El Llamado Entre Los Árboles

El Llamado Entre Los Árboles

El Llamado Entre Los Árboles
Viví toda mi infancia en una zona rural, cerca de Encarnación de Diaz, Jalisco. Recuerdo que solíamos jugar cerca de una reserva forestal protegida por el gobierno, nos gustaba mucho ese lugar, no solo por su extenso follaje, sino porque a veces veíamos a los militares en sus transportes. Nos gustaba reunirnos a un grupo de amigos, por aquel entonces éramos apenas unos adolescentes, en total nos juntábamos entre siete y nueve chicos.
Todas las tardes después de la escuela, acudíamos a esa zona, a veces solo para contar historias, en otras jugábamos a las escondidas y la mayoría de veces, solo dejábamos pasar el tiempo.
Una vez, estábamos aburridos, por lo que decidimos adentrarnos más allá del lugar donde solíamos sentarnos. A mí no me gustaba adentrarme mucho en el bosque, pues mi madre me tenía en claro, que debía regresar antes de que oscureciera, y si no lo hacía así, me castigaba, prohibiéndome salir, a veces durante semanas enteras, aun así, cuando eres niño, por presión de los amigos, muchas veces decides correr riesgos.
Desconocía el camino, de hecho, nos iba guiando el chico de mayor edad.
Siguiendo una vereda, llegamos hasta una zona descampada. Nunca antes había estado en ese sitio, no tenía árboles y el pasto estaba todo quemado, aparte, por todo el lugar estaban varios vehículos abandonados, de entre los cuales, vimos un autobús bastante antiguo.
Varios de los chicos encontraron la manera de abrir las puertas del camión y entraron de inmediato, yo preferí quedarme afuera, por aquel entonces era muy temeroso, le temía sobre todo a las arañas y demás animales que pudieran habitar dentro del vehículo. Los chicos que entraron, no tardaron en salir, entonces comenzaron a presionar a los demás chicos y a mí, para que entráramos a ver dentro del camión, según ellos habían encontrado algo interesante.
Entramos a empujones. No vimos nada dentro, salvo muchos cadáveres de ratas y otros animales.
Estábamos a punto de salir para reclamar a los demás chicos que allí dentro no había nada, cuando escuchamos que nos cerraron la puerta. Los chicos de afuera eran los de mayor edad y seguido actuaban de esa manera estúpida, nos hacían bromas.
Preferimos no insistir en que nos dejaran salir, esperando que se enfadaran de sostener las puertas y aprovechar para salir.
No hubo necesidad de esperar tanto tiempo, pues los chicos fuera, de repente soltaron un grito y salieron corriendo. En eso aprovechamos para empujar las puertas del autobús hacia afuera, pero los malditos de mis amigos la dejaron trabada. Pensamos que los gritos de los chicos fueron fingidos, pero después de asomarnos por unas rejillas en las ventanas, los vimos corriendo de regreso por el camino. De inmediato, buscamos otro lugar por donde pudiéramos salir del autobús, vimos el techo, la parte trasera, pero esos modelos antiguos parecían no tener ni siquiera la trampilla para el aire en el techo, y al parecer ninguna salida de emergencia.
Después de darnos cuenta que la única salida, era por donde entramos, nos dirigimos de nuevo a la puerta y nos pusimos a golpear con fuerza. Inmediatamente de tres intentos seguidos, las puertas se abrieron y caímos todos encimados hacia afuera.
Hasta ese momento creíamos que los gritos y la marcha del resto de chicos fue parte de su estúpida broma, no obstante, muy pronto descubriríamos que aquello que los obligó a huir, no fue parte de ello, sino de algo tenebroso y tan misterioso, que hasta la fecha no le encuentro explicación alguna.
Empezamos a buscar al resto de los chicos, pensábamos que estarían escondidos mas adelante, entre los árboles o dentro de algún automóvil, pero no los veíamos por ningún lado.
De repente uno de los chicos nos indicó que miráramos en dirección al autobús.
Todos juntos volteamos, no nos encontrábamos tan alejados para verlo. Encima, estaba lo que parecía una persona que se movía de manera antinatural, no veíamos muy bien su rostro debido a la distancia, pero si notamos que la espalda se le encorvaba de una manera exagerada. Uno de los chicos gritó que se trataba de una bruja, yo no estoy seguro de que se tratara realmente de una, hasta ese momento, nunca vi una y solo las conocía gracias a las historias que me contaba mi abuela. El pánico nos invadió y nos echamos a correr.
No paramos hasta que uno de los chicos no pudo más, entonces miramos hacia atrás y al notar que nadie nos seguía, caminamos más lento. Pronto nos encontramos con los demás chicos, estaban junto a la carretera. Les reclamamos por habernos dejado atrás, y dos de ellos nos dijeron que vieron una criatura extraña caminando entre los autos.
Volvimos a nuestras casas intrigados con aquello que vimos encima del autobús abandonado. Ni siquiera me di cuenta que en el horizonte el sol ya casi terminaba de ocultarse.
Yo llegué ya que estaba oscuro, mi madre me recibió muy enojada y después de una buena regañada, me castigó por quince días sin dejarme salir con mis amigos.
Para cuando volví a ver a los chicos, todos contaban la misma historia, decían que después de aquel día en el cementerio de autos, cada que se acercaban a las zonas más cercanas a la sierra, entre los árboles escuchaban una voz llamándoles, según ellos, el tono de esa voz era algo tan tenebroso, que no se animaban a asomarse a ver quién era la persona que les hablaba.
La misma historia se expandió por toda la localidad, incluso los adultos que trabajan en las labores, contaban que escuchaban un llamado entre los árboles, además de que habían visto a una mujer jorobada entre las cultivos o trepando los árboles de manera sobrenatural.
El pánico se regó y yo moría de ganas de contarle a mi madre, que aquella vez que me castigó, vi a la misma bruja jorobada encima de un camión abandonado, pero sabía perfectamente, que si le platicaba eso, me arriesgaría a que me volviera a regañar.
Me acuerdo, que durante una temporada a todos los niños se les prohibió estar en la calle después de las seis de la tarde, pues para este punto, todos los adultos creían que aquella bruja ya estaría rondando cerca de los hogares, para robarse a los niños.
Mi casa, no se encontraba muy alejada de la zona forestal, de hecho el patio daba directamente a una zona llena de árboles, a veces mi madre me encargaba recoger las sábanas de los tendederos, casi siempre que me tocaba realizar esta tarea, lo hacía en la tarde y rezaba por terminar antes de que oscureciera. Desafortunadamente, mi madre había ido a visitar a una vecina que estaba enferma, mi padre estaba trabajando en una labor fuera del pueblo y no vendría a casa hasta después de una semana. Me dejaron solo en la casa. Como es costumbre, se me encargó retirar la ropa de los tendederos.
Por estar jugando, dejé que el día se consumiera y no recordé hacerlo hasta que el cielo ya estaba casi completamente oscuro.
De no ser porque comenzó a llover, no me hubiera acordado de retirar las sábanas. De inmediato me puse a quitar la ropa, y entré corriendo a la casa, di como tres vueltas y estaba a punto de dar una cuarta, cuando un ventarrón me cerró la puerta del patio.
No existía otra manera en que pudiera entrar a la casa, las ventanas se quedaron cerradas, lo mismo que la puerta principal.
Me refugié de la lluvia bajo la marquesina, en la entrada del patio. Dejé caer la ropa, a fin de cuentas, ya estaba empapada, lo mismo que yo.
En eso comencé a ver algo brillando entre los árboles, no parecían luces de luciérnagas, se veían de un tamaño mayor.
Enseguida, comencé a escuchar un silbido lejano que se aproximaba, de la misma manera en que lo hacían las luces. Me esperaba lo peor.
De un segundo a otro, las luces dejaron de brillar entre los árboles, entonces escuché una voz, me hablaba entre los árboles, no era una voz escabrosa, sino todo lo contrario, parecía la de una mujer joven, me prometía que si me acercaba a ella, me ayudaría a abrir la puerta del patio. Por nada en el mundo caería en su trampa, le grité con groserías que no me acercaría y que era mejor que se alejara de mi casa.
La lámpara en el patio iluminaba a la perfección toda el área, yo no perdía de vista los árboles, sentía que si le daba la espalda, la bruja saldría disparada contra mí.
La voz de entre los árboles cambió de tono, ahora sonaba chillona y amenazante. Decía que vendría por mí, yo entré en pánico, no sabía hacia donde correr, en eso salió de los árboles la misma mujer jorobada, se quedó detrás del enrejado que delimitaba el patio, se quedó allí afuera asomando su horrible rostro entre los barrotes.
No podía creer lo que veían mis ojos, esa criatura era indescriptible y se retorcía de manera violenta, era como si deseara arrancar los barrotes de la rejilla.
Lo único que se me ocurrió llorar de miedo, ni de broma me acercaría a ella.
De repente se abrió la puerta del patio. Salió mi madre, que en cuanto vio al ser, me dijo que me metiera.
Entramos los dos, mi madre cerró la puerta con candado.
Aquella vez no me regañó por no haber metido la ropa a tiempo, estaba tan asustada como yo.
A la mañana siguiente, encontramos marcas como de quemaduras en los barrotes, exactamente en la parte donde estaba la bruja.
Pasaron varios días, antes de que se dejara de escuchar historias sobre la aparición de la bruja.
No sé qué habrá alejado al final a la bruja, del mismo modo en que apareció desapareció.
Hoy en día ya no vivo allí, hace más de diez años que me mudé a Tlaquepaque. He ido a visitar de vez en cuando a mis padres, pero según me han dicho, la bruja no ha vuelto a presentarse.
 
Autor: Mauricio Farfán
Derechos Reservados

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