
Hola familia, gracias a Only Tubers sabemos quiénes son nuestros mejores seguidores y también hemos tenido muchísimas más visitas, ya que quien nos sigue en Only Tubers nunca se pierde una notificación de nuestros videos. Muchas gracias y continuamos con el relato. Tengo 43 años. Lo que voy a contar ocurrió durante el verano de 1994, cuando yo tenía 11 años. Durante casi toda mi vida, en mi familia nos referíamos a aquello simplemente como el perro. Mi abuela nunca permitió que lo llamáramos de otra manera. La primera vez
que entendí por qué fue la noche en que mi primo y yo vimos a aquel animal abrir la puerta trasera de la casa. puso una de sus patas delanteras sobre el pasador. Después se levantó solo lo suficiente. Levantó el pasador como lo haría una persona y antes de volver a caer sobre sus cuatro patas giró la cabeza y nos miró directamente. Mi primo me agarró del brazo. Ninguno de los dos pudo decir nada. El animal entró al patio de mi abuela y fue directamente hacia la
habitación donde dormía mi hermano de 6 años. Fue entonces cuando mi primo me susurró algo que todavía recuerdo palabra por palabra. No dejes que sepa que lo viste hacer eso. Mi hermano Luis y yo nos estábamos quedando con mis abuelos porque mi papá había tenido un accidente en el trabajo. Se cayó de un andamio en una construcción y se lastimó la cadera lo suficiente como para que mi mamá tuviera que pasar casi dos meses yendo y viniendo del hospital a nuestro departamento. No había quien nos
cuidara, así que nos mandó con sus padres. vivían en un pueblo de Nayarit, cuyo nombre prefiero no decir porque algunas de las familias que voy a mencionar quizá todavía tengan parientes en la zona. La casa de mis abuelos estaba cerca de la orilla del pueblo. Detrás había corrales, terrenos secos, árboles de mango y más lejos un canal de riego. La casa era larga y angosta, cocina al frente y dos recámaras a un lado. Había también una habitación más grande al fondo, un patio techado y un
terreno de tierra con un árbol de guayaba junto a una de las paredes. Mi abuelo Rafael tenía tres cabras, gallinas y dos perros. Los perros se llamaban Moro y Capitán. Moro ya estaba viejo. Capitán era más joven y medio tonto, como suelen ser algunos buenos perros. La primera semana que estuvimos ahí, capitán dejó de dormir en el patio trasero. Todas las tardes, mi abuelo arrastraba la cobija vieja de capitán hasta debajo del lavadero. Y todas las mañanas la cobija aparecía al frente de la casa. Al
principio mi abuelo pensó que alguno de nosotros la movía. Una noche amarró a capitán al poste con su cadena. A la mañana siguiente la cadena seguía ahí. Capitán no lo encontramos debajo de la camioneta de mi abuelo. No quiso salir hasta casi al mediodía. Mi abuelo revisó la cadena. El gancho y el collar estaban intactos. Mi abuelo los miró durante unos segundos y dijo, "Seguro se zafó. Esa fue la explicación. Mi abuela no dijo nada, pero esa tarde movió la cama de Luis lejos de la
ventana. Mi abuela Emilia era una mujer muy práctica. Odiaba las historias de fantasmas y ese tipo de conversaciones. Una vez mi primo Tabo nos dijo que había una mujer muerta que caminaba cerca del canal. Mi abuela lo escuchó y le dio un golpe en la nuca. Deja de estarles llenando la cabeza de tonterías", le dijo. Tabo se rió, pero ella no. Mi abuela había trabajado como partera cuando era joven. En esos años no había una clínica cerca y alguien tenía que ayudar a las mujeres a
tener a sus hijos. Para cuando yo la conocí, ya casi no lo hacía, pero la gente todavía iba a verla por otras cosas, fiebres cortadas, quemaduras, dolores de estómago. Mi mamá decía que mi abuela podía saber que una mujer estaba embarazada antes de que la propia mujer. Cuando yo era niño, creía que eso era magia. Años después, mi mamá me explicó que mi abuela simplemente era muy observadora. Se fijaba en todo. Ese verano se dio cuenta de que mi hermano había empezado a hablar dormido. Una
noche mi abuela entró al cuarto y me despertó. Entró a oscuras, puso un dedo sobre sus labios y señaló a Luis. Estaba sentado en la cama con los ojos cerrados y en silencio. Mi abuela se acercó y le tocó el hombro. Luis susurró, "Está esperando. Mi abuela se quedó inmóvil, eso sí lo recuerdo. Su mano se detuvo antes de tocarlo. Luego lo sacudió con fuerza. Luis despertó llorando. Mi abuela le preguntó qué había pasado. No sé, dijo él. Dijiste que alguien estaba esperando. Dime quién. No
sé, dijo Luis y empezó a llorar más. Mi abuela lo abrazó. Yo pensé que estaba enojada. Ahora sé que estaba asustada. Se quedó con nosotros hasta que amaneció. Mi primo Gustavo vivía a tres calles. Todos le decíamos, tenía 14 años. Para mí esa edad ya era ser un adulto. Sabía manejar la camioneta de mi tío. Fumaba cigarros detrás de una bodega de granos abandonada. Había besado a dos muchachas, o al menos eso decía. Él sabía qué hombres del pueblo engañaban a sus esposas y qué comerciantes
rebajaban el alcohol con agua. También conocía todas las historias que se contaban sobre los cerros. Tabo fue la primer persona que utilizó la palabra na. Estábamos arreglando una llanta de bicicleta cuando le conté que capitán ya no quería dormir atrás. Tabo ni siquiera levantó la vista. Algo anda viniendo, le dije. Seguramente otro perro. Contestó. Entonces, ¿por qué le tiene miedo, capitán? Él simplemente se encogió de hombros. Bueno, entonces a lo mejor no es otro perro. ¿Qué quieres decir? Tabo apretó el parche sobre la cámara de
la llanta. ¿Alguna vez has visto a un aal? No, le contesté. Más o menos lo sabía. una persona que se convertía en animal, así lo explicaban otros niños, una bruja, un hechicero, alguien que podía transformarse en perro, coyote, cerdo o cualquier otro animal. Le dije que eso era una tontería. Tabo respondió que probablemente, pero si esa noche escuchaba algo caminar sobre el techo, me pidió que no saliera. Esa misma noche algo caminó sobre nuestro techo. Era después de medianoche. Lo sé porque más tarde me levanté
a mirar el reloj del pasillo. Al principio pensé que alguien estaba aventando piedritas. Después el sonido se movió despacio desde el lado de la cocina hacia nuestro cuarto. El techo era de teja vieja sobre vigas de madera y los gatos caminaban por ahí todo el tiempo. Aquello pesaba más. Se oyó una pausa, otro paso y una teja se movió. Luis despertó y dijo mi nombre. Rápidamente lo chité. Los pasos se detuvieron exactamente encima de nosotros. Ninguno se movió. Algo raspó una teja. Una vez, dos. Después
escuchamos una respiración junto a la ventana que tenía póstigos de madera y mosquitero. En lugar de vidrio, tenía solo el mosquitero. La respiración era baja y pesada. Luis se cubrió la cabeza con la cobija. Yo me quedé viendo la sombra de la ventana. Algo presionó el mosquito. Hacia adentro. Alcancé a distinguir una nariz o un hocico. Luego desapareció. Unos segundos después, capitán comenzó a ladrar desde frente de la casa. Moro también. Lo que estaba fuera de nuestra ventana se alejó. Escuché la tierra crujir. Mi abuelo
gritó. Después todo quedó en silencio. A la mañana siguiente había huellas debajo de la ventana, huellas de perro grande. Mi abuelo las miró. Tabo estaba ahí también. Mi tío Héctor. Mi tío se agachó. Es un perro grande, dijo mi abuelo. Asintió. Tabo preguntó de quién sería. Nadie sabía de quién podría ser. Mi abuelo siguió las huellas por el patio. Iban hacia el árbol de guayaba y luego hacia la puerta. Mi abuelo siguió mirando la madera. Las marcas estaban junto al pasador del lado interior. El animal
había estado dentro del patio. Mi abuelo miró hacia la ventana de Luis. Mi abuela estaba parada en la puerta y dijo, "Cámbialos al cuarto de adelante." Pero mi abuelo contestó, "Fue un perro. Entonces cámbialos por el perro. Esa tarde movieron nuestros colchones al cuarto junto al de mis abuelos. Durante tres noches todo estuvo tranquilo. Los perros volvieron a dormir normalmente y Luis dejó de hablar dormido. Mi abuelo nos dijo que seguramente algún vecino tenía un masting grande que se había escapado. Sonaba razonable. Yo le creí.
Después desapareció una cabra. Era la más joven. La encontramos a la mañana siguiente cerca del canal. Estaba viva. Todavía tenía la cuerda amarrada al cuello y no tenía una sola herida. Lo raro era dónde había aparecido. El canal estaba separado del terreno de mi abuelo por dos cercas y una pared de piedra. Una cabra podía salir por la puerta si alguien la dejaba abierta, pero las dos estaban cerradas y la cerca intacta. Mi abuelo revisó todo. Tabo llegó mientras regresábamos a la cabra y preguntó qué
había pasado. Mi abuelo dijo, "¿Alguien está haciendo alguna chingadera?" A partir de ahí, mi abuelo se convenció de que alguien estaba entrando por las noches. Empezó a dormir con la escopeta junto a la cama. Mi abuela se molestó cuando la vio. "Sé usar un arma, mujer", le dijo mi abuelo. "Los [ __ ] también", contestó mi abuela. Él lo ignoró. Esa noche Tabo y yo decidimos quedarnos despiertos. Nadie nos pidió hacerlo. Nadie sabía. Nos escondimos detrás del abadero viejo, desde donde se veía casi todo el
patio. Tabo llevó una linterna y yo llevé galletas. Yo tenía 11 y el 14. Para nosotros todavía era una aventura. Durante la primera hora cuchiche y nos reímos. Para la 1 de la mañana ya creíamos que no iba a ocurrir nada. Tabo dijo que se iba. Entonces Capitán se levantó, pegó las orejas hacia atrás y caminó lentamente hacia el frente de la casa. Moro hizo lo mismo. Ninguno hizo ruido. Algo se movió del otro lado de la pared. Tabo me agarró del brazo. Una figura negra
apareció cerca de la puerta trasera. Al principio parecía un perro. Uno muy grande. Los hombros estaban más altos que los de capitán. El cuerpo era delgado, la cabeza colgaba un poco. Caminó hacia la puerta, se detuvo, miró por los espacios entre las tablas, luego levantó una pata delantera y la apoyó sobre el pasador. Yo miré a Tabo porque pensé que no estaba entendiendo bien lo que veía. El animal se alzó sobre sus patas traseras y se impulsó hacia arriba. El animal volvió a bajar y entró.
Después giró la cabeza directamente hacia nosotros. Solo alcancé a distinguir ese movimiento. Tabo susurró, "No te muevas." El animal caminó hacia la casa, hasta el cuarto donde Luis dormía antes de que mi abuela nos cambiara. Se detuvo bajo la ventana, olfateó el suelo y se quedó ahí esperando. Tabo comenzó a jalarme hacia atrás. Muy despacio, nos arrastramos hacia la lavandería, no hablamos hasta cerrar la puerta. Entonces Tabo dijo, "¿Viste la puerta?" "La sentí. ¿Viste cómo la abrió? Volví a sentir. Tabo parecía enfermo. No le digas
a tu abuelo, me dijo. ¿Por qué? Va a ir detrás de él. A lo mejor debería, le dije yo. Tabo negó. Mi papá dice que no le disparas a algo si no sabes qué es. Nos quedamos ahí hasta que amaneció. Cuando regresamos al patio, el animal ya no estaba. Tabo quiso averiguar hacia dónde se había ido. Yo ya estaba suficientemente asustado como para querer quedarme en la casa, pero tenía 11 años y terminé siguiéndolo. Encontramos huellas cerca de la puerta. Se veían claramente en la tierra
cuatro dedos y almohadillas grandes. Cruzaban el camino, pasaban detrás de un cobertizo, bajaban hacia el canal. Tabo iba adelante, de pronto se detuvo. Casi choqué con él. Él señaló. Las huellas habían cambiado sin un punto claro donde una forma terminara y comenzara la otra. Una parecía normal, la siguiente estaba un poco alargada. La siguiente era difícil de distinguir. Unos metros más adelante ya no había huellas de animal, había pies descalzos, pies humanos. Al principio pensé que alguien había caminado encima del rastro del perro. Tabo pensó
lo mismo. Regresamos, comparamos y las huellas humanas salían exactamente de la misma línea. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Solo había una línea de huellas. Tabo se agachó. tocó una y enseguida se limpió la mano en el pantalón. Las huellas continuaban hacia el canal. La seguimos por un tramo de tierra húmeda. Subieron, fueron detrás de varias casas, luego desaparecieron donde empezaba un camino de grava. La casa más cercana pertenecía a una mujer llamada Amparo Valdivia. Todo el mundo le decía a doña Amparo. Tabo se quedó mirando la
casa y después dijo, "Vámonos. Yo conocía a doña Amparo, todos la conocían. Debía andar cerca de los 70, quizá más. Vivía sola. Vendía plantas medicinales, pomadas y jabones desde el frente de su casa. La gente también le llevaba ropa para arreglar. Mi abuela le compraba romero y ruda. Los niños le tenían miedo por razones que yo nunca entendí del todo. Parte era por su apariencia muy delgada, cabello gris y largo, voz profunda, un ojo nublado, pero la mayoría venía de los adultos. Cuando pasaba se escuchaban
comentarios. No dejes que Amparo mire al bebé. Tapa la leche. No le digas quién está embarazada. Si a alguien se le morían las gallinas, mencionaban a Amparo. Si un matrimonio se rompía, hacían un chiste sobre Amparo. Si una vaca enfermaba, alguien aseguraba haber visto a Amparo cerca. Mi abuela odiaba eso. Una vez, cuando yo era más pequeño, llamé bruja a doña Amparo. Mi abuela me dio una cachetada. Nunca acuses a una persona de algo que no entiendes. Así que cuando las huellas terminaron cerca de la
casa de Amparo, no se lo conté tampoco Tabo. Días después, Amparo fue a casa de mis abuelos. Yo estaba desgranando frijoles con mi abuela. Amparo se quedó afuera de la cocina. Emilia, dijo doña Amparo. Mi abuela levantó la cabeza. Pasa Amparo. Pero ella no entró. Me miró. Después miró hacia el patio. "Tu nieto estuvo caminando cerca de mi casa temprano." Le dijo. Sentí que se me bajaba el estómago. Mi abuela volteó. "Andrés", me dijo. Yo miré hacia abajo y Amparo le dijo, "Déjalo." Mi abuela le
preguntó qué había pasado. "Todavía nada", le dijo ella. Esa frase nos molestó a los dos. La expresión de mi abuela cambió. Amparo volvió a mirarme y dijo, "¿Seguiste huellas?" Yo no respondí. "Tú y Gustavo siguieron huellas." "Mi abuela me miró." "¿Huellas de qué?", preguntó. Amparo la ignoró y me dijo, "La próxima vez no sigas hacia dónde van." Yo pregunté, "¿Por qué?" "Porque estás mirando el lado equivocado, me dijo. No entendí." Y mi abuela tampoco. Amparo continuó. Si quieres saber algo, busca de dónde vino. Luego se
fue. Mi abuela no me preguntó nada hasta que Amparo salió. Entonces cerró la puerta de la cocina. ¿Qué viste?, me preguntó. Le conté todo. El animal, la puerta, las huellas, la casa de doña Amparo. Esperaba que dijera que lo habíamos imaginado. En lugar de eso, me preguntó. Luis, ¿lo vio? No, le dije yo. ¿Ha hablado con él? No, tampoco. Se quedó pensando. Luego hizo la pregunta más extraña. Alguna vez lo vio mirándolo por la ventana. No sé, le dije. Mi abuela se levantó. Esa misma tarde
fue sola a casa de amparo. Tardó casi 2 horas. Cuando volvió, se negó a decirme de qué habían hablado. Ahí fue cuando mi abuelo se enteró. No sé si se lo dijo mi abuela o Amparo. Se puso furioso porque Tabo y yo habíamos estado fuera después de medianoche. Le dio una cachetada a Tabo. Si ven un animal, me despiertan. Tabo no dijo nada. Mi abuelo señaló hacia la calle. No lo siguen. Luego me miró. ¿Y tú no vuelves a acercarte a la casa de Amparo? Yo
pregunté por qué y su respuesta fue tajante. Porque lo digo yo. Mi abuela, que estaba lavando los platos, dijo, "Eso no es una respuesta. Ahorita no", le contestó. Entonces, ¿cuándo?, preguntó mi abuela, él se quedó en silencio. Algo pasó entre ellos, algo viejo. Hasta yo con 11 años lo noté. Mi abuela se secó las manos. ¿Quieres que dejen de hacer preguntas? Diles lo que pasó antes. La cara de mi abuelo cambió. No pasó nada, dijo y se fue. Le pregunté a mi abuela qué había pasado
antes. Ella solo respondió, "Come, eso fue todo." La semana siguiente fue completamente normal. Mi papá iba mejorando. Mi mamá llamó dos veces. Fuimos a nadar al canal. Mi abuelo nos llevó al pueblo por raspados. Luis perseguía chapulines. Los perros comenzaban a dormir otra vez. Incluso Tabo volvió a bromear sobre lo que habíamos visto. Después Luis desapareció solo durante 20 minutos, pero fue suficiente. Estábamos cenando. Mi abuela preguntó dónde estaba. Yo pensé que en el baño, pero no. Revisamos habitaciones, patio, cocina, corral, no había nada. Mi
abuelo empezó a gritar su nombre. Entonces Tabo vio la puerta trasera abierta. Todos corrimos, no había huellas, nos separamos y yo fui hacia el canal por donde antes habían estado las huellas del animal. Encontré a Luis cerca de unos árboles de mango. Estaba parado, descalzo, mirando hacia el monte. Lo agarré y le pregunté qué hacía. Andrés, preguntó. Todos te están buscando. Me miró confundido. ¿Por qué? ¿Qué haces aquí? Le pregunté. señaló hacia los árboles. Una señora me dijo que mi abuela se cayó. ¿Qué señora? Miro
alrededor. Estaba aquí. Estaba aquí. Me dijo que la abuela se cayó y que tenía que venir a buscarte. ¿Dónde señaló? Más adentro hacia el monte y sentió un escalofrío. Le agarré la mano. Regresamos y a mitad del camino dijo, ella sabía mi nombre. Volví a preguntarle cómo era la mujer. Luis apenas podía recordarla. No supo decirme cómo llevaba el cabello, qué ropa tenía, ni siquiera si era joven o vieja. Lo único que recordaba con claridad era que sabía su nombre. Mi abuela escuchó todo sin interrumpir.
Mi abuelo le preguntó a Luis si alguien lo había tocado. Él dijo que no, que si había visto algún carro, pero tampoco. En ese momento dejaron de tratarlo como algo extraño. Mi tío Héctor y dos vecinos regresaron al lugar. A la mañana siguiente, mi abuelo fue con la policía local. Luis apenas podía describir a la mujer y nadie más la había visto. Después de eso, mi abuelo ya no lo dejaba solo y mi abuela empezó a dormir en nuestro cuarto y todas las mañanas revisaba la
parte de abajo de la ventana. Yo no sabía que buscaba. Tres mañanas después lo encontró. Pelo. Un pequeño mechón atorado en una casilla debajo de la ventana. Era negro y más largo que el pelo de un perro. lo sostuvo entre dos dedos. Mi abuelo se acercó. Los dos se quedaron mirándolo. Yo les pregunté qué era. Mi abuelo se lo quitó. Nada, me dijo, y lo aventó al fuego de la cocina. Esa noche discutieron bajito. Yo estaba en el pasillo escuchando. ¿Sabes que es lo mismo? Le
dijo mi abuela. No sabes eso, Emilia. Eso fue hace 20 años. Entonces mi abuelo dijo algo que me dejó despierto toda la noche. Esa niña no era nuestra. Mi abuela se quedó en silencio y le respondió, eso no le importó. A la mañana siguiente fui a casa de doña Amparo, aunque tenía prohibido hacerlo. Estaba sentada afuera cortando plantas secas con unas tijeras y me recibió como si esperara verme. ¿Qué pasó hace 20 años? Le pregunté. Pregúntale a tu abuela. No me quiere decir. Entonces, yo tampoco
puedo decirte. ¿Fue usted? Pregunté. Las tijeras se detuvieron. Me arrepentí inmediatamente. Amparo me miró. "Fui yo qué?", me preguntó. Ella dejó las tijeras. Hizo una señal para que me acercara. Extendió su mano izquierda. tenía tres cicatrices largas y gruesas cruzándole la palma. "¿Sabes cómo me hice esto?" Intentando sacar a tu tía por una ventana. Yo solo tenía una tía del lado de mi mamá. Mariela seguía viva. Pero Amparo miró hacia la casa de mis abuelos. Pregúntale a Emilia por Teresa. Yo nunca había escuchado ese nombre.
Volvió a tomar las tijeras. pregunté. "Teresa, ¿era hija de mi abuela?" "Sí", me dijo. ¿Dónde está? Amparo miró las plantas. Murió. Cuando le pregunté cómo había muerto, ella me miró directamente, porque los adultos tardaron demasiado en creerle a los niños. No pregunté nada más, me di la vuelta y corrí a casa. Mi abuela lo negó al principio. Después se sentó. me contó que Teresa había sido su primera hija. Había nacido antes que mi mamá, habría sido mi tía mayor. Murió cuando tenía 8 años. Mi abuela
primero dijo que se había enfermado, pero cuando yo le dije que Amparo me contó lo de la ventana. Mi abuela cerró los ojos. Ahí terminó la mentira. Teresa había empezado a decir que algo la observaba por las noches. Un perro, así lo llamaba ella, un perro que se quedaba debajo de la ventana. Mi abuelo pensaba que algún perro callejero se metía al patio. Luego Teresa dijo que algunas veces el perro se convertía en mujer. Mi abuela la castigó por mentir. Le dolió admitir que la hizo
arrodillarse en la cocina con los brazos levantados porque seguía asustando a las niñas más pequeñas. Después una noche Teresa desapareció de la cama. La encontraron cerca del canal Viva. Dijo que una mujer le había dicho que su mamá necesitaba ayuda. Exactamente lo mismo que Luis había dicho. ¿Qué pasó después?, le pregunté. Movieron la cama de Teresa, la vigilaban, cerraban las puertas. Durante semanas no pasó nada. Después una noche, mi abuelo escuchó algo en el patio. Salió con un machete. Vio un animal grande cerca de la
ventana de Teresa. Lo persiguió. Este corrió hacia la pared. Mi abuelo le dio un machetazo. Creyó haberle pegado en la espalda. El animal escapó. A la mañana siguiente encontraron a una mujer del pueblo con una herida profunda en el hombro. Pregunté inmediatamente, amparo. Mi abuela negó y no quiso decirme, "¿Qué pasó con Teresa?" Mi abuela se quedó viendo sus manos, le dio fiebre. El animal volvió. Mi abuela me miró. Sí. Era la misma mujer a la que mi abuelo hirió. Le pregunté. Nunca lo supimos. Se
lo conté a Tabo. Quería saber el nombre de la mujer y yo también. Mi abuela no quiso decirlo. Amparo tampoco. Fuimos con el papá de Tabo, mi tío Héctor. Primero nos dijo que dejáramos de meternos en cosas de adultos. Luego, Tabo mencionó a Teresa. Mi tío se quedó quieto. Había sido muy pequeño cuando murió. No recordaba mucho de ella, solo recordaba el funeral. y también que mi abuela le gritaba una mujer fuera de la iglesia, pero él no sabía quién era. Ahí Tabo propuso la cosa
más estúpida que habíamos hecho hasta ese momento. Esperar al animal otra vez y seguir su camino al revés, como lo había dicho Amparo. No seguir hacia dónde iba, buscar de dónde venía. Le dije que no. Entonces, a la mañana siguiente, Luis despertó con lodo en los pies. Nadie sabía cómo había salido del cuarto. La puerta seguía cerrada por dentro, la ventana también. Mi abuela había dormido junto a él. Juraba que no había salido. Además, tenía una hojita atorada entre los dedos, una hoja de mango. Con
eso cambié de opinión. Tabo yo, nos preparamos esa tarde. Llevamos linternas, una cuerda, una navaja y unos binoculares viejos de mi abuelo. Nos escondimos detrás de un cobertizo antes de medianoche. Si el animal llegaba por la puerta trasera, queríamos ver primero de dónde venía. Pasaron horas, pero nada. Entonces Moro gruñó muy bajo. Capitán se metió debajo de la camioneta. Algo se movió cerca del camino del canal. Tabo lo vio primero. El animal salió de entre dos terrenos abandonados. Era la misma figura. Se acercó a la
casa lentamente. Nosotros nos movimos en dirección contraria hacia donde había venido. Había huellas frescas. Las seguimos alejándonos de la casa de mis abuelos. Pasamos el canal. Subimos por un sendero angosto. Luego, detrás de un horno viejo de cal que llevaba años abandonado, las huellas iban hacia un grupo de casas. Tabo se detuvo. Yo reconocí una. Todo el pueblo la conocía. Era de la señora Mónica Saldívar. Mónica tendría trein y tantos años. Estaba casada, tenía dos hijas y trabajaba en la cocina de la primaria. Las huellas
seguían hasta su patio. Nos acercamos. Había una pared baja, las huellas del animal terminaban junto a ella y del otro lado aparecían pies descalzos. Sentí náuseas. Nos asomamos por encima. El patio estaba vacío. Había un tendedero. La puerta trasera estaba abierta. Había luz. Entonces Mónica apareció descalsa. Cargaba una tina con agua. A la mañana siguiente, Mónica llegó a vender tamales. Yo apenas podía mirarla. sonrió, le preguntó a mi abuela cómo seguía mi papá y le regaló un tamal dulce a Luis porque sabía que le gustaban.
Traía sandalias. Me quedé viendo sus pies sin lodo. Te ves cansado, me dijo. Acaso no dormiste mi abuela dijo, estos chamacos se quedan despiertos platicando. Mónica sonrió. Deberían dormir mientras pueden. Después de haber seguido aquellas huellas hasta su patio, la frase me sonó como una amenaza. Cuando se fue, Tabo dijo, "Es ella." Mi abuela lo escuchó y le preguntó de qué hablaba. Ninguno de los dos quisimos contestar. Mi abuela se molestó y Tabo le contó todo. Mi abuela agarró a Tabo por la barbilla. Escúchame. Así
es como la gente destruye a una persona. Nosotros lo vimos le dijo Tabo. ¿Viste huellas? Le dijo mi abuela. Solo eso. Tabo me miró y mi abuela continuó. Hoy acusan a Mónica porque vive ahí. Mañana acusan a Amparo porque todo el pueblo le dice bruja. Después alguien sale lastimado y todos dicen que fue por miedo. Señaló hacia la calle. ¿Quieren ayudar a Luis? Cuídenlo. Dejen de perseguir mujeres por el pueblo. Dos días después descubrimos que Mónica no podía ser el animal de aquella noche. Mi tío
Héctor había estado jugando cartas detrás del taller mecánico. Mónica y su esposo también, junto con otras seis personas. Habían llegado cerca de las 10. El papá de Tabo recordaba haber hablado con Mónica alrededor de las 12:30, justo cuando nosotros vimos al animal acercarse a casa de mis abuelos. Dos días después, como a las 4 de la tarde, estábamos comiendo cuando Luis salió al baño y gritó. Mi abuelo fue el primero en correr, yo detrás. Luis estaba junto al árbol de guayaba apuntando al techo. Algo negro
se había movido sobre las tejas. Mi abuelo agarró un palo de escoba. La figura saltó hacia el patio, cayó fuertemente, un perro o algo suficientemente parecido. Esta vez lo vi bien. El pelo era irregular, se le marcaban las costillas, las patas delanteras parecían demasiado largas. Mi abuelo le gritó. El animal corrió hacia la puerta, brincó la pared y mi abuelo salió hacia el frente. Nosotros íbamos detrás de él. La calle estaba vacía. Mi abuelo regresó a la pared. Había sangre fresca sobre las piedras de arriba
y gotas que continuaban por la calle. La seguimos. Mi abuela gritaba que nos detuviéramos. Mi abuelo no quiso hacerle caso. Las gotas iban hacia el centro del pueblo. Pasaron la capilla, la tienda, luego desaparecieron donde comenzaba el pavimento. Mi abuelo se quedó ahí. Parecía haber envejecido 10 años en 10 minutos. De regreso se detuvo en casa de Amparo. Ella estaba afuera y mi abuelo solo le preguntó, "¿Quién?" Amparo respondió, "¿Tú crees que yo sé todo?" Antes sabías. Mi abuelo parecía a punto de golpearla. Amparo se
acercó. "Pregúntate por qué necesitas que sea una persona lo dejó callado. Esa noche mi abuelo por fin nos dio el nombre. La mujer a la que había herido 20 años antes se llamaba Celia Carranza. Estaba muerta. Llevaba 11 años muerta. Había vivido a dos calles de Mónica. Y aquella noche que mi abuelo la había golpeado con el machete, ella dijo que se había caído sobre una lámina. Todo el pueblo habló. Algunos dijeron que Rafael la había encontrado tratando de meterse a su casa. Otros que era
una bruja. otros que se acostaba con un hombre casado y la esposa la había atacado. Nadie probó nada. Mi abuelo siempre creyó que Celia había sido el animal, pero mi abuela nunca. Entonces, ¿por qué murió Teresa? Pregunté. Mi abuelo me miró, se enfermó, me dijo, "No me refiero a eso. Si Celia era esa cosa y dejó de venir, ¿por qué volvió? En eso mi abuela me contestó, "Porque tu abuelo necesitaba tener a una persona a quien culpar." Se me quedó grabada esa frase. Mi abuelo se
enojó y mi abuela siguió. Celia era extraña, a veces era mala. La gente le tenía miedo. Eso la convirtió en una respuesta fácil. Ella tenía la herida y tú tenías un machete. La gente solo recuerda la parte que ya decidió creer. El animal regresó el jueves siguiente. Mi abuelo lo vio primero. Esta vez si agarró la escopeta. Mi abuela lo tomó del brazo. Si se vuelve a acercar a Luis, le disparo. Todos esperamos. El animal se quedó del otro lado del camino. Solo había una figura
entre los árboles. Mi abuelo se paró junto a la puerta. ¡Lárgate!", le gritó. No se movió, disparó al aire. Ahí fue cuando el animal corrió. Capitán fue detrás de él. Moro se quedó. Mi abuelo maldijo. Escuchamos a capitán ladrando más lejos. Después, todavía más lejos. Después nada. Nunca regresó. Lo buscamos durante tres días y no encontramos el cuerpo ni collar. Luis lloraba todas las noches. Mi abuelo se culpaba. Después de la desaparición de capitán, la casa cambió. Se acabaron las bromas y Tabo dejó de fumar
detrás del cobertizo porque ya no quería estar solo. Mi tío empezó a ir a la casa después de que oscureciera. Mi abuela iba a la iglesia todas las mañanas y empezó a pasar más tiempo con amparo. Le pregunté por qué y me dijo, "Porque es la única persona que recuerda a Teresa y no pretende saber qué pasó." Luego Amparo desapareció durante un día. Su negocio amaneció cerrado y su casa vacía. Inmediatamente comenzaron los rumores. Alguien dijo que había ido a los cerros. Otra persona juró haberla
visto caminando descalsa antes de amanecer. Tabo escuchó todo eso y me lo dijo. Por la tarde, Amparo regresó. Parecía agotada. Traía la falda sucia y sangre seca en la manga. Mi abuelo fue a verla y mi abuela lo acompañó. Yo también fui, aunque me habían dicho que no fuera. Amparo los dejó entrar. Yo escuchaba desde el patio. Mi abuelo le preguntó dónde había estado. No es asunto tuyo le dijo ella. Pero tiene sangre. No es mía. Mi abuela entonces le preguntó de quién era. Encontré al
perro. Todo mi cuerpo se tensó. Mi abuelo le preguntó dónde. Cerca de la cantera vieja y está muerto. Yo casi entraba. Mi abuela preguntó, "¿Mor?" Amparo dijo, "No." Hubo una pausa larga. Después preguntó, "Capitán." Amparo no respondió. Mi abuela comenzó a llorar. Nunca la había escuchado llorar así. Mi abuelo preguntó qué había pasado y Amparo respondió algo mató. Mi abuelo le preguntó si estaba el otro animal. Sí, dijo Amparo. ¿Viste quién era? Dijo mi abuelo. Vi suficiente. ¿Qué significa eso? Contestó mi abuelo. Entonces dijo algo
que no entendí hasta muchos años después. No estaba siguiendo a Luis, estaba siguiendo la casa. Pasé días pensando en la casa. Le pregunté a mi abuela qué significaba lo que había dicho Amparo, pero obviamente, como siempre, se negó a explicarlo. Teresa también había vivido ahí, distinto niño, misma ventana y 20 años de diferencia. Se lo dije a Tabo y se obsesionó. Y si no es por Luis, entonces, ¿por qué? Me preguntó. Entonces Tabor recordó que la recámara del fondo parecía haber sido más grande antes. Desde
afuera se notaba. La pared interior no coincidía con la pared exterior. Había un espacio muerto de quizá medio metro. Mi abuelo lo utilizaba para pasar tuberías. Tabo encontró una tabla detrás de un mueble. La quitamos. Había periódicos viejos y un zapato de niña. Sacamos otras cosas, como un peine de madera, la cabeza rota de una muñeca y algunas canicas. Luego un sobre. Dentro había una fotografía. Era mi abuela, joven y mi abuelo, junto a una niña que yo no conocía. Detrás de ellos estaba otra mujer.
La foto estaba deslavada. Alguien le había rayado la cara a la mujer con una pluma. atrás con la letra de mi abuela, decía, "No dejen que ella vuelva aquí." Tabo volteó a verme y me dijo, "La encontramos." Yo no sabía qué habíamos encontrado. Entonces escuchamos a mi abuela detrás. ¿Qué están haciendo? Nunca había visto que el miedo se convertiría en enojo tan rápido. Agarró la fotografía, golpeó a Tabo y después a mí muy fuerte. Nunca vuelvan a abrir esto. ¿Quién es?, preguntamos. Y en ese mismo
instante nos corrió. Ella misma guardó todo y clavó la tabla. Esa noche mi abuela finalmente me habló de Ofelia. La mujer de la fotografía había ayudado a mi abuela con partos muchos años atrás. Habían sido amigas. Ofelia venía de otro pueblo y la gente decía cosas de su familia. Mi abuela aseguraba que nunca les hizo caso. Ofelia conocía plantas, sabía detener hemorragias, sabía acomodar a un bebé mal posicionado, había salvado vidas. Después enfermaron tres bebés. Mi abuela no relacionó nada. Hasta Teresa. Ofelia empezó a interesarse
demasiado por ella. Le llevaba dulces, le peinaba el cabello. Iba a verla incluso cuando mi abuela no estaba. Después Teresa comenzó a hablar del perro. Mi abuela se lo contó a Ofelia. Ella se rió. Una semana después, Teresa desapareció rumbo al canal. Después de eso, mi abuela dejó de permitir que Ofelia entrara a la casa. Luego ocurrió la noche en que mi abuelo golpeó al animal y Celia apareció herida. Eso confundió todo. Si Ofelia tenía algo que ver, ¿por qué Celia tenía la herida? Mi abuela
no lo sabía. El pueblo culpó a Celia. Ofelia desapareció poco después. Meses más tarde, Teresa enfermó y murió. Cuando pregunté nuevamente de qué había muerto, se le paró el corazón. Eso fue lo único que los médicos pudieron decirnos. Mi abuela me miró durante mucho tiempo. Luego dijo, "Era una mujer en la que yo confiaba." Esa respuesta me dio más miedo. A la mañana siguiente, Amparo llegó a casa. Mi abuela le mostró la fotografía. Amparo se quedó mirándola. ¿Por qué guardaste esto? Mi abuela le dijo, "Se
me olvidó que estaba ahí." Amparo negó. No se te olvidó. estuvieron discutiendo. Después Amparo preguntó dónde la habíamos encontrado. Mi abuela se lo dijo. Amparo entró al cuarto del fondo, revisó la pared, la ventana, el piso y luego salió. Caminó alrededor de la casa. Se detuvo cerca del árbol de guayaba. Le pidió una pala a mi abuelo. A medio metro de la pared comenzó a acabar. La tierra estaba dura. Mi abuelo terminó ayudándola. Unos 20 minutos después, la pala golpeó algo. Era metálico. Sacaron tierra. Era
una caja pequeña de lámina oxidada. Mi abuela estaba pálida. Abrieron la caja. Dentro había pedazos de tela, cabello, una pulsera de bebé, tres fotografías pequeñas y un bulto seco de algo que no pude reconocer. Había un papel doblado muchas veces y mi abuelo lo abrió. Tenía cuatro nombres. Uno era de Teresa, otro pertenecía a una niña que había muerto siendo bebé antes de que yo naciera. El tercero no lo conocía. El cuarto era Luis. Recuerdo las moscas, es una cosa rara para recordar, pero recuerdo escuchar
muchas moscas cerca del gallinero. Mientras todos los adultos miraban aquella caja, mi abuela se sentó en la tierra y mi abuelo miró a Amparo. ¿Qué es esto?, le preguntó. Tú sabes de estas cosas. Amparo solo volvió a mirar el papel. Después a Luis, primero dejen dejarlo solo. Los adultos se llevaron la caja. No sé a dónde. Mi abuela jamás me lo dijo. Amparo se quedó esa noche. También Tabo y mi tío Héctor. Por primera vez sentí que la casa estaba preparada. Puertas cerradas, ventanas aseguradas. Mi
abuelo con la escopeta, mi tío con otra. Nadie durmió esa noche. Como a la 1:30, Moro comenzó a gruñir. Después gimió. Amparo se levantó. Apaguen las luces, dijo. Mi abuelo le hizo caso. Esperamos. Algo se movió cerca de la pared trasera. Mi abuelo levantó la escopeta. Amparo empujó el cañón hacia abajo. Todavía no. La figura caminó junto a la pared. Se detuvo debajo del árbol de guayaba. Luis estaba junto a mi abuela, yo junto a él. El animal miró hacia la casa, se sentó como un
perro y esperó. 5 minutos, 10, nadie se movía. Entonces tocaron la puerta principal, solamente tres golpes. Luego otros tres golpeteos. Mi abuelo preguntó en voz baja, "¿Quién?" Una mujer respondió, "Rafael." Mi abuela lo agarró del brazo. Reconocí la voz. Era Mónica. Mi abuelo no abrió. Mónica. Sí. Mi hija está enferma. Necesito a Emilia. Mi abuela comenzó a caminar hacia la puerta. Amparo la detuvo y mi abuela le susurró, "Es Mónica." Y Amparo preguntó, "¿Cuál hija?" Después la mujer contestó, "Paola, su hija mayor. La abuela volvió
a moverse, pero Amparo no la dejó. Pregúntale cuál es el segundo nombre de Paola. Mi abuela se molestó y mi abuelo habló desde la puerta. Mónica, ¿cuál es el segundo nombre de Paola?" Y Mónica nunca contestó. Hubo una pausa larga. Mi abuela miró a Amparo. Afuera, la mujer dijo, "Abre la puerta." La voz cambió. Sonó molesta. Mi abuelo levantó la escopeta. El animal que estaba detrás de la casa comenzó a rascar la tierra. Moro empezó a ladrar y la mujer afuera le dijo, "Emilia, ábreme la
puerta." Luego comenzó a golpear más fuerte. Entonces el animal del patio se alzó sobre sus patas traseras como la vez que yo lo vi abrir la puerta. Esta vez permaneció así durante varios segundos. Las patas delanteras colgaban de una forma extraña. La puerta principal temblaba. Mi abuelo volteó. El animal cayó de nuevo sobre sus cuatro patas y corrió. En ese mismo instante dejaron de tocar. Hubo silencio, completo silencio. Nadie abrió hasta que salió el sol. Encontramos huellas de pies descalzos al frente de la puerta. Continuaban
alrededor de la casa y detrás, cerca del árbol de guayaba. Las pisadas cambiaban. Esta vez todos los adultos lo vieron. El talón comenzó a perder forma. Los dedos se acortaban, después se convertían en patas. Amparo siguió las huellas. Mi abuelo le dijo que no lo hiciera. Ella fue de todos modos. Nunca supimos dónde terminaban porque media hora después llegó la verdadera Mónica. Venía en bicicleta y llorando. Su hija Paola había estado vomitando toda la noche. Había querido venir a buscar a mi abuela, pero su esposo
no la dejó salir porque era demasiado tarde. Esperaron hasta la mañana. Mi abuela y yo nos quedamos mirándola. Ella se dio cuenta. Mi abuela le preguntó si había venido anoche. Mónica estaba confundida, le dijo que no. Rápidamente, mi abuela, sin decir nada agarró su bolsa y se fue a ver a Paola. Desde esa mañana, mi abuelo dejó de decirle perro. Mi tío Héctor dejó de bromear y Tabo dejó de quedarse en nuestra casa después del anochecer. Amparo le dijo a mi mamá que fuera por nosotros.
Mi abuela estuvo de acuerdo. Mi papá todavía se estaba recuperando. Mi mamá dijo que no podía ir todavía. Mi abuela le mintió. Le dijo que Luis estaba teniendo ataques muy fuertes de asma. Así fue como mi mamá llegó días después. Se enojó muchísimo cuando descubrió la mentira. Después mi abuela le mostró el papel con el nombre de Luis. Mi mamá se quedó callada. No sé qué más le contó. Y vamos a irnos a la mañana siguiente. Y vamos a irnos a la mañana siguiente. Cerca de
medianoche, Luis comenzó a llorar. Estaba completamente despierto y señaló hacia el pasillo. Está aquí, dijo. Mi mamá le preguntó quién. La señora. Mi abuela cerró la puerta. Entonces algo comenzó a raspar el otro lado. Despacio. Tres líneas. Mi abuelo levantó la escopeta. El rasguño se detuvo. Después comenzó en la ventana. Mi mamá cargó a Luis. El mosquitero se hundió hacia adentro como si algo estuviera apoyando la cara. Mi abuelo disparó contra la pared junto a la ventana. Me quedaron zumbando los oídos. Mi mamá le gritó.
La cosa afuera corrió. La escuchamos golpear la puerta trasera. Mi tío y mi abuelo salieron detrás. Mi mamá intentó detenerlos. Yo quería ir con ellos y mi abuela me agarró. Entonces escuchamos a mi tío gritar con rabia. Héctor estaba junto al árbol de guayaba. Mi abuelo había llegado hasta la puerta. Algo estaba tirado en la tierra. Un animal negro. Al principio pensé que lo habían matado. Luego se movió. Mi abuelo levantó la escopeta. Amparo apareció de pronto desde la calle gritando que no. Mi abuelo disparó.
El animal saltó. El tiro pegó contra la pared, corrió hacia el canal. Héctor fue detrás. Amparo detrás de Héctor. Mi abuelo lo siguió. Todo ocurrió en segundos. Mi mamá nos metió a la casa. Esperamos. Pasó el tiempo. Entonces regresó mi tío Héctor. Venía solo. Su camisa estaba rota. Tenía sangre en la cara. Mi abuela le preguntó dónde estaba mi abuelo. Héctor no podía hablar. Amparo apareció detrás. Llevaba la escopeta de mi abuelo. Mi abuela vio su cara y se sentó. ¿Qué pasó?, preguntó. Amparo dijo. Se
cayó. Mi abuelo había perseguido al animal por el borde del canal. La tierra se dio y cayó varios metros sobre piedras. Sobrevivió. Tenía un brazo roto, tres costillas fracturadas, una cortada sobre el ojo. Tardó semanas en recuperarse. El animal había desaparecido. Nos fuimos la tarde siguiente. Mi mamá manejó de regreso a la ciudad. Luis durmió casi todo el camino. Yo miraba por la ventana trasera esperando ver algo corriendo detrás. Durante meses tuve pesadillas. Mi abuelo finalmente se recuperó. Él y mi abuela siguieron viviendo en aquella
casa. Doña Amparo murió en 2003, mi abuelo en 2008. Mi abuela vivió hasta el 2019. De adulto le pregunté varias veces por aquel verano. Su respuesta cambiaba dependiendo del día. A veces decía que en los pueblos la gente se asustaba sola porque todos sabían demasiado sobre todos. A veces decía que había animales en los cerros que se comportaban raro cuando estaban enfermos. A veces me decía, "Tú sabes lo que viste." Una vez, alrededor de un año, antes de que muriera, le pregunté directamente, "¿Tú crees que
Ofelia era bruja?" "Mi abuela se rió muy bajito." "No, me dijo. Me sorprendió." Entonces, ¿qué estaba pasando? Ella miró hacia la ventana. Ofelia sabía de eso. Sabía cuando venía. ¿Lo ayudaba? Le pregunté. Ella lo negó. Antes pensaba que sí. Después de que murió Teresa, Ofelia vino a verme. Me pidió perdón. ¿Por Teresa? Le pregunté yo. Mi abuela lo negó. Dijo que había intentado mantenerlo lejos. Entonces, ¿por qué escribiste que no querías que regresara? Le pregunté. Porque no le creí. ¿Qué pasó con Ofelia? Mi abuela parecía
cansada. Se fue, me dijo. Esa fue la última conversación seria que tuve con mi abuela sobre el tema. Murió unos meses después. Volví a mirar la fotografía de 1994. La niña estaba detrás del mosquitero, dentro del cuarto y debajo de la ventana, apenas alcanzaba a distinguir la parte trasera del animal negro. Durante años habíamos interpretado esa imagen de una sola manera. Pensábamos que el perro esperaba afuera para entrar, que seguía a Luis y que tarde o temprano iba a llevárselo. Luis fue quien entendió primero que
podía ser exactamente al revés. El animal estaba afuera, la niña ya estaba dentro. Esa idea cambió todo lo que recordábamos de aquel verano. Mi hermano Luis tiene 38 años, está casado, tiene dos hijos y vive en otro estado. Durante muchos años nunca hablamos de lo que ocurrió en casa de mis abuelos. Yo suponía que recordaba muy poco porque aquel verano apenas tenía 6 años. Después del funeral de mi abuela, descubrí que estaba equivocado. Luis recordaba al animal perfectamente, incluso recordaba algo que yo nunca supe. Antes
de que mi abuela nos cambiara de habitación, algunas noches despertaba y encontraba al animal sentado junto a su cama. Al principio creyó que era capitán, pero con el tiempo entendió que no era nuestro perro. Nunca lo atacó. Se quedaba ahí inmóvil y cada vez que aparecía, Luis escuchaba a alguien llorando. También recordaba haber visto nuevamente a la mujer que lo llevó hasta los árboles. Ocurrió la última noche que pasamos en aquella casa. La vio parada al fondo del pasillo. Desde lejos creyó que era nuestra abuela.
Tenía una silueta parecida. El problema era que nuestra abuela estaba dentro de la habitación con nosotros. Luis alcanzó a ver a las dos al mismo tiempo. Nunca pudo explicarme qué tenía de extraño el rostro de aquella mujer. Solo recordaba que cuando giró la cabeza supo que no era nuestra abuela. Entonces me contó algo todavía más extraño. Durante toda mi vida, yo recordé que la mujer de los mangos lo había engañado diciéndole que nuestra abuela necesitaba ayuda. Luis aseguró que no había sido así. La mujer le
había dicho que Teresa quería conocerlo. Yo en aquel momento ni siquiera sabía que Teresa había existido. Mi mamá aseguró después que tampoco se lo había contado a Luis. Sin embargo, él ya sabía su nombre. Cuando Luis tenía 14 años, mi abuela le mandó una fotografía antigua dentro de una tarjeta de cumpleaños. Era la misma imagen que Tabo y yo habíamos encontrado años antes detrás de la pared. En la parte de atrás había una instrucción escrita por mi abuela. Si Amparo muere antes que yo, dale esta
foto a Andrés. Amparo murió muchos años antes que mi abuela. Luis terminó entregándomela después del funeral. Fue entonces cuando noté dos cosas que de niño se me habían escapado. La primera estaba al fondo de la fotografía. Debajo del árbol de guayaba había un perro negro delgado mirando hacia la cámara. La segunda estaba en la mujer que aparecía junto a Teresa. Tenía una mano apoyada sobre el hombro de la niña. En esa mano se distinguían tres cicatrices largas. Eran las mismas cicatrices que doña Amparo me había
enseñado cuando yo tenía 11 años, pero la mujer de aquella fotografía supuestamente era Ofelia. No sabía si nosotros habíamos confundido a las dos hermanas o si había otra explicación. Busqué a mi tío Héctor, ya estaba viejo y enfermo, pero todavía recordaba algo que mi abuelo Rafael le había contado sobre la noche en que cayó junto al canal. Durante años nos dijeron que mi abuelo había resbalado mientras perseguía al animal. No fue exactamente así. Rafael lo siguió hasta el canal y en algún momento el animal dejó
de correr. Mi abuelo también se detuvo. Entonces lo vio levantarse, no de la forma en que Tabo y yo lo habíamos visto antes. Mi abuelo aseguró que la figura cambió frente a él y donde segundos antes había visto al animal, apareció una niña. Pensó que era Teresa. La niña corrió hacia él. Mi abuelo retrocedió y cayó por el desnivel. Nunca volvió a hablar de aquello. Durante años no supe qué hacer con esa historia. Después murió mi mamá. Fue en febrero del año pasado. Mientras Luis y
yo revisábamos sus cosas, encontramos una bolsa con pertenencias de nuestra abuela. Había algunas fotografías, una libreta y varios sobres. Uno tenía mi nombre. Dentro había una carta. Mi abuela explicaba que durante sus últimos años había intentado descubrir qué había ocurrido con Ofelia después de la muerte de Teresa. Nunca la encontró, pero consiguió hablar con una mujer de Tepic que la había conocido. Según ella, Ofelia no había huído. Había pasado años siguiendo la pista de un hombre que trabajaba con ganado y se movía constantemente entre ranchos
y pueblos. Ese hombre aparecía cerca de lugares donde distintos niños aseguraban haber visto animales rondando sus casas. Mi abuela descubrió que había estado en la región cuando murió Teresa y también cerca del pueblo de mis abuelos en 1994. Luis recordaba al hombre. Había trabajado algunos días arreglando el corral de las cabras. Era delgado, le faltaba parte de una oreja y acostumbraba untarse una pomada con olor a alcanfor en las manos. Luis también recordaba que aquel hombre había estado cerca el día que terminó entre los mangos.
No lo había visto acompañado de la mujer. Lo relacionaba con ella por el olor. La mujer olía igual. Eso me hizo recordar el mechón de pelo negro que mi abuela encontró debajo de la ventana de Luis. Cuando era niño pensé que olía quemado. Después de tantos años no podía asegurar nada, pero por primera vez recordé aquel olor de otra manera. Al Canfor. Buscamos al hombre. Había muerto en 2001. Cuando volvimos a revisar la carta, encontramos una última frase debajo de la firma de mi abuela. decía.
Ofelia creía que él no era el animal. Creía que el animal lo seguía. Aquello cambiaba una parte importante de lo que habíamos supuesto desde niños. Siempre habíamos intentado descubrir quién se convertía en aquel perro: "Celia, Amparo, Ofelia. Ahora aparecía otra posibilidad. Quizá nadie se transformaba. Quizá el animal seguía a algo o a alguien." Pensé entonces en amparo en la noche que desapareció y regresó con sangre en la ropa después de encontrar a capitán muerto cerca de la cantera. Durante toda mi vida la había relacionado con
aquello. Ahora comenzaba a preguntarme si quizá había estado tratando de encontrarlo. Dentro de la misma maleta había otro sobre con el nombre de Luis. Guardaba una fotografía tomada durante el verano de 1994. Aparecíamos frente a la casa de mis abuelos, Tabo, Luis, yo y capitán. En la parte de atrás, mi mamá había escrito únicamente, julio de 1994. Entonces, todos estos años asegurábamos que el animal permanecía debajo de aquella ventana porque intentaba llegar hasta Luis, pero en la fotografía el animal estaba afuera y la niña dentro.
Quizá habíamos entendido aquella escena al revés. Tres meses después, uno de mis primos comenzó a preparar la vieja casa para derribarla. Cuando los trabajadores retiraron unas tablas del cuarto de atrás, encontraron nuevamente el espacio entre las paredes que Tabo y yo habíamos descubierto cuando éramos niños. Dentro seguían algunos objetos viejos. También encontraron cientos de rasguños. Algunos estaban cerca del suelo, otros llegaban casi a metro y medio de altura. Y en el yeso había una frase rayada. Mi primo le tomó una fotografía porque pensó que podía
haberla escrito mi abuela. La letra no era de ella decía. Rafael atacó al equivocado. Dos noches después me llamó Luis. Su hija de 7 años había visto la fotografía de 1994. reconoció la figura detrás del mosquitero. Dijo que aquella mujer aparecía algunas noches afuera de su casa. También reconoció al animal. Ella lo llamaba el perro flaco, pero había algo diferente. El perro no se paraba junto a su ventana, se colaba entre la ventana y la mujer. Desde entonces estoy repasando todo lo sucedido y al parecer
el perro siempre nos ha protegido. Intentaba mantenerse entre mi hermano y aquello que había entrado a la casa. Y si la hija de mi hermano está viendo otra vez a la misma mujer, entonces aquello que encontró a Teresa y después encontró a Luis, tal vez acaba de encontrar a mi sobrina.