Alguien Estaba Esperando Mi Caída

Antes de que todo empezara, mi vida era sencilla. Trabajaba en una oficina en la ciudad, en un área llena de escritorios, computadoras y ruido de teclados todo el día. Mi lugar estaba junto a una ventana que daba a otro edificio. Entraba, encendía la computadora, revisaba correos, contestaba pendientes y así se me iba la jornada. Tenía en ese trabajo. Conocía el sistema, conocía a los compañeros, conocía las temporadas pesadas y las flojas. Era una rutina clara y en cierto modo cómoda. Vivía solo en un departamento chico,

a unos minutos de la oficina, un cuarto, sala y cocina juntos, baño pequeño, pero suficiente para mí. Me levantaba, me bañaba, me vestía y pasaba por un café de máquina y llegaba a tiempo. Comía lo que se podía, a veces algo del comedor de la empresa, a veces comida corrida. Regresaba a casa, calentaba algo sencillo, revisaba un rato el celular y me acostaba a dormir. Antes de todo esto, no tenía problemas de salud, no tomaba medicinas, casi no me enfermaba y no padecía dolores raros. Me

consideraba una persona estable, sin pleitos fuertes con nadie. Las cosas cambiaron. Cuando llegó la compañera nueva, la contrataron para el área donde estaba yo. Era una joven de unos veintitantos años, de estatura media, cabello oscuro y lacio, siempre recogido en una coleta o en un chongo sencillo. Se vestía con ropa formal, blusas lisas, pantalones negros, zapatos cómodos, seria de apariencia. Pero desde el primer día fue muy amable conmigo. Me saludó con una sonrisa, se presentó, me dijo que todavía no entendía bien el sistema y que

si podía le explicara algunas cosas. Al principio se acercaba con pretextos de trabajo, se paraba junto a mi escritorio con una hoja en la mano y me preguntaba cómo llenar cierta parte de algún documento, pero siempre pláticas rápidas. Después los acercamientos cambiaron. Una mañana llegó con dos cafés desechables y dejó uno en mi escritorio. Dijo que se había confundido al pedir y que le sobraba. Otro día fue un pan dulce, luego un chocolate. Comentaba que había comprado de más o que le habían regalado varios y

no quería que se echaran a perder. Con el tiempo empezó a llevar comida hecha en su casa. Un día llegó con un recipiente de plástico lleno de arroz con pollo. Me dijo que su mamá cocinaba mucho y que le había mandado de sobra. Luego llegó con postres. Me comentaba que a ella le gustaba cocinar, que se relajaba preparando cosas y que le parecía mala idea que yo comiera cualquier cosa en la calle. Yo lo tomé como una atención y me convenía. Cuando coincidíamos en el horario,

comíamos juntos en la zona de descanso. Ahí empezó a preguntarme más cosas, ya no solo de trabajo. Me preguntó si vivía solo o con alguien más. Le dije que vivía solo y quiso saber si tenía pareja, si mi familia vivía en la misma ciudad o en otra y en qué colonia vivía o cuánto tiempo tenía en ese departamento. De paso, me preguntó mi fecha de nacimiento, según ella, para saber mi signo. También quería saber qué me gustaba hacer en mis ratos libres, si salía mucho, si

tomaba o si me gustaban las fiestas. lo hizo con naturalidad, como si fueran pláticas comunes. Yo respondí sin desconfianza, pues la verdad no vi problema en eso. Me llamó la atención que casi siempre traía una libreta pequeña. La usaba para apuntar cosas del trabajo, pero varias veces noté que escribía algo mientras hablábamos de temas personales. No me detuve a preguntar qué anotaba, lo registré en mi mente como un detalle curioso y lo dejé pasar. Con el tiempo empecé a anotar otras cosas en su escritorio. Un

día, al buscar una engrapadora que me pidió prestada, vi que en uno de sus cajones tenía velas guardadas envueltas en papel. A un lado había un frasco con sal y unos papeles doblados. Pensé que serían cosas de su casa que no quería dejar tiradas en la bolsa. Cerré el cajón y seguí con lo mío. Varias veces la escuché hablar por teléfono en voz baja. Decía que tenía reunión con las chicas o que ya casi estaba listo lo que le encargaron. No mencionaba nombres ni lugares conocidos.

Yo escuchaba eso de fondo, pero sin darle mayor peso. Los cambios en mi cuerpo empezaron después de varias semanas de estar comiendo lo que ella me llevaba. Primero fue el cansancio. Terminaba la jornada con una pesadez, como si el día hubiera sido más largo, luego el sueño. Dormía muchas horas, pero me despertaba como si no hubiera descansado. El dolor de cabeza se hizo constante. No era un dolor agudo, sino una presión, como si trajera una banda ajustada alrededor del cráneo. Después llegó una sensación rara en

el cuerpo, sobre todo después de comer, pesadez, náuseas leves y una especie de malestar general. Me di cuenta de que eso se repetía. Más los días en que aceptaba su comida, los días en que comía algo comprado fuera, me sentía un poco mejor. No hice la conexión de inmediato, pero la coincidencia estaba ahí. Las noches también cambiaron. Empecé a tener sueños donde ella aparecía. En uno de ellos estaba sentado frente a una mesa que no reconocía. Frente a mí estaba ella con la misma ropa de

oficina, pero a su alrededor había otras mujeres. No las veía con claridad, pero sabía que estaban ahí sentadas mirando. En otro sueño estaba en la oficina, pero todos los escritorios estaban vacíos, menos el de ella. Sobre el mío había platos, recipientes, servilletas con manchas como si hubieran servido comida. Y me despertaba sudando con el corazón acelerado y la sensación de haber estado metido en algo que no entendía. En la oficina empezó a haber detalles más concretos. Un día, al acomodar mis cosas, encontré una servilleta en

mi cubículo con mi nombre escrito varias veces en distintas direcciones. La letra parecía la de ella. Me pareció un juego raro, pero no dije nada. Otro día, al pasar por su lugar, vi que en la superficie de su escritorio tenía una foto mía impresa. Era una foto que yo había subido a mis redes sociales. Le pregunté qué hacía con esa foto. Se rió y dijo que la había impreso por juego, que le parecía curiosa mi cara. No la tiró en ese momento, solo la puso debajo

de unos papeles. Eso me incomodó de verdad. Lo disimulé, pero me quedó dando vueltas en la cabeza. Un compañero de área medio burlón me dijo que a ella se le notaba el interés, que parecía que quería algo más conmigo. El comentario me hizo ruido porque encajaba con los detalles, pero en ese momento yo estaba más pendiente de cómo me sentía físicamente. Cada vez que comía algo preparado por ella, terminaba la tarde con la cabeza doliendo y con ganas de recostarme sobre el teclado. Me miraba en

el espejo del baño y veía ojeras marcadas, el semblante apagado, como si hubiera pasado varias noches en vela. Empecé a rechazarle algunos platillos. Le decía que ya había comido o que tenía algo pendiente. Ella insistía. Me decía que era una lástima tirar la comida, que al menos me la llevara a mi casa para más tarde. La tarde que lo entendí un poco más, estaba buscando un documento en mi escritorio. Abrí un cajón que casi no usaba, donde tenía papeles viejos y cosas que rara vez tocaba.

Entre todo eso, vi una bolsa escondida metida al fondo. No era algo mío. La tomé y sentí que estaba cerrada con algo de tierra y objetos duros dentro. En ese instante se me hizo un nudo en el estómago. No la abrí ahí en medio de la oficina. La guardé en mi mochila, cerré el cajón y terminé el día como pude. Mientras apagaba la computadora y me ponía la chamarra, supe que todo lo que había sentido y visto alrededor de esa compañera ya no entraba en la

categoría de simple interés y comida por amabilidad. Algo más se estaba moviendo y la prueba la llevaba guardada conmigo. Esa bolsa se quedó en mi mente todo el camino de la oficina a mi departamento. Casi no recuerdo el trayecto. Llegué, cerré la puerta con seguro y me fui directo a la mesa del comedor. Saqué la bolsa de la mochila y la puse frente a mí. Me quedé viéndola unos segundos pensando si quería de verdad saber que tenía. Al final la curiosidad y el miedo fueron iguales,

así que la abrí con cuidado. Era una bolsa simple de plástico cerrada con cinta. La abrí despacio y vacié el contenido sobre la mesa. Lo primero que cayó fue tierra oscura, seca en unas partes y pegada en otras. Entre la tierra salieron granos de sal gruesos que hicieron ruido al chocar con la mesa. Luego vi papeles doblados, los fui abriendo uno por uno y en todos estaba escrito mi nombre completo, repetido varias veces con la misma letra apretada. Algunos tenían partes manchadas como si los hubieran

mojado y secado después. Entre esos papeles apareció un recorte de una foto mía. Era la misma foto que había visto en su escritorio, esa que sacó de mis redes sociales. La habían recortado alrededor de mi cara y el borde estaba sucio, con tierra pegada. Seguí revisando y encontré pedazos de hilo negro y rojo atados en nudos duros. Al final salió un trozo pequeño de tela. Lo tomé y lo miré de cerca. Reconocí la tela al instante, pues era de una camisa mía que un día vi

con una parte cortada en la parte de abajo. Pensé que la había atorado con algo o que se había rasgado en la lavadora, pero ahora tenía ese pedazo delante de mí suelto y manchado. Me quedé viendo todo eso extendido en la mesa. De verdad que nada de eso debía existir fuera de mi casa y mucho menos en una bolsa escondida en un cajón de la oficina. Yo no armé eso. Yo no lo puse ahí y nadie más tenía por qué meter mano en mis cosas. En

ese momento todo se juntó en la cabeza. La comida que me llevaba, las preguntas sobre mi vida, el cansancio que no se quitaba, los mareos y los sueños. Ahí se me vino a la mente eso era brujería. No me lo tomé como chiste ni como exageración de pueblo. Ahí estaba sobre mi mesa. No me sentí capaz de manejar eso. Solo pensé en mi familia y se me vino a la mente. Una tía que siempre ha hablado de esos temas con seriedad, sin burlarse, pero sin hacer

teatro. Le marqué y le conté lo que me estaba pasando desde que comencé a aceptar la comida de la compañera, de cómo me sentía cansado, los dolores de cabeza. y los sueños raros. Luego le describí la bolsa que encontré en mi cajón del escritorio, la tierra, la sal y todo eso. Me escuchó en silencio y luego me dijo directo que eso era un trabajo de brujería. Usó esa palabra. Dijo que no sonaba a un simple intento de enamorarme, sino a algo más fuerte. me comentó que

era muy probable que esa muchacha no trabajara sola, que perteneciera a un grupo de mujeres que se juntan para eso. Me dijo que no me quedara solo con esa información y me propuso llevarme con una bruja o curandera que ella conocía desde hacía años. Aclaró que no era de las que se anuncian en todos lados, que solo atendía a quien llegaba por recomendación. Acepté y al día siguiente fuimos a verla. Su casa estaba en una colonia sencilla. Al entrar vi en una esquina un altar pequeño

con velas consumidas, un vaso con agua y unas cuantas imágenes religiosas. La mujer me miró desde que crucé la puerta. Era de edad avanzada, de piel marcada, con el cabello recogido. Me indicó una silla frente a la mesa. Me preguntó cómo me sentía, desde cuándo estaba así y qué me habían dicho los médicos. Le conté lo básico, cansancio, mareos, dolores y estudios normales. Después saqué la bolsa y le mostré el contenido. Ella no se sorprendió y fue sacando las cosas que había en ella y las

fue acomodando sobre la mesa como si armara un esquema. dijo que eso estaba muy claro y me afirmó que no se trataba de que la compañera quisiera solo tener mi atención, sino de prepararme para algo. Me explicó que ese tipo de trabajos los hacen cuando necesitan a alguien debilitado, aislado, sin mucha gente encima de él, fácil de controlar y de mover. Me preguntó si vivía solo. Le dije que sí. Me preguntó si mi familia estaba en la misma ciudad y le dije que no. Me preguntó

si alguien pasaba a verme a la oficina. Le dije que nadie y ella asintió y dijo que justo por eso era el candidato perfecto. Luego vino la limpia, se levantó, encendió una vela y pasó la flama alrededor de mi cuerpo de la cabeza a los pies. Después tomó un huevo, lo giró entre sus manos y lo pasó por mi frente y así por todo el cuerpo completo. Encendió unas hierbas sobre un carbón y el humo empezó a llenar la habitación. Me pidió que cerrara los ojos

y respirara despacio. El cuerpo reaccionó. Me empezaron náuseas. El estómago se me revolvió y sentí escalofríos. Me dieron una cubeta por si tenía que vomitar. Al poco rato saqué un líquido espeso que me dejó temblando. Me dolía la cabeza y sentía las piernas flojas, pero la mujer me dijo que eso era parte de lo que había entrado con la comida y con las cosas que habían puesto en mis pertenencias. Puso el huevo en un vaso con agua y lo miró con atención. No entendí lo que

vio, pero afirmó que el trabajo ya estaba avanzado, aunque no cerrado del todo. Dijo que estaba a tiempo de salir, pero que tenía que hacerlo bien. Me aclaró que esa bruja no estaba sola, que pertenecía a un círculo de brujas que se juntan para trabajos más pesados. dijo que por eso hablaba de reuniones, que por eso decía que ya casi lo tenía listo. Me aseguró que mientras yo siguiera comiendo lo que me daba y trabajando en el mismo lugar, ellas tendrían forma de seguir alimentando ese

trabajo. Regresé a la oficina unos días después, pero con otra mirada. Ya no veía a la compañera solo como alguien amable. La veía como la bruja que era y la persona que había sentado delante de mi cubículo, una bolsa con mi nombre, mi foto y mi ropa mezcladas con tierra y sal. Empecé a escuchar con más atención lo que decía. Un día la oí hablar por teléfono y decir que no faltaba mucho, que él ya estaba muy cansado y que solo tenían que esperar la siguiente

reunión. no dijo mi nombre, pero en ese momento no me hizo falta escucharlo. Una tarde la vi salir de la oficina con una bolsa grande. La seguía a distancia. No quise acercarme demasiado para que no me viera. Tomó un transporte y bajó en una colonia que no conocía. Caminó hasta una casa de fachada simple. Desde la esquina vi cómo tocaba la puerta y cómo la abrían otras mujeres. Entró sin voltear atrás y poco después llegaron dos más, también con bolsas, pero no me quedé a ver

más. Con esa imagen me bastó. Volví con la bruja y le conté lo que había escuchado y visto. Ella no se sorprendió. me dijo que lo peor que podía hacer era enfrentarla o decirle que sabía lo que estaba haciendo. Me afirmó que ellas viven de eso, que no van a aceptar un no así de fácil. me dijo que mi salida no estaba en pelear, sino en irme de ahí, cambiar de trabajo, de zona y de ciudad si era posible, en pocas palabras, cortar todo contacto. Dijo

que podía ayudarme a limpiar lo que ya estaba en mi cuerpo, pero que mientras yo siguiera viéndola todos los días, siempre encontraría la manera de seguir metiendo cosas en mi vida. Esa noche decidí irme. Preparé una renuncia con la excusa de una oferta en otra ciudad. Hablé con un primo que vivía lejos y le pedí apoyo para llegar unos días con él en lo que encontraba un lugar. En el departamento empecé a separar lo que de verdad necesitaba: ropa, documentos y algunas cosas personales. Lo demás

lo guardé o lo dejé. No quise llevarme nada que hubiera estado demasiado tiempo en la oficina. Entregué mi renuncia en recursos humanos sin mencionar brujería ni trabajos. Dije que era una oportunidad que no podía dejar pasar. Ese mismo día cambié de número de teléfono y en mis redes sociales borré a la compañera y desaparecí cualquier forma de contacto. No pasé a despedirme a su lugar, solo salí de ahí como cualquier otro día, pero con la decisión tomada. En el camión que me llevó a la otra

ciudad sentí una mezcla rara. Por momentos pensaba que estaba exagerando, que quizá todo tenía otra explicación. Luego recordaba lo que me había hecho esa bruja que quería acabar con mi vida, los síntomas y los dolores, y me repetí que prefería parecer exagerado y estar vivo, que seguir ahí hasta ver en qué acababa todo eso. En la nueva ciudad empecé de cero. Conseguí un trabajo en otra oficina con gente que no sabía nada de lo que me había pasado. Renté un departamento sencillo y armé una rutina

parecida a la que tenía antes, pero con otra cabeza. Mi cuerpo respondió. El cansancio empezó a bajar. Los mareos casi desaparecieron y los dolores de cabeza se hicieron menos frecuentes. Dormía sin ver mesas llenas de platos ni mujeres sentadas alrededor. Fui con médicos y me dijeron que estaba bien, que no veían nada grave. El miedo, en cambio, no se fue del todo. Cada vez que alguna compañera nueva se muestra demasiado amable y me ofrece comida, una parte de mí se tensa. Ya no acepto platos preparados

por gente que apenas conozco. Ya no cuento mi vida a cualquiera. Y cada vez que abro un cajón en mi trabajo, en cualquier oficina, antes de buscar papeles, reviso que no haya una bolsa escondida entre mis cosas con mi nombre escrito adentro, porque sé por experiencia propia que a veces el peligro no llega con gritos ni golpes, sino con una sonrisa y un plato de comida caliente. Si te gustó este video, te recomiendo ir a ver la curandera bruja y también la bruja que maldijo a

toda una colonia.

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