¿Quien Era Esa Niña? Historia de Terror

¿Quien Era Esa Niña? Historia de Terror

Mi nombre es Mariana, soy una mujer que hasta que sucedió lo que estoy por contar era muy escéptica a todo lo relacionado con lo sobrenatural. Antes pensaba que todo eso era una sarta de charlatanerías, sin embargo, lo todo cambió desde que supe que estaba embarazada de la que es hoy mi única hija ¿Quien Era Esa Niña? Historia de Terror.
Era un día medio nublado, los rayos del sol se apagaban allá en el horizonte, había decidido dar una vuelta en la manzana, ya que por un repentino cambio hormonal no quería ver a mi esposo Antonio. Eso sí, me fui con todas las precauciones para una embarazada de seis meses. Curiosamente, había poca gente en la calle, no sé si por la hora, pero en el parque al que llegué solo se encontraba una pareja de ancianos, un boleador que atendía a un hombre de pinta acaudalada y unos niños, probablemente hermanos, que jugaban cerca de donde estaba una mujer, quizá su madre. Decidí darle una vuelta a la cuadra del parque y regresar, cuando de pronto algo cambió mis planes. Llevaba la mitad de mi camino, cuando se cruzó en mi camino una niña de unos seis o siete años, cabello negro, suelto, su mirada inocente contemplaba unas flores de una jacaranda que colgaban muy cerca de su cabeza. De inmediato dirigió su mirada hacia mí, dio tres pasos y tocó mi barriga. Me dijo: “señora, es usted muy bonita.” No pude evitar sonrojarme. Le agradecí su cumplido y con mucha naturalidad, demasiada, me dijo que le gustaría que yo fuera su mamá. Me soltó el vientre y riendo se fue al lado contrario al que yo miraba. Por mi parte, sus palabras me extrañaron, así que le quise preguntar por su madre, pero cuando volteé hacia donde se suponía que estaría, ella no estaba. Los niños se iban con su mamá, el bolero había terminado de hacer su trabajo, los ancianos se levantaron para irse, pero de la niña… nada. Las luces del parque se encendieron, lo cual era señal para mí de regresar a mi casa. Cuando llegué, abracé a Antonio y olvidamos el enojo juntos. Él me dijo que era frecuente que las mujeres cambien de humor durante su embarazo, incluso recuerda que una tía suya corrió de su casa a su esposo una vez durante un embarazo suyo, por lo cual comprendía mi situación. Mientras cenábamos le conté lo que vi en el parque y se sorprendió, sin embargo, después me dijo que tal vez estaba con los otros niños que vi, solo que no me había dado cuenta. En ese momento le di la razón y continuamos con la cena.
El resto de mi embarazo se vio marcado por algunos fenómenos extraños: algunas veces me parecía escuchar un par de piececillos corriendo en los pasillos de mi casa, otras creía ver una silueta que corría por mi cuarto o el del futuro bebé. Toño y yo no le dimos importancia, pues creíamos que los nervios por el parto me hacían ver y oír cosas. Para calmar mi ansiedad decidimos adoptar una perrita poodle, la llamamos Tootsie. Ella se encariñó con nosotros de inmediato. Incluso parecía que sabía que estábamos esperando a un bebé, pues permanecía conmigo en todo momento. Cuando mi hija nació, la perrita, lejos de encelarse, se encariñó con ella. Decidí llamar a mi niña Beatriz, y fuera de algunas complicaciones en el parto, sus cuatro primeros años de vida fueron normales. Una noche, Tootsie estaba muy inquieta; aullaba y rascaba la puerta de la habitación de mi hija, como si quisiera entrar. Toño y yo supusimos que quería entrar a su habitación, sin embargo, mi hija tenía un pequeño problema de alergia a los pelos de perro, así que por órdenes médicas tenía que dormir separada de la perrita. Antonio salió varias veces a callarla, hasta que comprendió que debía meterla a nuestro cuarto para tranquilizarla. Aprovechó para asomarse a la habitación de Beatriz, según me dijo parecía que dormía profundamente. Todo el ajetreo me espantó el sueño, hasta que dieron las cuatro de la mañana pude dormir un poco. La alarma de Toño sonó a las seis, lo cual hizo que me despertara. Aún adormilada, abrí los ojos, y juraría que vi en frente de nuestra cama una figura como de una niña, creí que era Beatriz, así que le dije que volviera a dormir. De pronto escuché que se reía de una forma muy parecida a como lo hizo esa niña del parque, tres años atrás. Eso provocó que me despertara por completo, sin embargo, la silueta de la niña se había desvanecido por completo. Quise pensar que fue un sueño, pero todo empeoró cuando Tootsie empezó a gruñir hacia la misma dirección en la que yo había visto la silueta. Molesto por oír a la perrita, Toño se levantó y la sacó, luego preparó sus cosas para bañarse, mientras yo le hice el desayuno. Quise decirle lo que vi pero se excusó de que se le hacía tarde y tan pronto terminó su desayuno se fue.
Desperté a Beatriz para llevarla a su guardería, donde estaba aprendiendo a dibujar. Hasta ese día hacía cosas muy básicas pero muy coloridas: a su padre lo representaba con palillos rojos, a mí me pintaba de color azul y a la perrita de amarillo. Sin embargo, a partir de ese día tan extraño empezó a dibujar una cuarta persona, quien decía que era su hermanita. Su profesora decía que a esa edad era muy normal que tuviera amigos imaginarios, por lo que no debía parecerme extraño. Sin embargo, los dibujos de Beatriz incluían a su “hermanita” con mayor frecuencia y protagonismo, hasta que era lo único que dibujaba. Un año después Beatriz me dijo algo que me alteró en demasía:

“Mami, mi hermanita me enseñó un juego: es de que me meto debajo de las cobijas y estoy enterrada, ¡mira!” Dicho esto, corrió a su cama y se metió a las cobijas y dijo:

“¡Ahora debo de dejar de respirar y quedarme quietecita! Eso me dijo mi hermanita”

“¡Bety, no!” Le dije. La saqué de su cama y ella parecía no reaccionar.
“¡Bety, Bety!”
“¡Mamá, se supone que no debo responderte, ya perdí! ¡Mi hermanita me ganó!”
Durante unos meses, Beatriz jugaba de esa manera, lo cual me llegó a alterar los nervios. Una noche, Beatriz nos despertó a media madrugada, acompañada por Tootsie. Decía que su hermanita se enojó con ella y le tiró sus juguetes. Toño fue a su habitación y, extrañado, vio cómo la habitación estaba muy desordenada; era imposible que un niño pudiera hacer semejante tiradero. Al ver eso, regañó a Beatriz, pero ella estaba empecinada en que fue su hermanita. Por intercesión mía, pude convencerlo de que se quedara con nosotros y en la mañana veríamos cómo recoger su habitación. Varias noches sucedía lo mismo, hasta que en definitiva no pudo volver a dormir en su habitación. Toño seguía escéptico, pero yo ya no tenía dudas de que algo fuera de este quería dañar a mi hija.
Una mañana de invierno, desperté a Beatriz para llevarla a su guardería. Toño aún no salía, por lo que estuvo presente para escucharme decir que nuestra hija tenía temperatura, deliraba mucho y sus labios se veían morados. Ante la emergencia pidió permiso en su trabajo y la llevamos al médico. En el consultorio nos dijeron que tenía casi cuarenta grados de temperatura, por lo que de inmediato la desvistieron, la metieron en una tina y le suministraron medicamentos, sin embargo, no fue suficiente, por lo que se tuvo que quedar en el hospital. Los doctores le diagnosticaron neumonía, lo cual nos asustó a ambos, sin embargo, los doctores pronosticaron una evolución favorable gracias a que la habíamos llevado a tiempo para su tratamiento. En total pasó cuatro noches en el hospital y yo la tuve que acompañar, debido a que Toño tuve que seguir en su trabajo.
En el quinto día, Beatriz fue dada de alta, en la mañana. Cuando cruzamos las puertas del hospital, yo le prometí que haríamos una fiesta para su cumpleaños en grande dentro de dos meses, pues era digno de celebración salir de una enfermedad tan peligrosa. Ella se emocionó mucho, pero después me dijo que si también iba a invitar a su hermanita. Yo le dije que no era necesario, sin embargo, ella se veía algo preocupada.
“¿Tu hermanita te hizo algo para que te enfermaras?” Le pregunté. Beatriz se encogió de hombros y me dijo que no estaba segura. En esos momentos no sabía con quién acudir, pues los maestros decían que “su hermanita” era producto de su imaginación; los psicólogos estaban seguros de que era una simple etapa y el hecho de que se enfermara fue una triste coincidencia. Según todos los especialistas, lo que yo vi eran sugestiones dentro del “juego” que hacía Beatriz, por lo que no debía preocuparme, pero lo hacía. Un día, una vecina escuchó mi historia, por lo que me recomendó bendecir la casa. Yo no soy mujer muy creyente, pero pensaba que no haría daño, por lo que ese día fui a la iglesia para pedir al párroco que fuera a mi casa a echar agua bendita. Al día siguiente, llegó a la cita y comenzó el ritual. Esa noche Beatriz me dijo que no veía a su hermanita, al parecer se había ido. Toño no le dio mucha importancia al respecto, pero se alegraba de que la niña se animara a dormir en su cama después de varios meses. Tootsie movía la cola y dio un par de brincos.
Sin embargo, la noche anterior a la fiesta del quinto cumpleaños de Beatriz, estábamos Toño y yo preparando los dulces para la piñata, junto a nosotros estaba Tootsie echada, cuando nos pareció escuchar un grito muy fuerte que decía “¡Mamá!” Toño se alteró y fue a la habitación de mi hija, para ver qué le sucedía. Cuando regresó estaba muy desconcertado, pues me dijo que al entrar, Beatriz estaba profundamente dormida. Los dos sentimos escalofríos al escuchar eso último. De pronto, la poodle se levantó de su camita y echó a correr como si persiguiera algo… o alguien. Cuando llegó a la entrada de la casa, se golpeó con la pared y empezó a rascarla, como si quisiera abrirla, mientras lo hacía, lloraba como si alguien de nosotros se hubiera marchado. Toño, preocupado, le abrió la puerta para ver si no era que había alguien afuera, y en un segundo, la perrita salió corriendo; ninguno de los dos pudo hacer nada. Atravesó la calle, y para su mala fortuna, un auto que pasaba la atropelló, matándola al instante.
Toño recogió el cadáver y con tristeza decidió enterrarla en el jardín. Como en este tiempo Beatriz también le había desarrollado cariño a la perrita, ninguno de los dos sabía cómo decírselo. A la mañana siguiente, Beatriz se levantó por su cuenta, me la llevé al jardín y le dije lo que le sucedió a Tootsie, mientras le señalaba el montículo de tierra en el que estaba enterrada. Al tiempo que hablaba ella no cambiaba su semblante, que era como indiferente. Eso me consternó, por lo que le pregunté si se sentía bien. Ella me respondió:

“Claro, mamá. Voy a disfrutar mi cumpleaños, ¡qué importa que se haya muerto la perra!”

Yo pude sentir cómo mis ojos se me desorbitaban. Ella nunca se expresó del animal así.

“Beatriz, ¿qué te pasa?” La tomé de los hombros y estaba por zarandearla, pero ella esbozó una siniestra sonrisa.

“Al fin lo logré, ya eres mi mami.” Dijo, mientras soltaba una risa que en otras circunstancias sería encantadora, pero para mí era aterradora. Era la misma que escuché cinco años atrás, en el parque, no tenía duda.
Corrí hacia Toño y le dije que Beatriz estaba rara. Él fue hacia ella y platicaron un poco en voz baja, después volvió a mí y dijo que sollozaba en la tumba improvisada de Tootsie, pero que podía seguir adelante con la fiesta de cumpleaños, pues no siempre se salvaba uno de una enfermedad como la que ella tuvo. Después me dijo que tal vez yo era la alterada por la muerte de la perrita. Le insistí en que la vigilara, pero él me dijo que si bien se veía triste ella estaría bien, que le preocupaba más yo.

“Toño, por favor, ¡esa ya no es Beatriz!”

“¿Qué dices? ¡Mariana, te estás volviendo loca!” Dicho eso, fue por la niña y me la mostró. “¿Crees tú que esta no es tu hija?” La niña sonreía encantadoramente, pero no, esa gesticulación en su vida la hizo Beatriz.

Yo le traté de explicar lo que sucedió hace poco, pero fue en vano. Él llamó a un doctor y contra mi voluntad me sedaron. Cuando desperté supe que Toño siguió adelante con la fiesta de cumpleaños con ayuda de su mamá y yo me quedé en casa, mientras una de mis cuñadas velaba por mí. Me invadió la tristeza, pues nadie podría creer que la pequeña a la que le festejaron no era Beatriz, ni siquiera su propio padre. Solo yo sé su verdadera identidad. Beatriz, por mi título de madre, debo encontrarte y hallar la forma de regresarte a tu cuerpo.
 
 
Autor: Efrén Herrera
Derechos Reservados

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