Me llamo Andrea y llevaba 2 años casada. Soy creyente desde niña, criada en una familia donde la oración era parte del día. Mi esposo Daniel no comparte esa costumbre. Nunca se ha declarado ateo ni nada parecido. Simplemente dice que no le interesa. Respeta mi fe, pero no participa.
Casada con un SATANICO Historias De Terror – REDE

Video: https://www.youtube.com/watch?v=08qLr_sNoPs
En este relato, Casada con un SATANICO Historias De Terror – REDE se menciona como el lugar y el motivo del miedo de los personajes.
Lo que se cuenta sobre Casada con un SATANICO Historias De Terror – REDE se repite en el pueblo como si fuera un aviso.
Yo oro cada noche antes de acostarme y él siempre se acuesta primero o se queda viendo el teléfono mientras yo termino. Nuestro matrimonio hasta hace poco era estable. No tenemos hijos. Decidimos esperar y teníamos un perro pequeño llamado Toby. Daniel trabaja en una empresa de logística. sale temprano y regresa casi siempre a la misma hora.
Es reservado, tranquilo, de pocas palabras. No es un hombre de fiestas ni de amigos constantes. Con el tiempo empecé a notar pequeñas actitudes que decidí ignorar. Momentos en los que parecía distraído mirando fijamente la pared, sin responder cuando le hablaba, o cambios leves en su humor, como si algo lo molestara sin razón clara. Pensé que era estrés del trabajo.
La primera señal concreta apareció una tarde cualquiera. Daniel se estaba bañando y su teléfono comenzó a sonar. Era su hermana. No me gusta revisar cosas ajenas, pero no quería que la llamada se cortara, así que tomé el celular para contestar. No alcancé a responder porque dejó de sonar, pero la pantalla quedó encendida y vi que tenía la galería abierta.
No buscaba nada, solo intenté cerrar la aplicación. Fue entonces cuando vi las imágenes. No eran fotografías normales, eran dibujos circulares hechos en el suelo con algo oscuro como si fuera carbón o ceniza. En el centro había velas negras encendidas. Otra imagen mostraba manos con marcas en la piel, líneas finas como cortes superficiales formando figuras geométricas.
Había varias fotos parecidas tomadas en interiores que no reconocí. Seguí deslizando confundida y encontré capturas de pantalla de un foro, frases escritas en latín, comentarios extensos, discusiones sobre rituales antiguos. No afirmo que fueran satánicas, pero el contenido no era algo que uno encuentre por casualidad.
En ese momento, Daniel salió del baño, me vio con el teléfono en la mano y caminó hacia mí con rapidez y me lo arrebató sin decir nada durante unos segundos. Luego preguntó por qué estaba revisando sus cosas. Le expliqué lo de la llamada que solo intentaba contestar. Me miró fijo y dijo que esas imágenes eran parte de una investigación que estaba haciendo por curiosidad.
Comentó que eran memes, cosas que la gente publica para asustar. No discutí. No quise hacer un escándalo por algo que no entendía del todo. Me limité a asentir y cambiar el tema. Esa noche oré más tiempo de lo normal. Después de eso comenzaron otras cosas. Empecé a escucharlo murmurar cuando creía que yo estaba dormida. Palabras sueltas.
Una madrugada desperté y noté que no estaba en la cama. Fui a la sala y lo encontré sentado en el sillón con la luz apagada. La única iluminación venía de la calle. Estaba inclinado hacia adelante, mirando el suelo. Movía los labios en voz baja. No distinguí lo que decía, solo repetía algo una y otra vez.
Cuando le pregunté qué hacía, levantó la cabeza y respondió con normalidad, como si nada hubiera pasado. Dijo que no podía dormir y que solo estaba pensando. Desde entonces, comenzó a encerrarse más tiempo en el baño o en el pequeño estudio que tenemos. Cerraba la puerta con seguro. Si yo tocaba, tardaba en responder. Su carácter cambió. se volvió más irritable, más ausente.
Había momentos en que parecía no escucharme, aunque yo estuviera frente a él. Fue entonces cuando sentí que algo también afectaba el ambiente. Pequeñas cosas cambiaban de lugar. Un libro que yo dejaba en la mesa aparecía en el sillón. Las llaves no estaban donde siempre. Pensé que era distracción mía.
En ciertas habitaciones comenzó a sentirse un olor extraño, difícil de describir como cera. No era permanente, aparecía y desaparecía. Varias noches desperté a la misma hora sin motivo. Miraba el reloj y marcaba las 3 con algunos minutos. Me costaba volver a dormir. Un día, mientras limpiaba, un cuadro del pasillo cayó al suelo. El clavo seguía firme en la pared.
No encontré una explicación clara. Cuando se lo comenté a Daniel y sugerí que tal vez deberíamos bendecir la casa, reaccionó con molestia. dijo que no exagerara, que todo tenía una explicación lógica y que no quería supersticiones en su hogar. Esa respuesta me incomodó más que el cuadro en el suelo. Hoy reconozco que desde ese momento supe que algo no estaba bien.
No tenía pruebas concretas, pero la paz que antes sentía en mi casa comenzó a desaparecer y por primera vez en dos años dudé que conociera realmente al hombre con el que me casé. Después de aquella primera vez, intenté convencerme de que había exagerado. Me repetía que las imágenes podían ser curiosidad mal enfocada, que los foros podían ser simples discusiones sin importancia.
Durante algunos días procuré no pensar en eso. Me concentré en la casa, en el trabajo, en mantener la rutina intacta. Una tarde, mientras Daniel se bañaba, su teléfono volvió a quedarse en la mesa. No planeaba revisarlo, pero la duda me estaba consumiendo. Tomé el aparato y fui directamente a la galería. Ya no estaban las imágenes que había visto la vez anterior.
Pensé que tal vez las había eliminado. Revisé las carpetas y encontré una que no había notado antes. No tenía nombre, solo un icono genérico. Al abrirla aparecieron fotografías más claras que las primeras. Los símbolos en el suelo estaban mejor definidos, trazados con precisión.
En algunas imágenes se veían círculos dentro de otros círculos, líneas que conectaban puntos marcados con pequeñas manchas oscuras. En el centro siempre había velas negras o recipientes pequeños. También encontré capturas de conversaciones. El contacto no tenía nombre, solo un número. Los mensajes hablaban de abrir puertas y de rituales sencillos para comenzar.
Daniel preguntaba cosas específicas como si siguiera instrucciones. Mencionaba energías que necesitan dirección y ofrendas pequeñas para probar. La otra persona respondía con frases cortas dando indicaciones. No vi referencias directas al [ __ ] ni a algo concreto, pero el tono no era el de una broma, era serio, metódico. Sentí miedo, pero al mismo tiempo dudé de mí misma.
Pensé que tal vez estaba sacando conclusiones apresuradas. Cerré todo y dejé el celular en su lugar antes de que saliera del baño. A partir de esa semana comenzaron manifestaciones más difíciles de ignorar. Los aparatos eléctricos empezaron a fallar sin motivo claro. La televisión se apagaba y luego volvía a encenderse. El microondas marcaba errores que luego desaparecían.
Las luces de la sala parpadeaban de forma irregular, pero noté algo que me incomodó más. Ocurría con mayor frecuencia cuando Daniel estaba presente. Si él salía de la habitación, la luz se estabilizaba. Tobi empezó a reaccionar de forma extraña cuando Daniel entraba al estudio. Se quedaba rígido en el pasillo, sin ladrar, solo observando la puerta cerrada.
En una ocasión gruñó bajo algo que nunca hacía dentro de la casa. Yo empecé a sentir presión en el pecho cada vez que me acercaba al estudio. No era un dolor físico fuerte, sino una sensación constante que me obligaba a respirar más profundo. Al abrir la puerta, el olor extraño que ya había percibido en otras habitaciones era más intenso ahí.
Una noche, al levantarme para ir al baño, había sal esparcida cerca de la puerta del estudio. No era mucha, pero estaba claramente distribuida, formando una línea irregular. La toqué con los dedos para asegurarme. Era sal de cocina.
A la mañana siguiente le pregunté a Daniel, dijo que se le había caído por accidente cuando estaba comiendo algo y que no había tenido tiempo de limpiarla. Su explicación no coincidía con el lugar donde la encontré. Pero no insistí. Desde entonces empecé a dormir con una Biblia bajo la almohada. Solo la colocaba ahí antes de acostarme y oraba en silencio.
La tensión entre nosotros creció. Finalmente decidí enfrentarlo, al menos de forma parcial. Una noche, mientras cenábamos, le pregunté directamente qué estaba haciendo con esos símbolos y esas conversaciones. No negó todo. Tampoco admitió algo concreto.
Dijo que estaba explorando, que siempre le habían interesado temas de energías y rituales antiguos, que no tenían nada que ver con el [ __ ] ni con algo malo. Aseguró que solo quería comprobar si ciertas prácticas podían influir en el ambiente. Le pregunté qué tipo de prácticas. Respondió que eran cosas sencillas, pequeñas ofrendas simbólicas, ejercicios de concentración.
Minimizó todo como si fuera un hobby inofensivo. Cuando mencioné mi preocupación y mi fe, sonrió de forma ligera y dijo que yo veía amenazas donde no la sabía, que la religión me hacía imaginar peligros. No gritó, pero su tono me hizo sentir pequeña, como si miedo fuera ignorancia. Esa noche lloré en silencio en el baño. No le conté nada a mi familia.
No quería que pensaran mal de él ni provocar un conflicto mayor sin pruebas claras. El suceso que terminó de romper mi negación ocurrió pocos días después. Desperté en la madrugada y noté que Daniel no estaba a mi lado. La puerta del estudio estaba abierta, algo que nunca dejaba así. Me levanté con cuidado y caminé por el pasillo. Desde la entrada pude verlo.
Estaba arrodillado frente a algo en el suelo. La luz principal estaba apagada, pero una vela negra encendida iluminaba parcialmente la habitación. En el piso había un dibujo trazado, no era improvisado. Las líneas eran firmes y formaban una figura circular con marcas en puntos específicos.
Daniel tenía las manos apoyadas sobre sus rodillas, sus labios se movían, aunque no escuché claramente lo que decía. Di un paso más. Él levantó la cabeza y me miró. Solo me observó durante unos segundos que se sintieron largos. En ese instante comprendí que ya no se trataba de curiosidad ni de imágenes guardadas. había cruzado una línea dentro de nuestra casa y yo también.
Al haber sido testigo directo de lo que hacía después de aquella madrugada, algo cambió en mí. Dejé de tocarlo. Si antes buscaba su mano al dormir o me recargaba en su hombro al ver televisión, ahora mantenía distancia. No fue una decisión consciente al principio, simplemente mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me sentía incómoda cuando se acercaba demasiado.
También dejé de hablarle con normalidad. Respondía lo necesario. Evitaba conversaciones largas. Él pareció notarlo, pero no preguntó nada. Se movía por la casa como si todo siguiera igual. Comencé a planear irme. No sabía a dónde ni cómo explicarlo sin que sonara exagerado. Pensé en mi madre, pero no quería alarmarla sin tener algo concreto.
Sentía que lo que ocurría era más profundo de lo que podía describir con palabras simples. Un sábado por la mañana fui a la parroquia sola. Pedí hablar con el sacerdote. No le conté detalles específicos sobre símbolos o velas negras. Le dije que mi esposo estaba involucrándose en prácticas que me inquietaban y que la casa se sentía distinta.
Él me escuchó con atención y me recomendó prudencia. Me dijo que no actuara por miedo, que orara, que mantuviera la calma y que no confrontara desde la rabia. Salí de ahí con una sensación extraña. Agradecí sus palabras, pero dentro de mí sabía que la situación era más grave de lo que había podido explicarle.
No se trataba solo de curiosidad espiritual ni de conflictos de pareja. Días después, Daniel salió temprano diciendo que tenía una reunión fuera de la ciudad. Lo vi irse y sentí que esa era mi oportunidad. Esperé unos minutos y entré al estudio. El olor era más fuerte que antes. Cerré la puerta detrás de mí y comencé a revisar con cuidado.
Abrí cajones, moví libros, inspeccioné debajo del escritorio. En la parte inferior de un librero encontré una tabla ligeramente desajustada. Al moverla apareció una caja metálica pequeña. La saqué y la abrí. Dentro había una daga. El mango era negro, liso, sin adornos visibles. La hoja tenía marcas grabadas, líneas finas que formaban patrones repetitivos a lo largo del metal.
No puedo afirmar qué significaban, solo eran marcas precisas, no decorativas comunes. Junto a la daga había una bolsa transparente, gruesa, bien sellada. En su interior se veía un líquido rojo espeso. Tenía una consistencia densa que se movía lentamente cuando incliné la bolsa para verla mejor. Sostuve la daga unos segundos. Al hacerlo, sentí náusea. No fue sugestión.
El estómago se me revolvió y tuve que respirar por la boca. En ese momento, la luz del estudio comenzó a fallar. parpadió dos veces y luego quedó fija. Escuché un golpe en otra habitación, como si algo pesado hubiera caído en la sala. Mi corazón empezó a latir con fuerza. Dejé la daga en la caja y la regresé exactamente donde la había encontrado.
Me aseguré de colocar la tabla del librero en su sitio. Al pasar por el pasillo, noté algo que antes no estaba, pequeñas marcas en la pared, casi imperceptibles, como si alguien hubiera presionado algo puntiagudo contra la pintura. Eran varias distribuidas en línea irregular. Las toqué con los dedos y sentí la superficie raspada. Me apoyé en la pared y empecé a llorar.
Me arrodillé en la sala y oré en voz baja pidiendo claridad y protección. Esa tarde Daniel regresó más temprano de lo que esperaba. Yo ya había tomado una decisión. Saqué la daga de la caja y la coloqué sobre la mesa del comedor antes de que entrara. Me senté frente a ella y esperé. Cuando abrió la puerta y me vio ahí, no mostró sorpresa.
Miró la daga sobre la mesa y luego me miró a mí. Cerró la puerta con calma y se acercó. Le pregunté, ¿qué era eso, no negó que fuera suyo, no intentó inventar una historia, solo dijo que era necesario. Le pedí que me explicara para qué necesitaba una daga y ese líquido rojo guardado en una bolsa. respondió que algunas cosas requieren precio.
Dijo que estaba intentando abrir algo que llevaba tiempo cerrado, que no entendía por qué yo tenía tanto miedo si solo se trataba de energía y voluntad. En ese momento entendí que ya no conocía al hombre con quien me casé. Sentí que cualquier intento de convencerlo sería inútil. No grité, no discutí más, solo asentí en silencio.
Esa noche, mientras él se encerraba nuevamente en el estudio, yo empecé a guardar ropa en una maleta pequeña por primera vez desde que todo comenzó. La decisión dejó de ser una idea y se convirtió en acción. Sabía que si me quedaba terminaría siendo parte de algo que no comprendía y que no compartía. Esperé a que Daniel saliera a trabajar para preparar mi salida.
No hubo discusión esa mañana. Se fue como cualquier otro día. Tomó sus llaves, me dijo que regresaría tarde y cerró la puerta. En cuanto escuché el motor del autojarse, comencé a empacar. Solo tomé lo necesario. Ropa básica, artículos personales, mi Biblia, algunos recuerdos pequeños que sabía que no quería dejar atrás.
Fui directa a la carpeta donde guardábamos documentos y separé los míos. Acta de nacimiento, identificación, papeles del banco. Los metí en un sobre y lo guardé en la mochila. No toqué la caja del estudio. La daga se quedó donde la había dejado la noche anterior. No quería volver a sostenerla. No le avisé a nadie. Necesitaba salir primero.
Cerré el closet y escuché pasos en el pasillo. Me quedé quieta. Daniel no podía estar ahí. Había salido hacía más de una hora. Los pasos no eran fuertes, eran lentos, como alguien caminando sin prisa. Salí de la habitación y miré hacia el corredor. No vi a nadie. En ese momento, la luz del baño se encendió sola.
La puerta estaba entreabierta y desde donde estaba podía ver el reflejo del foco en el espejo. El corazón me latía con fuerza. No vi nada extraño dentro del baño, solo el lavabo y la toalla en su lugar. Apagué la luz y regresé al cuarto. Mientras cerraba la maleta, escuché otro movimiento, esta vez más claro. La puerta del estudio que había quedado apenas ajustada se cerró.
No me acerqué. Miré el pasillo desde la habitación, pero no caminé hasta el estudio. No quería comprobar nada más. Sentí que si abría esa puerta, volvería a cruzar una línea que ya había decidido dejar atrás. Tomé la mochila. la maleta pequeña y me dirigí hacia la sala. Cuando estaba por salir, Daniel entró antes de lo previsto.
Se detuvo al verme con la maleta en la mano, observó el equipaje, luego mi rostro. no preguntó de inmediato. Le dije que me iba, que ya había tomado una decisión y que quería el divorcio. Él permaneció en silencio unos segundos y luego dijo que no podía interrumpir lo que había empezado. No intentó convencerme de quedarme. No me pidió que lo escuchara.
solo afirmó que yo no entendía el proceso y que había cosas que necesitaban completarse. Le pregunté si eso era más importante que nuestro matrimonio. Respondió que no se trataba de importancia, sino de propósito. Simplemente se hizo a un lado cuando avancé hacia la salida. Salí de la casa sin voltear. Me quedé unos días en casa de mi hermana. Le expliqué lo básico.
Diferencias irreconciliables, cambios que no podía aceptar. Ya después le conté la verdad. No mencioné símbolos ni dagas. Inicié el proceso legal de divorcio en cuanto pude. Daniel no puso resistencia. Firmó los documentos sin discutir. Desde entonces no hemos vuelto a hablar.
{“@context”:”https://schema.org”,”@type”:”Article”,”mainEntityOfPage”:{“@type”:”WebPage”,”@id”:”https://historiasdeterror.com/?p=8613″},”headline”:”Casada con un SATANICO Historias De Terror – REDE”,”description”:”Me llamo Andrea y llevaba 2 años casada. Soy creyente desde niña, criada en una familia donde la oración era parte del día. Mi esposo Daniel no comparte esa cos”,”datePublished”:false,”dateModified”:”2026-02-27T08:26:21+00:00″,”author”:{“@type”:”Person”,”name”:””},”image”:{“@type”:”ImageObject”,”url”:”https://historiasdeterror.com/wp-content/uploads/2026/02/casada-con-un-satanico-historias-de-terror-rede-youtube.jpg”,”width”:480,”height”:360}}
Más historias relacionadas
Explora más historias en nuestro sitio.
Recurso externo
Contexto y referencias sobre Casada con un SATANICO Historias De Terror – REDE
Preguntas frecuentes sobre Casada con un SATANICO Historias De Terror – REDE
¿De qué trata Casada con un SATANICO?
Me llamo Andrea y llevaba 2 años casada. Soy creyente desde niña, criada en una familia donde la oración era parte del día. Mi esposo Daniel
¿Es una historia de terror basada en un video?
Sí, este contenido conserva la base de la historia y se publica con formato optimizado para lectura en la web.
{“@context”:”https://schema.org”,”@type”:”Article”,”mainEntityOfPage”:{“@type”:”WebPage”,”@id”:”https://historiasdeterror.com/casada-con-un-satanico-historias-de-terror-rede/”},”headline”:”Casada con un SATANICO Historias De Terror – REDE: 13″,”description”:”Casada con un SATANICO Historias De Terror – REDE. Casada con un SATANICO. Me llamo Andrea y llevaba 2 años casada. Soy creyente desde niña, criada en una”,”datePublished”:”2026-02-27T17:36:35+00:00″,”dateModified”:”2026-02-27T17:39:06+00:00″,”author”:{“@type”:”Person”,”name”:”Historias de Terror”},”image”:{“@type”:”ImageObject”,”url”:”https://historiasdeterror.com/wp-content/uploads/2026/02/casada-con-un-satanico-historias-de-terror-rede-youtube.jpg”,”width”:480,”height”:360}}
{“@context”:”https://schema.org”,”@type”:”FAQPage”,”mainEntity”:[{“@type”:”Question”,”name”:”¿De qué trata Casada con un SATANICO?”,”acceptedAnswer”:{“@type”:”Answer”,”text”:”Me llamo Andrea y llevaba 2 años casada. Soy creyente desde niña, criada en una familia donde la oración era parte del día. Mi esposo Daniel”}},{“@type”:”Question”,”name”:”¿Es una historia de terror basada en un video?”,”acceptedAnswer”:{“@type”:”Answer”,”text”:”Sí, este contenido conserva la base de la historia y se publica con formato optimizado para lectura en la web.”}}]}