Crónica de una Limpia Historia de Terror

Crónica de una Limpia Historia de Terror

Han sentido que en ocasiones hay lugares en los que se carga una Energía negativa tan intensa que pueden provocar eventos o sucesos anormales. Uno llega a sentir hasta el cuerpo bastante pesado Crónica de una Limpia Historia de Terror, incluso emocionalmente nos deprime o cambia nuestro estado de ánimo, jala nuestra energía y hasta nos quita las fuerzas. Y, ¿Qué pasa si uno de estos lugares viene siendo el lugar donde vivimos? No nos quedan solo que algunas opciones, o nos resignamos y hacernos a la idea de que así será siempre, o abandonamos el lugar… o en el caso de mi Familia, se busca ayuda para eliminar un mal de casi 100 años. Es así que les quiero contar la historia de cómo mi familia ha pasado por varios sucesos en la casa donde crecieron mis abuelos, Padres y yo. De todos los sucesos paranormales que nos ocurrieron, y que por fin, después de años, se decidió buscar ayuda. Chabela, aquella mujer que aún vive, salió perjudicada por ayudarnos.
Somos de los Altos de Jalisco, actualmente vivimos en La Piedad, un municipio extraño que la mitad es de Michoacán y la otra de Guanajuato. Desde tiempo atrás mi familia participio en la Guerra Cristera, aquella en la que murieron tantos que jamás se podrá saber cuántos fueron en realidad. Uno de los hermanos de mi Abuelo, el mayor, fue uno de los principales capitanes, tenía su propio pelotón, y se reunían en una casa que tenía en Atotonilco. Cerca de allí tenía a una de sus enamoradas, una mujer con la que él aseguraba que se la robaría y se casaría con ella para llevársela a vivir a esa casa. Pero quien sabe que tantas cosas llegaron hacer allí que se contaba que en las noches los cuartos parecían arder, se decía que se escuchaba que torturaban a los prisioneros. Mi Abuelo decía que mientras él rezaba porque el alma de su hermano fuera salvada, miles rogaban porque fuera castigada. Desafortunadamente, mi abuelo aseguraba que su hermano no era exactamente una persona de un alma bondadosa, se consideraba una persona ruin y con maldad. Cuando iban a combate, él era el único que regresaba con vida, fue así que en el Pueblo comenzaban a decir que tenía trato con el diablo, pues le había otorgado larga vida a cambio de la vida de su pelotón, se hablaba que él mismo los mataba al término de cada encuentro. Pero un día la suerte no estaba de su lado, le fallo o el trato con el diablo se había acabado. Lo fusilaron en uno de los cuartos de la casa, y justo fue en esa casa donde mis abuelos decidieron comenzar a vivir. La mujer con la que se quería casar mi Tío abuelo, resultó estar enamorada de quien ahora es mi Abuelo, su hermano. Después de varios meses de que hubieran fusilado a mi Tío Abuelo, la casa por fin era habitada por Ellos.
Recordemos que eran otros tiempos, la gente se casaba muy joven, situación que mis abuelos pasaron, cuando mi abuelo tenía 17 años, mi abuela tenía 16 años y mientras que la Guerra cristera terminaba y al cabo de un par de meses de haberse establecido en la casa, mis abuelos comenzaron a llegar a sentir un constante acoso por parte de sucesos inexplicables. Por las noches mientras todo estaba en silencio se podía escuchar que alguien caminaba por los pasillos, andaba de un cuarto a otro, azotando las puertas. Mi Abuelo pensando que se podía tratar de alguien queriendo robar se levantaba con su escopeta en mano y en la otra levantando una lámpara de petróleo. Pero cuando llegaba al pasillo, no lograba ver nada. Cada habitación tenía sus puertas, las cuales eran gruesas y de maderas, pesaban mucho, e imposible de que las azotara el viento. Una de ellas se azotaba con tanta fuerza que constantemente despertaba a mis abuelos. Mi Abuela cansada por esa situación decidió llamar a un sacerdote quien llego con gusto a bendecir la casa. Sin embargo, ya estando allí él mismo mencionaba que podía sentir una extraña presencia en los cuartos. Y a pesar de que echara agua bendita en cada habitación, las cosas se tranquilizaban un tiempo y después volvían a comenzar.
Mi Abuelo consiguió ayuda con un Brujo, quien termino yendo solo a realizar una limpia, pues mencionaba que había algo que no lo dejaba quitar aquel embrujo que acompañaba a la casa.
Las situaciones anormales aminoraron, y después de varias noches mis abuelos ya comenzaron a descansar, sin embargo, el Brujo le había mencionado a mi Abuelo que aquello que aún no se había ido seguía allí. Sugirió mantener la casa con la mayor luz posible, decía que la Luz del día desbarataba las sombras que se formaban en las esquinas. Y que entre ellas podía percibir una pobre alma que debía muchas vidas.
Mis abuelos mantuvieron en constante limpia la casa, cada determinado tiempo tanto el brujo y el sacerdote asistían a la casa para mantenerla tranquila, sin embargo, ambos coincidían que esto era cada vez más difícil.
Una noche mientras que mi abuela estaba sola en casa, siempre se mantenía encerrada en su habitación. Ya había nacido mi Madre a quien tenía de pocas semanas de nacida. Ella trataba de tranquilizarla y dormirla, se percató que tenía que cambiarla de pañal, recordó que tenía algunos de tela tendidos en el Patio y fue corriendo por ellos, dejando a mi Madre sola en medio de la cama. Fueron solo cuestión de segundos cuando al regresar se percató que mi Madre ya no estaba acostada en la cama, sin embargo, la podía escuchar en el cuarto. Mi Madre comenzó a llorar y mi Abuela desesperada la buscaba, por debajo de la cama, debajo de las almohadas y cobijas, se dio cuenta de que uno de los cajones del mueble donde guardaba ropa estaba un poco abierto. Allí se encontraba mi Madre en posición fetal y llorando. Tomo las cosas y se fue a la sala, encendió la lámpara de petróleo para ver mejor y cuando se disponía a cambiar de pañal a mi Madre, pudo sentir un soplido en su nuca, alguien había apagado la lámpara. Escucho perfectamente aquel ruido que uno hace cuando sopla con fuerza. Tomo un cerillo y volvió a encenderla, pero el resultado fue el mismo, la mesita que tenían en la sala donde estaba la lámpara de petróleo comenzó a tambalearse, esta tenía una pata más corta de una esquina lo que ocasionaba que esta se moviera, pero por si sola no podía moverse. Mi abuela sin pensarlo agarro sus cosas y salió huyendo de allí a la casa de los vecinos más cercanos.
Mucho más tarde cuando mi abuelo regreso de trabajar, se encontró con mi Abuela llorando en la entrada, comentándole que había algo allí adentro. Mi abuelo sin pensarlo dos veces, agarro su machete en mano y se metió a la casa, pero no encontró nada. Decidieron no regresar a la casa ese fin de semana, se irían a visitar a la casa de La Mamá de mi Abuelo quien aún estaba con vida en ese entonces.
Cuando ya no pudieron quedarse más tiempo allá, tuvieron que regresar a la casa de Atotonilco. Las situaciones anormales se habían tranquilizado, o más bien disminuido, pero para la familia algo había cambiado. Mi Abuelo enfermo muy joven, se mantenía en cama varios días, mi Abuela junto a mi Madre quien ya estaba más grande, le cuidaban. Mi Abuela decía que tenía tanta temperatura que ni el infierno era tan caliente. Desafortunadamente, mi Abuelo falleció cuando mi Madre apenas tenía 8 años de edad. Fue raro, pero esto provoco de alguna manera que todos los sucesos se desvanecieran por completo por un tiempo. Ya no se escuchaba que alguien caminara por los pasillos, o que azotaran las puertas. Esto ayudo a que la pequeña familia llevara una vida mucho más tranquila. Decía mi abuela que mi Abuelo había intercedido de algún modo, y que había ayudado a que todo disminuyera.
Mi abuela se hizo de una amiga, a quien recuerdo por el nombre de Chabela, o Chabelita que así prefirió que le llamaran, esta mujer era casi de la misma edad que mi abuela, era una señora atractiva a quien siempre le podías agarrar cariño fácilmente, tenía un carisma particular que era agradable para quien la tratara. Pero ella tenía un Don en particular, que cuando entraba a la casa se quedaba en silencio varios minutos. Me cuenta mi Madre que cuando era ella pequeña, se encontraba leyendo un cuento antes de irse a acostar, se encontraba en la sala a solas con Chabela a quien ya le había agarrado mucho cariño y le había comenzado a decir Chabelita. Mi Abuela había salido unos minutos a comprar pan para cenar, encargándole a mi Madre a Chabelita, cuando ella se quedó inmóvil viendo hacia la ventana y le dijo a mi Madre:
– Si vieras la cantidad de Ánimas que se pasean por la noche, son tantas las que deambulan y nosotros tan poquitos que somos, que ni un pedazo de Padre Nuestro apenas les tocaría – Chabelita no quitaba la mirada de la ventana, a mi madre le incomodo un poco que le pidió a Chabelita que la llevara a dormir.
Al pasar de los años, la amistad con Chabelita y mi abuela se fueron distanciando, cada vez eran menos las visitas que se hacían una a la otra. Mi Madre quedó embarazada de mí, y termino juntándose con quien el día de hoy es mi Padre, quien por falta de dinero y trabajo termino viviendo en la misma casa con mi Abuela y mi Madre. Al principio esto le incomodo a mi Abuela, pero conforme paso el tiempo termino aceptándolo en su casa, además había suficiente espacio para todos. Fue allí cuando volvieron a ocurrir situaciones fuera de lo normal. Mi Padre cuenta que por las noches podía escuchar los pasos de alguien que caminaba lentamente, siempre se asomaba para ver de dónde provenían o también hacia donde se dirigían, pero una noche en particular, mientras escuchaba que alguien caminaba por fuera del cuarto en el que dormía con mi Madre, abrió la puerta un poco y pudo ver la espalda desnuda de un hombre que se paseaba entre los pasillos de la casa, igual que si fuera soldado cuidando que los cuartos estuvieran cerrados, caminaba lentamente hasta que se desvaneció en la oscuridad.
Mi Madre me cuenta que una noche, cuando solo se encontraban en casa ella, mi abuela y yo, empezó a escuchar ruidos afuera de su cuarto, podía escuchar que alguien caminaba rápidamente de un lado a otro, y cuando todo parecía estar más tranquilo y en silencio, alguien golpeaba la mesa de la cocina fuertemente. Mi Madre me comenta que se parecía mucho al ruido que hace alguien que golpea con la palma de la mano abierta. Se asomaba para ver si veía a alguien, pero jamás logro ver algo. Sin embargo, quien si lo veía era mi Abuela. Ella nunca dijo nada, hasta que por fin después de un tiempo se animó a decirnos, siempre lo mantuvo en silencio.
Mi Abuela siempre insistió desde un principio en que le hablaran a Chabelita, y después de aquella noche en la que estuvimos a solas en casa, mi Madre acepto.
Chabelita se puso bastante contenta al ver a mi Abuela, mi Madre decía que parecía que los años no habían pasado en ella. Se veía más joven que mi Abuela. Chabelita recorrió la casa en silencio, veía cada cuarto, cada esquina la revisaba con mucha atención, paso varias veces frente a la cocina, pero particularmente en la habitación de mi abuela se quedó más tiempo.
– Aquí hay algo que es no bueno, aquello se alimenta de su miedo, y entre más caso le hagan más los atormentara con su presencia. Hay alguien aquí que está cumpliendo condena.
Por mucho tiempo ignoramos aquello que sucedía en la noche, y se tranquilizaban las cosas, pero siempre para ciertas fechas se volvía más persistente su presencia.
Cuando recién yo había cumplido los diez años, me la pasaba la mayor parte del tiempo junto a mi Abuela, quien apenas ponía andar, se mantenía la mayor parte del tiempo sentada al lado de la ventana. Recuerdo que un día mientras que las dos estábamos solas, nos encontrábamos viendo la televisión, pero ella tenía la mirada clavada en una esquina del cuarto. La verdad yo no le daba importancia, muy seguido ella se quedaba inmóvil y mirando fijamente al piso, pero esa ocasión no retiraba la mirada de la esquina. De repente me hablo para que me acercara a ella y en voz muy baja me dijo:
– ¿Has oído alguna vez el quejido de un muerto? – Yo me le quede mirando, no sabía que decirle, aparte de que me estaba asustando, solo le dije que No con la cabeza, entonces me señalo al televisor para que lo apagara. No hice ningún ruido, estaba todo en silencio, mi abuela señalo con su dedo arrugado a la esquina del cuarto y con la otra mano pidió que guardara silencio. Puedo jurarles que podía escuchar los sollozos de un hombre que pedía a Dios clemencia, su voz era muy tenue que apenas la podía escuchar. Me acerqué un poco a la esquina y podía escucharlo con más claridad. Si no mal recuerdo decía algo así:
– Dios Padre, me arrepiento, me arrepiento de lo que hice.
– Esa alma está atorada en esta casa cumpliendo un castigo – Dijo mi Abuela ya con la voz normal. Le pregunté qué porque lo sabía y ella solo dijo que desde hace tiempo se lo había contado Chabelita. No te asustes si comienzas a escuchar cosas en el pasillo, solo ignóralo.
Esto de alguna manera me mantuvo tranquila, pero fue muy inquietante escuchar la voz de una persona en ese cuarto.
Hubo un tiempo que mi abuela comenzó a encender veladoras en los pasillos de la casa, pedía que estas siempre estuvieran encendidas, y he de ser honesta me sentía más tranquila con tanta luz en casa. Y pienso que esto ayudaba para que aquello que se escuchaba andar por las noches se dejara de escuchar.
Ya más grande, decidí invitar a unas amigas a dormir a mi casa. Y por la noche mientras todas dormíamos, una de mis amigas se levantó al baño, y sin darse cuenta pateo una de las veladoras encendidas que estaban en el piso, pensó que las habíamos olvidado encendidas y se le hizo fácil apagarlas todas. Las llevo a la cocina y al momento de ponerlas sobre la mesa, pudo escuchar la voz de un hombre rezar el Padre Nuestro. El único hombre que había en la casa era mi Papá, pero él se encontraba con mi Mamá en su cuarto. Me cuenta mi amiga que pudo ver a una persona encorvada en una esquina, le daba la espalda, igual que si fuera un niño castigado. Se escuchaba que repetía en voz baja el Padre nuestro y repetía “En el nombre del Padre”. No se quiso quedar más allí, así que salió rápidamente de la cocina y justo detrás de ella escuchó que alguien golpeaba la mesa fuertemente. Grito fuertemente por el susto provocando que todas saliéramos de la habitación. La encontramos acurrucada en una esquina.
Mi abuela le pidió a mi Madre que llamara una última vez a Chabelita, ya era necesario terminar con esto. Sin pensarlo le busco, fue un poco más complicado encontrarla pues decían que se había ido a vivir a La Piedad, pero la logro contactar. Fue cuando conocí por primera vez a Chabelita, y aunque ella ya me conocía desde muchos años atrás.
Apenas ella llegó mi abuela la recibió con los brazos abiertos, a pesar de que tenían la misma edad, Chabelita se veía más joven. En cambio, mi abuela estaba ya por los huesos y apenas andaba. Después de un rato de saludos, Chabelita observo a mi abuela detenidamente.
-Más no te dejan descansar en paz amiga mía, había algo que no dejaba que me encontraran – Chabelita nos saludó a todos, sin embargo, conmigo tuvo una atención especial, no me retiraba la vista de encima. Pidió dar una vuelta por la casa, así que la seguí junto con mi Madre, mientras que mi Abuela y mi Papá se quedaban solos en la sala. Estuvo observando durante mucho tiempo los álbumes familiares no preguntaba quiénes eran, solo veía fijamente las fotografías. Después de un rato regreso con mi Abuela y pidió hablar a solas con ella en su cuarto. Después de una hora salieron las dos.
– Haremos una sesión espiritista, y sacaremos de aquí al alma que vive en castigo – Dijo Chabelita, la verdad después de todo lo que había pasado durante esos días, esa decisión no me asombraba, pero no me esperaba lo que esa mujer me pediría después. – Tú me ayudarás con la sesión – Me señalo a mí.
La sesión espiritista se llevaría a cabo en tres días, yo me sentía aterrada pues no sabía que pasaría durante la sesión, Chabelita nos había pedido que consiguiéramos una Biblia y ubicáramos el Salmo 91. Ella conseguiría las demás cosas que se necesitarían. Pasaron los días tan rápido y en ninguno logré descansar pues no paraba de pensar en lo que pasaría. Chabelita llego a la casa casi a las 6 de la tarde. Traía consigo un maletín colgando de su pecho una medallita de San Judas Tadeo.
– Mi niña, te pediré unas cosas, y es importante que sigas mi orden, nada más me escuches a mí invocar a los arcángeles, comienza a leer el Salmo 91, y pase lo que pase, veas lo que veas, aunque sea algo familiar o algo horrible, no te detengas. Tomate esta Agua de Azar, con esto se te bajará el miedo – Yo le hice caso, me encontraba temblando, así de ese modo nos dirigimos al cuarto donde de chiquita escuche la voz de un hombre pidiendo a Dios que le perdone. Ya había varias velas de distintos tamaños, pero en especial trajo consigo un cirio muy grande donde el cuerpo de cristo crucificado resaltaba. Chabelita me puso a un lado de la puerta, mi Mamá y Papá nos veían por fuera del cuarto mientras mi abuela estaba acostada en su habitación, fue así que Chabelita comenzó a rezar y a invocar a los ángeles y arcángeles, inicie a leer fuerte y con firmeza el Salmo 91, no recuerdo cuantas veces lo repetí, pero no pensaba parar. Trataba de mantener la mirada sobre la Biblia, pero algo había llamado mi atención, la sombra de una persona ya grande caminaba por fuera del cuarto. Tuve que volver a iniciar a rezar. Chabelita había encendido inciensos y la casa comenzó a llenarse de humo. Pensé que esto no estaba funcionando, pero en ese instante, pude escuchar a una persona sollozando, pedía clemencia y perdón a Dios- Chabelita se quedó un momento en silencio, ella también lo había escuchado.
– Vete ya de aquí, esta familia te perdona, este no es tu hogar – Decía Chabelita al techo, no sabía de donde provenía esos sollozos. Pero nada cambio, yo aún escuchaba a ese hombre llorar. Yo no paraba de leer el Salmo, pero de reojo pude ver que alguien estaba parado justo a mi lado, me estaba viendo, o eso pienso yo, siendo muy honesta eso me comenzó a aterrar. No me quitaba la vista de encima y sin decir nada se retiró. El humo del incienso se batía por toda la habitación, fue en ese momento que Chabelita se acercó a la esquina de donde provenían los sollozos de ese hombre.
– Vete a la luz – Y se quedó un rato en silencio – ¿Cómo que no hay luz? – Chabelita abrió la puerta de la habitación, tomo el incienso y el cirio encendido me dijo que siguiera y salimos hacia la cocina. Yo dejé de leer el salmo y juro por Dios que en una de las esquinas vi a un hombre con el torso desnudo, que nos veía, se encontraba asustado, parecía que esperaba un golpe repentino, sus brazos se escondían entre sus piernas. Se veía demacrado y muy acabado. Pude escuchar sus sollozos, los cuales me resultaron ser muy familiares, y escuché cuando aquel hombre decía varias veces, “En el nombre del Padre”.
Chabelita se acercó y con el Cirio se lo acerco, pero ese hombre no veía la luz, nos temía más a nosotras que ni la luz le llamaba. Fue un momento de silencio, Chabelita comenzó a invocar arcángeles otra vez, yo no supe si tenía que volver a leer el Salmo y aquel hombre se desvaneció en la oscuridad y el Cirio se apagó.
Sonará extraño, pero alrededor ya no se sentía una presión tan inquietante, no me había dado cuenta yo, pero sostenía fuertemente la biblia que hasta los dedos me lastime. El Cirio se había consumido casi a la mitad, Chabelita me agradeció por haberme quedado a su lado. Se retiró al cuarto de mi abuela y se quedó allí un buen rato.
Ya más noche, cuando Chabelita salió, fue para despedirse, nos comentó que no podía hacer más, pues era un castigo que se le había puesto al alma del hermano de mi abuelo, y que esa alma se negaba a irse mientras mi abuela siguiera con vida. Ella me dijo que pareciera ser que yo había heredado ciertos dones de mi abuela y era más sensible a ese tipo eventos, por ello me había elegido para que le ayudara. Sin más se despidió y se retiró.
Supe que Chabelita vive ahora en Tepatitlán, la edad parece ser que ya la alcanzo y siguió haciendo trabajos, no sé si siga con vida, sin embargo, quienes la han visto, aseguran que la ven por la calle con su mano derecha levantada en forma de cruz, igual que si estuviera persignando el viento. Su mano por completo esta blanca, y no quiere que nadie la toque a ella. No sé qué le pudo haber pasado, pero no me gustaría creer que por habernos ayudado se llevó un mal de nuestra casa, pues después de que nos apoyó, los sucesos ya no volvieron más. Quizás también tenga que ver que mi Abuela falleció a los pocos días, ya era bastante viejita, más de 100 años casi cumplía.
La casa la vendimos, ya estaba muy deteriorada, nosotros nos fuimos a vivir a la Piedad y por mi parte vengo seguido al Templo de la Purísima a apoyar al Padre, y cuando puedo, me vienen a consultar sobre quienes ya se nos han adelantado. Agradezco que me hayan escuchado, y sobre todo decirles que Perdonemos a quienes ya se han ido, no lo saben muchos, pero aún ellos están esperando no lo el Perdón de Dios, sino el nuestro.
 
Autor: Lengua De Brujo
Derechos Reservados

Share this post

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Historias de Terror