En La Casa De Las Brujas

En La Casa De Las Brujas

Me llamo José Eduardo, nací en el estado de Nuevo León, vivo en Monterrey, pero en mi adolescencia viví en un pueblo llamado Ramones.

En el tiempo que les platico era un pueblo pequeño.

Así como todos los muchachos de esa edad, tenía amigos y aunque vivíamos lejos uno del otro, éramos inseparables y juntos vivimos muchas aventuras que nunca olvidaremos.

No teníamos dinero, pero la verdad la amistad era lo más importante para nosotros.
Éramos tres amigos yo era el de en medio, con doce años cumplidos, mi amigo Juan era el mayor con trece y Héctor con dos meses y medio más chico que yo.

Estábamos en el turno vespertino de la única secundaria que estaba por ahí.

Era una escuela chica, pero los Maestros eran buenos y amables, siempre fuimos tremendos y nos llamaba mucho la atención conocer cosas y la aventura, ir a todas partes, pero sin meternos en problemas y sin molestar a nadie.

Como siempre andábamos juntos, en las casas de mis amigos ya me conocían y en la mía los conocían a ellos.

En una ocasión se nos ocurrió no asistir a clases y nos fuimos de pinta, así se dice aquí cuando los estudiantes salen a escondidas. Quisimos irnos lo más lejos posible para que nadie nos viera y fueran con el chisme a nuestras casas y nos castigaran, ya que en ese tiempo nuestros padres eran muy estrictos, como todos.

Obviamente en un pueblo tan pequeño no había a donde ir y pues agarramos monte. Caminamos y caminamos como dos horas, no nos dimos cuenta cuanto avanzamos, porque, como siempre, íbamos bromeando y nos reíamos de cualquier cosa.

Recordábamos cosas graciosas y volvíamos a reír, de pronto se escuchó un trueno muy fuerte y nos dimos cuenta de que estaba muy nublado y todo hacía suponer que se acercaba una fuerte tormenta.

Ya serian como las tres y media de la tarde, pero estábamos en invierno, se veía más obscuro.

Empezó a correr un aire fuerte muy frío como anunciando que ya llegaba la tormenta y a los pocos minutos comenzó a llover a cántaros, corrimos de regreso, pero pronto el agua no nos permitió ver y el camino con tantos charcos poco a poco se iba desapareciendo.

Corríamos sin rumbo entre los matorrales, había plantas con espinas que nos rasgaron los uniformes, pero seguíamos corriendo. Solo tratábamos de no perdernos de vista entre nosotros para no vernos solos en aquel monte tan extenso.

Totalmente empapados, se sentía más el frío, además, no había duda, ya estábamos perdidos, pero seguíamos avanzando.

Ya habíamos corrido como diez o quince minutos, cuando se volvió imposible avanzar.

De pronto vimos a lo lejos una casa, y nos dirigimos corriendo hacia ella. Conforme nos acercábamos más notamos que era una construcción muy vieja, toda de madera y muy alta, con las ventanas tapadas con trozos de madera, y la casa no estaba pintada

Se veía tenebrosa, pero, al menos a mí, me daba más miedo un castigo de mi padre que una vieja casa.

Ese lugar tenía una cerca hecha de troncos un poco podridos y alambre de púas, aunque en algunas partes ya estaban caídas. Dudamos por un segundo si entrar o no, y al final entramos.

Y es que la verdad los truenos se escuchaban cada vez más fuertes y más seguidos. La casa por dentro tenía muebles, pero estaban muy viejos, feos y llenos de polvo, como si aquel lugar tuviera demasiado tiempo deshabitado, además tenía un olor muy desagradable y para colmo hacía frío adentro.

No se veía comida por ninguna parte, pero había un montón de hierbas
Mi amigo Juan preguntó varias veces con voz fuerte si había alguien, pero nadie respondió. Nada más de estar dentro nos causaba escalofríos. Después de revisar la planta baja, subimos esas viejas escaleras de madera, que conforme íbamos subiendo crujían amenazando con caer.

Arriba todo estaba igual, completamente solo, lo que si había en las paredes eran muchas fotos muy antiguas con personas muy raras y también muchas telarañas.

Afuera seguía lloviendo muy fuerte y el agua al caer, también se metía por las paredes y se escuchaba muy tétrico.

Ya no sabíamos qué hacer, el miedo y los nervios ya se habían apoderado de nosotros.

Mientras se frotaba las manos por el frío, Juan dijo que teníamos que esperar un poco más porque sería imposible encontrar el camino de regreso.

Ya cansados y desesperados, nos sentamos en una vieja banca de madera que se encontraba en ese cuarto, no sabíamos cuánto tiempo faltaba para que afuera se pusiera todo oscuro, Héctor lleno de miedo empezó a repetir una y otra vez que teníamos que salir de esa casa, se le notaba muy nervioso, como si de pronto hubiera recordado algo sobre esa casa, como si la conociera.

No le hicimos mucho caso.

Pasada como media hora, escuchamos unos ladridos, se cruzaron nuestras miradas, como con sensación de alivio.

Nos asomamos por algunas rendijas y ya no llovía tan fuerte, pero seguía muy nublado.

Se escucharon los ladridos más cerca, eran dos perros negros enormes, que venían acompañando a una mujer cuya silueta se veía muy rara.

Mi amigo Juan se quedó asombrado con el aspecto de aquella mujer y comentó algo sobre que existía el rumor que en medio del monte vivía una bruja que gustaba de alimentarse de niños, nos quedamos mirando unos a otros, ya de por sí estábamos asustados, ahora estábamos más, también le reclamamos por qué no nos dijo eso antes de meternos ahí, él simplemente se encogió de hombros.

Me volví a asomar por una rendija y miré que los enormes perros ladraban hacia el lado de la casa donde estábamos nosotros.

Héctor estaba casi paralizado de la impresión, cuando reaccionamos decidimos salir corriendo de ese lugar.

Pero precisamente en ese momento escuchamos ruidos en la planta baja, sin hacer ruido, bajamos algunos escalones y alcanzamos a ver a dos mujeres horribles, que susurraban cosas en voz baja que no entendíamos, mientras se preparaban un brebaje con hierbas en una olla muy sucia.
Más nos espantamos cuando el llanto de un niño se escuchó muy fuerte, otra mujer entró llevando a un bebé, como de tres o cuatro meses, que no dejaba de llorar.

Lo traía agarrado de sus pies y lo puso sobre la mesa, así, sin cuidado alguno, como si se tratara de cualquier cosa, de un trapo sucio.

El niño lloró con más fuerza, pero ni caso le hicieron, solo soltaron una fuerte carcajada.

Así, muertos de pánico, subimos esos escalones viejos otra vez, pero con mucho cuidado para no ser descubiertos.

Entramos en el cuarto otra vez, imaginando que se nos aparecería el diablo o algo así. Cerramos la puerta del cuarto con mucho cuidado.

No sabíamos nada de brujas, pero todo hacía suponer que estaban preparando alguna reunión o algo así y por lógica esperaban más brujas.

Una puerta se abrió y luego se cerró. Nos asomamos otra vez por las rendijas y vimos que las mujeres estaban afuera, alrededor de un montón de troncos, donde supongo que harían una fogata o algo.

Sentimos que esa era la oportunidad de escapar porque ya estaban ocho o nueve brujas abajo.

Alcanzamos a ver que tenían amarrados a dos perros, y al bebé lo tenían metido en una caja.

Además, una de ellas intentaba formar un pentagrama con algunos palos.

Quisimos salir corriendo de ahí, pero, al abrir la puerta para bajarnos, nos llevamos el susto de nuestras vidas, una horrenda mujer estaba esperándonos del otro lado de la puerta, fue tanta la sorpresa que enmudecimos.

Lo peor fue cuando reconocimos a esa mujer, era la mamá de nuestro amigo Héctor, ella nos miró con los ojos bien abiertos, casi afuera de sus cuencas, luego nos señaló una dirección, dejando claro que hacia allá debíamos correr para regresar al pueblo.

Con desesperación bajamos las escaleras que crujían con nuestro peso, pero eso no importaba ya íbamos de salida.
José iba delante de mí, y Héctor supuse que venía detrás, así que en un principio no me preocupé por voltear a ver a Héctor.

A pesar de que casi oscurecía, encontramos el camino de regreso, después de un rato, que me di cuenta que no estaba escuchando a nadie detrás de mí, volteé y vaya sorpresa la que me llevé cuando descubrí que Héctor no venía con nosotros.

Asombrado le grité a Juan para que se detuviera, al darse cuenta de que Héctor no estaba, me dijo que teníamos que regresar por él, que no podíamos dejarlo.

Temblando por el miedo y por el frío moví la cabeza diciendo que no, ya no podía más.

Héctor era mi amigo, pero era ya de noche y nos volveríamos a perder, además quisiéramos o no estaba con su mamá, y no le harían daño.

Ya era muy tarde y convencí a Juan que lo mejor era regresar al pueblo, ya no teníamos fuerzas para seguir corriendo así que solo caminamos aprisa.

Cuando llegamos al pueblo, aliviados, nos fuimos a nuestras casas sin siquiera despedirnos, yo por mi parte no me preocupaba que me fueran a regañar, de verdad que no me importaba, después de todo ya estaría seguro con mi familia.

A partir de ese día no volvimos a ver a Héctor, se cuenta en el pueblo, que se fue con su mamá a vivir a otro pueblo.

Todavía tengo pesadillas hasta el día de hoy, muchas veces he soñado estar dentro de esa vieja casa.

Nunca nos volvimos a parar por ese siniestro lugar, de hecho, ni siquiera sabemos exactamente dónde es.
 
Autor: El Gato Negro
Derechos Reservados

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