Debimos Irnos Desde El Principio: La Advertencia Del Territorio

La primera vez que aquella cosa nos ordenó salir de la montaña, todavía estábamos junto a la camioneta. Los cuatro escuchamos la voz al mismo tiempo, grave, clara y lo bastante fuerte para detenernos mientras descargábamos el equipo. Venía de la ladera desde una zona cubierta de árboles y nos ordenaba que nos fuéramos, que ese era su territorio. Nos quedamos mirando hacia arriba, buscando a una persona entre la vegetación, pero no vimos a nadie. Tampoco escuchamos pasos, herramientas, ni otra voz. Solo el ruido del monte y el

motor enfriándose detrás de nosotros. Yo trabajaba como ingeniero civil para una empresa que hacía estudios de terreno y ese día había llegado con Pedro, que era geólogo, Sergio, topógrafo y Mario, técnico de campo. Nos habían enviado a revisar una zona afectada por un deslizamiento, seguir parte de un antiguo camino de mantenimiento y comprobar si el terreno podía utilizarse después para meter maquinaria. Habíamos manejado varias horas para llegar y la zona quedaba lejos de las poblaciones cercanas, así que pensamos que alguien vivía o trabajaba por ahí

y no quería gente entrando. Pedro levantó la voz y explicó que éramos personal autorizado, que solo haríamos una inspección y nos iríamos al terminar. Esperamos, pero nadie contestó. Mario dijo que prefería regresar. Sergio tampoco estaba cómodo, aunque ninguno sabía quién había hablado ni desde qué punto exacto. Teníamos el equipo listo. El trabajo llevaba días pendiente y el trayecto hasta ahí había sido largo. Por eso decidimos seguir. Pensamos que si encontrábamos a la persona que había gritado, podríamos hablar con ella y resolverlo. Empezamos a subir por

el camino viejo, sin separarnos mucho. Y durante el primer tramo no ocurrió nada fuera de lo normal. Llegamos al primer punto que debíamos revisar. Sergio comenzó con las mediciones. Pedro examinó el terreno y Mario tomó fotografías con el teléfono. Yo estaba pendiente de una parte de la ladera cuando escuché una rama romperse a nuestra derecha. Casi enseguida sonó otra más adelante. Pedro miró hacia los árboles y señaló entre los troncos. Alcancé a ver una forma oscura, cruzar y desaparecer detrás de un árbol. No distinguí qué

era, solo vi que se movía a una altura mayor de la que esperaba para un animal pequeño. Sergio preguntó si lo habíamos visto. Pedro y yo le dijimos que sí, pero Mario no alcanzó a verlo. Seguimos trabajando, aunque ya ninguno se alejaba del grupo. A los pocos minutos volvió el movimiento dentro de la vegetación. Caminábamos y se escuchaban ramas, nos deteníamos y el ruido cesaba. Volvíamos a avanzar y después de unos segundos algo se movía otra vez. Pedro dijo que podía tratarse de un animal siguiéndonos

y que lo mejor era mantenernos juntos. Más adelante escuchamos un rugido corto y fuerte. Los cuatro paramos. El sonido había salido del bosque cerca del camino, pero no vimos nada. Mario preguntó qué animal podía producirlo y Pedro respondió que no lo identificaba. Seguimos subiendo y poco después encontramos varias marcas en una parte húmeda del suelo. Sergio se agachó a revisarlas. Eran huellas grandes y una de ellas estaba completa. La medimos porque llevábamos la cinta a la mano y superaba los 30 cm. La parte trasera era

ancha y delante se distinguían cinco marcas. Pedro buscó alrededor y encontró otras pisadas en la misma dirección que nosotros. Y Mario les tomó varias fotografías con su teléfono. Hablamos brevemente de un oso. Pero Pedro dijo que la forma no coincidía con las huellas de oso que él conocía. Nadie quiso asegurar nada. Continuamos por el camino porque todavía queríamos terminar la inspección. Conforme subíamos, los sonidos aparecieron con más frecuencia. A veces algo se movía a la derecha. Luego escuchábamos ramas al otro lado del camino. No lograba

verlo completo. En una ocasión distinguí parte de un cuerpo oscuro detrás de varios árboles, alto, quieto y cuando fijé la vista ya no estaba. Un poco después escuchamos la voz por segunda vez. Esta vez solo nos ordenó regresar. Las palabras llegaron claras y los cuatro las entendimos. Mario dijo que ya era suficiente y que debíamos bajar. Sergio estuvo de acuerdo y yo también quería terminar ahí. Pedro señaló que estábamos cerca de la zona principal del deslizamiento y propuso llegar únicamente hasta ese punto, revisar lo necesario

y regresar. No discutimos mucho, aceptamos y caminamos juntos hablando solo lo necesario y mirando hacia los árboles cada pocos metros. Cuando llegamos al deslizamiento, Pedro empezó a revisar el terreno. Sergio buscó uno de los puntos marcados y yo observé la parte alta de la ladera. Mario nos llamó desde unos metros más adelante. Había encontrado una mochila parcialmente cubierta de tierra. La sacamos y vimos que todavía tenía pertenencias dentro, pero no encontramos ningún documento que nos dijera de quién era. El hallazgo nos preocupó porque alguien había

llegado hasta esa parte de la montaña y había dejado ahí sus cosas. No sabíamos cuánto tiempo llevaban abandonadas ni qué había ocurrido con su dueño. Mientras revisábamos la mochila, escuchamos otro rugido mucho más cerca. Nos levantamos de inmediato. Casi enseguida llegó otro sonido desde atrás por la dirección del camino que habíamos usado para subir. No sabíamos si era el mismo animal moviéndose alrededor o si había más de uno. Pedro cerró su equipo y dijo que nos marchábamos y esta vez nadie discutió. Guardamos solo lo que

teníamos a la mano y empezamos a bajar por el mismo camino. Sergio iba adelante, yo caminaba detrás de él. Pedro y Mario cerraban el grupo. Llevábamos unos minutos descendiendo cuando Sergio levantó una mano y se detuvo. Frené detrás de él y miré hacia donde estaba viendo. Entre los árboles había una figura alta y oscura, quieta, a poca distancia del camino. Pensé en un oso erguido, pero la figura dio un paso hacia nosotros y luego otro. Caminaba sobre dos piernas. Salió de la vegetación y quedó a

la vista. Era más alta que cualquiera de nosotros. Tenía el cuerpo cubierto de pelo oscuro, hombros anchos, brazos largos y una cabeza grande inclinada hacia delante, y las manos colgaban a los lados. Nos quedamos quietos. Pedro nos indicó en voz baja que retrocediéramos despacio y obedecimos, pero la figura avanzó al mismo tiempo. Al acercarse pudimos ver mejor las manos. Los dedos terminaban en uñas largas. Sergio retrocedía sin apartar la vista. Mario estaba detrás de mí y preguntó qué era aquello, pero nadie tenía una respuesta. La

figura siguió acercándose. Cuando estuvo a unos 15 m, pude distinguir la cara. Tenía pelo alrededor de la cabeza y el cuello, la parte frontal más descubierta, la mandíbula saliente y la boca ancha. Su rostro tenía rasgos humanos y rasgos de un animal de tipo cánido. No intenté ponerle un nombre. En ese momento solo me importaba que estaba frente a nosotros. Caminaba erguido y bloqueaba el paso por donde teníamos que bajar. Pedro habló primero y le dijo que ya nos íbamos, que no queríamos problemas y que

solo necesitábamos pasar. La criatura se detuvo y nadie se movió. Entonces escuchamos algo detrás de nosotros y giramos por reflejo apenas un segundo. Cuando volví la vista hacia el camino, aquella cosa ya venía corriendo hacia nosotros y la distancia se cerró en unos segundos. Mario se apartó hacia un lado. Yo retrocedí y Sergio intentó moverse, pero aquella cosa llegó antes. Lo agarró del cuello con una sola mano y lo levantó hasta dejarlo con los pies fuera del suelo. Sergio soltó el equipo y llevó las dos

manos al brazo que lo sostenía. Patió, trató de girar el cuerpo y apenas podía respirar. La mano del ser le rodeaba el cuello sin cerrarse por completo. Las uñas quedaban junto a la mandíbula y una de ellas le abrió la piel. Pedro dio un paso al frente y se detuvo. Yo estaba a pocos metros y vi con claridad el brazo extendido, la mano cerrada y a Sergio suspendido frente a nosotros. No había nada que interpretar en ese momento. Entonces habló. La voz. Salió de la criatura

y era la misma que habíamos escuchado desde que llegamos. nos ordenó que nos fuéramos. Dijo que ya nos había advertido y que ese lugar era su territorio. Después añadió que si seguíamos ahí tendríamos que aceptar las consecuencias. habló despacio y las palabras se entendieron sin esfuerzo. Pedro respondió que nos íbamos, que el trabajo terminaba ahí y que solo queríamos sacar a Sergio. La criatura mantuvo la mirada sobre nosotros unos segundos y luego abrió la mano. Sergio cayó de espaldas y quedó tendido en el suelo. Pedro

y yo fuimos hacia él, lo sujetamos por los brazos y conseguimos ponerlo de pie. En ese momento, el ser lanzó otro rugido. Mario empezó a bajar por el camino y nosotros fuimos detrás con Sergio entre los dos. No recogimos las herramientas ni volvimos por las mochilas. Parte del equipo quedó donde había caído Sergio y otra parte seguía cerca del deslizamiento. La verdad, yo solo quería llegar a la camioneta. Sergio podía caminar, aunque respiraba con dificultad y mantenía una mano sobre el cuello. Pedro le dijo que

siguiera mientras pudiera y que lo revisaríamos cuando estuviéramos más abajo. Empezamos a descender rápido, sin correr en los tramos donde el terreno estaba suelto, porque una caída podía dejarnos ahí. Detrás de nosotros se escuchaban ramas y golpes entre los árboles. A veces el ruido aparecía a nuestra izquierda, luego más atrás. No sabíamos si era el mismo ser moviéndose por la ladera o si había otro. Nadie quiso detenerse para averiguarlo. Mario se adelantaba demasiado y varias veces tuvimos que llamarlo para que esperara. Él decía que seguía

escuchando movimiento detrás y quería salir de ahí cuanto antes. Sergio tropezó dos veces y en una cayó de rodillas, pero logró levantarse. Cuando vimos sangre en un lado de su cuello, nos detuvimos junto a unas rocas. Pedro sacó una gasa, limpió la zona y presionó la herida. No era profunda, pero seguía abierta. Mientras lo atendía, escuchamos pasos entre los árboles a cierta distancia, avanzando casi en la misma dirección. Los cuatro guardamos silencio. Esperamos lo mínimo. Pedro aseguró la gaza y continuamos. Desde ese punto ya no

volvimos a parar. El camino se hizo más fácil cuando llegamos a la parte baja. Mario reconoció primero la zona donde habíamos dejado la camioneta y aceleró el paso. Yo llevaba a Sergio del brazo y Pedro caminaba al otro lado. Llegamos al vehículo, abrí las puertas y subimos de inmediato. Pedro se sentó atrás con Sergio. Mario ocupó el asiento delantero y yo encendí el motor. Antes de movernos, escuché un golpe detrás. Miré por el espejo y vi una figura junto a los árboles. Estaba de pie, a

una distancia suficiente para verla completa. Tenía la misma altura y la misma forma general del ser que había agarrado a Sergio, pero no avanzó. Se quedó ahí mientras metía la camioneta en el camino y empezaba a bajar. Conduje demasiado rápido al principio y Pedro me pidió que redujera la velocidad, pues el camino estaba en malas condiciones y si nos salíamos no tendríamos forma de pedir ayuda desde esa zona. Bajé un poco la velocidad y seguí. Nadie habló durante varios minutos. Sergio respiraba mejor, aunque tenía la

voz ronca y evitaba mover el cuello. Mario miraba hacia atrás con frecuencia. Yo solo estaba pendiente del camino y de llegar a un punto donde hubiera señal. Cuando el teléfono recuperó cobertura, llamamos a la empresa y avisamos que habíamos tenido un incidente, que Sergio estaba lesionado y que necesitábamos atención médica. No explicamos por teléfono lo que había pasado con aquel ser. Lo atendieron ese mismo día. tenía marcas alrededor del cuello, un corte debajo de la mandíbula y golpes de la caída. La lesión de la mano

no había alcanzado zonas profundas y pudo salir después de la revisión, aunque pasó varios días con dolor y limitación para mover el cuello. Nosotros tuvimos que dar un informe de lo ocurrido. Nos entrevistaron por separado y cada uno contó lo que había visto. También entregamos las fotografías de las huellas que Mario había tomado durante el recorrido. teníamos una imagen de la criatura, pues cuando apareció frente a nosotros, ninguno sacó el teléfono y después de que agarró a Sergio, pensar en una fotografía dejó de tener sentido.

Nos preguntaron qué era y yo respondí que no lo sabía. Podía describir lo que vi. Un ser erguido más alto que nosotros, cubierto de pelo, con brazos largos, manos grandes, uñas largas y una cabeza con rasgos humanos y cánidos. También podía afirmar que habló porque estaba frente a nosotros cuando lo hizo y los cuatro escuchamos las mismas palabras. No añadí nada más. Pedro, Sergio y Mario hicieron lo mismo. La empresa quiso saber si aceptaríamos regresar con más personal para recuperar el equipo y terminar la inspección.

Los cuatro nos negamos. En mi caso, la decisión fue inmediata. Pedro tampoco quiso volver y Mario dijo que no entraría otra vez en esa montaña. Sergio fue el más firme porque había estado en la mano de aquella cosa y sabía la fuerza que tenía. El proyecto siguió sin nosotros. Durante un tiempo pregunté por el equipo que habíamos dejado, pero nunca me dieron una respuesta completa y dejé de insistir. Tiempo después, en el trabajo, escuché a uno de los empleados decir que lo que habíamos visto podía

ser un nahual. Otro aseguró que en esa zona ya se hablaba de cosas parecidas desde hacía años. Yo no pregunté más y tampoco busqué información ni traté de averiguar si esas historias tenían alguna relación con lo que nos ocurrió. Para mí no cambiaba nada. Podían llamarlo nahual, animal o cualquier otra cosa. Yo sabía lo que había visto y sabía lo que le había hecho a Sergio. Desde entonces preferí dejar el asunto ahí. No necesito entenderlo. Solo sé que nunca volveré a ese lugar. Yo continué trabajando

como ingeniero, aunque cambié la forma en que aceptaba trabajos de campo. Dejé de entrar a zonas aisladas, sin comunicación, sin una salida clara y sin condiciones para retirarnos de inmediato si algo ocurría. Pedro tomó una decisión parecida. Mario dejó los trabajos de campo tiempo después y Sergio tardó bastante en volver a una montaña. Con los años hemos hablado poco de aquel día. Cuando el tema sale, ninguno intenta completar lo que no sabe, ni buscar una explicación que no tiene. Yo sigo recordando con precisión el momento

en que llegamos a la camioneta y miré por el espejo. La figura seguía junto a los árboles, quieta, observándonos mientras nos alejábamos. No corrió detrás del vehículo y no intentó cerrarnos el paso. Se quedó en el límite del bosque hasta que la curva la sacó de mi vista. Eso fue lo último que vi de aquella criatura. Durante los meses siguientes, recibí propuestas para volver a revisar esa zona, pero rechacé todas y pedí que no me asignaran trabajos ahí nuevamente. Nunca regresé a esa montaña. Si te

gustó esta historia, te recomiendo ir a ver. Nahual se convirtió frente a mi abuelo y también militares contra un nahual en la sierra de Nayarit.

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