Mi Gato Historia de Terror

Mi Gato Historia de Terror

Cuando era niño, una de mis mayores frustraciones fue debido a que no pude tener un perro o un gato. Mi madre odiaba a perros y gatos por igual, a los primeros porque los consideraba bravos, a todos, y muy estorbosos Mi Gato Historia de Terror. En cuanto a los gatos, debido a que venía de un pueblito muy supersticioso, pensaba que eran sirvientes del diablo, por lo cual nunca hubo uno solo en mi casa. Varios de mis amigos de la escuela tenían sus mascotas, lo cual me producía mucha envidia, más los que tenían gatos. Una de ellas, Valeria, recuerdo que se llamaba, me dejaba acariciar a su gatita, color blanco, muy cariñosa. Valeria la llamaba Moonie. De hecho a ella le simpatizaba demasiado, pues cuando me veía me ronroneaba y se acomodaba en mi regazo. Una vez Valeria me dijo que Moonie estaba esperando gatitos, por lo que me ofreció regalarme uno. Le expliqué las razones por las que no podría cuidar a un gatito, sin embargo, me convenció para que lo tuviera a escondidas, por lo que fui a su casa y elegí una gatita muy linda, blanca como su madre, ojos azules, cola peluda y una naricita negra. De inmediato me prendé de ella y la llamé Milly. El sentimiento fue recíproco, lo supe cuando me ronroneó y me acercó su naricita a la mía. Muy feliz me fui a mi casa y me metí a mi cuarto sin que mi madre me viera.
Ocultar su existencia de mi madre fue una labor titánica, pero logré burlar el peligro durante dos meses, hasta que, para mi desgracia, Milly se salió de mi habitación justo cuando pasaba mi madre y yo estaba en la escuela. Cuando volví recibí una tunda por parte de ella. Después me dijo que aventó a la gata al camión de basura en una bolsa, para deshacerse de ella. Eso me rompió el corazón y me alejó de la sensación de dolor por los cinturonazos. Posteriormente, no sé por qué me llevó a la iglesia para que me echaran agua bendita y me hizo rezar durante un mes el rosario, según ella para expulsar al diablo definitivamente. Esa tarde, vino de visita mi tía Griselda, que era hermana de mi padre, quien nos había dejado. Ella era psicóloga de profesión, así que al verme triste, tuvo una discusión con mi madre por la barbaridad que había hecho, después fue hacia mí y me dijo ingenuamente si quería ella me llevaría a buscar otro gato. Aún estaba triste por lo que había hecho mi madre, así que me negué, no quise tener otra mascota después de lo sucedido.
Al día siguiente, Valeria dejó de ir a la escuela, sin que nadie nos diera explicación alguna. Una vez, durante una reunión de padres de familia, mi mamá oyó que el padre se había vuelto loco e incendió la casa con todos dentro, solo sobrevivió la gata que tenían, pero murió poco después por heridas internas.
“¿Ves lo que pasa cuando tienes gatos, Iván?” Me dijo. “Por eso es que te decía que los gatos son del diablo”. Terminó diciendo santiguándose. Yo no quise creerle, y confieso que a raíz de eso tuve un pequeño rencor contra mi madre, el cual se desvaneció cuando cumplí la mayoría de edad, cuando al fin pude independizarme.
Un día, camino a casa después del trabajo, pasé por un terreno baldío y escuché un maullido, pertenecía a un gatito, lo supe por lo agudo del sonido. Al principio pensé que era mi imaginación, hasta que lo volví escuchar dos, tres, cuatro veces más, así que me brinqué la pequeña barda y me interné en el terreno. Justo en medio encontré el cadáver de una gata. Se veía muy sucia, pero con la poca iluminación que me ofrecían los faros de la calle podía ver que era de color blanco. Junto a ella estaban los cuerpos de tres gatitos, inertes, pero también estaba otro un poco más alejado. Supe que aún vivía y que era el que producía el maullido que escuché. No lo dudé: me quité la chamarra y con ella lo envolví, de inmediato me fui a casa y ahí le acondicioné un platito con un poco de comida picada y agua. El gatito comió, lo cual me tranquilizó, y lo puse a mi lado a la hora de dormir. El pequeño se acomodó justo a mi lado y se durmió mientras ronroneaba. Antes de quedarme dormido lo vi y me recordó a Milly, era igual a ella, blanco, nariz negra, ojos azules y cola peluda. No pude evitar recordarla, y no me da pena decir que lloré como cuando mi madre me decía lo que había hecho con ella.
A partir de la mañana siguiente, me reporté enfermo en mi trabajo y me dispuse a investigar los cuidados para un gatito, con ayuda de mi tía Griselda, a quien llamé esa mañana. Gracias a ella supe que el gatito tenía un poco más de tres semanas de nacido, ya que tenía los ojos abiertos y de alguna manera podía comer solo. Para mi fortuna, el gatito se veía sano, por lo que me decidí a regresar al terreno baldío para dar sepultura a los animalitos muertos. Al hacerlo, contemplé con tristeza a la madre. Entonces la reconocí: era Milly, estaba totalmente seguro, ya que era igual a como yo la recordaba, excepto por el tamaño. Después de sepultarlos en mi jardín, le prometí que cuidaría a su pequeño como no pude hacerlo con ella. El gatito pareció escucharme, pues me maulló y me miró con sus grandes ojos azules, se me acercó y me ronroneó mientras se frotaba en mi pierna. Lo cargué y le acaricié el lomo; decidí llamarlo Teo.
Volvió a pasar el tiempo, un año y medio, para ser precisos, y Teo se hizo un animal hermoso. Gracias a los constantes consejos de mi tía Griselda tuvo una vida feliz, todos los días me recibía maullando cariñosamente, me ronroneaba y se frotaba en mis piernas, a lo cual correspondía acariciándole el lomo. Nuestra vida fue estable, hasta el día que conocí a una chica en una salida a comer en mi trabajo. Era muy bella, se llamaba María. De a poco comenzamos a salir y sin darme cuenta, yo me había enamorado. Un día la invité a cenar a la casa; recuerdo que había regresado contento y preparé las cosas para la velada. De repente, Teo comenzó a inquietarse, se paseaba de un lado al otro de una ventana que daba a la calle. Se veía tenso y erizaba la cola mientras bufaba. En ese momento me asomé y vi a María.
“Tranquilo, Teo, solo es una chica a la que invité a cenar”. Le dije. El gato no dejó de mirar hacia afuera con sus grandes ojos azules y no dejaba de gruñir. Lo agarré de debajo de sus patas delanteras y lo miré. Estaba como poseído. Decidí encerrarlo en el baño mientras tenía mi velada con María, ya que era probable que estaba celoso. ¡No sé cómo es que los gatos se dan cuenta! La cena transcurrió con normalidad, justo cuando estaba por besar a María, escuché un maullido muy grave: era Teo, quien no dudó en saltar hacia María y le clavó sus garras en un brazo. La chica gritó horrorizada, y por reflejo se la quité de encima. Estaba entre enojado y confundido con mi gato, al cual encerré en mi cuarto. Sabía que mi cita estaba arruinada, sin embargo, María me besó en la boca y me dijo: “mi héroe. Gracias por cuidarme de ese salvaje”.

“Por nada. Seguramente se enceló porque casi nunca traigo visitas a la casa, normalmente no es así”. Le respondí.

“Bueno… si quieres que esto funcione, me temo que tendrás que deshacerte de él. ¿Te soy honesta? Soy alérgica a los gatos”.

Me quedé de una pieza. ¿Dejar a mi gato, así como así? No estaba seguro… Le dije a María que lo pensaría, que la próxima semana ya tendría una respuesta. Ella aceptó, me dio un beso en la mejilla y se despidió, contoneándose mientras caminaba. Después de unos minutos, el salvaje en que se había convertido Teo era el gato cariñoso que siempre fue. Me ronroneó y se frotó en mi pierna, como lo hacía hasta ahora. Estaba muy confundido. Por un lado, la hermosa María, que era amorosa, comprensiva y muy tierna; por el otro, Teo, a quien prometí fervientemente cuidar. Fue entonces que decidí llamar a mi tía Griselda, quien me propuso cuidarlo mientras durara mi relación con María. En el peor de los casos, si mi noviazgo terminara, Teo regresaría conmigo, y si terminara casado con ella, podría visitarlo cuando yo quisiera. No estaba del todo convencido, pero dada mi situación, acepté. Teo me miraba confundido mientras llegábamos a la casa de mi tía. Cuando lo dejé ahí, pude escuchar sus maullidos, parecía que me suplicara que no lo dejara. Mi corazón se estrujaba con cada sonido, así que decidí hacerme el duro y corrí, hasta que ya no pude escucharlo.
Ese día hablé con María, la elegí sobre mi gato. Eso la llenó de gusto, tanto que quiso verme esa misma noche. Aún tenía en mí sentimientos encontrados: por un lado la alegría de verme con María y por otra extrañaba a Teo. Cuando María llegó, se veía más radiante que nunca. Usaba un vestido blanco que le llegaba a la rodilla, un listón en la cintura, su cabello negro y suelto, y su piel morena se veía brillosa. La abracé y la besé, y ella me devolvió los cariños. Después se apartó de mí y corrió hacia el interior de mi casa; la seguí, pero ya no pude verla, la busqué en el comedor, el baño, la cocina, mi habitación… De ahí salió una voz como de ultratumba:
“Ahora que estoy segura de que estamos solos, ¡serás mío!” Y soltó una horrible carcajada.
El dueño de la voz era un ser espantoso: tenía la piel pálida, cabellos negros, ojos hundidos muy grandes, piel pálida y semiesquelética y un par de alas de murciélago salían de su espalda. Traía el mismo vestuario que María: no tenía duda que se trataba de ella. Traté de correr, pero con ayuda de sus alas el ser dio un brinco y me cortó el paso. Después de volver a reír, me sometió y me dijo:

“Solo eres uno, pero tu energía es lo suficientemente grande para mantenerme unos cinco años. La última vez que comí fue hace mucho, ¡pero esa maldita gata! ¡Las heridas que me provocó tardaron mucho en sanar! Para mi fortuna, la lujuria te cegó y pude deshacerme de tu asqueroso gato, que era el único que podía detenerme”.

Cuando estaba por asestar la primera mordida, una ráfaga blanca se interpuso. No podía creerlo, ¡era Teo! Su lomo se erizó, bufaba y sus pupilas estaban tan redondas que casi no se veía el azul de sus ojos. El demonio se sorprendió al verlo, y le gritó:

“¡Eres de la descendencia de aquella gata que me detuvo esa vez! ¡Asqueroso animal, la madre de tu madre fue la que me hirió! ¡Ahora pagarás!”

Y emitió un chillido. Se quiso abalanzar sobre Teo pero de algún modo tomé lo primero que vi, un vaso que dejé alguna vez en mi habitación, y se lo estrellé en la cabeza. María gritó de dolor, y Teo aprovechó la distracción para asestar un tremendo zarpazo en su rostro. La sangre le brotaba a chorros, con lo cual comprendió que si intentara atacarme una vez más no tendría éxito. Extendió sus alas y salió disparada al exterior, mientras Teo gruñía y miraba en dirección adonde María voló. Así permaneció varios minutos, hasta que al fin se calmó, yo estaba como en shock, y así permanecí hasta que Teo me ronroneó y se frotó contra mí, eso me hizo reaccionar. Lo miré, le acaricié el lomo con una mano y con la otra la barbilla, y le di un cálido “gracias”.
A la mañana siguiente, llamé a un carpintero para que arreglara la puerta de entrada, que fue donde salió el ente que yo conocía como María. En ese momento, llegó mi tía Griselda, quien al ver que Teo estaba conmigo, suspiró aliviada.

“Me alegra que esté contigo. Anoche me fui a dormir y le había acondicionado un espacio, pero en la mañana no lo vi, temí lo peor”. Me dijo.

Por mi parte, le narré todo lo que viví la noche anterior, no me importaba que me tomara como un loco. Sin embargo, me dijo que eso no sería del todo extraño, pues se dice que los gatos pueden ver cosas que nosotros no, él sabía muy bien el peligro que corría yo. Incluso le recordó un caso de una niña que también tenía una gata, igualita a Teo, que decía que su papá estaba en peligro constante gracias a que lo acosaba una secretaria de su trabajo. Tristemente, el papá enloqueció y quemó la casa con todos adentro: “la gata que tenían sobrevivió. Quise adoptarla, pero me enteré de que ya tenía algunas heridas internas que la terminaron matando”. Finalizó mi tía. Me atreví a preguntar el nombre de la niña, y su respuesta me heló la sangre: Valeria. Recordé las últimas palabras de María, no me costó trabajo inferir que ella fue la culpable de la desgracia que acabó con su vida y la de su familia.
Esto que cuento sucedió hace ya un año, en el que no he vuelto a ver a María. De todas formas, estoy alerta cuando Teo mira hacia afuera de la ventana de mi casa, ya que es probable que se trate de María, quizá busque la oportunidad para atacarme en mi casa, quizá busque venganza. Que venga, Teo y yo estamos preparados.
 
Autor: Efrén Herrera
Derechos Reservados

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