En Busca De Un Alma

En Busca De Un Alma

Era un 26 de octubre, aún lo recuerdo como si hubiera sido ayer.
Y me invade un cúmulo de recuerdos, escalofríos, pensamientos y miedo.
Aquel día mis padres salieron de casa, era el cumpleaños del tío Octavio, mismo que detestaba el ruido de niños pequeños, así que mis padres decidieron que mi hermana Paty, de apenas 6 meses y yo con 12 años nos quedaríamos en casa, pues yo era una niña lo suficientemente “grande” para cuidar a mi hermanita menor, y nuestra niñera, recién había renunciado.
Mis padres confiaban mucho en mí, pues siempre fui una niña segura y valiente, hasta ese día.
No tenía mucho que nos habíamos mudado a esa casa, pues mi padre había conseguido un mejor trabajo, nos estaba yendo bien económicamente, y mi padre quería invertir en un patrimonio para nosotros.
Al visitar la casa por primera vez me, di cuenta de que era muy grande y antigua, tenía colores muy sólidos y un sótano que a decir verdad era espeluznante, a pesar de mi corta edad recuerdo que el vendedor era un señor mayor y solitario, pues le comentó a mis padres que su esposa había fallecido hace unos años y mi nueva casa le traía recuerdos tristes, pues ellos la construyeron con el fin de formar una gran familia, sin embargo, nunca pudieron tener hijos, así que esa casa terminó siendo muy grande solo para dos personas, por lo que al fallecer la esposa, el señor decidió ponerla en venta.
Mis padres estaban felices, pues querían que tuviéramos un espacio más grande para jugar y tener una infancia feliz, algo que no tuvieron los antiguos habitantes, así que esa misma situación nos llevó a adoptar a ‘Lucifer’, un pequeño gatito negro que me regaló Daniela, una amiga de la escuela.
Lucifer tenía unos ojos enormes, y aunque era un gato muy huraño, siempre estaba al pendiente de Paty, algo que a mi abuela materna le molestaba, pues ella tenía la creencia sobre el mal aire que pueden contraer los bebés, además que decía que los gatos negros traían la mala suerte, y que los pelos estaban por todos lados.
Sin embargo, mi tío, a pesar de tener un mal carácter decía que los gatos eran animales que ayudaban a consumir las malas energías y vibras del hogar, así que decidimos hacer caso omiso a los comentarios de la abuela e integrar a nuestra familia a Lucifer.
Aquel día, mis padres antes de irse me dieron indicaciones de cómo cuidar a Paty, dijeron que estarían al pendiente del teléfono por si ocurría alguna emergencia, pero, yo sabía que no los necesitaría, pues mi hermanita era una bebé muy tranquila que solo lloraba al pedir la mamila o cuando debíamos cambiarla.
Cuando llegó la hora de que mis padres se fueran, me abrazaron, y me recordaron llamar si había algún problema.
Al verlos subir al auto, sentí escalofríos, pero traté de calmarme supervisando que Paty ya estuviera dormida, para después dirigirme a la sala con una manta y  prender la televisión, mientras en la cocina se escuchaba el ruido de las palomitas con extra mantequilla que me gustaba preparar, luego de ir por ellas a la cocina recuerdo como el lugar se sentía cada vez más frío, así que me envolví bien en la cobija, subí el volumen de la televisión y comencé a relajarme.
Escuché el teléfono sonar, y di un pequeño brinco en el sillón, pues no eran horas de recibir una llamada, tomé el teléfono en espera de a que alguien hablara, pero nunca obtuve respuesta.
-Quizá alguien se equivocó de número (Pensé)
Minutos más tarde, volvió a sonar el teléfono, pero está vez era mi madre.
– Hija ¿Cómo va todo?, preguntó mi madre.
– Muy bien, estoy viendo la televisión, y Paty se ha quedado dormida, por cierto alguien marcó al teléfono hace unos minutos pero nadie contestó. Le dije.
Seguimos platicando, y cortamos la llamada con una breve despedida.
Todo seguía en orden, hasta que escuché maullar a Lucifer dentro del cuarto de mi hermana, aunque de una forma muy extraña, un sonido que nunca había escuchado ni de él, ni de ningún otro gato, era peculiar y tenebroso a la vez, como si alguien lo estuviera torturando. Lo llamé haciendo sonar el sobre de su comida favorita; sin embargo, este hizo caso omiso y continuó con esos ruidos extraños, así que fue ahí donde empecé a preocuparme.
Así que me dirigí corriendo al cuarto de Paty, pero al momento de llegar, me di cuenta de que la puerta estaba cerrada, algo muy común en esa casa, pues las chapas ya eran muy viejas y solían atorarse en todo momento, así que traté de abrirla, pero en efecto, esta se había atorado y yo no tenía la fuerza suficiente para abrirla, así que decidí tomarme unos minutos, y Lucifer seguía haciendo esos sonidos, los cuales no me causaban desconfianza, pero traté de enfocarme en lo que realmente importaba que era Paty, y pensé en alguna forma de abrir esa puerta vieja, pero no tenía idea dónde se encontraban las llaves, y aunque por un momento pensé en tomar el teléfono y llamar a mis padres, decidí no hacerlo, pues no quería arruinarles la noche.
En ese momento, traté de arreglármelas yo sola, en medio de la noche y en una casa que no conocía en su totalidad.
Decidí pegar mi oído a la puerta para escuchar al menos que Paty estuviera bien, pero me quedé helada al momento de escuchar entre susurros como alguien le cantaba una canción de cuna, era una voz sutil pero al mismo tiempo aterradora, y en ese momento sentí un fuerte nudo en la garganta.
Lo primero que pensé, era que alguien había entrado al cuarto, y quería robarse a mi hermana, así que fui rápidamente a la cocina, y tomé el cuchillo que mi madre usaba para cortar carne.
Regresé al pasillo que guiaba al cuarto, pero Lucifer ya no se escuchaba, la puerta seguía atorada, y aquel canto de fondo dentro de la habitación no cesaba.
– ¿Hay alguien ahí? Pregunté muerta de miedo.
Como era de esperarse nadie me contestó, así que decidí empezar a patear la puerta desesperadamente, y con todas mis fuerzas para que se abriera, fueron quizá unos minutos, pero yo sentí que fueron horas, hasta que pude abrirla, en ese momento corrí a la cuna de Paty y agradecí al ver que ella seguía dormida, como si nada hubiera pasado, me aseguré de que respirara y se encontrara bien y así era.
Respiré aliviada, pero mi corazón latió muy rápido cuando vi a mi pequeña mascota.
Por un momento pensé que todo había sido producto de mi imaginación, pero no, en una de las esquinas del cuarto se encontraba Lucifer, con la boca abierta y los ojos en blanco, mirando exactamente a la cuna de mi hermana.
Me quedé en shock, me sentía triste, pero también desconcertada, porque no entendía que había pasado ahí. No había rastro de sangre, simplemente se encontraba ahí, mirándonos fijamente.
Muerta de miedo, abracé a mi hermanita y corrí a la sala a marcarle a mis padres, mismos que espantados me dijeron que saliera por la puerta trasera de la casa y me fuera con nuestra vecina, pues el trayecto de la casa del tío Octavio a la nuestra, aún era largo.
Me dirigí a tocar la puerta de la casa de alado con mi hermana en brazos, y después de un par de minutos abrió, y al darse cuenta lo pálida que estaba, y mi expresión de terror, me preguntó que había pasado, así que decidí contarle, y aunque era una niña, ella me creyó, pues en mí, se expresaba el gran terror que había vivido en ese momento.
Al llegar, mis padres corrieron a abrazarnos e inspeccionar la casa, pues era un asunto muy raro y delicado, era como si algo estuviera esperando a que nos dejaran solas, y llevarse a mi hermanita, o su alma.
Después de lo sucedido, decidieron poner nuevamente la casa en venta e irnos a vivir a otro lugar, pues en especial mi vida no volvió a ser la misma.
Y aunque muchas personas no suelen creer en esta historia, años después revisando el álbum familiar, encontramos en una fotografía tomada en el cuarto de Paty, en la cual se podía percibir el rostro de una mujer en aquella misma esquina en la que encontré a Lucifer esa noche.
No supimos con exactitud lo que realmente sucedió en aquél momento, y aunque han pasado ya 10 años, aún sigo soñando con esa voz cantándole a mi hermana, y recordando las expresiones de mi gato, pues a pesar de quererlo mucho, el único recuerdo fijo que tengo de él, es como maullaba, y miraba fijamente a mi hermana.
 
Autor: Liz Rayón
Derechos Reservados

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Historias de Terror