
Recuerdo que el primer hombre murió antes de que llegáramos a San Gregorio. Íbamos por la carretera cuando vimos una camioneta atravesada junto a la cuneta con las puertas abiertas y sangre en el interior. Así que bajamos pensando que podía haber heridos. Uno de mis hombres se acercó al lado del conductor, escuchó golpes debajo del chasís y se bajó para revisar. Algo lo sujetó por una pierna, lo tiró de frente y comenzó a arrastrarlo. Cuatro soldados intentaron sacarlo mientras gritaba y golpeaba el suelo con las manos.
El sargento Medina apuntó la lámpara bajo el vehículo y ahí vimos por primera vez a una de esas criaturas. Tenía forma humana, placas oscuras sobre el cuerpo, piel verdosa y parecía tener como escamas en su piel. La mandíbula estaba cerrada sobre la pierna del soldado. Tiraba de él hacia un agujero abierto bajo la camioneta. Disparamos hasta que lo soltó, pero cuando logramos sacarlo, ya había perdido demasiada sangre. Murió ahí mismo y la criatura desapareció por el agujero antes de que pudiéramos seguirla. A pocos metros encontramos
animales abiertos y sin órganos. Algunos llevaban días muertos y otros tenían sangre fresca alrededor de las heridas. No vimos mordidas normales ni señales de herramientas. La orden seguía haciendo entrar al pueblo y averiguar por qué llevaba días sin comunicación. Así que continuamos. Antes de llegar, uno de los soldados señaló una ladera. Había una figura erguida entre las rocas. La vimos durante pocos segundos. Y después bajó apoyándose en brazos y piernas hasta desaparecer. Dos hombres levantaron sus armas, pero ya no tenían un blanco claro. San Gregorio
estaba vacío. Había vehículos abandonados, puertas abiertas y objetos tirados en las calles. Pero no vimos a una sola persona. Entramos en varias casas y encontramos sangre en pisos, paredes y habitaciones, además de muebles rotos y marcas de arrastre que terminaban en ventanas, patios y agujeros abiertos en el suelo. No había cuerpos. Desde ese momento dejamos de buscar únicamente sobrevivientes y empezamos a seguir los rastros. En una casa encontramos sangre desde una habitación hasta el patio, donde terminaba frente a una abertura en la tierra, lo bastante
ancha para que pasara una persona. El primer sobreviviente apareció detrás de una bodega cercana a la iglesia. Se llamaba Eusebio Salas. Había trabajado muchos años en la mina. estaba herido y llevaba varios días escondido. Cuando pudo hablar con claridad, nos contó que todo había empezado después de que una compañía reabriera la esperanza. Cerrada desde finales de los años 80. Los trabajadores encontraron una pared de concreto en una galería antigua, retiraron parte del sello y siguieron avanzando. Eusebio conocía ese cierre porque varios mineros habían desaparecido ahí
décadas atrás y la empresa había ordenado clausurar la zona, pero esa información ya no figuraba en los planos actuales. Después de abrir la galería, empezaron a faltar animales. Primero perros y gallinas, luego ganado. Más tarde desaparecieron dos trabajadores del turno nocturno y pocos días después del pueblo. La noche del ataque se fue la electricidad y las criaturas salieron por distintos puntos. Eusebio vio algunas caminar erguidas y otras desplazarse sobre cuatro extremidades. Trepaban paredes y techos, entraban por ventanas, patios y registros. Atacaban a la gente y
se la llevaban viva. También podían repetir voces humanas. Eusebio escuchó a una mujer llamar a su hijo desde una casa vacía. El muchacho salió a buscarla y una criatura lo atrapó detrás de una pared. Más tarde, la misma voz volvió a escucharse dentro de un drenaje. Tomamos la escuela para reunir a los hombres y controlar las calles cercanas. Envié una patrulla hacia la mina y otra a buscar sobrevivientes. La primera regresó sin uno de sus soldados. Mientras revisaban la entrada, habían escuchado una voz pidiendo ayuda
desde una galería lateral. El hombre avanzó unos metros y algo lo arrastró hacia la oscuridad. Sus compañeros intentaron seguirlo, pero vieron varias criaturas moviéndose por encima de ellos y tuvieron que retroceder. no recuperaron el cuerpo. Desde ese momento ordené que nadie se separara del grupo por una voz, un grito o cualquier ruido que saliera de un lugar sin visibilidad. Durante la tarde reforzamos los accesos, colocamos los vehículos alrededor del patio y pedimos apoyo. Eusebio nos dio el nombre de Arturo Herrera, un antiguo ingeniero que había
participado en el cierre original. Mientras esperábamos refuerzos, vimos movimientos sobre los tejados, escuchamos golpes bajo los vehículos y encontramos agujeros nuevos en patios ya revisados. Nadie volvió a entrar solo en una casa. El ataque comenzó después de oscurecer. Una criatura apareció sobre el techo de una casa frente a la escuela y casi al mismo tiempo otra salió debajo de un vehículo para alcanzar al soldado que vigilaba la entrada. Varios hombres apuntaron hacia la calle y una tercera rompió parte del techo de la escuela. Cayó dentro
del salón donde estaban los heridos y atacó al sanitario. Lo lanzó contra una pared y trató de arrastrarlo hacia una ventana. Medina llegó primero y abrió fuego. Yo entré detrás de él y conseguimos detenerla. Pero antes de asegurar el salón, escuchamos gritos en el patio. Habían entrado por debajo. Dos salieron de un registro junto a los vehículos y otra apareció desde un agujero abierto dentro del perímetro. Una sujetó a un soldado por los tobillos y lo arrastró debajo de un camión. Sus compañeros lograron agarrarlo de
los brazos mientras algo tiraba desde el otro lado, pero disparamos bajo el vehículo hasta que lo soltó y el hombre quedó vivo, aunque con heridas graves en las piernas. Entonces uno de los tiradores de la azotea pidió ayuda por radio. Medina y yo subimos. Encontramos su arma y sangre junto al borde, pero ninguna señal de él. Desde la calle escuchamos su voz pidiendo que bajáramos, pero miré hacia abajo y no vi a nadie. La misma voz volvió a sonar detrás de nosotros. Una criatura estaba aferrada
a la pared de la escuela, repitió exactamente las palabras del soldado desaparecido, abrió la boca y saltó sobre Medina. La criatura cayó sobre Medina y lo derribó de espaldas. Alcancé a dispararle antes de que cerrara la mandíbula sobre su cuello. El primer impacto la hizo girar y los siguientes la obligaron a soltarse. Medina rodó hacia un lado, tomó su arma y terminó de abatirla junto conmigo. Desde la azotea vimos movimiento en varias calles. Había cuerpos sobre los techos y figuras cruzando patios. Bajamos de inmediato. Apenas
tocamos el patio, escuchamos la voz del tirador desaparecido pidiendo ayuda desde una casa vecina. Luego la misma voz salió de otro punto, más lejos. Nadie respondió, pues ya sabíamos que podían imitarnos. El ataque se extendió alrededor de la escuela durante varios minutos. Una de ellas saltó desde un techo y cayó sobre dos soldados, mientras otra salió de un registro y alcanzó a morder a un hombre antes de que sus compañeros la abatieran. Desde una ventana escuché que alguien gritaba mi apellido con la voz de uno
de los muertos, pero no miré hacia ahí. Mantuvimos el fuego sobre los accesos y evitamos separarnos. Cuando dejaron de entrar por el patio, comenzaron a moverse por las casas de enfrente. Luego retrocedieron hacia callejones y agujeros abiertos en el suelo. El silencio volvió de golpe. Habíamos perdido a dos hombres y varios estaban heridos. Después de asegurar el perímetro, revisamos uno de los cuerpos. Tenía forma humana, cinco dedos en cada mano, uñas gruesas y placas duras en cuello, espalda y brazos. No llevaba ropa ni objetos. El
sanitario comprobó que no respiraba. Minutos más tarde, un soldado vio que una de sus manos se movía. Se acercó para revisar el cuerpo y este levantó la cabeza e intentó incorporarse. Le dispararon antes de que pudiera ponerse de pie. Desde entonces dejamos los cadáveres bajo vigilancia. Los refuerzos llegaron durante la madrugada. Traían personal médico, ingenieros militares y a Arturo Herrera, cuyo nombre nos había dado Eusebio. Herrera revisó las fotografías del sello abierto, pidió los planos y confirmó que era la misma galería clausurada décadas atrás. Nos
contó que durante la primera etapa de explotación, varios trabajadores encontraron una cavidad natural fuera de las zonas conocidas. Tres hombres entraron para revisarla y no regresaron. Otro minero escuchó golpes y voces dentro de la roca, aunque en esa dirección no había cuadrillas trabajando. La empresa hizo una inspección limitada. Encontraron restos de animales en zonas profundas, herramientas abandonadas y marcas donde nunca se había excavado. Luego desaparecieron más trabajadores. Herrera participó en el cierre de la galería y vio cómo levantaron el muro de concreto. Nunca supo qué
había detrás, pero reconoció el punto exacto en las fotografías. La nueva compañía había roto el mismo sello. Poco antes de amanecer apareció otro sobreviviente. Era un joven llamado Luis y salió por una abertura cercana al cementerio. Herido y cubierto de tierra. Contó que había más personas vivas dentro de la montaña. Las criaturas no mataban a todos los que capturaban. A varios los llevaban hasta cámaras profundas y los dejaban ahí. Luis había escapado cuando las que vigilaban su grupo abandonaron la zona después de escuchar un sonido
procedente de un túnel inferior. No podíamos derrumbar la mina con civiles adentro, así que organizamos un grupo de entrada con soldados, un sanitario, ingenieros militares, Herrera y Luis. El resto quedó en superficie para asegurar el pueblo y cerrar los accesos localizados. Entramos por la galería principal y avanzamos hasta la pared rota. Detrás empezaba la zona que Herrera recordaba. Encontramos herramientas, sangre, ropa y restos de animales. Más adelante aparecieron cascos, botas, lámparas y placas de identificación antiguas. Herrera reconoció dos nombres de trabajadores desaparecidos durante el cierre
original. Luis nos llevó por un paso lateral hasta una cámara donde encontramos al primer grupo de habitantes. Algunos podían caminar y otros necesitaban ayuda. El sanitario empezó a revisarlos mientras cubríamos los accesos. Uno de mis hombres levantó la lámpara hacia el techo y ordenó que nadie se moviera. Varias criaturas estaban adheridas a la roca, inmóviles, con las extremidades abiertas. Una giró la cabeza y habló con la voz de una mujer. Dijo que la ayudáramos. Después todas cayeron al mismo tiempo. Abrimos fuego en un espacio demasiado
estrecho para formar una línea. Dos atacaron desde arriba y otras entraron por túneles laterales. Una derribó al sanitario y otra sujetó a un soldado por las piernas para arrastrarlo hacia una grieta. Medina alcanzó a tomarlo del chaleco mientras dos hombres disparaban hacia la abertura. La criatura soltó y recuperamos al soldado, pero tenía heridas profundas. Sacamos a los civiles por una galería de mantenimiento que Herrera todavía recordaba y seguimos hacia otra cámara indicada por Luis. Ahí encontramos más sobrevivientes, restos humanos y pertenencias entre las rocas. Entre
ellos apareció un casco con el nombre de uno de los mineros perdidos décadas atrás. Mientras evacuábamos a la gente, los ingenieros revisaron la estructura y confirmaron que la red continuaba mucho más allá de los planos. Varias galerías descendían hacia niveles nunca explotados y otras se extendían bajo el pueblo. No teníamos hombres ni tiempo para revisar todo, así que decidimos colocar cargas en puntos principales y derrumbar la red después de sacar al último civil. Los ingenieros comenzaron a preparar los explosivos cuando escuchamos un sonido grave desde
el fondo de la cámara. Las criaturas que seguían moviéndose por los túneles se detuvieron. Luego retrocedieron hacia las paredes y dejaron libres varios pasos. Desde el túnel principal salió otra, mucho más grande que las anteriores. Caminaba erguida y tenía placas gruesas en la cabeza, el cuello y el torso. Las demás se apartaron para dejarla pasar. se detuvo frente a nosotros y emitió varios sonidos cortos desde distintos puntos de la mina. Las otras respondieron. Herrera miró los accesos y nos dijo que saliéramos de inmediato. Entonces empezamos
a escuchar movimiento alrededor de toda la cámara. El movimiento empezó en los túneles laterales y se extendió alrededor de la cámara. Los ingenieros terminaron de preparar las cargas mientras sacábamos a los últimos civiles. Ya no intentábamos asegurar cada paso porque las criaturas aparecían por rutas que no figuraban en los planos y volvían a desaparecer antes de que pudiéramos cerrarles el paso. Desde varios puntos empezaron a salir voces conocidas. Una repetía el grito del soldado muerto en la carretera. Otra llamaba a Medina con la voz de
uno de nuestros hombres. Nadie respondió. Mantuvimos al grupo unido y seguimos hacia la salida. El último grupo avanzaba con dificultad porque varios heridos necesitaban ayuda. Cuando cruzábamos una galería estrecha, tres criaturas bajaron de la pared y otras salieron detrás de nosotros. Abrimos fuego y las obligamos a retroceder, pero una alcanzó a uno de los ingenieros mientras aseguraba una carga. Medina intentó cubrirlo y otra cayó entre los dos. Conseguimos abatirla y recuperar al ingeniero, aunque ya estaba muerto. El resto siguió avanzando mientras dos soldados cubrían la
retaguardia. Poco después, parte del túnel se dio durante otro ataque y dejó a esos dos hombres separados del grupo. Intentamos retirar las rocas, pero varias criaturas empezaron a entrar por una abertura lateral. Al otro lado escuchamos disparos. Y luego una voz pidió que abriéramos. Medina levantó la mano para que nadie contestara. La frase volvió a escucharse con las mismas palabras y el mismo tono una vez tras otra. Los disparos ya habían terminado. Herrera señaló la salida y seguimos avanzando. La criatura grande apareció antes de que
alcanzáramos la galería principal. entró por un paso lateral y se colocó entre nosotros y la salida, obligando al grupo a detenerse. Uno de los soldados abrió fuego. Los impactos la hicieron retroceder unos pasos, pero volvió a avanzar. Golpeó a un hombre contra la pared y alcanzó a Medina. lo sujetó por el chaleco, lo levantó y lo lanzó al suelo. Luis lo arrastró hacia atrás mientras nosotros concentrábamos los disparos en la cabeza y el cuello. No podíamos usar las cargas principales porque todavía había civiles dentro del
radio de derrumbe. Uno de los ingenieros señaló una sección fracturada sobre el túnel y colocó una carga pequeña en la base mientras cubríamos su avance. La criatura intentó alcanzarlo, recibió varios impactos y cayó de rodillas. El ingeniero regresó, activó la carga y parte del techo se dió sobre ella. Quedó atrapada bajo las rocas, pero todavía movía un brazo y trataba de liberar la cabeza. Medina, herido consciente, recuperó su arma y disparó hasta que dejó de moverse. Los gritos comenzaron de inmediato desde todos los túneles. Las
criaturas que se habían mantenido a distancia avanzaron al mismo tiempo por el suelo, las paredes y los pasos laterales. En cuanto el último civil salió de la zona marcada, los ingenieros activaron las cargas. Corrimos hacia la entrada mientras la retaguardia disparaba. Una criatura alcanzó al último soldado, lo derribó y lo arrastró hacia una grieta. Dos hombres intentaron regresar por él, pero otras salieron de la misma abertura y tuvieron que retroceder. El primer derrumbe ocurrió antes de que saliéramos. El suelo se sacudió. Varias galerías se cerraron
detrás y el aire se llenó de polvo. Seguimos hasta la entrada sin detenernos. Herrera salió entre los últimos junto con Medina y Luis. Segundos después se produjo otro colapso y parte del terreno frente al acceso se hundió. Los sobrevivientes fueron llevados hacia la escuela y los heridos recibieron atención mientras asegurábamos la zona. Poco después empezaron a abrirse agujeros en distintos puntos del pueblo. Las criaturas estaban usando salidas secundarias. Algunas aparecieron entre las casas, otras cerca de la iglesia y varias intentaron alcanzar la carretera. Las tropas
que habían quedado en superficie tenían posiciones preparadas y abrieron fuego. El combate se extendió por varias calles, pero ninguna consiguió atravesar el perímetro. Los ingenieros marcaron cada abertura y comenzaron a cerrarlas cuando la zona quedó controlada. Durante los días siguientes, revisamos casas, pozos, drenajes y accesos naturales alrededor de San Gregorio. Introdujimos cámaras en varios túneles y algunas dejaron de transmitir después de descender demasiado. En una grabación vimos movimiento lejos de la zona derrumbada. No pudimos determinar cuántas criaturas había ni hasta dónde llegaba la red. También
recuperamos restos humanos de distintas épocas. y objetos pertenecientes a antiguos trabajadores. Herrera confirmó que muchas cavernas existían antes de la explotación minera. Los trabajadores no las habían creado, solo habían abierto el paso. Evacuamos a los sobrevivientes y San Gregorio quedó cerrado. Rellenamos las entradas conocidas, sellamos pozos y bloqueamos la carretera. Durante una de las últimas inspecciones localizamos otra galería a varios kilómetros del acceso principal. Enviamos una cámara porque el paso era demasiado estrecho. El equipo avanzó hasta perder casi toda la señal y antes de apagarse
el micrófono registró una voz. Era la voz de Medina y él estaba junto a mí cuando la escuchamos. La grabación repetía una frase que había dicho dentro de la mina en voz baja mientras organizábamos la evacuación. Solo quienes estábamos ahí podían haberla oído. Reprodujimos el audio dos veces y el resultado fue el mismo. Los ingenieros preguntaron si debían ampliar la entrada para revisar el túnel, pero les ordené que lo cerraran. Sellamos cualquier acceso que pudiera comunicar con la montaña y dejamos la zona fuera de servicio.
En el informe final quedó escrito que no podíamos confirmar la eliminación total de las criaturas ni determinar la extensión de las cavernas. Eso era cierto. Habíamos destruido la red principal, rescatado a quienes encontramos y eliminado a las que salieron del perímetro. Pero debajo de San Gregorio seguían existiendo túneles que nunca recorrimos. Lo último que hice antes de abandonar el lugar fue firmar la orden de cierre. No hablaba de monstruos ni de voces. Tampoco explicaba lo que habíamos visto bajo tierra. Solo establecía que la mina, el
pueblo y los caminos de acceso quedaban clausurados de forma permanente. La última línea decía, "Nadie volverá a entrar ahí. A las 4:17 de la madrugada entramos a San Miguel. Después de recibir una llamada de emergencia, una mujer había reportado que varios soldados estaban sacando gente de sus casas y disparando contra quienes intentaban huir. El aviso llegó al destacamento más cercano. Revisaron los movimientos de esa noche y ahí apareció el primer problema, ninguna unidad. había sido enviada al pueblo. Yo iba en el segundo vehículo. Me llamo
Mateo Salgado. Tenía 24 años y llevaba menos de un año destinado en esa zona. Al bajar encontramos seis casas abiertas, animales muertos, manchas de sangre y casquillos en el suelo. Las huellas eran de botas tácticas y salían del pueblo rumbo al monte. Revisamos las viviendas y encontramos a un hombre de 72 años escondido debajo de un depósito de agua. Se llamaba Uriel Rosas y cuando vio nuestros uniformes intentó alejarse. Así que bajamos las armas para que aceptara hablar. El capitán Leandro Carrasco le enseñó su identificación
y le explicó que acabábamos de llegar. Uriel contó que durante la noche varios hombres vestidos igual que nosotros habían entrado con fusiles y radios. Conocían nombres y llamaban a la gente desde afuera antes de entrar. Uno de ellos tenía el rostro de Ernesto Galván, un soldado desaparecido tres semanas antes. Carrasco le preguntó si estaba seguro y Uriel respondió que sí. Lo había visto muchas veces durante los patrullajes. Después señaló hacia el monte y dijo que los hombres se habían retirado por una ruta minera. Éramos 12
cuando seguimos las huellas. Encontramos un casco, un cargador con número de inventario y una venda empapada en sangre. El cargador pertenecía a Galván. Más adelante hallamos un radio entre las piedras encendido. El operador lo levantó y escuchamos una voz que nos pidió avanzar hacia la barranca. Era la voz de Galván. Nadie respondió. Todos conocíamos el reporte de su desaparición. Carrasco ordenó mantenernos juntos y seguir sin separarnos. Poco después vimos a un hombre de espaldas. Estaba descalso y llevaba un pantalón militar. Carrasco le ordenó levantar las
manos. El hombre obedeció, giró despacio y vimos la cara de Galván. La voz también era suya. Tenía la misma cicatriz junto a la ceja y los mismos rasgos que aparecían en su expediente. Bravo, que había trabajado con él, le preguntó por su esposa. El hombre no respondió, solo repitió que necesitaba ayuda y que debíamos acercarnos. Cárdenas avanzó para revisarlo y cuando quedó a pocos metros, la mandíbula del hombre bajó hasta quedar cerca del pecho, se lanzó sobre él, lo tiró al suelo e intentó morderle el
cuello. Carrasco disparó primero y los demás abrimos fuego. El hombre recibió varios impactos, retrocedió y siguió moviéndose. Después apoyó las manos en el suelo y corrió hacia los árboles. Bravo le acertó en la cabeza antes de que llegara a cubrirse. Cayó de frente y cuando nos acercamos el rostro ya estaba cambiando. La piel alrededor de los ojos se había hundido, los dedos se habían alargado y los dientes quedaban expuestos. Ya no tenía la cara de Galván. Cárdenas seguía en el suelo cuando otra criatura cayó desde
una roca y golpeó a Méndez antes de que pudiera levantar el fusil. lo mordió en el hombro y arrancó un pedazo de carne. Bravo disparó. La criatura soltó a Méndez y se internó entre los árboles. El médico intentó controlar la hemorragia mientras nosotros formábamos un perímetro. Entonces escuchamos un grito desde el monte. La voz era de Méndez y pedía ayuda, pero el verdadero Méndez estaba frente a nosotros, herido y consciente. Ahí entendimos que la mordida había bastado para que aquello copiara su voz. Carrasco ordenó retroceder
hacia un punto abierto, pero no llegamos. Tres figuras salieron entre los árboles y corrieron hacia nosotros. Una llevaba el rostro de otro soldado desaparecido, otra tenía la cara incompleta y la tercera gritaba con la voz de Méndez. Disparamos mientras retrocedíamos. La que imitaba a Méndez llegó hasta Bravo y lo mordió en el antebrazo. Cárdenas la golpeó con la culata, pero antes de soltarse arrancó piel y sangre. Otra derribó a Nájera y empezó a golpearle el abdomen con las manos. Carrasco lanzó una granada hacia un costado.
La explosión mató a una y prendió fuego a unos matorrales. La que estaba encima de Nágera, se apartó cuando las llamas crecieron y escapó hacia el monte. Sacamos a Nájera y a Bravo de ahí, pero Méndez murió durante la retirada. Nera seguía consciente, aunque apenas podía hablar. Llegamos a una ladera abierta y Carrasco ordenó encender dos fuegos con ramas y combustible de emergencia porque la criatura que había atacado a Náera había evitado las llamas. No sabíamos si el fuego podía matarlas, pero ya habíamos visto que
las obligaba a retroceder. Nos quedamos dentro de ese perímetro mientras el médico vendaba a los heridos. El radio volvió a activarse y escuchamos primero a Méndez, después a Galván y luego a otro soldado desaparecido meses atrás. Al amanecer recibimos la orden de regresar, pero antes de cortar la comunicación el mando añadió que no debíamos entrar en ninguna mina de la zona. Carrasco preguntó cómo sabían que había una mina cerca. No obtuvo respuesta. Decidió seguir y poco después encontramos un antiguo puesto militar. junto a la ruta.
Dentro había documentos de más de 30 años. Hablaban de una comunidad vigilada por el ejército y describían personas capaces de copiar la voz y la apariencia de otros después de consumir sangre y tejido humano. Uno de los informes explicaba el proceso. La sangre les permitía reproducir la voz, el tejido les daba rasgos físicos, postura y recuerdos recientes. También señalaba una limitación. podían conservar datos y escenas de la persona que habían consumido, pero no siempre entendían el vínculo emocional unido a esos recuerdos. Leí esa parte dos
veces, después levanté la vista y miré el vendaje de Bravo. La cosa que lo había mordido seguía en el monte y ya tenía su sangre. Carrasco guardó los informes y pidió apoyo por radio. El mando confirmó que enviaría un equipo con explosivos, pero nosotros debíamos localizar primero la entrada abierta por las obras de la carretera. Salimos del puesto y avanzamos hacia la barranca sin separarnos. Bravo iba delante de mí con el antebrazo vendado y el fusil colgado al pecho. Habíamos recorrido poco cuando escuchamos un disparo
detrás. Nos giramos y Bravo ya no estaba. Volvimos sobre nuestros pasos siguiendo gotas de sangre hasta un cause. Encontramos su arma en el suelo. Lo llamamos una vez y respondió desde la izquierda. Casi al mismo tiempo, otra voz idéntica contestó desde el lado contrario. Los dos aparecieron a pocos metros de distancia. Llevaban el mismo uniforme, la misma cara y el mismo vendaje. Uno tenía sangre fresca en la manga, el otro respiraba con dificultad y decía que la criatura lo había arrastrado antes de que lograra soltarse.
Carrasco los hizo ponerse de rodillas, separados, con las manos visibles. Ambos conocían nuestros nombres, sabían que Méndez había muerto y recordaban lo ocurrido desde que entramos al pueblo. Yo pensé en Luis Mercado, un soldado que había muerto meses antes en un accidente. Bravo había intentado sacarlo de un vehículo volcado y desde aquel día evitaba conducir. Les pregunté por qué. El bravo de la izquierda bajó la mirada y dijo que cada vez que tocaba un volante recordaba a mercado atrapado pidiéndole que no lo dejara. El otro
respondió que conducir no era necesario porque cualquiera podía hacerlo. Carrasco le disparó al segundo, cayó de costado, intentó levantarse y siguió diciendo que habíamos cometido un error. La piel de la cara empezó a hundirse alrededor de los ojos y Cárdenas le disparó en la cabeza. El verdadero bravo no apartó la vista del cuerpo. Seguimos hacia la barranca, pues la carretera nueva había roto una pared de roca y dejado abierto un acceso que no aparecía en los mapas antiguos. Cerca de la entrada encontramos uniformes, botas, placas
de identificación y restos humanos. Varias placas pertenecían a soldados desaparecidos durante los últimos meses. Carrasco ordenó que nadie entrara todavía. No alcanzó a terminar. Una criatura salió desde dentro, golpeó a Náera y lo sujetó por las piernas. Lo arrastró antes de que pudiéramos detenerla. Nájera seguía gritando, así que entramos detrás. Lo encontramos en una cámara poco profunda y dos criaturas estaban sobre él. Una le sujetaba los brazos y la otra le mordía el cuello. Abrimos fuego. La primera cayó. La segunda soltó a Nájera y desapareció
por una abertura. lateral. Nagera murió ahí. Junto a los cuerpos había mochilas, radios, documentos y fotografías. Reconocí un retén, dos vehículos del destacamento y una imagen mía tomada durante un patrullaje. Había otra de Carrasco. Las fotos habían sido tomadas antes del ataque al pueblo. Escuchamos un motor afuera y regresamos a la entrada. Una camioneta militar avanzaba por el camino con cuatro hombres uniformados. Uno tenía el rostro de Méndez, otro llevaba la cara de un soldado desaparecido y los otros dos todavía presentaban rasgos incompletos. Carrasco disparó
contra una llanta. El vehículo perdió el control y chocó. Las cuatro criaturas salieron al mismo tiempo. La que tenía la cara de Méndez corrió hacia Bravo. Otra fue directo al camino y las dos restantes atacaron al grupo. Una derribó a Ortega, le mordió el cuello y arrancó un pedazo de carne antes de escapar hacia la mina. Otra me tiró al suelo y me mordió la mano cuando intenté protegerme. Los dientes atravesaron el guante. Cárdenas la golpeó con la culata y logró apartarla, pero ya había arrancado
piel. La última alcanzó a Carrasco, lo mordió en el hombro y salió corriendo con sangre en la boca. Bravo le disparó varias veces sin detenerla. Carrasco quedó de rodillas, pues la herida era profunda. Ortega murió antes de que pudiéramos moverlo. Vendamos a Carrasco y mi mano. Después quemamos los cuerpos de las criaturas abatidas. El fuego seguía siendo lo único que las hacía retroceder. Revisamos la camioneta. Habían cargado uniformes, fusiles, radios, identificaciones y mapas con retenes marcados. Estaban preparando una salida de la sierra con equipo militar
y rostros copiados. Con una identificación robada y un vehículo del ejército podían acercarse a un control sin ser detenidos a distancia. Carrasco informó al mando. La respuesta llegó de inmediato. Debíamos destruir la mina y cerrar todos los accesos que encontráramos. El equipo de apoyo llegó cuando empezaba a oscurecer. Entramos con explosivos, combustible y munición para cubrir a los ingenieros. Las primeras galerías contenían restos de habitantes y soldados desaparecidos. En una cámara había uniformes, placas, radios y documentos separados por nombre. En otra encontramos cuatro criaturas tendidas
en el suelo. Dos todavía estaban cambiando. Una abrió los ojos y tenía la cara de Ortega. La criatura que lo había atacado afuera había escapado con un pedazo de su cuello. Bravo disparó antes de que la copia terminara de levantarse y las otras atacaron. Una derribó a un ingeniero, otra golpeó a Cárdenas contra la pared y la tercera vino hacia mí. Le disparé al pecho, pero siguió avanzando. Me alcanzó y me tiró al suelo. Bravo la golpeó por detrás y Cárdenas terminó de matarla. Retrocedimos hacia
el corredor principal mientras los ingenieros colocaban las primeras cargas. Las voces empezaron a salir de las galerías. Escuché a Méndez, luego a Galván, después a Ortega y a otros soldados, cuyos nombres figuraban entre los desaparecidos. Seguimos con las armas apuntando a los accesos laterales. Entonces se apagaron las luces instaladas por el equipo y solo quedaron las lámparas de nuestros cascos. Desde el fondo de la mina llegó un ruido continuo de botas, manos y uñas golpeando la piedra. No venía de un solo túnel, venía de varios
y se acercaba. Encendimos las lámparas de los cascos y vimos movimiento al fondo del corredor. Las primeras criaturas entraron juntas. Algunas mantenían forma humana, otras avanzaban apoyando manos y pies con rostros incompletos y partes del cuerpo todavía cambiando. Una llevaba la cara de Ortega, otra la de Méndez y detrás de ellas vi una con mis rasgos. Tenía mis ojos, mi boca y la misma herida que yo llevaba vendada en la mano. La mordida de afuera había bastado para que empezara a copiarme. La copia dijo mi
nombre y siguió avanzando, pero no respondí. Abrimos fuego mientras los ingenieros retrocedían con el equipo. Una criatura alcanzó a uno de ellos y le abrió el cuello antes de que Cárdenas pudiera dispararle. Otra recibió varios impactos y siguió corriendo hasta cruzar una zona donde habíamos derramado combustible. Cárdenas encendió una bengala y la lanzó al suelo. El fuego cerró el paso durante unos segundos. Las que venían delante retrocedieron, pero otras se movieron por las galerías laterales. Carrasco ordenó terminar las cargas principales y salir por el túnel
norte. Faltaba cerrar esa salida. Si la dejábamos abierta, cualquier criatura que sobreviviera podía alcanzar la carretera. Avanzamos con dos ingenieros, Bravo, Cárdenas, Luna, Carrasco y yo. En el camino encontramos más cuerpos, uniformes separados, armas robadas y documentos militares. Había fotografías de retenes y puestos de control fuera de la sierra. Ese equipo estaba preparado para salir. Llegamos al punto donde los ingenieros debían colocar la última carga. Mientras trabajaban, varias criaturas entraron por una galería lateral. Una tenía el rostro de Galván, otra todavía estaba formando la cara.
Carrasco disparó hasta vaciar el cargador. Una tercera salió detrás de él y lo tiró al suelo. Reconocí la herida del hombro. era la misma que lo había mordido afuera y escapado con un pedazo de carne. Bravo disparó y logró apartarla. La criatura retrocedió hacia el humo y desapareció por un túnel. Carrasco se levantó, cambió el cargador y siguió dando órdenes. Terminamos la carga y empezamos a retirarnos. Una explosión en otra galería hizo caer parte del techo. El polvo llenó el corredor y nos separó. Yo quedé
con Bravo y Cárdenas. Luna estaba más adelante con uno de los ingenieros y Carrasco quedó detrás. Escuché dos disparos, luego un golpe y un grito. Intenté volver, pero tres criaturas entraron por un costado y nos obligaron a retroceder. Segundos después, Carrasco salió del polvo. Tenía sangre nueva en la cara y la manga rota y dijo que había matado a la criatura que lo atacó. No vi el cuerpo y no pude regresar a comprobarlo. Alcanzamos la salida y detonamos la carga norte y el túnel se hundió
detrás de nosotros. Después explotaron las cargas principales. La entrada de la mina empezó a colapsar, pero varias criaturas ya estaban saliendo por grietas de la barranca. Algunas llevaban uniformes, otras tenían rostros de soldados muertos y varias seguían a medio transformar. Formamos una línea alrededor de los vehículos. Luna cubría el lado derecho cuando una criatura lo alcanzó y le destrozó la mano. Bravo lo sacó mientras nosotros seguíamos disparando. El combustible frente a la entrada comenzó a arder. Varias criaturas cruzaron las llamas y cayeron unos metros después.
Otras intentaron rodearlas y quedaron expuestas. Disparamos hasta que dejaron de salir. La entrada principal terminó de ceder y el fuego siguió consumiendo lo que había quedado afuera. Después escuchamos movimiento durante horas, pero ninguna volvió a alcanzarnos. Al amanecer quedábamos cinco hombres del grupo que había entrado a la barranca, Bravo, Cárdenas, Luna, Carrasco y yo. El helicóptero llegó poco después. Mientras ayudábamos a subir a Luna, vi que Carrasco mantenía el brazo herido pegado al cuerpo y la sangre de la manga era reciente. Recordé los segundos en
que lo habíamos perdido dentro de la mina y a la criatura que se había llevado parte de su hombro. Le pedí que se apartara del helicóptero, pero Carrasco me ordenó subir. Saqué el arma y Bravo levantó la suya también. El capitán sabía nuestros nombres, conocía el plan y recordaba lo ocurrido durante la noche, pero nada de eso bastaba. Le pregunté por Bruno Zamora, un soldado que había muerto dos años antes bajo su mando. Carrasco visitaba a la madre de Zamora cada diciembre. No era una orden
obligación formal y casi nunca hablaba de esas visitas. Le pregunté por qué seguía yendo. Respondió que era su deber como superior de un hombre muerto. Yo había escuchado al verdadero Carrasco hablar de Zamora una sola vez. Él había autorizado la ruta donde murió y cargaba con esa decisión desde entonces. Le pregunté qué sentía cuando entraba a la casa de su madre. Carrasco tardó unos segundos y luego preguntó por qué importaba eso. Le disparé y cayó. Antes de alcanzar el helicóptero, Bravo dio un paso hacia mí
y se detuvo cuando la cara de Carrasco empezó a perder forma. La mandíbula se desplazó, los dedos se doblaron y la piel del cuello se abrió. La criatura que había obtenido su sangre y su tejido había terminado de copiarlo dentro de la mina. El verdadero capitán murió durante los segundos en que quedó separado de nosotros. Evacuaron a cuatro hombres. Después el ejército cerró la barranca, destruyó los accesos restantes y eliminó el tramo de carretera que había abierto el túnel. Durante los meses siguientes no hubo nuevas
desapariciones ni transmisiones desde esa zona. Los análisis forenses confirmaron lo ocurrido. Bravo. Cárdenas Luna y yo éramos humanos. El quinto cuerpo no lo era. Dentro encontraron sangre y tejido de Leandro Carrasco ingeridos poco antes de que saliéramos de la mina. La criatura tenía su voz, su cara y sus recuerdos, pero lo que no pudo copiar fue lo que esos recuerdos significaban para él. Cuatro soldados regresamos de la barranca. Los cuatro éramos los mismos que habíamos entrado. El quinto no llegó al helicóptero. Recuerdo que el informe
quedó bajo resguardo militar en una carpeta sin marcas externas con una versión corta para archivo y otra completa para los mandos que autorizaron la operación. La versión corta hablaba de una entrada rural, un detenido, dos elementos heridos y material destruido por riesgo sanitario. La versión completa llevaba nuestras firmas, las de tres operadores que entramos sin insignias, sin apoyo visible y con la orden de sacar vivo al objetivo principal. éramos tres. El capitán Armenta iba al mando, el sargento Rosas cubría la entrada y yo llevaba registro,
radio y apoyo de fuego. No usamos grados en el uniforme ni parches de unidad. Traíamos equipo negro, armas cortas y largas, cámaras corporales y un contenedor rígido para evidencia. Dentro del ejército pocos preguntaban por nosotros. Cuando una patrulla común encontraba algo que no podía controlar, nos llamaban, nos daban un expediente cerrado y nos mandaban antes de que el caso llegara a la prensa o al pueblo vecino. Nos enviaron a la sierra norte de Oaxaca, a un poblado donde la gente hablaba de nahuales sin bajar la
voz. En esa zona no usaban esa palabra para asustar niños, la usaban para señalar a personas concretas. Decían que ciertos hombres y mujeres podían tomar cuerpo de animal, mandar animales contra otros, enfermar a una familia o desaparecer a alguien mediante un pacto. En este caso hablaban del [ __ ] de nombres entregados y de cuerpos usados para aumentar fuerza. Nosotros no íbamos a confirmar religión ni leyenda. Vamos a revisar hechos de tener a Mateo Cruz y asegurar una bolsa de piel que todos llamaban el cuero.
La misión llegó después de que una unidad del batallón falló. Ocho soldados habían entrado para capturar a Mateo, curandero del poblado, señalado por desapariciones y por tener el cuero en su casa. La patrulla perdió comunicación durante casi una hora. Volvieron cinco. Dos aparecieron muertos cerca del camino de salida y uno quedó desaparecido. Ya no era una búsqueda común, era una recuperación con riesgo activo y con un objetivo que conocía el terreno. El mando nos recibió en una sala cerrada y nos habló sin rodeos. La patrulla
anterior disparó antes de identificar, rompió formación, dejó equipo tirado y perdió el objeto principal. Mateo no actuaba solo. En el expediente venían cuatro nombres: Mateo Cruz, Elena Vargas, Julián Ramos y Tomás, un menor de edad que vivía bajo el cuidado de Mateo. En el poblado los llamaban nahuales. En el documento militar quedaron registrados como agresores vinculados a desapariciones, restos humanos y rituales no autorizados. Nuestra orden era capturar a Mateo y recuperar el cuero. Si los otros tres intervenían, debíamos contenerlos, grabar todo y salir con vida.
Llegamos de noche en una camioneta civil y un vehículo médico. El agente municipal nos esperaba en la entrada del poblado. Se llamaba Hilario Santos. Era un hombre mayor, de voz baja y manos temblorosas. no quiso caminar más allá de la capilla. Varias familias habían declarado, pero ninguna quiso firmar por miedo. Señaló la calle de Tierra y nos dijo que Mateo vivía al final en una casa sola. No agregó adornos ni historias largas. dijo que la gente evitaba esa calle desde que empezaron a aparecer cuerpos sin
dedos, sin lengua o con cortes en el pecho. Armenta le pidió datos útiles. Hilario dijo que Elena había trabajado en el molino, que Julián vivía cerca de Mateo y que Tomás no iba a la escuela desde la muerte de su madre. También dijo que el cuero estaba hecho con piel curtida, cocido con hilo rojo, y que Mateo lo abría cuando decía nombres frente al [ __ ] y a fotografías de desaparecidos. Según los vecinos, cada nombre entregado fortalecía a los otros. Armenta no discutió eso, solo
preguntó dónde habían visto por última vez al soldado desaparecido. Hilario respondió que cerca de la casa de Mateo, arrastrándose hacia el monte, sin casco y con la cara cubierta de sangre. Revisamos equipo antes de avanzar. Armenta confirmó radio, munición y ruta de salida. Rosas revisó su lámpara, cargadores y esposas. Yo activé las cámaras y marqué el punto de entrada. Hilario ofreció acompañarnos, pero Armenta le ordenó quedarse. El hombre aceptó, señaló la calle y dijo que después de la última casa habitada nadie saldría a ayudarnos aunque
escucharan disparos. Avanzamos en formación corta y no hablamos de más. Pasamos frente a casas cerradas con gente mirando desde dentro. En una esquina encontramos una mochila militar abierta. Era del soldado desaparecido. Tenía vendas, una lámpara rota, un cargador vacío y una libreta con nombres escritos. Rosas guardó la libreta. Yo grabé la mochila y el punto exacto. Armenta informó por radio que encontramos material del equipo anterior y ordenó seguir. La casa de Mateo estaba al final del camino. Desde fuera no vimos movimiento. En el patio había
animales muertos acomodados en línea. Eso bastó para tratar el sitio como activo. Armenta tomó el centro. Rosas cubrió un costado y yo quedé en la entrada. El capitán llamó a Mateo por su nombre, le ordenó salir con las manos visibles y esperó respuesta. Desde adentro contestó un hombre. Dijo que el batallón ya había pagado y que nosotros veníamos por lo mismo. Armenta ordenó entrar. Rosas abrió la puerta y pasamos rápido, con armas arriba y sin disparar. Mateo estaba sentado en el cuarto principal. tenía sangre en
las manos y el cuero en el piso junto a sus pies. En la pared había fotografías de personas desaparecidas y varias coincidían con el expediente. También vimos santos volteados, velas consumidas, sal, pelo animal y restos pequeños sobre un plato. Todo quedó en las cámaras. Armenta le ordenó ponerse boca abajo, pero Mateo no obedeció. empezó a decir nombres despacio, uno por uno. Rosas avanzó para esposarlo. Antes de que pudiera sujetarlo, algo golpeó la parte trasera de la casa y abrió una entrada. Por ahí entró Elena Vargas.
Venía en cuatro puntos de apoyo con la cara cubierta de pelo pegado con sangre y las manos metidas contra el piso. No era un animal porque tenía rasgos humanos y ropa rota, pero no era una mujer en estado normal porque avanzaba con fuerza y velocidad fuera de lo común. Rosas la reconoció por una fotografía del expediente y avisó su nombre. Elena fue directo contra él, lo derribó contra la pared y le mordió el brazo izquierdo. Rosas disparó dos veces a corta distancia, pero ella no lo
soltó. Yo disparé al costado para separarla mientras Armenta sujetaba a Mateo, que intentaba alcanzar el cuero con una mano. Rosas empujó la pistola debajo del cuello de Elena y disparó otra vez. Entonces el cuerpo cayó y dejó de presionar el brazo. La mordida le abrió la manga, la piel y parte de la mano de rosas. Siguió de pie, pero ya no podía sostener bien el fusil. Armenta terminó de cerrar una esposa en la muñeca de Mateo y lo tiró al piso. Mateo miró a Elena, sonrió
con sangre en los dientes y dijo que ella solo era la primera, que el cuero seguía cerrado porque faltaba un hombre. Entonces escuchamos pasos arriba. Recuerdo los golpes en el techo antes que cualquier otra cosa de esa parte. Eran rápidos, separados por pausas cortas y avanzaban sobre nosotros mientras Mateo seguía en el piso con una muñeca esposada y la cara contra la tierra. Rosas cambió el cargador con la mano dañada, apretó los dientes y cubrió la entrada trasera. Armenta mantenía a Mateo sujeto con la rodilla,
aunque el golpe de Elena ya nos había roto el ritmo. Yo tomé el contenedor, me acerqué al cuero y vi que la bolsa se contraía por dentro. No escribí en el reporte que estuviera viva, porque eso no se puede sostener en un documento militar. Escribí lo que vimos. Las costuras se abrían por partes. El material se tensaba cada vez que Mateo decía un nombre y bajaba cuando dejaba de hablar. La relación quedó grabada en las cámaras. Armenta le ordenó callarse, pero Mateo siguió hablando con la
boca llena de sangre. Mencionó al soldado perdido y aseguró que ya había servido para abrir paso. Yo levanté el cuero con pinza metálica, lo metí en el contenedor y cerré los seguros. El techo se dio segundos después. Cayó Julián Ramos al centro del cuarto, cubierto de tierra, con cortes recientes en el pecho y las manos llenas de sangre seca. No traía armas. Entró atacando, golpeó a Armenta en el hombro y lo lanzó contra la pared. El capitán cayó, perdió aire, pero no soltó por completo a
Mateo. Yo disparé al muslo de Julián. Rosas disparó al torso y aún así siguió avanzando con el cuerpo abierto y la mirada fija en el contenedor. Ahí entendí por qué la patrulla anterior se había desarmado tan rápido. Aquellos agresores no buscaban cubrirse, no cuidaban heridas y no retrocedían al primer impacto. Recibían daño real, sangraban y perdían fuerza, pero tardaban en caer. Eso nos obligaba a disparar más cerca y a sostener la posición con menos margen. En una casa pequeña, con un detenido vivo y un objeto
activo en el piso, ese margen desaparecía. Julián llegó hasta mí antes de que pudiera cambiar de lado. Me sujetó del chaleco, me levantó lo suficiente para hacerme perder apoyo y me golpeó contra la mesa. Sentí presión en las costillas y perdí la pistola. Rosas desde el suelo le disparó a la rodilla. Armenta, ya herido, sacó su pistola con la mano derecha y le tiró al pecho. Yo recuperé el fusil y disparé una ráfaga corta al centro del cuerpo. Julián cayó sobre la mesa, rompió parte del
material ritual y siguió moviendo los brazos. Rosa se acercó con dificultad y terminó la amenaza con un disparo a la cabeza. Armenta quedó herido del hombro, pero siguió mandando. Ordenó inmovilizar mejor a Mateo, revisar el contenedor y preparar la salida. Rosas respondió que podía caminar. No discutimos porque todavía sostenía el arma y seguía atento a las entradas. Yo revisé el seguro exterior del contenedor. Estaba doblado pero no abierto. Dentro había presión, golpes pequeños contra la tapa y líquido oscuro saliendo por una línea del cierre. Mateo
alcanzó a morderse la lengua. La sangre le llenó la boca y empezó a repetir otro nombre. Tomás lo dijo varias veces con voz baja hasta que escuchamos pisadas del lado del camino. Eran pequeñas, rápidas. alrededor de las paredes. Armenta ordenó sedarlo. Llevábamos un inyectable para extracción de detenidos violentos. Se lo apliqué en el muslo mientras el capitán le sujetaba la espalda y Rosas cubría la puerta. Mateo tardó en ceder, pero dejó de hablar cuando la dosis hizo efecto. El contenedor volvió a tensarse. El seguro exterior
se abrió unos milímetros y el líquido empezó a caer al piso. Rosas pidió sacarlo de la casa, pero Armenta negó la salida con una orden corta, porque si el cuero salía activo, la misión quedaba perdida. Pidió autorización por radio para destruir el material. La respuesta llegó cortada. Pero se entendió lo necesario. Contención prioritaria. Con eso bastó. Rosas preparó la carga incendiaria. Yo puse el contenedor en el centro del cuarto, lejos de Mateo y de la puerta. Armenta cubrió desde el suelo con la pistola apoyada en
la mano buena. Afuera seguían las pisadas, pero nadie entraba. No había gritos del pueblo, ni perros, ni voces. Solo los golpes pequeños alrededor de la casa y el metal del contenedor cediendo poco a poco. Rosas activó la carga y el fuego prendió por dentro bajo la tapa rota. El cuero se contrajo, las costuras se abrieron y el líquido oscuro se quemó con humo pesado. Mateo, medio sedado, intentó levantarse. Alcanzó a decir que quemarlo no cerraba el trato, solo cambiaba la deuda. Armenta le tapó la boca
con una venda para cortar la voz y la sangre. Entonces entró Tomás. Era un niño, pero venía cubierto con una piel mal cortada sobre los hombros. Caminaba abajo, rápido, con un cuchillo pequeño en la mano derecha y tenía sangre en los brazos. No miró a Rosas ni a mí, fue directo al contenedor. Armenta le ordenó detenerse. Tomás no obedeció. Rosas tardó un segundo en disparar por verlo menor y ese segundo le costó otra herida. El niño se lanzó contra él y le clavó el cuchillo bajo
el chaleco en el costado. Rosas lo golpeó con la culata y cayó de rodillas. Yo sujeté a Tomás por la espalda. Pesaba poco, pero tiraba con fuerza suficiente para arrastrarme medio paso hacia el fuego. Me mordió el guante y trató de soltar la mano del cuchillo. Armenta disparó al piso junto a él para frenarlo. Tomás siguió forcejeando. Rosas, herido, lo sujetó de las piernas. Yo le puse una brida en las muñecas y apreté hasta cerrar el plástico. Tomás gritó una vez con voz ronca. Después empezó
a convulsionar. En ese mismo momento, el cuero terminó de arder. Cuando la bolsa quedó reducida a ceniza, Tomás dejó de moverse, Julián estaba muerto, Elena también. Y Mateo respiraba con dificultad, sedado y esposado. No celebramos nada. Teníamos el objetivo principal con vida, el objeto destruido. Tres agresores neutralizados y dos hombres heridos dentro de una casa que aún no estaba asegurada. Era una salida parcial, no una victoria. Armenta pidió extracción e informó por radio un detenido vivo, dos elementos lesionados, tres agresores abatidos y material ritual destruido
por riesgo activo. Luego me ordenó recoger cámaras, libreta, fotografías y restos del contenedor. Rosa se levantó con ayuda de la pared. no podía usar bien el brazo y yo quedé al frente para abrir paso con el fusil listo y el contenedor quemado colgado al pecho. Antes de salir, revisé el cuarto una última vez. Buscaba al soldado desaparecido. Encontré su placa cerca del punto donde cayó Julián. Estaba doblada y tenía sangre seca. La guardé en una bolsa de evidencia, pero no encontramos el cuerpo. Salimos por la
puerta principal y la gente del pueblo miraba desde lejos, pero nadie se acercó. Hilario Santos avanzó unos pasos y preguntó por el niño. Armenta respondió que seguía vivo, aunque Tomás apenas respiraba. Hilario bajó la vista y advirtió que si el cuero se había quemado, todavía faltaba cobrar una deuda esa misma noche. Armenta no le contestó, solo ordenó seguir hacia el vehículo médico. Recuerdo que el traslado empezó con todos heridos, aunque nadie lo dijo en voz alta. Rosas caminaba apoyado en mi hombro con el brazo izquierdo
pegado al cuerpo y el arma lista. Armenta llevaba a Mateo sujeto por la espalda, usando solo el brazo que podía mover. Tomás iba amarrado en una camilla con pulso débil. Yo cargaba el contenedor quemado, las cámaras y la libreta del soldado desaparecido. La orden era salir del poblado, entregar a los detenidos al equipo médico y asegurar las pruebas. Llegamos al vehículo sin que la gente se acercara. El conductor tenía el motor encendido. Subimos primero a Rosas, después a Tomás y luego a Mateo. Armenta entró al
final, se sentó junto a la puerta trasera y mantuvo la pistola en la mano buena. Antes de cerrar, Hilario Santos se acercó para hablar bajo. El soldado perdido seguía en el monte. Si pedía ayuda, no debíamos creerle. Armenta le pidió una prueba. Hilario respondió que un cuerpo entregado podía regresar con voz ajena. Cerramos la puerta y salimos. El camino estaba dañado y el vehículo avanzaba lento. Mateo despertó antes del primer cruce. Tenía la boca vendada y movía la cabeza hacia Tomás. Rosas presionaba su herida con
una mano. Armenta revisaba el radio y respiraba con esfuerzo. Yo me quedé junto a Mateo, listo para bajarlo si volvía a moverse. Tomás seguía inmóvil con las muñecas sujetas. A medio camino vimos al soldado desaparecido frente al vehículo. El conductor frenó y Rosas levantó el arma. Yo abrí la puerta lateral y apunté desde adentro. Armenta ordenó que nadie bajara. El soldado estaba de pie con el uniforme roto y sin casco. Dijo su nombre, su matrícula y el nombre de su comandante. Los datos coincidían con el
expediente. Después pidió entrar. Decía que estaba herido y tenía frío. Armenta le hizo preguntas de control sobre la patrulla. La primera respuesta fue correcta, la segunda llegó tarde y la tercera tuvo un dato equivocado. El capitán ordenó mantener distancia. El soldado levantó la cara y tenía tierra dentro de la boca. Empezó a escupirla en grandes cantidades hasta mancharse el pecho y las manos. Luego cayó de rodillas. De la parte alta de su espalda salió una mano pequeña cubierta de sangre y tierra. Tomás abrió los ojos
al mismo tiempo, aunque seguía amarrado. No intenté explicar eso en el reporte, solo escribí los hechos. El soldado desaparecido se movía. respondía a estímulos externos y presentaba una extremidad ajena saliendo de la espalda. Tomás reaccionó al mismo tiempo. La coincidencia quedó grabada en dos cámaras. Mateo golpeó la camilla con el talón y empezó a respirar más rápido. Armenta ordenó separar a los detenidos. Moví a Mateo hacia el fondo, lo puse contra el piso y le inmovilicé los hombros con la rodilla. El cuerpo del soldado se
lanzó contra la puerta lateral. Yo le disparé tres veces y Rosas le disparó una. El cuerpo cayó, se levantó y golpeó el vehículo con la cabeza. Armenta ordenó avanzar. El conductor rodeó el cuerpo por un lado, pero al pasar algo pegó en la parte baja del vehículo y dañó la dirección. Seguimos unos metros, pero el volante no respondía bien y afuera se escuchaban golpes contra la carrocería firmes, dirigidos a las puertas. Tomás empezó a convulsionar y las bridas le cortaron la piel de las muñecas. Mateo
trató de girarse hacia él. Rosas, pálido por la sangre perdida, se arrastró hasta la puerta trasera y apoyó el fusil contra el hombro que aguantaba. El vehículo cayó en una cuneta y quedó detenido. El conductor intentó sacarlo, aceleró dos veces y no pudo. Armenta pidió apoyo inmediato por radio. La señal entró débil, pero llegó. El punto de extracción estaba cerca y debíamos sostener la posición. La puerta trasera recibió un golpe fuerte, después otro. Rosas me ordenó cubrir a Mateo y a Tomás. Armenta se acomodó en
el piso. Apuntó con la pistola. y esperó. La puerta se abrió unos centímetros y por el espacio vimos al soldado otra vez. Ya no caminaba derecho. El torso le caía hacia un lado, pero seguía empujando. Rosas le disparó al centro del pecho. El cuerpo retrocedió. Yo le disparé al cuello y Armenta hizo el último disparo a la cabeza. El cuerpo cayó contra la tierra y dejó de moverse. Tomás dejó de convulsionar en ese momento, así que le busqué pulso en el cuello y no encontré respuesta
clara. El médico confirmó la muerte después, pero para nosotros terminó ahí. El cuarto nahual quedó neutralizado junto con el cuerpo usado del soldado. Esa fue la línea más difícil de firmar porque Tomás era menor de edad y estaba bajo custodia cuando murió. El apoyo llegó poco después. Dos camionetas blindadas cerraron el camino y un equipo médico abrió la puerta trasera. Sacaron primero a Rosas porque seguía consciente, pero perdía sangre. Luego sacaron a Armenta con el brazo inmovilizado contra el pecho. Yo salí al final con Mateo
y las evidencias. Mateo seguía vivo, muy débil, con la venda roja por la sangre y movió la cabeza hacia el contenedor quemado. En el punto de extracción, un médico quiso revisar a Mateo antes que a los nuestros. Armenta le ordenó atender primero a Rosas y el médico obedeció. Mateo fue subido después con custodia. Murió antes de llegar al hospital militar. La causa oficial fue paro, cardiorrespiratorio por trauma y pérdida de sangre. El informe cerrado registró el vínculo con tres agresores, un objeto ritual, restos humanos y
el cuerpo recuperado del soldado desaparecido. La misión quedó asentada como cumplimiento parcial. Mateo fue capturado con vida, pero no llegó al interrogatorio. El cuero fue localizado, pero se destruyó durante la operación. Elena, Julián y Tomás murieron en el lugar o durante la extracción. Rosas sobrevivió con daño permanente en la mano izquierda y Armenta tardó meses en recuperar el brazo. Yo entregué las cámaras, la placa, la libreta y el contenedor quemado. El poblado dejó de reportar cuerpos mutilados después de esa noche. No hubo ceremonia ni reconocimiento.
La patrulla del batallón recibió cierre administrativo. A la familia del soldado desaparecido le entregaron restos identificables y una explicación breve. No les dijeron cómo fue encontrado y tampoco les dijeron que habló antes de caer. Tres semanas después nos citaron en la comandancia regional. Armenta llevaba el brazo inmovilizado. Rosas tenía la mano vendada y caminaba más lento. El mayor puso una carpeta nueva sobre la mesa. Otro municipio pedía apoyo. En una escuela abandonada habían encontrado una bolsa de piel cocida con hilo rojo, nombres escritos en papel,
restos humanos pequeños y una marca de sangre en la puerta de un salón. Una patrulla regular ya iba en camino, pero el mando no quería repetir el error del primer batallón. Armenta preguntó cuántos operadores autorizaron y el mayor respondió que tres. Nadie preguntó si estábamos listos. Rosas firmó con la mano derecha, Armenta firmó debajo y yo firmé al final. Recogimos el equipo que todavía servía y salimos sin hablar del caso anterior. Ya conocíamos el peso de una carpeta. Así había otro pueblo esperando, otro objeto por
recuperar y otra puerta que tendríamos que cerrar desde adentro antes de que amaneciera. Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver. Esto sucede cuando militares encuentran nahuales y también militares cierran entidad en pueblo de México. C.