El Error Que Aún Sigue Dentro De Mí

Mucha gente cree que cuando alguien está poseído, el demonio empieza por romperle el cuerpo. Yo también lo creía hasta la noche en que vi a mi primo Gabriel pegado al techo y escuché salir de su boca la voz de mi hermano muerto. Aael ya le había destrozado los brazos a Gabriel, pero conmigo hizo otra cosa. sacó un recuerdo que llevaba 15 años incompleto y me obligó a verlo hasta el final. Gabriel llevaba varios días extraño, dormía poco, casi no comía y pasaba horas sentado frente a

la misma pared. Su madre pensó que estaba enfermo. Su padre creyó que era agotamiento. Pero todo cambió cuando lo encontraron de rodillas frente al espejo del baño, con dos uñas arrancadas y una palabra escrita con sangre sobre el vidrio, Asael. Yo vi el espejo antes de que lo limpiaran. Gabriel estaba en la sala con las manos envueltas en una toalla y la mirada clavada en el piso. Le pregunté qué había hecho, levantó la cabeza y me pidió ayuda. No dijo nada más. La familia llamó a

Diego, un sanador al que conocíamos desde hacía años. Llegó, habló con Gabriel durante unos minutos y pidió que lo lleváramos al sótano de su casa. Su madre se quedó arriba y su padre también. Yo bajé porque Gabriel me había pedido que no lo dejara solo. Diego lo sentó en una silla, me entregó un crucifijo de hierro y me indicó que lo mantuviera en la mano. También me advirtió que no respondiera si Gabriel empezaba a mencionar muertos, secretos de la familia o cosas que yo nunca hubiera

contado. Le pregunté por qué y me respondió que si estaba frente a lo que sospechaba, esa entidad iba a buscar algo dentro de nosotros. Antes de intentar cualquier otra cosa, Gabriel respiraba rápido. Tenía la cara pálida y las manos apoyadas sobre las piernas. Diego comenzó con preguntas sencillas. Primero le pidió su nombre, luego el de su madre y después le preguntó qué había escrito en el espejo. Gabriel contestó las dos primeras preguntas, pero con la tercera levantó la cabeza. Su cuello crujió y antes de que

yo pudiera reaccionar, otro chasquido salió del hombro derecho y el brazo empezó a girarse hacia atrás. Gabriel abrió la boca y soltó el aire. El codo siguió doblándose hasta quedar detrás de su espalda y la muñeca terminó torcida contra la camiseta. Avancé por instinto, pero Diego me ordenó que no me acercara. Entonces comenzó el otro brazo. Gabriel lloró en silencio mientras el hombro se desplazaba y el codo se doblaba en sentido contrario. La silla cayó de lado. Él golpeó el piso y las piernas se recogieron

debajo de su cuerpo. Escuché varios crujidos seguidos y apreté el crucifijo con tanta fuerza que el borde me lastimó la palma. Quise levantarlo, pero Diego me cerró el paso y dijo que no lo tocara. Gabriel empezó a arrastrarse hasta la pared, apoyó las manos deformadas y subió. No saltó ni tomó impulso. Avanzó primero con los brazos, luego con los pies, hasta dejar de tocar el suelo. Lo vi llegar al techo, girar el cuerpo y quedarse arriba, boca abajo, sujeto con las manos y los pies. Una

gota de sangre cayó junto a mí. Después abrió los ojos. Ya no se veía el color de su ni la parte blanca. Los dos eran completamente negros. Diego se quedó callado y cuando retomó la oración, la voz le temblaba. Gabriel abrió la boca y soltó una risa grave que hizo vibrar la lámpara. Yo seguí sujetando el crucifijo. Después dejó de mirar a Diego, giró la cabeza hacia mí y guardó silencio. Entonces escuché la voz de Andrés. Mi hermano llevaba 15 años muerto. Tenía nueve cuando se

ahogó en el río y yo tenía 17. Durante todo ese tiempo repetí la misma versión. Habíamos ido sin permiso. Andrés se metió demasiado. Perdió pie, la corriente se lo llevó y yo corrí a buscar ayuda. Eso fue lo que conté en casa y lo que terminé aceptando como mi único recuerdo de aquella tarde. Gabriel dijo mi nombre con la voz de Andrés y la mano con la que sostenía el crucifijo se aflojó. Diego me gritó que no lo soltara, pero Gabriel continuó. usó el apodo que

mi hermano me decía cuando éramos niños y nadie ahí lo conocía. Me costó respirar. Luego dijo que yo todavía recordaba su mano cerrándose sobre mi muñeca. En ese momento volvió el río. Vi el agua a la altura del pecho de Andrés, su cara mojada y su brazo extendido hacia mí. Yo estaba cerca, mucho más cerca de lo que había recordado durante años. Me vi alcanzándolo y sujetándolo del antebrazo. Andrés tosía, tragaba agua y trataba de afirmarse en mí. Sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca

y sentí otra vez su peso jalándome hacia delante. Hasta esa noche, mi memoria empezaba cuando yo ya corría lejos del río buscando ayuda. No recordaba haber llegado hasta él, tampoco haber sentido su mano sobre la mía. Esa parte había quedado fuera durante 15 años. Gabriel seguía pegado al techo, mirándome con aquellos ojos negros, y sonró cuando vio mi reacción y volvió a hablar con la voz de Andrés. dijo que todavía faltaba la parte importante. Diego me ordenó que lo mirara a él, que respirara y mantuviera

el crucifijo cerrado en la mano. Intenté obedecer, pero la voz de mi hermano volvió a llenar mi cabeza y entonces apareció el siguiente recuerdo. Yo había sido el último en tocarlo y todavía sentía los dedos de Andrés cerrados sobre mi muñeca. Cuando recordé lo que había ocurrido después, yo intentaba sacarlo del agua, pero él se desesperó y tiró de mí con tanta fuerza que perdí apoyo. Tragué agua, hundí un pie y sentí que los dos podíamos irnos al fondo. Entonces aflojé los dedos, no resbalé, no

perdí fuerza, no fue un movimiento involuntario. Abrí la mano y lo solté. El crucifijo cayó al piso y escuché a Diego gritar mi nombre, aunque apenas distinguí su voz. Yo seguía viendo a Andrés intentando mantenerse arriba mientras retrocedía hacia la orilla. Gabriel soltó una risa desde el techo y Diego se acercó para golpearme con la palma en el pecho y el impacto me hizo reaccionar. me ordenó que recogiera el crucifijo y dejara de seguir lo que Asael me estaba mostrando. También me advirtió que podía mezclar

hechos reales con mentiras hasta hacerme perder el control. Me agaché, recuperé el hierro y quise creerle. Necesitaba pensar que aquella escena no había ocurrido de esa manera. Gabriel dejó de reír y dijo que yo no había corrido por ayuda. Entonces recordé lo que vino después de soltar a Andrés. Salí del agua, llegué hasta la orilla y escuché que gritaba mi nombre, pero no corrí hacia ninguna casa ni llamé a nadie. Me alejé unos metros y me quedé junto a un árbol mirando el río. Mis padres

nos habían prohibido ir hasta allá y yo sabía que si Andrés salía lastimado, tendría que explicar por qué lo había llevado conmigo. Tenía 17 años, estaba asustado y pensé primero en lo que me iba a pasar a mí. Me quedé quieto mientras mi hermano seguía pidiendo ayuda. Diego volvió a llamarme. Levanté la vista y vi que Gabriel empezaba a soltarse del techo. Bajó una mano, después uno de los pies y mantuvo el resto del cuerpo sujeto mientras giraba hacia mí. Diego sacó una punta de hierro

que llevaba guardada y me dijo que era una reliquia. La sostuvo frente a mí y me explicó que Gabriel ya no reaccionaba con él. Toda su atención estaba puesta en mí. Si conseguíamos hacerlo bajar, yo tendría que acercarme y clavarle aquella pieza en el pecho. Le pregunté por qué tenía que hacerlo yo. Diego me respondió que Asael ya había elegido dónde atacar y no iba a apartarse mientras pudiera seguir usándolo de mi hermano contra mí. me puso la reliquia en la mano y continuó rezando. Gabriel

empezó a bajar, apoyó las manos deformadas contra la pared, luego los pies y descendió sin apartar los ojos de mí. Sus brazos seguían torcidos y cada movimiento producía un crujido distinto. Cuando llegó al suelo, intentó enderezarse. El hombro derecho estaba más bajo que el otro y una de sus muñecas seguía doblada hacia atrás. Aún así avanzó sin detenerse. Retrocedí. Gabriel volvió a usar la voz de Andrés y dijo que mi hermano había salido a la superficie después de que yo llegara al árbol. El aire se

me cortó. Vi a Andrés levantar la cabeza entre el agua, toser y buscar la orilla. Yo estaba frente a él. me vio. Sus ojos encontraron los míos y levantó un brazo. Después volvió a hundirse. Yo había presenciado esa última salida y durante 15 años no la había recordado. Gabriel sonrió y siguió acercándose. Diego rezaba detrás de él, pero Asael no apartaba los ojos de mí. Con la voz de mi hermano, dijo que podía mostrarme lo que Andrés pensó antes de morir. Durante años había querido saber

si tuvo miedo, si creyó que yo iba a volver o si entendió que lo había dejado ahí. Abrí la boca y estuve a punto de preguntarlo. Gabriel inclinó la cabeza y esperó y no dijo nada más. Ahí vi lo que estaba haciendo. Esperaba que yo pidiera la siguiente parte. Si preguntaba iba a querer otra respuesta. Luego otra, y Gabriel seguiría delante de mí con el cuerpo destrozado mientras yo escuchaba. Cerré la boca y apreté la reliquia, y la sonrisa desapareció de su cara. Avancé un paso.

Luego volvió a pronunciar mi nombre con la voz de Andrés. Las piernas me temblaron, pero seguí. Entonces dijo que mi hermano había muerto mirándome desde el agua. Me detuve. La imagen de Andrés regresó con tanta fuerza que la punta de hierro empezó a resbalarme entre los dedos. Para reaccionar me mordí el labio hasta abrirlo. Sentí el corte y la sangre dentro de la boca y el dolor me sacó del recuerdo. Volví a ver a Gabriel frente a mí, a Diego detrás de él y la reliquia

todavía en mi mano. Asael abrió la boca para hablar otra vez, pero corrí hacia Gabriel antes de que pudiera hacerlo. Él reaccionó primero. El brazo derecho, todavía torcido detrás de la espalda, giró con un crujido y volvió parcialmente a su sitio. Me golpeó en el hombro y me lanzó contra la pared, y la reliquia casi salió de mi mano. Diego lo sujetó por detrás. Gabriel se soltó con un movimiento seco y lo tiró al piso. Después vino hacia mí con sangre en la boca y los

ojos completamente negros. Levanté el crucifijo por reflejo, pero Gabriel no redujo el paso. Seguí sosteniéndolo durante un segundo, esperando que ocurriera algo, pero continuó avanzando. Bajé la vista a mis manos. En una tenía el crucifijo y en la otra la punta de hierro que Diego me había entregado. Guardé el crucifijo contra la palma, cerré los dedos sobre la reliquia y volví a mirar a Gabriel. Ya estaba encima de mí. En ese momento dejé de esperar que el hierro que llevaba en la mano izquierda pudiera detenerlo.

La única oportunidad estaba en la otra. Gabriel se lanzó sobre mí antes de que pudiera apartarme. Me golpeó con la frente en el cuello y caí de rodillas. El crucifijo salió de mi mano, pero la punta de hierro siguió cerrada entre mis dedos. Se inclinó hasta quedar frente a mi cara y volvió a usar la voz de Andrés. me dijo que yo había apartado la mirada cuando él pidió ayuda por última vez. El recuerdo me llegó completo. Vi a mi hermano hundirse. Escuché su grito y

recordé que giré la cabeza hacia el árbol porque ya no quería verlo. Me dieron ganas de vomitar. Gabriel abrió la boca para seguir hablando y aproveché ese instante. Me levanté, apoyé las dos manos sobre la reliquia y se la clavé en el centro del pecho. La punta atravesó la camiseta y entró con resistencia, pero empujé hasta que mis manos chocaron contra su cuerpo y Gabriel gritó. Primero escuché su voz, después salieron otras mezcladas con ella, graves, agudas, todas al mismo tiempo. La lámpara se apagó y

volvió a encenderse. Él retrocedió, chocó contra la pared y empezó a subir otra vez con la pieza todavía clavada en su pecho. Sus manos encontraron apoyo, luego los pies y en pocos segundos estaba en el techo. Ahí comenzó a sacudirse. La espalda golpeó varias veces contra la superficie. El hombro derecho volvió a desplazarse y uno de sus brazos quedó colgando. Diego consiguió levantarse y me ordenó que me apartara. Una mano de Gabriel se soltó, luego un pie. Intentó sujetarse con el otro lado del cuerpo, pero

perdió el apoyo y cayó. El golpe contra el piso fue seco. Quedó de costado sin moverse. Pensé que lo había matado y avancé. Pero Diego me cerró el paso. Gabriel abrió la boca y comenzó a expulsar un líquido oscuro y espeso. Le salió también por la nariz, tosió varias veces y terminó respirando con dificultad. Diego se arrodilló, retiró la punta de hierro y comprobó que respirara. Gabriel abrió los ojos y el color café había vuelto. Me miró sin reconocer el lugar, bajó la vista hacia sus

brazos e intentó moverse, pero el dolor lo hizo gritar. Diego le pidió que no hiciera fuerza. Yo seguía junto a la pared con el labio abierto y las manos manchadas de sangre. Gabriel empezó a llorar y preguntó qué le había pasado. Recordaba haberse sentado en la silla, pero nada de lo ocurrido después. Logramos sacarlo de ahí y recibió atención médica. Tenía fracturas en los brazos, una pierna, los hombros y varias lesiones en la columna. sobrevivió a las operaciones, pero no recuperó toda la movilidad y desde

entonces usa una silla de ruedas y uno de sus brazos quedó limitado. La primera vez que fui a verlo después de que regresó a casa, me preguntó si había lastimado a alguien. Le dije que no. Luego quiso saber si yo había estado con él durante todo lo ocurrido y respondí que sí. Me dio las gracias y bajó la mirada hacia sus piernas. No le conté que había escuchado sus articulaciones romperse, tampoco que había oído la voz de Andrés salir de su boca. Él no recordaba nada

de eso y yo no iba a poner esas imágenes en su cabeza. Durante varias semanas intenté convencerme de que Asael había mezclado mi culpa con hechos inventados. Diego me había advertido que podía hacerlo y necesitaba comprobar qué parte pertenecía a mi memoria. Volví al río. Reconocí el lugar donde Andrés perdió pie, el árbol junto al que me quedé y el punto donde lo vi salir a la superficie por última vez. Después fui a casa de mi madre y le pregunté por las marcas que yo tenía

en la muñeca cuando murió Andrés. No necesité darle más detalles. Recordó cuatro cortes pequeños y varios moretones alrededor de la piel. También recordó mi explicación. Yo le había dicho que una rama me había lastimado mientras buscaba ayuda. Esa mentira seguía intacta en su memoria, pero en la mía por fin también estaba la verdad. Las marcas habían quedado donde Andrés me sujetó antes de que yo abriera la mano. No volví a preguntarle nada a mi madre. Tampoco hablé del río con Gabriel. Creí que el recuerdo sería

la única consecuencia de aquella noche. Días después, mientras me lavaba los dientes, sentí dolor en la encía derecha. Me acerqué al espejo y vi que uno de mis caninos terminaba en una punta más marcada. Lo observé durante varios días y siguió creciendo, y después empezó el otro. Tomé fotografías para compararlas y en cada imagen las puntas eran un poco más largas que en la anterior. Guardé las fotos y no se las mostré a nadie. Una madrugada desperté de pie frente al espejo del baño, pero no

recordaba haber salido de la cama. Tenía sangre en la boca, así que me revisé el labio pensando que había vuelto a morderme, pero no encontré ninguna herida. Miré mis manos. Debajo de la uña del índice había sangre fresca y sobre el vidrio estaba escrito el nombre de Andrés. Lo borré con agua y me quedé ahí hasta que no quedó ninguna marca. Desde entonces reviso mis dientes al levantarme. El canino derecho ha seguido creciendo y la encía sangra con frecuencia. Hace unos días me acerqué al espejo

para verlo mejor. Abrí la boca, comprobé la punta y después cerré los labios. Mi reflejo también lo cerró, pero lo hizo después que yo yo había dejado de sonreír, pero mi reflejo todavía no. El peor sonido del mundo no es un grito de dolor. Es el crujido de tus propios dientes ensanchándose y rompiendo tus encías porque algo dentro de ti necesita más espacio para morder. Yo escuché ese sonido salir de la boca de mi hermana. Recuerdo el primero y todos los que vinieron después. Laura llevaba

varios días enferma. La fiebre iba y venía, dormía poco y se quejaba de una presión constante en la mandíbula. Un dentista la había revisado y no encontró una causa, así que decidí quedarme con ella en una cabaña que nuestra familia usaba desde hacía años. Nuestros padres estaban fuera y yo no quería dejarla sola. La idea era simple, descansar, vigilar que comiera y esperar a que el malestar se diera. La cabaña había pertenecido a nuestra abuela y todavía guardaba algunas de sus cosas. Antes de instalarnos, moví

una caja al armario del dormitorio. Dentro había un rosario, varios papeles viejos y una pequeña botella de agua bendita cerrada con cera. La vi, la dejé donde estaba y seguí acomodando nuestras pertenencias. En ese momento no tenía ninguna razón para volver a buscarla. Laura comía poco y hablaba menos. Al rato se tocaba la cara y decía que sentía los dientes demasiado apretados. Yo atribuía todo al dolor y a la falta de sueño. La noche en que cambió todo, un ruido me despertó. Laura estaba sentada frente

a mí con las manos sobre las piernas y los ojos abiertos. Le pregunté qué hacía ahí. Tardó en responder y después dijo que le dolía mucho la boca. Encendí la luz, me acerqué y vi sangre en las encías. Fui por una gaza porque pensé que se había mordido, pero cuando regresé había más sangre y ella apretaba la mandíbula con tanta fuerza que le temblaba el cuello. Le pedí que aflojara la boca, negó con la cabeza y se llevó las manos a la cara. Entonces escuché el

primer crujido, fue seco, corto y salió de su mandíbula. Después vino otro y luego varios seguidos. Laura cayó de rodillas y cuando levantó la cara vi que los caninos se estaban alargando. No se movían hacia afuera ni se desprendían. Crecían desde la encía. La carne alrededor se abrió y la sangre empezó a bajar por la barbilla. Los dientes delanteros también cambiaron. Ahora eran más largos, estrechos y terminados en punta. Algunas puntas le cortaron los labios desde dentro. intentó decir mi nombre, pero apenas pudo mover la

boca. Di un paso hacia ella y la mandíbula se le desencajó con un chasquido húmedo. La parte inferior cayó de golpe y quedó demasiado abierta. Laura gritó, intentó sujetarse la cara y yo fui hacia ella, pero me agarró del brazo con una fuerza que nunca le había sentido. Le dije que teníamos que salir de ahí, pero ella dejó de gritar y me miró. Sus ojos empezaron a ponerse rojos. El cambio avanzó rápido hasta cubrir casi todo el blanco, mientras su respiración se hacía lenta y la

sangre continuaba saliendo de la boca. Después sonrió y uno de los dientes nuevos atravesó el labio inferior. Me solté de su mano y retrocedí. Laura se puso de pie, arqueó la espalda y siguió doblándose hacia atrás hasta que la cabeza tocó sus talones. Escuché varias articulaciones moverse. Ella no gritó ni intentó detenerse. Le pedí que parara y me respondió con una risa aguda que salía entre los dientes cubiertos de sangre. Luego giró la cabeza hacia mí y me preguntó si todavía recordaba lo que había deseado

cuando éramos niños. La pregunta me dejó inmóvil. Le pedí que me explicara de qué hablaba y ella mencionó la época en que estuvo enferma, cuando nuestros padres pasaban casi todo el tiempo cuidándola. Yo tenía 8 años. Una noche me quedé solo en mi habitación, enojado porque mi madre iba a llevarla otra vez al hospital y pensé que todo sería más fácil si Laura moría. Pensé que si ella desaparecía, mis padres volverían a prestarme atención. Nunca dije esas palabras y nunca se las confesé a nadie. Me

arrepentí al día siguiente y durante años evité recordar ese momento. Laura no conocía ese pensamiento, no podía conocerlo, sin embargo, lo repitió con precisión y añadió que yo había fingido quererla desde entonces. Le grité que se callara, pero ella se volvió a reír y yo seguí intentando entender de dónde había sacado algo que jamás había contado. Esa demora le bastó, flexionó las piernas y saltó. Sus manos golpearon las vigas del techo, se aferró a ellas y levantó el resto del cuerpo hasta quedar boca abajo. El

cabello le colgaba hacia el suelo, la mandíbula seguía abierta y la sangre caía desde los labios. Avanzó por las vigas usando manos y pies con movimientos rápidos, sin perder apoyo. Yo retrocedí hasta chocar con la pared. Laura se detuvo justo encima de mí y una gota de sangre me cayó en la mejilla. Me dijo que ya podía dejar de fingir y que solo tenía que admitir lo que había querido desde niño. No respondí. Miré su cara, los ojos rojos, la boca deformada y los dientes que

ya no cabían detrás de los labios. Lo que estaba usando a Laura conocía un recuerdo que solo existía dentro de mí. En ese momento dejé de pensar en fiebre, dolor o cansancio. Mi hermana seguía dentro de ese cuerpo, pero ya no era ella quien hablaba. Laura avanzó otra vez por el techo y yo entendí que aquello ya había encontrado la forma de detenerme sin necesidad de tocarme. Había usado el único recuerdo que yo nunca había compartido con nadie. Y mientras yo siguiera escuchándolo, tendría tiempo para

hacer con mi hermana lo que quisiera. Laura avanzó por el techo hasta quedar sobre la entrada de la cocina, moviéndose con manos y pies entre las vigas. La sangre le caía desde la boca y dejaba gotas sobre el suelo. Tomé una silla y la sostuve delante de mí para mantenerla lejos sin intención de golpearla. Seguía viendo a mi hermana, pero sus movimientos ya no eran los de una persona herida. se detuvo encima de la puerta y volvió a hablar del recuerdo que acababa de sacar de

mí. Dijo que yo había querido verla muerta porque estaba cansado de ser ignorado y que los años posteriores no borraban ese deseo. No le respondí. Me quedé mirando el piso tratando de enfrentar un recuerdo que evitaba desde niño y esa distracción le dio la ventaja. Laura se soltó del techo y cayó sobre mí. La silla salió hacia un lado y mi espalda golpeó el suelo. Quedó encima sujetándome por los hombros con una fuerza que me impedía incorporarme. Tenía la boca abierta a pocos centímetros de mi

cara, las encías rotas, los dientes nuevos más largos y la lengua cortada por varias puntas. Intenté empujarla, pero apenas conseguí moverla. Bajó la cabeza hacia mi cuello y giré justo antes de que cerrara la mandíbula. Uno de los dientes me cortó cerca de la oreja. Ella me dijo que dejara de defenderme y aceptara lo que había pensado. Entonces entendí que solo quería mantenerme detenido en la culpa. Metí una rodilla entre los dos y empujé con todo lo que tenía. Laura perdió apoyo y cayó de lado.

Me levanté antes de que pudiera sujetarme otra vez y corrí hacia las escaleras. Recordé la caja que había guardado en el dormitorio, donde había visto la botella. sellada. No sabía si el agua bendita serviría, pero no tenía otra opción. Subí sin detenerme. Detrás de mí escuché golpes contra las paredes. Miré por encima del hombro y la vi subir sin usar los escalones, apoyando manos y pies entre ambos lados del pasillo para impulsarse hacia arriba. Entré al dormitorio, cerré la puerta y empujé una cómoda contra ella.

Fui al armario, saqué la caja y encontré la botella donde la había dejado. El cuello seguía cubierto por cera endurecida. Al otro lado dejaron de escucharse golpes. Por unos segundos solo oí la respiración de Laura, pero después comenzó a llorar y volvió a usar su voz normal. Me pidió que abriera, dijo que le dolía la boca y que tenía miedo. La escuché decir mi nombre con su tono habitual. Di un paso hacia la puerta, pero antes de tocar la cómoda, su voz cambió. Me dijo que

nuestros padres volverían y encontrarían su cuerpo y que yo tendría que explicar por qué la había dejado morir después de haber deseado exactamente eso. La puerta recibió un golpe y la cómoda se movió. Abrí un cajón, encontré unas tijeras y empecé a cortar la cera. Otro impacto quebró parte del marco y seguí hasta liberar el tapón. Apenas lo saqué, la puerta se dio y la cómoda se desplazó lo suficiente para dejar una abertura. Laura metió una mano, empujó y entró a cuatro patas. Yo levanté la

botella y ella se detuvo. Retrocedió un paso al verla y cerró parcialmente la boca. Apreté la botella sin apartarla de su cara. Laura dejó de reír. Su expresión cambió y pronunció una palabra que yo nunca había escuchado. Samael. No sabía qué significaba, pero fue el único nombre que dijo durante todo aquello. Dio otro paso hacia mí y yo acerqué la botella, pero volvió a detenerse. Cada vez que la levantaba, ella frenaba. Laura saltó sobre la cama. La estructura se rompió bajo su peso y una tabla

cayó al suelo. Yo rodeé el colchón sin bajar la botella. Ella intentó acercarse por un costado y volví a levantarla. Esta vez me ordenó que la dejara. Después recuperó la voz de mi hermana y me pidió que no le hiciera daño. Dijo que seguía consciente y que podía sentir todo. Mi mano bajó unos centímetros y fue suficiente. Laura se lanzó contra mí y me sujetó por el cuello. Mi espalda golpeó la pared y la botella quedó atrapada entre los dos. Intenté subir el brazo, pero ella

apretó más. Sentí los dedos cerrarse alrededor de mi garganta. volvió al recuerdo y me dijo que admitiera la verdad. Ya no quise seguir discutiendo y le dije que sí, que había deseado que muriera cuando tenía 8 años. Lo había pensado y me había avergonzado desde entonces. También le dije que aquel pensamiento no decidía lo que iba a hacer ahora. Ella aflojó apenas la presión, así que aproveché para decirle que había cuidado a Laura durante años, que estaba ahí porque no quería dejarla sola y que no

iba a entregarla por algo que había pensado siendo un niño. No añadí excusas. Seguí sosteniendo la botella. La cara de Laura cambió. Los músculos alrededor de la boca se tensaron y la mandíbula volvió a abrirse hasta mostrar todos los dientes. De su garganta salió un grito más grave que los anteriores y escuché otra vez el nombre, Samael, y después lanzó la cabeza hacia mi cara. Levanté el brazo antes de que me alcanzara. Quité el tapón y vacié el agua bendita sobre su rostro. El líquido le

cubrió la frente, los ojos, las mejillas y la boca. Laura me soltó de inmediato. Su cuerpo cayó hacia atrás sobre la cama rota y el grito que salió de ella llenó todo el dormitorio. La piel se le enrojeció donde el líquido había tocado y enseguida aparecieron quemaduras pequeñas alrededor de las mejillas y los labios. se llevó las manos al rostro y gritó con una voz más grave que la suya, tan fuerte que tuve que apartarme. Entre los gritos dijo varias palabras que no entendí y volvió

a pronunciar el mismo nombre, Samael. Yo seguía con la botella vacía en la mano y no tenía otra forma de defenderme. Laura consiguió ponerse de pie, todavía con los ojos rojos y los dientes largos fuera de la boca. dio dos pasos hacia mí y en el tercero las piernas se le doblaron. Cayó de rodillas, apoyó las manos en el suelo y la espalda empezó a enderezarse. Escuché varias articulaciones regresar a su sitio mientras ella gritaba, esta vez con su propia voz. La mandíbula subió poco a

poco y el primer diente cayó al piso. Después se desprendió otro, luego varios más, todos formados por completo, con raíces y puntas cubiertas de sangre. Golpeaban la madera con sonidos secos y quedaban alrededor de sus manos. Laura tosió y expulsó otros tres. Su boca seguía sangrando, pero la abertura de la mandíbula comenzó a reducirse hasta que un último chasquido la dejó en una posición normal y el rojo de los ojos también empezó a desaparecer. Quise acercarme antes, pero esperé hasta verla respirar sin dificultad. Cuando dejó

de moverse, fui hasta ella, le tomé el pulso y lo sentí débil, aunque constante. La levanté, bajé con ella y la llevé hasta el vehículo. No recogí nada del dormitorio, pues en ese momento solo quería sacarla de la cabaña. Durante el trayecto, abrió los ojos una vez y me preguntó en dónde estábamos. Le dije que íbamos al hospital porque estaba herida. Intentó tocarse la boca. Le sujet la mano y le pedí que no lo hiciera y después me preguntó qué había pasado. No pude explicárselo mientras

conducía y tampoco sabía cuánto recordaba. Volvió a cerrar los ojos y empezó a llorar sin hablar. Cuando llegamos todavía respiraba por sí sola. Pasó varias semanas hospitalizada por las heridas de la boca, la mandíbula y los golpes que tenía en el cuerpo. La recuperación fue lenta, pero no necesitó una cirugía mayor. Las encías cerraron, la inflamación bajó y volvió a mover la mandíbula con normalidad. Sus dientes de siempre seguían completos y ninguno de los que yo había visto crecer aquella noche ocupaba ahora su boca. Laura

recordaba el dolor del principio, la sangre y algunos segundos antes de perder el control, pero no podía explicar lo que había ocurrido después. Me dijo que conservaba una sensación muy concreta. Sabía que estaba despierta, pero no podía mover el cuerpo cuando quería. no añadió nada más y yo tampoco le conté todo. No le dije lo que había hecho mientras estaba en el techo. No repetí las frases que había usado contra mí y no pronuncié el nombre Samael delante de ella. Con las semanas recuperó la fuerza,

volvió a comer sin dificultad y terminó saliendo del hospital. Después siguió con su vida. La fiebre no regresó. La mandíbula dejó de dolerle y no volvió a tener ningún episodio parecido. Yo tardé más en volver a la cabaña. Durante meses evité entrar hasta que mi familia decidió venderla y tuve que ir a retirar lo que quedaba. Fui solo. Empecé por las habitaciones de abajo. Saqué ropa, cajas y objetos que ya no servían. Y después subí al dormitorio en donde había ocurrido todo. La cama seguía rota

desde aquella noche. El colchón estaba vencido de un lado y una de las tablas se había soltado del marco. La moví para desmontar la estructura y encontré un mechón de cabello atrapado debajo. Era largo, oscuro y coincidía con el cabello de Laura. Lo recogí y seguí trabajando. Al levantar otra tabla, vi una marca hundida en la cara inferior de la madera. Al principio pensé que era daño provocado por el golpe que había roto la cama, pero al acercarme distinguí dos filas completas de marcas. Había una

línea superior y otra inferior, separadas por una abertura mucho mayor que la de una boca humana. Saqué una cinta de mi caja de herramientas y la medí. Superaba 30 cm de extremo a extremo. Algunas marcas habían penetrado profundamente en la madera y otras habían arrancado pequeñas astillas. Revisé el resto de la estructura. Encontré raspones, manchas secas y golpes, pero ninguna otra mordida de ese tamaño. Me quedé ahí varios minutos porque recordaba con claridad que esa parte de la cama no estaba dañada. Antes de llevar a

Laura a la cabaña, corté la sección de madera y me la llevé. No quería dejarla con el resto de los muebles antes de vender la propiedad. La guardé en una caja y todavía la conservo. Nunca intenté reparar la marca ni rellenarla. La abertura sigue midiendo lo mismo y las dos filas continúan visibles. Laura no ha vuelto a enfermarse de esa manera y no conserva ninguna deformación en la mandíbula que pueda explicar una mordida de ese tamaño. Tampoco perdió dientes después de aquella noche. Durante mucho tiempo

pensé que el agua bendita había terminado con todo. Hoy prefiero limitarme a lo que vi. Algo usó el cuerpo de mi hermana. Hizo crecer dientes que después se desprendieron. y reaccionó cuando el agua le tocó la cara. Laura salió viva de la cabaña y se recuperó por completo. Meses después, debajo de la cama donde cayó, encontré su cabello y una mordida de más de 30 cm marcada en madera sólida. Esa mordida no estaba ahí antes, pero después de aquel día aún sigue ahí. A veces saco

la tabla de la caja y vuelvo a medirla, solo para comprobar que no recordé mal aquella noche. La abertura sigue siendo la misma, las marcas continúan hundidas en la madera y todavía hay pequeñas astillas levantadas alrededor de los dientes. Laura nunca ha querido verla y yo tampoco se la he mostrado. Prefiero que siga sin conocer esa parte de lo ocurrido. Lo único que no he podido explicar es por después de tantos años la madera alrededor de la mordida permanece oscura y conserva un olor metálico que

desaparece en cuanto cierro la caja. Hasta hoy sigo sin saber cómo empezó todo. Nunca supe en qué momento Samael entró en Laura, ni por qué la eligió a ella. Antes de enfermarse, llevaba una vida normal y tampoco recuerda que ocurriera algo extraño durante los días anteriores. Lo primero que notamos fue el dolor en la mandíbula, después llegó la fiebre y cuando entendí que aquello era algo distinto, ya estaba dentro de ella. Laura se recuperó y nunca volvió a sufrir otro episodio. Eso debería haber sido suficiente

para dejarlo atrás. Pero hay una pregunta que todavía no puedo responder. Sé cómo conseguimos sacarlo de ella, pero lo que nunca descubrí fue cómo entró. Y después de todo este tiempo, sigo sin saber qué tendría que pasar para que vuelva a ocurrir. Todavía recuerdo el día en que me mandaron a ese pueblo. No fue un encargo más. Desde la primera llamada entendí que el caso venía mal. La orden llegó desde Roma por la vía correcta. El Vaticano ya tenía noticias de una joven que llevaba varios

días fuera de control. Cuatro sacerdotes habían intentado asistirla, pero ninguno pudo sostener el rito y dos salieron heridos. El párroco del lugar pidió ayuda formal y la respuesta fue enviarme a mí. Yo ya llevaba años en exorcismos. Había visto violencia, blasfemias, fuerza fuera de medida y voces que no salían de una garganta humana. en condiciones normales. Había visto cuerpos agotados seguir en pie más tiempo del que un médico aceptaría. Había escuchado cosas que nadie en un cuarto debía saber. Aún así, cuando salí hacia ese lugar,

sentí el peso del caso antes de llegar. Eso no me gustó. Cuando uno empieza a sentir eso antes de ver a la persona, casi siempre termina peor de lo esperado. El pueblo era pequeño y estaba lejos de todo. Me recibió el padre Esteban, que era el sacerdote de la parroquia, y un médico que había revisado a la muchacha desde el primer día. Los dos tenían la cara de quien ya se quedó sin respuestas. El padre Esteban me habló sin rodeos. me dijo que la joven se

llamaba Lucía Ortega, que tenía poco más de 20 años y que llevaba encerrada varios días porque nadie podía contenerla sin amarrarla. Me dijo también que ya no respondía a su madre, que no dormía, que apenas comía y que atacaba a cualquiera que intentara acercarse. El médico fue más frío. Me dijo que la muchacha estaba deshidratada, con fiebre por momentos, con heridas en brazos y piernas y con desgaste severo. Dijo que ese cuerpo no iba a aguantar mucho más. Yo le pregunté si había drogas, alcohol, antecedentes

de crisis nerviosa o algún cuadro psiquiátrico conocido. Me respondió que no había nada claro, que ya había considerado todo eso y que lo que estaba viendo no se ajustaba a una sola explicación médica. Antes de verla, pedí hablar con la madre, pues quise escucharla a solas. La señora se llamaba Alicia Ortega. tenía la voz gastada de tanto llorar y de tanto repetir lo mismo. Me dijo que su hija había cambiado de golpe. Primero vino el insomnio, luego el rechazo a la comida y después la rabia.

Al principio creyó que era miedo, cansancio o algo que la muchacha no quería contar. Luego dejó de reconocerla y eso fue lo que más la quebró. me dijo que una noche Lucía la miró de frente y le preguntó quién era. No fue un arranque de ira, no fue una broma, fue una pregunta seca y desde ahí la perdió. La madre siguió hablando y yo no la interrumpí. me dijo que después vinieron los ataques. La joven se arrancó mechones de pelo, se golpeó sola contra la pared,

se mordió los brazos hasta sacarse sangre y empezó a hablar con una voz grave de hombre adulto. También me dijo que una mañana apareció con una cruz invertida marcada en la frente. Nadie se la hizo, pues nadie entró al cuarto. Ella misma la vio formarse en la piel. Le creí en una cosa, el miedo. Esa mujer no estaba exagerando, estaba destruida. Le pregunté si habían llevado a la muchacha con alguien antes de acudir a la iglesia. Bajó la mirada y me dijo que sí. La llevaron

con una curandera de la zona. Según ella iba a ayudarla. La tuvo encerrada unas horas, la tocó, rezó cosas que la madre no entendió y pidió que nadie entrara. Después de eso, todo empeoró. La joven volvió más violenta, más sucia y más ajena. Esa decisión abrió algo o empeoró lo que ya estaba abierto. A esa altura daba igual, pues el daño ya estaba hecho. Pedí entrar de inmediato. La tenían en una casa apartada. No me interesó el lugar. Me fui directo al cuarto. Había un olor

fuerte a sangre, sudor y encierro. El padre Esteban abrió la puerta y yo entré primero. La vi sentada y amarrada y tenía las muñecas sujetas, los tobillos asegurados y el cuerpo fijado a una silla reforzada. Aún así, no estaba quieta. Se movía con tensión constante, tenía la cabeza inclinada y respiraba rápido. Las uñas de manos y pies estaban largas y rotas en las puntas. Los ojos estaban rojos por completo, ya no tenía la mirada de una enferma, tenía una mirada demoníaca. Los dientes de adelante estaban

afilados. No sé cuándo los había limado o roto. En la frente llevaba la cruz invertida abierta en la piel. No sentí lástima al verla. Sentí urgencia. Di un paso al frente y dije su nombre y no respondió, así que lo repetí. levantó la cabeza de golpe, me miró y sonrió. No había nada de Lucía en esa expresión. Tomé la cruz y la acerqué. Giró la cara, tensó el cuello y escupió sangre al piso. No fue una reacción aprendida, fue rechazo directo. Me presenté con mi nombre

y con mi oficio y le ordené decir quién estaba ahí. Se quedó callada unos segundos, pero después habló. La voz no coincidía con el cuerpo. Salió grave, firme y clara. Dijo que yo había llegado tarde y dijo también que la muchacha ya estaba casi vacía. No usó rodeos, no intentó engañarme con lamentos ni con ruegos. Fue al punto. Me dijo que lo poco que quedaba de ella no alcanzaba para sacarla entera. Yo seguí y le ordené identificarse. Le dije que ese cuerpo no le pertenecía y

que saliera. volvió a sonreír y me respondió que yo todavía hablaba como si llegara a tiempo de salvar a alguien. Esa frase me dejó claro el tipo de caso que tenía enfrente. Seguí con las preguntas de rigor. Le pedí nombre, pero se negó. Le pregunté cuánto tiempo llevaba dentro. Me dijo que más del suficiente. Le pregunté qué quería y respondió que no había venido a pedir nada. había venido a cobrar, pero no me explicó más. Yo insistí y le pregunté, ¿por qué la joven, por qué

ese cuerpo? Me dijo que ella había servido y nada más. Me dijo también que el error de todos era seguir mirándola a ella. El problema no era la muchacha, el problema era lo que ya estaba abierto. En ese punto ordené que sacaran a la madre de la casa. No quería que oyera una sola palabra más. También pedí que nadie se quedara solas con la joven ni un minuto. El médico me preguntó si iba a empezar el rito esa misma noche. Le dije que sí. No había

margen para esperar. No con ese cuerpo, no con esa voz y no con esa mirada. Antes de salir del cuarto, me acerqué una vez más, le puse la cruz cerca del rostro y pronuncié la fórmula de autoridad. Esta vez no escupió. Esta vez se inclinó hacia mí y habló más bajo. Dijo que hiciera lo que había ido a hacer y me dijo que el final estaba decidido y que yo todavía no entendía cuántos iban a salir muertos de esa casa. Salí del cuarto con una certeza

seca. Lucía seguía viva, pero ya no estaba al mando de su cuerpo. Lo que estaba dentro de ella no era un caso menor, no era una crisis que se pudiera contener con agua bendita, fuerza física y oraciones cortas. era algo más viejo, más firme y más seguro de sí mismo. Supe que aquello iba a terminar mal y decidí seguir. Esa noche volví al cuarto y ya no entré solo. Entré con el padre Esteban, con el médico y con dos hombres que nos ayudaban a sujetar a

Lucía cuando perdía por completo el control. Antes de abrir la puerta les dejé una sola instrucción. Nadie iba a hablar sin que yo lo ordenara y nadie iba a tocarla salvo para contenerla. No quería interrupciones, no quería miedo metido en medio del rito y no quería que alguno cometiera el error de responderle. Cuando entramos, Lucía seguía amarrada a la silla. Tenía sangre seca en la boca, en el cuello y en las manos. La cruz invertida de la frente estaba abierta otra vez. Los ojos seguían rojos

y fijos. Las uñas largas se clavaban en la madera cada vez que tensaba los dedos. Apenas me vio, endureció todo el cuerpo. No dijo nada al principio, solo me miró. Me puse frente a ella, abrí el ritual y empecé la oración completa. La reacción fue inmediata. Apenas pronuncié las primeras fórmulas, empezó a sacudirse contra la silla con una fuerza que obligó a los dos hombres a sujetarla por hombros y brazos. Lucía golpeó los talones contra el piso, echó la cabeza hacia atrás y forzó las muñecas

hasta hacer crujir las correas. Yo seguí leyendo sin detenerme. Le ordené callar, le ordené decir su nombre y le ordené salir del cuerpo que estaba usando. Entonces respondió. La voz salió grave, firme y limpia. No era una voz rota ni alterada por el dolor, era una voz segura. me dijo que yo ya sabía que no estaba hablando con la joven. El padre Esteban se puso a responder conmigo en las partes que conocía. El médico se quedó a un lado, atento al pulso y a la respiración.

Lucía se inclinó de golpe hacia delante con tanta violencia que casi rompió la silla. Uno de los hombres tuvo que sujetarle la mandíbula para evitar que se arrancara parte de la lengua al morderse. Aún así, volvió a hablar. dijo que llevaba mucho tiempo en ese lugar. Le pregunté desde cuándo estaba dentro de ella y me respondió que yo seguía haciendo la pregunta equivocada. Dijo que el cuerpo de Lucía era solo el último que le había servido. Antes de ella había encontrado dónde quedarse. Me dijo también

que no llegó con la muchacha, sino que la muchacha llegó hasta él. Seguía adelante. Le exigí otra vez el nombre, pero se negó. Le ordené que se apartara y respondió que no iba a hacerlo. Acerqué la cruz a la frente y la piel se abrió más alrededor de la marca. Lucía gritó, tiró la cabeza a un lado y apretó los dientes con tanta fuerza que pensé que se los iba a quebrar. Entonces habló otra vez, pero esta vez con una calma que nos hizo guardar silencio

a todos. dijo que yo estaba forzando un cuerpo que ya no servía y que estaba gastando autoridad en una muchacha que ya no podía volver entera. No contesté esa provocación, solo seguí con la fórmula y elev. Fue entonces cuando dijo lo más importante de esa noche. Dijo que de Lucía ya no quedaba nada útil y que yo estaba hablando con una puerta rota, que había llegado tarde para ella, pero a tiempo para abrirle paso a otro. El padre Esteban me miró de inmediato. No hacía falta

decir nada, pues los dos entendimos lo mismo. Si seguía presionando, iba a intentar salir de ella y buscar otro cuerpo en el cuarto. Le respondí que no iba a salir de ese cuarto para entrar en nadie más. Le ordené que se manifestara por completo y que se sometiera. Entonces soltó una risa breve, seca y volvió a tensar todo el cuerpo de Lucía. La silla rechinó. Las correas se hundieron en la carne, las piernas golpearon el suelo con una fuerza ciega. El médico me gritó que ese

cuerpo no iba a soportar mucho más. Yo le dije que aguantara, que no podía detenerme. Si aflojaba en ese momento, perdíamos el único control que todavía teníamos. Lucía empezó a moverse con más violencia. Se mordió el hombro hasta abrirse la piel, escupió sangre y trató de sacar una mano de la correa. Uno de los hombres ya estaba agotado y respiraba con la boca abierta. El otro evitaba mirarla a la cara. Yo no bajé el ritmo y repetí la orden de salida una vez más y luego

otra. Le exigí el nombre por tercera vez. La respuesta llegó con claridad total. dijo que esa casa le pertenecía desde antes de nuestra llegada y que en ese lugar se había hecho daño durante años y que la culpa no se había cerrado. Dijo que por eso podía seguir ahí. También dijo que Lucía no había sido elegida al azar. Había servido porque llevaba sangre ligada a lo que pasó antes en esa casa. No explicó más, pero no me hacía falta para entender que el caso venía de

mucho antes que nosotros. A esa altura, el cuerpo de Lucía ya estaba fallando. Se le iba el aire por momentos, la cabeza le caía hacia un lado y luego se levantaba de golpe. El médico volvió a decirme que el pulso estaba entrando en desorden. Me acerqué una vez más, puse la cruz sobre la frente y pronuncié la fórmula con toda la autoridad que tenía. Entonces abrió los ojos por completo y me habló casi en un susurro. dijo que estaba a punto de cometer un error. Le

pregunté cuál y me respondió que si seguía empujando iba a tener que elegir a otro de nosotros. Dijo que uno de los presentes ya estaba cediendo. Volvía a ordenar silencio. Nadie debía responderle. Nadie debía discutirle y nadie debía acercar el rostro. Pero ya era tarde. Uno de los hombres de apoyo había empezado a rezar por su cuenta. Lo hacía entre dientes, casi sin voz, y no apartaba los ojos de Lucía. Le ordené que bajara la mirada, pero no me obedeció. Lucía dejó de forcejear de golpe

y el cuarto se quedó en silencio. Después levantó la cabeza, clavó los ojos en él y sonrió. Luego me dijo que ya había terminado con ella y que lo que seguía ya no dependía de Lucía. Le grité que no. Le puse la cruz en la boca y seguí la fórmula más dura que tenía abierta. El cuerpo entero se arqueó. La silla se levantó de un lado y volvió a caer. El hombre que estaba frente a ella retrocedió un paso. Ese paso lo perdió. Lucía abrió la

boca y lanzó sangre, saliva y algo oscuro que salió directo hacia él. Le pegó en la cara y el hombre cayó de espaldas. Entró en convulsión de inmediato, se llevó las manos al cuello, luego a la cara y después al pecho. El otro quiso agarrarlo, pero le ordené que no lo tocara. Seguí leyendo sobre Lucía unos segundos más, pues tenía que confirmar si seguía ocupada. Entonces lo vi. La tensión del rostro se vino abajo. Los ojos seguían abiertos, pero ya no fijaban nada. El cuerpo empezó

a aflojarse sobre la silla y Lucía se desplomó. El médico corrió hacia ella para revisar pulso y respiración. Yo no me moví y miré al hombre que seguía en el suelo. Dejó de convulsionar, quedó quieto unos segundos y después se sentó, levantó la cara y me miró. Ya no era él. En ese momento lo entendimos todos. Lucía ya no era el centro del caso. Lo que estaba dentro de ella había salido. Seguía en la habitación, seguía con nosotros y el verdadero peligro acababa de empezar. Cuando

ese hombre levantó la cara y me miró, entendí que el caso había cambiado por completo. Ya no tenía delante a una muchacha atada a una silla. Tenía al demonio metido en un cuerpo sano, con fuerza para golpear y con la puerta a pocos pasos. No le di tiempo. Me acerqué, alcé cruz y le ordené que dijera su nombre y se sometiera. Se puso de pie, escupió sangre a un lado y me respondió que Lucía ya no servía, que yo mismo lo había obligado a tomar un

cuerpo mejor. Le contesté que no iba a salir de esa casa. Me dijo que eso ya no dependía de mí. El padre Esteban se puso a mi lado. El médico seguía con Lucía y el otro hombre de apoyo se quedó junto a la puerta. Yo seguí con la fórmula de expulsión. El poseído giró la cabeza hacia la silla y dijo lo que yo no quería oír. Dijo que mientras Lucía siguiera viva, el paso seguía abierto. Dijo que ese cuerpo todavía le servía. Y en ese instante

entendí lo que venía evitando. La muchacha ya no podía volver y su cuerpo seguía siendo una entrada. Le pregunté si eso era todo lo que quería y me respondió que no, que antes de irse iba a llevarse a otro. Luego dio un paso hacia la puerta. Le cerré el paso con la cruz y seguí leyendo. El padre Esteban respondió conmigo. Entonces el hombre me golpeó en la cara con el brazo entero y me abrió el labio, pero no caí. El ayudante sano se lanzó sobre él

por detrás. Entre los dos logramos empujarlo contra la pared. El médico gritó mi nombre desde la silla de Lucía. Volví la vista un segundo y la vi con la cabeza caída, la respiración rota y la sangre bajándole de la nariz a la boca. El médico me dijo que casi no encontraba pulso. Fue ahí donde tomé la decisión. Llamé al padre Esteban y le hablé claro. Le dije que Lucía ya no estaba ahí. Le dije que ese cuerpo solo seguía siendo una puerta y que si queríamos

cerrarle el paso por completo, teníamos que terminar también con ella. El médico se opuso de inmediato. Me dijo que mientras respirara había que sostenerla. Le respondí que ya no estaba tratando con una enferma, estaba tratando con un cuerpo destruido y todavía útil para lo que nos estaba enfrentando. El padre Esteban me miró, entendió y no discutió. Tomé el cuchillo que teníamos a mano desde el inicio del rito. Me acerqué a Lucía, le puse la mano en la cabeza y pronuncié la absolución condicional. Lo hice porque

ya no quedaba otra salida. La miré una última vez. Los ojos seguían abiertos y la cruz invertida seguía marcada en la frente. No quedaba persona en esa cara. Hundí el cuchillo debajo del esternón y lo llevé hacia arriba. El cuerpo se tensó una vez y luego se aflojó. El médico gritó y el padre Esteban siguió rezando. Yo cubrí el rostro de Lucía con un paño y me di la vuelta. El hombre poseído soltó una risa seca. me dijo que iba a recordar ese momento más que

cualquier oración que hubiera dicho en mi vida. No le respondí. Volví hacia él con la cruz en una mano y el ritual en la otra. La violencia subió de golpe, nos envistió a los tres, lanzó una mesa y abrió con el codo la mejilla del ayudante. Estuvo a punto de llegar a la puerta, pero el padre Esteban le cerró el paso con una banca. Yo aproveché ese segundo y le clavé la cruz bendita en el pecho por encima de la camisa. La carne se quemó al

contacto. El hombre gritó y cayó de rodillas. Ese fue el último diálogo que tuve con él dentro de ese cuerpo. Le pregunté si iba a salir y me dijo que no. Le pregunté si aceptaba someterse y dijo que no había venido a aceptar nada. Le respondí que entonces saldría por la fuerza. Y en cuanto terminé la frase, le puse la mano sobre la cabeza y recité la fórmula final con toda la voz que me quedaba. El padre Esteban respondió conmigo. El hombre empezó a convulsionar, vomitó

sangre negra, se dobló hacia delante y cayó boca arriba. Quedó inmóvil y por unos segundos creí que lo habíamos logrado. El cuarto quedó en silencio. El ayudante sano se dejó caer contra la pared y el padre Esteban seguía rezando en voz baja. Yo bajé la cruz. El médico se acercó al cuerpo del hombre para revisar si seguía vivo. Ese fue el error. Apenas se inclinó sobre él, soltó un grito y se echó hacia atrás con las manos en la cara. La sangre le salió de la

nariz de inmediato y vi sus ojos perder el foco. El demonio se había movido otra vez. Le ordené al padre Esteban que lo sujetara, pero el médico ya se estaba poniendo de pie. Cuando nos miró, ya no era él. Nos dijo que ahora sí se iba y caminó hasta la puerta. El ayudante intentó detenerlo y recibió una cuchillada en el hombro con el visturí que el médico llevaba en el bolsillo. Corrí detrás de él. salió al pasillo, cruzó la entrada y llegó al patio. Cuando alcancé

la puerta principal, ya había subido a su camioneta. Le grité por su nombre, pero no respondió. Arrancó y se perdió en el camino. Salí tras él, pero no logré alcanzarlo. Cuando volví a entrar, Lucía estaba muerta. El primer hombre que había tomado seguía inconsciente en el suelo. El ayudante herido perdía sangre y el padre Esteban seguía de pie junto a la silla vacía. Yo me quedé en medio del cuarto con las manos manchadas y entendí lo único que importaba. Habíamos cerrado una puerta, pero no habíamos

terminado con él. Desde aquella noche sigo buscando al doctor. He seguido pueblos, reportes de violencia, desapariciones breves y casos que otros prefieren cerrar rápido. A veces encuentro señales, a veces solo encuentro daño. Nunca he podido decir que terminó. Sigo vivo por una sola razón. Quiero encontrarlo antes de que vuelva a entrar en otra casa y en otro cuerpo. Eso es lo que me sostiene hasta hoy. Eso y el recuerdo de Lucía, que murió cuando yo decidí cerrar el paso. No espero perdón por eso, tampoco lo

pido. Solo quiero encontrarlo. Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver la posesión que comenzó con un trabajo de brujería. y también el error que cometí durante un exorcismo y me obligó a dejar la iglesia.

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