Mi turno había comenzado a las seis de la tarde y ya llevábamos un par de horas patrullando cuando entró el reporte. La central avisó que varios vecinos de una colonia al poniente afirmaban haber escuchado gritos dentro de una casa donde vivía una mujer sola. Era una zona tranquila, con calles de tierra y casas pequeñas pegadas unas a otras.

cabeza de cerdo - Patrulla revisa la casa con gritos durante la noche

cabeza de cerdo

El clima estaba seco y hacía algo de calor, típico de una noche cualquiera. Iba con mi compañero, Ortega, y decidimos responder porque estábamos a unas cuadras. No esperábamos gran cosa, tal vez una discusión familiar o algún ruido confundido, pero aun así activamos el protocolo básico y nos acercamos con atención.

En este relato, cabeza de cerdo se menciona como el lugar y el motivo del miedo de los personajes.

Lo que se cuenta sobre cabeza de cerdo se repite en el pueblo como si fuera un aviso.

Cuando doblamos la esquina, notamos a varias personas afuera de sus casas. Estaban inquietas y se mantenían a cierta distancia de una reja azul que daba a la vivienda señalada. Algunos cruzaban los brazos, otros miraban hacia la entrada sin querer acercarse demasiado.

Una señora mayor nos dijo que hacía unos minutos había escuchado gritos que provenían del interior y que no parecían de alguien peleando, sino más bien de alguien llamando alguien o pidiendo algo. Otros vecinos coincidieron en que habían escuchado ruidos, aunque ninguno quiso asegurar qué tipo de gritos eran.

Solo sabían que la casa tenía días sin movimiento y que la mujer que vivía ahí, de nombre Laura, casi nunca salía. Dijeron que tendría unos treinta años y que desde hacía semanas se veía más aislada de lo normal. Me acerqué a la reja con Ortega. Intentamos llamar a la mujer en voz clara, usando su nombre y explicando que estábamos ahí para verificar que estuviera bien.

Tocamos fuerte varias veces, primero de manera normal y luego con más insistencia, siempre identificándonos. No hubo respuesta. Observé que la puerta principal tenía un seguro puesto por dentro. Todas las ventanas estaban cerradas y con cortinas gruesas que no dejaban ver nada hacia el interior.

Algunas estaban selladas por dentro con algo que no alcanzábamos a distinguir, pero se notaba que no se habían movido en días. El silencio dentro de la casa hacía difícil saber si había alguien, aunque la sensación general entre los vecinos era que algo no estaba del todo bien.

Aun así, ninguno quiso acercarse a la reja cuando lo pedimos, y se quedaron unos pasos atrás mientras comentaban entre ellos. Ortega me dijo que la barda del lado derecho tenía un hueco, como si alguien hubiera quitado un bloque hacía tiempo. Propuso entrar solo al patio trasero por ese acceso para revisar si había señales evidentes de emergencia.

Le indiqué que hiciera la vuelta con la lámpara, mientras yo seguía recabando datos con los vecinos. La mayoría repetía lo mismo: habían escuchado gritos, pero no sabían describirlos con precisión ni aseguraban que fueran de auxilio. Nadie había visto a la mujer en peligro, solo la ausencia prolongada y los ruidos de hacía unos minutos.

Mientras hablaba con ellos, Ortega avanzó hacia el patio. Lo seguía con la vista de vez en cuando, notando el movimiento de su lámpara sobre la tierra seca. Me dijo que había ropa colgada en un tendedero que no se movía desde hacía días. También vio algunos recipientes de plástico tirados y cajas viejas acumuladas junto a la barda.

No había señales de forcejeo, ni objetos volcados recientemente. Lo único que llamó su atención fue el olor a tierra revuelta cerca de un punto donde la vegetación estaba más baja, aunque eso no necesariamente significaba algo. Un momento después escuché que Ortega me llamaba con firmeza desde el patio. Fui hacia el hueco en la barda y entré.

Lo encontré parado a unos metros de la barda trasera, con la lámpara apuntando al suelo. Había una cabeza de cerdo tirada, apoyada sobre la tierra. No estaba en descomposición avanzada y no presentaba signos de golpes recientes. Parecía fresca, como si alguien la hubiera dejado ahí en el transcurso del día.

No había sangre alrededor ni restos que indicaran que había sido cortada en ese mismo lugar. Solo la cabeza, puesta sin ningún orden. Lo primero que revisamos fue si había rastros de violencia cercanos, manchas en la tierra, herramientas cerca o huellas distintas a las habituales. No encontramos nada que apuntara a un hecho delictivo.

El resto del patio estaba igual de descuidado, pero sin señales de actividad reciente que sugiriera riesgo inmediato. Ortega comentó que el hallazgo era extraño, aunque no constituía un indicador suficiente para forzar entrada. Yo coincidí.

Aunque la presencia de la cabeza era sospechosa, no había indicios directos de que la mujer estuviera herida o en peligro dentro de la casa. No había humo, no había olores anormales, no había ruidos internos. Los vecinos seguían nerviosos, pero ninguno se atrevía a correr hacia la reja o afirmar que la mujer estuviera sufriendo algo grave.

Todos habían escuchado gritos, sí, pero no podían asegurar que fueran gritos de auxilio o de dolor. Regresamos con ellos y documentamos el hallazgo de la cabeza. Tomamos fotografías desde distintos ángulos, anotamos la posición en que estaba, la hora exacta y el informe preliminar con la información que los vecinos nos dieron.

Les dijimos que, en caso de volver a escuchar ruidos o si veían algo más, debían volver a marcar a la central para que enviaran otra unidad. Explicamos que no podíamos forzar entrada sin una causa probable clara, ya que no había evidencia que justificara una irrupción. Cerramos la escena y nos retiramos unos minutos después.

Mientras nos alejábamos en la patrulla, quedé con la sensación de que algo no estaba bien, aunque el protocolo marcaba que debíamos dejar la casa así hasta recibir otra llamada. Ortega también lo mencionó. Aun así, seguimos el procedimiento. Era lo que correspondía en ese momento.

Pasaron varios días desde el primer reporte y seguí con la rutina normal del turno, aunque el caso no se me quitaba de la cabeza. La imagen de la cabeza de cerdo en el patio me venía a la mente cada vez que pasábamos por la colonia, incluso cuando no había reportes nuevos.

No era común encontrar algo así en una vivienda donde no había antecedentes de conflictos, y aunque en su momento concluimos que no había elementos suficientes para entrar, la inquietud se mantuvo presente. Ortega también lo mencionó en un par de ocasiones, aunque tratábamos de dejarlo de lado mientras atendíamos otros servicios de la semana.

Una noche, ya cerca de la medianoche, la central anunció otro reporte proveniente de la misma dirección. Esta vez varios vecinos llamaron casi al mismo tiempo y todos coincidieron en que los gritos eran más fuertes y duraron más que en la ocasión anterior.

El operador describió que algunos vecinos aseguraban que las voces parecían de mujer, aunque otros afirmaban no distinguir si era una sola persona o varias. Por el tono de los reportes, se activó una clave de prioridad media y decidimos acudir de inmediato. Al llegar a la casa, encontramos más personas afuera que la vez anterior.

Varias familias estaban en la banqueta, murmurando entre sí y mirando hacia la reja con evidente preocupación. Decían que los gritos venían del interior con más claridad y que esta vez no parecían ruidos aislados. Una señora repitió que habían sido gritos prolongados, como si alguien pidiera que la escucharan, aunque no podía asegurar que fuera la voz de la mujer que vivía ahí.

Otros vecinos mencionaron que las luces seguían apagadas, excepto una que se veía de forma muy tenue en la parte que correspondía a la cocina. Nos acercamos a la reja y empezamos a rodear la casa desde afuera. Confirmamos que todo seguía cerrado por dentro, igual que la vez anterior. La puerta tenía el seguro puesto.

Las ventanas continuaban con las cortinas cerradas y las mismas marcas que parecían selladas desde dentro. La única diferencia era esa luz débil, casi imperceptible, que alcanzaba a filtrarse por una rendija de la cortina de la cocina. No era suficiente para ver hacia el interior, pero indicaba que alguna habitación tenía energía activa.

Ortega avanzó hacia la ventana lateral por donde había entrado la vez pasada al patio. Observó con cuidado y me llamó para que revisara el ángulo entre la cortina y el marco. Mientras él se inclinaba para intentar ver, se detuvo de pronto y dijo que había visto una silueta asomarse.

No describió género ni edad, solo aseguró que un rostro, apenas visible entre la oscuridad, se asomó por un segundo y luego se retiró. La expresión en su cara dejaba claro que no lo había imaginado. Esa observación era suficiente para considerar un riesgo inmediato, ya fuera por una emergencia médica o por un posible delito en proceso.

Solicitamos autorización por radio para ingreso forzado. Explicamos que existía una persona dentro de la vivienda que no respondía a llamados repetidos, que se habían recibido reportes insistentes de gritos y que un oficial había visto una figura observando desde la ventana. La central analizó la situación y autorizó la entrada por posible emergencia.

Inmediatamente comenzamos el procedimiento. Nos colocamos frente a la puerta principal e intentamos abrir sin dañar, llamando con fuerza y anunciando nuestra presencia. Lo hicimos varias veces, aumentando el volumen, explicando que debíamos verificar el estado de la persona dentro. Nadie respondió.

Golpeamos de nuevo y escuchamos con atención, pero no hubo movimiento, ni pasos, ni voces. Ante la falta de respuesta, pasamos al siguiente paso. Ortega tomó una herramienta del compartimiento trasero de la patrulla y trabajó sobre una chapa lateral más débil, ubicada junto al marco interno. Tardó unos segundos en forzarla hasta que cedió.

Entramos siguiendo la formación básica. Yo avancé primero con la lámpara y la mano cerca del arma, aunque sin desenfundar. Ortega quedó detrás de mí, cubriendo nuestro sector mientras anunciábamos nuestra presencia en cada cuarto. Desde el primer paso dentro de la casa, percibimos un olor fuerte. No era un olor normal de comida echada a perder, ni de humedad acumulada.

Tenía un matiz más penetrante, como si algo llevase tiempo sin ventilarse. Esa mezcla se volvía más intensa conforme dábamos unos pasos más hacia el interior. La sala estaba en desorden. Había muebles empujados hacia las paredes, montones de ropa en el suelo y platos sucios acumulados sobre una mesa pequeña.

La capa de polvo sobre varios objetos indicaba que nadie había limpiado en días. Algunos recipientes con restos de comida estaban cubiertos de moscas. La atmósfera se sentía estática, como si el aire llevara encerrado semanas sin moverse. Avanzamos hacia el pasillo central que conectaba las habitaciones.

Seguimos protocolo, abriendo cada puerta con cuidado, apuntando la lámpara hacia el interior antes de cruzar el marco. Encontramos un cuarto lleno de cajas apiladas, un baño con toallas tiradas y un cuarto que parecía haber sido usado como almacén improvisado. Cada habitación daba la misma impresión de abandono total.

Las ventanas estaban cerradas desde dentro y la falta de ventilación hacía que la temperatura se sintiera más alta que afuera. El olor, que al principio parecía mezclarse con suciedad acumulada, se volvió más denso conforme avanzábamos hacia el fondo. Aunque no podíamos identificar qué lo provocaba, estaba claro que algo en esa casa llevaba demasiado tiempo sin atención.

Y todavía nos faltaba revisar la última habitación, la que daba al extremo más alejado del pasillo, justo donde la oscuridad se concentraba más que en el resto. Llegamos a la última puerta del pasillo y noté que estaba ligeramente atorada, como si algo la empujara desde dentro o como si la madera se hubiera hinchado por la humedad acumulada.

Intenté abrirla con cuidado, primero con pequeños empujones, pero avanzaba solo unos centímetros. Ortega se colocó detrás de mí para cubrir el ángulo mientras seguía aplicando presión constante hasta que al final cedió. En cuanto se abrió lo suficiente para asomarnos, el olor se volvió tan fuerte que fue evidente que provenía de ese cuarto.

No era el mismo olor que habíamos percibido en el resto de la casa. Tenía una intensidad marcada que solo se encuentra en escenas donde hay un cuerpo sin vida desde hace tiempo. Entré primero con la lámpara. Moví el haz de luz hacia la cama, ubicada en la esquina más alejada de la habitación.

Ahí encontramos a la mujer, recostada en una posición anormal, como si hubiera quedado tendida en el mismo sitio sin que nadie la moviera. Sus piernas estaban extendidas hacia un lado, y el torso ligeramente torcido hacia el otro. La piel tenía un color apagado y en algunas zonas se veía reseca. La ropa estaba adherida al cuerpo y había insectos alrededor de las extremidades.

Todo indicaba un proceso de descomposición avanzada. Me acerqué lo suficiente para revisar los signos visuales que forman parte del protocolo. No necesitábamos tocar nada para darnos cuenta del tiempo que llevaba ahí. La rigidez no coincidía con un deceso reciente y el estado general del cuerpo mostraba que habían pasado varias semanas.

Era evidente incluso para un observador sin experiencia, pero como oficial, uno está entrenado para identificar detalles específicos. El cabello estaba pegado al colchón, los brazos tenían un aspecto acartonado y el ambiente completo del cuarto reflejaba un encierro prolongado sin ventilación.

Hice una valoración rápida para asegurarme de que no hubiera señales de violencia directa sobre la superficie visible, y aunque no podía descartarse nada sin una evaluación forense, a simple vista no había cortes, golpes marcados ni heridas externas que sobresalieran. Ortega alumbró el resto de la habitación y verificó los muebles, las paredes y el piso.

No había señales de forcejeo, ni muebles movidos recientemente, ni objetos rotos. No se encontraron armas a la vista, ni notas, ni papeles que indicaran algún mensaje dejado por la víctima o alguien más. Todo estaba cubierto de polvo. Parecía una habitación cerrada durante semanas, y lo único que destacaba era el cuerpo en la cama.

Esa parte resultaba difícil de procesar porque, de confirmarse el tiempo estimado de muerte, entonces la mujer llevaba sin vida desde antes del primer reporte. Salimos un momento al pasillo para avisar por radio que se requerían servicios periciales y equipo forense. Informamos el hallazgo y la condición del cuerpo.

La central confirmó la solicitud y dio aviso a la unidad correspondiente. Mientras tanto, aseguramos el área y evitamos que los vecinos se acercaran más de lo permitido. Desde la reja, varias personas observaban con preocupación. Algunos ya sospechaban lo que había pasado al ver llegar más patrullas y vehículos oficiales.

Cuando el equipo pericial ingresó, realizó la revisión inicial del cuarto, tomando fotografías desde varios ángulos y midiendo temperatura ambiente. Uno de los peritos comentó que el estado del cadáver sugería un mínimo de un mes de fallecimiento. Lo basó en el nivel de descomposición, la falta de fluidos recientes y el deterioro visible en la piel.

Esa estimación coincidía con lo que Ortega y yo habíamos observado, aunque escucharla de un especialista confirmaba que la mujer ya estaba muerta durante la primera visita que hicimos días atrás. Esa conclusión generó una idea que se quedó dando vueltas en mi cabeza.

Si la mujer llevaba tanto tiempo fallecida, entonces los gritos reportados por los vecinos, tanto en el primer reporte como en el segundo, no podían haber provenido de ella. Y, sobre todo, no podía explicarse lo que Ortega aseguró haber visto en la ventana.

No era una suposición aislada ni una sombra malinterpretada, porque lo dijo con total seguridad: alguien se había asomado por un segundo. Esa imagen regresó a mi mente mientras observaba cómo los peritos continuaban con su trabajo. La revisión de la casa tomó varias horas.

Abrimos alacenas, closets, revisamos cada mueble y cada espacio posible en busca de herramientas, objetos extraños, notas escondidas o cualquier indicio que explicara la presencia del cuerpo y la falta de actividad aparente en la vivienda. No se encontró nada relevante. Los baños estaban igual de descuidados que el resto de la casa, sin señales de uso reciente.

El patio no tenía huellas nuevas ni objetos movidos desde la última vez que entramos. Excepto por la cabeza de cerdo que encontramos en la primera visita, no había ningún elemento adicional que sugiriera presencia reciente de alguien más. El tema de la cabeza de cerdo volvió a surgir entre los peritos.

Su frescura no coincidía con el estado general de abandono de la casa ni con el hecho de que la mujer tenía más de un mes muerta. No había explicación lógica para que alguien dejara ese objeto en el patio durante la etapa en que, según la evidencia, nadie había entrado a la casa. Esa contradicción quedó asentada en el informe, pero sin una pista clara sobre su origen.

La investigación se abrió formalmente como posible homicidio debido a la condición del hallazgo y al tiempo que la víctima permaneció sin ser localizada. Sin embargo, al menos en los días siguientes, no surgió ninguna pista sólida. No había registros de visitas recientes, ni llamadas, ni mensajes, ni antecedentes que apuntaran a una amenaza previa.

La mujer vivía sola, sin familiares cercanos en la zona, y los vecinos no recordaban haber visto a nadie entrar. Cerré esa noche con una sensación difícil de explicar. Hasta donde sé, nunca encontraron al responsable ni lograron aclarar por completo lo que pasó en esa casa.

Lo que más se quedó en mi memoria fue el momento en que Ortega dijo que alguien se había asomado por la ventana. Ese detalle siempre regresaba cada vez que recordaba el caso, porque ocurrió varios días después de que la mujer ya estaba muerta. Ese hecho, más que todo lo demás, fue lo que nunca pude entender.

Preguntas frecuentes sobre cabeza de cerdo

¿Qué implica hallar una cabeza de cerdo en la casa?

Encontrar una cabeza de cerdo puede ser una señal intimidatoria o ritual; la presencia obliga a investigar pero no prueba un delito por sí sola.

¿Por qué la patrulla entró a la casa con gritos?

La patrulla nocturna autorizó entrada forzada ante reportes persistentes y la observación de una silueta, la casa con gritos representó posible emergencia.

¿Qué protocolo siguió la patrulla nocturna al entrar?

Se solicitó autorización, forzaron la entrada con herramienta, anunciaron presencia y revisaron todas las habitaciones por seguridad.


    ¿Te gustó esta historia?
    Califícala para que suban las mejores. Es rapidísimo.
    0.0
    /5 · 0 votos
    Si lo dejas vacío, saldrás como Anónimo.
    Toca una estrella (1–5).

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    error: Content is protected !!