La Procesión En El Cementerio Historia de Terror

La Procesión En El Cementerio Historia de Terror

Quienquiera que lea, espero me crea. Lo que estoy por narrar sucedió apenas hace un par de años, para ser precisos, un par de días antes de que el coronavirus llegara a México. Lo recuerdo porque fue la última vez que visité el cementerio, ya que las actuales restricciones nos impiden ingresar a dar el último adiós a nuestros seres queridos. Bueno, entremos en materia La Procesión En El Cementerio Historia de Terror.
Todo inició el día que mi abuela falleció, era algo que se esperaba, ya que la pobre mujer llevaba tiempo en el hospital debido a una complicación por diabetes, así que el proceso fue tan normal como podría ser. Ella era la madre de mi papá, el cual se encargó de los trámites fúnebres, mientras las llamadas para avisar a los familiares fueron a cargo de mi madre. Todo el proceso se llevó a cabo en mi casa, pues estaba muy cerca del Panteón 20 de noviembre, en Tlalpan. Como vengo de una familia numerosa, mi casa se llenó de parientes conocidos, como unos primos que vivían cerca de mi casa, como personas que en la vida había visto, pero según mi padre, eran hijos de mi abuela. Entre ellos había una mujer relativamente joven, con una niña de unos nueve años, según mi papá, era mi tía Martha, quien venía desde Iguala, Guerrero. Su hija tenía un gran parecido con ella, pero nos miraba a todos con timidez. De algún modo presentía que tenía que ser cortés con ambas, así que me acerqué a la niña primero y me presenté.

“Soy Matías, tu primo, mucho gusto”. Le dije. Quizá mi tono de voz le generó confianza, porque venció su timidez, me sonrió y me dijo con dulzura:

“Yo soy Claudia, y ella es mi mami, Martha”. Ante sus palabras, mi tía me sonrió como agradecida y me quedé platicando un rato con ellas. Por mi tía supe que era madre soltera, pues el padre de Claudia desapareció justo cuando se enteró de que estaba embarazada, así que tuvo que cuidar sola a su pequeña, por tal motivo perdió algo de comunicación con la familia y no fue hasta que mamá le comunicó de lo sucedido con la abuela que supo de alguien de su familia. En parte porque excepto mi papá y mi tío, el que vivía cerca, todos los demás la juzgaron de mala manera por tener una hija fuera del matrimonio.
Durante el velorio, toda la familia reunida se dio mutuamente el pésame, pasamos al féretro a despedirnos de ella y se ofició una misa de cuerpo presente; incluso tuve el privilegio de hacer guardia un tiempo junto a Sergio, mi primo-vecino. Comprobé la veracidad del relato de mi tía Martha en el momento en que ella también se paró en el extremo izquierdo del ataúd, después de mí, y una de esas tías que no conocía la miró con desprecio, junto a otros tres, inclusive uno o dos por ahí escuché que era una ofensa su mera presencia, de hecho, sin contarme a mí, mis padres y mis tíos a los que ya me había referido, nadie le dirigió la palabra. El sepelio estaba programado al día siguiente a las ocho de la mañana, por lo que a eso de las siete salimos de casa, sin desayunar, para ir a pie hacia el panteón, que estaba a dos cuadras de mi casa.
Esa era una mañana muy fría, a pesar de ya ser febrero, recuerdo que estaba nublado y que al salir se sentía un aire helado que llegaba a los huesos, aun si estábamos bien abrigados. Llegamos en quince minutos debido a que andábamos con lentitud y no entrábamos hasta estar seguros de que la gran mayoría estaba en las puertas del cementerio, con el ataúd de mi abuela hasta el frente, junto a las coronas fúnebres y arreglos florales que mis tíos y mi padre llevaban. En retrospectiva, muchas han sido las ocasiones que mis amigos de la universidad me preguntaban si no me daba miedo vivir cerca de un cementerio, a lo que jovialmente decía que no, ya que a pesar de lo que muchos creen, nunca había visto algo extraño o de eso que llaman lo paranormal, incluso pensaba en el cementerio como un lugar de paz, sin embargo, la atmósfera del lugar se me hacía algo pesada, quizá por las miradas acusatorias que aún permanecían sobre mi tía y Claudia desde el velorio. Cuando llegamos a la fosa donde depositarían los restos de mi abuela, los trabajadores ya la tenían lista y procedieron a bajar el ataúd. Como supongo que sucede en todos los sepelios, se escuchaban sollozos, gente lamentándose, algunos niños por ahí expresando su desesperación y su hambre, junto a algún familiar que lo tranquilizaba con las palabras “saliendo nos vamos a desayunar”. Fuera de eso no se percibía sonido alguno, ni siquiera un canto de aves, lo cual se lo atribuí al frío. De pronto, la solemnidad se rompió cuando mi tía Martha gritó que Claudia se había perdido. Mis tíos voltearon y las miradas lo decían todo: la tía que la vio con desprecio en mi casa habló en nombre de todos ellos diciendo que eso hablaba de su calidad de madre, que no se podía esperar menos. Varios afirmaron con la cabeza y alguno que otro hablaba de los valores de la familia tradicional, que todo fue debido a que se tenía que fugar con ese hombre que la abandonó y cosas por el estilo. Personalmente, nunca fui de los que les gusta juzgar a la gente, creo que eso fue lo que la pequeña Claudia vio en mi saludo inicial, y por la forma en que todos mis tíos hablaban de mi tía Martha me llené de indignación, iba a reclamar a los presentes por su conducta, no obstante mi papá me tomó del brazo y se adelantó a mis acciones. En voz alta me pidió a mí y a mi primo Sergio que ayudáramos a buscar a la niña, mientras los demás seguían con el cortejo fúnebre de la abuela. Así, mi padre logró que al menos alguien pudiera ayudar a mi infortunada tía sin que los demás familiares tuvieran que molestarse en decir una palabra más y pudieran enfocarse en el sepelio de la abuela. Los tres comenzamos la búsqueda en las tumbas aledañas, con el temor de que Claudia hubiera caído en una fosa vacía. Para alivio de su madre no la encontramos en ninguna de ellas, por lo que continuamos unos pasos más allá del lugar donde estaba nuestra familia.
Mi tía estaba optimista. No creyó que pudiera estar muy lejos, pues no había pasado mucho tiempo de que la perdió de vista, sin embargo, la cantidad de tumbas y pequeños mausoleos alrededor de la fosa de mi abuela dificultaba la tarea. Como todavía no hallamos rastro alguno de Claudia, nos separamos para abarcar mayor terreno, tomamos tres direcciones: la última morada de mi abuela se encontraba pegada al corredor principal que iniciaba desde la entrada del cementerio, en medio de ese corredor hay una pequeña capilla y de ahí se dividía en tres senderos diferentes. Yo seguí derecho, Sergio tomó un camino que iba hacia la izquierda y mi tía Martha fue a la derecha.
El cementerio estaba construido en una superficie irregular. Había pequeñas lomas que hacían que unas tumbas sobresalieran sobre otras, lo cual ocultaba a la vista algunas lápidas en las que podría esconderse mi primita. Este panorama fue el que encontré, no pocas veces tuve que regresar el camino porque hubo tumbas que no podía ver. Para mi fortuna, después de un rato encontré a la pequeña Claudia, sentada en una tumba que estaba cerca de una pileta, tenía su cara pegada a las rodillas y estaba llorando. Le toqué el hombro y la llamé por su nombre, al levantar su cara me abrazó y sentí que temblaba, al principio supuse que fue debido al temor de haberse perdido, por lo que la tranquilicé diciéndole que ya la habíamos encontrado De inmediato nos encaminamos hacia la tumba de mi abuela, y mientras lo hacíamos me dijo cómo se había perdido: en el momento que el cortejo fúnebre se detuvo, ella se distrajo al ver hacia algo que no me supo decir, con lo que se le soltó a su madre; cuando volteó la perdió de vista, así que primero quiso preguntarle a la gente que estaba en la cercanía, pero como nadie le quiso responder se asustó, volteó hacia la capilla y vio cómo una fila de personas vestidas de negro seguían caminando por la vereda. Como todos teníamos ese mismo color de vestimenta y nadie le hablaba, Claudia decidió seguir a esa fila, creyendo que los que nos quedamos íbamos a esperar algo más y que eventualmente ambas compañías se iban a juntar. Cuando alcanzó a la otra procesión se preocupó porque por más que intentaba no podía distinguir el rostro de alguna persona ahí, su angustia aumentó porque no encontraba a su madre, así que quiso pedir ayuda a alguna de esas personas, sin embargo, nadie le respondía. Luego me dijo que lo último que recuerda es que estaba sentada en la tumba en que la encontré
Extrañado, le puse mi mano sobre su cabeza, y le pregunté por simple curiosidad si sabía por dónde se fueron las personas a las que siguió. Ella señaló hacia donde terminaba el camino, más allá de la pileta, el cual daba a la parte más antigua del cementerio, esto lo supe gracias a lo que mi papá me contaba del lugar, pues él ha vivido en Tlalpan toda su vida. Ahí divisé a lo lejos que, en efecto, había una fila de personas vestidas de negro, tal como ella me había dicho. Eran alrededor de quince a veinte personas, todas formadas en una sola fila, aunque llamó mi atención lo peculiar de sus ropas: no eran trajes como los que ahora usamos, sino capuchas, como si fueran monjes o algo así. Gracias a ellas no podía distinguirles sus rostros, luego pensé que tal vez por ello no pudo identificar a nadie la pobre de Claudia. Después me invadió la curiosidad, pues recordaba que apenas iban a abrir las rejas del panteón cuando llegamos, además de que no había más personas que nosotros. ¿En qué momento entró ese grupo de gente? Por su apariencia no podían pasar desapercibidas, ¿cómo no pudo alguien notarlas?
Le pedí a Claudia que me esperara ahí, pues estaba seguro de que ni Sergio ni mi tía Martha estarían muy lejos, di no más de tres pasos, de repente sentí que una mano me jalaba por atrás y me volteó de espaldas a mi objetivo: era uno de los trabajadores del panteón, quien me miró seriamente. Tenía la cara algo arrugada, sus cabellos ya eran en su mayoría blancos, aunque algunos parecían tener un color negro como de una noche muy oscura, la piel muy curtida por las constantes asoleadas, sus ojos eran de un verde intenso, de su boca asomaban algunos dientes muy amarillos que le daban mal aspecto y su ropa estaba llena de tierra. De la otra mano colgaba una pala que pareció haberla usado recientemente.
“¡Pronto, llévate a la niña y váyanse de aquí, y no miren atrás!” Me gritó. Le pregunté por qué, si molestábamos a la gente que estaba adelante. Sin embargo, volvió a gritarme que me fuera con mi primita y que no volteara, sin importar lo que oyera. Ante la insistencia del hombre, tomé a Claudia de la mano y me retiré de ahí. Caminamos por el sendero en el que venía, a lo lejos divisé la capilla que me señalaba que ya estábamos cerca del sepulcro de mi abuela; volteé hacia los lados y no había señales ni de Sergio ni de mi tía, por lo que supuse que regresaron con la esperanza de que alguno de los demás haya encontrado a Claudia. De pronto me pareció que alguien me llamaba, era como una voz de mujer; estuve tentado a girar la cabeza, pero mi prima apretó con mayor fuerza mi mano, como si quisiera pedirme que no girara la cabeza. Su cuerpecito empezó a temblar como cuando la encontré. Al voltear a verla sus ojos se abrieron e hizo una mueca de terror:
“Es ella”, me susurró, “¡ya me acordé! Una señora me tomó del hombro y me quiso llevar con ella en cuanto vi su rostro. ¡Vámonos!” Me dijo llorando. De alguna manera le creí, pues por muy fantasioso que pueda ser un niño, jamás podría actuar un temor como el que manifestaba Claudia. Cargué a mi primita y eché a correr.
“¡Ven, Matías, únetenos! ¿No querías saber quiénes éramos?” Me gritó la dueña de la voz. “¡Aunque primero vamos por esa niñita!” Al oír eso, Claudia gritó que no, y evocó a su madre. En ese momento, vi a Sergio que movía su mano desde el punto en donde se dividía el camino que habíamos tomado para separarnos. Con las fuerzas que me quedaban corrí hasta él, en el instante en que llegué a su encuentro me preguntó cuál era la prisa, en broma me dijo que parecía que había visto un fantasma, cosa que por razones obvias no me causó gracia. Le enseñé a Claudia, quien temblaba de miedo, en ese momento llegó mi tía Martha, quien abrazó a su pequeña y después a mí, me dio las gracias y procedimos a incorporarnos con mi familia. Al llegar ahí estaban echando los últimos montones de tierra a la tumba de mi abuela y el sacerdote que ofició la misa daba la bendición al sepulcro y a los presentes, la cual alcanzamos, cosa que agradezco ahora, por lo que sucedería después.
Ya en casa mi madre preparó mole con pollo, el cual todos devoramos, yo repetí plato debido al esfuerzo que hice al correr. Claudia se acercó a mí y me agradeció por haberla devuelto con su madre, de la que no se separó en ningún momento en el regreso, incluso parecía estar pegada a su falda. Después repitió su agradecimiento a Sergio y a mí por haberla ayudado, sin embargo, también le pedí que le diera las gracias a mi padre, quien fue el que nos pidió a mi primo y a mí que la ayudáramos a buscar a Claudia. Cuando todos terminaron de desayunar se dirigieron a sus casas o a un hotel, según fuera el caso. Mi tía fue acogida por los papás de Sergio, ya que nosotros no teníamos espacio en nuestra modesta casa, además de que teníamos que organizar todo para los novenarios de mi abuela. Nos despedimos de todos y nos fuimos a dormir. Esa noche comencé a soñar con el sepelio de mi abuela, la escena de la desaparición de Claudia se repetía, con la excepción de que una mujer con la piel pálida y los cabellos negros y lacios suplía a mi tía Martha. Gritaba que buscaba a mi prima y después me gritó que ya sabía dónde estaba. “¡Voy por mi niña, Matías!” Gritó la extraña, de pronto su rostro se deformó, cada vez que gritaba su boca se hacía más grande, hasta que un gemido como de dolor sustituyó sus palabras que no dejaba de repetir.
Desperté bañado en sudor, miré el reloj de mi teléfono, eran las seis de la mañana. A pesar de haber dormido tanto, sentí que no había descansado en lo absoluto. Decidí caminar por la casa, fui hasta donde estaba la cruz que se deja cuando se llevan a los difuntos y ahí estaba el retrato de mi abuela de joven, flanqueada por un par de velas. Apenas empezaba a clarear en el exterior, lo cual contrastaba con la luz artificial. Recuerdo que ella nos pedía que la recordáramos con una imagen que representara su mayor vitalidad, por ello el retrato elegido era ese, uno en que aparecía cerca de un borrego que mi abuelo le había traído, el cual estaba por sacrificar en el momento en que le tomaron la foto. Estaba muy agitado aún por mi sueño, así que no se me ocurría otra forma de tranquilizarme que hablar con ese retrato, pidiéndole que me disculpara, pues no estuve para despedirme propiamente de ella, pues una pequeña estaba perdida y no quería que le pasara algo malo. Seguro pasó mucho tiempo desde que me desperté, pues el sol se asomaba en la ventana, justo en ese momento apareció mi mamá detrás de mí. Me preguntó si todo estaba bien, a lo que respondí que sí, solo quería hablar un rato con mi abuela, pues no estuve para despedirla en el sepelio. Mi madre siempre fue una mujer comprensiva, por lo que sentía la suficiente confianza para detallar todo lo que sucedió en el cementerio. Estaba por articular la primera palabra cuando sonó el teléfono, era mi tía, la mamá de Sergio, le pidió a mi madre que fuera a su casa, ya que Claudia empezó a sentirse mal. Me ofrecí a acompañarla, al principio se negó, pero fue tanta mi insistencia que comprendió que una negativa de su parte solo traería más problemas, así que aceptó. Cuando llegamos a la casa de mis tíos, Claudia estaba acostada en un sillón, con el rostro enrojecido y con los ojos cerrados, pues había perdido el conocimiento, mientras que mi tía Martha estaba llorando, sentada a su lado. Por mi tía supimos que en cuanto despertaron, la niña se empezó a sentir mareada, dio algunos pasos y se desvaneció, afortunadamente mi tía Martha la alcanzó a atrapar antes de que su cabeza tocara el suelo. Fue entonces que se me ocurrió intervenir, le pregunté a ambas mujeres si habían visto algo extraño, las dos me miraron extrañadas y me preguntaron de qué estaba hablando, de pronto Claudia abrió sus ojos, me vio y me dijo que ella la perseguía. No tenía duda de a quién, mejor dicho, a qué se refería, por lo que me imploró que la ayudara. Mis tías y mi madre se quedaron viendo, pues no tenían idea de lo que hablábamos, fue entonces que la pequeña perdió el conocimiento otra vez. Mi tía Martha sintió que el corazón se le salía, así que entre sollozos le pidió a mi mamá y a mi otra mi tía que la acompañaran con Claudia al hospital más cercano. Así lo hicieron, mientras que a mí me pidieron que avisara a los demás en dónde estábamos.
Estaba dispuesto a seguir las instrucciones de mi madre, no sin antes buscar ayuda en el lugar adecuado, así que me dirigí al cementerio y pregunté en las oficinas administrativas, que estaban en la entrada, por el enterrador que me había ayudado. Se lo describí al personal que laboraba en el interior, una de las secretarias me dijo que seguramente era don Manuel, quien era el enterrador más viejo del panteón. Me dijeron que lo podría encontrar cerca de la capilla, la cual se encontraba en medio del sendero principal. En efecto, estaba recargado en la pared izquierda, traía un cigarro en una mano y en la otra su pala. Volteó hacia mí y le vi un semblante de preocupación:
“¿Ya llevaron a la niña al hospital, cierto?” Me dijo. “No le van a encontrar nada, apuesto mi pala en ello. A ti se te aparece en sueños, si no me equivoco…”
“Sabe lo que nos pasó, ¿cierto?” Le pregunté. “Por eso es que nos dijo que nos fuéramos esa vez”. El anciano movió la cabeza de arriba a abajo.
Le pregunté si lo que nos amenaza es un fantasma, la respuesta fue que no exactamente. De acuerdo a Don Manuel, lo que vimos era un ente compuesto de varias almas, su manifestación física era como esa fila de personas, cada una de ellas pertenece a un alma que no puede encontrar el descanso eterno o en varios casos, de pobres incautos a los que la dueña de la voz que nos persiguió, la cual gusta de coleccionar almas para fortalecerse. Esta procesión aparece cuando en algún sepelio viene mucha gente y en la que hay al menos una persona que recibe malas vibras de parte de la familia, esas son sus favoritas, pues sabe que su condición de rechazados hace que nadie las extrañe si se van. La procesión se lleva a las personas que la ven y las incorpora a ella, con el fin de engrosar su número. Nunca está de más huir de esta procesión y no mirar atrás, pues de hacerlo, el infortunado es jalado a la procesión por la entidad que la dirige. No obstante, a veces sucede que busca a su objetivo fuera de las paredes de este panteón, lo que sucede es que el afectado se empieza a enfermar, cuando va al médico no encuentran el diagnóstico adecuado y en cuestión de días muere. En mi caso me persigue porque en primer lugar me llevé a Claudia, cosa que disgustó a este espíritu, en segundo lugar fue por mi curiosidad, pues en el momento en que Don Manuel me vio estaba a punto de divisar con claridad a la mujer que guiaba a los demás espíritus. Para mi fortuna, al no ver el rostro de esta, mi vida no corre peligro, desafortunadamente no era el mismo caso con Claudia.
“¿No hay esperanza entonces para mi prima?” Pregunté.
“Eso depende, ¿llegaron a la bendición de la tumba de tu familiar?” Dijo Don Manuel. Yo respondí que incluso nos salpicó algo del agua bendita que lanzó el sacerdote. Sus ojos se abrieron como platos y me dijo que aún hay algo que hacer:
“¡Pronto, vayamos a la tumba de tu pariente! ¿En dónde está?” Le señalé hacia el montón de tumbas que estaban a nuestra izquierda, de inmediato tiró su cigarro, corrió hacia donde apuntaba mi dedo a una velocidad que no correspondía con su edad, pues apenas lo pude alcanzar. En cuanto vio donde estaba la tierra recién removida de un palazo sacó un poco, agarró la mitad y me la embarró en mi ropa. De pronto sentí mi cuerpo más ligero y me pareció escuchar la voz de mi abuela, que me decía “estoy contigo”, y me acompañó un ambiente de paz. Don Manuel me sacó de trance diciendo que no tenía tiempo que perder, que fuera a buscar a Claudia y que hiciera lo mismo que hizo conmigo con la tierra restante. Me la dio envuelta en un pañuelo suyo y para que me apresurara agitó su pala, como si quisiera golpearme con ella.
Así pues, empecé a correr hacia la casa de mi tía para esperar a que mi mamá y mis tías regresaran con Claudia, con el pañuelo en la mano. Esperé alrededor de una hora, la cual se me hizo eterna. Según sabía, el resto de la familia aún dormía en el piso superior, por lo que la casa estaba en total silencio. Aún recuerdo cómo apretaba con mi mano el pañuelo, esperando a que llegaran con Claudia. Finalmente, se abrió la puerta, era mi tía Martha, muy triste, con mi mamá y mi otra tía cargando a Claudia. Ellas me dijeron, tal y como había apostado el enterrador, que los médicos no supieron cuál era la afección de la niña. Por su parte, mi madre, entre sorprendida y furiosa, me gritó por el estado de mi ropa, me dijo que si era un niño chiquito para jugar en la tierra, a lo que respondí que no había tiempo que perder, que tenía que echarle lo que tenía en el pañuelo a Claudia. Todas me miraron como si yo estuviera loco, incluso mi mamá y mi tía me querían quitar lo que tenía en mi mano, cuando bajó corriendo Sergio, sudando frío. Al parecer tuvo una pesadilla, sin embargo, al vernos a todos discutiendo, se detuvo en seco. Preguntó qué sucedía, aún alterado, a lo que mi madre le dijo que yo había enloquecido, porque quería echarle tierra de panteón a Claudia. De pronto, Sergio les dijo que me dejaran hacerlo, a continuación, pidió que lo dejaran describir un sueño que tuvo: una mujer vestida de negro, con una boca muy grande, pedía que le entregara a Claudia, no obstante, se le apareció la abuela, quien sostuvo a la aparición y le pidió que fuera con su mamá y sus tías, para salvar a su prima. De inmediato despertó y de un brinco dejó su cama. Fue entonces que mi tía y mi mamá me soltaron y miraron a mi tía Martha, sus lágrimas salieron aún más, mientras que de sus labios salió la palabra “mamá” y pidió a sus cuñadas que me dejaran intentarlo. Mi mamá y mi tía dejaron que me acercara a la pequeña Claudia. Su madre acostó en el sillón donde la encontré hace un par de horas, le embarré en la ropa la tierra, tal como lo hizo don Manuel conmigo. Al principio no hubo reacción alguna, pero después, la niña abrió sus ojos y empezó a hablar con lentitud:
“¿Ma…má? ¿M-Matías?” la fiebre le bajó casi de inmediato, después de unos minutos ya se veía mucho mejor. Mis tías y mi mamá seguían impresionadas de la rápida mejoría, aunque sentían cierta incomodidad por la tierra de panteón en nuestra ropa. Como Sergio también había visto a la presencia que nos acosaba a Claudia y a mí en su sueño, quise llevarlo con Don Manuel, también aprovechamos para agradecerle y saber si necesitábamos hacer algo más.
El enterrador estaba recargado en un árbol cercano a la tumba de mi abuela, lo cual no me sorprendió del todo. Le platiqué lo sucedido y le pregunté si era necesario echarle tierra del sepulcro de mi abuela para que él también estuviera a salvo. Solo por si las dudas, fue su respuesta, así que también Sergio estaba lleno de tierra, cosa que a Claudia le causó gracia, rió como nunca había visto hacerlo a un niño en mi vida.

Después del ritual con Sergio, Don Manuel nos dijo que ya estábamos a salvo, no obstante, estaba seguro de que las miradas acusativas de su familia perduraban, ya que conocía muy bien las malas vibras de la gente. Después dijo una frase que siempre recordaré:

“Muchas veces hay que tener cuidado más de los vivos que de los muertos, pues los vivos nos pueden hacer más daño”

Por tal motivo, nos dijo que sería mejor para Claudia y su madre dejar la ciudad a la brevedad, cosa que me pidió se lo comunicara a esta última. Al final, en tono casi de broma, nos dijo que no era muy higiénico tener tierra en la ropa, así que debíamos bañarnos y cambiarnos la ropa, que no debíamos preocuparnos, pues la energía que traía el agua bendita seguiría con nosotros. Claudia le dio las gracias de una forma muy entusiasta y los tres nos fuimos del cementerio. Muy triste, la pequeña me abrazó, pues sabía que ya no nos veríamos otra vez. Al entrar a la casa de Sergio, le explicamos todo a mis tías y mi madre, mi tía Martha decidió volver a Iguala ese mismo día, no sin antes volver al cementerio para también agradecer a don Manuel y visitar por última vez a la abuela. Como me ofrecí acompañarlas a la terminal, ambas me compartieron que del mismo modo que yo, al visitar la tumba de la abuela sintieron paz y tranquilidad, mientras que Claudia sentía que un peso se iba de sus hombros.
El tiempo ha pasado ya, tristemente perdimos contacto con mi tía Martha y Claudia. A veces pienso en ellas y en la forma tan injusta en que fue tratada por los otros familiares. Una vez por semana visitaba a don Manuel, pues me hice amigo suyo. Él me tranquilizaba diciendo que estaba seguro de que ambas mujeres estaban bien, pues la procesión no tenía poder sobre ellas gracias a la abuela y la distancia también ayudaba. También pude visitar la tumba de mi abuela para pedirle que nos siguiera cuidando. No obstante la cuarentena interrumpió estas visitas, ya ha pasado más de un año y no he podido ver a don Manuel, ignoro si vive aún, lo que sí es que debido a la frecuente llegada de procesiones a menudo me parece, al asomarme por la ventana de mi habitación, la cual da hacia el cementerio, veo la misma fila, estoy seguro de que se trata de esa procesión, espero que mi abuela aún me proteja y a la distancia, a mi tía Martha y a la pequeña Claudia.
 
Autor: Efrén Herrera
Derechos Reservados

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