Bestias Diminutas

Bestias Diminutas

En aquel rancho de Tabasco, había grandes árboles de mango, que daban sombra en el verano, pero que por las noches guardaban oscuros secretos, criaturas de las que uno debía temer.
Cada diciembre íbamos a casa de los abuelos, y pasábamos navidad y año nuevo con ellos. Mi abuela siempre contaba las mismas historias a la hora de la cena, pero todos la escuchábamos con atención, aunque ya nos la supiéramos de memoria.
Una de esas historias, era la que hablaba de un juguete embrujado. Nos decía que cuando era niña, sus padres le habían regalado una muñeca por su cumpleaños, que era la más bonita que había visto. Era de cerámica, sus ojos eran de un azul intenso, y su cabello era suave y negro como la oscuridad.
Estaba muy feliz con su regalo, y al principio la llevaba a todos lados, no la soltaba, hasta que empezaron a ocurrir cosas extrañas en casa, y principalmente a su nueva muñeca.
Cada noche escuchaba como el viento soplaba las hojas de los árboles con fuerza, y aquel sonido era similar al de risas de muchos niños. A mi abuela le daba mucho miedo, por eso trataba de dormir temprano.
Una de esas noches, sucedió algo muy extraño.
Se quedó dormida antes de que el aire soplara, pero un sonido la despertó de repente.
Era como unos pasos pequeños bajo su cama. Nunca había escuchado un sonido similar, y por eso le llamó muchísimo la atención. Quería saber que era lo que causaba eso, pero también tenía miedo de averiguarlo.
Recordó cuando no quería subir a esa enorme resbaladilla, y su madre le había dicho que debía ser valiente, y por eso se atrevió a mirar.
Bajó su cabeza lentamente, y miró por debajo de la cama. No veía mucho, pues estaba muy oscuro, y el espacio era limitado.
Pero cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, pudo ver unas pequeñas patitas, eran como de un animal, pero era algo caminando en 2 patas. Un pequeño hombrecito con patas de cabra estaba bajo su cama. Mi abuela abrió muy bien los ojos, no podía creerlo. No hizo ruido, y se tapó con las sábanas nuevamente. Aunque tenía mucho miedo, no sabía si eso era normal o no, quizá estaba soñando o tal vez eso era un hada que había venido, que dejar algo bonito para ella.
Pensando se quedó dormida y al día siguiente decidió no contarles a sus padres, porque seguramente no le creían, y la regañarían por estar despierta tan tarde.
Llevó su muñeca como siempre a la escuela, pero esta vez notó algo raro en ella. Estaba segura de que su sonrisa no era tan grande el día anterior, era como si alguien hubiera seguido la línea de esta hasta llegar casi a las orejas, y sus ojos se veían un poco más oscuros. Pensó que tal vez estaba equivocada y siguió con sus apuntes.
Cuando llegó a casa comió y se dio un baño.
Metió a su muñeca favorita con ella, y la dejó en una silla cerca del lavabo.
Mientras el sonido del agua se escuchaba cayendo, y el vapor llenaba el baño de neblina, no notó nada raro, pero cuando cerró las llaves de la regadera para enjabonarse escuchó algo.
Algo se arrastraba cerca de la puerta, el sonido era suave, pero notorio, así que fue hacia la puerta, y vio que su muñeca estaba tirada, no en la silla como la había dejado. Pensó en la posibilidad de que fuera ella quien se estuviera arrastrando, pero la descartó sabiendo que los juguetes no se mueven.
No hizo mucho caso de eso, y siguió bañándose. Un par de minutos después salió, y se vistió con la ropa que había puesto su mamá en la cama.
Se acostó un momento, pensaba tranquilamente en lo bien que le había ido en el examen de ese día, hasta que algo llamó su atención.
Sentía como si alguien la estuviera observando, pero no había nadie más, solo su preciada muñeca que yacía inerte en el buró de la cama.
No hizo mucho caso, y siguió divagando, pero unos segundos después vio como el obsequio de sus padres caía al suelo, aun cuando estaba muy lejos del borde del mueble. Dio un brinco, y esa vez si se asustó. No le veía lógica a lo que había pasado.
No les quiso contar nuevamente a sus papás, porque su inocencia de niña le decía que seguramente le quitarían a su muñeca.
Pasó la tarde, estaba jugando con todos sus juguetes, y después fue al parque con su tía.
Por la noche, aunque quería dormir para no escuchar las risitas, no podía, era imposible conciliar el sueño para ella.
Escuchó las hojas de los árboles de mango moviéndose violentamente, provocando aquel sonido tan peculiar, aunque esta vez era diferente.
Las risitas parecían burlonas y más graves, además de que empezó a escuchar pasos como los de la otra noche, pero más fuerte, y los pies parecían ser más grandes.
Se asomó viendo hacia abajo, su respiración se agitó hasta tal punto de sentir que sus pulmones no se llenaban, el sudor caía por sus mejillas y el miedo se apoderaba de ella.
Quien caminaba está vez, pero no abajo de la cama, sino por el cuarto, era su muñeca.
No podía creerlo, no era posible. Además, cuando aquel ser la miró, notó que sus ojos eran completamente negros, y que su sonrisa era más grande, sus pies no eran de cerámica, parecía que lo que estaba dentro de ella había roto el material, y salían unas patas como de cabra de ahí.
Mi abuela no aguantó más, y perdió el conocimiento por poco tiempo, pero dice que en ese momento se le subió el muerto, sentía como alguien la asfixiaba y no podía despertar.
Luego de un rato, reaccionó, y comenzó a llorar, quería ser valiente, pero sentía que ya no podía.
Guardó todo su miedo y las ganas de contarles a sus papás, porque no quería que pensaran que era una cobarde.
Apenas pudo dormir.
Después de esa noche su salud empezó a empeorar con el tiempo, siempre se sentía cansada, con dolor de cabeza y espalda, algo que no era normal en una niña. Cuando la llevaban al médico, siempre decía que no tenía nada, y los estudios lo confirmaban.
Sus padres ya no sabían qué hacer. Mi abuela seguía viendo a su muñeca moverse muchas ocasiones, a veces podía sentir su mirada penetrante y su sonrisa era cada vez más burlona.
No aguantó más y les contó todo.
No sabían si creerle o no, pero cuando les mostró la muñeca, no había duda de que estaba totalmente diferente, y no tenía sentido, porque era de cerámica.
Decidieron enterrarla en el panteón más cercano, junto con una botella de agua bendita.
Después de eso no volvieron a ocurrir cosas extrañas en aquella casa, y mi abuela recuperó su salud completamente.
Esa historia es mi favorita, y cuando era niño recuerdo que me daba mucho miedo, y no quise tener juguetes en mi cuarto por muchos meses.
Lo malo es que la historia no termina ahí.
Unos meses antes de esas últimas vacaciones de navidad había leído algo que resonó mucho en mí. En la biblioteca de mi ciudad encontré un libro que se llamaba “bestias diminutas”, que hablaba sobre qué los demonios muchas veces utilizan “envases” por así decirlo, para poseer y que todos estos objetos son pequeños, comúnmente son juguetes de niños pequeños que aprecian mucho.
Posteriormente, deterioran la salud del infante con su presencia, hasta que sea más fácil que puedan poseerlo.
Le conté esto a mi familia cuando la abuela había terminado su historia, y todos se quedaron sorprendidos.
Me empezaron a hacer preguntas sobre ese tema, y respondí todo lo que sabía.
Mis tíos estaban fascinados con eso, hasta que mi abuela pidió la palabra.
Nos dijo que tenía un par de días que le había dicho a su vecino que la acompañara al Panteón, porque quería desenterrar a su muñeca, ya que había tenido un sueño donde su madre que ya había fallecido se lo pedía.
Lo había tomado como una señal y lo hizo.
Nos mostró una muñeca de cerámica, estaba llena de hoyos por el paso del tiempo, pero en su rostro se notaba maldad.
Todos nos quedamos impactados al verla, y yo le dije a la abuela que fue una pésima decisión, pero me dijo que yo no entendía lo importante que era para ella haber visto a su madre en sueños.
Yo tenía razón, fue una pésima idea, porque la esposa de uno de mis tíos quien estaba embarazada, al ver a la muñeca empezó a sentirse terriblemente mal, y todo fue peor cuando vimos que su abdomen se movía de manera extraña.
Seguramente el demonio que vivía en la muñeca ya había poseído al nuevo integrante de la familia, eso pensé yo preocupado.
La llevaron rápidamente al hospital más cercano, y ahí tuvo al bebé, todo estuvo normal, y ambos tenían buena salud.
Fue una experiencia extraña, mi familia dice que solo fue una coincidencia, que no fue nada malo.
La abuela se disculpó y mandó a enterrar de nuevo a la muñeca por si las dudas.
Pasó un largo tiempo, y la siguiente navidad nos volvimos a juntar todos de nuevo. Todo se sentía muy cálido, era un gusto volver a pasar tiempo con mi familia.
Mi pequeño primo jugaba cerca del árbol, mientras todos reíamos al recordar viejas anécdotas.
Noté que llevaba un muñeco de tela que no soltaba para nada, cuando lo vi me dio una punzada en el pecho, y toda la noche le presté atención, pues algo no estaba bien con eso.
Estaba por concluir que no había nada raro con el muñeco, pero un miedo profundo corrió por mi ser, cuando volteé a verlo, y este tenia una expresión aterradora en el rostro.
 
Autor: Liz Rayón
Derechos Reservados

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