Tengo 29 años y nunca he sido alguien que crea fácilmente en historias sobrenaturales. Siempre he pensado que casi todo tiene una explicación lógica. Crecí escuchando relatos de brujas, luces en el cerro y cosas que se movían solas. Pero con el tiempo entendí que la mayoría eran exageraciones, malentendidos o personas que querían llamar la atención.

Las Marcas de una Abducción Extraterrestre Historias De Terr - miniatura del video

Video: https://www.youtube.com/watch?v=JTCQOBl502A

Por eso lo que voy a contar pudo haber sido una exageración más. Incluso ahora, mientras lo recuerdo, sigo sin estar completamente seguro de qué fue lo que pasó esa noche. La historia gira alrededor de mi tío Raúl siempre fue el problemático de la familia. Desde joven se metió en drogas, dejó trabajos, discutía con todos y desaparecía por temporada sin dar explicación.

Había semanas en que nadie sabía nada de él y de pronto regresaba como si nada, más delgado. Mi abuela sufría mucho por eso, pero con el tiempo aprendió a resignarse. Cuando yo era niño lo quería mucho. Él era el tío divertido que me llevaba a comprar dulces y me dejaba subir a su vieja camioneta. me hablaba de viajes, de lugares que desía haber conocido y yo le creía todo.

Con los años empecé a notar que muchas de esas historias no cuadraban, cambiaban detalles, fechas, personas. Cuando cumplí 15 años, ya entendía que la mitad de lo que decía no era cierto. Por eso, cuando contaba cosas extrañas, nadie lo tomaba en serio. Aseguraba haber visto luces que bajaban del cielo, personas que lo seguían. Ruidos en el monte detrás de su casa.

Mi mamá decía que eran alucinaciones. Vivía solo en una casa pequeña en las afueras de la colonia. Era una construcción vieja con el patio lleno de hierba alta y láminas apoyadas contra la pared. Las ventanas siempre estaban cubiertas con cortinas gruesas. Aunque fuera de día. Decía que necesitaba privacidad. A veces pasaba días encerrado y otras veces desaparecía sin aviso.

Cuando regresaba traía ropa sucia y el mismo olor fuerte que dejaban las sustancias que consumía. La noche que cambió todo empezó como cualquier otra. Yo estaba en casa de mi abuela, cenando con mi mamá y mis primos. Eran alrededor de las 10 cuando tocaron la puerta con golpes insistentes. Mi abuela se levantó pensando que era algún vecino, pero cuando abrió ahí estaba mi tío.

Entró sin saludar. Tenía la piel pálida y los ojos muy abiertos. Caminaba rápido, como si alguien lo hubiera seguido hasta la puerta. Mi mamá le preguntó qué pasaba, pero él no contestó de inmediato. Se sentó en una silla y se levantó las mangas de la camisa. Ahí fue cuando todos vimos las marcas.

En ambos brazos tenía señales alineadas, paralelas, como si algo lo hubiera sujetado con fuerza. No eran raspones irregulares ni heridas superficiales. Eran marcas profundas del mismo tamaño, colocadas a la misma distancia en cada brazo. La piel estaba enrojecida alrededor y en algunos puntos parecía haber pequeños moretones circulares.

Mi abuela se acercó y le tocó uno de los brazos. Él retiró el brazo con un gesto brusco y dijo que no lo tocaran. Su respiración estaba agitada y repetía que lo habían levantado. Explicó que estaba afuera de su casa en el patio fumando cuando escuchó un zumbido encima de él. Dijo que intentó mirar hacia arriba y que en ese momento sintió que algo lo sujetaba de los brazos.

Según él, no pudo moverse. Aseguraba que no eran personas, que no vio rostros. que solo sintió presión y luego dejó de tocar el suelo. Mi mamá se cruzó de brazos y le preguntó qué había consumido esa noche. Mi otro tío negó con la cabeza y murmuró que ya estaba cansado de escuchar esas historias.

Las marcas eran reales, eso no podía negarlo, pero todo lo demás sonaba como algo provocado por drogas. Él insistía en que lo habían levantado y soltado después de unos minutos. Decía que no sabía cuánto tiempo estuvo así. Afirmaba que lo dejaron caer en el mismo patio y que cuando pudo moverse, corrió hasta la casa y luego salió directo hacia la casa de mi abuela.

La familia asumió lo que siempre asumía, que había mezclado sustancias, que tuvo una alucinación intensa y que al caer se golpeó con algo. Nadie llamó a la policía ni a un médico. Mi abuela le puso una pomada en los brazos y lo dejó dormir en el cuarto de visitas. Yo tampoco le creí esa noche. Pensé que había inventado la parte del zumbido para hacer la historia más dramática.

Me fui a dormir convencido de que al día siguiente todo volvería a la normalidad. Al día siguiente de que apareció con las marcas, mi tío volvió a contar lo que había pasado. Lo hizo varias veces en los días siguientes y cada vez agregaba o cambiaba pequeños detalles. Por eso siempre dudé.

Algunas partes no coincidían del todo, aunque la estructura general de lo que decía se mantenía igual. Según él, esa noche estaba sentado en el patio trasero de su casa en una silla de plástico blanca que siempre tenía junto a la pared. Dijo que estaba fumando, mirando hacia el cielo sin hacer nada más. No hablaba con nadie ni tenía música puesta.

Aseguraba que estaba tranquilo. En ese momento explicó que la luz eléctrica se fue en toda la cuadra, no solo en su casa. dijo que fue un apagón completo, repentino, como si alguien hubiera bajado un interruptor grande. Se quedó todo oscuro. Yo pensé que eso no tenía nada de raro. En esa colonia los apagones eran frecuentes. Lo que él remarcaba era el silencio.

Decía que cuando se fue la luz dejó de escucharse todo. comentaba que en la colonia siempre ladraban perros y pasaban autos por la avenida cercana, pero que en ese momento no se escuchaba nada. Después mencionaba que vio una luz blanca sobre el techo de su casa. No decía que fuera una nave ni que tuviera forma definida.

Hablaba de un resplandor intenso, fijo, que iluminaba parte del patio. Decía que no bajaba ni se movía rápido, solo estaba ahí encima. En algunas versiones afirmaba que intentó levantarse para entrar a la casa, pero que el cuerpo se le puso rígido.

Decía que quiso mover las piernas y no pudo, que trató de empujarse con los brazos desde la silla y que tampoco respondió el cuerpo. Esa parte siempre la repetía igual. Sentía que estaba despierto, consciente, pero sin poder moverse. Luego hablaba de la presión en los brazos. Decía que fue como si algo lo sujetara desde ambos lados al mismo tiempo.

No describía manos ni dedos, solo presión firme, exacta, en la misma zona de cada brazo. Comentaba que la fuerza era suficiente para mantenerlo inmóvil. En ese punto decía que dejó de escuchar. No explicaba si fue que perdió el sentido del oído o si todo quedó en silencio.

Solo repetía que durante unos segundos no escuchó nada, como si alguien le hubiera apagado el sonido alrededor. Lo siguiente que recordaba era estar acostado sobre una superficie fría. No sabía cuánto tiempo había pasado. Decía que no era el suelo de su patio porque lo sentía liso y más frío que el cemento. Aseguraba que no podía mover la cabeza, solo los ojos.

Contaba que vio siluetas alrededor. No describía rostros ni cuerpos completos, solo figuras oscuras que se movían cerca. Decía que no distinguía detalles, que todo estaba iluminado por una luz blanca fuerte que no venía de un foco visible. Sentía algo recorriéndole los brazos desde el hombro hasta el antebrazo, como una presión que avanzaba despacio.

Repetía que en el antebrazo izquierdo la presión fue más fuerte. Señalaba exactamente la zona donde después vimos una de las marcas más notorias. Recordaba que intentó gritar, pero no salió sonido. Decía que abrió la boca y no escuchó su propia voz. Después de esa parte, la memoria se le cortaba.

Decía que lo siguiente que recordaba era despertar tirado en su propio patio de lado, con la cara contra el suelo. Ya no había luz blanca encima, solo oscuridad normal. La electricidad todavía no había regresado en ese momento, según él. Aseguraba que al ponerse de pie le dolían los brazos y las piernas, que sentía la ropa sucia como si hubiera estado arrastrándose.

Cuando finalmente regresó la luz, miró sus brazos y vio las marcas. Decía que habían pasado varias horas porque cuando entró a su casa, el reloj marcaba casi las 3 de la madrugada. Según su cálculo, el apagón ocurrió poco después de las 10. Yo seguía pensando que era una historia fantasiosa.

La parte de la superficie fría y las siluetas me parecía claramente influenciada por cosas que había visto en películas o leído en internet. Además, conocía su historial de consumo. No era la primera vez que hablaba de luces o presencias, pero hubo un detalle.

La vecina de al lado, una señora que no tenía relación cercana con él, confirmó que esa noche sí se fue la luz en toda la cuadra. Dijo que duró varias horas y que incluso tuvo que sacar una vela porque no regresaba. Ese dato coincidía. Cuando lo escuché de nuevo contando la historia, ya no me burlé como antes. No dije que estaba inventando todo. Me limité a escuchar.

Y cuando volví a ver las marcas en sus brazos de cerca, con buena luz, entendí que había algo que no encajaba del todo con una simple caída o un golpe accidental. Cuando tuve oportunidad de revisar las marcas con calma, a plena luz del día, entendí por qué mi abuela se había quedado en silencio la noche anterior.

En cada antebrazo tenía dos líneas paralelas bien definidas, como si hubieran presionado algo recto contra su piel. Las líneas no eran profundas, pero estaban marcadas con claridad del mismo largo en ambos brazos. Entre esas dos líneas, en cada antebrazo había pequeños puntos alineados, casi x distantes, como si algo con relieve hubiera hecho contacto directo.

No parecían cortes hechos con cuchillo ni rasguños de alambre. La piel no estaba abierta. Era más bien una marca rojiza con zonas ligeramente oscuras en los puntos. Cuando pasé el dedo por encima, la superficie se sentía caliente, pero no había ampollas. Él aseguraba que no se había lastimado antes, que no recordaba haberse golpeado ni apoyado contra algo con esa forma.

Mi mamá insistió en llevarlo al médico. El doctor revisó los brazos con atención, los tocó, presionó alrededor y preguntó si había estado expuesto a alguna fuente de calor. Dijo que parecían quemaduras superficiales o marcas por presión fuerte y prolongada. comentó que no había signos de infección y que la piel estaba intacta.

Recetó una crema y recomendó vigilar que no aparecieran ampollas. Mi tío salió del consultorio enojado. Decía que no eran quemaduras y que no se había hecho eso. Solo repetía que alguien lo había sujetado. El doctor dijo que muchas veces bajo efectos de sustancias las personas no recuerdan golpes o accidentes. Mi tío no contestó, pero su expresión cambió.

Durante los días siguientes comenzó a comportarse distinto. Había una tensión constante en su postura. Dormía en la casa de mi abuela porque ella insistió en tenerlo vigilado y cada madrugada se despertaba entre las 3 y las 4 sudando. Lo escuchábamos moverse en la cama, levantarse y caminar por el pasillo. Ya había pasado buen rato con nosotros.

No había consumido nada de sus sustancias. Decía que escuchaba un zumbido en los oídos. No describía una voz ni palabras, solo un sonido continuo como electricidad. Se llevaba la mano a la cabeza y apretaba los dientes. En varias ocasiones afirmó que veía luces en la ventana del cuarto de visitas. Mi mamá corría la cortina y no había nada afuera más que la calle vacía.

Una de esas noches, yo me quedé a dormir en casa de mi abuela porque al día siguiente tenía que salir temprano. Eran casi las 3 cuando escuché un grito desde el cuarto donde estaba mi tío. No fue largo, fue un grito breve, fuerte. Me levanté y corrí junto con mi mamá. Lo encontramos sentado en la cama con la espalda recta, mirando fijamente la pared frente a él. No parpadeaba.

tenía la respiración agitada y los ojos abiertos más de lo normal. Mi mamá le preguntó qué pasaba y él respondió que alguien estaba parado junto a la puerta del cuarto. Volteé hacia la puerta, no había nadie. La luz del pasillo estaba encendida y el espacio estaba completamente vacío. Mi mamá encendió la lámpara del cuarto y revisó debajo de la cama y detrás del ropero.

No encontramos nada. Mi tío señalaba el mismo punto, como si aún viera algo ahí. Decía que la figura estaba quieta, que no se movía. Luego bajó la mano lentamente y guardó silencio. No volvió a explicar más. Esa misma noche ocurrió otro detalle que todavía recuerdo con claridad. El televisor de la sala se encendió solo.

Estábamos en el cuarto tratando de calmarlo cuando escuchamos el sonido característico de la televisión al prenderse. Salimos al pasillo y vimos la luz azul del aparato encendido. Pensé que pudo haber sido una falla eléctrica. La colonia tenía problemas constantes de voltaje y apenas días antes había habido un apagón. Cuando entramos a la sala, la pantalla mostraba estática.

La señal no estaba sintonizada en ningún canal. Lo que llamó mi atención fue una luz blanca intermitente en medio del ruido visual, como un destello que aparecía y desaparecía cada pocos segundos. Mientras estábamos ahí, los perros de la calle comenzaron a ladrar todos al mismo tiempo. Fueron varios en diferentes direcciones, como si algo los hubiera alterado al mismo tiempo.

El sonido duró menos de un minuto y luego volvió el silencio. Apagué el televisor con el control y regresamos al cuarto. Mi tío ya estaba acostado mirando el techo sin hablar. En los días posteriores empezó a dibujar. Se sentaba en la mesa del comedor con hojas blancas y un bolígrafo. Dibujaba figuras circulares, líneas que se cruzaban y pequeños símbolos repetitivos.

No eran dibujos detallados de objetos reconocibles, eran patrones. A veces marcaba puntos en serie, igual que los que tenía en los brazos. Le pregunté qué eran y respondió que eran recuerdos. No explicó más, solo decía que necesitaba plasmarlos antes de olvidarlos. Hasta ese momento yo seguía buscando explicaciones.

Pensaba en efectos secundarios de drogas, en paranoia, en falta de sueño. Pero cuando veía las marcas todavía presentes en sus brazos y lo escuchaba describir el mismo zumbido cada madrugada a la misma hora, empecé a sentir que no todo encajaba tan fácilmente en una sola explicación. Después de los primeros días empezaron a salir detalles que no venían solo de mi tío.

La vecina de al lado, la misma que confirmó el apagón, comentó algo más cuando mi abuela le preguntó con calma. Dijo que esa noche vio una luz intensa sobre el techo de la casa de mi tío. No habló de una nave ni de una forma definida. Dijo que fue un resplandor blanco que iluminó las láminas del techo durante varios segundos.

pensó que podía ser un transformador explotando o algún reflejo extraño, pero no escuchó explosión. Otro vecino que vive al fondo del callejón dijo que esa misma noche escuchó un golpe fuerte en el patio de la casa de mi tío. Lo describió como un golpe contra el suelo, como si algo pesado hubiera caído. No salió a ver qué era.

Con la reputación que tenía mi tío, nadie quería involucrarse más de lo necesario. Aún así, esos comentarios hicieron que yo empezara a tomar el asunto con más seriedad. No porque creyera de inmediato en algo fuera de lo normal, sino porque ya no era solo su versión, había coincidencias. Decidí comprobar por mi cuenta si todo podía explicarse como sugestión o paranoia.

Una noche me ofrecía quedarme a dormir en su casa. Le dije que era para acompañarlo y asegurarme de que no estuviera consumiendo nada. Él aceptó sin discutir. La casa siempre me había parecido incómoda. El patio trasero estaba descuidado, con tierra suelta y restos de madera apilados en una esquina. La silla de plástico donde decía haber estado sentado seguía en el mismo lugar.

Esa noche cenamos algo sencillo y nos quedamos viendo televisión en la sala. Intenté mantener una conversación normal, pero notaba que él estaba atento a cualquier ruido exterior. Me acosté en un colchón que puse en la sala cerca de la puerta que daba al patio. No quería quedarme en un cuarto cerrado. Apagué la luz alrededor de las 11.

El silencio en esa zona era más evidente que en casa de mi abuela. No pasaban muchos autos y los perros ladraban solo de vez en cuando. Cerca de las 3 de la madrugada, desperté sin saber por qué. No escuché un golpe ni un grito. Lo primero que noté fue un sonido bajo, constante. No era fuerte. Era un zumbido leve, continuo, difícil de ubicar.

Pensé que podía ser algún transformador cercano o un aparato eléctrico de la casa. Me quedé quieto tratando de identificar de dónde venía. El sonido no subía ni bajaba de intensidad, era uniforme. En ese momento, la electricidad titiló durante unos segundos. Las luces del poste en la calle parpadearon y el foco del patio hizo lo mismo antes de estabilizarse.

Escuché movimiento en el cuarto de mi tío. La puerta se abrió de golpe y él salió caminando rápido hacia el patio, descalso, sin decir nada. Lo seguí de inmediato. Salimos al patio y lo vi detenerse casi en el centro. justo donde había dicho que ocurrió todo la primera vez, se quedó mirando hacia arriba, inmóvil.

Tenía los brazos ligeramente separados del cuerpo y la cabeza inclinada hacia atrás. Miré también. Solo vi el cielo oscuro, sin estrellas visibles por la luz de la colonia. No había resplandor ni sombras distintas. El zumbido seguía presente, pero no sabía si lo escuchaba yo o si era la atención del momento. Mi tío no hablaba, no parpadeaba con normalidad.

Me acerqué y le pregunté qué veía. No respondió. De pronto, sus piernas se dieron y cayó de rodillas como si hubiera perdido fuerza. No fue un tropiezo, fue un descenso directo. Lo sostuve antes de que golpeara el suelo con la cara. Sentí que su cuerpo estaba tenso.

En ese instante noté una vibración leve en el suelo, como cuando pasa un camión pesado a varias calles de distancia. No fue un temblor fuerte, solo una sensación breve que recorrió la planta de mis pies. El zumbido desapareció casi al mismo tiempo. No vi luces, no vi sombras, solo el patio iluminado por el foco exterior y mi tío arrodillado respirando rápido.

Lo ayudé a levantarse y entramos a la casa. Cerré la puerta y revisé el reloj digital del microondas en la cocina. Marcaba las 3:47. Recordaba haber despertado alrededor de las 3 con pocos minutos. No podía haber pasado tanto tiempo.

Intenté reconstruir mentalmente los minutos desde que escuché el zumbido hasta que entramos de nuevo, pero no lograba ordenar la secuencia con claridad. Le pregunté si sabía cuánto tiempo había estado afuera. Dijo que solo unos segundos. Cuando le mencioné la hora, se quedó callado. Esa madrugada ya no dormí. Me senté en la sala con la luz encendida hasta que empezó a amanecer.

Por primera vez sentí miedo real, no por lo que pudiera ser, sino por la falta de explicación concreta. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, en su brazo derecho, cerca del antebrazo, donde ya tenía las marcas antiguas, habían aparecido puntos pequeños alineados, más frescos, como si la piel hubiera sido presionada nuevamente durante la noche.

Las marcas nuevas que aparecieron aquella mañana eran distintas a las primeras, no eran líneas largas, eran puntos pequeños agrupados, distribuidos en una zona específica del antebrazo derecho. No estaban inflamados como los anteriores, pero sí se notaban a simple vista. Cuando los toqué, la piel estaba ligeramente sensible. Mi tío los miró sin decir nada.

Desde esa madrugada dejó de hablar del tema con claridad. Si alguien le preguntaba qué había pasado en el patio, respondía con frases cortas. Ya no describía luces ni siluetas. se limitaba a decir que no recordaba todo y que prefería no pensar en eso. Comenzó a aseaba horas sentado sin hacer nada, mirando hacia la calle desde la ventana.

Mi abuela insistía en que se quedara en su casa, pero después de unos días decidió volver a la suya. La familia estaba convencida de que todo era consecuencia del consumo de drogas. Para sorpresa de todos, dejó de consumir por un tiempo. Al menos eso parecía. No mostraba los signos habituales y aceptó que le hicieran pruebas. El zumbido continuó por semanas.

Decía que no era constante todo el día, pero que aparecía cada madrugada entre las 3 y las 4. A veces lo despertaba, otras veces lo encontraba ya despierto, sentado en la cama con la mirada fija en la pared. Empezó a mencionar sueños repetitivos. Hablaba de una sala blanca y fría. No decía que fuera real. lo describía como un sueño que se repetía casi igual cada noche.

Comentaba que estaba acostado, que no podía mover el cuerpo y que la luz venía de arriba. En algunas ocasiones decía que sentía que lo observaban. No afirmaba que hubiera alguien en la casa. Decía que era una sensación persistente, como si algo estuviera pendiente de él. Intentaba explicarlo y luego se quedaba callado. Lo llevamos a realizar estudios básicos.

Le hicieron análisis de sangre y una revisión general. No apareció nada anormal. El médico sugirió que podía tratarse de ansiedad o estrés prolongado. Recomendó terapia y descanso. Mi tío comenzó a perder peso. No era un descenso leve. En cuestión de semanas su ropa le quedaba más holgada. Decía que no tenía hambre. Su piel se veía más pálida y sus ojeras más marcadas.

Un día simplemente se fue, no avisó. Mi abuela fue a su casa porque no contestaba llamadas y encontró la puerta cerrada sin llave. Adentro no había desorden, la cama estaba hecha. Algunas prendas faltaban del ropero, no dejó nota. Han pasado varios años desde entonces y nunca volvimos a saber de él. Nadie llamó para pedir rescate.

No hubo noticia en hospitales ni en reportes oficiales. Simplemente desapareció como tantas veces antes, pero esta vez no regresó. No puedo asegurar que haya sido una abducción. Sería irresponsable afirmarlo. Puede haber sido sugestión.

Puede haber sido efecto prolongado de drogas o el inicio de una enfermedad mental que no se detectó a tiempo, pero hay cosas que no logro acomodar en una explicación simple. Las marcas fueron reales. Yo las vi y las toqué. El médico confirmó que no eran rasguños comunes. La vecina confirmó la luz sobre el techo. El otro vecino escuchó el golpe en el patio.

Yo mismo estuve ahí la segunda madrugada. Escuché el zumbido, vi cómo cayó de rodillas sin tropezar. Sentí la vibración leve en el suelo y cuando revisé el reloj, habían pasado casi 40 minutos que no puedo reconstruir con claridad. No afirmo que algo lo haya levantado. Solo sé que hay partes que no logro encajar del todo. No.

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