Salí tarde del rancho porque me tocó quedarme a revisar unas herramientas y recoger unas piezas que había encargado desde la semana pasada, así que avancé sin detenerme para llegar a la casa antes de la medianoche.

historia de terror - miniatura del video

Video: https://www.youtube.com/watch?v=TOgPwvwHpyI

historia de terror

El camino que conecta el rancho con la carretera principal siempre ha sido solitario, sin casas ni postes de luz, solo brechas, monte y la línea del asfalto que se extiende sin mostrar nada más allá de lo que alcanza a iluminar la camioneta.

En este relato, historia de terror se menciona como el lugar y el motivo del miedo de los personajes.

Lo que se cuenta sobre historia de terror se repite en el pueblo como si fuera un aviso.

Manejé con la vista fija en lo que tenía enfrente y con el volante firme, porque en ese tramo no es raro que se atraviesen animales, pero esa noche el aire se sentía más caliente de lo normal y las luces parecían más opacas, como si costara más trabajo ver lo que venía unos metros adelante.

No pensé mucho en eso y seguí avanzando porque lo único que quería era llegar a la casa, bañarme y dormir. Al ir pasando una curva lenta, noté movimiento a la derecha. Fue una sacudida ligera en los arbustos, algo que desplazó las ramas hacia afuera.

Reduje un poco la velocidad porque pensé que podía ser un perro o un burro buscando cruzar, pero cuando la camioneta quedó de frente al punto donde escuché el movimiento, las luces iluminaron por completo a la criatura y entendí que no coincidía con nada que yo hubiera visto antes en esa zona. Tenía un cuerpo parecido al de un perro, pero las proporciones estaban mal.

El lomo subía demasiado, casi formando una curva que parecía empujada por unos hombros demasiado altos. Las patas eran largas y delgadas, más rectas que las de cualquier animal del monte. El cuello estaba rígido, inclinado hacia adelante, como si no pudiera moverlo con libertad.

Las orejas eran puntiagudas, pero su forma no correspondía a ningún animal que yo conociera en esa región. No hice comparaciones ni pensé en nada extraño. Solo describo lo que vi porque fue lo único que tuve frente a mí. La criatura salió de entre los arbustos y avanzó hacia el asfalto sin prisa.

No corrió ni se movió de lado, solo caminó hacia la carretera como si supiera que yo la estaba mirando. Mantuve las manos en el volante y reduje aún más la velocidad porque no quería atropellarla, pero también porque algo en la forma de su cuerpo me obligó a observarla bien. En cuanto la camioneta quedó casi a la altura de la figura, giró la cabeza de forma brusca.

Tan rápido que pude ver como su ho occoo alargado quedaba de perfil. y los ojos muy separados reflejaban la luz directa. Ese reflejo me permitió distinguir la línea de la mandíbula y la forma exacta del rostro, algo que se grabó en mi memoria porque no coincidía con la cara de ningún animal común. No trato de adivinar qué era, solo cuento cómo se veía.

Pasé junto a ella sin detenerme. El animal se quedó en el borde del camino con el cuerpo de lado y la cabeza volteada hacia mí. Sentí un calor subiendo desde la nuca hasta la parte superior de la cabeza, una reacción física tan inmediata que me obligó a apretar el volante. Las manos estaban sudadas y me costó trabajo mantener el control de la velocidad.

No pensé en regresar ni en detenerme para mirarla mejor. Solo aceleré. porque sentí la necesidad de poner distancia entre la criatura y la camioneta. Revisé por el retrovisor, pero la luz no alcanzó a mostrar si seguía ahí, así que preferí mantener la vista al frente y avanzar sin parar hasta que entré por completo a la carretera principal.

El camino hacia la casa fue más rápido de lo habitual, porque ya no quise reducir la velocidad en ningún tramo. Las luces seguían alumbrando igual, pero la sensación de calor en la nuca no bajó hasta que entré a la colonia, donde normalmente se escuchan perros ladrando y algunas voces de vecinos que se quedan despiertos. Esa noche todo estaba callado.

La calle se veía más oscura debido a que la mayoría tenía las luces apagadas. Y al doblar hacia mi casa noté que ni siquiera el perro de la esquina se escuchaba. No me gusta exagerar. Así que solo digo que fue raro ver la calle tan quieta a esa hora porque casi siempre hay algún movimiento.

Mi casa es sencilla, un portón metálico, un pequeño patio con piso de cemento y un árbol que apenas da sombra. Al llegar estacioné la camioneta lo más pegado posible a la pared y la aseguré bien. El silencio del patio hacía más evidente cada ruido pequeño. Incluso el sonido de las llantas al detenerse parecía más fuerte de lo normal.

Tomé mis cosas, cerré el portón y entré directo a la sala. Revisé las luces porque a veces dan problemas y parpadean, pero esa noche no fallaron. Aunque todo estaba en orden, me quedé quieto unos segundos frente a la ventana porque la sensación de que algo más seguía afuera no se iba.

No vi ninguna sombra ni escuché nada, pero al apoyarme en la pared noté que tenía las manos húmedas y la respiración más rápida de lo que esperaba. Cerré bien la puerta, moví el seguro y avancé hacia el cuarto con la idea de cambiarme y tratar de dormir. Pero antes de hacerlo me asomé una vez más por la ventana para confirmar que el patio estuviera vacío.

La luz del foco alcanzaba a iluminar el árbol y parte de la barda, suficiente para ver si había movimiento, pero no distinguí nada. Aún así, la sensación de que algo había quedado en el camino y que de alguna manera se había extendido hasta mi casa seguía atorada en el pecho. Entré a la casa con la intención de descansar.

Dejé las llaves en la mesa pequeña junto a la puerta y encendí la luz del pasillo para que no quedara todo oscuro. Me quité la camisa porque venía sudado del camino y la dejé en una silla. Después fui al cuarto para cambiarme de ropa y ponerme una playera limpia.

Mientras hacía todo eso, trataba de concentrarme en actividades normales para quitarme de encima la imagen de la criatura que vi en la carretera. Caminé por la casa revisando que las ventanas estuvieran bien cerradas y que la puerta principal tuviera seguro.

Abrí un momento el refrigerador para tomar agua y regresé al pasillo sin pensar demasiado en nada hasta que escuché el primer ruido. Fue un gruñido bajo, largo, proveniente de la parte lateral de la casa, donde tengo unos bloques apilados y un pequeño espacio de grava. Me quedé quieto porque el sonido no fue rápido ni corto.

Duró lo suficiente para que pudiera identificarlo como algo real. No se repitió de inmediato, así que pensé en un perro callejero buscando comida o usmeando entre los objetos, pero el tono del gruñido era tan profundo que no lograba encajar con ningún perro que yo hubiera escuchado antes en la colonia.

Caminé hasta la ventana del pasillo y me asomé un poco, levantando apenas la cortina. Afuera no distinguí nada. La luz del foco del patio no alcanzaba la parte lateral y solo se veía una zona oscura entre el árbol y la barda. Seguí escuchando atento, sin moverme mucho. Unos segundos después comenzaron a sonar pasos sobre la grava.

No eran pasos rápidos, sino separados, como si algo pesado avanzara lentamente de un punto a otro. El sonido de la grava moviéndose bajo el peso era claro, lo suficiente para que yo pudiera seguir el recorrido.

No quise abrir la ventana porque la oscuridad de ese lado siempre ha sido más densa por la falta de iluminación, pero me mantuve atento intentando distinguir cualquier sombra entre los huecos del portón. Decidí caminar hacia la sala con la intención de ver desde otra ventana si había algún animal, pero antes de alcanzarla escuché otro ruido que me detuvo en seco.

Esta vez provenía de la puerta principal. No fueron golpes fuertes ni rápidos, sino toques suaves, como los de una persona usando la mano abierta, dos toques seguidos y luego silencio. Me quedé inmóvil en medio del pasillo porque la hora no coincidía con alguien buscando visitarme. Pensé si debía responder, preguntar quién era o simplemente acercarme despacio para revisar.

Pero antes de decidirlo, escuché otro toque, ligeramente más fuerte que el primero. La casa estaba en silencio y eso hacía más evidente el sonido de cada golpe. Caminé hacia la puerta con cuidado, manteniendo la vista en la mirilla, sin acercar el rostro de inmediato, porque sentía que cualquier movimiento brusco podía hacer más ruido del necesario.

Cuando por fin me animé a mirar, no había nadie afuera. La banqueta, el portón y la calle estaban completamente vacíos. Me quedé quieto unos segundos, esperando otro toque o algún movimiento, pero no ocurrió nada más.

Cerré la cortina de la ventana pequeña junto a la puerta para evitar llamar la atención desde afuera y regresé al pasillo intentando pensar en una explicación lógica para los ruidos. El silencio duró poco. Apenas di unos pasos hacia la cocina, escuché movimiento en el patio. Esta vez no eran pasos lentos ni dispersos.

Era como si algo rozara los objetos que tengo junto al árbol o pasara entre los botes vacíos. Me acerqué a la ventana de la cocina y levanté un poco la cortina. La luz del foco alcanzaba parte del patio, pero el resto quedaba oculto por las sombras. Mientras intentaba enfocar la vista, el gruñido regresó. Sonó más cerca, casi a la altura de la ventana.

El tono era más intenso, más prolongado, como si proviniera de una garganta más grande de lo que yo estaba preparado para escuchar tan cerca de las paredes de mi casa. Me alejé un poco de la ventana porque no quería quedar tan expuesto. Caminé hacia la sala con la intención de revisar desde otra dirección para ver si la luz permitía distinguir algo a contraluz.

Pero mientras avanzaba, sentí como el ambiente dentro de la casa comenzaba a atensarse. Revisé las luces encendidas y decidí apagar algunas. No porque creyera que la oscuridad me protegería, sino porque la luz interna dificultaba ver hacia afuera y convertía las ventanas en espejos.

Fui apagando una por una, dejando solo la del pasillo a media intensidad, pero cada cierto tiempo se escuchaba un ligero crujido en la grava o algún objeto moviéndose con un golpe leve. Me quedé observando un buen rato sin moverme, tratando de entender si el sonido venía de un solo punto o si algo estaba rodeando la casa.

No hablé ni hice ningún ruido porque quería escuchar con claridad cualquier cambio en el exterior. El gruñido volvió a escucharse, esta vez más marcado, acompañado por el sonido de pasos lentos, acercándose a la parte de atrás donde está la ventana de la cocina.

No traté de imaginar qué era ni darle forma, solo me quedé escuchando mientras mis manos comenzaban a sentirse tibias otra vez. Me quedé en silencio apagando las últimas luces que quedaban encendidas para ver mejor hacia afuera. La casa quedó casi en penumbra y algo seguía moviéndose afuera. Me moví hacia la cocina porque desde ahí tengo una ventana grande que da al patio.

Caminé despacio para no hacer ruido y me acerqué al fregadero. Levanté un poco la cortina con la punta de los dedos, dejando apenas un espacio para ver hacia afuera, sin que la luz interna me delatara por completo. El foco del patio iluminaba una parte del suelo y la base de la barda, pero todo lo que quedaba fuera de ese ángulo permanecía en sombras.

Apenas me acomodé, algo pasó frente a la ventana. No fue un movimiento rápido, sino una sombra alta y delgada que cruzó de un lado a otro, mostrando por un instante un lomo muy levantado que quedaba por encima de la línea inferior del vidrio. Mantuve la mirada fija intentando que mis ojos se adaptaran mejor a la oscuridad.

La figura se detuvo junto a la barda, quedando a una distancia suficiente para que pudiera distinguir la forma, aunque no los detalles finos. Desde mi posición alcancé a ver las patas muy largas, más de lo que se esperaría en un animal del monte.

La cabeza estaba baja, inclinada hacia adelante, y la respiración se escuchaba pesada y rítmica, un flujo constante de aire que entraba y salía, como si el animal estuviera cansado o hubiera recorrido un tramo largo antes de llegar a mi casa. El cuerpo completo tenía una postura tensa con el lomo arqueado y las patas traseras ligeramente abiertas.

Mientras intentaba seguirle el movimiento, el animal giró la cabeza hacia la ventana. No hubo ningún gesto extraño ni postura imposible, solo un movimiento brusco que dejó ver dos ojos muy separados que reflejaron de inmediato la luz interior.

Ese reflejo fue lo único que recibió mi vista en ese instante, porque el resto de la cabeza quedaba parcialmente oculto por la sombra del árbol. No imaginé nada más. Solo cuento que los ojos brillaron en dirección a donde yo estaba parado. Retrocedí sin hacer ruido, llevando el peso sobre los talones para evitar que el piso tronara.

Mi mano se movió hacia el cajón donde guardo algunas herramientas pequeñas. Lo abrí apenas lo suficiente para meter la mano y tantear. Toqué un cuchillo de cocina y una llave inglesa. Elegí la llave inglesa porque el peso me dio algo de seguridad y la agarré firme mientras mantenía la vista hacia la ventana.

Cerré el cajón sin que chocara y me moví hacia la barra de la cocina, donde podía agacharme sin quedar a la vista. Antes de hacerlo, escuché los pasos de la criatura avanzando hacia la ventana. El sonido de la tierra y la grava moviéndose bajo su peso era claro y lento, marcando cada paso con una distancia constante.

En cuanto sentí que estaba a unos pasos del vidrio, apagué la luz de la cocina, estirando la mano hacia el apagador sin levantar el cuerpo. La oscuridad fue inmediata y la ventana dejó de reflejar la luz interna, lo que me permitió ver un poco mejor hacia afuera. Al mismo tiempo, la falta de luz dentro de la casa hizo que mis oídos se enfocaran más en los sonidos exteriores.

Escuché como algo rozó la pared, un deslizamiento leve, como si el cuerpo del animal pasara pegado al concreto. Después vino un golpe suave contra el vidrio. No fue fuerte, tampoco brusco, sino un contacto claro, como si la criatura estuviera olfateando desde afuera o tanteando la superficie con el hocico. Me quedé agachado tras la barra sin moverme.

La respiración de la criatura se escuchaba del otro lado del vidrio, constante, profunda, pegada al punto exacto donde yo me había asomado unos segundos antes. Cerré bien la puerta, moví el seguro y avancé hacia el cuarto con la idea de cambiarme y tratar de dormir. Pero antes de hacerlo me asomé una vez más por la ventana para confirmar que el patio estuviera vacío.

La luz del foco alcanzaba a iluminar el árbol y parte de la barda, suficiente para ver si había movimiento, pero no distinguí nada. Aún así, la sensación de que algo había quedado en el camino y que de alguna manera se había extendido hasta mi casa seguía atorada en el pecho. Entré a la casa con la intención de descansar.

Dejé las llaves en la mesa pequeña junto a la puerta y encendí la luz del pasillo para que no quedara todo oscuro. Me quité la camisa porque venía sudado del camino y la dejé en una silla. Después fui al cuarto para cambiarme de ropa y ponerme una playera limpia.

Mientras hacía todo eso, trataba de concentrarme en actividades normales para quitarme de encima la imagen de la criatura que vi en la carretera. Caminé por la casa revisando que las ventanas estuvieran bien cerradas y que la puerta principal tuviera seguro.

Abrí un momento el refrigerador para tomar agua y regresé al pasillo sin pensar demasiado en nada hasta que escuché el primer ruido. Fue un gruñido bajo, largo, proveniente de la parte lateral de la casa, donde tengo unos bloques apilados y un pequeño espacio de grava. Me quedé quieto porque el sonido no fue rápido ni corto.

Duró lo suficiente para que pudiera identificarlo como algo real. No se repitió de inmediato, así que pensé en un perro callejero buscando comida o usmeando entre los objetos, pero el tono del gruñido era tan profundo que no lograba encajar con ningún perro que yo hubiera escuchado antes en la colonia.

Caminé hasta la ventana del pasillo y me asomé un poco, levantando apenas la cortina. Afuera no distinguí nada. La luz del foco del patio no alcanzaba la parte lateral y solo se veía una zona oscura entre el árbol y la barda. Seguí escuchando atento, sin moverme mucho. Unos segundos después comenzaron a sonar pasos sobre la grava.

No eran pasos rápidos, sino separados, como si algo pesado avanzara lentamente de un punto a otro. El sonido de la grava moviéndose bajo el peso era claro, lo suficiente para que yo pudiera seguir el recorrido.

No quise abrir la ventana porque la oscuridad de ese lado siempre ha sido más densa por la falta de iluminación, pero me mantuve atento intentando distinguir cualquier sombra entre los huecos del portón. Decidí caminar hacia la sala con la intención de ver desde otra ventana si había algún animal, pero antes de alcanzarla escuché otro ruido que me detuvo en seco.

Esta vez provenía de la puerta principal. No fueron golpes fuertes ni rápidos, sino toques suaves, como los de una persona usando la mano abierta, dos toques seguidos y luego silencio. Me quedé inmóvil en medio del pasillo porque la hora no coincidía con alguien buscando visitarme. Pensé si debía responder, preguntar quién era o simplemente acercarme despacio para revisar.

Pero antes de decidirlo, escuché otro toque, ligeramente más fuerte que el primero. La casa estaba en silencio y eso hacía más evidente el sonido de cada golpe. Caminé hacia la puerta con cuidado, manteniendo la vista en la mirilla, sin acercar el rostro de inmediato, porque sentía que cualquier movimiento brusco podía hacer más ruido del necesario.

Cuando por fin me animé a mirar, no había nadie afuera. La banqueta, el portón y la calle estaban completamente vacíos. Me quedé quieto unos segundos, esperando otro toque o algún movimiento, pero no ocurrió nada más.

Cerré la cortina de la ventana pequeña junto a la puerta para evitar llamar la atención desde afuera y regresé al pasillo intentando pensar en una explicación lógica para los ruidos. El silencio duró poco. Apenas di unos pasos hacia la cocina, escuché movimiento en el patio. Esta vez no eran pasos lentos ni dispersos.

Era como si algo rozara los objetos que tengo junto al árbol o pasara entre los botes vacíos. Me acerqué a la ventana de la cocina y levanté un poco la cortina. La luz del foco alcanzaba parte del patio, pero el resto quedaba oculto por las sombras. Mientras intentaba enfocar la vista, el gruñido regresó. Sonó más cerca, casi a la altura de la ventana.

El tono era más intenso, más prolongado, como si proviniera de una garganta más grande de lo que yo estaba preparado para escuchar tan cerca de las paredes de mi casa. Me alejé un poco de la ventana porque no quería quedar tan expuesto. Caminé hacia la sala con la intención de revisar desde otra dirección para ver si la luz permitía distinguir algo a contraluz.

Pero mientras avanzaba, sentí como el ambiente dentro de la casa comenzaba a atensarse. Revisé las luces encendidas y decidí apagar algunas. No porque creyera que la oscuridad me protegería, sino porque la luz interna dificultaba ver hacia afuera y convertía las ventanas en espejos. Fui apagando una por una, dejando solo la del pasillo a media intensidad.

El sonido llenaba el espacio de la cocina y hacía que la distancia entre el interior y el exterior pareciera mínima. No levanté la cabeza ni intenté asomarme porque sabía que el parpadeo o una sombra interna podía delatarme. Después de unos segundos, escuché que la criatura se movía hacia la puerta del patio.

Los pasos cambiaron de dirección y pasaron por la zona donde tengo una pequeña mesa apoyada contra la pared. El rose del cuerpo volvió a escucharse más fuerte, como si la espalda chocara ligeramente con un objeto. Me mantuve quieto sosteniendo la llave inglesa con ambas manos.

La puerta del patio quedó a su altura y la respiración volvió a sonar cerca, pero esta vez acompañada de pequeños golpes contra la lámina, movimientos cortos que no parecían intentos de entrar, sino simples desplazamientos del cuerpo al acercarse demasiado. El silencio duró unos segundos. Después escuché algo caer en el piso.

No fue un objeto que yo reconociera, tampoco un golpe metálico o de madera, solo el sonido de algo cayendo sobre la tierra cerca de la puerta. La criatura dio dos pasos más y luego el ruido de la respiración comenzó a alejarse hacia el lado donde está la barda. No supe si se había ido o solo había cambiado de posición, pero no me moví de inmediato.

Me quedé agachado, sintiendo como mis manos se ajustaban al peso de la herramienta mientras escuchaba cada sonido que pudiera darme una pista de si seguía ahí o si había dejado el patio. Algo había quedado tirado afuera y yo no sabía si era prudente acercarme a verlo. Me quedé un rato agachado detrás de la barra hasta que los sonidos en el patio parecieron alejarse.

Aún así, no me levanté de inmediato porque la criatura había dejado algo en el piso y no sabía si todavía estaba cerca. Me moví con cuidado hacia la puerta del pasillo y asomé apenas la cabeza hacia la ventana de la cocina. No había suficiente luz para ver con claridad. Así que solo distinguí una forma oscura cerca de la puerta del patio.

Parecía una piedra grande o algún objeto pesado que la criatura había arrastrado hasta ahí. El tamaño no coincidía con nada que yo hubiera dejado en esa zona, lo cual hizo que me quedara observando unos segundos más tratando de ubicar si había sido parte de algo del jardín o si venía de afuera.

No hice ningún movimiento brusco porque en cualquier momento la figura podía regresar. Mientras intentaba identificar el objeto, escuché un golpe fuerte en la pared trasera. Fue un impacto seco contra el muro, como si algo pesado hubiera chocado con la parte exterior de la casa. El sonido hizo vibrar ligeramente la ventana de la cocina y me obligó a retroceder un par de pasos.

No alcancé a escuchar respiración ni gruñidos después del golpe, solo silencio por un par de segundos hasta que de pronto comenzaron a sonar pasos muy rápidos alrededor de la casa. No eran pasos lentos como los de antes, sino desplazamientos veloces sobre la grava y la tierra, dando la vuelta completa al terreno en cuestión de segundos.

El movimiento cubrió el patio, la barda lateral y la parte delantera antes de volver a la zona trasera, como si la criatura estuviera rodeando la casa buscando un punto para entrar. Un golpe contra otra ventana me hizo tensar los brazos. Fue un impacto contra el vidrio directo acompañado de un temblor leve en el marco.

No traté de adivinar si era con la cabeza, el cuerpo o algo más. Solo describo que el vidrio vibró y que el sonido fue suficiente para hacerme retroceder hacia el pasillo. Decidí subir a mi cuarto para tener una vista más amplia del patio y ver desde arriba si podía entender por dónde se movía la criatura. Subí las escaleras sin correr, pero sin detenerme en ningún escalón.

La casa estaba casi en penumbra porque no había vuelto a encender luces desde que empecé a escuchar los gruñidos. Al llegar al cuarto, me acerqué a la ventana con cuidado. La abrí apenas unos centímetros y levanté la cortina lo mínimo necesario para ver hacia afuera. Desde esa altura, el patio se veía más amplio y la luz del foco alcanzaba parte de la barda.

No pasaron ni cinco segundos cuando vi al nahual cruzando por la orilla del terreno. Iba corriendo con las patas tan largas que el cuerpo se inclinaba hacia adelante en cada impulso. El lomo se arqueaba con el movimiento, subiendo y bajando con cada zancada, mostrando una figura delgada y estirada que avanzaba sin detenerse.

La criatura no corría como un perro ni como un venado. Su forma larga y su postura inclinada hacían que la trayectoria se viera extraña. Se detuvo justo bajo la ventana del cuarto, alzó la cabeza y mantuvo la vista fija hacia donde yo estaba.

No movió las patas ni giró el cuerpo, solo levantó el cuello rígido y dejó que los ojos separados entre sí reflejaran la poca luz que venía desde adentro. El lomo subía y bajaba con cada respiración. Ese movimiento era lento y constante, marcando una cadencia que se distinguía incluso desde arriba. Cerré la cortina sin hacer ruido.

No solté la tela de golpe ni moví la mano bruscamente porque cualquier sonido podía atraer su atención. Mientras la tela bajaba, escuché un rose contra la pared exterior del cuarto. El golpe llegó un segundo después. Fue un impacto directo que me obligó a retroceder tres pasos porque la vibración se sintió en el piso.

No supe si la criatura había saltado o si había chocado contra la pared buscando alcanzar la ventana. No intenté asomarme ni repetir el movimiento porque el siguiente sonido llegó desde arriba. Escuché arañazos en la lámina del techo. Eran movimientos rápidos y cortos, como si las patas estuvieran ajustándose para mantener el equilibrio en la orilla del tejado.

El metal vibraba con cada contacto y eso hizo que me moviera hacia el centro del cuarto para quedar fuera de la línea directa de la ventana. Los arañazos se desplazaron hacia un extremo del techo y unos segundos después algo cayó desde arriba. El objeto rodó por la pendiente del tejado y golpeó el borde antes de caer al patio.

El sonido fue claro y repetitivo, indicando que era algo con volumen, aunque no pude identificar si era una piedra, un pedazo de lámina o algo que la criatura había llevado al techo. Me quedé quieto varios segundos escuchando. Los arañazos se detuvieron y el techo quedó en silencio. No sabía si la criatura había bajado al patio o si se había movido hacia la barda.

Antes de decidir si bajar de nuevo, escuché un ruido que provenía de la parte trasera de la casa. Era un golpe directo contra la puerta del patio. No fue un golpe aislado. Repitió el impacto con un ritmo disparejo, como si estuviera empujando o tanteando la lámina desde afuera.

Me acerqué al pasillo para escuchar mejor y confirmé que la criatura estaba ahora golpeando directamente la puerta trasera. y no mostraba intención de alejarse. Bajé de nuevo las escaleras cuando escuché como la puerta trasera empezaba a vibrar con los golpes. Cada impacto hacía temblar el marco y producía un sonido hueco que recorría la pared del pasillo.

Caminé rápido, pero sin hacer ruido, para revisar si todas las ventanas estaban aseguradas. Toqué cada seguro con la mano para comprobar que estuvieran firmes. Pasé por la sala, la cocina y el pequeño cuarto que uso para guardar cosas, confirmando que ninguna ventana estuviera entreabierta. Mientras recorría el pasillo, escuché pasos dentro del patio.

No eran pasos veloces como los de antes, sino lentos y espaciados, como si la criatura estuviera explorando cada rincón del terreno. El sonido avanzaba de un punto a otro y luego se detenía unos segundos antes de continuar hacia otra parte del patio. Me acerqué a una rendija junto a la ventana de la cocina para intentar ver hacia afuera sin que se notara mi movimiento.

Levanté la cortina apenas 1 milro y busqué un ángulo donde la luz interior no me delatara. La criatura estaba muy cerca. Vi con claridad el hocico largo, la mandíbula grande, las orejas abiertas a los lados y la piel tensa que marcaba las costillas. Parecía respirar con fuerza porque el aire que salía de su nariz levantaba un poco el polvo del piso.

Desde esa distancia distinguí que el lomo se arqueaba de manera irregular en cada inhalación. No hice ruido ni moví la cortina más de lo necesario. El animal levantó una de sus patas. Era extremadamente larga y delgada. la apoyó sobre la puerta trasera, empujando con un movimiento lento, pero firme. La madera tronó un poco, como si el marco estuviera cediendo.

En ese momento me alejé de la rendija sin hacer movimientos bruscos y agarré la llave inglesa que había tomado antes. La sostuve con ambas manos mientras respiraba de forma controlada para no hacer ruido. criatura pareció detectar el cambio de posición porque dejó de empujar la puerta y giró la cabeza hacia la ventana donde yo estaba unos segundos antes.

Me arriesgué a asomarme de nuevo muy despacio. La criatura caminó hacia la ventana. Su sombra se proyectó sobre el vidrio y el hocico quedó a menos de 1 metro de distancia. Vi los ojos separados, el brillo que reflejaban por la poca luz de la cocina, la forma exacta del hocico alargado y la mandíbula tensa. La respiración golpeaba el vidrio con un ritmo constante.

En un momento abrió la boca y mostró los dientes. Después golpeó la ventana con el hocico. El impacto hizo vibrar el vidrio y me obligó a retroceder hacia el pasillo. Caminé rápido hacia el cuarto de herramientas porque ahí tengo una lámpara industrial que ilumina con mucha intensidad. La encendí apuntando hacia la ventana grande que da al patio.

La luz fuerte llenó la cocina y rebotó hacia afuera a través del vidrio. La criatura retrocedió por primera vez. No hizo un salto ni un movimiento extraño, solo retrocedió como si la luz la incomodara. Aproveché el momento para encender todas las luces de la casa. Fui por el pasillo prendiendo cada foco. También moví un par de muebles para generar ruido.

Quería que la casa dejara de sentirse como un lugar oscuro y silencioso. Mientras hacía todo eso, escuché como la criatura corrió hacia la parte más oscura del patio. Los pasos sonaron rápido sobre la grava y luego hubo un último movimiento cerca de la barda. Después todo quedó en silencio.

Me quedé quieto en la sala con la lámpara aún encendida porque no sabía si había salido del terreno o solo se había ocultado en algún punto donde la luz no alcanzaba. Pasaron varios minutos sin ningún ruido. Caminé hacia la ventana de la sala y miré hacia la calle. La luz de los postes seguía siendo la misma de siempre, pero no se veía movimiento.

Me moví hacia la ventana trasera y revisé el patio desde lejos sin apagar ninguna luz. No vi sombras ni cambios en los objetos. La piedra o lo que fuera que había dejado la criatura seguía en el mismo lugar, pero no había señales de que estuviera todavía cerca. Escuché de nuevo el silencio profundo del terreno.

La grava no sonaba, la barda no vibraba y la casa no recibía ningún golpe. Aún así, no pude relajarme. Me quedé en la sala con la espalda apoyada en el sillón y la lámpara encendida cerca de mí. La noche parecía estar llegando a su final porque el cielo del lado este empezaba a tener un tono más claro, aunque todavía no era amanecer. No dormí.

Me quedé sentado escuchando cada sonido de la casa, esperando que la criatura regresara. Cada crujido del techo, cada pequeño golpe del viento contra el árbol me mantenía alerta. No sabía si realmente se había ido o si solo esperaba que apagara las luces para volver a acercarse.

Así terminé la noche sin cerrar los ojos ni un segundo, contando los minutos hasta que la primera luz del día empezó a entrar por la ventana. Estábamos en la casa del rancho y yo ya estaba acostado, pero escuché que alguien empujó la puerta del patio con más fuerza. Me levanté de la cama y salí al pasillo porque pensé que podía ser un animal.

Vi al abuelo entrando desde el monte con la camisa rota llena de tierra y con la mirada perdida. No dijo nada cuando pasó junto a mí, solo avanzó hasta la mesa y se apoyó con ambas manos como si le costara mantenerse de pie. Le pregunté qué le había pasado, pero me respondió que se había tropezado entre las piedras.

esa noche se quedó sentado un buen rato sin moverse, mirando el piso como si estuviera recordando algo. Muchos años después, ya cuando era viejo y yo tenía suficiente edad para entender mejor, me confesó que no siempre fue el hombre callado que conocíamos.

Me contó que de joven había vivido en un rancho aislado en un cerro donde casi no llegaba nadie y donde la gente creía en brujos, curanderos, inaguales, como si fueran parte de la vida diaria. me dijo que allá no se trataba de simples historias. La gente hablaba de esas cosas con la misma seriedad con la que hablaba de la siembra o del ganado.

Según él, vivir en ese cerro hacía que uno se acostumbrara a escuchar relatos sobre personas que cambiaban su forma para vigilar los campos o para pelear por territorios del monte. Cuando me habló de cómo funcionaba, dejó claro que convertirse en nawal no era un don ni un privilegio. No era algo que uno recibía por herencia ni por destino. Era un intercambio.

Uno tenía que entregar algo importante, algo que formara parte de su vida diaria a cambio de la capacidad de transformar el cuerpo. Ese algo podía ser un rasgo del carácter, un recuerdo preciso o una costumbre que definiera a la persona. Mi abuelo mencionó que cada quien decidía qué entregar, pero que el precio siempre se pagaba.

No había forma de evitarlo una vez que se tomaba la decisión. Me explicó que todo empezaba de manera simple y en silencio. No había rituales grandes, ni velas, ni rezos. Era una decisión voluntaria que se tomaba estando solo, ya fuera frente al monte, frente a un animal que te miraba fijamente en la noche o frente a la oscuridad del campo.

Mi abuelo me dijo que en su caso la decisión la tomó después de varias noches de sentirse vigilado por un animal que rondaba cerca de su casa. No quiso decir cuál era, pero afirmó que lo veía siempre en el mismo lugar y que llegó a sentir que lo estaba probando como si esperara una respuesta.

Cuando describió cómo era la transformación, dijo que lo primero que sentía era la piel tensarse desde adentro, como si los huesos buscaran otro acomodo. No era un dolor insoportable, por lo menos al principio, pero sí una presión que recorría el cuerpo y lo obligaba a moverse de cierta forma.

Según él, esa sensación se volvía más intensa conforme uno repetía el cambio y con el tiempo se convertía en algo difícil de controlar. Aún así, dijo que la primera transformación no fue una experiencia desagradable. De pronto veía más lejos, escuchaba mejor y podía correr por horas sin cansarse.

Me comentó que esa libertad era lo que atrapaba a muchos y los hacía repetir el cambio sin pensar en las consecuencias. Mi abuelo aclaró que una Wal no podía convertirse en cualquier animal. La forma que tomaba estaba determinada por lo que lo había marcado a lo largo de su vida. Era una presencia constante, un animal que siempre había estado cerca de su casa o de su rutina.

Nunca me dijo cuál era su forma exacta en ese momento, solo que la elección no era algo que uno hiciera de manera consciente. El cuerpo simplemente seguía aquello que lo había acompañado durante años. Después habló de las marcas que quedaban en el cuerpo humano. Dijo que algunos notaban que las uñas se volvían más gruesas. La voz cambiaba un poco después de cada transformación.

La piel se volvía más áspera en ciertas zonas y la vista se hacía más sensible a la luz. Explicó que había quienes podían ocultar estos cambios con facilidad y otros que no lograban disimularlos. En su caso, aprendió a manejarlo, aunque no del todo. Antes de terminar esa conversación, mi abuelo mencionó la parte que casi nunca se decía.

Cada transformación acortaba un poco la vida humana. No era algo evidente. Uno podía pasar años sin darse cuenta, pero el cuerpo pagaba cada cambio de forma y tarde o temprano empezaba a mostrar señales de desgaste. me dijo que la mayoría de los que seguían ese camino lo entendían demasiado tarde.

Mi abuelo me explicó que el proceso para convertirse no era rápido ni improvisado. Decía que cada transformación seguía pasos estrictos y que saltarse uno podía provocar que el cuerpo quedara a medias, lo cual podía dejar marcas difíciles de ocultar. Lo primero que necesitaba era estar solo.

Ninguna persona debía estar cerca porque cualquier distracción podía romper la concentración. Me dijo que el silencio de la noche ayudaba, pero no era obligatorio. Lo realmente importante era que no hubiera nadie alrededor que pudiera interrumpirlo en el momento en que el cuerpo empezaba a responder.

A veces se iba al monte y otras veces se encerraba en una parte del rancho donde nadie entraba. El segundo paso era concentrarse en el animal, no en cualquiera, sino en aquel que había marcado su vida. Mi abuelo repetía que ese animal no lo elegía uno, sino que simplemente se hacía presente a lo largo del tiempo.

Podía aparecer en momentos clave, en épocas difíciles o en situaciones que lo obligaban a observarlo con más atención. me dijo que en su caso lo había visto tantas veces que se volvió parte de su rutina sin darse cuenta. No necesitaba imaginarlo ni inventar detalles.

Bastaba con cerrar los ojos y recordarlo tal como era, con la forma en que corría, respiraba y se movía entre los árboles. El tercer paso era recordar la primera vez que lo había visto morir o sufrir. afirma que ese momento era esencial porque despertaba algo en el cuerpo, una especie de vínculo que no era sentimental, sino físico.

Era el punto exacto donde el ser humano y la bestia se encontraban. Según él, cualquier persona que intentara transformarse sin ese recuerdo quedaba atrapada en la mitad del proceso. No había manera de avanzar si ese primer impacto no estaba presente. Mi abuelo decía que ese recuerdo activaba algo en la mente, como si su cuerpo supiera que tenía permiso para cambiar.

A partir de ahí, comenzaba la respuesta del cuerpo. Los músculos se activaban como si estuvieran a punto de temblar. No era un temblor visible, sino una tensión interna que avanzaba desde los brazos hasta las piernas. Los huesos parecían moverse bajo la piel, no con dolor, sino con una incomodidad fuerte que lo obligaba a inclinarse hacia delante.

Me dijo que la piel se estiraba en algunas partes y se aflojaba en otras, lo cual daba la impresión de que el cuerpo buscaba una forma nueva que no correspondía a la humana. El cuello se apretaba de manera constante y los dientes empezaban a doler como cuando salen muelas nuevas, una presión que subía hasta las cienes.

La columna se encorbaba sin que él pudiera evitarlo, como si alguien lo empujara desde la espalda y lo obligara a adoptar otra postura. Aclaraba que nunca escuchaba huesos rompiéndose. Dijo que ese detalle era una mentira que la gente repetía sin saber. El cambio no seguía la lógica humana. No tenía nada que ver con fracturas ni con sangre.

Era un ajuste interno, una modificación silenciosa que hacía que el cuerpo se acomodara sin destruirse. Me comentó que por eso una wal podía transformarse varias veces sin quedar incapacitado. El cuerpo sabía qué hacer sin romperse, aunque cada transformación dejaba un desgaste que no se sentía en el momento, pero se acumulaba con los años.

La parte mental comenzaba justo cuando el cuerpo entraba en esa etapa de tensión. Mi abuelo explicaba que la mente se abría a impulsos que no eran humanos. Lo primero que tomaba el control era el olfato. Todo tenía un olor más definido y más fuerte. Después el oído se volvía tan sensible que podía identificar pasos lejanos, ruidos del monte y hasta el movimiento del viento.

Por último, la vista se ajustaba a la oscuridad. No se trataba de ver como un animal salvaje, pero sí podía distinguir figuras y movimientos que pasaban desapercibidos para los demás. La parte más peligrosa, según él, era cuando la mente animal comenzaba a empujar a un lado a la humana. No la eliminaba, la dejaba apartada como si solo observara desde atrás.

me confesó que una vez ya transformado, sintió un deseo fuerte de perseguir a alguien del rancho, aún cuando no le tenía rencor ni motivo para hacerlo. Era solo un impulso que aparecía sin aviso y que quería imponerse sobre cualquier razonamiento. Dijo que ahí era donde muchos se perdían.

Si uno dejaba que ese impulso creciera, la forma humana quedaba relegada y el instinto dominaba todo. Mi abuelo insistía en que un nahual debía tener una voluntad muy firme para no dejar que el instinto tomara el control. Explicó que la fuerza física no servía de nada en esa lucha interna.

Lo que realmente importaba era la capacidad de mantener la mente en el lugar correcto mientras el cuerpo cambiaba. Al final de la explicación mencionó que con cada transformación se volvía más difícil regresar a la forma humana sin que algo quedara pegado.

Podía ser un reflejo más rápido de lo normal, una paciencia desgastada, un sueño más ligero o una mirada fija que incomodaba a los demás. Decía que esas señales eran pequeñas pero constantes y advertían que el cuerpo estaba pagando cada cambio de forma. Mi abuelo me dijo que en su juventud nunca estuvo solo en ese camino.

Había un grupo pequeño de nahuales dispersos por los ranchos del cerro. No formaban una comunidad abierta, ni se reunían seguido, pero se reconocían cuando se veían. Usaban señales discretas, gestos casi imperceptibles que solo otro nahual podía identificar. Podía ser la forma en que inclinaban la cabeza al saludar. La postura del cuerpo al entrar a un corral.

o la manera en que miraban hacia el monte cuando escuchaban un ruido lejano. Mi abuelo afirmaba que esas señales no se enseñaban. Uno las entendía con el tiempo, como si el cuerpo aprendiera a distinguir a los demás. Entre ellos existían reglas implícitas que todos conocían sin necesidad de repetirlas en voz alta.

La primera era no mostrar la forma animal frente a un desconocido. La transformación era un acto privado y peligroso, porque cualquiera que lo viera podía reaccionar con miedo o divulgar lo que había visto. La segunda regla era no atacar ganado sin necesidad. Decían que el daño injustificado atraía problemas no solo con los dueños, sino con el monte mismo.

La tercera regla prohibía usar la transformación para venganzas personales. El poder no debía mezclarse con rencores de la vida diaria. La última regla era no revelar el pacto completo a un non nawal. Había cosas que solo podían entender quienes ya habían pasado por la primera transformación. Mi abuelo confesó que romper una regla tenía consecuencias.

No eran castigos de otros nahuales, era el monte. Me explicó que el cerro tenía una forma de cobrar lo que consideraba una falta. Nadie sabía cómo funcionaba, pero los que rompían las reglas empezaban a perder algo que antes controlaban bien. Mi abuelo lo mencionó con tanta seriedad que entendí que para ellos no era una creencia, sino una realidad comprobada.

Una y otra vez me contó la historia de un hombre del rancho vecino que abusó varias veces de su forma animal. Se transformaba para asustar gente en los caminos y para robar gallinas o cabras cuando necesitaba dinero. No lo hacía por hambre ni por defensa. Lo hacía por gusto y por sentir que podía asustar a cualquiera.

Mi abuelo dijo que al principio parecía que no pasaba nada, pero después de unas semanas ese hombre comenzó a perder el habla durante días enteros. No se enfermó ni sufrió un accidente. Simplemente despertaba sin poder pronunciar una palabra. No le regresaba la voz hasta que pasaban varios días.

Nunca explicó lo que hacía en el monte, pero los demás nahuales lo entendieron sin que lo dijera. Mi abuelo también comentó que algunos nahuales envejecían de manera distinta. La piel se les volvía más gruesa, como si los años no la ablandaran. Las manos se endurecían y tenían una fuerza inusual, incluso a edades avanzadas.

La vista se hacía más sensible al movimiento, lo cual parecía una ventaja, pero también los mantenía en estado de alerta constante. No podían relajarse en un lugar lleno de gente porque cualquier sombra o cualquier movimiento rápido los hacía reaccionar. Había una tensión constante entre los nahuales jóvenes y los viejos.

Los jóvenes veían la transformación como una herramienta para sobrevivir. Para ellos era útil para trabajar más horas, moverse por el monte sin cansarse o defender sus terrenos. No pensaban en el desgaste que acumulaban. En cambio, los viejos ya sabían que cada transformación aceleraba el final.

No lo decían para asustar, lo decían porque lo habían visto en ellos mismos y en otros. Cada regreso a la forma humana dejaba una marca que no se iba. Los viejos caminaban más despacio, perdían el sueño, tenían dolores que no podían explicar y evitaban transformarse a menos que fuera necesario. Mi abuelo admitió que él mismo llegó a pensar en dejarlo.

Había noches en las que sentía que ya no podía soportar la tensión del cuerpo cambiando. Había días en los que el cuello le dolía sin motivo y las manos le temblaban cuando intentaba agarrar una herramienta. Decía que en esos momentos pensaba seriamente en no volver a transformarse, pero la tentación era fuerte.

Recordaba la velocidad, la fuerza, la claridad de los sentidos y la libertad del cuerpo animal. Esos recuerdos lo hacían regresar una y otra vez, aún cuando sabía que cada cambio le quitaba algo de la vida humana. Fue entonces cuando me relató un evento que marcó el inicio de su decadencia.

dijo que una noche, mientras regresaba al rancho en forma animal, notó que algo se movía entre los árboles. Pensó que era un coyote, pero el olor era distinto. Se acercó con cuidado y vio a otro nahual transformado. Pero este no estaba en control. Se movía con torpeza y hacía sonidos que no pertenecían a ningún animal del cerro. La forma no estaba completa.

Parecía atrapado entre el cuerpo humano y el cuerpo animal. Mi abuelo entendió que ese hombre había perdido la capacidad de dominar la transformación y que su mente estaba siendo empujada por completo hacia el instinto.

Dijo que verlo así lo hizo sentir un miedo profundo, porque comprendió que esa era la primera señal de lo que podía pasarle con los años si seguía transformándose sin descanso. Esa noche, según él, fue la primera vez que pensó que la decadencia no era una posibilidad lejana. Era un destino que tarde o temprano alcanzaba a todos los que seguían ese camino.

Mi abuelo explicó que su decadencia no comenzó de golpe. Fue apareciendo con señales pequeñas que al principio quiso ignorar. La primera que notó fue un cambio en la voz. Ya no hablaba igual. Sentía la garganta más tensa y el tono más áspero. No era una enfermedad ni una gripe. Era como si el cuerpo humano estuviera adaptándose a una forma distinta de emitir sonido.

Me dijo que cada vez que hablaba mucho la garganta se le cansaba de manera extraña y necesitaba quedarse callado por horas. Después vino la dificultad para dormir profundamente. Antes podía descansar toda la noche sin problema, pero con los años empezó a despertar ante cualquier ruido. No importaba si era el viento, un animal cerca de la casa o un movimiento en el corredor.

Abría los ojos como si ya estuviera preparado para reaccionar. Los sueños también cambiaron. eran demasiado vívidos, tan claros que cuando despertaba tardaba unos segundos en entender que no estaba en el monte. Sentía que el instinto seguía activo, incluso cuando trataba de relajarse. Me confesó que eso lo desgastaba porque el cuerpo humano necesita desconectarse.

Pero él ya no podía hacerlo del todo. Otra señal fue un reflejo casi automático de gruñir cuando alguien lo sorprendía. No era un gruñido fuerte, pero sí un sonido involuntario que se le escapaba antes de reconocer a la persona. Pasaba cuando algún familiar entraba a la cocina sin avisar o cuando un animal se acercaba demasiado rápido.

Mi abuelo decía que ese reflejo lo hacía sentir vulnerable porque demostraba que la forma animal seguía presente aunque él intentara controlarla. Explicaba que el cuerpo humano ya no descansaba igual, porque cada transformación dejaba una huella que no podía borrar. La piel se volvía más áspera.

Decía que podía sentir zonas duras en los brazos y en la espalda, como si la textura cambiara lentamente. Las articulaciones se volvían rígidas, sobre todo las rodillas y los tobillos. Me contaba que en las mañanas necesitaba más tiempo para ponerse de pie y caminar con paso firme.

La mente también se afectaba, tenía menos paciencia y le costaba lidiar con situaciones que antes no le molestaban. Mi abuelo comenzó a olvidar cosas simples. Al principio eran detalles pequeños como fechas o recados que debía llevar al pueblo. Luego empezó a olvidar nombres de personas con las que había convivido muchos años.

Decía que esos olvidos no lo hacían sentir preocupado al momento, pero sí cuando los demás se lo señalaban. Para él era como si la mente estuviera ocupada en otra parte y dejara huecos que antes no existían. La parte emocional fue la más difícil para él. Me confesó que empezó a tener problemas para sentir empatía.

No era que dejara de querer a su familia, pero notaba que ciertas cosas ya no le afectaban igual. Empezaba a pensar más en utilidad que en afecto. Si alguien tenía un problema, lo analizaba como si fuera una situación práctica. Le costaba conectar con la emoción de los demás.

A veces se daba cuenta de que hablaba con frialdad y tenía que forzarse a recordar la importancia de algunas relaciones. Mi abuelo decía que un agual viejo se convertía en algo híbrido. No era humano por completo ni animal por completo. Era un cuerpo cansado con impulsos que ya no pertenecían a una sola especie.

explicaba que esa mezcla se volvía evidente en la forma de caminar, de elegir las palabras o de reaccionar a los sonidos. Los jóvenes no se daban cuenta, pero los viejos sí lo detectaban entre ellos. Era una especie de desgaste que se acumulaba y convertía la vida diaria en algo difícil de equilibrar.

me relató que algunos nahuales intentaban aislarse, vivir lejos del pueblo o en partes del cerro donde no pasaba nadie. Sabían que podían reaccionar mal en momentos de irritación o cansancio. No querían arriesgarse a lastimar a alguien por un impulso mal controlado.

Esos hombres se volvían casi leyendas porque dejaban de aparecer en reuniones o en trabajos del monte y solo se sabía de ellos por rastros o huellas cerca de sus casas. Hubo casos más graves. A veces la gente del cerro encontraba restos de transformaciones fallidas. Eran cuerpos reales donde la piel no regresaba del todo a su forma humana o donde la columna quedaba desviada.

Mi abuelo decía que esos restos eran señales de que alguien había perdido el control en medio del proceso. No siempre se sabía quién era, pero los nahuales del lugar entendían con solo verlos. Mi abuelo admitió que tuvo miedo de terminar así. No era un miedo pasajero, era una preocupación constante que lo acompañaba en cada transformación.

Decía que cada vez que el cuerpo cambiaba, pensaba en si iba a poder regresar por completo o si algo quedaría atrapado entre las dos formas. Ese miedo creció hasta que una noche ocurrió lo que lo hizo detenerse por completo. Me contó que al volver a ser humano después de una transformación, no recordaba dónde estaba ni cómo había llegado.

Ahí abrió los ojos en una parte del monte que no reconocía. La ropa estaba destrozada y tenía tierra en las manos como si hubiera acabado o buscado algo. No recordaba nada de las horas anteriores. Ese momento le dejó claro que la mente humana ya no estaba tomando el control como antes.

Fue cuando entendió que seguir transformándose podía llevarlo al mismo destino que muchos viejos del cerro. Y ese fue el inicio de su decisión de parar. Mi abuelo me contó que el origen del pacto no tenía nada que ver con magia ni con religión. Decía que la gente del cerro insistía en convertirlo en un rito, pero la verdad era más antigua y más simple.

Lo describió como una conexión que existía desde antes de que los pueblos se formaran. Era un intercambio entre humanos y animales del monte. Una relación que se había quedado escondida entre generaciones lo explicaba como algo más cercano a un proceso biológico que a una bendición.

Según él, el cuerpo humano podía adaptarse al ambiente de formas que ya no recordábamos y esa adaptación era lo que permitía el cambio. No había rezos símbolos, solo una decisión tomada en soledad, apoyada por un vínculo que el cuerpo entendía aunque la mente no lo nombrara.

Mi abuelo decía que los primeros nahuales no buscaban poder, no querían impresionar a nadie ni dominar territorios. Lo hacían para sobrevivir. El clima era duro, las enfermedades eran frecuentes y los animales salvajes acechaban en los caminos. Transformarse era una forma de obtener resistencia y velocidad en un tiempo donde la vida diaria era peligrosa.

Explicó que con el paso de los años esa necesidad se volvió menos urgente. Pero el poder permaneció porque los hombres siempre buscan ventaja en cualquier lugar donde la encuentren. Algunos lo usaban para proteger sus tierras, otros para vigilar cultivos o alejar intrusos, pero también hubo quienes lo vieron como una oportunidad para imponerse.

Esas decisiones hicieron que el pacto se mantuviera, incluso cuando ya no era indispensable para sobrevivir. Me confesó que el pacto no se rompía. Aunque uno dejara de transformarse, la marca se quedaba en la sangre y en la mente. No importaba cuántos años pasaran. El cuerpo conservaba rastros de esa conexión y podía reaccionar en momentos inesperados.

Mi abuelo decía que él lo sentía en la forma en que escuchaba ciertos sonidos o en la forma en que su cuerpo se tensaba cuando estaba solo en el monte. No era una transformación completa, pero sí un impulso que surgía desde lo más profundo, como si el cuerpo recordara algo que él ya no quería repetir.

Mi abuelo me advirtió que algunos descendientes podían experimentar impulsos raros en la noche o sueños muy vividos con animales. No significaba que fueran a transformarse, pero sí que el cuerpo guardaba memoria de lo que había hecho su antepasado.

dijo que no debía asustarme si en algún momento tenía sueños demasiado claros o si percibía ruidos del monte con más intensidad de la normal. comentó que esos impulsos no eran peligrosos si se entendían como lo que eran rastros de un pacto antiguo.

Explicó que él había dejado de transformarse porque sabía que una sola vez más podía provocarle una pérdida permanente de memoria o podía hacerlo despertar lejos del rancho sin recordar el camino de regreso.

Después de aquella noche donde abrió los ojos sin reconocer el lugar ni saber qué había hecho, se dio cuenta de que su cuerpo ya no tenía la fuerza para manejar la transformación. Me dijo que esa fue la primera vez que sintió verdadero miedo a perder su identidad y a quedar atrapado entre dos formas sin poder regresar a ninguna por completo.

Reveló que hubo noches donde intentó transformarse y no lo logró. era una especie de rechazo. Dijo que esa negación era lo que más inquietaba a los nahuales viejos, porque significaba que el vínculo estaba cambiando. Algunos interpretaban eso como una señal de que la decadencia estaba cerca. Otros pensaban que era una advertencia, una manera de decir que había que detenerse.

Antes de terminar, agregó que ser nahwal no significaba ser fuerte ni especial. Era una carga que desgastaba al hombre poco a poco hasta dejarlo sin un lugar claro en el mundo.

Dijo que su mayor alivio era haber dejado de transformarse a tiempo, aunque el precio fuera a vivir con los rastros del pacto dentro del cuerpo, y concluyó que su historia no era una invitación ni un legado, sino una advertencia para que yo no buscara respuestas en el monte, porque ese camino siempre cobraba más de lo que ofrecía.

Preguntas frecuentes sobre historia de terror

¿Qué muestra la historia sobre la criatura en carretera?

La historia muestra una criatura de lomo arqueado y patas largas que aparece en la carretera y luego rodea la casa del narrador.

¿Por qué el gruñido aumenta la tensión en la historia?

El gruñido en la noche, cercano y profundo, confirma la presencia de la criatura en carretera y mantiene el suspenso dentro y fuera de la casa.

¿Dónde ocurre el encuentro con la criatura en carretera?

El encuentro ocurre en el tramo solitario entre el rancho y la carretera principal, y la sensación de amenaza se extiende hasta el patio del narrador.

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