En esa parte del monte, donde casi nunca llueve y donde la tierra siempre está abierta por el calor, yo crecí ahí y estaba acostumbrado a la rutina diaria porque desde muy joven me tocaba revisar los cercos para ver si no estaban tirados por el viento o por algún animal, revisar los animales para asegurarme de que tuvieran suficiente agua y caminar hacia la zona más seca del terreno para ver si no habían han entrado vecinos o cazadores.

BRUJERÍA En Charco De Agua Negra Historias De Terror – REDE

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En este relato, BRUJERÍA En Charco De Agua Negra Historias De Terror – REDE se menciona como el lugar y el motivo del miedo de los personajes.

Lo que se cuenta sobre BRUJERÍA En Charco De Agua Negra Historias De Terror – REDE se repite en el pueblo como si fuera un aviso.

Todo era parte del mismo recorrido que hacía desde que amanecía. El rancho estaba rodeado de caminos polvosos, mezquites secos y piedras sueltas que brillaban con el sol. Y aunque casi nunca pasaba nada fuera de lo normal, siempre me gustaba revisar por si alguien había cruzado sin avisar.

Una tarde fui más lejos de lo habitual porque había visto nubes en el horizonte, aunque sabía que no significaba nada. Mientras avanzaba por un camino lleno de ramas, sentí un olor fuerte que no correspondía al lugar, un olor que reconocía por haber encontrado animales muertos en el monte en otras ocasiones.

Era un olor mezclado entre carne echada a perder y agua estancada, algo que solo percibía cuando encontraba un venado muerto o algún animal atrapado en una cerca. Lo raro era que ahí no había nada que pudiera explicarlo. Miré alrededor para ver si encontraba algún cuerpo, pero no había sopilotes, no había huellas y no escuchaba movimiento en los matorrales.

El olor venía de un punto al que nunca prestaba atención, porque siempre había sido un pedazo de tierra seca, sin árboles grandes y sin señales de humedad. Ahí nunca había visto agua, ni siquiera cuando llovía más al norte. Me acerqué despacio esperando encontrar algún animal tirado, pero lo que vi no tenía sentido.

En medio de esa tierra seca había un charco negro espeso, con burbujas pequeñas que explotaban de vez en cuando. La superficie se movía como si algo la empujara desde abajo y el olor me golpeó tan fuerte que tuve que cubrirme la nariz con la camisa. Era un olor más penetrante que el de un animal muerto al sol.

Me acerqué un poco más, aunque no tanto como para tocarlo, y vi que la tierra alrededor estaba completamente seca. No había rastro de humedad ni señales de que el agua hubiera salido del suelo o corrido por ahí. La tierra tenía grietas profundas, igual que siempre, pero el charco estaba en medio como si lo hubieran dejado caer de golpe desde arriba.

Me quedé un buen rato observándolo porque no entendía cómo podía existir algo así en un punto donde nunca había agua. No escuchaba insectos y tampoco vi rastros de animales alrededor. El olor se me pegó a la ropa y pensé que al llegar a la casa tendría que dejar la camisa afuera. Me inquietó desde el primer momento.

Era imposible que se hubiera formado por naturaleza y tampoco parecía que alguien lo hubiera acabado o preparado. No tenía bordes regulares ni marcas de herramienta. Me aparté después de unos minutos porque ya casi oscurecía y no quería quedarme en esa parte del monte cuando el sol se escondiera.

Decidí regresar al día siguiente para ver si el charco desaparecía, si el olor era menos fuerte o si encontraba alguna explicación. A la mañana siguiente pasé por la misma zona, esta vez más temprano. Quería ver si la tierra había absorbido el charco durante la noche o si solo había sido una coincidencia que apareciera justo cuando pasé.

Cuando me acerqué vi que seguía igual, aunque más negro todavía. La superficie tenía una capa brillante que reflejaba la luz y las burbujas eran más lentas, como si el líquido estuviera más espeso. Me quedé a varios metros porque no quería respirar ese olor de nuevo. Mientras observaba, noté que no estaba solo. A unos pasos del charco vi a una mujer arrodillada.

No la había escuchado llegar. Llevaba una falda larga, una blusa vieja y el cabello recogido. Parecía alguien de los ranchos cercanos, pero no logré reconocerla. tenía una bolsa de manta en el regazo y metía las manos dentro para sacar cosas pequeñas que arrojaba al charco. Lo hacía con calma, como si siguiera un orden.

No alcanzaba a ver qué eran los objetos, pero caían en el líquido sin hundirse por completo. Ella no me había visto. Me acerqué un poco, lo suficiente para preguntarle qué estaba haciendo, pero en cuanto mis botas hicieron ruido sobre la tierra, levantó la vista. Me miró solo un segundo, se puso de pie sin decir nada, tomó su bolsa y caminó hacia el monte con pasos rápidos.

No volteó en ningún momento. Traté de alcanzarla para que me explicara qué estaba pasando, pero desapareció entre los árboles secos, como si conociera un camino que yo no conocía. Me quedé solo junto al charco sin saber qué pensar. Regresé a la casa con una inquietud que no se me quitó en todo el camino.

La imagen de la mujer arrodillada junto al charco me acompañó mientras cruzaba el monte, porque su presencia no encajaba con nada de lo que había visto antes en esa zona. No parecía estar tirando basura ni limpiando animales.

Y aunque intenté forzarme a pensar que quizá llevaba restos de comida o víseras de algún animal casado, el olor del charco me recordaba que nada de eso tenía sentido. Ese olor no venía de un animal muerto al sol. Era más fuerte y más pesado, como si llevara días fermentando en un lugar donde no debería existir agua.

Por más que intentaba imaginar una explicación simple, todo me llevaba de nuevo a la misma conclusión. Lo que estaba haciendo esa mujer no era normal. Durante la tarde traté de convencerme de que estaba exagerando. Me ocupé con los animales, corté ramas que estaban muy cerca de la cerca y revisé si el tinaco tenía agua suficiente.

Intentaba mantenerme ocupado para no pensar en la bolsa de manta, en los objetos que ella arrojaba al charco y en la forma en que se levantó apenas me vio. Aún así, la sensación no se iba. No le dije nada a nadie porque no quería que pensaran que estaba inventando cosas.

Pensé que tal vez al día siguiente podría encontrar un rastro más claro o alguna señal que explicara todo, pero por dentro sabía que estaba evitando aceptar que la situación se había salido de lo común. Esa noche, después de encerrar a los animales, me di cuenta de algo en la entrada de la casa.

La luna estaba apenas subiendo y alcanzaba a iluminar la tierra suelta frente a la puerta. Ahí vi unas marcas que no estaban cuando salí más temprano. Eran marcas de zapatos bien formadas, con la suela completa marcada, como si alguien hubiera caminado desde el camino principal hasta la entrada.

Lo que me llamó la atención fue que las pisadas eran oscuras, casi negras, como si los zapatos hubieran pisado algo espeso antes de llegar hasta ahí. Me acerqué despacio, sin hacer ruido, observando las huellas una por una. Terminaban justo en el umbral, pero no entraban a la casa. Me quedé quieto varios segundos.

El olor ligero que despedían era el mismo olor del charco, no tan fuerte, pero lo suficiente para reconocerlo. Revisé alrededor por si veía a alguien escondido entre los mezquites, pero no había movimiento. Pensé en la posibilidad de que algún vecino hubiera pasado, pero ninguna persona que conociera usaría botas o zapatos manchados con algo tan extraño sin darse cuenta.

Las huellas estaban demasiado marcadas y demasiado rectas, como si la persona hubiera venido directo a la puerta sin desviarse. Fui por una pala y limpié la zona para borrar las marcas. Lo hice despacio, revisando cada ángulo para asegurarme de que no quedara rastro.

Esa noche me dormí tarde con la lámpara de petróleo encendida y escuchando cualquier ruido que viniera del patio. No pude descansar bien. Cada movimiento de los animales o crujido de la madera me hacía levantar la cabeza. Me quedé pensando en la mujer, en sus manos metidas en la bolsa, en la forma en que se fue caminando hacia ese monte seco.

Dos días después regresé a la zona del charco porque necesitaba comprobar si seguía ahí. No quería hacerlo, pero tampoco podía dejarlo pasar. Salí por la tarde con una lámpara de petróleo porque sabía que iba a oscurecer y no quería quedar a oscuras en esa parte del terreno. El camino se sentía más pesado que de costumbre, como si cada paso me acercara a algo que no quería ver.

Cuando llegué a los mezquites que rodeaban el lugar, noté que el aire olía más fuerte que antes. El olor salía desde el charco como si alguien lo hubiera removido, como si la superficie no estuviera quieta como los días anteriores. Alumbré con la lámpara hacia el centro.

La luz tembló un poco porque mi mano no estaba firme, pero lo suficiente para ver que la superficie estaba moviéndose. Era un movimiento lento hacia arriba y hacia abajo, como si algo empujara desde la tierra. Di un paso atrás sin pensarlo. Seguí alumbrando, queriendo entender qué estaba pasando. Las burbujas eran más grandes y las ondas del agua negra eran más claras.

Permanecí ahí apenas unos segundos. Y aún así sentí que duró más. Entonces vi como el movimiento cambiaba. Algo empezaba a elevarse desde el centro del charco. Primero vi cabello mojado, pegado, moviéndose con el agua espesa. Luego vi los hombros y la forma de una mujer que parecía salir lentamente, aunque el suelo no tenía profundidad.

El líquido negro caía por sus brazos en hilos gruesos que se perdían en la superficie. Me quedé paralizado porque su figura era demasiado clara bajo la luz de la lámpara. No escuchaba nada. La mujer se incorporaba despacio, sin expresiones, sin prisa, avanzando hacia arriba como si hubiera estado esperando ese momento.

Un miedo físico me recorrió el pecho y me hizo retroceder de inmediato. Sentí que si me quedaba un segundo más, ella iba a voltear hacia donde yo estaba. Corrí hacia la casa sin mirar atrás. sosteniendo la lámpara con fuerza para que no se apagara en el viento del camino. A la mañana siguiente, decidí contarle lo que había visto a mi hermano mayor.

No quería guardar más la imagen de la mujer saliendo del charco, ni la sensación de haber corrido sin poder respirar bien hasta llegar a la casa. Cuando terminé de explicarle todo, me miró con una mezcla de incredulidad y preocupación. No me dijo que estaba loco, pero tampoco me creyó por completo.

Aún así, me dijo que si algo raro estaba pasando en esa parte del terreno, era mejor verificarlo juntos, porque no quería que yo anduviera solo por ahí después de lo que había visto. Salimos temprano, antes de que el sol subiera demasiado. Caminamos en silencio, cada quien con una pala al hombro.

Yo avanzaba atento a cada ruido del monte, escuchando mis propios pasos y el crujido de las ramas. Cuando llegamos al lugar, el charco seguía ahí, igual de oscuro que los días anteriores. La superficie estaba quieta, sin burbujas visibles desde donde estábamos. No había señales de que la tierra hubiera sido removida, ni rastros de animales, tampoco había huellas de la mujer.

Revisamos los alrededores, caminamos en círculos y buscamos entre los mezquites, pero no encontramos nada. Me quedé mirando el charco durante varios segundos. La superficie parecía más espesa, aunque no se movía. Sentí que algo me apretaba el pecho cuando recordé la figura que había salido del centro.

Le dije a mi hermano que no quería volver a ver ese movimiento, que no quería quedarme con la duda de si podía repetirse. Le propuse taparlo. No sabía si serviría de algo, pero necesitaba hacerlo. Mi hermano aceptó más por precaución que por creer realmente en lo que le había contado.

Me dijo que si había un hueco, una filtración o un punto peligroso, lo mejor era cubrirlo para evitar accidentes. Empezamos a trabajar sin hablar mucho. Caminábamos hacia una zona de tierra suelta y la traíamos con palas, depositándola sobre la superficie del charco. Lo hicimos con cuidado porque al acercarme demasiado el olor volvía a pegarse como la primera vez.

Era un olor que parecía haberse impregnado en la tierra y que se intensificaba cuando la superficie se agitaba por la tierra que caía encima. Cada vez que arrojábamos una capa nueva, sentía una oleada de náusea. No sé si era por el olor o por la idea de que debajo había un espacio más profundo de lo que parecía.

La tierra que echábamos no se acumulaba tan rápido como debía, se hundía un poco más de lo normal. Mi hermano también lo notó. comentó que quizá la tierra estaba muy floja o que había una oquedad debajo. Yo sabía que no podía ser solo eso. Recordaba la forma en que la figura había salido con el agua negra escurriendo por los brazos y la lentitud con la que se incorporaba.

Pensar en eso me provocaba ansiedad, pero seguí trabajando porque quería taparlo de una vez. Trajimos más tierra y seguimos aventándola hasta que la superficie empezó a cubrirse. Cuando por fin dejó de hundirse, sentimos un pequeño alivio. Aún así, no me quedé tranquilo. Seguimos trayendo más capas para asegurarnos de que no quedara nada del líquido a la vista.

El olor se mantenía, aunque ya no tan fuerte. La última capa fue la que nos permitió nivelar el terreno con el resto del suelo. Lo pisamos con las botas para compactarlo. Yo observaba cada detalle del suelo recién cubierto, esperando ver algún movimiento, pero no pasó nada. El silencio del monte se mantuvo igual.

Mi hermano dijo que para mayor seguridad era mejor colocar piedras encima. Fuimos a un arroyo seco donde había piedras grandes y redondeadas y cargamos varias hasta el lugar. Las acomodamos sobre la tierra recién puesta. Lo hicimos sin hablar, concentrados en terminar. Cada piedra que colocábamos me hacía pensar en la mujer que había visto salir del agua negra.

recordaba su cabello pegado, sus hombros cubiertos por esa agua espesa y la forma en que subía sin hacer ruido. Mientras acomodaba la última piedra, pensé que no sabía si la tierra y las piedras serían suficientes para detener algo así. No se lo dije a mi hermano. Él veía el charco como un riesgo físico, no como algo más.

Cuando terminamos, nos quedamos unos segundos observando el montículo. La tierra estaba pareja y las piedras formaban una capa firme encima. El olor todavía se sentía en el aire, pero ya no tan intenso. Mi hermano me dijo que si quería podíamos regresar al día siguiente para revisar, aunque dudaba que algo fuera a moverse, asentí, aunque por dentro sabía que no quería volver.

Desde ese día evito esa zona del monte. No he regresado ni he intentado pasar cerca. Nunca volví a ver a la mujer y tampoco encontré señales de que alguien hubiera regresado a remover la Tierra. A veces, cuando camino por otras partes del rancho, me llega el recuerdo del olor del charco. Es un olor que se me quedó guardado en la memoria.

No puedo explicar cómo podía existir un charco negro en un lugar donde no había agua, ni cómo alguien podía elevarse desde un sitio que siempre conocí como un pedazo de tierra seca. Solo puedo contar lo que vi y lo que enterré con mis propias manos.

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Preguntas frecuentes sobre BRUJERÍA En Charco De Agua Negra Historias De Terror – REDE

¿De qué trata BRUJERÍA En Charco De Agua Negra?

En esa parte del monte, donde casi nunca llueve y donde la tierra siempre está abierta por el calor, yo crecí ahí y estaba acostumbrado a la

¿Es una historia de terror basada en un video?

Sí, este contenido conserva la base de la historia y se publica con formato optimizado para lectura en la web.

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