Había escuchado hablar de la señora Luz Morales mucho antes de que me decidiera a buscarla. Mi cuñado contaba que su hermano había dejado el alcohol después de visitarla una sola vez. Mi tía decía que ella curaba la rabia que hacía pelear a las familias. Todos coincidían en algo: no usaba medicinas ni rezos, y quien entraba en su casa no salía igual.
La casa estaba en una calle empedrada, dos cuadras detrás del panteón viejo. Era una construcción angosta, con la pintura descascarada y un portón de lámina pintado de rojo. Detrás de ese portón, decían que la señora guardaba objetos que pertenecieron a todas las personas que habían pasado por sus manos. Nadie sabía qué hacía con ellos. Solo que los pedía al final de la consulta, con voz tranquila y sin mirarte a los ojos.
Yo nunca creí mucho en esas historias. Hasta que mi hermano menor empezó a cambiar de un modo que nos asustó. Primero dejó de dormir. Después hablaba solo, diciendo que alguien lo seguía de noche. Mi madre rezaba y encendía veladoras. Mi padre lo llevó con un médico que aseguró que todo era nervios. Pero nada funcionó. Cada semana empeoraba. Llegó un momento en que su mirada se volvió opaca, como si no reconociera a nadie.
Fue mi madre quien decidió que debíamos ir con la señora Luz. Yo me negué al principio. Me parecía una superstición peligrosa, una forma de entregarse a lo desconocido. Pero cuando vi a mi hermano en un rincón de la sala, temblando y con la cara hundida entre las rodillas, comprendí que ya no había muchas opciones.
La mañana en que fuimos, el cielo amaneció pálido, con un viento que arrastraba tierra de los baldíos. Caminamos hasta la calle del panteón. La casa era tal como la describían: vieja, silenciosa, con el portón rojo sin un solo letrero. Mi madre respiró hondo antes de golpear la lámina. El sonido retumbó en la calle vacía. Pasaron unos segundos antes de que la puerta se abriera.
La señora Luz era más joven de lo que esperaba. No tendría más de cincuenta años, con el cabello recogido en un moño y un mandil gris sobre un vestido sencillo. Nos miró sin expresión. No preguntó quiénes éramos. Solo se hizo a un lado para dejarnos entrar.
El interior olía a humedad y a hojas secas. En la sala había un mueble grande lleno de frascos, veladoras gastadas y pequeñas figuras de madera. Sobre la pared colgaban retratos antiguos, todos enmarcados con molduras oscuras. La señora Luz caminó hasta una puerta al fondo del pasillo. Sin voltear, dijo que mi hermano debía entrar solo. Mi madre quiso protestar, pero la mujer levantó una mano en silencio. Mi hermano levantó la vista. Por un instante, su mirada recuperó algo de lucidez. Caminó despacio hasta la puerta. La señora Luz le abrió. Cuando él cruzó el umbral, la puerta se cerró sola detrás de ellos.
Nos quedamos en la sala. Mi madre se arrodilló frente a una de las veladoras encendidas. Yo permanecí de pie, con los brazos cruzados, incapaz de controlar el temblor en los dedos. Pasaron minutos largos, tal vez una hora. Ningún sonido salía de esa puerta. Ningún lamento ni un golpe. Solo un silencio firme que llenaba el pasillo.
De pronto, la puerta se abrió con un quejido. La señora Luz salió sola. Traía en la mano un cuaderno pequeño de tapas negras. Caminó hacia mí. Me miró directo a los ojos. Su voz era tan baja que tuve que inclinarme para escucharla.
—Para terminar, necesito algo suyo. Algo que guarde un recuerdo importante.
Mi mente se quedó en blanco. Mi madre me miró, esperando que entendiera. Revisé mis bolsillos. Solo llevaba la cartera, un pañuelo, las llaves. Nada que creyera especial. Entonces recordé la medalla de San Benito que llevaba colgada desde que era niño. La tomé con mano temblorosa. Ella extendió la palma. No hizo ningún gesto cuando la coloqué allí. Cerró la mano con suavidad.
—Pueden llevárselo. Ya terminó.
Giró sobre los talones y se perdió por el pasillo. Cuando entramos en la habitación, encontramos a mi hermano sentado en una silla. Tenía la cara pálida, pero sus ojos estaban abiertos y atentos. Nos miró con un desconcierto que dolía. Mi madre corrió a abrazarlo. Yo me quedé quieto, sin saber si agradecer o preguntar qué había ocurrido.
Salimos al mediodía. El viento arrastraba hojas secas sobre la banqueta. Mi hermano caminaba despacio, sin decir una palabra. Solo cuando llegamos a casa, se volvió hacia mí y pronunció algo que me erizó la espalda.
—No me acuerdo de nada. Pero creo que ahí adentro se quedó algo mío.
Durante las primeras noches después de aquella visita, mi hermano durmió sin interrupciones. Mi madre se levantaba a cada rato para mirarlo, convencida de que en cualquier momento volvería a despertar con los ojos desorbitados y los murmullos que nos llenaban de miedo. Pero no ocurrió. Dormía con un brazo sobre la frente, respirando con calma, como si nunca hubiera estado enfermo.
La primera semana pasó en una calma extraña. Mi padre, que al principio no creía en la señora Luz, empezó a contarle a otros parientes que su ayuda había sido un milagro. Mi madre se aferró a esa versión con tal fuerza que no permitía una sola duda sobre la mujer. Pero yo no lograba sacarme de la cabeza lo que mi hermano había dicho al salir de la casa. Esa frase breve que parecía un eco de algo que no alcanzaba a recordar.
—Creo que ahí adentro se quedó algo mío.
El día que cumplió ocho días de haber regresado, le pregunté si todavía sentía raro. Me miró con expresión tranquila. Negó con la cabeza y dijo que se sentía bien, mejor que en mucho tiempo. Su voz sonaba sincera, pero sus ojos se movieron hacia un lado cuando habló. Mi madre, que escuchaba desde la cocina, dijo que no lo hostigara con preguntas, que ya era bastante con haber pasado por esa prueba.
Aun así, empecé a notar detalles pequeños. A veces, mi hermano se quedaba quieto mirando la pared, con los ojos fijos en un punto invisible. Una noche escuché que murmuraba mientras dormía. Me acerqué despacio a su cama y entendí algunas palabras sueltas. Decía que no quería volver. Que allí todo estaba frío. Que el portón se había cerrado detrás de él.
No comenté nada con mis padres. Me convencí de que si insistía en recordarle lo ocurrido, tal vez lo arrastraría de nuevo a esa oscuridad. Pero cada mañana, al despertar, sentía un nudo en la garganta al recordarlo sentado en aquella silla, con la cara pálida y la mirada perdida.
Una tarde encontré a mi madre preparando un paquete con tortillas, café y dos velas grandes. Le pregunté qué hacía. Dijo que pensaba llevarle un presente a la señora Luz para agradecerle. No supe qué contestar. Solo la ayudé a envolverlo. Mientras acomodaba el papel estraza, pensé en la medalla que le había entregado. Recordé su tacto frío en la palma de mi mano. Me pregunté si estaría guardada junto a otros objetos de gente que, igual que nosotros, había entrado con miedo y salido con silencio.
Cuando mi madre regresó esa noche, venía seria. Dijo que la señora Luz la había recibido con amabilidad, pero que no había querido aceptar nada. “No cobro, no necesito nada”, había repetido con el mismo tono tranquilo. Mi madre insistió. La mujer no levantó la voz ni perdió la paciencia. Solo señaló un estante donde descansaban varios objetos: fotografías, anillos, medallas. Entre ellas la mía.
No dormí bien esa noche. Me costaba entender qué había de cierto en esas palabras. Si mi hermano había cambiado porque ella se llevó algo que vivía en su interior o porque se convenció de que estaba curado. Pero en el fondo sentía que lo ocurrido no era tan simple.
A los quince días, mi hermano volvió a comportarse distinto. No se despertaba con sobresaltos ni hablaba en sueños. Pero se volvió más callado. Pasaba horas sin levantar la vista del suelo. Una tarde le pregunté si se sentía mal. Tardó en contestar. Al final dijo que no estaba enfermo, pero que cada mañana le costaba recordar quién era antes de entrar en esa casa.
Las semanas siguieron arrastrándose en esa calma que no se sentía auténtica. Mi madre decía que todo era parte de la recuperación, que debía darle tiempo. Mi padre evitaba hablar del tema. Yo no encontraba manera de sacarme de la mente la imagen de la puerta cerrándose detrás de mi hermano.
Una noche, cuando todos dormían, bajé al cuarto donde mi madre guardaba algunas cajas viejas. Busqué un relicario que perteneció a mi abuela. Lo sostuve entre las manos largo rato. Me pregunté si también sería capaz de entregarlo, de desprenderme de algo que no era solo un objeto. Sentí una punzada de vergüenza al recordar que yo no había hecho nada cuando mi hermano gritaba en sueños.
A la mañana siguiente, cuando salí al patio, lo encontré sentado en un banco, con la mirada fija en el portón que daba a la calle. Tenía las manos sobre las rodillas. Sus dedos se movían con un temblor pequeño. Me acerqué despacio. Sin mirarme, dijo en voz baja:
—Creo que tengo que volver.
Después de aquel amanecer en que mi hermano dijo que debía volver, la casa empezó a sentirse distinta. Mi madre se aferró a la idea de que todo estaba mejorando, aunque nadie se atrevía a decir en voz alta que la calma no era natural. Por las tardes, mi hermano se sentaba junto al portón con la mirada perdida. Si uno se le acercaba, reaccionaba con lentitud, como si despertara de un sueño.
Las primeras dos noches permaneció en su cuarto. Pero la tercera se levantó después de la medianoche. Lo escuché cruzar el pasillo con pasos firmes. No intentó disimular el ruido. Se detuvo frente a mi puerta y la abrió despacio. Yo ya estaba despierto. Me incorporé sin encender la luz. Su figura se recortaba contra la claridad pálida que entraba desde la calle.
—¿Me acompañas? —preguntó con voz tranquila.
No contesté. Me levanté y lo seguí hasta el patio. El viento agitaba unas hojas secas que se acumularon en la esquina. Mi hermano llegó al portón y apoyó la mano en la lámina roja. Cuando vi que alzaba el pasador, di un paso rápido y le sujeté el brazo.
—No vas a salir —le dije.
Me miró de reojo, sin sorpresa. Trató de zafarse. Lo sujeté con fuerza, pero su brazo temblaba con una energía que no le conocía. Consiguió soltarse con un tirón brusco. Antes de que pudiera volver a agarrarlo, empujó la puerta y salió a la calle. El chirrido me hizo sentir un frío en el estómago.
Corrí de inmediato a la casa. Subí las escaleras de dos en dos y empujé la puerta del cuarto de mis padres.
—¡Se fue! —grité—. ¡Salió por la puerta!
Mi padre se levantó con los ojos abiertos de par en par. Mi madre preguntó qué pasaba, pero no me detuve a explicarle. Bajamos juntos. El portón estaba entreabierto, moviéndose con el viento. Mi padre salió primero. Miró a un lado y a otro. La calle estaba vacía.
Corrí hasta la banqueta. Alcancé a distinguir su figura a mitad de la cuadra, avanzando hacia la casa de la señora Luz. Mi padre fue detrás de mí. Mi madre se quedó junto al portón, abrazada al rebozo. Nadie dijo nada mientras caminábamos. Solo se escuchaba el sonido de nuestras pisadas sobre la piedra.
Cuando llegamos a la casa, la puerta estaba cerrada. No había luces encendidas. Mi padre golpeó con el puño. Esperamos. Nadie contestó. Volvió a golpear, esta vez con más fuerza. El eco retumbó en la calle silenciosa. No obtuvimos respuesta. Mi madre llegó hasta nosotros. Sus ojos parecían más grandes en la penumbra.
—No puede haberse metido solo —dijo con voz apagada.
Mi padre tomó el pasador y empujó la puerta. La lámina cedió sin resistencia. Dentro, la oscuridad era tan densa que costaba distinguir el suelo. Entramos sin pensarlo. Un olor rancio se mezcló con algo parecido al humo. La sala estaba igual que la última vez: los estantes llenos de frascos y objetos. Ningún sonido llegaba del interior.
—¿Dónde estás? —gritó mi padre, con un temblor en la voz.
Nadie contestó. Avanzamos hasta el centro de la habitación. La puerta del pasillo estaba entornada. Mi madre la empujó con un dedo. El pasillo se alargaba hacia la parte de atrás de la casa, sin una sola lámpara encendida.
—Voy a buscarlo —dije.
Mi padre me tomó del hombro. Me miró con la cara tensa, pero no dijo nada. Avancé despacio por el pasillo. El suelo crujía bajo mis pies. A cada paso, el olor se hacía más fuerte. Llegué al final, donde había una puerta cerrada. Pegué el oído. No escuché nada.
Tomé aire y empujé la hoja. Dentro había un cuarto pequeño, con una mesa en el centro. Sobre la madera, descansaban varios objetos alineados con cuidado: un reloj de pulsera, un pañuelo bordado, un rosario antiguo. Entre ellos, vi mi medalla.
No vi a mi hermano. No vi a la señora Luz. El silencio era tan absoluto que me costaba respirar. Me acerqué a la mesa. Mi mano tembló cuando toqué la medalla. Estaba fría, más de lo que podía ser natural. La guardé en el bolsillo.
Volví sobre mis pasos. Cuando salí al pasillo, mis padres seguían en el centro de la sala. Mi madre me miró con los labios entreabiertos. Mi padre alzó la lámpara que encontró junto a la pared.
—¿No está? —preguntó.
Negué con la cabeza. Nadie propuso buscar más. Salimos sin cerrar la puerta. Afuera, el aire era más frío. El cielo clareaba. Caminamos de regreso sin cruzar una palabra.
La mañana transcurrió en un silencio que ninguno se atrevía a romper. Mi madre se quedó sentada junto a la mesa, con las manos apretadas sobre el regazo. Mi padre permaneció de pie cerca de la puerta, mirando hacia el patio como si esperara verlo regresar caminando por la vereda. Yo me senté en un banco, sosteniendo la medalla en la mano. El frío del metal me mantenía quieto, recordando el momento exacto en que lo perdí de vista.
Nadie quiso hablar de lo que encontramos en esa casa. Tampoco comentamos la ausencia de la señora Luz. Parecía imposible que hubiera desaparecido junto con mi hermano, pero no había ninguna explicación sencilla. Cuando la luz del mediodía empezó a colarse por la ventana, mi madre fue a cerrar el portón. Después subió a su cuarto y no bajó en todo el día.
Por la tarde, llegaron dos tías que habían oído el rumor de que algo extraño había pasado. Mi padre les hizo un gesto para que pasaran. Ellas preguntaron dónde estaba mi hermano. Mi madre bajó las escaleras con el rostro pálido. Dijo que había salido por la noche y que no volvió. Una de las tías se persignó.
La noche cayó rápido. Encendimos lámparas y una vela que mi madre colocó sobre la mesa. Nadie cenó. El silencio se mantuvo igual que durante el día. Cada uno evitaba mirar a los demás. Cuando el viento empezó a mover la puerta, mi padre se levantó para asegurar el cerrojo. Se quedó allí, con la mano apoyada en la madera.
En algún momento me quedé dormido con la cabeza recargada en el respaldo. No supe cuánto tiempo pasó. Me despertó un golpe suave en la lámina. No fue un ruido fuerte, más bien un toque contenido.
El golpe se repitió. Una de mis tías preguntó si debíamos abrir. Mi madre negó con un movimiento lento. Mi padre apoyó la frente contra la puerta. Pasaron unos segundos largos. Otro golpe, idéntico al anterior, sonó en la lámina.
—Es él —dijo mi madre en un susurro.
Mi padre levantó el pasador. La puerta se abrió con un crujido. Afuera no había nadie. La calle estaba vacía, iluminada por la luna.
Quise salir a la banqueta, pero mi madre me sujetó del brazo. Sentí su mano fría sobre la manga. Mi padre miró el umbral en silencio. Entonces noté algo que antes no estaba. Sobre el suelo, a pocos centímetros del marco, descansaba un objeto oscuro. Mi padre se agachó y lo levantó a la altura de la lámpara.
Era un pequeño amuleto de tela negra, atado con un cordel. Ninguno lo reconoció. Mi madre se tapó la boca con la mano. Una de las tías dio un paso atrás.
—¿Qué es eso? —preguntó mi tía con voz baja.
Mi padre bajó la mirada hacia el amuleto.
—No lo sé —respondió—. No es de aquí.
Cerró la puerta despacio. Dejó el amuleto sobre la mesa, junto a la vela. Nos quedamos de pie, mirando ese trozo de tela sin atrevernos a tocarlo de nuevo. La cera empezó a chorrear sobre la madera. Mi madre encendió otra vela sin apartar la mirada del objeto.
No volví a dormir esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, imaginaba a mi hermano de pie afuera, incapaz de tocar la puerta con más fuerza. Pensé en la señora Luz y en los estantes llenos de reliquias que se parecían a cualquier recuerdo, pero que tal vez guardaban algo más.
Cuando amaneció, salí al patio. La calle seguía vacía. Miré hacia la esquina donde empezaba la calle que llevaba a la casa de la señora Luz. Las ventanas de su casa permanecían cerradas, sin un solo movimiento. Por primera vez, pensé en caminar hasta allá y golpear su puerta hasta que abriera.
Regresé a la cocina. Mi madre se sentaba junto a la mesa, con las manos juntas. Mi padre estaba en el umbral, mirando hacia fuera. Recogí el abrigo y me acerqué a la puerta. Mi madre levantó la mirada. No intentó detenerme.
Abrí el portón y salí a la calle. El aire helado me golpeó la cara. Caminé sin voltear atrás, decidido a no regresar hasta saber la verdad.
Caminé hasta la esquina sin mirar atrás. La calle estaba casi vacía, salvo por algunos perros que se movían entre la basura. El sol apenas asomaba detrás de los tejados. La casa de la señora Luz se distinguía por el portón de lámina pintado de rojo. Seguía igual que la primera vez que fui, sin un solo ruido ni señal de movimiento.
Me detuve frente a la puerta. El corazón me latía con fuerza, pero no sabía si era por miedo o por la certeza de que, una vez que golpeara, todo cambiaría de manera definitiva. Alcé la mano y di tres golpes secos. El sonido se expandió en la calle silenciosa. Esperé. Nadie respondió. Golpeé otra vez. El eco rebotó en los muros de la casa vecina.
Pasaron minutos que parecieron estirarse más de la cuenta. Me quedé inmóvil, con la mano apoyada sobre la lámina. Cuando estaba a punto de volverme, escuché un roce del otro lado. Un paso lento. Luego otro. Mi respiración se quedó atrapada en la garganta. La chapa giró despacio y la puerta se abrió apenas un palmo.
La señora Luz se asomó. Llevaba el mismo vestido oscuro. No mostró sorpresa. Se quedó mirándome en silencio. No saludó. No preguntó nada. Me sostuvo la mirada con los ojos entrecerrados, como si me pesara con ellos.
—Mi hermano no volvió —dije, con un esfuerzo que me tensó la garganta—. Dejaron un amuleto en la puerta.
No apartó la vista. Parecía que cada palabra se quedaba colgando en el aire sin llegarle del todo.
—Necesito saber si está aquí —añadí.
La señora Luz abrió la puerta un poco más. Se hizo a un lado. Entendí que me invitaba a entrar. Crucé el umbral con un temblor en las piernas. El olor a hojas secas y a algo más fuerte me envolvió de inmediato. La sala estaba igual que antes. Los estantes llenos de frascos y objetos. Las velas consumidas hasta la base.
Ella avanzó sin decir palabra. Caminó hasta la mesa que ocupaba el centro del cuarto. Sobre la madera, un paño oscuro cubría algo con forma irregular. Con un movimiento lento, retiró el paño. Mi respiración se detuvo.
Allí, alineados con precisión, había cuatro objetos: un rosario antiguo, una pequeña figura de barro, un trozo de listón rojo y mi medalla. Los reconocí en el acto. La medalla parecía más opaca que antes, como si hubiera perdido su brillo en el tiempo que estuvo allí.
—¿Dónde está él? —pregunté.
La señora Luz giró apenas la cabeza. Su voz sonó tranquila.
—Tú ya sabes que no está aquí.
No supe qué responder. Mis ojos se clavaron en la medalla. Quise estirar la mano y tomarla, pero sentí que hacerlo sería más peligroso que dejarla allí.
—¿Qué era ese amuleto que dejaron en la puerta? —insistí.
Ella no contestó de inmediato. Se inclinó sobre la mesa, acomodando con cuidado el trozo de listón. Cuando alzó la vista, su expresión era la misma de siempre.
—Es un aviso —dijo al fin—. Para que comprendan que no todo puede quedarse encerrado.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Miré otra vez los objetos alineados. Algo en su disposición me hizo pensar que no estaban allí solo para recordarme lo que habíamos entregado, sino para mostrar que todavía faltaba algo.
—Si vuelve —dije—, ¿va a ser como antes?
La señora Luz bajó la vista hacia la mesa. No respondió.
Me quedé quieto, con las manos tensas a los costados. La garganta me ardía como si hubiera tragado humo. Ella señaló el portón sin cambiar de tono.
—Es mejor que te vayas. No necesitas ver más.
No respondí. Crucé la sala sin mirar los estantes. El aire me pareció más denso, como si pesara en los pulmones. Empujé la puerta con un esfuerzo que me dolió en los brazos. Afuera, la luz del día me pareció demasiado clara.
Al salir, supe que no volvería a entrar en esa casa. No porque tuviera respuestas, sino porque temía encontrar otras peores.
Regresé a casa con el estómago revuelto. El sol ya estaba alto, pero no sentí calor. La calle parecía más larga de lo normal. Cuando crucé el portón, mi madre seguía sentada junto a la mesa. Tenía la mirada fija en el amuleto negro. Mi padre permanecía cerca de la puerta, con el abrigo puesto, como si llevara horas esperando.
Me miraron cuando entré. No esperé a que preguntaran.
—Estaban todos los objetos —dije—. La medalla, el rosario, el listón. Todo estaba sobre una mesa. Ella dijo que ese amuleto era un aviso. Que lo que se lleva no siempre regresa igual.
Mi madre cerró los ojos un momento. Mi padre se frotó la frente. Me senté un rato en la banca del corredor, con la sensación de que el día no iba a terminar nunca.
Mi madre se levantó despacio. Tomó el amuleto con cuidado, envolviéndolo en un pañuelo. No explicó qué pensaba hacer. Mi padre la vio cruzar el patio y perderse en la parte trasera de la casa.
—Si vuelve —dijo—, esta vez no voy a abrir.
Pensé en lo que había visto: los estantes llenos de frascos, la calma de la señora Luz mientras tocaba cada objeto. Sus palabras me siguieron sonando en la cabeza: No todo puede quedarse encerrado.
Esa tarde no salí. Cada vez que me asomaba a la ventana, esperaba ver una figura caminando desde la esquina. Al anochecer, encendimos dos lámparas y cerramos con llave. Mi madre no bajó a cenar. Mi padre comió de pie. Yo di vueltas por la cocina, incapaz de quedarme quieto.
Cuando llegó la medianoche, el silencio era tan denso que cualquier crujido parecía un aviso. Me apoyé en el umbral que daba al patio, con la vista fija en la puerta. Pasaron horas sin un solo ruido.
No sé a qué hora me venció el sueño. Lo siguiente que recuerdo fue un golpe seco que retumbó en la puerta principal. Mi padre se irguió de inmediato. Me puse de pie con un temblor que me recorría entero.
El golpe volvió a sonar, más fuerte.
—No abras —dije.
Mi padre respiraba agitado. Otro golpe sacudió la lámina. Luego, silencio. Caminé hasta la ventana que daba a la calle. Moví un poco la cortina. Bajo la luz débil, vi una silueta parada junto al portón. No se movía. No tocaba de nuevo. Simplemente estaba allí.
—Es él —murmuré.
Mi padre se pasó una mano por la cara. No hizo intento de acercarse más. Me quedé mirando esa figura inmóvil, con la cara oculta en la sombra.
El silencio se alargó hasta que empecé a sentir un zumbido en los oídos. Cuando pensaba que todo quedaría así, la figura levantó algo que brilló un instante. No supe si era un reflejo o si sostenía mi medalla.
Mi padre dio un paso atrás, con la vista fija en el portón. La figura siguió inmóvil, con el brazo extendido.
—Si vuelve —dije—, no sé si podremos cerrarle la puerta.
Mi padre tragó saliva. La figura bajó el brazo con lentitud y se quedó quieta, como si esperara una respuesta.
Me quedé junto a la ventana, con la frente apoyada en el marco. Quería creer que si pasaba el resto de la noche allí, mirando, podría evitar que entrara. Pero algo me decía que no importaba cuántas cerraduras pusiéramos, no iba a irse hasta que obtuviera lo que buscaba.
La figura siguió allí hasta que la luz de la lámpara empezó a menguar. Cada tanto, movía un poco la cabeza, como si buscara reconocer la casa. Mi padre apoyó la escopeta contra la pared y se sentó en una silla, con los codos sobre las rodillas. Parecía que todo el esfuerzo que había hecho por mantenerse firme se le escapaba de golpe.
Mi madre bajó las escaleras con paso lento. Sostenía el pañuelo donde había guardado el amuleto. Cuando llegó a la puerta, lo desdobló con cuidado y miró el objeto sin tocarlo.
—No sé si fue un aviso o un reclamo —dijo.
Se agachó y dejó el amuleto en el umbral, a un lado de la entrada.
Volví a mirar por la ventana. La figura seguía en el mismo sitio, con la cabeza baja. Mi madre se quedó cerca de la puerta, sin apartar los ojos de ella.
El resto de la noche pasó sin más golpes. A ratos creí que se había marchado, pero cuando revisaba desde la ventana, seguía allí. Cuando llegó el amanecer, la figura no estaba. El portón seguía cerrado, igual que lo habíamos dejado.
Salí al patio con un frío metido en el cuerpo que no se debía al clima. Caminé hasta la puerta y abrí con cuidado. El amuleto ya no estaba. El pañuelo seguía extendido sobre el cemento, vacío. Mi madre se acercó detrás de mí.
—No pienso quedarme aquí otra noche —dijo.
Mi padre subió a la habitación y empezó a llenar un costal con ropa. Mi madre entró a la cocina y metió algunas latas en una bolsa. Era la única decisión que nos quedaba.
Fui al cuarto de mi hermano. Todo estaba igual que antes de que saliera esa noche. La cama sin tender, una camisa doblada en la silla, su par de zapatos contra la pared. Sobre el buró, el dibujo que había hecho de niño: un árbol con raíces que se alargaban hasta tocar un círculo negro en el suelo.
Lo tomé sin pensarlo y lo guardé en el bolsillo. No supe si lo hacía por él o por mí.
Antes de cerrar la puerta, me quedé un momento mirando la habitación. Hubiera querido creer que en algún momento volvería a ocuparla, pero ya no quedaba espacio para esa esperanza.
Al mediodía, un primo llegó con su camioneta. Mi madre salió con las bolsas. Mi padre bajó el costal y lo colocó en la caja del vehículo. Yo fui el último en cruzar la puerta. Antes de marcharnos, volví la vista hacia la calle.
La casa de la señora Luz permanecía cerrada. Sus ventanas parecían más oscuras que nunca. El portón rojo no mostraba señales de que alguien hubiera entrado o salido en toda la noche.
La camioneta se detuvo un momento frente a la casa de la señora Luz. Nadie pidió que el primo avanzara. Mi madre bajó la mirada y respiró hondo. Mi padre tensó la mandíbula. Nadie dijo que debíamos despedirnos del lugar.
—Ustedes ya sabían algo —dije.
Mi madre se llevó una mano al pecho. Tardó un instante en contestar.
—Mucho antes de que él naciera —dijo—, fuimos a verla. No por enfermedad. Por algo peor.
Mi padre no la interrumpió. Miraba la casa con los ojos hundidos.
—Yo perdí un hijo antes de tu hermano —continuó mi madre—. Era un bebé. No respiraba. La trajimos aquí. La señora Luz dijo que podía devolvernos un hijo, pero que un día vendría a reclamar lo que nos había dado.
Sentí un peso helado en el estómago. Mi padre apretó los puños.
—Pensamos que se refería a la salud —dijo él—. Nunca imaginamos que vendría a buscarlo de otra forma.
La puerta del portón rojo permanecía cerrada, igual que siempre. No parecía la casa de alguien que pudiera tomar lo que quisiera. Pero ahora entendía por qué nunca se atrevieron a pedirle explicaciones.
—Cuando tu hermano empezó a cambiar —dijo mi madre—, supimos que era el tiempo que ella había advertido. Solo que llegó de una manera que no esperábamos.
Mi padre bajó la mirada.
—Y también dijo —añadió— que si tratábamos de impedirlo, si intentábamos recuperarlo o reclamar, se llevaría a los dos.
Me quedé callado. El primo giró la cabeza desde el asiento. Preguntó si íbamos a seguir. Mi padre asintió.
La camioneta arrancó despacio. Vi por la ventanilla la puerta de la señora Luz empequeñecerse con cada metro. No levanté la mano ni pensé en volver. Ya no quedaba ninguna duda.
Mi hermano no era el primero que se había ido con ella. Solo era el pago que estuvo pendiente desde antes que yo naciera.
Cuando dejamos atrás la última esquina, supe que nos marchábamos porque todavía quedaba algo que ella podía cobrarnos.