Cerdo Maldito

Cerdo Maldito
Escuchar acerca de nahuales era muy común en el pueblo de mis padres, donde vivía cuando era niño. Casi todos ahí tenían animales que criaban todo el año para venderlos después. En ese lugar todo era campo y por ende todo era natural.
Me gustaba mucho aprender de mi padre a darle de comer a los cerdos o a ordeñar las vacas, pues realmente no había mucho con que divertirse en esos años.
Mi madre había muerto cuando yo nací, así que solo éramos mi padre y yo.
Recuerdo que era un lugar precioso de día, pues se podían ver árboles enormes desde mi casa, además las flores siempre amanecían llenas de rocío por el frío, pero la noche era demasiado oscura, en ese entonces no llegaba la luz, así que usábamos velas.
Sinceramente, odiaba cuando el sol se escondía, pues las sombras de los enhiestos árboles daban un aspecto espeluznante y en ese momento teníamos que dormir para esperar un nuevo día.
Mi padre criaba cerdos desde pequeños, los cuidaba, les daba de comer y siempre estaba al pendiente de ellos.
En ese entonces yo lo veía como una buena persona, alguien que amaba a los animales y se preocupaba por ellos.
Tenía muchos más animales y un establo muy grande donde guardaba las pacas de heno y donde vivía el ganado.
Todo iba normal, hasta que mis amigos de la escuela empezaron a contarme a cerca del “chupa cabras” que estaba matando a muchos animales del pueblo. Me dijeron que era un ser muy grande, que bebía la sangre de los demás para ser más fuerte.
Me dio mucho miedo escuchar eso, así que al llegar a casa le pregunté a mi padre. Él me contó que no sabía si era él chupa cabras o no, pero que últimamente varios de sus animales habían aparecido muertos en el establo y que eso lo tenía muy triste, pues significaban grandes pérdidas para nosotros, le dije que esperaba que no fuera aquel ser, que ojalá no fuera real.
Me dio un beso en la frente y al notar que la noche se hacía presente me acompañó a mi habitación, y apagó la vela.
Esa noche el miedo se estaba apoderando de mí, sentía como el sudor recorría mi frente hasta llegar a mi cuello, aunque no entendía por qué, ya que la noche era muy fría. No podía dormir, no dejaba de pensar en los animales de papá y en lo que me habían contado de aquel monstruo. Los pensamientos inundaban mi mente cuando, de repente, escuché algo muy extraño.
Se escuchaba como si alguien estuviera rasgando la pared de afuera con sus uñas, pero cualquiera que hiciera se lastimaría sin duda por el material de la construcción.
Pensé que quizá era un animal hambriento o algo parecido, pero mi teoría dejó de tener sentido cuando el miedo se hizo presente, era un terror indescriptible y no entendía por qué. Seguía escuchando aquellas garras rasgando la pared y después pude oír risas extrañas y palabras que no podía descifrar.
Me quedé en shock y aunque quería gritar no podía, pero esto fue posible cuando los rasguños ya no se escuchaban por fuera, sino que ahora podía escucharlos dentro de mi cuarto, cerré los ojos y comencé a rezar. De repente sentí como alguien jalaba la cobija con la que me había tapado la cara por el miedo y me puse a gritar.
Mi padre llegó enseguida y trató de calmarme.
No sabía que había pasado, revisó toda la casa, pero no encontró nada. Dijo que no me preocupara, que seguro había sido un sueño.
Yo sabía que no había sido así, estaba seguro de que escuché claramente alguien rasguñando la pared y la mano de algo o alguien jalando la cobija. Fue una experiencia horrible y no pude conciliar el sueño en un buen rato, tenía terror, pues mi cuarto estaba lleno de una oscuridad profunda y no podía dejar de pensar en eso.
A la mañana siguiente mi padre me gritó desde el establo, medio dormido me levanté a ver qué necesitaba, era más tarde de lo normal, pero no había dormido bien por los acontecimientos anteriores.
Al llegar me pidió que mirara dentro del establo, no veía nada raro hasta que noté que no había ninguna paca de heno y era extraño, ya que justamente el día anterior habíamos comprado bastantes.
Le pregunté sí era eso, asintió con la cabeza y con la mano señaló hacia donde estaban las cosechas, ahí pude ver el heno. Lo raro era que estaban acomodadas de manera que formaban un círculo perfecto en el suelo.
No entendíamos como era posible, hasta que papá llegó a la conclusión de que probablemente habían sido algún grupo de jovencitos sin que hacer, jugando una broma.
Llevamos las pacas al establo, nos llevó un buen rato y al terminar fuimos a desayunar.
Mientras tomábamos leche fresca tocaron la puerta, era el vecino, don Tomás. Él vivía lejos de la casa, tenía que ir en su camioneta si quería visitarnos, pero era la casa más próxima.
Lo invitamos a pasar y a tomar el desayuno con nosotros, aceptó y se sentó.
Dijo que nos fue a ver porque le habían contado que en el pueblo de nuevo se decía que existía un ser que estaba merodeando por todos lados.
Los animales de muchos granjeros habían aparecido muertos sin razón y en sus cosechas se habían dibujado círculos perfectos.
Mi padre se quedó pensando unos minutos, y al ver mi rostro lleno de miedo le contestó al don Tomás que seguro era mentira, que esas cosas no existían y me sonrió.
El vecino se encogió de hombros y nos dijo que mientras se supiera la verdad nos recomendaba cuidar a nuestros animales y tener la granja bien vigilada, si no queríamos que siguiera pasando eso.
Después de platicar de otras cosas mi padre le dio las gracias por el aviso, lo encaminamos a la puerta y se fue.
Me fui a jugar todo el día entre los árboles con una pelota vieja que tenía, y cuando se acercaba la noche decidí ir a casa.
En el camino comencé a cantar una canción y el eco sonaba entre los árboles. Me sentía tranquilo, hasta que un miedo profundo comenzó a recorrer mi cuerpo.
La razón aún no la sabía, pero unos minutos todo tuvo sentido.
Caminé más rápido y dejé de cantar.
Un momento después escuché como si alguien pisara la yerba detrás de mí, y en ese momento mi miedo aumentó, pues no podía haber nadie ahí, estábamos muy lejos del pueblo. Mi mente me pedía que no volteara, pero mi curiosidad era mayor, así que lo hice.
Al girar mi cabeza, lo que vi me puso la piel de gallina, pues definitivamente eso no era bueno ni normal.
Era un cerdo mucho más grande que todos los que había visto en mi vida, sus ojos estaban inyectados de sangre y lo más aterrador era que en su hocico llevaba jalando una cuerda de la cual iban amarrados 6 conejos muertos.
Cuando el animal me vio a los ojos me empezó a perseguir sin soltar a los conejos. Podía escuchar sus patas arrastrarse en la tierra, pero jamás volteé.
Corrí a toda velocidad hasta que vi la casa, en ese momento el sonido cesó y respiré aliviado, aunque no paré hasta llegar.
Toqué la puerta con fuerza y mi padre se sorprendió al verme llegar tan pálido y respirando agitadamente.
Le conté lo que vi y está vez si lo creyó, pues no podría haber inventado semejante escena. Me abrazó y me dijo que vigilaría la casa por la noche con su escopeta.
Me fui a dormir resignado, porque, aunque le pedí acompañarlo, no me dejó hacerlo.
Al entrar a mi cuarto todo se veía diferente, aunque la vela estaba encendida en la mesa de a lado, la oscuridad parecía querer devorar hasta la más mínima gota de luz.
Me tapé completo con las cobijas y recé tres veces para ahuyentar a aquello malo que quería entrar a casa.
Me dormí un par de minutos después, pero desperté como a las 3:00 de la mañana, porque escuché a mi padre hablar solo.
Me levanté y encendí la vela nuevamente, se sobresaltó cuando me vio, pero suspiró aliviado al ver que era yo.
Estaba muy asustado. Me describió que mientras veía por la ventana, sin soltar su arma se dio cuenta de que había movimiento en las cosechas, y que aprovechó para salir, pues quería atrapar al culpable de todo lo raro que estaba pasando, pero que cuando salió se dio cuenta que las pacas de heno de nuevo estaban afuera, aunque le había puesto candado al establo este estaba intacto, además dos de sus vacas yacían en el suelo muertas y sin ningún rastro de violencia. Alumbró por todos lados, pero no encontró nada.
Entró rápidamente a la casa para poder ver mejor desde la ventana, y unos segundos después vio a un cerdo correr a toda velocidad por la maleza.
Quería salir y alcanzarlo, pero ya era demasiado tarde.
Cuando terminó de contar lo acontecido, mi corazón latía rápidamente, porque eso significa que lo que decía Don Tomás era real y que todo lo que había escuchado y lo que había visto era real también.
¿Cómo era posible que un animal hiciera todo eso? Pregunté.
Me respondió que eso no era un animal, más bien era una persona que debió haber hecho algún pacto con el diablo para poder convertirse en una bestia así.
Sus palabras quedaron grabadas toda la noche en mi memoria, y no pude dormir porque temía que el cerdo también viniera a chuparnos la sangre.
Al día siguiente la vibra en mi casa era muy extraña, se sentía miedo por todos lados.
Fuimos a ver a nuestro vecino, quien se sorprendió mucho cuando le contamos lo sucedido.
Nos dijo que lo que debíamos hacer era bendecir la casa, pues eso haría que aquel monstruo no se acercara a nosotros.
Le hicimos caso y ese mismo día fuimos a la iglesia a pedir agua bendita. La rociamos en cada rincón de la granja y nos pusimos a orar. Por fin se sentía algo de paz.
Creímos que todo mejoraría a partir de ese momento, pero nos equivocamos.
Una semana más tarde, sin ningún tipo de novedad, llegó una anciana a casa, quien tendría una fiesta al día siguiente, así que le pidió un cerdo a mi padre.
Él sacó a uno de los que más quería yo y le dijo que podía llevárselo y que el lunes sin problema recibiría el pago, la señora le agradeció, pero yo me opuse.
No quería que se llevaran a mi cerdito, me había encariñado con él y con todos, así que lloré diciéndole a la señora que no se lo llevara. A lo que ella molesta no se opuso, soltó la cuerda del animal y se fue sin decir una sola palabra.
Mi padre estaba furioso, jaló al cerdito y me dijo que lo siguiera, obedecí y caminé tras él.
Paró y me dijo que ya era hora de dejar mis niñerías, tomo su escopeta y me la dio.
Me pidió que le disparara al cochinito, le dije que no, él insistió muy enojado, y yo entré lágrimas, le dije que no lo haría.
Me empujó y caí al suelo, me quitó el arma y él mismo le disparó al pequeño ser, que chilló amargamente y por unos segundos me pareció escuchar que decía algo hasta que el silencio reinó en el lugar.
Mi padre lo tomó con dificultad y lo subió a su camioneta. Me dijo que lo acompañara, pero yo ya no quería saber nada de mi padre, estaba muy decepcionado de él, pues pensaba que amaba a los animales y que jamás haría algo así, ni siquiera entendía por qué lo hacía.
Me obligó a ir y a pedirle disculpas a la señora, así lo hice sin dejar de llorar.
Ella no me dijo nada, pero le recordó a mi padre sobre la fiesta del día siguiente, él dijo que iríamos con gusto.
Esa tarde no hablé con él, aunque me explicó que todo lo había hecho porque estaba muy molesto.
Al siguiente día fuimos a aquella fiesta, la comida era deliciosa y la pasamos muy bien. Aunque tuvimos que ir y regresar caminando, ya que la camioneta estaba en reparación.
De regreso, papá y yo caminamos alumbrándonos con un candil que nos había prestado la señora.
Ya hablaba con él, lo había disculpado, aunque nunca volvería a ser lo mismo que era para mí.
Platicamos por un buen rato, hasta que escuchamos algo raro tras nosotros.
El candil parecía iluminar cada vez menos y unos pasos se escuchaban lejos aún, pensamos que quizá se nos había olvidado algo o que era algún vecino, pero nos equivocamos.
Al voltear vimos a un cerdo corriendo apresuradamente tras nosotros, primero en 4 patas, pero después en 2 como un humano, además vimos como su rostro se deformó hasta tener una enorme sonrisa, nos mostraba sus colmillos llenos de sangre.
Papá y yo corrimos a toda velocidad, hasta que escuchamos como aquello comenzaba a hablar.
Nos empezó a maldecir y a decir groserías, nos reclamó por haber asesinado a su hijo, que por lo visto era el cerdo que había matado papá.
Corrimos, pero cuando vimos que era inútil, papá sacó su cuchillo y corrió hacia él.
Le hundió el cuchillo varias veces mientras rezaba el padre nuestro hasta que ese monstruo se retorcía en el piso.
Cuando por fin dejó de moverse, mi padre me tomó de la mano y nos fuimos corriendo a casa.
Esa noche no pude dormir tampoco, pues escuchaba los mismos rasguños afuera, y cuando por fin logré dormir soñé con aquel animal y sus enormes dientes.
Después de aquel acontecimiento, no se escuchó nada más en el pueblo sobre el chupa cabras.
 
Autor: Liz Rayón
Derechos Reservados

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