Cuidado Con Los Muertos Historia de Terror

Cuidado Con Los Muertos Historia de Terror

Cuidado Con Los Muertos
Soy hijo de migrantes, nací en Estados Unidos y mis padres son de México, viví en el país del norte hasta que cumplí 22 años Caminando Entre Los Muertos Historia de Terror.
Acá, aparte los restaurantes de comida mexicana, lo más cercano que he estado de las tradiciones mexicanas es la fiesta del 5 de mayo. Así que cuando tuve la oportunidad de volver a mi país venía con grandes expectativas.
Fui a Veracruz, a visitar a mi abuela, Doña Lala. El viaje fue muy largo, desde la frontera hasta Veracruz el autobús tardó como treinta horas, esto ocurrió así porque se hicieron varias paradas. Conté al menos 7 paradas en diferentes pueblitos, sin contar las paradas que se hicieron para comer e ir al baño.
El viaje fue un calvario para mi espalda y para mi cuello.
Finalmente, llegué a la central de autobuses, de ahí tuve que tomar otro transporte, pero el viaje ya fue más corto, media hora quizá.
El transporte me bajó en la orilla de las vías del tren, el pueblo era bastante rústico y estaba conformado por tres localidades.
Lo primero que hice fue buscar algo para comer, me encontré un puesto de hot-dogs, gracioso, fue lo último que comí cuando salí de Estados Unidos y fue lo primero que comí cuando llegué a Veracruz.
El puesto lo atendían tres señoras, muy amables, les pregunté cómo llegar a la casa de Doña Lala, me dijeron que había que cruzar el puente para atravesar las vías del tren y ahí había que tomar un taxi y decirle que me llevara al panteón central. Me dijeron que la persona que trabajaba cuidando el panteón conocía a todos así que él podría decirme.
Claramente, no era la respuesta que estaba esperando, pero al menos ya era algo.
Hice exactamente lo que me dijeron las señoras, de camino al panteón central, pasamos por una ranchería y por un campo de cultivo. Finalmente, llegamos al panteón, me asombré cuando el taxista me dijo que del viaje eran solo 30 pesos, eso era extremadamente barato por la distancia que habíamos recorrido.
Una cosa que me llamó la atención del panteón es que no tiene muros, rejas, ni nada, literalmente uno puede entrar caminando al panteón por el lugar que mejor le parezca, no había una entrada de referencia.
Me metí al panteón por donde había un poco más espacio entre las tumbas y comencé a caminar buscando al trabajador, lo encontré barriendo algunas lápidas, lo saludé y le pregunté por la casa de Doña Lala, me dijo que el edificio verde que se podía ver era la primaria, debía caminar hasta la primaria y doblar a la derecha en la esquina, dijo que había que pasar un local donde rentaban internet y una cuadra después estaba la casa de Doña Lala, de color naranja.
Caminé hasta la casa de mi abuela, es un terreno bastante grande, abarca media cuadra de largo y media cuadra de ancho, tiene una casa principal, un patio amplio con un pequeño corral, al fondo del terreno tiene dos pequeñas casitas en donde aloja a las visitas.
Entré, saludé a mi abuela, también estaban tres tíos y algunos de mis primos. Todos estábamos ahí por el Día de Muertos. Lo que me habían dicho es que íbamos a armar un altar para mi abuelo y que la noche del día primero de noviembre iríamos al panteón a visitar al abuelo.
Por la noche, después de cenar, mis primos y yo fuimos a una cantina, ahí había música en vivo, escuché una canción que me llamó mucho la atención, hablaba sobre un tipo que se enamoró de una bruja cuando la vio volar a las dos de la mañana, la canción cuenta como la bruja se llevó a ese hombre y lo terminó convirtiendo una maceta.
Estuvimos ahí un rato y luego nos regresamos a casa de mi abuela Lala para descansar.
A la mañana siguiente, después de tomarnos un atole, y después de haber terminado el altar de muertos, mi abuela nos dijo al grupo de primos que matáramos a tres de los patos para comerlos por la tarde. Al principio me mostré reacio, pero todos los demás lo tomaron con tanta normalidad que simplemente cooperé en el proceso.
Tomamos a las aves, las sujetamos de patas y alas y el primo mayor les realizó una cortada en el cuello, después de eso las colgamos de un tronco para que se vaciara toda la sangre. Una vez que dejaron de gotear los comenzamos a desplumar, recuerdo que era una sensación asquerosa y ciertamente bastante incómoda.
Cuando terminamos de desplumar a los patos los metimos a unas vasijas con agua hirviendo, mi abuela, tías y primas, se encargaron de todo el proceso de preparación.
Mientras tanto mis primos y yo salimos a dar la vuelta, me dijeron que me llevarían a un lugar interesante. Era una casona vieja y abandonada que estaba alejada.
Los vi tan tranquilos que me sentí relajado y acepté entrar sin problemas.
A pesar de estar abandonado estaba relativamente limpio. Me contaron que en esa casa vivía una familia con una mayor solvencia económica que el resto, no eran millonarios, pero si tenían bastante dinero.
Me dijeron que se dice que una noche de día de muertos la hija menor se quedó despierta para ver el momento en qué los muertos llegaban al mundo de los vivos, a la mañana siguiente sus padres encontraron la encontraron en su cuarto, sin vida, parecía que había sido ahorcada, y cerca de su ventana estaba un sirio blanco.
Se supone que el padre enloqueció y la madre se quitó la vida. Detalles más, detalles menos. Mientras me contaban la historia estábamos caminando por la casa y nos detuvimos afuera de un cuarto, mis primos me dijeron que ese había sido el cuarto de aquella chica, me animé a entrar para echar un vistazo y pude ver el sirio, parecía nuevo y brillaba con fuerza.
Quedé impactado, mi primo mayor entró también y me explicó que el día de muertos es una fecha muy importante y que yo debía tenerle mucho respeto, me dijo que cosas malas pasaban cuando no se respetaba a los difuntos. Eso me dio escalofríos.
Salimos de esa vieja casona y volvimos a casa de mi abuela. La comida ya estaba lista. Nos sirvieron el pato en caldillo de chile ancho. La carne del pato ciertamente es dura, pero también es muy sabrosa.
El día terminó, la oscuridad de la noche se hizo presente, y todos salimos rumbo al panteón. Toda la gente, de las tres comunidades, estaban marchando hacia el panteón, hasta los niños, algunos llevaban velas, otros llevaban música, y otros iban tronando cohetes. Eso definitivamente parecía una fiesta.
Antes de entrar mi abuela me dijo que estaríamos ahí toda la y que si me daba sueño podía dormirme sobre alguna de las tumbas, pero que primero debía pedirle permiso al muertito, para no hacerlo enojar.
Eso me hizo raro, pero, en fin. Con el pasar de las horas iba llegando cada vez más gente. El panteón se llenó, había personas por todas partes, había mesas para sentarse a cenar, había bocinas con micrófonos para ir a cantar, alcohol, perros y niños jugando y corriendo entre las tumbas, era raro ver eso.
Todo el cementerio estaba iluminado, todo menos un sitio, al centro del cementerio, rodeado por las tumbas y por la fiesta que había, se encontraba una especie de cama hecha de cemento, nadie se acercaba y por alguna razón la luz rodeaba el sitio, ahí estaba completamente oscuro. Traté de ignorarlo, pero entre que platicaba con mi familia, me tomaba una cerveza o iba por un taco, no podía evitar voltear a ver ese oscuro lugar.
Como a las dos y media de la madrugada comenzó a darme un poco de sueño, yo era el único pues todos seguían bien despiertos y con energía, entonces, para evitar dormirme decidí ir a dar una vuelta por el panteón.
Mientras caminaba, sin querer puse un pie encima de una de las tumbas, en cuanto me di cuenta retrocedí rápidamente, volteé a todos lados para asegurarme que nadie me hubiera visto, y entonces, a lo lejos vi a una muchacha de piel blanca, llevaba un ajustado vestido rojo, tenía el cabello largo y suelto, ella me vio y me sonrió, luego comenzó a caminar alejándose de la gente, yo decidí seguirla, en ese momento no me di cuenta, pero ella estaba yendo en dirección de aquel oscuro lugar que yo había visto antes.
Se me perdió por un segundo, pero tras buscarla la vi sentada en la cama de concreto, me abrí paso entre las tumbas y llegué hasta donde estaba ella. Me senté un poco al otro extremo de la cama de concreto. Le hablé, pero no me respondió, entonces decidí acercarme un poco. Apenas le iba a tocar el hombro cuando escuché que dijeron mi nombre, era uno de mis tíos, me estaba gritando que saliera de donde estaba, yo no entendía por qué entonces volteé hacia la chica y ella me estaba viendo, pero eso ya no era una muchacha, tenía la piel de un color azulado, le faltaba la nariz, su vestido estaba roto y se podían ver sus costillas expuestas. Me asusté y salí corriendo hacia donde estaba mi tío.
Me llevó de regreso a donde estaban todos, me sirvió un trago de tequila y me preguntó qué había pasado, le conté. Entonces me dijo que la tumba que había pisado era la de esa muchacha, me dijo que esa muchacha era aquella que había muerto por querer ver cuando los muertos llegaban al mundo de los vivos.
Yo estaba pálido del susto, mi tío me dijo que había tenido suerte, pues yo no era el primero que había tenido un encuentro con esa muchacha, también me dijo que algunos de los que tuvieron la mala suerte de encontrarse con ella amanecían sobre esa cama de concreto, muertos, como si los hubieran ahorcado.
 
Autor: Ramiro Contreras
Derechos Reservados

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