Conocí a mi novia hace casi un año, me llamó la atención porque le gustaban los temas de brujería y cosas antiguas, aunque al inicio pensé que solo era parte de su estética, como quien colecciona velas de colores, collares con figuras raras o cuadernos viejos con dibujos que parecen símbolos.


ritual de visión
Nunca vi nada realmente serio en eso porque muchas personas tienen gustos parecidos y no pasa de ahí, así que no me preocupé.
En este relato, ritual de visión se menciona como el lugar y el motivo del miedo de los personajes.
Lo que se cuenta sobre ritual de visión se repite en el pueblo como si fuera un aviso.
En este relato, ritual de visión se menciona como el lugar y el motivo del miedo de los personajes.
Lo que se cuenta sobre ritual de visión se repite en el pueblo como si fuera un aviso.
Yo sí creo en esas cosas, crecí escuchando historias y siempre he tenido cierta prudencia con temas que no entiendo por completo, pero aun así controlo ese miedo y lo guardo porque estoy convencido de que la mayoría exagera y que no puedes vivir con la idea de que todo lo extraño es peligroso.
No era paranoico, solo precavido, y al empezar la relación lo tenía muy presente para no dejar que mis suposiciones afectaran algo que parecía normal. Las primeras cosas que ella hacía eran lo que cualquiera consideraría un juego. Encendía velas aromáticas que olían a vainilla o canela, no las negras que conocería después.
Le leía las cartas del tarot a sus amigas y lo hacía entre risas porque decía que solo era para entretenerlas. Tenía un par de cuadernos donde anotaba sueños o cosas que quería manifestar, como le llaman ahora.
Guardaba frascos con flores secas que parecían compradas en un mercado de artesanías y hacía pequeños rituales que yo veía como dinámicas de relajación más que otra cosa. Nunca dudé ni me incomodó nada de eso porque lo veía casi terapéutico y ella misma solía bromear sobre lo exagerados que son algunos videos que se ven en internet.
Con las semanas empecé a notar cambios que no parecían graves al principio, pero que al recordar en conjunto marcaron el inicio de todo. Dejó de reírse de sus propios rituales y empezó a encender velas negras en vez de las que hacían olor agradable.
Guardaba frascos con hierbas que no parecían de tienda, plantas secas que no reconocía y que no tenían un olor normal, ni bueno ni malo, solo extraño. También comenzó a apagar las luces y quedarse sentada en el piso durante largos ratos como si esperara algo.
Y aunque tampoco era algo alarmante en ese momento, sí me llamó la atención la seriedad con la que empezó a ver las cosas que antes trataba como un pasatiempo. Hubo una noche que marcó un antes y un después porque la encontré sentada en el piso de su cuarto, rodeada de esas velas negras, murmurando algo que parecía un rezo en un idioma que nunca había escuchado.
No era latín ni nada parecido a lo que uno imagina cuando piensa en rituales. Sonaba cortado, como si las palabras se formaran con esfuerzo. Cuando me acerqué, se sobresaltó y me dijo que era parte de un camino espiritual que estaba tratando de comprender, que no me preocupara. Su voz temblaba aunque intentó verse tranquila.
Ahí empecé a pensar que ya no estaba solo jugando a la bruja. Con el tiempo pasó más horas sola. Cerraba la puerta de su cuarto con llave aunque yo estuviera afuera y decía que estaba aprendiendo algo nuevo, pero nunca explicó qué.
Empezó a traer objetos que no le conocía: cuencos metálicos que parecían antiguos, plumas que claramente habían sido quemadas, recipientes con tierra que decía haber traído de un cerro. A veces tenía manchas oscuras en las uñas como si hubiera estado escarbando.
Decía que estaba bien y que no había razón para meterse en lo que cada quien hace para sentirse mejor, pero lo decía sin mirarme directamente y con un tono muy distinto al que usaba cuando empezamos a salir. Una noche escuché pasos dentro de su cuarto. Pasos lentos, muy marcados, como de alguien que recorre la habitación de un extremo a otro.
Ella no estaba en casa porque había salido con una amiga y eso me obligó a levantarme. Abrí la puerta sin hacer ruido y no vi a nadie. Todo estaba ordenado, pero el olor a incienso quemado era tan intenso que me ardieron los ojos y tuve que salir.
Cerré la puerta y me quedé quieto en el pasillo mientras pensaba si era buena idea seguir preguntando o si debía dejarlo pasar, aunque sabía que no estaba imaginando nada porque el olor impregnó mis manos. A partir de esos días dejó de comer a sus horas.
Cuando le preguntaba decía que no sentía hambre y que su cuerpo estaba cambiando según lo que estaba practicando, aunque nunca explicó de qué hablaba. Sus manos siempre estaban frías, incluso cuando hacía calor. Me daba cuenta cuando me tomaba del brazo porque su tacto era tan helado que me hacía tensar los músculos.
Empezó a dibujar símbolos en hojas sueltas, figuras hechas con líneas torcidas y rutas que parecían marcar algo, pero no eran pentagramas ni diseños típicos de internet. Parecían mapas sin ciudades, caminos sin destinos claros. Una tarde me pidió que si alguna vez la escuchaba hablar sola no la interrumpiera porque, según ella, rompería un proceso importante.
Lo dijo mirando el papel donde hacía los dibujos y sin levantar la vista.
Fue la primera vez en toda la relación en la que sentí miedo real de lo que estaba ocurriendo y también la primera vez que pensé que tal vez ya no estaba siguiendo un juego ni una moda, sino un camino que no podía entender y que estaba empezando a absorberla de una manera que no sabía si era voluntaria o no.
Una tarde encontré en su mueble una lista escrita a mano con palabras que no tenían sentido para mí. Decía puerta del sueño, cambio y ver. Eran tres líneas separadas, sin dibujos ni explicaciones. La letra era de ella y se notaba que había escrito rápido, como si no quisiera perder la idea.
Cuando le pregunté qué significaba, me dijo que estaba preparándose para un ritual de visión que haría sola porque yo no estaba listo para eso. Se lo dije sin rodeos, que lo dejara, que no tenía por qué meterse en cosas que no entendía, pero ella respondió que ya había tomado la decisión y que no pensaba detenerse por mis miedos. No se enojó ni alzó la voz.
Lo dijo como si estuviera explicando una tarea pendiente que no podía posponer. Desde esos días comenzó a quedarse despierta hasta las cuatro o cinco de la madrugada.
Yo intentaba dormir, pero era imposible porque la escuchaba murmurar palabras que no lograba descifrar mientras movía sillas, raspaba el piso con algo que no entendía y abría y cerraba frascos como si estuviera preparando algo que no quería que nadie más viera. A veces el olor de los frascos llegaba a mi cuarto y me provocaba dolor de cabeza. No era incienso ni nada parecido.
Era un olor frío, como tierra húmeda guardada demasiado tiempo. Cuando intentaba acercarme para preguntarle si necesitaba algo, ella se quedaba en silencio hasta que yo me alejaba otra vez. Una noche toqué su puerta porque llevaba más de tres horas escuchando ruidos que no lograba identificar.
Le pedí que abriera y ella respondió con una voz ronca, tan distinta a la suya que me hizo retroceder. Me dijo que la dejara sola y que no interrumpiera. La voz no sonaba natural, era grave y forzada. Me quedé de pie en el pasillo sin saber si volver a golpear o esperar.
Al final no volví a tocar porque me pareció que empujar más la situación solo la haría encerrarse todavía más en lo que estaba haciendo. Pasaron casi dos horas antes de que saliera del cuarto. Tenía los ojos muy rojos, como si hubiera llorado durante mucho tiempo o como si no hubiera dormido en días. No dijo nada al principio y solo caminó hacia la cocina para tomar agua.
Le pregunté qué estaba pasando y respondió que estaba cerca, aunque no explicó de qué. Lo dijo con el mismo tono que se usa cuando uno está a punto de terminar un trabajo importante. Hubo un momento que me dejó con la idea clara de que ya no estaba midiendo la gravedad de sus actos.
Dejó una vela encendida dentro del clóset, rodeada de papeles con símbolos que ella misma dibujaba. La encontré porque olía a cera caliente y temí que prendiera algo. La apagué de inmediato y discutimos. Le dije que podría provocar un incendio y que no podía dejar una vela en un lugar cerrado. Ella respondió que era necesario para que la escuchen.
No especificó quiénes, solo lo dijo con una seguridad que me inquietó más que el fuego mismo. No era un juego para ella. Nada de lo que estaba haciendo lo era ya. Su cuerpo empezó a deteriorarse. Perdió peso sin proponérselo. Sus mejillas se hundieron un poco y tenía temblores leves cuando sostenía un vaso o una cuchara. Sus pupilas se dilataban sin razón.
A plena luz del día se le veían tan abiertas que parecía no enfocar bien. Llegué a pensar que se estaba metiendo en drogas, pero cuando se lo dije lo negó por completo y me pidió que no volviera a mencionarlo. Lo hizo con una voz cansada, no molesta. Como si llevar esa conversación la distrajera de lo que realmente quería hacer.
Una noche escuché que hablaba como si hubiera alguien con ella. No eran palabras sueltas ni susurros aislados. Era una conversación pausada y firme. Las respuestas parecían dirigidas a una presencia que yo no podía oír. Me levanté sin pensarlo y entré a su cuarto. Estaba sola, sentada en el piso, mirando un punto fijo de la pared. No reaccionó cuando la llamé por su nombre.
Solo giró la cabeza unos segundos después y me dijo que todo iba avanzando. Luego se acostó sin decir más. Ese día entendí que ya no estaba compartiendo conmigo lo que hacía. Se estaba guardando todo y se volvía más hermética cada vez que intentaba preguntarle algo. Cuando insistía, solo respondía que pronto entendería por qué.
La última semana antes del incidente final fue la más pesada. Ella empezó a evitar el sol. Mantenía las cortinas cerradas todo el día y decía que la luz interrumpía el tránsito. No explicó qué tránsito ni hacia dónde. Sus brazos tenían marcas como rasguños superficiales.
Cuando le pregunté de dónde salieron, dijo que había sido el gato, pero no teníamos ningún gato ni habíamos visto uno cerca. La forma de los rasguños no parecía fortuita. Eran líneas cortas y paralelas, como si las hubiera hecho ella misma o como si algo hubiera pasado por su piel con cuidado suficiente para no abrirla del todo.
Yo empecé a dormir mal porque tenía la sensación de que algo se estaba acumulando y que ella estaba empujando todo hacia un punto del que no iba a haber vuelta atrás. No sabía qué hacer sin provocar que explotara o me corriera de su vida, pero tampoco podía quedarme sentado viendo cómo se hundía en algo que no lograba comprender.
Esa incertidumbre me acompañó cada noche mientras escuchaba, desde mi cuarto, los murmullos apagados que parecían volverse más constantes conforme pasaban los días. La noche del incidente llegué a la casa un poco más tarde de lo normal porque tuve que quedarme resuelto en el trabajo y lo primero que noté fue que la puerta del cuarto de ella estaba medio abierta.
Eso no ocurría desde hacía semanas porque siempre la mantenía cerrada con seguro.
Me quedé en el pasillo unos segundos tratando de escuchar algún ruido, pero no se oía nada, así que empujé la puerta con cuidado para ver si estaba dormida o si había salido y había olvidado cerrarla, aunque sabía que eso era imposible porque para ella ese cuarto se había convertido en el centro de todo lo que estaba haciendo.
La luz estaba apagada y solo se veía la claridad tenue de una vela encendida, lo suficiente para distinguir su cuerpo tirado en el piso. Estaba boca arriba, con las piernas dobladas y el brazo derecho extendido hacia el mueble donde tenía sus papeles. Su respiración era irregular, como si le costara mantenerla, y su piel se sentía muy fría cuando toqué su frente.
Las manos las tenía manchadas con algo que parecía tierra mezclada con cera derretida. La vela estaba sobre un mueble de madera y su llama había alcanzado varios documentos que ella había dejado encima. Algunos papeles ya estaban quemados por las esquinas. Eran hojas con símbolos, cartas escritas a mano y dibujos.
El fuego comenzaba a extenderse hacia otros papeles y el aire tenía un olor fuerte a cera caliente mezclada con papel chamuscado. Todo se estaba descontrolando sin que nadie lo estuviera viendo. Corrí hacia la vela y empecé a apagar los papeles golpeándolos contra el piso para que no siguieran prendiendo.
La madera del mueble ya estaba marcada por una mancha oscura y pude ver cómo algunos bordes seguían rojos por el calor. Después me arrodillé junto a ella y traté de levantarla para que reaccionara, pero no respondía. Movía apenas los labios y balbuceaba palabras sin forma que no lograba entender. Su voz sonaba como si la lengua le estorbara, como si no pudiera moverla bien.
Le hablé varias veces para que me escuchara y tratara de abrir los ojos, pero se quedaba con la mirada perdida y solo respiraba entrecortado. Me di cuenta de que no tenía tiempo para esperar a que reaccionara ahí mismo, así que la cargué en brazos y la llevé al carro.
Apenas pesaba y su cuerpo estaba tan frío que tuve que acomodarla con cuidado porque parecía que no podía sostenerse sola. En el camino al hospital ella intentó abrir los ojos varias veces, pero no lograba enfocarse. Tenía la cabeza apoyada en mi hombro y cada tanto repetía palabras que no tenían sentido. No eran murmullos nerviosos ni frases cortadas.
Era como si tratara de contestar preguntas que nadie le estaba haciendo. En un momento levantó un poco la mano y luego la dejó caer como si no tuviera fuerza. Seguí conduciendo sin mirar más que la carretera porque sabía que no podía perder tiempo preguntándome qué había tomado o qué había estado haciendo antes de que yo llegara.
En urgencias la recibieron de inmediato porque su respiración era inestable. Los doctores me explicaron que había entrado con signos de intoxicación y que su ritmo cardíaco estaba alterado. También mencionaron que el inicio del incendio pudo haber hecho que inhalara algo más peligroso si yo hubiera llegado unos minutos después.
No quisieron dar un diagnóstico sin hacerle estudios, pero me dejaron claro que había estado cerca de no recuperarse. Después de unas horas, uno de los médicos regresó y dijo que habían encontrado rastros de peyote en su sistema.
Me quedé sin palabras porque nunca la vi consumir nada de eso ni hablar de drogas, pero inmediatamente recordé la lista que encontré en su mueble donde decía puerta del sueño, cambio y ver.
En ese momento entendí que no se refería a un ritual místico sino a un estado alterado por la droga que probablemente buscaba para convencerse de que estaba cruzando hacia algo que solo ella creía que existía. Cuando despertó estaba alterada. Se sentó de golpe y miró a todos lados como si no reconociera el lugar.
Los doctores tuvieron que pedirle que se calmara porque trató de levantarse sin poder sostenerse. Cuando me vio, tardó unos segundos en enfocar y luego dijo que había visto lo que las personas no pueden ver. No lo dijo como metáfora ni como alguien que está inventando algo para evitar responsabilidades.
Lo dijo con miedo real, como si hubiera presenciado algo que no podía explicar y que la había dejado marcada. Quise preguntarle qué había visto, pero no respondió. Miraba hacia una esquina del cuarto como si esperara que algo apareciera ahí. No volvió a ser la misma después de eso. En cuanto la dieron de alta dejó la casa y me pidió que no la buscara.
No quiso hablar de lo que había pasado ni de lo que creyó ver esa noche. Cortó toda comunicación y se alejó de cualquier persona que hubiera sido parte de su vida hasta ese momento.
Me quedé con la sensación de que buscó cruzar un límite que su mente no pudo sostener y, aunque siempre creí en la brujería y respeté muchas cosas, nada me preparó para ver a alguien intentar romper un equilibrio que no está hecho para cualquiera.
Yo podía dudar de sus prácticas, pero no pude dudar de algo que vi con mis propios ojos: ella decidió avanzar hacia un lugar del que no pudo regresar del todo, aunque siguiera viva.
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Recurso externo
Preguntas frecuentes sobre ritual de visión
¿Qué es el ritual de visión en esta historia?
El ritual de visión es la práctica que la pareja realiza y que provoca cambios físicos y psicológicos en la protagonista.
¿Por qué el ritual de visión causa miedo en el narrador?
Porque el ritual de visión transforma a su pareja, la aísla y genera sucesos extraños que culminan en una noche de desastre.
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