No Puedes Huir

No Puedes Huir

Hace algunos años estaba estudiando medicina y me tocó hacer prácticas en un pequeño hospital psiquiátrico privado para adultos de la tercera edad; una vez a la semana, como incentivo, le dábamos a los pacientes dulces o algunas golosinas, una vez uno me preguntó por qué no le dábamos dulces también a los niños que jugaban en el patio, aunque yo era solo un practicante sabía con total seguridad, que no había niños dentro del hospital, ya que era un hospital privado, no permitía el acceso a ningún tipo de visitantes sin cita previa y menos a menores de edad, además dentro del hospital no existía ninguna especie de área infantil. Al principio pensaba que era parte de su enfermedad, pero, un día escuché a una enfermera hablar de estos niños, mencionaba que se aparecían a los pacientes que estaban próximos a morir, decidí ignorar el comentario, ya que no creía en cosas paranormales.
Una noche, al finalizar mi turno, pasando las 12, estaba recogiendo mis cosas y al momento de recoger mi mochila calló de ella mi último cigarro, se me hizo raro porque al ser frágiles, normalmente tengo cuidado en guardarlos bien, pero supuse que había sido un descuido de mi parte y no le puse atención a ese detalle, ya quería irme, estar solo en los vestidores daba escalofríos, como dije, no creía en historias, pero siempre que estaba solo en algún área del hospital me sentía observado. Me di cuenta de que no tenía mi encendedor, quería fumar camino a la parada donde siempre esperaba un taxi, así que me acerqué a mis compañeros y les pregunté si alguien tenía uno que me prestara, dijeron que no, pero uno de ellos me dijo que utilizara el encendedor que estaba en la cocina comunitaria, lo pensé un momento por que debía regresar al hospital, solo, y recorrer los pasillos, la mayoría de mis compañeros ya se habían ido; pensé pedirle a alguno de los que quedaban que me acompañara, pero me dio pena que pensaran que tenía miedo, aunque si tenía un poco la verdad, al final me armé de valor y fui a la cocina, las ganas que tenía de fumar, pudieron más que mi miedo. Atravesé los pasillos de la planta baja al fondo del hospital, cuando llevaba medio camino cerca de las escaleras, pude ver como una sombra del tamaño de un niño, bajó corriendo y atravesó la puerta de la habitación frente a las escaleras, intenté convencerme de que era producto de mi imaginación o de mi miedo, avancé hacia la cocina, tomé el encendedor y me fui casi corriendo, cuando llegué afuera mis compañeros se habían ido, encendí mi cigarro, me calmó un poco, tomé el taxi y le pregunté al conductor si creía en cuentos de fantasmas, me dijo que cuando llegó a vivir a la ciudad en la casa que rentaban había un ente que los acosaba día y noche; entonces fueron con un sacerdote, bendijo la casa y el ente los dejó en paz. Llegué a mi departamento pensando en la sombra que había visto en el hospital, decidí buscar a la enfermera que había hablado del tema; tomé una cena ligera y me fui directo a la cama, intenté dormir, pero solo di vueltas en la cama toda la noche. Al día siguiente me levanté sin ganas de ir al hospital, incluso pensé en llamar a mi jefe para reportarme enfermo, pero no lo hice, me lavé la cara y, fui al hospital, llegué como de costumbre, registré mi entrada, y saludé a mis compañeros, los vi desanimados, cuando pregunté por qué me dijeron que el paciente del cuarto frente a las escaleras de la planta baja había muerto esa noche; sentí un escalofrío, era la puerta en la que había entrado la sombra que vi, al parecer me puse pálido porque un compañero me preguntó si me pasaba algo, si me sentía bien, reí de nervios y le dije que todo estaba bien. Subí a buscar a la enfermera que habló de los niños, ella tendría que tener respuestas; la vi platicando con otra enfermera y lo más amable que pude le dije que tenía que hablar con ella, nos apartamos y le conté lo que había visto la noche anterior, le conté también que el paciente había muerto, ella se puso seria y me dijo que había escuchado las historias, pero que no pensaba que fueran reales, me contó que cuando ella llegó a trabajar al hospital una de sus primeras pacientes le dijo que uno de los niños la había visitado, la noche en la que tuvo el infarto, del que milagrosamente sobrevivió, la visitó una niña de unos seis años, desfigurada de la cara, como si hubiera sufrido quemaduras graves, le dijo que tenía que acompañarla, que era su hora; la paciente le preguntó por qué no había cruzado al otro lado, la niña le dijo que nadie había ido por ellos, que pensaban que si guiaban a los ancianos al otro lado, ellos algún día podrían pasar.
Con cara de lástima, la enfermera me dijo que solo los que van a morir los ven, y que seguramente mis días estaban contados. Se me hizo un nudo en el estómago, me aparté sin decir nada mientras sentía como el pánico crecía dentro de mí; intenté pasar el día sin pensar en eso, pero fue imposible. Logré terminar mi turno con algunos errores causados por mi distracción, hasta mi jefe me preguntó si me sentía mal y le dije que sí, un poco, pensando en que podría usarlo como pretexto para faltar al otro día. No quería volver al hospital, me aterraba que la enfermera tuviera razón.
Llegué al departamento y tomé una pastilla para dormir necesitaba apagarme por completo. Al otro día hablé con mi jefe y le dije que no me sentía bien, que no iba a ir a trabajar. Llamé a mi mamá para contarle lo que estaba pasando, ella estaba en Toluca, sin pensarlo me dijo que regresara a casa, que ningún trabajo o prácticas valía mi vida, que podía intentarlo el próximo año; colgamos y me quedé pensando en el tema, tenía que tomar una decisión antes de que terminara el día. Como siempre, tiré un dado definiendo los números pares como “renunciar” y los impares como “quedarme”, lo lancé y quedo sostenido sobre uno de sus bordes.
Sentí como el pánico se apoderaba de mí, salté del sillón sin poder creer lo que estaba pasando, tomé mis cosas y salí del departamento, sentí que al mezclarme con la gente me sentiría mejor. Después de caminar por horas, decidí renunciar a mis prácticas y volver a Toluca. Le mandé un mensaje a mi jefe y sin dar más explicaciones le dije que no iba a volver a trabajar, que iba a regresar a Toluca, después llamé a mi mamá y le di la misma noticia. Regresé al departamento, empaqué todo lo que pude y salí a la estación de autobuses. Estaba en la fila para comprar el boleto y enfrente de mí estaba una señora tomando la mano de su hijo, como de unos seis años, el niño volteó, tenía la cara desfigurada, me vio a los ojos y me dijo “no puedes huir”, sin poder controlarme, di un pequeño grito, la mamá del niño volteó a verme con cara de asco, cuando regresé la vista al niño, era un niño normal, su cara estaba bien. Pensé que estaba paranoico por todo lo que había pasado, salí de la fila y fui al baño a echarme agua a la cara. Regresé a la fila, ya más tranquilo y la señora ya no estaba. Compré mi boleto y llamé a mi mamá para distraerme mientras esperaba la salida del autobús, no le dije nada de lo que había visto por qué estaba seguro de que era mi mente jugándome sucio, en cambio, hablamos de cosas sin importancia, recuerdos de la infancia y cosas así. Al fin anunciaron la salida de mi viaje, así que le dije a mi mamá que iba a tomar una pastilla para dormir y que la esperaba en la central de autobuses de allá. Y así lo hice, al poco tiempo me quedé profundamente dormido. Me despertó una sacudida, sin poder reaccionar sentí como salía disparado, golpeando las paredes del autobús, de repente sentí un ardor en el abdomen. Todo se calmó, nos habíamos volcado, pude ver el caos, cuerpos y maletas esparcidos por todo el autobús, no podía moverme, todavía estaba medio dormido por la pastilla, estaba débil, el ardor en el abdomen se sentía cada vez más fuerte. Me desmayé. Mientras estaba inconsciente pude ver a uno de los niños, estábamos solos en medio de la nada, todo era blanco. Me tomó de la mano y me dijo que ya era hora, le dije que no quería, aún tenía mucho que hacer, le pregunté que le había pasado, porque hacía eso, me dijo que hace muchos años el hospital era un orfanato, una noche algo pasó y todo se incendió, todos quedaron atrapados y murieron calcinados, pero que solo querían cruzar, ser libres. En ese momento la luz del lugar empezó a expandirse y desperté. Estaba en el hospital, una enfermera estaba viéndome con el desfibrilador en las manos, estaba vivo, la enfermera debió ponerme un calmante porque me quedé dormido. Después de algunos días en terapia intensiva supe que el ardor en el abdomen era un fierro del autobús que me había atravesado, cuando la ayuda llegó al accidente muchos ya habían muerto, me dijeron que lo que me salvó fue tomar el somnífero, ya que al estar semi inconsciente mi cuerpo pudo concentrarse en mis funciones vitales y así mantenerme más tiempo con vida, yo sigo pensando que fue un milagro.
Cuando volvía a casa investigué con más detalle el incendio del orfanato, era algo que me seguía rondando por la mente, quería ayudar a esos niños a cruzar.
El incendio fue provocado por un corto circuito, las manijas del orfanato habían sido cambiadas recientemente por un material de baja calidad que se derritió con el fuego, dejando a todos atrapados, 25 niños y 4 adultos murieron en el incendio, fue una tragedia, pero al parecer fue una noticia poco difundida, a nadie le importaban unos huérfanos.
Cuando estuve completamente recuperado regresé al hospital, llevé un sacerdote, como me había dicho el taxista.
Cuando comenzó el siguiente semestre regresé al mismo hospital para rehacer mis prácticas, y las apariciones se habían detenido.
 
Autor: Mariana Peregrina
Derechos Reservados

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