa y su hijo. Yo rendí mi declaración y expliqué todo lo ocurrido, incluida la transformación que había presenciado. Los demás confirmaron el ataque del perro negro y las heridas que le causó a mi compañero. Tiempo después, un hombre de aquella región me habló de los nahuales, seres que, según los relatos de los rancheros, podían adoptar la apariencia de animales y personas conocidas. Nunca encontramos una explicación para lo sucedido, ni volvimos a localizar a la criatura. Lo último que recibí sobre

aquella familia fue el informe de los objetos encontrados dentro de la camioneta. Entre ellos había una hoja del cuaderno escolar del niño doblada debajo del asiento trasero. Tenía escrita una frase con lápiz que el pequeño había alcanzado a dejar antes de desaparecer. Me entregaron una copia y todavía recuerdo cada palabra. El hombre que vino por nosotros tiene la cara de mi papá, pero sus manos están cambiando otra vez. Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver militares contra un nahual en la sierra de

Nayarit y también militares salvados por el ataque de un nahual.

Ver el video en YouTube

    ¿Te gustó esta historia?
    Califícala para que suban las mejores. Es rapidísimo.
    0.0
    /5 · 0 votos
    Si lo dejas vacío, saldrás como Anónimo.
    ★★★★★
    Toca una estrella (1–5).

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    error: Content is protected !!